El Pan Nuestro

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Por: Daniela Dib – @dandiba

El pan es el protagonista del tercer episodio de la serie original de Netflix Cooked, conducida y producida por el escritor y crítico Michael Pollan. Los primeros minutos del episodio muestran una escena cotidiana en Marruecos: un niño espera mientras su madre prepara la masa del pan para después correr a hornearlo con el panadero del pueblo. “Es imposible vivir sin pan”, se escucha decir a la madre mientras golpea la masa y harina la charola –y ella, como todas las madres, tiene razón.

Presente en prácticamente todas las culturas del mundo desde que surgió la agricultura, al pan se le considera como uno de los alimentos básicos para el cuerpo y el alma. Su existencia representa la primera transformación de ingredientes naturales realizada por el hombre: al combinarse los cereales, el agua y la sal dejan de ser solo eso y mediante una serie de reacciones químicas (que pueden o no incluir levadura) se convierten, juntos, en algo nuevo. Este proceso es tan importante que tiene un simbolismo clave en las sociedades que surgieron de las religiones judeocristianas: para los católicos, Cristo transfiguró su cuerpo en pan y en cada comunión los fieles lo consumen como alimento de vida eterna; en el judaísmo, el pan ácimo (sin levadura) representa el Éxodo, el principal evento que forjó la identidad moderna de esta religión.

La interacción de culturas y prácticas culinarias ha hecho posible que hoy podamos disfrutar de todo tipo de panes en un país donde el alimento principal siempre ha sido la tortilla (recordemos que el maíz es un grano y se mezcla con agua y sal para preparar la masa). Sabemos que la intervención francesa en México nos regaló el bolillo, inspirado en la baguette, y algunas variantes de pan dulce como la oreja o palmera, originalmente palmier, o los panquecitos que provienen de la receta de las madeleines. Aunque no es tan obvio a primera vista, otros panes que denominamos tradicionales tienen sus orígenes en el judaísmo: además de su significado religioso, la única diferencia entre el challah, consumido durante el Sabbat y otras festividades, y la trenza de panaderías mexicanas es que ésta a veces es dulce mientras que el challah solo puede ser salado; por su lado, la cemita debe su nombre (semita) y su receta al pan ácimo traído a México por la comunidad judío-española. Y, por supuesto, el pan árabe o pan pita, traído por los inmigrantes sirio-libaneses al país a principios del siglo XX, es indispensable para una de las recetas más tradicionales de la gastronomía poblana: el taco árabe.

La historia del pan, tan ligada al acervo cultural de nuestra historia, se topó recientemente con un detractor originado por una táctica de mercadotecnia. El gluten es uno de los ingredientes principales del pan: es una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno y llega a afectar a celíacos, personas que padecen una enfermedad que les impide procesarla y les provoca distintos síntomas, algunos de ellos muy severos. Si bien es una enfermedad real y hoy es cinco veces más común que hace cincuenta años, sigue siendo muy poco frecuente: solamente el 1 por ciento de la población mundial es celíaca, y gran parte de esa gente ni siquiera sabe que la tiene. Aún así, en 2014 surgió una ola de aversión al gluten que ganó tracción gracias a los cada vez más frecuentes estilos de vida saludable. Ingerir carbohidratos con moderación, así como menos alimentos procesados y más verduras y frutas, es siempre recomendable. Sin embargo, en algún momento consumir gluten pasó de ser lo más común a considerarse una práctica tan poco sana como comer azúcar a cucharadas. En respuesta, y como alternativa saludable, surgió la industria de productos etiquetados gluten-free que hoy varían desde pasta y hogazas hasta tamales y shampoos sin esta proteína, usualmente a un precio hasta 200 veces mayor. Además de que afecta la cartera, pese a que son bienvenidas las opciones para los cerca de 7.4 millones de celíacos en todo el mundo, satanizar y evitar el gluten sin padecer esta condición es sacrificar una oportunidad para empaparse de otras culturas a través de su mejor exponente: la comida.

En el corazón de la ciudad de Nueva York, uno de los epicentros de la gastronomía global, hoy el pan goza de una especie de renacimiento. Además de panaderías como Breads Bakery (su receta del babka, un pastel de chocolate originario de Europa oriental, ha sido laureada en varias ocasiones con el título de mejor postre de la ciudad) y Dominique Ansel Bakery (cuna del híbrido entre dona y croissant, el cronut), muchos establecimientos participan en la divulgación cultural a través de panes provenientes de distintos lugares. Hot Bread Kitchen es el mejor ejemplo, pues emplea a mujeres inmigrantes de distintos países para que cocinen sus recetas típicas de panes. Estos después se distribuyen y venden en mercados y restaurantes locales. La premisa de su fundadora, Jessamyn Rodriguez, es que muchas mujeres emigran sin habilidades profesionales o académicas y llegan a Estados Unidos armadas sólo con su habilidad en la cocina. “Tanta gente tiene una tía, una madre, abuela o alguna mujer en su vida con una receta especial de pan”, menciona. Su objetivo es monetizar esas recetas para brindar a estas mujeres una buena oportunidad de empleo. Dejando de lado las tendencias y los hashtags, inmigrantes de todos los continentes comparten sus historias a través de su dominio del gluten. Bialys, challah, flatbreads, tortillas, naan, focaccias, bagels; más que una panadería, Hot Bread Kitchen es un museo del pan como alimento universal.

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Noguchi en Queens

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Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Fotografías por: Andrés Hernández

Un día a mediados de agosto decidimos conocer una parte nueva de Nueva York. Coincidió con ser el día más caliente del año, estábamos a 38 grados Celsius con una sensación de 42. Al salir a caminar, sentí una ola de calor similar a la que se siente cuando uno abre la puerta del horno. La ciudad parecía un pueblo fantasma en uno de los siete círculos del infierno. Las calles completamente vacías extrañando las hordas de turistas recluidos en cafés y tiendas. Parecía como si el calor fuera una amenaza silenciosa e invisible pero mortal. Aún así, no dejamos que esas temperaturas extraordinarias se interpusieran en nuestro camino. Yo había visitado el museo Noguchi hace seis años. Ese día estaba cerrado el jardín y dado que Noguchi tenía ascendencia japonesa, tenía ganas de ver lo que logró hacer de un terreno medio perdido en Queens.

Nos bajamos en Astoria, un barrio más chaparro, más latino y más sucio que el nuestro. Ese día estaba igual de vacío debido a las temperaturas infernales causadas por el cambio climático. Caminamos 15 minutos para llegar al museo, era imposible emitir sonidos porque toda nuestra energía estaba concentrada en no pensar en el calor. Por fin, llegamos al edificio de ladrillos en forma de triángulo con unas letras blancas: “Noguchi.” Era como ver un oasis en medio del desierto, no sabíamos bien si ya habíamos llegado o era sólo la ilusión de encontrar un lugar con aire acondicionado.

El museo tiene una distribución muy interesante. La recepción no mide más de 10 metros cuadrados y entrando a la izquierda está la entrada al jardín de esculturas. Una característica interesante del museo es que el visitante se topa con las piezas más recientes del artista primero, es decir, una retrospectiva en reversa. El espectador puede ver el crecimiento artístico y cambio de materiales y técnicas hacia atrás. Se crea una perspectiva única. El edificio en sí es una pieza más de la colección, las galerías son espacios de techos altos con luz natural y con toques medio industriales. Me recordó al estudio de Diego y Frida en Altavista en la Ciudad de México. De repente, las esculturas de Noguchi aparecen entre las paredes o en el piso, otras parecen espectadores y se confunden con los visitantes. Cada pieza crea un espacio dentro de la galería y se complementa con la siguiente pieza. Los colores y las formas de las piedras que usa en sus esculturas coinciden con el cuarto en el que se encuentran.

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El jardín, las bancas, las fuentes y las lámparas además de ser bellas cumplen una función. Noguchi borró la línea delgada entre el diseño y el arte no sólo en objetos, si no también en las esculturas mismas. Usa la composición de la piedra, las formas hechas por la naturaleza y las incorpora en su obra de arte y al espacio que ocupan. En la cafetería del museo, hojeé la biografía del artista. Isamu Noguchi nació en 1904 en Los Ángeles pero vivió hasta los trece años en Japón. Empezó sus estudios de medicina en la Universidad de Columbia pero se desvió a la escultura al tomar clases en el sur más bohemio de la ciudad. Pronto su talento relució y su expresión artística tomó la forma de esculturas, cerámica, lámparas, proyectos públicos y diseño de escenografías. Usó su arte con fines de protesta pública y manifestó su apoyo a Japoneses Americanos después de Pearl Harbor. En 1985 fundó el Museo Noguchi con la idea de fusionar un espacio público con obras de artes [1].

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Estaba fascinada con la biografía y las creaciones del artista. Al hojear rápido otro libro sobre su vida, saltó una foto de Frida Kahlo. Según una entrevista con la curadora del museo, Noguchi tuvo un amorío con Frida mientras creaba el mural en relieve, History, As seen from Mexico en el Mercado Aberlardo L. Rodríguez en la Ciudad de México [2]. No sé por qué eso me hizo sentir una conexión más hogareña con el museo y con el artista. Esa tarde, Noguchi nos rescató de un día que el resto de los neoyorkinos perdieron al resguardarse del calor, y yo sentí una paz extrañamente mexicana en ese infierno de calor sentada en un jardín con influencias japoneses.

[1] http://www.noguchi.org/noguchi/biography

[2] Wendolyn Lozano Tova. “Isamu Noguchi: On Becoming an Artist.” Literal. April 24, 2012. http://literalmagazine.com/isamu-noguchi-on-becoming-an-artist/

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Shakespeare en el Parque

Teatro

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Nunca había escuchado de la obra Troilo y Crésida de Shakespeare, pero la experiencia de ver la puesta en escena en el Teatro Delacorte de Central Park un miércoles de luna llena pintaba para ser una noche mágica… Y lo fue.

La guerra de Troya es una historia que todos conocemos, si bien a veces confundimos a los griegos con los troyanos, sabemos que un enamorado se roba a la esposa de otro, el despojado enfurece e inicia el conflicto bélico. También sabemos que existe un Ulises, quien tarda años en regresar a casa y que gracias a Argos, su perro, lo reconocen. Un Aquiles invencible y un Patroclo hermoso, con quien compartía cabaña… Y, claro, un caballo que termina todo.

Ahora bien, Shakespeare en esta obra nos sitúa en el famoso estancamiento, esos nueve años durante la guerra cuando ningún bando, griegos o troyanos, está ganando. La escenografía en esta adaptación consta de cuatro muros negros y rojos que se mueven diagonal y verticalmente para darle profundidad al escenario. Los soldados de ambos lados van vestidos como soldados de guerra actual: los troyanos de negro y los griegos de camuflaje. Durante el estancamiento, el dramaturgo teje una historia de amor en la trama. No es una historia de amor complicada e imposible, estilo Romeo y Julieta, es una historia plana y sencilla. Los dos amantes se quieren y son del mismo bando (troyanos) pero no han podido entablar una conservación porque a los dos les da vergüenza. Un amor tan superficial, que no pasa ni un día, después de la noche de pasión cuando ella, Crésida, se deja seducir por la charla dulce de un griego y le obsequia la pulsera que su supuesto amor Troilo le acaba de dar. Éste descubre la pulsera a media pelea y por supuesto no está nada contento.

Para mí, la genialidad de Shakespeare se esconde en los diálogos de Pándaro, el cupido de la obra. Pándaro, el tío de Crésida cuyo papel parece existir sólo para juntar a los amantes, narra la primera y la última escena de la obra. En la primera escena, lamenta el amor entre los dos jóvenes y como están mal comunicados gracias a la guerra que los rodea. Transcurren tres horas, pasa todo lo que sabemos; Aquiles no quiere pelear, Héctor, guapísimo, vestido de militar pelea con Ajax, un soldado increíblemente simple y tonto. Cassandra balbucea profecías que nadie escucha. Más guerras, metralletas, peleas físicas, luces y producción. Crésida cae en la seducción del otro. Troilo la observa de lejos y en un instante se evapora la pasión y se desvanece. Al final, cuando Aquiles mata a Héctor, se cuela este intersticio de la historia de amor. Pándaro, al ver lo que sucede entre los amantes, termina la obra mientras cuestiona su rol en la historia. Si existía únicamente para fungir como cupido y ahora la pareja que creó ya no existe, ¿cuál es ahora el propósito de su existencia? Y con ese final incómodo, inconcluso en todas las historias, acaba.

Supongo que Shakespeare asumió que sabíamos cómo terminaba la narración de la mayor guerra de la literatura y quiso tejer una historia de amor fallida en un momento pausado. Aún así, la experiencia fue mágica. El diálogo en inglés shakesperiano combinado con vestimenta moderna, Central Park y la luna llena se sumaron a los actores principales de la noche. Me quedo con ese Ulises calvo fungiendo como mente brillante al matar a Patroclo para provocar a Aquiles. Aunque debo confesar que por más que intenté querer a este Aquiles, orgullo y panzón, mi Aquiles favorito y por consecuencia, mi Patroclo favorito, siempre será el de La Canción de Aquiles de la autora Madeline Miller. Esa sí es una historia de amor.

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La Ciudad Cuenta Cuentos

TheMoth

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Nueva York es una ciudad que cuenta cuentos y crea tendencias. Brotan filas inexplicablemente afuera de restaurantes que adquieren su fama por salir en series de televisión, o afuera de las tiendas que aparecieron en otra lista más de los diez mejores postres del verano según TimeOut, e inundan las calles con turistas y locales en busca de lo mejor. Después de estar parados en el sol durante al menos una hora, los formados están listos para subir fotos a redes sociales en donde posan mientras escuchan a la filarmónica en Central Park o devoran hamburguesas bañadas en queso azul con tocino.  Afortunadamente, las tendencias no sólo son culinarias y hay enormes cantidades de eventos culturales para todas las carteras. Claro está que las filas persiguen a cualquier tipo de evento; es cuestión de saber cuándo y cómo estar en el lugar indicado para conseguir entradas.

En el corazón de SoHo, al atardecer, llegamos a una tal fila. No había más de doscientas personas pero tampoco había menos de cien. Todos los integrantes de la fila, se encuentran parados de una forma muy casual mientras toman café frío y platican de las expectativas del evento, esperando a la apertura de una puerta negra al final de la calle.  Los vecinos conocedores no preguntan por qué hay esa cantidad de personas parados simplemente en espera de algo, es normal ver situaciones semejantes.

Media hora después entramos. De la puerta negra emerge una librería de libros usados con luz tenue y madera oscura. Los personajes de cuento despeinados, en chanclas, faldas largas, shorts; con bolsas de tela y lentes de pasta dura, con o sin aumento. En el centro de la librería—un micrófono solitario. A las 7:30pm en punto, empezó.  El Arte del Storytelling. Un espacio para la narrativa hablada, y, a la vez, una retrospectiva a la tradición oral. Las reglas son muy sencillas; el valiente tiene cinco minutos para contar un cuento que se relacione con un tema predeterminado (en este caso fue “ser botado,” en cualquier sentido de la palabra), el cuento tiene que ser personal, verídico y constar de un principio y final. No puede ser un monólogo interior ni espirales de sentimientos encontrados. La desinhibición literal de diez voluntarios.

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No me sorprendió la desenvoltura de los americanos en contar historias. La seguridad en sí mismos la cultivan desde bebés. No me sorprendieron los temas de las narraciones; historias de corazones rotos, engaños desafortunados, lecciones indeseadas y con algunos toques de comedia y autocrítica. Sí me sorprendió mi reacción y la de mis compañeros. En tan sólo cinco minutos, el orador (de cualquier edad, género y raza), forja una atracción cerrada con cada individuo del público. Lo convence de que él, espectador, también puede contar un cuento. No narra una historia para el mundo, cuenta una historia en una conversación bilateral para estimular neuronas creativas. Al terminar, se baja del escenario y se confunde de nuevo entre los espectadores. El sentimiento  que deja en el micrófono lo absorbe el siguiente orador, quien, a pesar de contar una historia completamente diferente, se somete a un público, acostumbrado a hilar historias que fusiona en una todas los cuentos de la noche. El cuento con el que empecé este artículo. El cuento de crear tendencias y envolver historias cotidianas en la historia de una ciudad.

The Moth es el nombre que recibe la comunidad que organiza dichos eventos para contar cuentos, y ahora es parte de la historia de la ciudad de Nueva York (y, como consecuencia, ha salido en series de televisión). Empezó en 1997 en la casa de un grupo de amigos que se juntaban a contar cuentos por la noche. Creció a ser una institución que organiza eventos para contar historias y narrativas orales, que tiene una estación de radio y organiza talleres en preparatorias y universidades públicas.  Su misión es compartir y cultivar oradores para crear tejido social a través de una práctica antigua, de una primera frase que intriga y transporta al público al ambiente del cuento y una última frase que los deja enganchados.

Más allá de lo que organiza, para el espectador, The Moth es una organización que toca la fibra interna cuenta cuentos de cada uno de nosotros y contagia el sentimiento de búsqueda de aceptación y conexión con el público al escuchar suspiros de admiración. Debí mencionar que la noche también es un concurso, de los diez oradores, uno tiene la oportunidad de competir de nuevo en otra ciudad según el criterio del público. Este cuento termina con el ganador—un americano con acento extranjero que logró ponerle crema a sus tacos y en cinco minutos cautivar a los espectadores y sumarle un capítulo más al cuento de Nueva York.

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La Historia Única

Chimamanda

Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Imagen: Akintunde Akinleye para Vogue

Si no han leído o escuchado una conferencia, incluso un podcast, de Chimamanda N. Adichie, recomiendo que dejen de hacer lo que sea que estén haciendo y lo busquen. No dudo que quedarán sorprendidos o, por lo menos, algo en su interior se moverá por la intriga al leer el primer capítulo de Americanah o escuchar cinco minutos de su teoría sobre la “historia única” o su teoría de por qué todos deberíamos de ser feministas. Tiene una sutileza particular que le permite de hablar de temas controversiales—el racismo en Estados Unidos, la migración global y temas de género—a través de personajes de la cotidianidad; en Americanah, una profesora de una universidad prestigiosa y un inmigrante ilegal africano en Londres; en Medio sol amarillo, la historia de vida de un niño, sirviente de las clases altas nigerianas. Cada personaje aporta una perspectiva distinta a una historia y la percepción del lector sobre los nigerianos cambia entre capítulos. Al final, sin darse cuenta, el lector tiene una historia completa de Nigeria.

En su novela, Chimamanda logra borrar los peligros de lo que ella llama una “historia única”,

“The single story creates stereotypes, and the problem with stereotypes is not that they are untrue, but that they are incomplete. They make one story become the only story.”

(“La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Hacen de una sóla historia la única historia.”)

La “historia única” no es sólo un punto de vista, es una percepción limitada de un lugar, persona o grupo de personas. En una plática, Chimamanda nos cuenta su experiencia cuando llegó por primera vez a Estados Unidos y comparte cuarto con una americana. Esta roommate estaba muy consternada e intrigada por Chimamanda. ¿De dónde venía? ¿Cómo sabía hablar ingles tan bien? ¿Qué música escuchaba en Nigeria? ¿Qué hacía en los Estados Unidos? Preguntas similares a las que recibí yo (y probablemente la mayoría de mis compatriotas) cuando me mudé a Estados Unidos. Pareciera que mis compañeros tienen una “historia única” de los mexicanos y nos encasillan a todos en estas características. Caen en los estereotipos de una “historia única” y generan barreras, cuando en realidad, somos más parecidos de lo que creen. Chimamanda reconoce cómo se sorprendió de los mexicanos la primera vez que visitó Guadalajara. Al estar expuesta a las noticias sobre México en EUA, cada vez que escuchaba la palabra “migración,” su cabeza inmediatamente creaba una traducción inmediata a “mexicano.” Ella misma fue víctima de una “historia única.”

La autora juega con temas políticos mediante una historia contada en diferentes tiempos y personajes. El lector aprende indirectamente sobre las relaciones interraciales en Estados Unidos y Londres, así como los muros invisibles que existen en Nigeria, definidos por las tribus y no por los poderes colonialistas. Cuestiona los lineamientos de belleza en EUA con las curvas y tonos de piel de sus protagonistas. Nos sumerge en la cotidianidad de visitar un salón de belleza o la extraña relación que se forma entre extraños al esperar el transporte público. Para mí, esto es lo delicioso; leer entre líneas y encontrar las similitudes con mi historia.

Los dejo con una frase—mientras un personaje espera el autobús:

“The man standing closest to her was eating an ice cream cone; she had always found it a little irresponsible, the eating of ice cream cones by grown-up American men, especially the eating of ice cream cones by grown-up American men in public.” 

(“El hombre más cercano a ella comía un cucurucho; eso siempre le había parecido un tanto irresponsable, que un hombre estadunidense adulto comiera cucuruchos, y muy en especial que un hombre estadunidense adulto comiera cucuruchos en público.”)

                                                                          – Americanah, Chimamanda N. Adichie

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Contrastes

Contrastes

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ
Imagen: Hong Kong Memoirs – Fan Ho

Voy camino a Chiapas. Como cada año, viajo con mi familia para visitar a mis abuelos en épocas navideñas. Sin embargo, este año, viniendo de Nueva York, luego de concluir mi primer semestre de maestría, el viaje se siente diferente: los contrastes entre la gran manzana y el estado del sureste de México se hacen más evidentes.

Estoy en el coche, mi papá al volante, mi mamá de copiloto y mis hermanos y yo acomodados en los asientos de atrás. Sólo falta Isa, nuestra hermana mayor, que en esta ocasión no pudo venir. Vamos desde Puebla a Pichucalco, un pueblo del norte de Chiapas que nos recibe con su calor tropical sin importar la temporada del año. Esta rutina ha sido parte de nuestras vidas siempre, pero este año, se siente diferente.

Acostumbrada a la soledad del metro de Nueva York, que va lleno de gente igual de sola o simplemente ajena, para llegar a cualquier parte de Manhattan u otro barrio de la gran ciudad, esa rutina hoy contrasta con las 7 horas de carretera que hago felizmente acompañada. Siempre ha sido así, pero esta vez, se siente diferente. Me siento afortunada de compartir el lunch que mi mamá preparó una noche antes, la música que Alejandro pone -o las canciones que mi papá le pide- y los chistes que Camila, pocas pero atinadas veces, dice. Todo esta vez se siente mejor. Las tortas de jamón y queso saben más ricas, Mecano y Tears for Fears vuelven a ser hits, y las anécdotas familiares me parecen más divertidas.

También contrasta el paisaje. En Nueva York, la vista entre edificios es envidiable, de eso no hay duda. Pero la de la carretera del sureste cubierta de vegetación, y con el panorama despejado que permite ver lo que mi maestra de primaria llamaría la línea de horizonte, también lo es. Generalmente salimos de madrugada y tenemos la fortuna de ver el amanecer; este año salimos más tarde, pero podremos ver el atardecer con sus diferentes tonos de coral. Las personas a la orilla de la carretera contrastan con las que inundan las calles de Nueva York. Aquellas no nos voltean la cara, sino que nos buscan los ojos. Algunos vendiendo artesanías, otros simplemente por curiosos.

Una vez llegando a Chiapas no habrá mucho que hacer. A mis diez o quince años eso significó un gran problema, pero hoy, a mis 26, es una bendición. Especialmente cuando el ritmo de una gran ciudad no permite ir lento, ya no digamos parar, en la rutina diaria que está llena de quehacer. Seguramente llegaremos y comeremos de todo lo que mi abuela haya cocinado. Esa variedad va desde platanitos fritos, empanadas, tamales caseros, hasta cualquier tipo de postres –su especialidad. Luego haremos sobremesa que durará horas, a veces hasta juntarse con la cena. Esta dinámica será ciertamente contrastante con la de comer a toda velocidad de una a dos de la tarde en la cafetería de la Universidad. Más tarde jugaremos cartas. En nuestra infancia, mi abuela nos enseñó a mis hermanos y a mi a jugar pula y, aunque perdíamos, nos resultaba muy entretenido porque ella dividía la canasta de las apuestas entre los nietos que aguantaban hasta el final del juego. Hoy, los nietos a veces le ganamos, y las apuestas en realidad ya no importan.

En la noche no habrá ruido de ambulancias ni de las patrullas del NYPD. No se escucharán los desacuerdos –a gritos- de la gente en la calle, muchas veces por temas raciales. No habrá luz de los edificios y anuncios que alumbran todas las grandes avenidas de Nueva York. En cambio, habrá silencio y oscuridad, que se interrumpirán solamente por el canto de los grillos y, a primera hora de la mañana, por el de los gallos. Mi abuelo a esa hora estará barriendo la casa, su actividad favorita de la mañana; luego irá al rancho y, si nos despertamos a tiempo, podremos ir con él. Ahí veremos la ordeña, montaremos a caballo, nos enseñarán las nuevas crías del ganado y comeremos en el corredor de la casa grande, con una vista indescriptiblemente diferente a la de Times Square.

En la tarde tomaremos una siesta, lujo casi inalcanzable en la vida de un estudiante en Nueva York. El calor no permitirá hacer mucho de 4 a 5, o de 5 a 6, o a veces durante las dos horas seguidas, que se destinarán a dormir o a leer. Leer por placer, más que por obligación. Y dormir para descansar, o descansar sin dormir. Cuando nos hayamos aburrido de eso, mis hermanos y yo hablaremos de cualquier cosa, o de todo lo que por teléfono y mensajes no nos hemos podido decir. Pensaremos en qué película ver, veremos los trailers de todas y terminaremos sin ver ninguna, casi seguramente porque nos dará la hora de cenar. Mi mamá nos llamará a la cocina y mi papá será el último en bajar, porque estará planeando el futuro de la familia, su mejor pasatiempo en momentos de calma. Un pasatiempo que he querido heredar.

Así transcurrirán las vacaciones navideñas. Un año más como todos los anteriores, pero que esta vez, se siente diferente. Este año los contrastes se hicieron más latentes: la rutina y la calma; la compañía y la soledad; lo ordinario y lo exótico. Quizás porque lo que era, ya no es tan ordinario.

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El Gato Gordo

El Gato Gordo

Por Andrés Hernández – @andreshf5
Foto: Andrés Hernández

En en el último mes tuve la oportunidad de estar en eventos que me hicieron reflexionar y que se convirtieron en la base para escribir este primer artículo. Irónicamente, al estar lejos de México, he podido interactuar con gente que ha impactado de alguna manera su funcionamiento institucional. Tan sólo durante el último mes conocí a un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, un ex-director de PEMEX y a un ex-director del IMSS. Por otra parte, tuve la oportunidad de escuchar al Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos, al que comparé, sin mucho éxito, con Enrique Peña Nieto.

Algunos temas me abordaron mientras, a su vez, abordaba al metro. Por alguna razón las ideas fluyen cuando uno va sentado viendo a través del pasajero de enfrente. Pasó por mi mente el origen del alza en los precios del petróleo, el impacto de la decisión de la Corte sobre el uso lúdico de la marihuana, el sistema fiscal mexicano y las pláticas de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, y su contraste con el caso mexicano. Todas estas interacciones e ideas transitaron en un periodo de tiempo muy corto y todos estos eventos me pasaron a mi. Uno más en esta aglomeración urbana. Esto me ha hecho pensar que aunque los energéticos, el fisco, la guerrilla y la marihuana son temas relevantes, sólo son una pequeña parte de lo que pasa en Nueva York. En realidad lo que ha ocupado mi mente es la adaptación a la explosión demográfica, a la interacción multicultural en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo y con mayor integración racial –para desgracia de Donald Trump.

La isla de Manhattan es conocida por sus rascacielos, parques, teatros, museos, vida nocturna y densidad poblacional –mayor a 27,000 habitantes por kilometro cuadrado, cuando la de la Ciudad de México es menor a 6,000. Sin embargo, a diferencia de algunas ciudades del mundo, donde uno siente que la ciudad tiene una lógica y las áreas están bien delimitadas, en Nueva York se puede empezar a caminar, y seguir caminando. Como cuando Forest Gump decidió no dejar de correr, yo he decidido no dejar de caminar esta ciudad. Nadie me dijo que nunca se dejaba de caminar. Así, caminando, llegué a visitar al Gato Gordo.

Después de un recorrido de más de quince kilómetros, llegué un sábado en la noche a un bar y prácticamente me desplomé sobre un sillón para poder escuchar a la banda de jazz que tocaba. El lugar es un sótano a media luz, lleno de cabinas y mesas, gente jugando billar, futbolito y hasta curling de mesa. En una esquina habían sillones apilados, el tipo de sillones que podrían estar en la sala de la abuela. Estaban acomodados como si fueran un teatro que tenía como presentación estelar a los cinco integrantes del grupo de jazz.

Un piano, un saxofón y una guitarra eléctrica conformaban la primera línea. Detrás de ellos había un contrabajo y una batería. A falta de un cantante en este grupo de jazz, los integrantes de la primera fila hacían solos como si se trataran precisamente de un vocalista. El contrabajo y la batería tocaron siempre la música de fondo, mientras los solistas se lanzaban a conquistar al público. Durante la mayor parte del show los cinco tocaban al mismo tiempo; el show fue del pianista, a pesar de la limitación sonora que tiene cuando pelea por la atención frente a los sonidos más penetrantes del resto de los instrumentos. Tocaba el piano como quien busca destrozar una batería. Un “rockstar” -aunque esta definición pueda ser una contradicción en una banda de jazz– que al tocar el piano entraba en trance. Aunque la guitarra y el saxofón tuvieron también sus momentos, no es raro verlos perder el control. En cambio el pianista, que azotaba sus dedos gordos contra el piano y que iba en contra de lo que se esperaba que hiciera, me recordó que Nueva York es mucho más que los temas coyunturales que parecen interesantes, que Nueva York es la magia de Woody Allen, y que este pianista y el gato gordo son dignos de un primer artículo.

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