La hamburguesa sin queso

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Por Uriel Gordon — @Urielo_

Quita la envoltura de papel vorazmente, de su boca sale saliva y cuando va a comenzar a devorar la hamburguesa, se da cuenta que tiene queso. Sus ojos llenos de furia, no dan crédito a lo que ve:  “Carajo, la pedí explícitamente sin queso”, se dice a sí mismo, mientras se golpea el pecho como un orangután. Avienta la hamburguesa contra el techo y estalla en berrinche: salen lágrimas y de rodillas, mirando al cielo, pega un rugido de rabia: ¡ruaaaaaaaaaaggghhhhhhhh!

Se levanta del piso de madera oscura y con paso apresurado, da vueltas y vueltas por su departamento; levanta y agacha la vista, le pega a las paredes, aprieta la quijada y luego la suelta con fuerza; parece un loco de manicomio. Hace una pausa al encontrarse con una foto de su infancia, donde está disfrazado como Peter Pan, la saca del marco y la oprime al cerrar sus puños, pero se arrepiente y se tranquiliza un poco: la dobla y la pone en uno de los bolsillos de su saco.

Rápidamente, se dirige a su habitación  y se detiene ante el cuadro de Dalí, Muchacha frente a la ventana, donde aparece una mujer contemplando el mar. Entra en trance y queda atrapado dentro del cuadro: se pierde en el color azul del vestido de la mujer, de las cortinas y del océano. Sin embargo, explotan sus emociones y súbitamente, se escapa de los confines del retrato con la respiración totalmente exaltada. Grita otra vez y agita sus brazos como si sostuviera imaginariamente los barrotes de una jaula, pero la paz regresa. Por fin respira con calma: inhala y exhala profundamente.

Pasa por el lavamanos, se echa agua en la cara, se mira al espejo, asiente con la cabeza.

Y, después, de la caja fuerte toma sus dos pasaportes, 400 dólares y 300 euros. Del clóset, agarra su chamarra café estilo aviador, su mochila JanSport de los años noventa y pide un Uber; el destino: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El GPS que trae el chófer del Volkswgen Vento con placas “AWY123” marca que llegará  a las cuatro de la mañana. El camino transcurre en silencio absoluto: ni un “buenos días” intercambia. Se baja del auto y se despide del conductor con un “hasta nunca”.

Al llegar a la Terminal 2 se queda observando fijamente el tablero de salidas. Hay cuatro alternativas que le llaman la atención: Medellín, Dublín, Ámsterdam y Nueva York. Decide emprender la odisea en la tierra de James Joyce y compra un boleto sin regreso; la mujer del mostrador le pregunta que si va a documentar equipaje y él responde con una sonrisa: “para este viaje no necesito equipaje”.

El vuelo sale hasta las 8 de la mañana, toma asiento en una de las sillas que hay frente a la sala 56 y cierra los ojos momentáneamente, pero no puede permanecer sentado y por supuesto, tampoco puede dormir. Se dirige al restaurante Alitas que, por fortuna, abrió temprano, y pide unos chilaquiles verdes con chorizo y extra salsa. Los traga de golpe, casi sin masticar; pareciera que acaba de salir de la prisión. En la televisión, observa en vivo, el partido Tottenham vs el Fulham, de la liga de fútbol inglesa. El deporte lo distrae y se relaja; pierde la noción del tiempo y se da cuenta que ya tiene que abordar. Pide la cuenta, se despide de la comida mexicana y regresa corriendo a la sala 56.

Llega rayando y aborda el avión. Deja su mochila en los compartimentos, toma sus audífonos y pone la canción Paranoid Android de Radiohead, en el Spotify de su celular. Observa la ventana, toma del bolsillo de su saco la foto de Peter Pan y le entra una sensación de nervio. Piensa en la hamburguesa con queso que aventó al techo horas atrás y el nervio, se transforma en un ataque de ansiedad; le cuesta trabajo respirar. Pone las manos, en forma de garras, sobre su cinturón de seguridad; mira con ojos de angustia al pasajero que está a su lado. Quiere bajarse del avión, pero sus piernas no le responden; quiere quedarse en el avión, pero siente pánico. Solo sabe que quiere, aunque ya está lleno, una hamburguesa sin queso.

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Se fue la “luz”

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Por Uriel Gordon

La vida urbana se distorsiona: las notas musicales que emana el saxofón conectado a un micrófono, que suelen oírse a distancia, alrededor de las 10 de la mañana los domingos, en el restaurante Romerita 28, hoy no se escuchan. Solo suenan puntualmente las campanas de la Iglesia, que no necesitan electricidad para despertarlas; también, se perciben con más afinidad los ruidos que generan los coches, camiones y motocicletas que pasan de manera intermitente por la Avenida Providencia. Por el crujido del motor, uno puede distinguir de qué medio de transporte se trata y jugar a calcular su edad: cuando los sonidos del motor se asimilan a los de una tos de alguien que está escupiendo un pulmón, probablemente el vehículo tiene más de 10 años. Bueno, eso es lo que se antoja imaginar.

En otro plano, en una zona tan arbolada como lo es Providencia, vienen con fuerza los sonidos de la naturaleza; la falta de electricidad en este rincón de la Perla Tapatía quita distracciones y permite adentrarse en los murmullos que genera el choque entre el viento y las hojas de los árboles; los ángulos y la velocidad con la que pega el aire son los encargados de moldear la intensidad y el tono de las voces. El producto final, por lo menos con este clima soleado: sonidos que arrullan.

Momento… Falta conjugar con estos sonidos el cantar de las aves. Hay pájaros que hacen pensar en las manecillas del reloj: chiflido por segundo. Hay otros que parecen conectar directamente con la respiración: llevan a imaginar inhalaciones hondas con exhalaciones prolongadas que, inconscientemente, sacan algún tono musical que conduce a pensar en tiempos más primitivos.

Sin ir tan atrás, relativamente, ¿cómo era Providencia hace 200 años?  De entrada, la Independencia de México todavía no se había consumado, pero más allá de eso, ¿la zona era exclusivamente un bosque? ¿Vivía gente aquí? ¿Cómo era la vida cotidiana? ¿Qué tipo de animales… Las hélices del ventilador se mueven de nuevo, el refrigerador ruge otra vez; a lo lejos, las primeras notas del saxofón en Romerita 28 comienzan a sonar. La “luz” ha vuelto.

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¿Te atreverías a detener el tiempo?

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Por Uriel Gordon

En los años noventa, había una adolescente que podía detener el tiempo, por lo menos en el universo de ficción de la serie de televisión, Fuera de Este Mundo, que se proyectaba en el Canal 5. Cuando Evie Garland, la hija de un extraterrestre, juntaba sus dedos índices, la tierra dejaba de girar, todo se congelaba, solo ella tenía la capacidad de moverse: podía impedir, por ejemplo, que un vaso destinado a chocar con el piso se cayera; tenía el poder para suspenderlo en el aire, sujetarlo y colocarlo en una mesa para evitar que se rompiera; Evie jugaba con la gravedad, alteraba las leyes de la naturaleza a su conveniencia y después, dejaba nuevamente que el tiempo corriera.

Recuerdo que ese programa me llevaba a preguntar qué haríamos si pudiéramos frenar el tiempo. Lo primero que en ese entonces me venía a la mente, era dormir más. Imagina la escena: suena el despertador a las seis de la mañana, abres el ojo y de plano, no te quieres levantar de la cama, entonces, juntas tus dedos índices y las manecillas del reloj se detienen. Mientras tanto, tú sigues durmiendo; dos horas después, te levantas ya más descansado, más fresco y, ahora sí, que vuelva a girar el mundo; ganaste dos horas: tu día pasó de tener 24 a 26 horas; entraste en un desfase que te permitió dormir más.

A simple vista, frenar el tiempo tendría muchas ventajas: evitar accidentes, detener alguna discusión acalorada e incomoda o adquirir mayor conciencia sobre los instantes de felicidad que sintieras en determinado momento; piensa en el ejemplo hipotético que más se ajuste a tu imaginación. Sin embargo, también habría que pensar cuáles serían los efectos secundarios de detener el tiempo, la ola de reacciones en cadena que se desatarían al jugar con las leyes de la naturaleza.

En la película El Efecto Mariposa (2004), el personaje representado por Ashton Kutcher, viajaba en el tiempo con tan solo leer sus viejos diarios. Regresaba al pasado, a un momento en específico y con la conciencia que tenía en el presente, y jugaba a alterar lo que ya había sucedido para cambiar el futuro. En este sentido, una sola acción que modificara el pasado, el aleteo de una mariposa, tenía el poder de desencadenar una tormenta con efectos imprevistos que moldearían una nueva realidad; algunas de las consecuencias que desembocaban en el presente no eran las deseadas y el personaje tenía que volverse a sumergir en el pasado para corregir lo alterado.

Siguiendo la misma línea, hay un capítulo de Los Simpson donde Homero tenía un tostador mágico que lo transportaba a la prehistoria y, cada vez que interactuaba con el pasado, su presente se transformaba. En uno de esos escenarios, Homero regresa al presente y encuentra el antecomedor de su casa expandido y embellecido; su familia viste las ropas más finas, la bebé Maggie usa un chupón que tiene incrustado un diamante; además, se entera que sus cuñadas que aborrece, Paty y Selma, murieron. Todo parece pintar de maravilla para él: siente que se sacó la lotería con la inmersión que hizo en el pasado. No obstante, de pronto, Homero le pide a su esposa Marge que le pase una rosquilla y ella le pregunta sorprendida a qué se refiere con el término “rosquilla”. Cuando Homero se da cuenta de que el pasado le trajo un nuevo mundo sin rosquillas, enloquece, pega un grito al cielo y decide acudir al tostador para alterar su presente, pero lo que no se da cuenta antes de tocar base con el pasado, es que en la ventana se asoma la lluvia y en ese mundo que está a punto de abandonar, llueven rosquillas.

Si tuviéramos los poderes de Evie Garland, ¿te atreverías a detener el tiempo, a explorar los efectos mariposa positivos o negativos que podría generar el freno de las manecillas del reloj?

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¿Dónde está la playa en Guadalajara?

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

El termómetro, ahora que escribo este artículo, marca 37° centígrados en Guadalajara. Regreso dos años atrás, al tiempo que me mudé a esta ciudad, y recuerdo los pensamientos que despertaron la primera vez que sentí el calor de la perla tapatía. Me encontraba en la Zona de Chapultepec que por decirlo de cierta manera, es uno de los territorios hípsters de Guadalajara; guardando proporciones, podría ser el equivalente a la Colonia Roma de la Ciudad de México.

Ese día caluroso me bajé del taxi y comencé el recorrido en la Glorieta Niños Héroes; tenía una hora para explorar el lugar, desconocido para mi, antes de la cita a la que debía acudir. Di unos pasos por el camellón arbolado de la Avenida Chapultepec; gozaba el privilegio de tener un poco de sombra, pero eso no impedía sentir el tipo de calor que te seca la garganta: decidí dar vuelta en la Calle Mexicaltzingo para comprar una botella de agua en la Plaza las Ramlas, aquella que tiene un Ihop en la esquina. Después de dar unos sorbos de agua fría, mi cuerpo quedó invadido momentáneamente por una sensación paradisíaca, la gloriosa sensación de tomar una bebida fría en un clima caluroso.

Continué caminando por Mexicaltzingo y me empecé a topar con algunas casas con estilo playero, que tenían la pinta de ser de los años sesenta: espacios llenos de ventanas rodeados de árboles y una que otra palmera. El calor seguía haciendo su efecto, pero esta vez, la brisa también me acompañaba. Automáticamente, con intensidad, me entró una rara sensación que palpitaba con fuerza, que iba más allá del calor: al observar el horizonte, esperaba encontrar el mar. Sabía que eso era imposible, pero algo en mí, me decía que si daba unos pasos más, mis pies comenzarían a sentir la arena y la espuma del mar: llegaría a la playa de Guadalajara.

Entre más me adentraba por las calles, más crecía la ilusión. Empezaba a ver restaurantes, cafés y bares con enormes terrazas. ¿Dónde está la playa? ¿Dónde está la playa?, me preguntaba tontamente. Recordé la ciudad de Tel Aviv por unos instantes, sus casas, su malecón, sus establecimientos comerciales, su gente y su playa; sentía que Guadalajara y Tel Aviv tenían un conexión secreta y el calor y la brisa paulatina que pegaba en mi cuerpo, magnificaban esa percepción. Las calles de la Zona de Chapultepec me decían que el destino que encontraría al final del camino sería la playa. Después de dos años de vivir en Guadalajara, en ocasiones y, más en estos tiempos de calor, todavía me pregunto: ¿Dónde está la playa?

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Un viaje por el mundo de Stanley Kubrick

Stanley Kubrick en la Cineteca

Por Uriel Gordon – @Urielo_

Se escucha música de Beethoven como telón de fondo. En frente de ti, aparece un maniquí vestido con pantalón, camisa y tirantes de color blanco; trae puestas unas botas, un sombrero negro y en su mano, sostiene un bastón del mismo color. Lo rodean dos maniquíes de mujeres desnudas que portan pelucas güeras. En las paredes negras, se alcanza a leer, en tipografía psicodélica, palabras como “Moloko plus” y “Moloko vellocet”. Sabes perfectamente dónde estás: en el Bar Korova que abre la película A Clockwork Orange de Stanley Kubrick, que se basa en la novela de Anthony Burgess.

Bar Korova

Te imaginas que a tu lado, se encuentran Alex DeLarge y sus amigos o “droogs”, Georgie, Dim y Pete; escuchas la risa tonta de Dim y miras a los ojos a Alex, que te proyectan de inmediatamente, una malicia sarcástica; sientes miedo: conoces bien a los personajes y sabes de lo que son capaces. Por instinto, quieres escapar, pero te das cuenta que involuntariamente has dejado de ser solo un espectador, que la cinta vive en ti desde hace tiempo. El escenario en el que estás simplemente te recuerda que hay una parte tuya que se encuentra encapsulada en este filme que se estrenó en 1971. Sigues avanzando.

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Miras el suelo y ahora estás caminando sobre un tapete con figuras geométricas naranjas, cafés y rojas. Frente a ti, ves un diminuto suéter de color azul cielo que en medio, trae un cohete espacial: es la ropa del pequeño Danny Torrence. Imaginas al niño recorriendo, en su triciclo, el tenebroso Overlook Hotel cuando de pronto, te topas con una máquina de escribir; te llama la atención, te acercas y observas un papel que refleja todo el trabajo literario que el papá de Danny se ha dedicado a escribir en los últimos meses.

“All work and no play makes Jack a dull boy”

Lees la siguiente frase que se repite a lo largo de la página: “All work and no play makes Jack a dull boy”(“Solo trabajar y no jugar hace de Jack un chico aburrido”). Sabes lo que representan esas palabras y la máquina de escribir; son símbolos del caos y el terror que carga y desata Jack Torrance, en la cinta de The Shining de 1980 que está basada en la novela de Stephen King. Sientes ansiedad, pero continúas adentrándote al mundo de esta película de Kubrick que por primera vez, viste a los 14 años y que desde ahí, te persigue.

Eyes wide shut

La sensación de nerviosismo incrementa: comienzas a escuchar una especie de cantos dignos de un ritual satánico; la música y las voces te hacen saber perfectamente que ha llegado el momento de sumergirte al mundo de la última película de Kubrick, Eyes Wide Shut de 1999. Te invade el suspenso; al entrar a una nueva sala, la luz se vuelve más oscura, la bienvenida te la dan una serie de extrañas máscaras que podrían verse en el Carnaval de Venecia. Sigues caminando y todo lo que ves tiene una estética de sueño: te encuentras en una mansión de Nueva York con gente millonaria muy extraña, que viste túnicas, capas negras y que cubre sus rostros precisamente con el tipo de máscaras que observaste en la entrada. Aunque todos esconden su identidad con el disfraz, conocen perfectamente quién es quién ahí.

Repentinamente, aparece un intruso que no fue invitado a la fiesta: es el maniquí del Dr. Bill Harford, cubierto con una máscara blanca que trae una especie de antifaz dorado, que se extiende desde la frente hasta las mejillas. Para su mala fortuna, descubren que no pertenece ahí. Sientes angustia: sabes que en los siguientes minutos le darán una lección que no esperaba; sabes que la película que busca adaptar al cine la novela Relato soñado de Arthur Schnitzler, tiene la capacidad de convertir las fantasías del Dr. Harford en su peor pesadilla.

Terminas el recorrido de “Stanley Kubrick, la exposición”, en La Galería de la Cineteca Nacional de México, y sientes primero alivio y luego la emoción de haber tenido la oportunidad de observar en vivo, más de 900 piezas que envuelven a la obra de este cineasta. Piensas en los objetos icónicos, en las películas con las que creciste, en cómo sus historias e imágenes permanecen en tu memoria y te acompañan, en como es que el cine es un vehículo para compartir sueños, emociones, anhelos y pesadillas.

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Entre Homero Adams y Tim Burton

Dos símbolos de creatividad, autenticidad y belleza

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Por Uriel Gordon – @Urielo_

El dibujo del juguete de Homero Adams

Principios de los años noventa, Ciudad de México. La silueta que se dibuja corresponde a la “figura de acción” o al juguete de Homero Adams que, por cierto, no se parece mucho físicamente al personaje que protagoniza Raúl Julia en The Adams Family (1991); más bien, el patriarca de la familia Adams, que aparece plasmado en el papel con lápiz y crayones, está inspirado, por lo menos visualmente, en la serie animada de 1992 que cuenta las historias de esta familia excéntrica.

Tratando de hacer una fiel copia del cartón, desde el lápiz de un niño de entre seis y siete años, Homero porta un traje rayado con botones cruzados, color rosa mexicano, una camisa amarilla y una corbata verde. Tiene una cara redonda, un bigote que personifica el estereotipo de algún chef italiano, y bolsas en los ojos que lo hacen ver como si estuviera cansado, pero la ironía que refleja en los gestos faciales, es la que hace que el juguete de la caricatura se convierta en el objeto ideal del retrato.

La sonrisa dice más que mil palabras y conociendo el contexto del personaje, refleja a Homero como alguien que sí tiene un gusto por lo mórbido, por lo que está descompuesto pero, ante todo, es alguien noble: trata a la gente que lo rodea con respeto, es justo, por decirlo de cierta forma, y profesa un amor por su familia inigualable. Parte de ahí la fascinación por pintar inconscientemente a un símbolo del humor negro que nos lleva a tolerar la creativa locura que no busca dañar al otro, que nos lleva a mirar y abrazar por una ventana las diferencias que nos hacen únicos y que nos ponen en contacto con la belleza de la autenticidad.

Tim Burton

Disfrazando a monstruos

 2008, Nueva York.- En el Museo de Arte Moderno se muestra una exhibición del cineasta Tim Burton. Aparecen bocetos de sus personajes, vestuarios, cortos animados y, lo que más llama la atención, retratos en pintura que dejan que nos asomemos a la locura del artista. Particularmente, hay un par que llaman la atención: si la memoria no traiciona, vemos en un cuadro, a dos o más personas que al parecer, se encuentran cenando; la vestimenta es típica y las caras no reflejan nada fuera de lo ordinario. Los vemos recargados sobre la mesa; no observamos lo que se esconde…

Al voltear al otro cuadro, nos damos cuenta que no son humanos: son monstruos que están jugando debajo de la mesa a disfrazarse de humanos, engendros que traen puesto en sus cabezas, sombreros grandes que personifican el torso y la cara de distintos seres humanos. Es fascinante la historia que se cuenta entre líneas: monstruos que se divierten disfrazándose de humanos. ¿Qué no es al revés? ¿Quiénes son los monstruos, ellos o nosotros? ¿Será una forma de decir que los verdaderos seres fantásticos o temibles somos nosotros? ¿Será que la creativa locura que tenemos nos pone en contacto con auténticos bellos monstruos?

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El Espejismo del Paraíso

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Han pasado varios años, pero la escena permanece en mi mente. Ese día soleado lo pasamos en la playa de Mazunte en Oaxaca, en una playa en la que el mar, la arena, las palmeras y las rocas daban un sentido de aislamiento, una sensación de pertenencia a un lugar prohibido. Aunque no estábamos solos y había gente que nos rodeaba, que salía y se metía al mar, que jugaba en la arena, que comía mariscos y tomaba cerveza a nuestro lado, sentía que habíamos encontrado un espacio escondido.

La tarde caía y decidimos recorrer la playa. De pronto, en medio de esa caminata, empezamos a escuchar tambores. Seguimos los ruidos, venían de una especie de casa del árbol que se encontraba en frente del mar. Entramos y nos dijeron que estábamos en un hostal. Comenzamos a subir las escaleras; efectivamente, la madera oscura, la estructura vertical del lugar y la decoración me hacían sentir como si estuviera adentro de un árbol. Al llegar al área del bar, nos topamos con una escena paradisíaca: gente joven de distintas partes del mundo, metidas en el ritual del baile y los tambores; gente con rastas en el pelo, hippies, por decirlo de alguna forma, que habían adoptado el hostal como su hogar. La mayoría trabajaba ahí a cambio de tener un techo y comida. Vivían en la casa del árbol, vivían enfrente del mar de Mazunte, vivían el paraíso. Así celebraban.

Me tomé una cerveza y en ese instante, me sentía como en la película The Beach (2000), en una historia donde, en su parte romántica, los extraños se encuentran y se vuelven una familia que comparte al paraíso en una playa en Tailandia. Esa casa del árbol de Mazunte representaba algo similar; llevaba como 40 minutos ahí y de ninguna manera, quería abandonar el lugar.

Me imaginaba trabajando en el hostal, con una barba larga y la piel tostada; me imaginaba pasando mis tardes con gente nueva, danzando al son del tambor, amaneciendo y anocheciendo en la playa: me imaginaba una vida simple, sin celulares, una vida que no dependiera de la tecnología, que dependiera únicamente de la naturaleza, del contacto humano directo que se transformará en aventuras diarias. Me terminé la cerveza y salí de la fantasía. Era momento de irnos; dejaba el paraíso atrás.

Ya de regreso en casa, en la realidad, no pude olvidar el lugar y, finalmente, di con él en internet. Vi las fotos y lo que más me emocionó es que en verano había posibilidad de trabajar ahí; me regresó con fuerza, la fantasía de vivirlo. Me imaginaba viviendo el verano en Mazunte, me imaginaba el comienzo de una nueva vida, me imaginaba abrazando el pedazo de paraíso que había encontrado, pero también, me imaginaba que me perdería de mi mismo, que perdería mi esencia: me imaginaba que no volvería de ahí, que me quedaría atrapado en el espejismo del paraíso. Había una trampa ahí, la trampa del aislamiento y de creer que detrás de esa fachada, se habrían acabado los conflictos de la condición de humana.

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La Vida en la Guarida

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Marzo, 2011.- Sábado por la noche. Te encuentras recostado en el sillón verde; delante de ti, aparece la televisión rodeada por un muro de madera lleno de libros. Se asoman autores como Italo Calvino, Amos Oz, Gabriel García Márquez, Franz Kafka, Carlos Fuentes, Paul Auster, Etgar Keret, George Steiner, Octavio Paz, Elie Wiesel, Jorge Volpi, Isaac Bashevis Singer y también, el rastro que dejaron los ladrillos de la Enciclopedia Británica. En medio de ese mar de libros, se asoman fotografías que te recuerdan a tu infancia, retratos que hablan de distintos pedazos de tu vida.

Debajo de la televisión, aparece tu santuario de películas: observas cintas dirigidas por Luchino Visconti, Alfonso Cuarón, Paul Thomas Anderson, François Truffaut, Pedro Almodóvar, Quentin Tarantino, Martin Scorsese, Sofía Coppola, Steve McQueen, Wes Anderson y Stanley Kubrick, entre otros. Hablando de Kubrick, por cierto, la luz del espacio en donde estás, te recuerda la tonalidad única de las madrugadas que aparecen en La Naranja Mecánica: oscuridad iluminada.

Ese sábado, te sientes cómodamente entumido, recluido en tu guarida; disfrutas estar aislado, aunque ya se ha convertido en costumbre; disfrutas, en tu burbuja, los libros y, sobre todo, las películas que te conectan con el exterior. Al momento de escoger tu actividad de la noche, sin duda, privilegias el cine sobre los libros. Sabes que tienes a tu disposición, un catálogo prácticamente infinito de conocimiento escrito que espera pacientemente, a ser explorado, a pesar que tú no tengas la paciencia para aventurarte en él. Esa noche, decides nuevamente ignorarlo: por instinto, te vas por lo inmediato, por proyectar una película que consideras una fuente de sabiduría o simplemente entretenimiento. Se vale,¿no? ¿Por qué no?

Sin embargo, la apatía, como en otras ocasiones, se vuelve apoderar de ti: te dejas enganchar por la realidad virtual. Te quedas observando fijamente la consola de PS3 que aparece ante tus ojos; hay un videojuego que particularmente, te atrapa, te hipnotiza: NBA Live 2010; en la portada aparece el entonces, Centro del Magic de Orlando, Dwight Howard.

Cada vez que abres las puertas del mundo virtual, sientes que vives tu sueño guajiro de ser basquetbolista: te pones el uniforme verde de los Celtics de Boston, mueves las piezas del tablero de ajedrez: controlas a tus delanteros Paul Pierce y Kevin Garnett y a tus guardias Ray Allen y Rajon Rondo a tu antojo. Sientes que eres la mente maestra, que gracias a ti, juegas en las finales de la NBA, que gracias a ti, tu equipo está a un paso de levantar el trofeo Larry O’ Brien.

De pronto, suena tu teléfono; del otro lado de la bocina, escuchas a un amigo que te recuerda que hoy tienes una cena de cumpleaños en un bar en la Colonia Condesa, de la Ciudad de México. Te acuerdas que recibiste la invitación en Facebook hace algunas semanas, pero te da mucha flojera moverte; prefieres dormir despierto. No obstante, se siembra la duda en tu cabeza: cada vez, sientes que te estás dejando llevar por la inercia; cada inmersión en la realidad virtual, te desconecta de ti y de lo que sucede afuera; te convierte en una especie de Zombie. Con pereza, das los primeros pasos: abres la puerta de tu guarida…

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De Cara al Tercer Piso

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Escribo este texto a un mes de cumplir 30 años. Hoy quiero compartirles, tres cumpleaños, tres momentos que precisamente, me han hecho feliz.

Los Caballeros del Zodiaco

En 1993, a semanas de mi cumpleaños, vi algo que me llamó mucho la atención: en los anuncios televisivos, tipo CV Directo, aparecía a la venta, la película de una de mis caricaturas favoritas, Los Caballeros del Zodiaco. Esta serie animada trataba de unos jóvenes guerreros, que con poderes sobrenaturales, junto Atena, la diosa de la sabiduría, protegían al mundo de la maldad.

Al ver el anuncio, inmediatamente corrí con mi mamá y le pedí si podíamos ordenar la película por teléfono. Accedió y nos dijeron que tardaría algunas semanas pero, por lo que recuerdo, no especificaron la fecha de entrega. Para mi sorpresa, el día de mi cumpleaños, la cinta llegó a casa. Si algo recuerdo con claridad, es que me sentí soñado: pensé que había sido una extraña coincidencia que la película llegará precisamente el día de mi cumpleaños. ¿Casualidad o intención? Quién sabe. Lo que importa es que el día en que cumplí siete años, sentí con fuerza que los poderes de Los Caballeros del Zodiaco, vivían en mí como nunca. Eso era felicidad.

Las Trajineras de Xochimilco

Para mi cumpleaños de 20 o 21 años, organicé con mis amigos de la preparatoria y la Universidad mi festejo en las trajineras de Xochimilco. Recuerdo que nos dividimos en dos trajineras que a la vez, navegaban unidas, transitaban por el lago junto con puestitos flotantes de esquites y embarcaciones itinerantes de mariachis. El ritmo de la música mexicana, la comida y la bebida se convertían en el telón de fondo de una tarde de celebración que nunca olvidaré.

El canto y las risas, resonaban con fuerza; la gente bailaba y festejaba. Por unas horas, nos aislamos del mundo, por decirlo de cierta forma: nos perdimos en el momento, en el pequeño universo de las trajineras de Xochimilco. Recuerdo con felicidad, estar en sintonía con mi pasado, con mis amigos que había conocido en la escuela. Recuerdo con felicidad estar en sintonía con mi nueva realidad, rodeado también de gente nueva que había conocido en la Universidad. Me sentía afortunado por haber conectado con la permanencia de mis amistades de antaño y haber estrechado mis vínculos con algunas de las nuevas amistades que me acompañarían también en el futuro. Eso era felicidad.

Cervezas y música en el depa

Mi cumpleaños de 28 marcó el primer cumpleaños que pasé en mi primer departamento. Era un día entre semana; el plan fue simple y sencillo: cervezas en el depa. Fue una noche tranquila, rodeado de gente querida. Estuvimos en la sala, tomando unos tragos, platicando y escuchando en Spotify, el playlist que armé para esa ocasión, titulado “Cumple”. La música traía de todo un poco: The Beach Boys, Foo Figthers, The Kinks, The Coasters y La Gusana Ciega, entre otros grupos.

En medio de la celebración, recibí de pronto, una llamada de mi tío. Me preguntó que cómo me sentía al cumplir 28. Mi respuesta: mejor que el año pasado: ese 2014, celebraba independencia, dar un paso natural que siempre había anhelado en mi vida. Sin menospreciar en lo absoluto, la vida en casa de mis papás, ese día celebraba compartir mi propio espacio con la gente querida que me rodeaba. Eso era felicidad.

De cara al tercer piso, me siento privilegiado de encontrar momentos íntimos que mantienen despierto mi mundo interno, honrado de estar rodeado siempre de gente querida que simplemente, me hace seguir soñando, seguir en movimiento para transformar lo que me rodea. Me enorgullece en general, mi pasado; me entusiasma el futuro, sin sobredimensionar la expectativa. Precisamente, creo que la la magia de la vida es una conjunción entre lo esperado e inesperado. Que siga fluyendo la vida por su propio curso: esto es felicidad.

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Entrevista: La Dimensión Desconocida de Isaac Ezban

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Regresemos un poco en el tiempo. A principios de la década de los noventa, vemos a un niño sumergido en el arte de la narración oral de cuentos, a un pequeño que aparece relatando historias en espacios televisivos como el programa Un nuevo Día que conduce Rebbeca de Alba y César Costa. Transmite fábulas, relatos con moraleja que reflejan elementos centrales de la condición humana. Disfruta de la experiencia: lee, hace gestos, mueve sus manos, juega con sus tonos de voz para expresarse y dejar huella en sus audiencias.

Sin embargo, hay algo que disfruta más: descubrir nuevos mundos a través del cine, de las imágenes en movimiento. La Ciudad Gótica de Tim Burton en Batman Regresa y la ciudad de Agrabah que aparece en Aladdín de Disney son extractos de algunas de las películas que se convierten en parte de él: lo cautivan, marcan su imaginación, su vida; le despiertan sensaciones que lo convencen a su corta edad, que su futuro sí tiene que ver con el arte de contar historias, pero por medio de otro vehículo: la pantalla grande.

Hoy, este niño, que se llama Isaac Ezban, se dedica a hacer cine: es guionista y director; ha sido catalogado por Guillermo del Toro como “un director muy necesario en el género en México”.

Este octubre, Ezban estrena en nuestro país su segundo largometraje titulado Los Parecidos (2015), que él mismo describe como “una carta de amor a la ciencia ficción de los años sesenta”. Esta película obtuvo, entre otros premios, el de Mejor Película Latinoamericana en SITGES, Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya. Tuvimos la oportunidad de conversar con Ezban y te presentamos la entrevista que le realizamos.

 

En términos de relato de ficción, ¿qué te permite hacer el cine como vehículo de narración que no te permite la novela escrita? 

Son vehículos muy diferentes. Lo que tiene la novela escrita es que te ayuda a ejercitar la imaginación: te imaginas a los personajes, te imaginas todo. En mi caso, cuando veo que existe una novela de la cual hay película, me gusta primero leer la novela y luego ver la película; no veo ni el trailer, porque me gusta ser yo quien imagine a los personajes. La imaginación es un músculo para ejercitar y en ese sentido, leer te ejercita la imaginación como ninguna otra cosa.  

Por otra parte, creo que la cualidad que tiene el cine que no tienes en la literatura, radica en el concepto del séptimo arte: la conjunción de todos los otros artes. De pintura, tienes la parte visual, la fotografía. Tienes música, iluminación, diálogos, silencios, casi arquitectura en el sentido de todo el aspecto visual (…) En general, como director de cine, tienes muchas herramientas, no solo para contar una historia, sino para causar emociones en el espectador. Sin menospreciar la novela, creo que conjugando todo este tipo de elementos, el cine te permite tocar más fibras.

Has planteado que para ti, tu nueva cinta Los Parecidos,  es “una carta de amor al cine de ficción de los años 60”. Platícanos cómo surgió la idea de Los Parecidos y háblanos un poco de la adaptación de ese cine de ficción de los años 60 que tanto te inspiró a los tiempos en los que vivimos. 

Yo crecí viendo La Dimensión Desconocida; por más que es una serie de los años sesenta, todas las noches veía un capítulo antes de dormir. Me encanta que tiene algo de lo que yo llamo la ciencia ficción psicológica, que es una ciencia ficción que puede ser muy ambiciosa, pero se aborda desde un espectro físicamente reducido. Por ejemplo, se está acabando el mundo, pero lo vemos desde una familia que está en el sótano con una radio.

Por otro lado, me gustaba también observar las metáforas humanas que se hacían con la ciencia ficción, es decir, usar la ciencia ficción para reflexionar sobre temas muy humanos, usar la fantasía para hablar de algo real (…)

Creo en este sentido también, que la buena ciencia ficción siempre tiene una connotación política o social. Este elemento lo veo muy claro en las historias norteamericanas de los sesenta: lo podíamos encontrar en algún episodio de La Dimensión Desconocida o en una película serie B de estos años, en donde, por ejemplo, veíamos a un OVNI llegando a Estados Unidos y, en realidad, se jugaba con la metáfora de la Guerra Fría: el temor de la llegada de un holocausto nuclear.  

Pensé que quería hacer algo así, pero en México, entonces, me puse a pensar qué estaba pasando en México en los años sesenta: todo el previo a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco en el 68, que fue un año de gran explosión y manifestaciones no solo en México, sino en el mundo. A partir de ahí, se me empieza a ocurrir la idea de realizar una metáfora para contar algo real: contar la inconformidad de la juventud, de sentir que a todos nos están tratando de hacer la misma persona en todas las esferas; es decir, tu familia, trabajo y tu gobierno, te quieren hacer la misma persona. Pensé en que estaría padre hacer una película en la que dentro de este contexto, todos empiecen a volverse literalmente la misma persona.

¿En qué radica para ti la angustia de parecerse a alguien más?

Tiene que ver con el miedo a perder tu identidad. Todos nosotros por más que tal vez hablamos el mismo idioma, nos vestimos igual, escuchamos la misma música, frecuentamos los mismos lugares o vemos las mismas películas, tenemos dentro una individualidad que es muy única y creo que muchas de estas manifestaciones, como lo que pasó en Tlatelolco, tienen que ver con el miedo de la gente de perder esta individualidad, con el miedo a perder lo que te hace único.

En la película eso se expresa con una metáfora muy gráfica, muy literal en donde literalmente, la gente se empieza a parecer. Sin embargo, es un miedo que podríamos observar en cualquier época y en cualquier contexto, el miedo a algo que no controlas, a que estás perdiendo lo que te hace único y diferente a los demás. Por eso, es que es un miedo fuerte y de angustia.

¿Cuál es el sello distintivo de Los Parecidos?

Es una película original, tiene referencias muy claras, pero al mismo tiempo, mezcla esas referencias, haciendo algo nuevo. Para mí, la originalidad es muy importante. Si alguien me pregunta qué es lo más importante que busco en una película es la originalidad. Yo quiero siempre hacer algo diferente, porque siento que hacer una película es tanto trabajo, tantos meses, años, dinero, tanto esfuerzo que para qué hacerla por algo que ya se ha hecho antes.  

Creo que Los Parecidos es una película original, vertiginosa, entretenida; está filmada como si fuera de los años sesenta, tiene la composición de colores de esa época, tiene cinta rayada, música de orquesta; el diseño sonoro, la lluvia, la radio y los elementos que describí anteriormente hacen que sea una experiencia de inmersión: desde que empieza, como que te abrochas los cinturones y viajas en una montaña rusa al pasado y eso creo que es el sello distintivo.

¿Cuál fue el momento que más disfrutaste en el rodaje de Los Parecidos?

Cada momento lo disfruté. En especial, disfrutaba mucho, superar los retos del día a día: 30 días, 5 semanas, con un equipo de más de 50 personas, superando retos, llegando todos los días a las siete de la mañana, pensando que seguro no íbamos a lograr nuestro objetivo en el día. Cuando llegaba la una o dos de la tarde, nos sentíamos hundidos, pensando que no terminaríamos y que tendríamos que quedarnos horas extras, pero a las seis o siete, salvábamos el día. Era increíble la magia de hacer cine: cada día llegar y superar un reto.

También, te diría que disfruté los momentos con los grandes efectos especiales: cuando teníamos un doble que salía volando con cables, por mencionarte algún ejemplo, me emocionaba mucho porque me sentía como un niño chiquito con mis juguetes. Por supuesto, también disfruté mucho los momentos que conseguía una actuación muy potente, real y conmovedora de alguno de mis actores. En fin, es difícil escoger un solo momento.

 ¿Qué proyectos vienen en el futuro? 

Tengo ocho guiones en desarrollo muy distintos, de diversos tipos de presupuesto, todos dentro del género; con cine de género me refiero a thriller, suspenso, terror o ciencia. Lo más pronto que tengo ahora es mi primer película en inglés que es algo muy emocionante. Es mi primera película no escrita por mí, una película que alguien me contrató para dirigir.

Por otra parte, tengo en desarrollo para el siguiente año, una película independiente de terror que quiero hacer en México y otra película de ciencia ficción. Conforme, haya más información, les compartiré los detalles.

 

Sin duda, suena interesante el futuro para el director y guionista Isaac Ezban pero, por lo pronto, podemos ver Los Parecidos, que se estrena el 14 de octubre en México. Esta es una oportunidad para que entremos a su dimensión desconocida y así, no perdamos de vista a un cineasta que se atreve a apostar por el cine como un vehículo original que brinda historias y experiencias sensitivas, que perturban, que tienen la capacidad de marcar y moldear nuestras vidas.

Ficha técnica

Título: Los Parecidos (2015)

Dirección y Guión: Isaac Ezban

Reparto: Gustavo Sánchez Parra, Cassandra Ciangherotti, Fernando Becerril, Humberto Busto, Carmen Beato, Santiago Torres, María Elena Olivares, Catalina Salas, Alberto Estrella, Luis Alberti.

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