Montaña Rusa en el Aire

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Verano 2016.- Miércoles por la tarde. Me encuentro en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Mi vuelo sale hasta las 6 p.m; tengo tiempo de sobra: quiero ver si me puedo subir al de las 5 p.m, pero no hay espacio. Leo una revista en la sala de espera, luego camino y veo en un restaurante a una amiga de la infancia junto con su esposo e hijos; platicamos brevemente, se me pasa el tiempo rápido: ha llegado el momento de abordar.

El vuelo despega con destino a Guadalajara; es un vuelo corto: dura aproximadamente una hora. El avión tiene pantallas para ver películas y eso me agrada. Elijo la película Los 33, que está basada en la historia de los 33 mineros que quedaron atrapados por más de 60 días en la mina de San José, en Chile, y que finalmente sobrevivieron. Transcurre el trayecto y, por supuesto, no alcanzo a a ver toda la película que, de cualquier forma, no me está encantando: el aterrizaje se aproxima.

Volteo a ver la ventana y el cielo está totalmente nublado; llueve mucho. En el momento que el avión está a punto de tocar piso, cambia de dirección y comienza a despegar nuevamente. El nervio se siente en el interior del avión: nos encontramos en una zona de turbulencia; empezamos a sentir pequeños saltos que conforme pasan los segundos, se intensifican. De pronto, el avión baja con velocidad como si fuese el tipo de caída libre que uno experimenta en la Montaña Rusa. Peor: no nos encontramos en la Feria; estamos en las nubes. En ese momento, se me sale el aire y pego un grito ahogado: no recuerdo haber vivido una situación similar en un avión. Los instantes se alargan y en fracciones de segundos, vuelan múltiples imágenes por mi mente. Es impresionante la capacidad que tiene el cerebro para procesar pensamientos existenciales en tan poco tiempo. Deseo con todo mi ser que no se caiga el avión; todavía me queda mucho por vivir, me repito en mi cabeza.

Después de unos segundos, afortunadamente, el avión vuelve a ganar altura y comienza a estabilizarse. Regresa un poco la paz. Sin embargo, se escuchan muchos murmullos; la gente, incluyéndome a mí por supuesto, está asustada. Volteo a una de las personas que se encuentra a mi lado y lo primero que me dice de manera nerviosa: “Estamos en medio de un tormentón”. El avión vuelve a tratar de aterrizar en Guadalajara, pero las condiciones climáticas nuevamente lo impiden. El piloto anuncia que aterrizaremos en Puerto Vallarta.

El trayecto transcurre con normalidad. Después de alrededor de 30 minutos, se asoma el mar de Puerto Vallarta entre un cielo nublado. Lo primero que pienso al contemplar la vista es que me encantaría quedarme en la playa unos días. Me imagino a mí mismo en un camastro, recostado, viendo el mar mientras mis manos tocan la arena. Me imagino sumergido en el mar, sintiendo la espuma de las olas.

Salgo de mi fantasía y me percato que ya estamos a punto de aterrizar. Tocamos tierra y siento una sensación de alivio. El plan es cargar combustible, esperarnos unas horas y regresar a Guadalajara. Cuando abren la puerta del avión, salgo inmediatamente a las escaleras. Se siente el calor digno de un clima tropical, pero hay mucha gente que está fría; observo reacciones de todo tipo: gente que llora, a alguien que respira por medio de una bolsa, gente que se sube un camión con la intención de regresar por tierra, pero también veo gente que sonríe, que platica y se siente aliviada. Me topo con el piloto y tengo la oportunidad de conversar con él y otras personas.

Nos explica, en primera instancia, que le impresiona la velocidad con la que se pueden mover las nubes. Nos dice que en el momento que íbamos a aterrizar en Guadalajara, nos encontrábamos justo abajo del ojo de la tormenta. Nos brinda una analogía: la tormenta representa una regadera y, en este caso, la tormenta o la regadera se encontraba arriba de nuestro avión, encima de la pista de aterrizaje. Si hubiéramos intentado aterrizar, corríamos el riesgo que la fuerza del agua y del viento nos hubieran empujado hacia abajo. Por ello, tomó la decisión de no aterrizar; pudimos haber chocado. Nos comenta que cuando estábamos despegando, apenas logramos esquivar la tormenta, pero ésta rozó un poco al avión; no había de otra. Por eso sentimos el bajón al estilo de la Montaña Rusa. Nos confiesa que en más de 20 años de carrera, nunca le había tocado lidiar con una situación así. Solo le había tocado vivir una experiencia que se asemeja, en el simulador de vuelo. Nos platica que también sintió miedo y que temía que el parabrisas no aguantara la presión al momento que rozamos la tormenta. Sin embargo, mantuvo la calma y nos sacó de la situación como un profesional. Nos llevó sanos y salvos a Puerto Vallarta porque esa era la opción más segura. Al terminar la conversación, le agradezco al piloto, lo felicito por poner nuestra seguridad ante todo.

Después de una hora, volvemos a despegar rumbo a Guadalajara. Como a los veinte minutos, se escucha la voz del piloto: “Ahora estaremos pasando por una zona de turbulencia. Favor de abrocharse el cinturón”. Me agarro de los descansabrazos y me siento tenso, pero no se siento nada de turbulencia: respiro. Son como las 10 de la noche y por fin, vamos a aterrizar en Guadalajara. Al tocar piso, se escuchan aplausos. Hemos llegado a nuestro destino, hemos vivido una experiencia que no olvidaremos. ¡Tierra, tierra, tierra!

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Paredes Verdes, Magritte y Algunas Claves de Mi Mundo

 

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

No tengo idea cómo aparecí ahí. ¿Qué pasó antes? Quién sabe; es como si no tuviera memoria; solo sé que me encuentro en la sala de una casa en Georgetown, DC; el lugar me recuerda a la película de los hermanos Cohen, Burn After Reading (2008): “¿Dónde está Osborne Cox?”, ¿dónde está el dueño de la casa?, me pregunto; ¿dónde está el personaje que interpreta John Malkovich en esa cinta?

La casa es elegante: las paredes están pintadas con una mezcla de color verde botella con verde pino; en frente de mí, hay una mesa de madera oscura que se ve antigua y me invita a pensar en los tiempos de la Independencia de Estados Unidos; la silla en donde me encuentro también le hace justicia a la época que pasa por mi mente y, todo en su conjunto, hace sintonía con la gran chimenea que impone su presencia en la sala. En un día frío como el de hoy, la chimenea adquiere vida; se convierte en un objeto que me invita a abrazarlo.

La leña arde con fuerza y empiezo a sentir calor; se me antoja mucho un whiskey y justo cuando el pensamiento pasa por mi mente, aparece en mi mano una copa. Me sorprendo que haya surgido por arte de magia, pero al mismo tiempo, no le doy mucha importancia. De repente, se acerca una persona a la sala; toma asiento, me observa y no dice nada. Le doy una mirada de regreso y no hay interacción. Volteo a ver los cuadros que cuelgan de las paredes y, por instantes, empiezo a ver que las pinturas están en movimiento pero luego, todo regresa a la normalidad; volteo, nuevamente, un poco inquieto, a ver a la persona que se encuentra conmigo en la sala y con una sonrisa, apunta su mirada hacia los cuadros que acabo de observar.

Ahora, las pinturas están en pleno estado de distorsión: los paisajes que observaba hace unos instantes se ondulan de manera más fuerte que el movimiento que sugiere La Noche estrellada de Van Gogh; los otros retratos que admiraba se derriten como los relojes que aparecen en La Persistencia de la Memoria de Dalí. Me levanto de mi asiento y no me siento asustado: la adrenalina, canalizada hacia la emoción, me empieza a invadir. En mi cabeza comienza a sonar música.

El sonido es cada vez más fuerte. Entre más me acerco a la puerta salida de la casa, más se aproxima el crescendo de la melodía que suena en mi mente. Me siento en una especie de película donde la música se convierte en la antesala de un gran misterio por resolver. Abro la puerta y me topo con mi misterio; no doy crédito de lo que veo: los ladrillos de las casas que me rodean se mueven como piezas del juego Tetris; en el cielo hay semáforos y lagos: la ciudad esta literalmente de cabeza. Todo se mueve de una forma extraña, pero armoniosa; por momentos, me vuelvo parte del universo que conjuga el mundo de la película Inception (2010) con el del pintor surrealista Rene Magritte. Me encanta el lugar en el que estoy, pero el sueño ha llegado a su fin.

Es noviembre de 2011. Despierto en mi cama; regreso a la realidad y sonrío. Aclaro, no me me metí nada, ningún tipo de alucinógeno. Me doy simplemente cuenta que me tocó vivir uno de los sueños más artísticos que he tenido en mi vida. Me siento afortunado; me asombra el poder que tienen los sueños para adentrarnos en mundos maravillosos de una manera totalmente natural. Recuerdo que mi papá me platicó que le daba mucha curiosidad ver a su tío en el momento que deseaba tomar una siesta; su tío se emocionaba mucho antes de dormir como si fuera un lugar secreto. Mi papá sabía que el simple hecho de descansar podía traer felicidad, pero siempre se quedaba con la sensación de que había algo más.

Eso lo descubrió cuando vio la película Yo Iván, tú Abraham (1993) que retrata cómo vivían las familias judías en Polonia, en 1930, en los llamados shtetl, pueblos pequeños, sumidos en la pobreza, aislados del mundo. En la película, había un joven al que le encantaba tomar la siesta. Eso le recordaba a mi papá el mundo donde venía su tío. Le hizo entender que en un pueblo donde no existía el cine, donde no existían muchas formas de entretenimiento, soñar se convertía en el vehículo para explorar otros mundos.

Por supuesto, que en el sentido estricto de la palabra, se supone que los sueños no son experiencias reales. Sin embargo, los sueños nos marcan y, en ocasiones, influyen en nuestra vida al igual que las experiencias reales. El sueño surrealista que tuve en 2011, me recuerda constantemente, de forma vívida, la presencia del arte en nuestras mentes, del arte que a veces vive en cada uno de nosotros y que en mi caso, me permite entender el mundo de donde vengo.

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Nostalgia Noventera

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Hay escenas cotidianas del pasado que al recordarlas, inmediatamente nos conectan con una dulce nostalgia; rompen las barreras del tiempo: con tan sólo visualizarlas nos transportan directamente a una realidad que sin duda, es distante, pero que vive con fuerza en nosotros. El simple día a día nos dice mucho del tiempo en el que alguna vez vivimos. Para mí, la década de los noventa marcó mi infancia. Hoy les comparto algunas de las escenas que me regresan a mi pasado.

Videocentro: el santuario de las películas

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Pasillos llenos de historias albergadas en video casetes VHS; pasillos que me hacían sonreír los sábados por las mañanas. Llegar a Videocentro, a la tienda de renta de películas, era una aventura. Recuerdo perderme por “horas”, seguramente minutos, en la sección que mostraba una variedad de películas y caricaturas infantiles. Ahí estaba Bernardo y Bianca y Madame Medusa, una de las mejores villanas de Disney, que tenía como mascotas a dos cocodrilos, a Brutus y Nerón; ahí estaban las Patoaventuras con Rico McPato, sumergido en su bóveda de dinero; ahí estaba Chip y Dale con el ratón gordo Monterrey que cada vez que olía el queso, se le enchinaban sus bigotes y entraba en una especie de hipnosis. Ahí estaban los dibujos animados que marcaron mi infancia.

El Gran Juego de la Oca

En sábado por la tarde, en la pantalla, se proyectaba el programa El Gran Juego de la Oca, que transmitía el canal Antena 3 de la televisión española y que en México, lo retransmitía TV Azteca . Se trataba de un concurso en el que los participantes personificaban, literalmente, a las piezas que se movían dentro de un tablero enorme que constaba de 63 casillas. Se movían por el azar de los dados y cada casilla a la que llegaban, representaba un reto para ellos. Usualmente, el primer concursante que llegara al final del tablero era el que ganaba. La casilla que más me divertía era la número 52: cuando la suerte colocaba a uno de los participantes ahí, las notas del Barbero de Sevilla de Rossini sonaban; veíamos a un peluquero, con peinado de Cristóbal Colón, que daba brincos de emoción, celebraba como si hubiera metido el gol del triunfo de la final del Mundial; se regocijaba al pensar que le cortaría el pelo o raparía al participante que había caído en su casilla, en la casilla del Flequi. Me divertía ver a alguien perder el pelo. Tal vez, inconscientemente, me divertía el hecho que en el futuro estaría pelón; tal vez, esa era una forma de reírme de mi yo del presente.

El ritual del ICQ

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Comenzaba la conexión con el mundo virtual. Daba la instrucción con el mouse para que la línea del teléfono de mi casa fuera utilizada para el uso exclusivo de internet. En la pantalla, observaba las siluetas de dos teléfonos amarillos que buscaban conectarse entre sí. Cuando lograba ya estar en línea, el teléfono se bloqueaba y no podían entrar ni salir llamadas. Eso era lo de menos, el chiste era meterme al ICQ, al WhatsApp de la época. Al conectarme, el ícono de una florecita que marcaba que estaba offline se tornaba de roja a verde. A partir de ahí, observaba a la gente que estaba sintonizada en la aplicación; aparecían los nombres de mis amigos y amigas de la escuela. La mayoría de mis contactos portaba seudónimos; el mío era Cucamonga, en alusión a un capitulo de Los Simpson en el que Homero entraba a la escuela de payasos que daba Krusty y ahí, le enseñan esa “palabra graciosa”. Recuerdo con cariño, el sonido que emanaban los mensajes que recibía; se asemejaba al de un gallo: “Qu, qu”. Me recuerdo pegado a la computadora, por horas, conectado en el ritual del chat.

Las llamadas a casa

Ya no registro la última vez que le hablé a una amiga o amigo al teléfono fijo de su casa, pero aún conservo en mi mente algunos de sus números que creo, todavía pertenecen a la casa de sus papás. En la década de los noventa, solía memorizar los números de mis contactos más frecuentes. No existía la lógica que hoy tenemos con los celulares que nos dan la capacidad de almacenar a nuestros contactos. Además, la comunicación en ocasiones, estaba sujeta a filtros: si quería comunicarme con mis amigos a veces corría con la suerte de que la persona contestaba directamente el teléfono, pero muchas otras veces, tenía que hablar con sus papás, hermanos o hermanas para comunicarme. De cualquier manera, la llamada se disfrutaba. En algunas ocasiones, marcaba desde el teléfono inalámbrico y me movía con libertad por toda la casa, pero otras, me aferraba a una silla desde un teléfono fijo. En fin, tiempos distintos a los de hoy.

Estas fueron algunas de las escenas cotidianas que marcaron mi infancia y que recuerdo con gusto. ¿Qué escenas gratas han marcado tu pasado?

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Stephen Curry: el nuevo Rey de la NBA

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_
Imagen: Time

“A muchos de nuestros héroes deportivos nos los venden con base en sus niveles de habilidades súper humanas. Pero muy de vez en cuando, nos toca experimentar a uno que combina estos dotes superiores físicos con humildad y gracia”.– Misty Copeland, Primera bailarina principal afroamericana del American Ballet, sobre Stephen Curry en la revista Time.

Oakland California, Diciembre 2011. Me encuentro con mi papá en la Oracle Arena, la casa de los Warriors del Golden State. El equipo al que se enfrentan son los Knicks de Nueva York; el partido no promete mucho: ninguno de los dos equipos está en su mejor momento. Sin embargo, me emociona que veré jugar a la súper estrella de los Knicks, Carmelo Anthony y, aunque no dimensiono, también me llama la atención que observaré a Stephen Curry, la joven promesa de los Warriors. Al momento del calentamiento, nos percatamos que Curry viste traje negro y una camisa blanca: no va a jugar; está lastimado.

Una vez que arranca el partido, mi atención se enfoca principalmente en Carmelo Anthony, pero es de notar la labor que realiza Curry desde la banca: apoya a sus compañeros, aunque él no está comandando a su equipo en la cancha; se levanta de su asiento para aplaudirles, a pesar de que presenta una lesión en el pie; se comporta como un profesional. Me hace pensar a la clase de jugador que me estoy perdiendo de ver en la duela.

Tan sólo cuatro años después, Curry se convierte en el Jugador Más Valioso de la NBA, rompe el record de triples en una temporada y lleva a su equipo al campeonato. En 2016, vuelve a ser nombrado como el Jugador Más Valioso, conduce a su equipo a romper el record de juegos más ganados en una temporada con 73. Es un espectáculo observarlo, ver lo escurridizo que es, admirar su juego creativo, su capacidad para anticipar los movimientos del contrincante, asombrarse ante su capacidad para recibir pases y disparar inmediatamente con precisión, a una larga distancia. De acuerdo con la revista Life & Style, tarda 0.3 segundos en lanzar el balón; Curry valora el tiempo como muy pocos, el poder que tienen los instantes.

“Un segundo es el momento más valioso de una noche. Puede tener guardada para ti la oportunidad que siempre esperaste”, dijo en entrevista con la revista.

Steph sin duda nació con talento e inteligencia. No obstante, es alguien que no da por hecho las cosas, que trabaja y se esfuerza para ser mejor cada día. Parte de su entrenamiento, según constata el portal Business Insider, radica en pararse frente a una pared llena de luces que simula los movimientos que se dan en la cancha.

“Las luces hacen mímica de lo que sucede en la cancha. Si hay un defensor en frente de mi, tengo que saber dónde se encuentra y también estar listo para iniciar cualquier movimiento que realizaré”, dijo Curry.

Así es como el basquetbolista busca mejorar su técnica para conducir el balón: entrena, estudia el juego; no lo subestima. En el momento que se está escribiendo este artículo el equipo de Curry se encuentra en la semifinal del campeonato de la NBA. ¿Podrá llevar a su equipo al segundo título consecutivo? Es algo que veremos pronto, pero independientemente de eso, se disfruta ver a un jugador que ha desafiado al deporte, que ha impuesto un estilo, en palabras de Misty Copeland, con “humildad y gracia”, un estilo que seguirá dando de que hablar.

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La Danza de José Clemente Orozco

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Comienza el baile. En el Hospicio Cabañas, un espacio que está catalogado como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, vemos a adultos y a niños aglutinados bajo el centro de la cúpula mayor de esta obra arquitectónica. Parece que la gente se mueve al ritmo de la Danza del Limbo: cada uno de los que se encuentran ahí, en algún momento, inclinan su espalda y tuercen el cuello hacia atrás; sólo falta que arranque la música para verlos caminar por debajo del bastón invisible.

Todos observan el techo: las miradas son atraídas por el magnetismo del Hombre de Fuego, por el hombre que camina entre las llamas y se hunde en otra dimensión de la realidad; lo rodean tres hombres que giran alrededor de él que, de acuerdo con el guía del Hospicio, representan en conjunto los cuatro elementos naturales: el fuego, la tierra, el aire y el agua. Es un deleite del juego de las perspectiva: todos caminan al ritmo del Limbo para observar desde distintos ángulos la imagen que se ubica a 27 metros del suelo. Así es como se baila imaginariamente el Limbo en el Hospicio Cabañas. Así es como la danza espontánea se vuelve uno de los vehículos para conectarse con los murales del pintor mexicano José Clemente Orozco.

En total, el Hospicio Cabañas está tapizado con 53 murales de Orozco, que fueron pintados entre 1938 y 1939. Uno de los hilos narrativos que hay entre ellos, es la Conquista de México. Comencemos, por ejemplo, con el Hernán Cortés: se puede observar al conquistador español vestido con una armadura futurista. El guía del Hospicio menciona que esta pintura le gusta especialmente a los niños; la relacionan con Ironman o con los Transformers; parece una especie de robot. La explicación que encontramos es que al principio de La Conquista, los Aztecas lo veían como una deidad y en este sentido, la mecanización fue una de de las formas que utilizó Orozco para plasmar la presencia de una figura desconocida, la presencia de una figura ajena al mundo Mexica. Pero, a su vez , esta mecanización también representa crueldad: vemos a Cortés, con una mirada fría, con un cuerpo metálico, sosteniendo una espada ensangrentada.

Siguiendo la exploración del mundo desconocido que representaban los españoles para los indígenas, encontramos otro mural en el que se observa un jinete “robótico” montado sobre un caballo de dos cabezas. Es el monstruo de dos cabezas: simboliza el terror destructivo y desconocido de la Conquista.

Sin embargo, en los murales de Orozco también se asoman destellos del poder constructivo de la cultura española, plantea el guía del Hospicio: vemos la imagen del autor del Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra. Simboliza cultura, el enriquecimiento de la literatura que también acompañó a la Conquista.

Podemos hablar de muchas imágenes más; el recorrido por los Murales de Orozco permite asomarnos a nuestra historia, pero más allá de eso, lo que más se goza es adentrase en el mundo de las sensaciones que busca transmitir uno de los pintores más importantes que ha dado México. Lo que más se disfruta es conectar, a través de su pintura, con el ingenio y la creatividad del muralista. Lo que más se disfruta es observar el baile del Limbo imaginario que detona el arte de Orozco en la capital de Jalisco.

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Almodóvar y su Instinto Materno

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Esta primavera, el director y guionista, Pedro Almodóvar, estrena su nueva película, titulada Julieta. La figura materna es su personaje central; no es casualidad: a lo largo de su trayectoria cinematográfica, Almodóvar ha explorado con maestría el universo femenino y hoy, nuevamente, busca habitar la piel de una madre y sacar a la luz otro pedazo de ese mundo que entiende como muy pocos. ¿De dónde parte su sensibilidad? Conozcamos un poco de su historia, a través de un fragmento que compartió en un programa que realizó la Radio y Televisión Española en 1999.

A principios de la década de los cincuenta, en la época de la post guerra española, en Calzada de Calatrava, La Mancha, creció Almodóvar en el seno de una familia humilde: su padre, entre otras cosas, se dedicaba a vender animales que a veces se encontraban en estado deplorable. Cuando ese era el caso, por obvias razones, nadie estaba dispuesto a comprarlos. Sin embargo, en distintas ocasiones, emergió la heroína que, en palabras futuras del niño Almodóvar, logró vender los animales como si fueran los mismos caballos del actor estadounidense Gary Cooper. La salvadora era Paquita, la madre de Pedro; su gran inspiración.

Los primeros recuerdos de Pedro transcurrieron justamente al lado de su madre y también al lado de sus vecinas que a veces lo cuidaban. Sus tempranas experiencias quedaron marcadas por todo lo que él escuchaba y veía: se expuso al melodrama, al drama, al terror, a la comedia, a los musicales que se vivían en la vida cotidiana de los patios manchegos. Él tomaba notas mentales y en este marco, recuerda que se topó con una las grandes lecciones de su vida: su madre le leía a sus vecinas las cartas de correspondencia que llegaban; él observaba que ella sólo simulaba leer lo que decían; en realidad, les leía lo que ellas necesitaban escuchar; las conocía perfecto: sus deseos, sus miedos, sus anhelos, sus fantasmas. Les compartía la información que consideraba que más les ayudaría a enfrentar el momento que vivían; no importaba que no fuera fiel a las cartas; esa era su forma de apoyarlas. Así, surgió el momento donde Pedro entendió, por primera vez, el hilo conductor que une la realidad con la ficción.

Julieta es el largometraje número 20 de Almodóvar. La película está basada en los relatos DestinoPronto y Silencio, de la escritora canadiense, Alice Munro, Premio Nobel de Literatura; la historia gira alrededor de la relación madre e hija. El cineasta no ha querido revelar mucho sobre la trama, pero su productora, El Deseo, plantea que “habla de la lucha de la madre para sobrevivir a la incertidumbre. Habla también del destino, del complejo de culpa y de ese misterio insondable que nos hace abandonar a las personas que amamos, borrándolas de nuestra vida como si nunca hubieran significado nada, como si no hubieran existido”.

A diferencia de otras de sus películas, Almodóvar plantea que se aleja de la tónica melodramática; se aleja del humor negro que usualmente caracteriza al director. En palabras del cineasta, Julieta es un “drama seco”.

“He luchado mucho con las lágrimas de las actrices, contra la necesidad física de llorar. Esa lucha es muy expresiva. No es por pudor, es porque yo no quería lágrimas, lo que quería era abatimiento. Eso que se queda dentro después de años y años de dolor. Adoro el melodrama, es un género noble, un grandísimo género, pero yo tenía muy claro que no quería su épica, quería otra. Sencillamente, esta tenía que ser una película muy seca”, dijo Almodóvar en entrevista con El País.

Originalmente, la película se iba a llamar Silencio, pero Almodóvar decidió cambiar el título debido a que el nuevo filme que estrenará el Director Martin Scorsese, este año, lleva el mismo nombre: “Considero demasiados silencios en la misma época y prefiero evitar equívocos futuros”, señaló Almodóvar en un comunicado que publicó en la página web de su productora.

En los términos que plantea Almodóvar, a lo mejor podemos esperar de Julieta una película en donde el llanto ahogado da forma al dolor sofocado, en donde parte del peso de la historia lo cargará el sufrimiento no hablado. No obstante, por más “seca” que pueda ser esta película o por más que la historia esté basada en un trabajo que no es de él, ojalá veamos a un Almodóvar que entiende profundamente al arquetipo de la madre, que explora con la sensibilidad que lo caracteriza el universo femenino. Ojalá se asome la percepción del pequeño Pedro, que creció rodeado de mujeres en la Mancha, conjugada con la madurez del Pedro que ha dedicado su carrera cinematográfica a entender a la mujer y a la madre. Ojalá veamos al Pedro que sabe leer nuestras cartas, al estilo de su madre: al Pedro que nos entiende como audiencia y que por medio del cine, nos enfrenta con nuestros temores y anhelos; ojalá que Pedro, con Julieta, nos ayude, otra vez, a tejer la unión entre la realidad y la ficción en nuestras vidas.

Ficha técnica

Julieta (2016)

Fecha tentativa de estreno en México: 6 de mayo de 2016, de acuerdo con IMBD.

Dirección y Guión:

  • Pedro Almodóvar

Actuaciones:

  • Emma Suárez
  • Adriana Ugarte
  • Daniel Grao
  • Inma Cuesta
  • Michelle Jenner
  • Darío Grandinetti
  • Rossy de Palma
  • Susi Sánchez
  • Pilar Castro
  • Joaquín Notario
  • Nathalie Poza Juana
  • Mariam Bachir
  • Blanca Parés
  • Priscilla Delgado
  • Sara Jiménez

Tomada de El Deseo

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Juegos Mentales

Final US 94

Por: Uriel Gordon  – @Urielo_
Imagen: http://www.bbc.com/sport/football/26931123

“Antes de que me fuera a las finales, mi maestro budista espiritual me dijo que enfrentaría muchos problemas y quF´e todo, se decidiría en el último minuto. En ese momento, no me di cuenta que su predicción sería muy precisa”.

Roberto Baggio en su autobiografía Una Porta Nel Cielo-

Pasadena California, 17 de julio de 1994.- Las banderas ondean; los gritos, aplausos y suspiros dictan la tónica del ambiente. Llegó la hora de la verdad, el momento para definir al campeón del mundo: Brasil e Italia se juegan el todo por el todo en la tanda de penales. El torneo, de pronto, se reduce a un instante; tras el gol de Dunga, la Verde Amarela se coloca 3-2 arriba en el marcador; Italia está en desventaja; otro tiro fallido y el viaje habrá terminado. No obstante, si hay alguien que puede mantener con vida a la Squadra Azzurra es el delantero Roberto Baggio, la estrella de la selección italiana, el ganador del Balón de Oro de 1993. Había hecho una gran papel en el Mundial; todo indica que está destinado a ponerse la camiseta de héroe para salvar a su equipo y hacerlo respirar.

Es un momento complicado; la multitud en el Estadio Rose Bowl está vuelta loca; los ruidos son ensordecedores; la presión está sobre Baggio. ¿Qué pensamientos estarán pasando por su cabeza? Con decisión y nerviosismo, agarra la pelota y la coloca en el manchón penal; toma vuelo y se prepara para ejecutar. El mundo lo observa; es la primera final en la historia de las Copas Mundiales que se decide en penales. Baggio entra a otra dimensión del tiempo; los instantes que vivirá lo marcarán para siempre. Se encuentra en el limbo del futbol: sabe que si mete el gol, su equipo tendrá chance de seguir volando; si falla, el sueño se romperá: todo se irá por la borda y la realidad se convertirá en su peor pesadilla.

Suena el silbatazo del árbitro y el número 10 del equipo italiano, comienza a trotar hacia el balón; para el espectador los pasos se ven acelerados; él, tal vez, los percibe como una eternidad. Está a punto de hacer contacto con la pelota y vemos que el portero de Brasil, Claudio Taffarel, instintivamente, se vence hacia el lado izquierdo, buscando adivinar la trayectoria. La pelota sale disparada con fuerza, pero vuela; sobrepasa la altura del travesaño y va dirigida hacia la tribuna. Brasil es campeón del mundo; el estadio se vuelve una samba; los jugadores brasileiros celebran. Baggio agacha la cabeza: Italia pierde la final del Mundial Estados Unidos 1994.

Cuando un partido se define en penales, se dice que es un volado. En cualquier momento, la presión y la suerte pueden inclinarse para cualquier lado de la balanza. En Estados Unidos 94, vimos que el péndulo de la presión jugó a favor de Brasil; vimos a uno de los mejores jugadores del mundo literalmente, volar un penal en el momento más definitorio de su carrera. ¿Qué sucedió?

Cuando llegué al manchón penal, me sentía bastante lúcido; lo más que uno puede estar en ese tipo de situación. Sabía que Taffarel siempre se aventaba, así que decidí tirar hacia el centro, arriba de la media altura para que no pudiera detener el balón con sus pies. Fue un decisión inteligente (…) Desafortunadamente, y no sé cómo, la pelota se elevó tres metros y voló sobre el travesaño (…) Fallé en ese momento; punto. Me ha afectado por años. Es el peor momento de mi carrera; todavía sueño con eso. Si pudiera borrar un momento de mi carrera, ese sería”, recordó Baggio en su autobiografía.

No se trata de juzgar a Baggio, a un jugador de entonces 27 años que no pudo soportar la presión. Los dioses del futbol no existen: el deporte lo juegan finalmente humanos que están llenos de emociones; en cualquier momento, la confianza se puede transformar en miedo; los aciertos y los errores forman parte de nuestra naturaleza. Por supuesto, se dieron muchos factores que detonaron el error de Baggio, pero podemos asumir que internamente la mente le jugó chueco: perdió concentración y voló el balón.

Ante este tipo de situaciones, el escritor del portal Slate, Stefan Fatsis, quien también es autor del libro A Few Seconds of Panic: A Sportswriter Plays in the NFL planteó, en entrevista con businessindiser.com, que el truco para vencer el pánico es encontrar una manera de aislar nuestra mente y de enfocarnos en la tarea que debemos realizar.

“Hablas con psicólogos del deporte y ellos te dicen que todos los grandes atletas hacen esto: tienen un lugar a donde se van y se enfocan; tienen una frase que repiten constantemente para hallar un camino para bloquear la presión y enfocarse en la tarea que han hecho millones de veces antes”, dice Fatsis.

Suena fácil escapar de la presión pero, sin duda, bloquearla es una tarea complicada; a todos nos puede traicionar la mente en los momentos definitorios, que son los que, a veces, definen la gloria o la derrota en los capítulos de nuestras vidas. Hoy recordamos a Roberto Baggio como uno de los grandes del futbol, pero también lo recordamos injustamente, como el jugador que llevó a Italia a la derrota, cuando el futbol claramente es un deporte que se gana o se pierde en equipo.

Los hechos deben ser juzgados en su respectiva proporción y otra vez, “errar” es humano. Si nos llega a suceder una situación similar a la de Baggio, ojalá aprendamos de ella y actuemos con madurez, sin perder la cabeza. Este tipo de madurez es la que se esperaba que mostrara el Jugador Más Valioso de la NFL al perder el Super Bowl 50, Cam Newton. Sin embargo, la frustración se apoderó de él. Esto fue lo que sucedió:

Faltan 4:16 minutos para que acabe el partido. Carolina pierde por seis puntos. Sin duda, no ha sido un juego fácil. El quarterback de las Panteras de Carolina, Cam Newton, ha sido golpeado constantemente; tuvo una temporada de ensueño, pero la defensiva de los Broncos de Denver lo ha opacado y no ha podido demostrar por qué le otorgaron el premio al Jugador Más Valioso de la liga. No obstante, todavía hay tiempo y Carolina está a un touchdown; el equipo se encuentra en la yarda 23 de su campo; es tercera oportunidad y nueve yardas por avanzar. Cam saca el balón; es jugada de pase; Newton está a punto de lanzarlo, pero llega el defensivo Von Miller, el verdugo que lo ha perseguido toda la noche; le arranca la pelota; es balón suelto. Denver lo recupera y se pone en posición de anotar; touchdown: los Broncos ahora se colocan 14 puntos arriba. Prácticamente ya no hay tiempo; Cam lo sabe. Desde la banca, mira con ojos de impotencia lo que sucede. Momentos después, lo vemos haciendo berrinche y dando de pataletas en el pasto. Carolina pierde el partido.

Llega la conferencia de prensa y Cam enfrenta a los medios. Con arrogancia y frustración, les dice que su equipo volverá al Super Bowl. Las preguntas siguen y él trae la cabeza agachada; mira poco a los reporteros, trae una mirada pérdida: uno de los hombres más carismáticos de la NFL está totalmente apagado. Viene otra pregunta; no aguanta, suspira, se levanta y abandona la conferencia de prensa. La prensa se queda incrédula.

Al respecto, Deion Sanders, comentarista de NFL Network y miembro del Salón de la Fama, criticó de forma atinada, la actitud infantil de Cam: la gravedad de no saber lidiar con el fracaso.

“Tú (Cam) eres la cara de nuestra marca en este momento. No puedes hacer esto (…) Entiendo las emociones que se desatan al perder, pero no puedes hacer esto. Un (Peyton) Manning, un (Tom) Brady… todos estos hombres, que son el prototipo de un mariscal de campo en nuestro juego, nunca van hacer esto (…) Te abres para que te critiquen más”, dijo Sanders al respecto.

Aunque no es nuestro papel juzgar a Cam y ponerlo en el banco de los acusados, hay que tener siempre en mente que nuestra actitud ante la derrota, también dice mucho: perdió la cabeza, fue presa del juego mental del fracaso y en ese momento, no supo salir con la dignidad que se esperaba de alguien de la talla de él, del Jugador Más Valioso de la Liga.

Ante las experiencias de Baggio y Cam, nos queda recordar que podemos ganar nuestros propios juegos mentales: superar el fracaso con madurez, vencer el pánico cuando nuestra mente y cuerpo se conectan plenamente, en paz y con sintonía, en el momento que nos toca vivir. No nos dejemos convertir en presas de esos juegos mentales que transforman los momentos clave en pesadillas que nos cazan y nos persiguen en nuestros sueños. Por supuesto, no es una tarea fácil. Ojalá Cam haya sacado una lección de vida sobre su derrota; ojalá Baggio con su madurez y perspectiva duerma hoy, después de más de veinte años, más tranquilo.

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Una Tarde en el Newseum

Newseaum

Por Uriel Gordon – @Urielo_
Imagen: Newseum.org

Si caminas por la calles de Washington DC, en la Avenida Pennsylvania, cerca del Capitolio, te topas con un edificio de siete pisos, que se llama el Newseum. Es un museo que está dedicado a las noticias y al periodismo; Freedom Forum, una fundación dedicada a promover la libertad de prensa y pensamiento, se encarga de su financiamiento. Para mí, representó una gran opción para escapar de la lluvia y el frío de la ciudad; pero más allá de eso, una gran experiencia.

Paradójicamente, un museo se puede percibir como lo contrario a lo noticioso; en muchos casos, representa el ayer, el pasado, las reliquias, lo que fue; no lo novedoso. Sin embargo, lo más interesante del Newseum es identificar que hay noticias que nos han marcado, que tienen el poder de seguir viviendo entre nosotros. Nuestra historia moldea nuestro presente: lo que fue noticia está conectado, de cierta forma, con lo que ahora es noticia. En este sentido, el Newseum nos enfrenta con el pasado y el ahora; el periodismo es la esencia que une las dimensiones del tiempo, que moldea e influye en nuestra propia historia.

Al comenzar el recorrido por el Newseum, di con uno de los símbolos que se encuentra detrás de las historias colectivas y personales de la Guerra Fría; me topé con un bloque de concreto, de más de tres metros de altura, grafiteado, que pertenecía al Muro de Berlín. En la pared, había una cara dibujada, cuadrada, que se parecía a “Robotina” de la caricatura “Los Supersónicos”; tenía la boca abierta y a través de ahí, se asomaban las palabras “You are power”.

Imaginemos la Alemania de la post Guerra, las miles de historias que escondía la superficie de una ciudad que emergió del pasado oscuro y quedó atrapada en la lógica maniquea de la bipolaridad; Berlín era una ciudad mutilada. La imagen de “Robotina” representaba la rebelión del pensamiento, detonado por el hartazgo; simbolizaba el poder de la palabra: la difusión de las noticias y la información dieron, poco a poco, voz al silencio impuesto. Justamente, el objeto de esta exhibición era mostrar cómo el periodismo representó una herramienta que ayudó a romper barreras; que ayudó a abrir mundos; a tirar el Muro de Berlín.

Al subir las escaleras, las imágenes y los símbolos continúan hablándome. Llegué a la galería de las fotografías que ganaron el Premio Pulitzer de 1942 a la fecha. Inmediatamente me fijé en las que ganaron este año y capturó mi atención una imagen: en Monrovia, Liberia, un niño de ocho años, que presuntamente estaba infectado de ébola, fue cargado para llevarlo a un centro médico, por dos personas que vestían trajes amarillos y mascarillas para no ser contagiados. Lo cargaban como a un costal; la mirada del niño estaba perdida. La fotografía de Daniel Berehulak, de The New York Times, es la imagen de la crisis humanitaria del ébola. El poder de la fotografía, despierta sensaciones instantáneas; nos mete a otra realidad de golpe y nos lleva a tomar conciencia de aquello que pensamos que puede ser ajeno a nosotros.

Lincoln shot

Llegué al cuarto piso y tocó abrir un capítulo trágico de la historia de Estados Unidos. Para conmemorar el 150 aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, que ocurrió en Washington DC el 14 de abril de 1865, el Newseum montó una exhibición de cómo fue la cobertura que le dio al magnicidio el New York Herald. En un día, el 15 de abril de 1865, el diario publicó 7 ediciones, comenzando con la de las dos de la mañana. Se podía leer el encabezado de una de ellas en mayúsculas: “Importante, asesinato del Presidente Lincoln”. Al adentrarse en el texto, el periódico reporta: “El Presidente y la Señora Lincoln se encontraban en el Ford’s Theatre, escuchando la representación de American Cousin, ocupando un palco en la segunda grada. Al cerrar el tercer acto, una persona entró al palco del Presidente y le disparo al Sr. Lincoln en la cabeza. El disparo entró por la parte detrás de su cabeza y salió sobre la sien”.

La exhibición mostraba el concepto breaking news en el siglo XIX. Ahora con internet y con las redes sociales, nos enteramos de las noticias de manera instantánea: nuestros smartphones y nuestras computadoras de bolsillo nos informan al momento de lo que sucede, no sólo en nuestro país, sino en el mundo. En 1865 habían asesinado al Presidente de los Estados Unidos y la forma de esparcir la noticia era imprimir, imprimir e imprimir y, para esparcir la información -la versión antigua de los clicks- emplear gente que repartiera periódicos por todo el país. La prensa, con compromiso, responsabilidad y seriedad, no abandonó la noticia; investigó y reportó constantemente; mantuvo informada a la población sobre la historia del asesinato de su Presidente. Los tiempos y las formas pueden cambiar, pero la esencia del periodismo oportuno vive desde hace muchos años.

En el quinto piso, el recorrido por la historia continuó: en frente de mí, aparecieron 400 primeras planas de periódicos que cubren más de 500 años de historia. Entre ellas, por ejemplo, me topé con el encabezado del Daily Mirror, del 5 de diciembre de 1933, que daba fin a la prohibición de la venta de alcohol en Estados Unidos. Decía: “Prohibition ends at last”. Meses antes, el 30 de enero, se podía ver también en el museo, la primera plana de un diario alemán que informaba que el presidente de Alemania Paul von Hindenburg nombraba a Adolf Hitler como Canciller, marcando así, su asenso al poder. El viaje seguía: desde la batalla de Waterloo en 1815, pasando por el asesinato de John Lennon en 1980, hasta las primeras planas informando del triunfo de Barack Obama.

Para terminar el recorrido, me asomé a la terraza del sexto piso; la vista panorámica, la Av. Pennsylvania, la calle donde se encuentra la Casa Blanca, donde se generan algunas de las noticias más importantes del mundo. Hacía un poco de frío, pero ya no estaba lloviendo; el museo estaba a punto de cerrar. Pensé en mi tarde en el Newseum; en la historia hablando a través de los medios de comunicación; en el registro de los hechos, que tienen eco en el presente; en el papel y responsabilidad que tiene la prensa con nuestra realidad.

Salí del museo y me dirigí a mi siguiente parada, Landmark Theatres, para ver la película Spotlight que justamente, trata de cómo el periódico The Boston Globe, a principios de la década del dos mil, destapó los escándalos de pederastia que se dieron en la Iglesia, en Boston. Al igual que el Newseum, esta película muestra a la prensa como un actor clave con el poder para influir en los hechos y avanzar hacia algo mejor. La historia sucedió hace más de de 10 años; podríamos decir que es cosa del pasado, pero no: esta noticia, como muchas noticias que vi en el Newseum, todavía vive y está dando de qué hablar.

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Tarantino y su Sello Teatral: The Hateful Eight

The Hateful 8

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

“Supongo que (The Hateful Eight) es Reservoir Dogs, si habría una tormenta gigante de nieve y nadie podría nunca salir del cuarto”.- Stacy Sher, productora de The Hateful Eight en entrevista con The Financial Times.

Comienzo con Reservoir Dogs (1992). Una gran parte del relato sucede en una bodega: ladrones que prácticamente son extraños entre sí, y que tienen seudónimos que hacen referencia a los colores para proteger sus identidades, buscan, ante una situación desastrosa, descubrir un misterio al estilo de las novelas de Agatha Christie. La película, básicamente prescindió de los efectos y escenarios visuales; la historia, los diálogos y las actuaciones se volvieron el motor que nos cautivó como espectadores, que nos mantuvo a la deriva y a la expectativa.

Me voy ahora con Inglourious Basterds (2009). Cómo olvidar la escena, de alrededor de 25 minutos, que sucede en el sótano de una taberna en un pueblo ficticio francés llamado Nadine. El director y guionista, Quentin Tarantino, nos llevó a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, nos condujo a la Francia ocupada por la Alemania Nazi y nos metió al clima de tensión del mundo del espionaje de esa época. Para contar esta parte de la historia, Tarantino no necesitó de grandes efectos y escenarios; los diálogos y las actuaciones fueron lo suficientemente poderosas; nos llevaron a perder la noción del tiempo, a olvidar que habían transcurrido 25 minutos de la película… En un sótano.

Esta temporada de invierno, Tarantino regresa con su nueva película The Hateful Eight. La historia se sitúa en el estado de Wyoming, en Estados Unidos, algunos años después de la Guerra Civil. Estamos hablando de la época que gira alrededor de 1875, de tiempos con fuertes tensiones raciales; la esclavitud se había abolido tan solo algunos años antes.

En un principio, Tarantino había pensado en la película como una de secuela de Django Unchained (2012), en la que abordó la historia de un esclavo que se convirtió en caza recompensas antes de que estallara la Guerra Civil. Para The Hatefeul Eight, Django sería nuevamente, un personaje central. No obstante, el director decidió cambiar de curso.

“¿Sabes que está mal con esta pieza (The Hateful Eight)? Django; se tiene que ir porque uno no debe tener un centro moral cuando se trata de estos ocho personajes”, dijo Tarantino en entrevista con el crítico de cine David Poland.

La película es un Western que cuenta la historia de 8 extraños, The Hangman, The Prisoner, The Bounty Hunter, The Sheriff, The Mexican, The Little Man, The Cow Puncher y The Confederate que deben buscar refugio en una montaña, ante una tormenta de nieve.

Seguramente, el racismo será un tema que tendrá eco en la película. Al respecto, en entrevista con el periodista Ben Mankiewicz, el cineasta habló sobre el reto que representa ponerse en los zapatos de personajes que defienden el discurso racista: cuando Tarantino observa el producto de su escritura y analiza los argumentos que salen de su mente, para este tipo de casos, hace que a veces, se quiera dar un tiro en la cabeza: en algún punto pueden tener cierta coherencia, se lamenta el guionista, pero plantea que no es su papel juzgar o interferir con la naturaleza de sus personajes.

“No soy yo; soy ellos. Mi artista se abre, estoy conectado y no trato de mover las cosas. Solo estoy abierto a saber quiénes son estas personas. Las cosas que dicen, literalmente, salen de ellos. Esa es parte de la habilidad de un escritor; de cortarse en un grado, para abrirse y convertirse en otras personas”, señala Tarantino.

¿Podrá Tarantino sumergirnos nuevamente en su mundo teatral? ¿Podrá meternos en la piel de sus personajes? Cada quien juzgará, pero podemos asumir que veremos una película con diálogos calculados, actuaciones intensas y, por supuesto, violencia. Que comience la función. Llegó el momento de abrir otra vez el telón.

Ficha técnica

The Hateful Eight (2015)

Dirección y Guión: Quentin Tarantino

Actuaciones principales: Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Bruce Dern, Walton Goggins, Demián Bichir y Tim Roth.

Fecha de estreno tentativa en México: 14 de enero 2016.

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