Jerusalén y la tesis sobre la piedra

Por: Juan Carlos Bracho

Jesús, mirándolo, dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas (que quiere decir: Pedro -PIEDRA-).
Juan 1:42

¿Por qué la piedra?

Jerusalén es una cuidad tan interesante como lo es nuestra curiosidad. Hay algo así como cuatro (quizá hasta más) ciudades dentro una misma. En cada rincón al que uno voltea se encuentra con la Historia y la cuidada arquitectura del lugar (existe una norma que exige que todas las construcciones de Jerusalén deben hacerse con piedra) provoca contemplarla con pasmoso detenimiento; así, estés frente a un templo religioso, una avenida cosmopolita, o una simple callejuela, es difícil no maravillarse con sus piedras. Pronto caes en cuenta que el discurso de Jerusalén es justo eso… un discurso sobre la piedra.

El Muro de los Lamentos, 2017
Muro de los Lamentos. Jerusalén, 2017.

En algún punto de nuestra historia elegimos a la piedra como el mejor medio para relatar nuestro discurso; ese plano donde comunicaríamos aquello que, sentimos, debe ser comunicado. Vertimos en ella significado, haciendo que valga no por lo que es, sino por lo que nosotros vemos en ella y es así como miles (varios miles de años después) vemos a personas lamentarse frente a ella, hincarse y rezarle o hacerla símbolo de dominio sobre el otro.

Entonces… ¿por qué la piedra?

Friedrich Nietzsche parece dar respuesta a esta pregunta en su libro Ecce Homo al explicar su escrito Así Habló Zaratustra: “El hombre es para él (Zaratustra) algo informe, un simple material, una piedra que necesita la acción de un escultor”. Para Nietzsche el ser humano es una piedra que debe ser golpeada para que los trozos que caigan permitan descubrir una imagen, “la imagen de mis imágenes”. Suena bonito, ¿no? Al leer las palabras de Nietzsche resulta inevitable pensar en la frase “Eres un diamante en bruto”, que tan común es en nuestros días.

Puerta de Jaffa
Puerta de Jaffa. Jerusalén, 2017. 

Ese cejudo genio parece descubrir lo que nos sucede con la piedra: nos vemos en ella. Nos gusta pensar que somos tan fuertes y tan poderosos como ella y si dicha idea resulta demasiado áspera o bruta podemos pensar que dentro se encuentra algo bello y hermoso como un diamante, “imagen de su imagen”.

Por dulce que suene dicha aspiración presenta un error desde su concepción. No. No estamos hechos de piedra. Si se quiere saber de qué está hecho el ser humano, es el lenguaje el que nos da la respuesta:

La verdad de lo que somos se halla en la raíz del término que nos describe. Varios mitos de creación conciben al ser humano como algo moldeado a partir de la tierra, de ahí que el término “humano” provenga del latín humus (tierra), por lo que lo más preciso es pensarnos como hechos de arcilla o lodo. Somos barro, no piedra. Pensarnos como piedra, nos priva, necesariamente, de la cualidad más relevante de la naturaleza (incluida la naturaleza humana); la flexibilidad. La piedra es sólida, pesada, firme, pero jamás será flexible.

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Barrio Judío. Jerusalén, 2017.

Este mismo error es el que provoca que toda institución eventualmente enfrente su deterioro. Al estar constituidas sobre piedra, las instituciones terminan por encarar el punto en el que su firmeza y su peso no soportan más y se quiebran.

La misma cercanía del cuerpo humano es un peligro para la “sanidad” de la piedra. Nuestra energía, nuestra humedad y nuestra respiración acumuladas al paso de los años terminan por minar la fortaleza de la piedra; entonces por qué razón edificamos nuestras instituciones sobre algo que llegado el día no será capaz de soportarnos.

Es decir, ¿por qué la piedra?

No me queda más que concluir lo obvio…

Tanto nos cuesta afrontar nuestra muerte que recurrimos a la piedra para permanecer (al menos un poco más). Elegimos a la piedra porque es en ella donde plasmamos nuestra ilusión de inmortalidad. Hemos elegido a la piedra porque no hemos terminado de entender nuestra propia naturaleza.

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La La ¿Qué?

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Por: Juan Carlos Bracho

“Si el público va al cine y no adora esta película estamos condenados”, fueron las palabras que Tom Hanks le dedicó a La La Land mientras promocionaba su propia película, Sully.

Entendiendo perfectamente que mi opinión poco le importaría al señor Hanks si es que llegara a encontrarla, aun así, me atrevo a aseverarle que, en efecto, estamos condenados.

La película de Damien Chazzelle es un éxito total. Ganó más globos de Oro que ninguna otra película, es una de las tres películas con más nominaciones en la historia de los Óscares y ganó 8 premios de los Critic’s Choice Awards. Se perfila para ser la más premiada en la historia, pero no sólo con los críticos ha tenido éxito; de acuerdo con Forbes, la película será una de las más ganadoras en la relación costo-ingreso del 2017.

Con todos esos blasones, declarar que la película es mala, inmediatamente me coloca como uno de esos haters que persigue a la gente por Twitter y Facebook con el único objetivo de derramar bilis; no obstante, a riesgo de ser etiquetado como tal, creo importante decirlo: la película es simplemente mala.

Definir qué hace a una buena película puede parecer complicado, pero no lo es. Una película es el ensamble de varios elementos que deben converger para lograr que la pieza sea eso: una pieza. Es cuando se siente como un tejido perfectamente hilado de principio a fin, que estamos frente a una buena película.

La La Land falla justo en coordinar esos elementos hacia un mismo sentido. Resulta muy difícil, demasiado, atinar al mensaje que el director quiere comunicarnos a través de esta película y eso es porque todo en La La Land parece danzar a su propio compás.

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El lenguaje cinematográfico que se muestra ambicioso al inicio, es lento y cansino desde que los protagonistas se encuentran por segunda vez, lo cual termina por generar secuencias abruptamente cortadas.

El manejo de los tiempos no aporta en nada a la narración de la historia (¿por qué se divide la historia en las cuatro estaciones?).

Los recursos narrativos como los flashbacks, flashforwards e intertextualidades terminan por dominar la historia lejos de apoyarla.

Al final de la película se presenta un timelapse que dura tanto, que provoca que un final pretendidamente sorpresivo, resulte todo menos eso, y…

A excepción de Mia, el resto de los personajes resultan decorativos.

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Entonces…

¿Por qué La La Land está por convertirse en la película más galardonada de la historia?

Decía Vince Lombardí que el éxito jamás es obra de la casualidad y a pesar de tener fallas graves en su hechura, el caso de La La Land no es la excepción a la regla. Si uno analiza las fortalezas de la película puede comenzar a hilar la razón de su rotundo éxito:

La fotografía es esplendida. Cada uno de los cuadros se convierte en un deleite visual para el espectador, haciendo varios cuadros de la película marcos sumamente memorables.

El diseño de arte y vestuario es por demás atinado, comunicando una intención clásica sin que los lugares y las personas se sientan viejos, lo cual alimenta nuestra nostalgia por aquellos “tiempos mejores”.

Las coreografías son espectaculares dejando que tanto Emma Stone como Ryan Gosling muestren amplitud actoral en bellos ensambles musicales que se volverán clips dignos de verse una y otra vez.

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Todas las fortalezas de la película apuntan hacia un mismo sentido; la estética. La película resulta un cúmulo de cuadros y ensambles musicales altamente estéticos. Como una cajita musical, hecha de la más fina madera con una bailarina de porcelana por dentro. De esas que nuestras abuelas tenían en su tocador cuando eran jóvenes y tuvieron el gesto de regalarnos, pero…

¿Para qué hacer de una película un objeto que carece de significado más allá de la nostalgia que pueden producirle al espectador?

Porque esa es la fórmula que ha usado Hollywood para vender sus películas los últimos años. Desde las tres larguísimas películas de El Hobbit, hasta el esperado estreno de los Power Rangers este año, la industria del cine estadounidense ha vivido de una generación (los millennials) ahogada en nostalgia.

Vista como película, La La Land tiene muy poco que ofrecer, pero vista como un producto mediático, esos elementos que parecen danzar a su propio compás, mágicamente se coordinan para un mismo fin: vender.

Lo triste es que, vista de este modo, deja de ser tan innovadora y disruptiva como el mismo Hanks asegura que es.

Basta con darse un paseo por internet para comprobarlo. El fenómeno La La Land cuenta con todos los pasos que cualquier campaña de mercadotecnia sigue para ser exitosa:

El Warm up:

Se presenta el producto en mercados de nicho o pilotos, en este caso, festivales de cine. En esta etapa el objetivo es construir deseo por el producto, así que se busca el apoyo de algún líder de opinión para que hable bien del producto. Pagado o espontáneo, igual funciona… Pasó también cuando James Cameron declaró no haber visto nada igual a Gravity.

Hero Content:

Se presenta el producto ante un mercado mucho más grande. Por lo mismo, la pieza que lo presenta debe asegurarse de no ser algo difícil de comprender, de ahí lo simple del guión. Además, la pieza debe contar con pruebas que sostengan el argumento de que el producto es digno de consumirse (conocidos como RTBs), que en el caso de las películas son los premios que logra acumular.

Ayuda mucho si tiene una o varias referencias a algo ya conocido o familiar para la audiencia, por eso las intertextualidades, y si se cuenta con al menos un gimmick que mantenga la atención de los espectadores (ya que el spam de atención del público disminuye año con año) la “memorabilidad” de la pieza está casi asegurada, por eso el timelapse del final.

http://www.lalaland.movie/

Fase de Involucramiento (al día de hoy estamos en esta etapa):

En este punto el deseo debió de haber sido satisfecho, así que el siguiente paso no debe ser despertar el deseo, si no que la gente lo sienta propio. Del mismo modo que la gente siente suya la Aspirina o la Coca-Cola, las películas se introducen a los diálogos que sostenemos todos los días a manera de memes, gifs y clips que podemos compartir en nuestras redes sociales. Por eso el preciosismo en los cuadros.

https://twitter.com/lalaland?lang=en

https://www.facebook.com/LaLaLand/

http://giphy.com/search/la-la-land

Fase de Mantenimiento:

Para estos momentos la euforia va cediendo a otras muchas distracciones, así que es momento de mostrar algo nuevo, algo que refresque el producto… ¿Qué tal el DVD o Blueray? Con entrevistas exclusivas y todas las grabaciones de los ensayos en donde se puede captar las frustraciones de Emma Stone por lograr las notas de las canciones (varias a las cuales no logra llegar) y uno que otro chiste que hace lucir a Ryan Gosling más interesante de lo que ya es.

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Si los productores son realmente ambiciosos, quizá salga la línea de ropa inspirada en la película para que las adolescentes se puedan vestir como Mia y sus amigas en el ensamble Someone in the Crowd.

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Fase de Evolución:

El impulso se desvanece casi por completo, por lo que hay que recordarles a los consumidores que somos necesarios; entonces, el producto debe evolucionar… Ahí es cuando se anunciará lo que nadie ve venir: Broadway lleva La La Land a la escena teatral. La maravillosa película se vuelve ahora una obra de teatro. Es como cuando sacaron al mercado la Sabri-Semana, el mismo producto bajo diferente formato.

http://www.independent.co.uk/arts-entertainment/films/news/la-la-land-stage-musical-lionsgate-a7521756.html

Dos de estas etapas todavía no se cumplen, pero estoy seguro de que lo harán porque pertenecen a una cuidada estrategia de mercadotecnia que tenía como único fin que la película se hiciera memorable, no porque fuera buena, si no por lo mucho que se habló de ella. Esto es el verdadero logro de La La Land y la razón de su éxito.

No es ningún crimen promocionar una película para asegurar su éxito, tampoco lo es que una película mala sea ampliamente premiada, pero lo que resulta trágico de esto es que queda de manifiesto que hemos perdido la distinción entre fondo y forma.

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En otras palabras: Estamos condenados porque nos hemos entregado por completo al estímulo y olvidado el noble ejercicio de reflexionar.

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No Porque Funcione Está Bien

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Por: Juan Carlos Bracho

Este próximo 31 de diciembre despediremos un año por demás singular. Un año que, en palabras de mi amigo, Alerick Monter, será enmarcado como “el Pinterest del mismísimo Diablo”. A mí, me resulta más precisa la declaración de Marine le Pen, presidenta del partido de ultraderecha francés Frente Nacional, tras la victoria de Donald Trump: “Lo que pasó esta noche no es el fin del mundo, es el fin de un mundo”.

Tras la elección del magnate estadounidense, comienza una batalla intelectual por determinar el impacto simbólico del hecho. “¿La venganza del hombre blanco?” “¿El fin de la globalización?” y la que me interesa explorar en este espacio (ya que es la interpretación más atinada desde mi perspectiva), “¿El fin de la democracia?”.

Planteada como afirmación esta última pregunta parece más escandalosa que veraz; no obstante, lo es sólo, como lo acabo de plantear, en apariencia.

La democracia es, hasta el momento, la organización social más justa que se conozca, pero fallaríamos terriblemente si descansamos el ejercicio analítico ahí. Si vamos más allá de la apariencia, podemos darnos cuenta que todo sistema es sostenido por una ideología y es en ese plano donde la democracia ha perdido el rumbo.

Después de los plebiscitos en la Gran Bretaña y Colombia y las elecciones en Estados Unidos, la gran perdedora es la democracia no como sistema, si no como ideología. La idea de que la opinión de una o varias personas cuyo contexto es ajeno al tuyo, pueda determinar tu futuro inmediato o a largo plazo, por el único hecho de compartir pasaporte, comienza a verse iluminada por un halo de injusticia. Así lo expresó la juventud de la Gran Bretaña tras el fallo positivo al Brexit. Las protestas que se han visto en algunas ciudades de los Estados Unidos tras las elecciones presidenciales obedecen al mismo planteamiento.

Visto desde el punto de vista estructural (como sistema), lo acontecido en los ejercicios democráticos ya citados no hace más que refrendar la validez del sistema democrático. “Fue algo hermoso(…)[la gente] ha reclamado su independencia”, fueron las palabras de Mr. Trump el día posterior al Brexit. El ahora presidente electo de los EE.UU. declara eso porque su interpretación es estructural (desde el sistema). No obstante, en el plano ideológico, votar a favor de una segregación resulta antidemocrático, ya que corre en sentido opuesto.

Es esta misma perspectiva analítica la que lleva a Álvaro Uribe a proponer un “gran pacto nacional” momentos después de haber votado por el “no” a la paz en Colombia y la que hace lícito que Hillary Clinton no sea la primera mujer presidenta de los EE.UU aún habiendo conseguido más votos que su oponente.

Ahora lo planteo como pregunta: ¿No les parece absurdo haber perdido una elección siendo quien más votos consiguió en la misma? La respuesta a esto está en la comprensión del sistema electoral estadounidense. Una vez que uno lee sobre la historia del mismo, se dará cuenta que no es la primera vez que esto sucede. Con Hillary Clinton son cinco ya los candidatos que pierden las elecciones habiendo ganado más votos.

En entrevista con la BBC, el politólogo estadounidense de la London School of Economics, Thomas Leeper, declaró: “”Hay quienes creen que el proceso es defectuoso y en parte injusto, y que debería reflejar más la voluntad popular”. Pero… ¿No fue justo “la voluntad popular” lo que se reflejó en la Gran Bretaña y Colombia”? ¿No es ese justo el mal de democracias menos desarrolladas como las latinoamericanas, que “la voluntad popular” está expuesta a la manipulación mediática?

El triunfo del protagonista del póstumo reality showThe Apprentice” simboliza el fin de la democracia porque cierra un ciclo de cuestionamientos sobre su vigencia que empezaron hace mucho y en distintas latitudes. Su mandato nos expondrá de manera tácita que el sistema democrático que nos rige funciona aun cuando va a en sentido contrario de la idea que lo vio nacer.

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