La Vida en la Guarida

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Marzo, 2011.- Sábado por la noche. Te encuentras recostado en el sillón verde; delante de ti, aparece la televisión rodeada por un muro de madera lleno de libros. Se asoman autores como Italo Calvino, Amos Oz, Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Carlos Fuentes, Paul Auster, Etgar Keret, George Steiner, Octavio Paz, Elie Wiesel, Jorge Volpi, Isaac Bashevis Singer y también, el rastro que dejaron los ladrillos de la Enciclopedia Británica. En medio de ese mar de libros, se asoman fotografías que te recuerdan a tu infancia, retratos que hablan de distintos pedazos de tu vida.

Debajo de la televisión, aparece tu santuario de películas: observas cintas dirigidas por Luchino Visconti, Alfonso Cuarón, Paul Thomas Anderson, François Truffaut, Pedro Almodóvar, Quentin Tarantino, Martin Scorsese, Sofía Coppola, Steve McQueen, Wes Anderson y Stanley Kubrick, entre otros. Hablando de Kubrick, por cierto, la luz del espacio en donde estás, te recuerda la tonalidad única de las madrugadas que aparecen en La Naranja Mecánica: oscuridad iluminada.

Ese sábado, te sientes cómodamente entumido, recluido en tu guarida; disfrutas estar aislado, aunque ya se ha convertido en costumbre; disfrutas, en tu burbuja, los libros y, sobre todo, las películas que te conectan con el exterior. Al momento de escoger tu actividad de la noche, sin duda, privilegias el cine sobre los libros. Sabes que tienes a tu disposición, un catálogo prácticamente infinito de conocimiento escrito que espera pacientemente, a ser explorado, a pesar que tú no tengas la paciencia para aventurarte en él. Esa noche, decides nuevamente ignorarlo: por instinto, te vas por lo inmediato, por proyectar una película que consideras una fuente de sabiduría o simplemente entretenimiento. Se vale,¿no? ¿Por qué no?

Sin embargo, la apatía, como en otras ocasiones, se vuelve apoderar de ti: te dejas enganchar por la realidad virtual. Te quedas observando fijamente la consola de PS3 que aparece ante tus ojos; hay un videojuego que particularmente, te atrapa, te hipnotiza: NBA Live 2010; en la portada aparece el entonces, Centro del Magic de Orlando, Dwight Howard.

Cada vez que abres las puertas del mundo virtual, sientes que vives tu sueño guajiro de ser basquetbolista: te pones el uniforme verde de los Celtics de Boston, mueves las piezas del tablero de ajedrez: controlas a tus delanteros Paul Pierce y Kevin Garnett y a tus guardias Ray Allen y Rajon Rondo a tu antojo. Sientes que eres la mente maestra, que gracias a ti, juegas en las finales de la NBA, que gracias a ti, tu equipo está a un paso de levantar el trofeo Larry O’ Brien.

De pronto, suena tu teléfono; del otro lado de la bocina, escuchas a un amigo que te recuerda que hoy tienes una cena de cumpleaños en un bar en la Colonia Condesa, de la Ciudad de México. Te acuerdas que recibiste la invitación en Facebook hace algunas semanas, pero te da mucha flojera moverte; prefieres dormir despierto. No obstante, se siembra la duda en tu cabeza: cada vez, sientes que te estás dejando llevar por la inercia; cada inmersión en la realidad virtual, te desconecta de ti y de lo que sucede afuera; te convierte en una especie de Zombie. Con pereza, das los primeros pasos: abres la puerta de tu guarida…

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De Cara al Tercer Piso

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Escribo este texto a un mes de cumplir 30 años. Hoy quiero compartirles, tres cumpleaños, tres momentos que precisamente, me han hecho feliz.

Los Caballeros del Zodiaco

En 1993, a semanas de mi cumpleaños, vi algo que me llamó mucho la atención: en los anuncios televisivos, tipo CV Directo, aparecía a la venta, la película de una de mis caricaturas favoritas, Los Caballeros del Zodiaco. Esta serie animada trataba de unos jóvenes guerreros, que con poderes sobrenaturales, junto Atena, la diosa de la sabiduría, protegían al mundo de la maldad.

Al ver el anuncio, inmediatamente corrí con mi mamá y le pedí si podíamos ordenar la película por teléfono. Accedió y nos dijeron que tardaría algunas semanas pero, por lo que recuerdo, no especificaron la fecha de entrega. Para mi sorpresa, el día de mi cumpleaños, la cinta llegó a casa. Si algo recuerdo con claridad, es que me sentí soñado: pensé que había sido una extraña coincidencia que la película llegará precisamente el día de mi cumpleaños. ¿Casualidad o intención? Quién sabe. Lo que importa es que el día en que cumplí siete años, sentí con fuerza que los poderes de Los Caballeros del Zodiaco, vivían en mí como nunca. Eso era felicidad.

Las Trajineras de Xochimilco

Para mi cumpleaños de 20 o 21 años, organicé con mis amigos de la preparatoria y la Universidad mi festejo en las trajineras de Xochimilco. Recuerdo que nos dividimos en dos trajineras que a la vez, navegaban unidas, transitaban por el lago junto con puestitos flotantes de esquites y embarcaciones itinerantes de mariachis. El ritmo de la música mexicana, la comida y la bebida se convertían en el telón de fondo de una tarde de celebración que nunca olvidaré.

El canto y las risas, resonaban con fuerza; la gente bailaba y festejaba. Por unas horas, nos aislamos del mundo, por decirlo de cierta forma: nos perdimos en el momento, en el pequeño universo de las trajineras de Xochimilco. Recuerdo con felicidad, estar en sintonía con mi pasado, con mis amigos que había conocido en la escuela. Recuerdo con felicidad estar en sintonía con mi nueva realidad, rodeado también de gente nueva que había conocido en la Universidad. Me sentía afortunado por haber conectado con la permanencia de mis amistades de antaño y haber estrechado mis vínculos con algunas de las nuevas amistades que me acompañarían también en el futuro. Eso era felicidad.

Cervezas y música en el depa

Mi cumpleaños de 28 marcó el primer cumpleaños que pasé en mi primer departamento. Era un día entre semana; el plan fue simple y sencillo: cervezas en el depa. Fue una noche tranquila, rodeado de gente querida. Estuvimos en la sala, tomando unos tragos, platicando y escuchando en Spotify, el playlist que armé para esa ocasión, titulado “Cumple”. La música traía de todo un poco: The Beach Boys, Foo Figthers, The Kinks, The Coasters y La Gusana Ciega, entre otros grupos.

En medio de la celebración, recibí de pronto, una llamada de mi tío. Me preguntó que cómo me sentía al cumplir 28. Mi respuesta: mejor que el año pasado: ese 2014, celebraba independencia, dar un paso natural que siempre había anhelado en mi vida. Sin menospreciar en lo absoluto, la vida en casa de mis papás, ese día celebraba compartir mi propio espacio con la gente querida que me rodeaba. Eso era felicidad.

De cara al tercer piso, me siento privilegiado de encontrar momentos íntimos que mantienen despierto mi mundo interno, honrado de estar rodeado siempre de gente querida que simplemente, me hace seguir soñando, seguir en movimiento para transformar lo que me rodea. Me enorgullece en general, mi pasado; me entusiasma el futuro, sin sobredimensionar la expectativa. Precisamente, creo que la la magia de la vida es una conjunción entre lo esperado e inesperado. Que siga fluyendo la vida por su propio curso: esto es felicidad.

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Entrevista: La Dimensión Desconocida de Isaac Ezban

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Regresemos un poco en el tiempo. A principios de la década de los noventa, vemos a un niño sumergido en el arte de la narración oral de cuentos, a un pequeño que aparece relatando historias en espacios televisivos como el programa Un nuevo Día que conduce Rebbeca de Alba y César Costa. Transmite fábulas, relatos con moraleja que reflejan elementos centrales de la condición humana. Disfruta de la experiencia: lee, hace gestos, mueve sus manos, juega con sus tonos de voz para expresarse y dejar huella en sus audiencias.

Sin embargo, hay algo que disfruta más: descubrir nuevos mundos a través del cine, de las imágenes en movimiento. La Ciudad Gótica de Tim Burton en Batman Regresa y la ciudad de Agrabah que aparece en Aladdín de Disney son extractos de algunas de las películas que se convierten en parte de él: lo cautivan, marcan su imaginación, su vida; le despiertan sensaciones que lo convencen a su corta edad, que su futuro sí tiene que ver con el arte de contar historias, pero por medio de otro vehículo: la pantalla grande.

Hoy, este niño, que se llama Isaac Ezban, se dedica a hacer cine: es guionista y director; ha sido catalogado por Guillermo del Toro como “un director muy necesario en el género en México”.

Este octubre, Ezban estrena en nuestro país su segundo largometraje titulado Los Parecidos (2015), que él mismo describe como “una carta de amor a la ciencia ficción de los años sesenta”. Esta película obtuvo, entre otros premios, el de Mejor Película Latinoamericana en SITGES, Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya. Tuvimos la oportunidad de conversar con Ezban y te presentamos la entrevista que le realizamos.

 

En términos de relato de ficción, ¿qué te permite hacer el cine como vehículo de narración que no te permite la novela escrita? 

Son vehículos muy diferentes. Lo que tiene la novela escrita es que te ayuda a ejercitar la imaginación: te imaginas a los personajes, te imaginas todo. En mi caso, cuando veo que existe una novela de la cual hay película, me gusta primero leer la novela y luego ver la película; no veo ni el trailer, porque me gusta ser yo quien imagine a los personajes. La imaginación es un músculo para ejercitar y en ese sentido, leer te ejercita la imaginación como ninguna otra cosa.  

Por otra parte, creo que la cualidad que tiene el cine que no tienes en la literatura, radica en el concepto del séptimo arte: la conjunción de todos los otros artes. De pintura, tienes la parte visual, la fotografía. Tienes música, iluminación, diálogos, silencios, casi arquitectura en el sentido de todo el aspecto visual (…) En general, como director de cine, tienes muchas herramientas, no solo para contar una historia, sino para causar emociones en el espectador. Sin menospreciar la novela, creo que conjugando todo este tipo de elementos, el cine te permite tocar más fibras.

Has planteado que para ti, tu nueva cinta Los Parecidos,  es “una carta de amor al cine de ficción de los años 60”. Platícanos cómo surgió la idea de Los Parecidos y háblanos un poco de la adaptación de ese cine de ficción de los años 60 que tanto te inspiró a los tiempos en los que vivimos. 

Yo crecí viendo La Dimensión Desconocida; por más que es una serie de los años sesenta, todas las noches veía un capítulo antes de dormir. Me encanta que tiene algo de lo que yo llamo la ciencia ficción psicológica, que es una ciencia ficción que puede ser muy ambiciosa, pero se aborda desde un espectro físicamente reducido. Por ejemplo, se está acabando el mundo, pero lo vemos desde una familia que está en el sótano con una radio.

Por otro lado, me gustaba también observar las metáforas humanas que se hacían con la ciencia ficción, es decir, usar la ciencia ficción para reflexionar sobre temas muy humanos, usar la fantasía para hablar de algo real (…)

Creo en este sentido también, que la buena ciencia ficción siempre tiene una connotación política o social. Este elemento lo veo muy claro en las historias norteamericanas de los sesenta: lo podíamos encontrar en algún episodio de La Dimensión Desconocida o en una película serie B de estos años, en donde, por ejemplo, veíamos a un OVNI llegando a Estados Unidos y, en realidad, se jugaba con la metáfora de la Guerra Fría: el temor de la llegada de un holocausto nuclear.  

Pensé que quería hacer algo así, pero en México, entonces, me puse a pensar qué estaba pasando en México en los años sesenta: todo el previo a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco en el 68, que fue un año de gran explosión y manifestaciones no solo en México, sino en el mundo. A partir de ahí, se me empieza a ocurrir la idea de realizar una metáfora para contar algo real: contar la inconformidad de la juventud, de sentir que a todos nos están tratando de hacer la misma persona en todas las esferas; es decir, tu familia, trabajo y tu gobierno, te quieren hacer la misma persona. Pensé en que estaría padre hacer una película en la que dentro de este contexto, todos empiecen a volverse literalmente la misma persona.

¿En qué radica para ti la angustia de parecerse a alguien más?

Tiene que ver con el miedo a perder tu identidad. Todos nosotros por más que tal vez hablamos el mismo idioma, nos vestimos igual, escuchamos la misma música, frecuentamos los mismos lugares o vemos las mismas películas, tenemos dentro una individualidad que es muy única y creo que muchas de estas manifestaciones, como lo que pasó en Tlatelolco, tienen que ver con el miedo de la gente de perder esta individualidad, con el miedo a perder lo que te hace único.

En la película eso se expresa con una metáfora muy gráfica, muy literal en donde literalmente, la gente se empieza a parecer. Sin embargo, es un miedo que podríamos observar en cualquier época y en cualquier contexto, el miedo a algo que no controlas, a que estás perdiendo lo que te hace único y diferente a los demás. Por eso, es que es un miedo fuerte y de angustia.

¿Cuál es el sello distintivo de Los Parecidos?

Es una película original, tiene referencias muy claras, pero al mismo tiempo, mezcla esas referencias, haciendo algo nuevo. Para mí, la originalidad es muy importante. Si alguien me pregunta qué es lo más importante que busco en una película es la originalidad. Yo quiero siempre hacer algo diferente, porque siento que hacer una película es tanto trabajo, tantos meses, años, dinero, tanto esfuerzo que para qué hacerla por algo que ya se ha hecho antes.  

Creo que Los Parecidos es una película original, vertiginosa, entretenida; está filmada como si fuera de los años sesenta, tiene la composición de colores de esa época, tiene cinta rayada, música de orquesta; el diseño sonoro, la lluvia, la radio y los elementos que describí anteriormente hacen que sea una experiencia de inmersión: desde que empieza, como que te abrochas los cinturones y viajas en una montaña rusa al pasado y eso creo que es el sello distintivo.

¿Cuál fue el momento que más disfrutaste en el rodaje de Los Parecidos?

Cada momento lo disfruté. En especial, disfrutaba mucho, superar los retos del día a día: 30 días, 5 semanas, con un equipo de más de 50 personas, superando retos, llegando todos los días a las siete de la mañana, pensando que seguro no íbamos a lograr nuestro objetivo en el día. Cuando llegaba la una o dos de la tarde, nos sentíamos hundidos, pensando que no terminaríamos y que tendríamos que quedarnos horas extras, pero a las seis o siete, salvábamos el día. Era increíble la magia de hacer cine: cada día llegar y superar un reto.

También, te diría que disfruté los momentos con los grandes efectos especiales: cuando teníamos un doble que salía volando con cables, por mencionarte algún ejemplo, me emocionaba mucho porque me sentía como un niño chiquito con mis juguetes. Por supuesto, también disfruté mucho los momentos que conseguía una actuación muy potente, real y conmovedora de alguno de mis actores. En fin, es difícil escoger un solo momento.

 ¿Qué proyectos vienen en el futuro? 

Tengo ocho guiones en desarrollo muy distintos, de diversos tipos de presupuesto, todos dentro del género; con cine de género me refiero a thriller, suspenso, terror o ciencia. Lo más pronto que tengo ahora es mi primer película en inglés que es algo muy emocionante. Es mi primera película no escrita por mí, una película que alguien me contrató para dirigir.

Por otra parte, tengo en desarrollo para el siguiente año, una película independiente de terror que quiero hacer en México y otra película de ciencia ficción. Conforme, haya más información, les compartiré los detalles.

 

Sin duda, suena interesante el futuro para el director y guionista Isaac Ezban pero, por lo pronto, podemos ver Los Parecidos, que se estrena el 14 de octubre en México. Esta es una oportunidad para que entremos a su dimensión desconocida y así, no perdamos de vista a un cineasta que se atreve a apostar por el cine como un vehículo original que brinda historias y experiencias sensitivas, que perturban, que tienen la capacidad de marcar y moldear nuestras vidas.

Ficha técnica

Título: Los Parecidos (2015)

Dirección y Guión: Isaac Ezban

Reparto: Gustavo Sánchez Parra, Cassandra Ciangherotti, Fernando Becerril, Humberto Busto, Carmen Beato, Santiago Torres, María Elena Olivares, Catalina Salas, Alberto Estrella, Luis Alberti.

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Montaña Rusa en el Aire

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Verano 2016.- Miércoles por la tarde. Me encuentro en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Mi vuelo sale hasta las 6 p.m; tengo tiempo de sobra: quiero ver si me puedo subir al de las 5 p.m, pero no hay espacio. Leo una revista en la sala de espera, luego camino y veo en un restaurante a una amiga de la infancia junto con su esposo e hijos; platicamos brevemente, se me pasa el tiempo rápido: ha llegado el momento de abordar.

El vuelo despega con destino a Guadalajara; es un vuelo corto: dura aproximadamente una hora. El avión tiene pantallas para ver películas y eso me agrada. Elijo la película Los 33, que está basada en la historia de los 33 mineros que quedaron atrapados por más de 60 días en la mina de San José, en Chile, y que finalmente sobrevivieron. Transcurre el trayecto y, por supuesto, no alcanzo a a ver toda la película que, de cualquier forma, no me está encantando: el aterrizaje se aproxima.

Volteo a ver la ventana y el cielo está totalmente nublado; llueve mucho. En el momento que el avión está a punto de tocar piso, cambia de dirección y comienza a despegar nuevamente. El nervio se siente en el interior del avión: nos encontramos en una zona de turbulencia; empezamos a sentir pequeños saltos que conforme pasan los segundos, se intensifican. De pronto, el avión baja con velocidad como si fuese el tipo de caída libre que uno experimenta en la Montaña Rusa. Peor: no nos encontramos en la Feria; estamos en las nubes. En ese momento, se me sale el aire y pego un grito ahogado: no recuerdo haber vivido una situación similar en un avión. Los instantes se alargan y en fracciones de segundos, vuelan múltiples imágenes por mi mente. Es impresionante la capacidad que tiene el cerebro para procesar pensamientos existenciales en tan poco tiempo. Deseo con todo mi ser que no se caiga el avión; todavía me queda mucho por vivir, me repito en mi cabeza.

Después de unos segundos, afortunadamente, el avión vuelve a ganar altura y comienza a estabilizarse. Regresa un poco la paz. Sin embargo, se escuchan muchos murmullos; la gente, incluyéndome a mí por supuesto, está asustada. Volteo a una de las personas que se encuentra a mi lado y lo primero que me dice de manera nerviosa: “Estamos en medio de un tormentón”. El avión vuelve a tratar de aterrizar en Guadalajara, pero las condiciones climáticas nuevamente lo impiden. El piloto anuncia que aterrizaremos en Puerto Vallarta.

El trayecto transcurre con normalidad. Después de alrededor de 30 minutos, se asoma el mar de Puerto Vallarta entre un cielo nublado. Lo primero que pienso al contemplar la vista es que me encantaría quedarme en la playa unos días. Me imagino a mí mismo en un camastro, recostado, viendo el mar mientras mis manos tocan la arena. Me imagino sumergido en el mar, sintiendo la espuma de las olas.

Salgo de mi fantasía y me percato que ya estamos a punto de aterrizar. Tocamos tierra y siento una sensación de alivio. El plan es cargar combustible, esperarnos unas horas y regresar a Guadalajara. Cuando abren la puerta del avión, salgo inmediatamente a las escaleras. Se siente el calor digno de un clima tropical, pero hay mucha gente que está fría; observo reacciones de todo tipo: gente que llora, a alguien que respira por medio de una bolsa, gente que se sube un camión con la intención de regresar por tierra, pero también veo gente que sonríe, que platica y se siente aliviada. Me topo con el piloto y tengo la oportunidad de conversar con él y otras personas.

Nos explica, en primera instancia, que le impresiona la velocidad con la que se pueden mover las nubes. Nos dice que en el momento que íbamos a aterrizar en Guadalajara, nos encontrábamos justo abajo del ojo de la tormenta. Nos brinda una analogía: la tormenta representa una regadera y, en este caso, la tormenta o la regadera se encontraba arriba de nuestro avión, encima de la pista de aterrizaje. Si hubiéramos intentado aterrizar, corríamos el riesgo que la fuerza del agua y del viento nos hubieran empujado hacia abajo. Por ello, tomó la decisión de no aterrizar; pudimos haber chocado. Nos comenta que cuando estábamos despegando, apenas logramos esquivar la tormenta, pero ésta rozó un poco al avión; no había de otra. Por eso sentimos el bajón al estilo de la Montaña Rusa. Nos confiesa que en más de 20 años de carrera, nunca le había tocado lidiar con una situación así. Solo le había tocado vivir una experiencia que se asemeja, en el simulador de vuelo. Nos platica que también sintió miedo y que temía que el parabrisas no aguantara la presión al momento que rozamos la tormenta. Sin embargo, mantuvo la calma y nos sacó de la situación como un profesional. Nos llevó sanos y salvos a Puerto Vallarta porque esa era la opción más segura. Al terminar la conversación, le agradezco al piloto, lo felicito por poner nuestra seguridad ante todo.

Después de una hora, volvemos a despegar rumbo a Guadalajara. Como a los veinte minutos, se escucha la voz del piloto: “Ahora estaremos pasando por una zona de turbulencia. Favor de abrocharse el cinturón”. Me agarro de los descansabrazos y me siento tenso, pero no se siento nada de turbulencia: respiro. Son como las 10 de la noche y por fin, vamos a aterrizar en Guadalajara. Al tocar piso, se escuchan aplausos. Hemos llegado a nuestro destino, hemos vivido una experiencia que no olvidaremos. ¡Tierra, tierra, tierra!

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Paredes Verdes, Magritte y Algunas Claves de Mi Mundo

 

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

No tengo idea cómo aparecí ahí. ¿Qué pasó antes? Quién sabe; es como si no tuviera memoria; solo sé que me encuentro en la sala de una casa en Georgetown, DC; el lugar me recuerda a la película de los hermanos Cohen, Burn After Reading (2008): “¿Dónde está Osborne Cox?”, ¿dónde está el dueño de la casa?, me pregunto; ¿dónde está el personaje que interpreta John Malkovich en esa cinta?

La casa es elegante: las paredes están pintadas con una mezcla de color verde botella con verde pino; en frente de mí, hay una mesa de madera oscura que se ve antigua y me invita a pensar en los tiempos de la Independencia de Estados Unidos; la silla en donde me encuentro también le hace justicia a la época que pasa por mi mente y, todo en su conjunto, hace sintonía con la gran chimenea que impone su presencia en la sala. En un día frío como el de hoy, la chimenea adquiere vida; se convierte en un objeto que me invita a abrazarlo.

La leña arde con fuerza y empiezo a sentir calor; se me antoja mucho un whiskey y justo cuando el pensamiento pasa por mi mente, aparece en mi mano una copa. Me sorprendo que haya surgido por arte de magia, pero al mismo tiempo, no le doy mucha importancia. De repente, se acerca una persona a la sala; toma asiento, me observa y no dice nada. Le doy una mirada de regreso y no hay interacción. Volteo a ver los cuadros que cuelgan de las paredes y, por instantes, empiezo a ver que las pinturas están en movimiento pero luego, todo regresa a la normalidad; volteo, nuevamente, un poco inquieto, a ver a la persona que se encuentra conmigo en la sala y con una sonrisa, apunta su mirada hacia los cuadros que acabo de observar.

Ahora, las pinturas están en pleno estado de distorsión: los paisajes que observaba hace unos instantes se ondulan de manera más fuerte que el movimiento que sugiere La Noche estrellada de Van Gogh; los otros retratos que admiraba se derriten como los relojes que aparecen en La Persistencia de la Memoria de Dalí. Me levanto de mi asiento y no me siento asustado: la adrenalina, canalizada hacia la emoción, me empieza a invadir. En mi cabeza comienza a sonar música.

El sonido es cada vez más fuerte. Entre más me acerco a la puerta salida de la casa, más se aproxima el crescendo de la melodía que suena en mi mente. Me siento en una especie de película donde la música se convierte en la antesala de un gran misterio por resolver. Abro la puerta y me topo con mi misterio; no doy crédito de lo que veo: los ladrillos de las casas que me rodean se mueven como piezas del juego Tetris; en el cielo hay semáforos y lagos: la ciudad esta literalmente de cabeza. Todo se mueve de una forma extraña, pero armoniosa; por momentos, me vuelvo parte del universo que conjuga el mundo de la película Inception (2010) con el del pintor surrealista Rene Magritte. Me encanta el lugar en el que estoy, pero el sueño ha llegado a su fin.

Es noviembre de 2011. Despierto en mi cama; regreso a la realidad y sonrío. Aclaro, no me me metí nada, ningún tipo de alucinógeno. Me doy simplemente cuenta que me tocó vivir uno de los sueños más artísticos que he tenido en mi vida. Me siento afortunado; me asombra el poder que tienen los sueños para adentrarnos en mundos maravillosos de una manera totalmente natural. Recuerdo que mi papá me platicó que le daba mucha curiosidad ver a su tío en el momento que deseaba tomar una siesta; su tío se emocionaba mucho antes de dormir como si fuera un lugar secreto. Mi papá sabía que el simple hecho de descansar podía traer felicidad, pero siempre se quedaba con la sensación de que había algo más.

Eso lo descubrió cuando vio la película Yo Iván, tú Abraham (1993) que retrata cómo vivían las familias judías en Polonia, en 1930, en los llamados shtetl, pueblos pequeños, sumidos en la pobreza, aislados del mundo. En la película, había un joven al que le encantaba tomar la siesta. Eso le recordaba a mi papá el mundo donde venía su tío. Le hizo entender que en un pueblo donde no existía el cine, donde no existían muchas formas de entretenimiento, soñar se convertía en el vehículo para explorar otros mundos.

Por supuesto, que en el sentido estricto de la palabra, se supone que los sueños no son experiencias reales. Sin embargo, los sueños nos marcan y, en ocasiones, influyen en nuestra vida al igual que las experiencias reales. El sueño surrealista que tuve en 2011, me recuerda constantemente, de forma vívida, la presencia del arte en nuestras mentes, del arte que a veces vive en cada uno de nosotros y que en mi caso, me permite entender el mundo de donde vengo.

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Nostalgia Noventera

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Hay escenas cotidianas del pasado que al recordarlas, inmediatamente nos conectan con una dulce nostalgia; rompen las barreras del tiempo: con tan sólo visualizarlas nos transportan directamente a una realidad que sin duda, es distante, pero que vive con fuerza en nosotros. El simple día a día nos dice mucho del tiempo en el que alguna vez vivimos. Para mí, la década de los noventa marcó mi infancia. Hoy les comparto algunas de las escenas que me regresan a mi pasado.

Videocentro: el santuario de las películas

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Pasillos llenos de historias albergadas en video casetes VHS; pasillos que me hacían sonreír los sábados por las mañanas. Llegar a Videocentro, a la tienda de renta de películas, era una aventura. Recuerdo perderme por “horas”, seguramente minutos, en la sección que mostraba una variedad de películas y caricaturas infantiles. Ahí estaba Bernardo y Bianca y Madame Medusa, una de las mejores villanas de Disney, que tenía como mascotas a dos cocodrilos, a Brutus y Nerón; ahí estaban las Patoaventuras con Rico McPato, sumergido en su bóveda de dinero; ahí estaba Chip y Dale con el ratón gordo Monterrey que cada vez que olía el queso, se le enchinaban sus bigotes y entraba en una especie de hipnosis. Ahí estaban los dibujos animados que marcaron mi infancia.

El Gran Juego de la Oca

En sábado por la tarde, en la pantalla, se proyectaba el programa El Gran Juego de la Oca, que transmitía el canal Antena 3 de la televisión española y que en México, lo retransmitía TV Azteca . Se trataba de un concurso en el que los participantes personificaban, literalmente, a las piezas que se movían dentro de un tablero enorme que constaba de 63 casillas. Se movían por el azar de los dados y cada casilla a la que llegaban, representaba un reto para ellos. Usualmente, el primer concursante que llegara al final del tablero era el que ganaba. La casilla que más me divertía era la número 52: cuando la suerte colocaba a uno de los participantes ahí, las notas del Barbero de Sevilla de Rossini sonaban; veíamos a un peluquero, con peinado de Cristóbal Colón, que daba brincos de emoción, celebraba como si hubiera metido el gol del triunfo de la final del Mundial; se regocijaba al pensar que le cortaría el pelo o raparía al participante que había caído en su casilla, en la casilla del Flequi. Me divertía ver a alguien perder el pelo. Tal vez, inconscientemente, me divertía el hecho que en el futuro estaría pelón; tal vez, esa era una forma de reírme de mi yo del presente.

El ritual del ICQ

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Comenzaba la conexión con el mundo virtual. Daba la instrucción con el mouse para que la línea del teléfono de mi casa fuera utilizada para el uso exclusivo de internet. En la pantalla, observaba las siluetas de dos teléfonos amarillos que buscaban conectarse entre sí. Cuando lograba ya estar en línea, el teléfono se bloqueaba y no podían entrar ni salir llamadas. Eso era lo de menos, el chiste era meterme al ICQ, al WhatsApp de la época. Al conectarme, el ícono de una florecita que marcaba que estaba offline se tornaba de roja a verde. A partir de ahí, observaba a la gente que estaba sintonizada en la aplicación; aparecían los nombres de mis amigos y amigas de la escuela. La mayoría de mis contactos portaba seudónimos; el mío era Cucamonga, en alusión a un capitulo de Los Simpson en el que Homero entraba a la escuela de payasos que daba Krusty y ahí, le enseñan esa “palabra graciosa”. Recuerdo con cariño, el sonido que emanaban los mensajes que recibía; se asemejaba al de un gallo: “Qu, qu”. Me recuerdo pegado a la computadora, por horas, conectado en el ritual del chat.

Las llamadas a casa

Ya no registro la última vez que le hablé a una amiga o amigo al teléfono fijo de su casa, pero aún conservo en mi mente algunos de sus números que creo, todavía pertenecen a la casa de sus papás. En la década de los noventa, solía memorizar los números de mis contactos más frecuentes. No existía la lógica que hoy tenemos con los celulares que nos dan la capacidad de almacenar a nuestros contactos. Además, la comunicación en ocasiones, estaba sujeta a filtros: si quería comunicarme con mis amigos a veces corría con la suerte de que la persona contestaba directamente el teléfono, pero muchas otras veces, tenía que hablar con sus papás, hermanos o hermanas para comunicarme. De cualquier manera, la llamada se disfrutaba. En algunas ocasiones, marcaba desde el teléfono inalámbrico y me movía con libertad por toda la casa, pero otras, me aferraba a una silla desde un teléfono fijo. En fin, tiempos distintos a los de hoy.

Estas fueron algunas de las escenas cotidianas que marcaron mi infancia y que recuerdo con gusto. ¿Qué escenas gratas han marcado tu pasado?

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Stephen Curry: el nuevo Rey de la NBA

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_
Imagen: Time

“A muchos de nuestros héroes deportivos nos los venden con base en sus niveles de habilidades súper humanas. Pero muy de vez en cuando, nos toca experimentar a uno que combina estos dotes superiores físicos con humildad y gracia”.– Misty Copeland, Primera bailarina principal afroamericana del American Ballet, sobre Stephen Curry en la revista Time.

Oakland California, Diciembre 2011. Me encuentro con mi papá en la Oracle Arena, la casa de los Warriors del Golden State. El equipo al que se enfrentan son los Knicks de Nueva York; el partido no promete mucho: ninguno de los dos equipos está en su mejor momento. Sin embargo, me emociona que veré jugar a la súper estrella de los Knicks, Carmelo Anthony y, aunque no dimensiono, también me llama la atención que observaré a Stephen Curry, la joven promesa de los Warriors. Al momento del calentamiento, nos percatamos que Curry viste traje negro y una camisa blanca: no va a jugar; está lastimado.

Una vez que arranca el partido, mi atención se enfoca principalmente en Carmelo Anthony, pero es de notar la labor que realiza Curry desde la banca: apoya a sus compañeros, aunque él no está comandando a su equipo en la cancha; se levanta de su asiento para aplaudirles, a pesar de que presenta una lesión en el pie; se comporta como un profesional. Me hace pensar a la clase de jugador que me estoy perdiendo de ver en la duela.

Tan sólo cuatro años después, Curry se convierte en el Jugador Más Valioso de la NBA, rompe el record de triples en una temporada y lleva a su equipo al campeonato. En 2016, vuelve a ser nombrado como el Jugador Más Valioso, conduce a su equipo a romper el record de juegos más ganados en una temporada con 73. Es un espectáculo observarlo, ver lo escurridizo que es, admirar su juego creativo, su capacidad para anticipar los movimientos del contrincante, asombrarse ante su capacidad para recibir pases y disparar inmediatamente con precisión, a una larga distancia. De acuerdo con la revista Life & Style, tarda 0.3 segundos en lanzar el balón; Curry valora el tiempo como muy pocos, el poder que tienen los instantes.

“Un segundo es el momento más valioso de una noche. Puede tener guardada para ti la oportunidad que siempre esperaste”, dijo en entrevista con la revista.

Steph sin duda nació con talento e inteligencia. No obstante, es alguien que no da por hecho las cosas, que trabaja y se esfuerza para ser mejor cada día. Parte de su entrenamiento, según constata el portal Business Insider, radica en pararse frente a una pared llena de luces que simula los movimientos que se dan en la cancha.

“Las luces hacen mímica de lo que sucede en la cancha. Si hay un defensor en frente de mi, tengo que saber dónde se encuentra y también estar listo para iniciar cualquier movimiento que realizaré”, dijo Curry.

Así es como el basquetbolista busca mejorar su técnica para conducir el balón: entrena, estudia el juego; no lo subestima. En el momento que se está escribiendo este artículo el equipo de Curry se encuentra en la semifinal del campeonato de la NBA. ¿Podrá llevar a su equipo al segundo título consecutivo? Es algo que veremos pronto, pero independientemente de eso, se disfruta ver a un jugador que ha desafiado al deporte, que ha impuesto un estilo, en palabras de Misty Copeland, con “humildad y gracia”, un estilo que seguirá dando de que hablar.

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