Las “Asombrosas Criaturas” de Theo Jansen

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Animaris Umerus, Scheveningen beach, The Netherlands (2009). Courtesy of Theo Jansen. Photo by Loek van der Klis

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

En el corazón de Chicago, en un edificio más chaparro que los que lo rodean, existe un lugar de escape (y resguardo durante los temibles meses de invierno) para todos los ciudadanos y visitantes. En mi última estancia en esta ciudad, visité a una amiga que, aunque se mudó hace apenas unos meses, los ha dedicado a volverse una auténtica local y fue ella quien me lo presentó. El Centro Cultural de Chicago (CCC) me pareció una joya arquitectónica que todo turista debe visitar. No sólo para admirar la cúpula de Tiffany y los acabados de las escaleras, sino también para descubrir un espacio público de descanso, plática, arte y educación. La ciudad optó por darle un lugar especial a las tertulias e intercambios de ideas a través de un edificio hermoso y un acceso gratuito que atrae a todo el que pasa por ahí, o al menos, a nosotras.

Entré al centro porque quería ver si realmente existía este Palacio de las personas, como lo conocen los locales. Y sí, en el sótano hay mesas, sillas y sillones para todos y, al ser la hora del almuerzo, todo estaba ocupado. La gente se movía con una familiaridad similar a la de estar en casa, porque de alguna forma, están en casa. Subimos para conocer más y continuar con el tour de intercambios culturales. En el tercer piso, de reojo, había un letrero que nos llamó la atención: STRANDBEEST (Strand = Playa, Beest = Bestia). Pensamos que era una exposición de fotografía, pero en realidad eran bestias. Estructuras gigantes hechas de tubos amarillos, botellas de plástico y velas. Tienen la forma de criaturas mitad dinosaurio mitad cangrejo pero carecen piel. Son esqueletos semi-vivos que habitan las playas de los Países Bajos.

Theo Jansen, el creador de semejantes animales, lleva al límite la relación entre arte, ingeniería, creación y movimiento. Desde 1990 ha creado bestias para dejarlas sueltas en las playas y conquistar los corazones de los bañistas. Aunque no sé mucho de ingeniería, entendí el mecanismo de movimiento porque se puede ver entre los tubos. En la parte superior de la bestia, una especie de columna vertebral, se colocan botellas de plástico que por medio del viento y una válvula para bicicletas, comprimen aire y lo utilizan para avanzar. Las alas y boyas de los lados, hechos de lona, guían a la bestia en línea recta para evitar que juegue con las olas de mar. La parte más importante, la estructura en sí hecha de tubos amarillos, se comporta como los músculos del cuerpo humano y generan el movimiento. El aire comprimido de las botellas mueve las barras transversales que sostienen los múltiples pies de las bestias y cada uno avanza a un ritmo diferente.

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Nosotras tuvimos la suerte de ver a “Animaris Umerus,” la bestia en movimiento. Al ser las playas del norte de Europa su hábitat natural, Jansen creó una bestia domesticada para enseñarle al resto del mundo su creación. Amimaris Umerus, cuyo nombre significa animal marino con hombros, caminó para nosotras y recorrió los pasillos del centro cultural. Su entrenador nos mostró lo hábil que es para huir de momentos incómodos. En el instante que se le acercaron diez estudiantes de secundaria, aterrado de la locura de las futuras generaciones y su inevitable apariencia en redes sociales, caminó hacia atrás a toda velocidad hasta terminarse el aire comprimido que le da vida y, silencioso, se resguardo en la esquina.

Datos de la muestra: La exposición “ASOMBROSAS CRIATURAS” se presentará en nuestro país del 13 de mayo al 13 de agosto de 2017 en el Laboratorio de Arte Alameda (Doctor Mora 7, Centro, Cuauhtémoc, Ciudad de México).

Horario: martes a domingo de 9 a 17 hrs. Costo de entrada: 30 pesos. 

¡No se lo pierdan!

Para más información sobre la muestra en México dirígete a este link.

Aquí les dejo su página: http://www.strandbeest.com/

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Amanecer en el Mercado de Pescados: Tsukiji.

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Por: Andrés Hernández – @andreshf5

Son las 03:55 de la mañana. Me levanto e inevitablemente calculo que he dormido menos de tres horas. No puedo quejarme, es mi último día en Tokio y por lo tanto mi última oportunidad de ir a Tsukiji, el mercado mayorista de pescado más grande del mundo. Nos subimos al taxi, un compañero japonés le pide al chofer que nos lleve al mercado -los taxis en Japón son unos coches que no se esperaría ver en uno de los países más vanguardistas del mundo, Toyota Crown YS130, un modelo de mediados de los noventa con los espejos laterales montados a la mitad del cofre, un coche fabricado mayoritariamente para el mercado japonés.

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Llegamos y, encandilados por los reflectores de más de 500 watts, entramos al mercado. Es impresionante la actividad que hay a esa hora. Con mucho cuidado tratamos de caminar por las orillas, porque por el centro pasan unas camionetas que no tienen la menor intención de pararse; el respeto que se tiene por el peatón y el orden que se percibe en las calles de Japón no existe en Tsukiji. En el mercado el peatón es el invasor y si no tiene cuidado lo atropellan. Las camionetas de carga en realidad parecen lavadoras con ruedas, dirigidas por un volante gigante, arrastrando una superficie de metal. Supongo que ese tipo de vehículos fue diseñado para atender las necesidades tan específicas del mercado: un comercio anual de 700,000 toneladas de pescados y mariscos que equivalen a poco más de 5,000 millones de dólares.[1]

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El mercado está compuesto por diferentes niveles, con varios espacios, para distintos propósitos, al final es un edificio que alberga a más de 65,000 empleados. El primer lugar que visitamos, con las lavadoras con ruedas, es el área de descarga, posteriormente entramos a unas oficinas donde se lleva el registro –a pesar de haber un letrero que explícitamente prohíbe fumar, había al menos una docena de japoneses fumando, todos hombres. En realidad, en Japón no se puede fumar en la calle, a menos que esté explícitamente permitido. Después de las oficinas visitamos algunas bodegas donde tienen pescados y marisco vivos, un lugar lleno de gente, frescura, agua corriendo y botas de plástico. La variedad es fascinante. El mercado maneja más de 400 tipos de pescados y mariscos.[2]

Finalmente llegamos a la atracción principal, la subasta de pescados. Aunque en el mercado se subastan diferentes tipos de pescados, el más emblemático es el atún rojo. Precisamente esa fue la subasta que pudimos ver. Tuvimos suerte porque sólo pueden entrar 60 espectadores por día. Pasamos unos treinta minutos en esa bodega. Los primeros quince a veinte minutos los pasamos viendo cómo los compradores evalúan el atún. Si se va a pagar más de $5,000 dólares por un pescado, más vale saber qué se está comprando. De hecho, en la primera subasta del año –la más importante y concurrida de todas–, un atún puede llegar a costar más de $40,000 dólares. Probablemente un precio inflado por la demanda y el prestigio de haber comprado El Primer Atún del Año. En fin, comenzó la subasta con el vendedor tocando la campana, luego sube al banquillo y empieza a gritar. Como en cualquier subasta las ofertas surgen y el que haga la mejor es el ganador. Hay que estar ahí para vivir la emoción de no entender absolutamente nada pero creer saber qué es lo que está pasando, involucrarse y hasta tener un candidato favorito. Es como la primera vez que se va al hipódromo.

A forma de premio por la perseverancia y la paciencia de los occidentales, por no entender nada y recibir empujones, nos llevaron a ver todo el espectáculo desde la azotea. Sin duda vale la pena. Ahí es cuando pienso que los japoneses tienen otra forma de ver la vida. El fenómeno de la isla se hace presente. Japón está hecho para japoneses, así como los Toyota Crown, las lavadoras con ruedas, el doble entendimiento de los espacios públicos con respecto al tabaco, la preferencia por el peatón, el cuidado y descuidado del ambiente. Su entendimiento de las normas y de la realidad sigue un paradigma muy distinto al que tenemos en Occidente, e incluso al que tienen en otras partes de Asia. A pesar de que Tsukiji es un oasis de caos dentro en un país en donde todo funciona a la perfección, es distinto al caos de Mongkok en Hong Kong. En Tsukiji, se ejemplifica el valor de lo tradicional. No es la falta de recursos lo que les impide transformarlo, sino su certidumbre de que esto funciona y no es necesario cambiarlo. Más importante aún, es eficiente según sus cánones de eficiencia. Alguna vez me dijeron que “japonés come japonés”; hice lo propio y empecé mi día comiendo sushi a las siete de la mañana.

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[1] McCurry, Justin (5 December 2008). “Tokyo catch: Fish market bars tourists”. The Guardian.

[2] Heller, Peter (2006) “The Whale Warriors: Whaling in the Antarctic Seas” National Geographic Adventure