Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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El Silencio en la San José Insurgentes

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Miró el edificio por fuera. La San José Insurgentes le resultaba demasiado nostálgica, los recuerdos atravesaban las esquinas, las banquetas y las rejas de las casas. No se podía quejar, tenía un techo donde dormir y una mesa donde partir el pan. Pintaría de naranja las paredes de la sala y naranja claro las de la cocina, rojas las de su cuarto y rosadas las del de visitas. Pondría tantos guiños a la casa donde había vivido con su familia como le fuera posible. Aunque ahora habría ruido y farolas, estacionamientos y avenidas, gentes y perros y vagabundos. Los sartenes no serían los mismos, los platos serían de plástico y la mesa no tendría un buen mantel. La televisión no sería tan grande, nadie lavaría las sábanas cada semana ni trapearía los suelos y habría apenas un sillón o dos, como mucho. El cuarto de visitas estaría vacío, siempre esperando a que un día su hijo viniera a visitarlo. Él compraría sábanas, cobijas y algún colchón, aunque fuera inflable, para recibirlo y el cuarto ya no estaría vacío. El baño tendría una lavadora en vez de una tina y pintura verde en vez de azulejos. El espejo sería un cuadrado pequeño y no uno de cuerpo completo. Apenas tendría espacio para su ropa, pero en cuanto pudiera juntar dinero, pondría algo que le sirviera a su esposa para colgar la ropa. Eso, claro, el día que viniera a verlo. Trataría de tener salchichas, las comería con mostaza tal y como se las cocinaba Esperanza a su hijo. Dejaría la televisión prendida para escuchar voces en el departamento y que la soledad no se sintiera tan abrasadora. En el clóset de la entrada tendría escoba y trapeador, esperando a recibir alguna visita y limpiar todo lo que estuviera sucio. Para que no digan que vivía mal. Esperaba, en algún momento poner un cuadro de caballos y pondría cruces para que su esposa sonriera al verlas. No, no era tan malo vivir en la San José Insurgentes. No iba a ser tan terrible el recuerdo en el espejo de la edad y del abandono.

Cuando cerró los ojos para dormir recordó su realidad y la oscuridad le pareció más fría que nunca. Nadie lo visitaría. Su hijo y su esposa nunca vendrían. Su única compañía sería una soledad tan cruda que se mete entre los riñones y el estómago como si fuera aire. Un silencio tan terrible, que él mismo dudaba si seguía vivo. Porque de su vida, no se acordaba ni el polvo.

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Poema Póstumo

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

¿Acabamos de chocar? ¿Íbamos a Aguascalientes?
No, no íbamos a ningún lado, me temo.
Solo teníamos ganas ¿sabes? Pero al final no se cumplió, nada.  

¿Qué sucedió?¿Dónde estoy?
Nada. En ningún lado. Esta es la realidad de la que no quiero escribir. Estar en la sala de espera con las miradas de todos y todas; de la señora con el rebozo y la bolsa de mercado, sentir que soy como ella. Me quería poner un traje para ir al funeral, pero no lo hice, no llegó a tiempo. La muerte, no el traje. Caminé y abracé y me cansé. ¿No rentaran mujeres para que se sienten enfrente de la caja y lloren mientras rezan un rosario? Lloré, solo un poco. Sentí que debía hacerlo. Era mi obligación en el funeral de mi padre. ¿Eso hacen los hombres también? Mi madre lloraba en mi hombro. Mi primo iba de jeans y su papá con una chamarra de futbol americano. Quería que se fueran. Me dieron asco. Mi papá estaba enfrente de ellos en un caja con fotos y flores. Estaban vestidos como si estuvieran comiendo barbacoa en el mercado del domingo. Con las barbas llenas de grasa y las manos de mengambrea.

¿Lo que pasó fue mi culpa? ¿Me voy a morir?
Los dedos amarillos del cigarro, los labios rotos y la piel reseca. Todos tienen la culpa. La tiene la mujer deforme, la cocainómana, la puta, la alcohólica, la protagonista, la amargada, la erotizada, la ladrona y depravada, la adúltera. Tiene la culpa ese mundo de vulgaridades; de habitaciones sucias, de cocinas grasosas, de platos con manchas de comida, de sábanas con semen, de ropa polvosa, de coños calientes y de vergas y huevos y sin quehaceres. De maquinaciones y sueños frustrados. ¿Sabes lo que pasaba tras esas cortinas gruesas, azules y espesas? ¿Sabes cómo entraba la luz, la luz amarilla, a corroerlo todo? El alma se estaba pudriendo en el abandono; en la soledad más cruel y desesperante.

¿Me voy a morir?
Volvía a preguntar una y otra vez, entre infartos y convulsiones y llantos y tías y madres y abuelas y amigos y mi propia condición y debilidad. Entre los papeles que tenía que firmar porque no había nadie más. Entre las miradas de la familia, esa misma que deseo con el corazón que desaparezca. Que sufran, que lloren, que sientan una espada atravesarlos desde la espalda al corazón. La muerte no es suficiente castigo, sino la pérdida de lo amado, el dolor y el sufrimiento, continuo.

¿Qué me pasó? Confió en tí, siempre lo he hecho. Solo dímelo, ¿me voy a morir?
Los oxfords boleados y las agujetas bien amarradas. Los cobardes no vinieron al funeral, los enemigos tampoco. Quería que todos se fueran. Nadie estuvo ahí nunca, solo yo. ¿Por qué habrían de estar frente a su cuerpo frío? Nadie lo merece. Yo era el único que lo conocía. Váyanse, todos. Esta es la realidad de la que no quiero escribir.

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Las Suelas de los Zapatos

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Sus casas favoritas eran en las que se usaban pulgadas en vez de centímetros. Los números de las medidas siempre resultaban cerrados. Sentado con las piernas abiertas y la espalda recargada, esperaba a que fueran las doce en punto. No había reloj en el cuarto y eso lo volvía loco. Tenía que sacar la mano del pantalón constantemente para comprobar la hora en su reloj, tratando así de acelerar el tiempo. Cuando lo miraba, le parecía que cada paso del segundero aceleraba más su cabeza hasta hacerla explotar.

Movía los dedos del pie sintiendo cómo las falanges se doblaban hasta que le dolían; miraba sus zapatos e imaginaba sus dedos luchando por ser libres. Cerró los ojos, se encontró en una tienda departamental comprando zapatos, pasando las puntas de los dedos por encima de varios modelos, sintiendo los diferentes tipos de piel. Envuelto en el olor de las pieles su cuerpo se electrificó con el aroma único a zapatos nuevos. Las manos del zapatero por encima de sus calcetines rojos midiendo sus pies para hacerle un par de Oxfords: ni una pulgada más anchos, ni un decimal más largos. Su corazón latía más rápido, gotas de sudor escurrían por debajo de su camisa mientras imaginaba pares de calcetines colgados en los anaqueles, mismos que subirían desde sus dedos hasta sus tobillos, apretando y cortando su circulación. El olor de la perfumería le llegaba a la nariz, mezclando los cítricos profundos con el olor de la piel negra y brillante de sus nuevos zapatos. Sentía débilmente el pulso de los dedos del zapatero comprobando que todas las medidas se ajustaran de manera precisa para después sentir la presión de los cordones amarrados ahorcando las orejas. Los zapatos estaban listos: los recorrió de talón a punta con los dedos antes de dar el primer paso, comprobó que los calcetines estuvieran totalmente extendidos. Se detuvo a tocar las marcas de presión en su pierna. Sus dedos eran libres de nuevo.

El reloj una vez más. El segundero avanzando a la misma velocidad. Lo que sabía de zapatos lo había aprendido solo: su familia se dedicaba al teatro y nunca tuvieron sus mismos intereses. Egoístas, el teatro era su vida. No le gustaba el desorden de las reuniones después de las funciones: risotadas, humo de cigarro, el tin tin de los hielos contra el vaso de whisky, las anécdotas –las mismas de siempre– los minutos pasando como si no tuvieran prisa. Entró a estudiar Arquitectura y se fue a vivir con su abuela al Pedregal. Un espejo de cuerpo completo, una colección de discos de música española —ordenados de la C de Camarón a la V de Vargas—, una litografía de Hopper, un enorme closet de pino de Óregon y sus 5 relojes eran los únicos objetos que había en su cuarto. Tenía el mismo olor desde el día que se había mudado, ni siquiera la loción que se ponía todos los días de clavo, madera, frutas y vetiver —que lo envolvía en un esfera con aroma a anestésico de dentista con agua de lavanda intensa— podía quitar el aire rancio que circulaba por todo el espacio.

Recargó los codos en las rodillas y puso la cabeza entre su piernas. No había nadie más en ese cuarto, ni siquiera una ventana por donde mirar. Se quitó los zapatos y el saco. Observó sus dedos moverse como teclas de piano por debajo de los calcetines color vino. Estiró las piernas recargando la cabeza en sus manos. Nunca había visitas en la casa, solo vivían las sirvientas, la enfermera y la abuela. Parecía que hasta el polvo las había olvidado. Hablar con su abuela era una experiencia desagradable; su demencia y su olor a pañal sucio eran insoportables. Al menos la casa era silenciosa, el jardín se extendía como mármol en calma perpetua, los muros eran tan altos, las hojas de Plátano tan numerosas, que parecía que no estaban en ningún lugar.  Desde el balcón de su cuarto, sólo se veía la alberca vacía y un muro de piedra volcánica. Lo suficiente para no ahogarse en su soledad.

Se sentó en el suelo, se deshizo de la corbata y se desfajó. El silencio del cuarto lo hostigaba. El lento paso del tiempo lo empezaba a ahorcar. No parecía que la puerta se fuera abrir pronto. Dudó en si quitarse los calcetines para embarrar sus pies contra la alfombra repetidamente. Se desabrochó los primeros tres botones de la camisa blanca, cerró los ojos intentando olvidar al segundero. Hace dos días se había emborrachado con ginebras y agua quina. Solo, en la sala, se había terminado más de media botella para perder la noción del tiempo. Quería despertar de su continua constricción. Sentía la ansiedad como hormigas subir por sus piernas, su corazón se aceleraba, su respiración se entrecortaba, las manos le temblaban. Se dejó caer en el sofá, abriendo las piernas y los brazos hasta que resbaló y quedó boca arriba en el suelo. ¿Qué es lo que necesitaba para sentirse libre? Sentía que su piel se craquelaba. Imaginó sus trajes, corbatas y camisas colgando en la obscuridad de su closet, por encima de sus zapatos; su calzones y calcetines guardados en los cajones. Sintió que respiraba el olor del closet para respirarse a él mismo, esa esencia que se formaba entre los zapatos, la tela, su loción y su piel. A pasos torpes se dirigió a los medios del jardín dejándose caer. El cosquilleo helado del pasto recién cortado hacía cosquillas en su cuerpo, se hizo consciente de cada parte de él. Tomó los zapatos, los puso junto a su cara y se acomodó en posición fetal. Cerró los ojos hasta quedarse dormido.

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Yo Conocí a Arturo Bandini

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Por: José García – @jooosege

Reflexión después de una lectura de Camino de Los Ángeles (Anagrama, 2008) de John Fante  (1909-1983)

¡Adiós a Nietzsche, a Schopenhauer, a todos vosotros, so tarados, yo soy mucho más grande!

Difícilmente podría ser un bad boy. Me doy cuenta al leer Camino de Los Ángeles y la biografía de John Fante. He tenido la oportunidad de serlo pero siempre pensé en seguir el camino “correcto”.

¡Mírate! Sentado ahí y hablando con un puñado de rameras. ¡Valiente super hombre estás hecho! ¡Sí!

Probablemente soy débil de espíritu o miedoso. En el fondo está ahí el recuerdo del niño caprichoso y adolescente que le teme a la soledad. Hay cientos de aspectos en Caminos de Los Ángeles que son difíciles de ver en una primera lectura. Bandini se conecta conmigo, está en mis memorias y vivencias: me siento comprendido por un personaje ficticio. Los recuerdos vienen y dicen: tú eras así. Antes de todo ahí estaba yo, cómo él, leyendo libros que no entendía, repitiendo palabras sin significado y con furia; la misma que mueve a Bandini a querer ser un gran escritor. No estoy seguro de lo que yo quería ser, sólo quería salir de donde estaba.

Siempre estaba solo. Costaba recordar tanta monotonía.

Y en el fondo estaba también la tristeza de Bandini. Un hombre o un niño de 18 años, entre querer ser y no serlo. Entre dar un paso al entendimiento y dar otro de regreso a la infancia. Una terquedad necia. Una verborrea. Lo entiendo, hacía lo mismo que él. Me veo sentado en una mesa llena de adultos por horas y horas. Mi mente viajando, construyendo historias -malas seguramente-. Imaginaciones sin límite que seguro cansarían a los demás, como a mi me cansaron las de Arturo. A veces me distraía del texto. Era demasiado. Pero entiendo el vacío, la pasión y la soledad del personaje. Me identifico, le hablo. Seguro de sí mismo pero a la vez inseguro, un padrote y a la vez un perdedor. Inteligente y a la vez un papanatas. Insoportable y a la vez cautivador.

Me perdí de mucho, seguro, pero no de Bandini. Lo tengo aquí hoy, en mi pasado y en mi memoria. No cabe duda que un libro necesita muchas lecturas; una jamás sería suficiente para ver toda la profundidad.

Era la soledad, lo que realmente dolía.

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Growing Up Puto.

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Ni los amigos, saben qué es lo que me pasa – La ilusión del primer amor, Jeans, 1998

Era la emoción de verte todos los días, de saber que por momentos eras mi amigo. Todavía no pensaba en relaciones serias. Éramos amigos: el que se sentaba junto a ti y te escuchaba todas las cosas que platicabas. Sabía que le gustabas a todas las niñas. ¿Cómo no? Era inevitable. Íbamos a tu casa, jugábamos nintendo y después fútbol. Yo no era bueno en ningún deporte. Me sentía mal por no ser cómo tú. En el recreo me sentaba con las niñas en el patio, tú eras el delantero en cada partido. Ahora eres futbolista profesional. Nunca supiste que me gustabas. Te levantaste la playera para que todos vieran tus cuadritos. Me incomodé ¿y si me cachabas viéndote de forma rara?

Te decía que me gustaba Belinda porque no se me ocurría nadie más. ¿Cómo hubiera explicado que me gustaban los hombres? En quinto de primaria esas cosas no se decían. La psicóloga de la escuela nos habló sobre homosexuales. Alguien le preguntó sobre orgías entre gays. Todos se rieron. A mi se me antojó. Su explicación fue que los gays estaban locos. Un año después fuimos solos a Six Flags. Nos encontramos a unas niñas y ligaste con ellas, las tres güeras y fresas. Pensaba que yo necesitaba ser así para estar contigo. ¿Por qué querrías ligar con tu amigo?

Ya casi no me hablabas, ni tú,ni los demás hombres. ¿Era porque no sabía jugar fut? ¿O ya se me notaba mucho? Regresamos del campamento de Catemaco y me di cuenta: yo no era como los demás. Cuando estuvimos desnudos en las regaderas tenía de ganas de voltearte a ver. ¿Y si te dabas cuenta? ¿Y si me cuerpo reaccionaba solo? Cerraba los ojos y me sentía culpable. ¿Por qué no me podía controlar? Pero de verdad quería voltear. Supongo que era mejor para los dos no ser amigos.

Acabó la primaria. Nunca te volví a ver. Le conté a dos amigas que me gustaban los hombres. Lo primero que hicieron fue burlarse; lo segundo decir que siempre habían querido un amigo gay. Le conté a una tercera y a una cuarta y a una quinta. En primero de secundaria Santiago fue mi mejor amigo, a él le gustaba Mariana. No quería ser gay mientras estuviera con él. Tal vez él lo sabía pero no decía nada. Ni yo. Sentía que todo volvía a la normalidad. ¿En serio? ¿Me sentía normal porque me juntaba otra vez con hombres? No duró mucho; una amiga no pudo guardar el secreto. Le dije que me gustaba Mau y ella gritó en el patio: ¡Mau, tienes un nuevo pretendiente, le gustas a José! Grité de regreso y se me salió lo joto. Todos se rieron. Todos me vieron. Todos estaban ahí.

Nunca entendí qué hice mal. ¿Era yo el problema? ¿Era mi cuerpo? ¿El ser afeminado? Yo ni siquiera quería ser así. Me rapé para no verme tan puto. Vaciaron mi mochila y aventaron mis cosas. Dijeron que no se iban a sentar junto a mí porque podría excitarme. Pensé que tenían razón. No podía estar junto a ellos porque estaban guapos y los iba a voltear a ver. Como a ti, en las regaderas de Catemaco. Estaba solo otra vez. Me intentaron madrear, me amenazó un niño de mi escuela, me dieron un balonazo, no me dejaban entrar al baño si había alguien más. No me acuerdo cuánto tiempo pasó. Después todo estuvo bien. Las niñas me salvaron.

Tardé tiempo en dejar de justificar a los que me molestaban. Pensaba que estaban bien. Que tenían el derecho a enojarse y a incomodarse conmigo. Tardé años en darme cuenta que nadie lo tiene. Me costó aceptar que esa situación me había dañado mucho. Que me dolía en mi masculinidad. Esa que me fue negada por los demás. O tal vez por mí mismo. Porque era débil, afeminado, no jugaba fútbol, no cabroneaba, ni era mirrey, ni era nada de lo que eran los demás. Las palabras de mi familia se quedaron marcadas “Puedes ser gay, pero nunca seas puto”. Y creo que yo era puto. Tampoco estaba tan mal ¿o sí?

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El 25 de Junio salí a marchar para celebrar. Celebrar que después de años, me atrevo a ser quien soy. A ser un joto semidesnudo, que grita y que pide respeto; a celebrar a las maricas entaconadas que avergüenzan a la comunidad, porque ser “homosexual es más que eso”. A enfrentar y decirle a todos que ser puto es también una opción de vida, y que si estamos aquí es porque ustedes nos han hecho estarlo. Celebrar que me dejo de sentir mal por ser la persona que soy y porque cualquiera que sea y escoja sea mi identidad, tiene y tendría que ser respetada. Después de años de tratar de ser aceptado en mundo de masculinidades, hoy acepto mi diferencia, mi jotería y mi libertad. Ojalá fuera más fácil ser puto.

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Lo que pasa cuando te haces una prueba de VIH

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Muchas personas no saben que son portadores de VIH hasta el momento que presentan problemas de salud, lo cual usualmente es demasiado tarde. Esto resulta en una de las principales causas de mortalidad por SIDA. No percibir el riesgo, la falta de acceso y el estigma relacionado a vivir con VIH, son algunas de las razones por las que los usuarios no se hacen la prueba.[1] Entender mi propio miedo me ayudó a entender el panorama general. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando te haces una prueba de VIH? Esto fue lo que me pasó a mí.

Empieza en los pies y se pasa a las manos. Sientes hormigas en los pulgares. Después el vacío en el estómago. Sientes la respiración pasar por la nariz. Lenta. Dejas las manos sobre la mesa y las miras. Mañana te toca ir a la Clínica Condesa porque necesitas una prueba de VIH. Esta vez no es rutinario, tuviste un contacto de riesgo y ya pasaron los 40 días suficientes para que una prueba rápida detecte el virus. En internet dice que abre desde las 7:00 am. Mejor vas a las 8:00 am para que alguien te acompañe. Igual tu novio o algún amigo. Igual vas solo.

¿Y si resulto positivo? ¿Quién va a estar ahí cuando salga? Conoces los índices, los has estudiado. Leíste la tesis y el protocolo de investigación de doctorado de un amigo tuyo que es investigador de VIH. No sólo eso. Estás armando un proyecto con el que quieres difundir información sobre la disponibilidad de pruebas de VIH en la Ciudad de México, que incluye una sección informativa sin estigmas. Has leído casi todos los apartados de AidsMap. Te sabes de memoria las cifras del riesgo estimado por tipo de exposición. Y no sólo eso, corriges a tus amigos cuando las dicen mal. Sabes que hacer y a dónde ir para cada eventualidad. Hablas del PrEP y del PEP como si los hubieras usado. Tienes amigos con VIH y has conocido a varios expertos. Pero eso no es suficiente para quitarte el miedo. Ni tampoco lo fue hace 43 días para tener precaución.

Perdiste el control. No estabas tan borracho ni te habías drogado. Sólo cerraste los ojos y te dejaste llevar. Le pasa a todos. ¿O no? Te pasó a ti. La cagaste. El vacío se hace más grande cuando cierras los ojos y sientes que el piso desaparece. Tu miedo es una prueba del estigma. ¿No es normal temerle a una enfermedad? Otra vez te corriges. No es una enfermedad, es un contagio. No tienes SIDA por tener VIH. Tú mejor que nadie lo deberías de saber. La estigmatización es tu tema favorito. No sólo del VIH, sino del sexo. Para muchos de tus amigos, tú eres el más abierto. Te has peleado, has discutido y has tratado de convencer –y convencerte– de que otro tipo de sexualidad es posible. Has hecho lo que has querido sin importar la filia con la que termine la palabra. ¿A qué le tienes miedo entonces? No dormiste bien. Te despertaste cuatro veces. Vas tarde. En el coche tratas de no pensar. No tienes miedo de tomar una pastilla todos los días, eso lo sabes. Pero nunca has preguntado si puedes tomar alcohol o si te puedes drogar. No sabes qué restricciones tienes cuando estás en un tratamiento antirretroviral. Tampoco has conocido ninguna página que te lo diga ni se lo has preguntado a tus amigos con VIH. ¿Será por miedo a la respuesta? Te dejan enfrente de la Clínica Condesa a las 8:13 am. Te fumas un cigarro. Tu amigo Jorge no ha llegado, quedó de acompañarte. Ves a muchos gays entrar.

¿Estaría mal ligar aquí? Te sientes culpable de haber preguntado eso e inmediatamente te intentas distraer. Lo vuelves a pensar y te contestas que sí, que estaría mal. ¿Por qué? En realidad no lo sabes. Como tampoco sabes por qué te da tanto miedo de salir reactivo. ¿Es la mirada de los demás? ¿Es que tu vida termine como la de un personaje de The Normal Heart? ¿Es todo el cliché del SIDA? ¿Cómo le dirías a los demás que tienes VIH? ¿Qué pasaría con tu relación? ¿Cómo volverías a ligar? ¿Tienes que avisar antes? ¿Hablarás de esto o lo mantendrás en secreto?

Te dan una ficha con el número dieciocho y a Jorge con el diecisiete. Te encuentras a un amigo. Lo saludan y se vuelven a sentar. ¿Qué hará aquí? Te da miedo pensar que ya sabes la respuesta. Jorge pasa primero. Después tú. Te sacan sangre en una silla frente a un desconocido. Te ensucias la camisa con sangre y haces una broma “Llené mi camisa de VIH”. Jorge se ríe. Y sabes porqué. En sus ojos puedes ver que él piensa que vas a salir positivo. Pero lo disimula bien.

Media hora de espera para el resultado. Desayunan molletes en Sanborns, café y jugo. No te sabe mal, tampoco quieres dramatizar de más el momento. Falta media hora para que te den el resultado. Se ríen, platican y hablan de lo inevitable. ¿Qué vas hacer si tienes el detallito?, te pregunta. Hacen bromas acerca de que vas a acabar contándoselo a todo el mundo y que lo vas a usar para tu beneficio, que si para ser diputado, que si para ser activista. Que si le va a dar veracidad a tu proyecto. También piensas en que vas a dejar de tener miedo. Piensas que te vas a liberar. No lo dices en voz alta, pero está en tu cabeza. Está el pensamiento rondando por ahí. La liberación de un aparato de control sobre tu sexualidad. Igual y todo sería más fácil.

Te vuelves indetectable. Disfrutas más. ¿O no? Sabes que muchos otros hombres piensan así. Te acuerdas de un artículo que acabas de leer donde un doctor dice que se ya perdió el miedo al VIH. Crees que perder el miedo te haría la vida más fácil. Al menos por ahora. Uno se harta de usar condón. De que tu sexualidad suene a medicina e higiene todo el tiempo. Pero también sabes que el tratamiento no es garantía. Que puede fallar. Conoces los casos y la mortalidad. Sabes que a veces no es tan fácil como suena. Tener VIH y vivir normal. No es para todos. Ahí están los datos. Es hora de regresar.

Te llaman, entras al cuarto de Consejería 2. Te dan náuseas. Esperar encontrar una sonrisa en la doctora que te espera. Pero no, está seria. Te mareas más. Te sientas. Te pregunta qué por qué estás tan nervioso. ¿Usted qué cree, estúpida? piensas. Sonríes e intentas hablar. ¿Y si sí? ¿Para qué chingados cogiste sin condón en un lugar así? ¿Por qué no te cuidaste? ¿Valió la pena? Pasan sólo unos microsegundos. Cuando te das cuenta te dio una hoja. Te hace una encuesta. Sales del cuarto. Jorge salé de Consejería 3. Caminan juntos hasta la escalera. Eres negativo. Él también.

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[1] El SIDA aun mata, Ricardo Baruch http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2015/12/01/el-sida-aun-mata/