¿Como te afecta la Ley de Seguridad Interior? Infórmate Aquí.

Imagen Marzo

Por: Andrés Gómez Laborín – @a_gomezl

Estos últimos días se ha hablado mucho de la Ley de Seguridad Interior en los periódicos y noticiarios. Entender qué hay detrás es básico para poder formarnos una opinión y para saber qué deberíamos exigir a nuestros gobernantes.

Empecemos por el principio: seguridad pública no es lo mismo que seguridad nacional —o seguridad interior. Según el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) la seguridad nacional “tiene como propósito mantener la integridad, estabilidad y permanencia del Estado Mexicano”, mientras que la seguridad pública tiene el objetivo de “salvaguardar la integridad y derechos de las personas, así como preservar las libertades, el orden y la paz públicos”[i].

¿Qué significa esto?

La seguridad interior es la que tiene que ver con la defensa del Estado Mexicano, por ejemplo, en caso de una invasión extranjera o de un desastre natural. Es responsabilidad exclusiva del Ejecutivo Federal y cuenta con las Fuerzas Armadas (Ejército, Armada y Fuerza Aérea) para su implementación

La seguridad pública es la que hace referencia a la prevención, persecución y castigo de delitos. Es responsabilidad de los tres niveles de gobierno —federal, estatal y municipal— y para mantenerla se cuenta con las diferentes policías, ministerios públicos, etc.

El problema se da a partir del inicio de la guerra contra el narco. En diciembre de 2006, un recién ungido Presidente Felipe Calderón inicia la guerra contra el narcotráfico en Michoacán. Compleja, desorganizada y sumamente violenta, la guerra ha dejado cien mil (¡CIEN MIL!) muertos y treinta mil desaparecidos[ii], sin mencionar el incremento en extorsión, secuestro, robo, y un largo etcétera.

Podríamos preguntarnos si la guerra era necesaria, si la manera en que se ha llevado a cabo ha sido la correcta, si existe una estrategia clara y efectiva y muchas otras cuestiones que son fundamentales, pero el punto es que en el combate, a falta de corporaciones policiacas preparadas y de confianza, se decidió sacar al Ejército de los cuarteles a realizar funciones que no le corresponden, para las que no están capacitados y para las cuales no tienen reglas claras, porque la ley no prevé la intervención de las Fuerzas Armadas en seguridad pública.

Durante diez años muchos personajes han exigido al gobierno escribir las reglas que deben seguir las Fuerzas Armadas al realizar estas funciones. No contar con ellas permite que prevalezca el crimen y que haya violaciones graves a derechos humanos, como la ejecución de 22 sospechosos desarmados por parte del Ejército en Tlatlaya; o la ejecución, desde un helicóptero, de un presunto líder del narco junto con 7 de sus ayudantes por parte de la Marina (que se dijo había sido en un enfrentamiento, aunque en el video publicado en Youtube aparenta ser una operación militar planeada). Hasta Salvador Cienfuegos, Secretario de la Defensa Nacional, ha sido vocal al respecto[iii].

Una ley de seguridad interior debería de atender a varias preguntas básicas. Por ejemplo: por qué es necesaria la intervención de las Fuerzas Armadas; cómo se pretende restablecer a la policía para que cumpla sus funciones; cuánto tiempo puede durar la intervención, y quién y bajo qué circunstancias puede durar ésta.

Las propuestas actuales aumentan el poder del Ejecutivo. La propuesta del PRI, por ejemplo, da la facultad al Presidente de declarar la intervención sin autorización del Congreso, “hacer uso de cualquier método de recolección de información” en labores de inteligencia (lo que sin mayores reglas puede significar espiarnos a ti y a mí); uso legítimo de la fuerza para controlar, repeler o neutralizar hasta actos de resistencia no agresiva (o sea, que el Presidente podría pedir al Ejército usar violencia para aplacar una protesta pacífica. ¿Te suena bien?); y encima de todo, como la información de las operaciones militares es de seguridad nacional, no tiene que ser pública o siquiera sujeta a leyes de transparencia, por lo que el Ejecutivo no tendría ni siquiera que rendir cuentas[iv].

Lo que necesitamos es que existan cuerpos de policía preparados, con recursos materiales y de personal suficientes, y que éstas cumplan con estándares de confianza. El uso de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad pública ha sido tal vez necesario, y retirarlas en este momento sería catastrófico, pero legalizarlo es militarizar al país. Su uso debería de ser en ocasiones extraordinarias, y sólo de manera temporal y con los contrapesos y herramientas de rendición de cuentas que lo grave de la situación amerite.

(para informarte más, visita www.seguridadsinguerra.org)

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[i] http://www.cisen.gob.mx/snPrincipiosTema1.html

[ii] http://www.milenio.com/policia/10_anos_guerra_contra_el_narco-muertos-desaparecidos-homicidios-milenio_0_863913709.html

[iii]http://www.eluniversal.com.mx/articulo/nacion/seguridad/2016/12/5/cienfuegos-no-confundir-seguridad-interior-con-seguridad-publica

http://www.unotv.com/noticias/portal/nacional/detalle/estudiamos-perseguir-delincuentes-cienfuegos-944283/

[iv] http://gaceta.diputados.gob.mx/Gaceta/63/2016/oct/20161027-V.html#Iniciativa32

Fantasías “El Chapo”

Chapo 2

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH

Hace unas semanas, la PGR capturó a Joaquín Guzmán, enemigo público número uno, según el gobierno de Enrique Peña Nieto. “Misión cumplida” fueron las palabras lanzadas desde Los Pinos para presumir la reciente hazaña. El mensaje del gobierno trata de ser claro: “¿ya vieron? Sí estamos haciendo nuestro trabajo.”

La reacción mediática no se hace esperar. El país se detiene por un segundo y todo mundo comenta las “buenas” nuevas. Algunos se burlan del “misión cumplida” llamándolo “error compuesto”, otros empiezan a especular sobre la extradición a Estados Unidos, unos más románticos se preguntan cómo es posible que el capo insista en volver a Sinaloa si ya sabe que es el primer lugar donde lo van a buscar. “Es amor a su tierra” dicen unos, “es ahí donde se siente protegido” dicen otros, hablando de él como si lo conocieran. Pero es que, casi lo conocen. Independientemente del hecho de que en los últimos años las televisoras han hecho enormes fortunas contando historias de narcotraficantes, en México, al Chapo, casi lo conocemos. En los días siguientes a su detención—en esta ocasión como en la anterior—los medios no hablan de otra cosa. Abres el periódico, Chapo. Prendes la televisión, Chapo. Redes Sociales, Chapo. Chapo. Chapo. Chapo. Está en todos lados. Pero, ¿de qué están hablando? ¿Qué historias nos están contado? Nos hablan de sus mujeres, de sus hijos, de cuánto quiere a su mamá, de su infancia, de su reciente obsesión por una actriz, de si quiere hacer una película de su vida, de su estilo al vestir, etc. ¿Conocemos al Chapo? ¡Claro! Lo conocemos tanto que podríamos hablar de él hasta el cansancio en todas las sobremesas del país.

Y, es en medio de toda esta telenovela, que el Chapo se convierte en un simple ser humano con una historia que nos engancha. Olvidamos por completo que el Chapo no es un simple ser humano, es la cabeza de una enorme corporación criminal y lo que pase en su vida privada no es relevante para la ciudadanía. ¡Misión cumplida, señor Presidente! Ha logrado una vez más que la población se concentre en la historia personal del Capo en lugar de hacer las preguntas que incomodarán a su gobierno: ¿quién sigue? ¿qué funcionarios públicos le ayudaron a escapar (¡dos veces!)? ¿quiénes son sus socios en el gobierno? ¿cuándo empiezan las investigaciones a las corporaciones, señaladas desde hace años por Estados Unidos, a través de las cuales el Cártel de Sinaloa lava su dinero? En fin, podemos seguir y seguir. El gobierno no quiere que hagamos estas preguntas, porque no está en sus planes responderlas. Cada una de esas respuestas involucraría a funcionarios públicos que a su vez podrían involucrar a otros funcionarios y así sucesivamente. La corrupción ha penetrado a tal grado la estructura política del país que los mismos políticos se han quedado sin margen de maniobra.

Lo sucedido con el Chapo es casi una caricatura de la situación que vive México en la actualidad. Tenemos a un Ejecutivo incapaz de controlar al país, con una delincuencia organizada desbordante, tanto dentro como fuera del gobierno, y a una sociedad que pareciera que vive ajena a todo ello, presa de los medios de comunicación. Sociedad a la que le dan gato (Chapo) por liebre (Cártel de Sinaloa) y encima se pone a festejar y a discutir si al gato le gustan más las güeras o las morenas. Es un panorama desalentador.

Afortunadamente, México no es el primer país que atraviesa una situación similar. Esto ha permitido a algunos estudiosos analizar el proceso que han seguido otras naciones para enderezar el camino. Este proceso, normalmente ha requerido de dos herramientas para que empiece a germinar el cambio: presión internacional y presión social.

La presión internacional no la vamos a obtener, al menos no pronto, porque como dice Edgardo Buscaglia, “México es el prostíbulo de los oligopolios internacionales”. Esto significa que el resto del mundo gana demasiado dinero en México con la actual administración, así que ningún país va atentar contra sus propios intereses económicos. Ni siquiera por unos cuantos muertos, decapitados, desaparecidos, etc.

Esto nos deja con la otra semilla del cambio: la presión social. Claro que, después de ver la reacción de la sociedad ante la situación del Chapo, es comprensible pensar que aquí no vamos a conseguir nada. El tedio se ha apoderado de nosotros transformándonos en una sociedad que no se indigna, no cuestiona y que acepta las corruptelas destapadas por considerarlas “habituales”.

Nos hemos convertido en una sociedad cómplice de la autoridad, que se refugia por miedo en la mentira y la indiferencia. Cuántas veces no escuché o leí, respecto al caso de Ayotzinapa por mencionar un ejemplo, a personas decir que los estudiantes no eran unos “santos”, que ya se habían robado unos camiones, que eran unos “revoltosos”, etc. La pregunta relevante es: de ser así, ¿qué cambia? ¿los “revoltosos” no merecen justicia? Los medios y la autoridad nos conocen muy bien. Saben que la idea clara, concisa, probada e internalizada de que en México no existe un Estado de Derecho ni justicia alguna, nos sería aterradora. Esa absoluta certeza de que nuestros derechos serán violados si la situación lo amerita o si incomodamos a la persona equivocada podría movilizar a las élites a empezar siquiera a hacer preguntas. Entonces, ¿qué hacen? Separan a las víctimas de este vacío de Estado de Derecho del resto de la población. ¿Cómo? Llamándolos delincuentes, narcotraficantes, “revoltosos”, etc. y ¡PUM! misión cumplida otra vez. No más preguntas por parte de los círculos de poder. Porque eso les pasa a ellos no a nosotros. Y, con esta última frase, se le da el carpetazo social a tantas ejecuciones, crímenes y desapariciones. El gobierno sigue su camino, como si nada.

Buscaglia dice que en la mayoría de las naciones con este tipo de problemas, la solución no empieza a germinar hasta que la violencia y el dolor toca a las élites. Sólo cuando los Slim, Azcárraga, y otros tantos millonarios mexicanos se vean afectados por las consecuencias de este estado criminal y fragmentado, empezaremos a ver presión por el cambio.

Imagine ahora, querido lector, cuánto tiempo tiene que pasar y cuánta violencia y dolor tendremos que ver o vivir de cerca antes de que siquiera se ponga en marcha un nuevo panorama. Es deprimente. Por eso es tan importante un cambio inmediato en la sociedad mexicana. No se trata de manifestarnos, tapar calles e ir a Palacio Nacional a “exigir justicia”. Una sociedad movilizada sin individuos críticos se vuelve un caldo de cultivo para peligrosos oportunistas. Se trata, primero que nada, de cambiar la forma en la que pensamos, de ser más críticos de lo que leemos y escuchamos. Empezar por entender que la situación que vive México NO es normal, NO siempre ha sido así (no es simplemente que ahora sepamos más) y NO va cambiar. Menos sin un cambio profundo en la sociedad. Empecemos por lo básico: cuestionemos la información recibida, no tomemos por cierto la palabra de los medios. Aprendamos a ver más allá. Entendamos que la injusticia sufrida por uno es una injusticia sufrida por todos. Eduquémonos, conozcamos a nuestro país y la verdadera situación en la que se encuentra.

  • ¿Y ahora, quién podrá salvarnos?
  • ¡El Chapulín Colorado!
  • Ah no perdón, el Chapulín Colorado se encuentra cenando en Los Pinos…

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