Legalidad y psicología detrás del maltrato a la mujer

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Por: Paola González

Colaboró Cecilia Basulto

“Después de tantos años juntos y de vivir pensando que esto era amor; el esperar en casa día tras día sus insultos y golpes siempre que él quería, se fue convirtiendo en una necesidad. Un día, en un momento de tranquilidad decidí actuar diferente y pedirle que cambiara; que me tratara mejor”.

“Cuando llegó, lo recibí con todo el cariño que le tengo y le pedí que se sentara para hablar. Inmediatamente comenzó a insultarme, había analizado tanto mis palabras que sentí que había desperdiciado mi tiempo al intentar hacer esto; se molestó demasiado.  –Desgraciada, si no te gusta cómo te trato lárgate de aquí, esto es lo que mereces y puedo conseguir a otra cuando quiera.-“

“No puedo dejarlo, lo amo… prefiero sus insultos a separarme de su lado.”

Aún existen muchos casos como este en la actualidad, todas las campañas en contra del abuso y la violencia que reciben las mujeres no han arrojado los resultados que se esperan de ellas, pues es necesario ahondar en el problema más allá de la promoción de videos, carteles o actividades en centros de integración social.

Pareciera que estas campañas son como un eco en un gran barranco; que aunque suene repetidamente, no llena el espacio, impidiendo un tránsito tranquilo y simple por el lugar. Este problema social no se ha combatido de raíz, por lo que los esfuerzos son infructuosos.

Tan sólo en el estado de Jalisco —según datos de la Secretaría de Salud Jalisco—, la violencia en contra de las mujeres registrada en 2017 indica un 78.5% superando el promedio nacional de 65% de incidencia, lo que coloca a Jalisco como uno de los primeros lugares; el 57% de las mujeres de zonas urbanas y el 45% de zonas rurales en el estado sufrieron algún tipo de violencia.

Estas cifras hablan solamente de los casos denunciados que se han registrado, mientras que un gran porcentaje de casos de violencia se ocultan por “lavar los trapos sucios en casa” o restarle importancia; esto deja a la víctima  a merced de una reincidencia o la imposibilidad de superar el trauma ocasionado tras el hecho.

De los casos denunciados, según datos del INEGI en 2015, mil 157 están relacionados con violencia física, dos mil 179 con violencia psicológica, 136 con violencia económica, 408 con violencia sexual y 68 casos fueron de abandono. Los 138 restantes no se encuentran especificados.

Dentro de este tipo de violencia, se encuentra que por cada 10 homicidios de mujeres que ocurren en Jalisco, cinco se registran en Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque. La otra mitad de las muertes ocurre en los 122 municipios restantes de la entidad federativa.

Los datos arrojados muestran que la violencia física es menor a los casos en los que se presentan otros tipos de violencia, y la psicológica, ha demostrado ser la predominante tan solo en el estado.

UNA APOYO LEGAL

Por su parte, el Congreso y el Ejecutivo de la entidad han promovido la “Ley de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia del estado de Jalisco” para prevenir casos de violencia y sancionar eficazmente a quienes con dolo (conscientes o no de que es una violación a los derechos humanos), dañen la integridad de una mujer.

En las disposiciones generales del capítulo uno, el artículo primero versa de la siguiente manera.

“La presente ley es de orden público, interés social y observancia general en el estado de Jalisco, y tiene por objeto sentar las bases del sistema y programa para la atención, prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres, a fin de  garantizar el derecho fundamental de las mujeres a acceder a una vida libre de violencia, conforme a los principios constitucionales de igualdad y no discriminación”.

Además de implementar un programa que respalde los esfuerzos para erradicar la violencia hacia el género femenino, esta ley pretende dirigirse por los principios de respeto, igualdad, libertad y autonomía que merecen las mujeres.

Trata también las distintas modalidades de violencia ya antes mencionadas, incluyendo la violencia laboral, docente e institucional; sin embargo, todas las medidas para prevenir y/o erradicar este problema no llegan a la población en general, ya que su difusión y preparación no llega a todos los sectores y no es recibida en ocasiones por quienes realmente necesitan esta información y apoyo.

LA REALIDAD ES…

¿Realmente funciona esto? ¿La sociedad está dispuesta a tomar estas medidas? ¿Las mujeres estamos programadas para atender al cambio fácil y rápidamente?

Desde finales del siglo pasado, las investigaciones sobre la psicología femenina comenzaron a perfilarse, desde la perspectiva de la mujer misma; lo que hace a un lado los estudios arcaicos hechos por el hombre para dar respuestas al comportamiento femenino para dar cabida a estudios integrales de la mujer, para la mujer.

Tres especialistas del comportamiento femenino, Karen Horney, G. Kelly y B. F. Skinner; describen a la mujer como un ser empático, que necesita de conexiones emocionales para lograr desarrollarse plenamente en sus relaciones, desde la infancia con su madre en primer instancia, hasta la edad adulta con todas las personas con quienes se relacione (pareja, hijos, amigos, compañeros, vecinos etc.).

Estas conexiones se dan a través de la empatía, por ejemplo:

 Andrea llega del cardiólogo y les cuenta a Citlalli y a Blanca que le diagnosticaron una cardiopatía congénita; Citlalli y Blanca se conmocionan, por lo cual cuando la segunda llega a su casa, intenta compartir con su pareja aquello que experimentó tras escuchar la noticia de Andrea.

 El hombre intentará hacer un comentario sobre lo mucho que tendrá que cuidarse de no sufrir un infarto y cambiará inmediatamente de tema  —¿Vamos el domingo con mi madre?—. Blanca sentirá que esa conexión de empatía se rompió y buscará la manera de volver a conectarse emocionalmente con lo que siente; ya sea con el problema de Andrea, con la reacción de su pareja o con ambas.

Al no tener este tipo de conexiones y sentirse incapaces de cambiar esta situación, la mujer hace lo que puede para lograr esta empatía, y en ocasiones, la única manera que encuentra es cambiándose a sí misma para satisfacer las demandas empáticas de los demás y lograr la conexión.

Esto, es en términos generales el inicio psicológico por el cual las mujeres son en mayor número víctimas de violencia. La mujer misma, gracias a su necesidad de conexiones emocionales y la educación social que se da de ser “servicial y atenta”, muchas veces se degrada y llega a ser causante de este problema que aunque se redoblen esfuerzos y campañas no se ha podido solucionar.

“Mientras las mujeres no encuentren la fuerza y el valor que tienen van a seguir siendo víctimas de los demás y de sí mismas” comenta el psicólogo Yaír Hernández; la autoestimación y el buscar desarrollarse plenamente no es una tarea fácil, y muchos se dejan vencer por las presiones sociales.

Esto genera que la víctima no sea consciente del daño que se causa y que le causan al permanecer en ese estado de auto devaluación; sólo cuando la víctima es consciente y tiene la fuerza de carácter y voluntad para buscar ayuda y salir de esa situación es que se puede cambiar realmente y la mujer puede encontrar motivación para autorealizarse y valorarse, comenta el especialista.

Mientras tanto, en una charla con Ana Castellanos*, nos platicaba de lo difícil que fue su última relación y cómo la marcó. “me decía que me veía gorda y que estaba fea; sé que lo estoy, cuando me dicen bonita sé que lo dicen por compromiso porque la verdad… soy fea.

Nosotras somos responsables de esto.

Al no tener cuidado desde la educación de nuestras hijas, al descuidar el desarrollo de su personalidad y el incremento al valor que se tenga a sí misma; estamos fomentando la violencia hacia el género femenino y que probablemente, en el futuro, esa niña se vuelva una víctima de violencia por no saber poner un alto y reconocer su valía ante los demás.

Las campañas sociales que actualmente buscan fomentar el respeto hacia la mujer, no llegan a conseguir su objetivo, pues sólo “tapan” el pozo y el problema sigue ahí, escondido, latente en la comunidad. Sólo enfocándonos en la educación de los niños y las niñas es que se podrá erradicar este problema social, mostrándoles que cada uno tiene su valor y su dignidad como seres humanos y que nada, ni nadie tiene el derecho a humillarlos o maltratarlos.

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Historia de una Violación Olvidada. (II)

Esta es la segunda parte de la historia. Para la primera parte dar click aquí.

La que parecía ser una estudiante modelo, una novia amorosa, una hija dedicada, se ve obligada a enfrentar sus pensamientos más oscuros mientras trata de lidiar con el recuerdo reprimido de la violación de su padre, la preocupación por su sobrina y el brote psicótico que la orilló a ser internada en una institución mental por tiempo indefinido.

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Imagen: Silvia Grav

Por: Ingrid Canul

Los psiquiatras me han recomendado ampliamente que si escucho alguna voz que no pertenezca a alguien en la misma habitación o cuando esté sola, repita en voz alta lo que escucho. Sé que su intención no es terapéutica, es para que las cámaras lo graben todo y guarden un registro… Todavía me río un poco al recordar cuando me lo dijeron y es que suena a una idiotez que alguien siguiera ese “tratamiento” si lo que quieres es salir de este horrible lugar. Nadie está lo suficientemente loco ni le tiene tanta fe a esta institución para seguir esa instrucción. Me pregunto si notan cuando un paciente finge escuchar voces ¿Qué clase de cosas te dice una voz que se encuentra solamente en tu cabeza? Con todo, me siento muy lúcida, más lúcida que nunca, aterrada y torturada por demonios internos que no sabía que existían, pero mi mente piensa con claridad.

Tengo que admitir que esta no es la primera vez que me han sugerido un psiquiatra, pues tuve problemas de ansiedad y de conducta cuando era niña. De adolescente me mostré abiertamente renuente a escuchar ningún tipo de consejo que viniera de ellos, mis padres, y la preparatoria fue una época en que estuvieron salvándome de líos todo el tiempo. Fui expulsada de la escuela en dos ocasiones y hubiera seguido así de no ser por una conversación que tuve una vez con una prostituta en una de las ocasiones en que pasé la noche presa: “Tienes unos padres a quienes les importas y tiras tu vida por la mierda sólo porque estás incluso más perdida que yo. Eres una muchachita idiota y mediocre que seguirá sin valer la pena si continúa así”. Eso, servicio comunitario, ser obligada a trabajar para devolver a mis padres el dinero de cada fianza pagada y estricto control sobre mi tiempo, terminaron en convertirme en la mujer adulta-joven en la que me transformé.

Pero aún en la universidad tuve demasiados incidentes para ser normal e incluso, he recurrido a pastillas para poder conciliar el sueño y realmente descansar. Un maestro me sugirió acudir con un psicólogo, me decía que sufría de ansiedad tipificada y que podría llegar a ser grave si lo dejaba pasar. He visitado psicólogos durante toda mi vida. Los maestros percibían algo peligroso dentro de mí, como un cáncer, un defecto, algo que me hacía golpear a mis compañeros, ofender a quien se atreviera a contradecirme, jugar siempre sola, apenas mantener una conversación con mis compañeros, que todos me temieran, de tal forma que me enviaban con el psicólogo de la escuela y siempre sugirieron que se me debía mantener en tratamiento.

Pero ningún psicólogo pudo esclarecer lo que sucedía. Las caras eran distintas pero siempre eran las mismas preguntas: “¿Cómo son tus compañeros? ¿Te gusta tu escuela? ¿Algo está molestándote?” Uno o dos prefirieron no dar una opinión concreta, otros dos dijeron que era una niña normal y sana pero con exceso de energía, al menos uno más sugirió usar algún tipo de tratamiento por hipnosis, y sé que al menos otro sugirió que podrían estar abusando de mí. Todos coincidieron en que continuara visitándolos, pero no lo hice, no sé si por mi negación absoluta a cada uno o porque mi madre se negaba a ver que había algo que no estaba bien.

Solamente hubo una persona que hizo la pregunta correcta “¿Alguien te ha tocado sin que estés de acuerdo con eso?” Era mi maestro, pero también era psicólogo. Se fijó en mí, se percató de que algo estaba roto dentro de mí. Hice una rabieta monumental, me llevaron a la dirección, mis padres hicieron todo un escándalo, gritaron y patalearon sin descansar hasta que despidieron al profesor. ¡Qué hipócrita! Desempeñando su papel de “buen padre”, abrazándome como si no supiera lo que sucedía, hablándome con ternura ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Quiero matarlo de nuevo! ¡Quiero matarlo mil veces, todos los días, de mil maneras diferentes! Una más lenta que la anterior, más sanguinaria, más terrible… Las lágrimas resbalan abundantes, me estoy haciendo verdadero daño con mis uñas ¡Lo odio, lo odio, lo odio! ¡¡¡ME ODIO!!! Víctor, se llamaba el maestro… Todavía quiso hacer algo por mí y me dejó la tarjeta de un psicólogo que conocía. Jamás pisé ese consultorio.

Ahora, acostada, con pies y manos atados a la cama, vestida con una bata delgada, cubierta por una sábana… Todo blanco. No hay puntos de color, ni siquiera manchas en los muros. Blanco todo como si estuviera suspendida en la nada, incluso la luz demasiado potente que no se dignan a apagar siquiera por la noche, para ser vigilada las 24hrs del día, tratada como un reo, como una peste, como una enferma tras haber sido catalogada como “altamente peligrosa”. Pero ahora estoy tranquila y las lágrimas resbalan por mis sienes, mientras algunas imágenes, como fotografías, aparecen en mi mente. Ahora es constante y así son mis días y mis noches, el maldito olor no me abandona, se ha quedado impregnado en mi mente desde esa noche, para torturarme y hacerme recordar los detalles perdidos durante tantos años.

Aún no puedo recibir visitas libremente, sólo han permitido que me visite mi madre. Fue un desastre, cuando ella preguntó: “¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le hiciste eso a tu papá?” Fue como una bofetada en la cara, como si me hubiera escupido ¡Ya lo dije! ¡Lo grité a todo el que tuviera oídos para escuchar! Ya no quiero ocultarlo más, ahora que lo recuerdo cada vez que los sedantes aminoran sus efectos, pero no me cree. No me cree y no puedo dejar de pensar en esa niña a la que dejó hecha pedazos por dentro. Si no cree mi historia entonces, o ella no quiso hablar, o no le creen tampoco. Ahora tengo los puños apretados. Ese día quise golpearla, no puedo confiar en que no supiera lo que pasaba, no puedo confiar en ella, ya no más… No sabía cuánta ira puede albergar un alma y ahora que la mía está liberada ya no puedo detenerme. Sé que no me permitirán verla y no quiero hacerlo. Por mí, está bien ser huérfana.

No hay cargos y me han declarado mentalmente inestable. Aparentemente tuve un ataque psicótico y tengo períodos todavía en que podrían, o no, catalogarse de la misma manera, así que no puedo ser procesada ni detenida. Hablan conmigo y me medican para que diga lo que ya dije, pero dudan de todo lo que digo. Dudan de que pude haber retenido durante tanto tiempo los recuerdos, dudan de que mi padre me haya atacado y mi novio, por supuesto, ha negado que yo haya estado semi-inconsciente aquella noche, e incluso dijo que no había sido la primera vez, lo que me pone en entredicho porque el sexo pudo desencadenarlo todo, y él continúa diciendo que yo era una puta. No quiso verme ni hablar conmigo. Nadie en el colegio ha intentado defenderme, todos me han encontrado rara, violenta o agresiva, nadie quiere sentir empatía por la loca internada. Solo Miriam fue lo suficientemente valiente para decir que no eran ciertos los chismes y que no puede creer todo lo que pasó, pero agregó que siempre le parecí rara, por si querían que me visitara.

Me han hecho repetirlo incansablemente. Acerca de mis recuerdos de la infancia creen que miento porque cada vez agrego más detalles. No sabía que la mente funcionara así, como si se le fueran quitando capas y pudieras descubrir cosas nuevas cada vez que quitas una y otra capa… Recuerdo el caballito de madera tallado en la mesita de noche, el peluche de gato que me regalaron una navidad, el color de mis almohadas favoritas, la silletita sobre la que me mecía en “la hora del té”, recuerdo todos los objetos en mi habitación porque me concentraba en su silueta en la oscuridad, esperando a que todo pase. Recuerdo algunas palabras: “se buena, quédate quietecita”, “si lloras ya no te voy a querer”. Pero las palabras son demasiado dolorosas para repetirlas en voz alta y me desvanezco en un sopor intermitente. Así que, cada vez, me regresan a mi habitación sin haber obtenido mucho más. La persona en la que más confiaba en el mundo, traicionada así… No puedo confiar ni en la enfermera más amable, está claro que no cuento con mi madre y no puedo dejar de repetirme: ¿qué será de ella, pequeña y frágil en un mundo que ya la ha roto?

Yo estoy rota. No me siento yo, me parece que hay más personas dentro de mí, algunas me hacen sentir poderosa porque me deshice de él, otras me recuerdan la niña asustada que fui, o la adolescente tratando de expulsar un odio cuyo origen desconocía o yo, quien no tiene idea de nada, que se deja preguntar y medicar y atar como una muñeca. Estoy vacía.

En cuanto a esa noche, es mucho más difícil. Trato de hilar las imágenes que pasan por mi mente pero están desorganizadas en tiempo y secuencia, sé que por un momento sabía lo que hacía: recuerdo haber intentado abrir la puerta cerrada desde dentro, recuerdo golpearla, recuerdo haber salido al pasillo por el hacha de emergencia, recuerdo haber roto la puerta y encontrar a mi padre alarmado, viéndome con cara de no saber lo que sucede y recuerdo ver a mi niña hecha un ovillo en una esquina de la cama…recuerdo ver unas gotas de sangre en su ropa.

Después de eso, lo que recuerdo son detalles inconexos: el peso del hacha en mis manos, la textura de la tela del edredón, luces cruzaban por mis ojos y esa persona ya no era nadie que reconociera. Tengo la sensación de su pelo en mis manos y no se aparta de mi mente la forma en que sus ojos me miraban sorprendidos y aterrados mientras sentía su cráneo vencerse contra la pared, escuchaba los sonidos que emitían su garganta y sólo recuerdo esa sensación de querer despedazarlo y desaparecerlo… Lo vi morir, vi su esencia desprenderse de su cuerpo, pero aún me persigue. Aún no se fue mi violador, vive dentro de mí, está en mi mente, huelo a él, soy yo.

Me detesto.

Me odio por haberlo guardado tanto tiempo; me odio por haberlo asesinado, porque lo convertí en la víctima; me odio por no haberme cerciorado de que ella saliera de la habitación; me odio por no haberla podido proteger; porque enloquecí y no logro que nadie me crea; porque lo veo, lo siento y lo oigo; porque forma parte de mí aunque quiera expulsarlo; porque quiero verlo morir de nuevo para cerciorarme de que no volverá por ella… Porque sé que ahora también vive pesadillas y que formo parte de ellas.

Me golpeó mi mamá con una lámpara para que me detuviera. Se hubiera desparramado todo el contenido de su cabeza si no lo hubiera hecho. No pretendía dejar de golpearlo hasta que ya no quedara nada de él. Suena a una idea muy lúcida, pero en ese momento sólo quería golpearlo hasta que ya no quedara nada de mí misma. Por eso me mantienen amarrada y en observación: tengo tendencias suicidas y homicidas, incluso ahora. Creo que si me hubieran permitido despedazarlo, podría pensar que él no volverá, que se fue de una vez por todas, que es su fantasma lo que me persigue: el monstruo debajo de la cama.

No sé cómo podré algún día superarlo y salir de nuevo al mundo real. No me siento capaz de caminar por la calle, de tener una casa, un perro, una pareja… morir no es una locura cuando se está tan roto. Es tan preciada la vida para ellos que lo repiten como una grabación y sin embargo, esto no es vida, encerrada dentro de mi mente sin la calidez humana que realmente necesitaría para sanar. Todo aquí es mecánico, no hacen un solo movimiento errado para evitar que los cataloguen como ineficaces y todos los días las mismas preguntas: “¿Cómo estás hoy? ¿Qué desayunaste? ¿Deseas bañarte ahora o más tarde?” Sin preocuparse si contesto o no porque ellos tienen un horario y deben cumplirlo, da lo mismo si me parece o no.

Con frecuencia pregunto por Hilda, invariablemente me contestan que ella está bien y que si me pongo mejor la dejarán que me visite. Aún no sé si lo dicen en serio o no, pero he decidido portarme mejor, porque realmente quiero verla. No quiero recordar esa mirada, esos ojos llenos de terror, la cara petrificada en un grito ahogado, no sé si temía de mí o de lo que acababa de sucederle o de ambas.

Como sea, me porto más dócil ahora, mi psiquiatra me ha cambiado la medicación y al menos puedo pensar con mayor claridad. Ya tienen un diagnóstico: depresión y estrés postraumático, con un solo incidente de brote psicótico. Por fin comienzan a creerme. Mi madre vino de nuevo, la vi a través de un vidrio para evitar que la lastimara y finalmente, por un instante, me miró a los ojos, llenos de lágrimas y supe, científicamente discutible pero así lo sentí, supe que ella sabía algo, supe que sus lágrimas eran por la culpa, vi en sus ojos que reflejaban amor, tristeza y un “lo siento” que cruzaba en su mente. Sólo pude verla, no hubo palabras, no pude decir nada en absoluto ¿Cómo era posible que un “lo siento” pudiera arreglarlo todo? Vi cómo se desgarraba su alma cuando se dio cuenta que jamás la perdonaría.

Sé que mi vida se consumirá aquí. No soy capaz de valerme por mí misma, sé que estoy sola en el mundo y que valgo menos que las sábanas que me cubren. Lo sé. Un demente no entra ni en el conteo oficial de población: es un ser sin esperanzas ni sueños, el vacío de la existencia que sólo es el resultado de no haber muerto físicamente, no según la definición de “muerte”. Vacía, sin embargo, hoy se me hizo un regalo invaluable que cualquiera apreciaría como un llamado a la vida, de una fuente de la que no creí que pudiera recibir algo tan preciado: esperanza.

Mi madre trajo a Hilda y fue tan grande mi alivio de verla bien que no pude articular palabra. Ella tampoco dijo nada, pero estuvo dibujando en un papel mientras observaba su cuerpecito cálido y tranquilo. Mi madre me miraba sollozando y solamente dijo que yo lo tenía que saber, que Hilda estaba siendo tratada. Al final de la visita le pidió al guardia que se me entregara el dibujo y mi querida sobrina me regaló una sonrisa dulce mientras sus labios dibujaban un pequeño “gracias” y veía sus ojos tiernos de alma rota.

Se me entregó el dibujo: era yo como una especie de ángel vengador, sobre el monstruo de debajo de la cama. Era yo ganando sobre el mal para protegerla… Ella estaba ahí convertida en un ratoncito y yo la protegía… Yo era un ángel vengador y a la izquierda, junto a la bolita de líneas que era ella, un “gracias” escrito pulcramente.

“Gracias”… Gracias a ti Hilda. Tú me has rescatado mucho más de lo que crees. Quizá la tierra árida sí pueda volver a reverdecer…

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Imagen: http://www.40fakes.com/2016/04/silvia-grav-art/

Historia de una Violación Olvidada. (I)

La primera parte de lo que parece un escenario bastante común, aunque terrible, en la vida de una mujer joven: una fiesta, demasiado alcohol, un novio que ha esperado demasiado tiempo, y la imposibilidad de pensar con claridad y moverse a voluntad la orillan a una situación fuera de su control, pero el trauma vivido recientemente libera un secreto encerrado en su mente durante años.

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Imagen: Silvia Grav

Por: Ingrid Canul

Hoy perdí a mi novio. Teníamos año y medio juntos y lo perdí hoy, así, como si se hubiera dado la vuelta en una esquina y hubiera desaparecido. Aún no encuentro explicación a sus palabras, aún no estoy segura de lo que pasó hoy, ayer, hace tres días… Escuché sus palabras y sentí las lágrimas corriendo por mis mejillas, entiendo intelectualmente lo que me ha dicho pero no encuentro una explicación.

Yo lo amo y sin embargo, no quise tener sexo con él hasta hace tres días. Estuvimos en casa de Alexa festejando su cuarto de siglo y bebí de más. No es que no me hubiera pasado antes pero en esta ocasión me pasé en serio, apenas recuerdo, sé que me caí un par de veces porque tengo moretones en las rodillas y algunos rasguños en las manos, sé que vomité porque amanecí con el gusto terrible en la boca, sé que tuve sexo con Jimmy porque desperté desnuda en su departamento, porque tenía semen en mi vagina, porque me lo dijo él.

Tengo imágenes en mi cabeza, como grabaciones mal hechas y mal editadas, momentos en los que él está sobre de mí riendo y me toma de las manos, en que me sujeta la cintura y me atrae hacia él, en que me da otra bebida, en que me trepa cargada a su departamento y luego nada. Sólo la luz molesta sobre mi rostro y esta sensación constante de que todo está mal.

Yo sí quería tener sexo, muchas veces tuve que contenerme para evitarlo y estaba muy bebida. ¿Por qué no habría querido? ¿Cómo podría haberlo rechazado si lo amo tanto, si lo deseo tanto? De nuevo estoy llorando, apenas soy consciente de que todavía me encuentro en la universidad y que los demás me miran. Me miro la muñeca y corro la manga del suéter para tapar la marca de los dedos de Jimmyél dijo que me emocioné demasiado con mis uñas y que me sujetó para que no lo lastimara. Es algo que siempre quise hacer pero al esforzarme en recordarlo me asalta únicamente una sensación de desesperanza. Sé que algo está mal pero no me atrevo a decirlo en voz alta.

Quiero comentarlo con alguien pero cuando quiero contárselo a Alexa y a Miriam, mis mejores amigas, se ríen y me felicitan, ya no soy más el bicho raro, “la única virgen de 26 años estudiante de universidad que existe en el mundo” según sus palabras. Su forma superficial de hablar del tema, la manera pueril de sugerir que no pasaba nada con que no lo recordara, que era mejor así porque la primera vez suele ser desastrosa y después de todo “¿Qué tiene de raro o de malo perder la virginidad con tu novio después de más de un año juntos?”, entonces se me quiebra la voz y les suelto que terminó conmigo. Hoy. Hace un par de horas. Hoy, después de ignorarme completamente durante dos días completos, enfrente del equipo de básquetbol donde prácticamente me gritó que era una puta y una mentirosa, que habría aceptado que no fuera virgen pero no que lo hubiera engañado haciéndole pensar que era lo que no soy, que me fuera a la mierda y que no me le volviera a acercar o a llamar. Que no quería saber nada de mí.

Callaron. Eso sí lo toman en serio, ahora empezaron a hablar de él: era obvio, lo único que quería era “desflorarme” para botarme luego, que seguramente tenía a otra, que no valía la pena, que lo olvidara. No me siento cómoda, algo no encaja o, mejor dicho, no encaja nada, aún si así fuera, ¿para qué ridiculizarme de esa forma? De pronto noto un aroma en el ambiente, como a colonia de hombre. No huele mal pero me produce arcadas, desecho todo el desayuno. Después, nada. El olor se ha ido y mis amigas me miran preocupadas, yo no le doy importancia, es demasiado pronto para tener síntomas de embarazo.

Entro a su departamento, me lleva hacia la cama y sin previo aviso está sobre de mí, noto su media sonrisa, veo sus ojos brillantes de triunfo, me abre la blusa sin grandes ceremonias y separa mis piernas con sus rodillas. Yo estoy echada simplemente, medio consciente de que está desnudándome. Se quita la camisa, se acerca a mí y me da un beso en la mejilla y de pronto, ese olor llena la habitación, me quema la nariz, quiero gritar y él me sujeta las manos, quiero empujarlo pero me tumba con su peso, no puedo más ¡necesito ayuda! ¡que alguien me ayude! ¡por favor!

Abro los ojos y TENGO que saltar de la cama. Estoy sudando de la cabeza a los pies, sola en mi habitación, veo las sábanas enredadas en mi cuerpo y no puedo soportarlo, no quiero que nada me roce siquiera, no quiero meterme de nuevo en la cama y cerrar los ojos “ha sido sólo una pesadilla” me repito una y otra vez mientras bajo a la sala común y me hago un ovillo en el sillón, me miro las marcas en mis muñecas, “ha sido sólo una pesadilla”, hasta que por fin, me vuelvo a dormir.

Siento las manos sujetas con firmeza, mientras me susurra palabras tranquilizadoras pero ignora mis lágrimas, quiero empujarlo pero el cuerpo no me responde, siento su embestida pero sin dolor, sin placer, sin ninguna sensación, alcanzo a escucharme decir “no quería que esto fuera así” y él sólo me da un beso en la frente…de pronto su cuerpo cambia, es mayor, su cabello es diferente, su voz en más gruesa, me dice palabras cariñosas y al final “es nuestro secreto”, justo cuando se pone de pie está borroso y me inunda la nariz de nuevo ese maldito olor.

Abro los ojos. Ahora duermo con Miriam pero las pesadillas no se van y ahora con frecuencia terminan de esa forma, cuando Jimmy se convierte en otra persona, alguien que conozco en mi sueño pero no logro reconocer una vez que me despierto, no logro recordar ni lo que me dice. Tengo una sensación terrible en la boca del estómago, cada vez que “sueño” con ese olor me provoca náuseas – digo “sueño” de esta forma porque lo siento ahora en todas partes y en los lugares más inesperados, como si alguien me vigilara de cerca y oliera de esa forma, como si las plantas expulsaran ese aroma. Estoy a punto de quebrarme, soy consciente de eso porque por fin he aceptado la verdad de esa noche: fui violada.

La situación en la universidad lo agrava más, sé que ahora todos hablan de mí: Jimmy se encargó de decirle a todo el mundo que no era virgen como solía decir, que seguramente me habré metido quién sabe con cuántos y creía que iba a poder engañarlo, que soy una prostituta y que mi tarifa con él fue mentirle durante año y medio mientras le hacía sexo oral, pero que seguramente cobro de manera más “efectiva”. Llevo 2 semanas como un zombi en la escuela, apenas despierta, apenas sensible. No hablo acerca de la violación, sé que todos pensarán que trato de vengarme.

¡Lo que daría por dormir bien esta noche! Cinco horas, no pido más. Pero en cuanto cierro los ojos vuelvo a verlo, montado sobre mí, violándome suavemente. Abro los ojos, no recuerdo el sueño pero en esta ocasión también vi a mamá.

Uno de mis profesores me hace una cita con el orientador de la universidad, psicólogo. Cuando llego a su oficina está esperándome, es un hombre de unos 40 años, cuidadoso con su imagen, me sonríe al invitarme a sentar. La charla es acerca de los temas que supuse, me pregunta incluso acerca de la fiesta, es el único momento en que dudo en contestar. Lo miro a los ojos segura de que los míos están llenos de lágrimas y todo mi ser grita “violación” pero mi boca es incapaz de decirlo. “Estuvo bien” es todo cuanto puedo responder, mientras las lágrimas corren por mis mejillas, cada vez más copiosas hasta que termina siendo un sollozo ininterrumpido. El psicólogo se acerca, se para detrás de mí y me pregunta si hay algo de lo que quiera hablar, niego con la cabeza pero sigo llorando, entonces me dice, en tono consolador, que ayudar a los estudiantes es su trabajo y que adoraba su trabajo y pone una mano sobre mi hombro izquierdo, me tenso inmediatamente y la aparto bruscamente con la mano derecha, me pongo de pie de un salto y sin decir palabra salgo de su oficina.

Claramente ese comportamiento le pareció alarmante porque llamó a mis padres. Mi mamá llamó unas horas después al departamento compartido que alquilo, preguntándome si me encuentro bien. Le miento lo más eficazmente que puedo y me comenta que este fin de semana vendrán a visitarme, noticia que al menos me reconforta. Aun así no se los contaré.

“Es nuestro secreto”, mientras mete la mano debajo de mi pijama de girasoles, un peluche cae de la cama rodando, y trato de detenerlo pero me habla con tanto amor que dudo, con la otra me acaricia la cara y el cabello, me da besitos en la nariz, en los ojos y en cada una de las mejillas, pero la otra mano me lastima.

Despierto más inquieta que nunca, no recuerdo lo que soñé pero estuve llorando. Seco mis lágrimas y cuando Miriam me pregunta qué sucede me echo a llorar histérica y desconsolada.

Mis padres vinieron hoy y fui a buscarlos a la terminal. Hilda, mi sobrina, se está quedando con ellos unos días. En cuanto la veo corre hacia mí y salta a mis brazos “me recuerda mucho a ti” dice papá, me voy caminando con ella, tomadas de la mano y cantando una canción inventada. Llegamos a un parque y ahí nos sentamos los tres mientras vemos a Hilda correr y jugar con toda la energía de una niña de 9 años. Mis padres me interrogan, pero les miento muy bien y parecen tranquilizarse.

Van a quedarse en un hotel por hoy. Los acompaño y me quedo con ellos hasta ya muy tarde, así que decido que es mejor que me quede a dormir, de cualquier forma no había habitaciones dobles y rentaron una triple. Mi madre me arropa amorosamente y yo me siento amada y mimada. Siento que hoy descansaré tranquila, me da un beso de buenas noches y yo me quedo profundamente dormida unos minutos después.

¡No! Ya no quiero, por favor, ya no quiero…

Despierto sobresaltada y suspiro con resignación. Quizás no vuelva a dormir tranquila nunca más. Me quedo recostada con los ojos bien abiertos escuchando el silencio cuando unos segundos después me parece escuchar sollozos. Aguzo el oído, me pongo de pie. Los sollozos provienen de la habitación al otro extremo. Me acerco de puntillas, el corazón me late muy fuerte y siento miedo, me quedo paralizada a medio camino, mis pies no pueden moverse de su sitio, incluso dejo de respirar…madreselva y lavanda, cítrico pero ligeramente dulce… Es ese aroma de nuevo. Abarca la habitación y me perfora el cráneo: es la colonia de papá, los sollozos vienen de la habitación de Hilda y entre los espacios entre un sollozo y el siguiente alcanzo a escuchar “será nuestro secreto”.

Para la segunda parte de esta historia dar click aquí.

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Imagen: http://www.40fakes.com/2016/04/silvia-grav-art/

Inteligencia, Coraje y Amor por las Matemáticas

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

En los registros que conocemos de la historia, y en la mayoría de los grupos sociales, las mujeres han llevado sus vidas en la obscuridad, en un segundo plano. Sin embargo, también sabemos de mujeres que se han impuesto ante las reglas y sin importar la situación en la que vivan, muchas de ellas han superado las expectativas que la sociedad les imponía, convirtiéndose así en ejemplos de que la capacidad no es inherente a un género, una edad, o un color de piel.

La Emperatriz  Wu Zetian, quien fue la única mujer que gobernara China.

Marie Curie, la primera mujer en recibir un premio Nobel.

Dian Fossey, la zoóloga defensora de los gorilas fallecida en Ruanda.

… Y existe una lista interminable de mujeres valerosas que buscaron darle sentido a su vida de manera excepcional.

Sin embargo, aún hay historias fascinantes que no han sido contadas – y reconocidas– como se merecen. Es por esto que la escritora Margot Lee Shetterly escribió una novela biográfica acerca de tres asombrosas mujeres que cambiaron el rumbo de la guerra fría gracias a su talento y valentía. Se trata de “Hidden Figures” y narra la historia de tres amigas afroamericanas que trabajaban para el proyecto aeroespacial estadounidense en los años 60; volviéndose tan importantes en la carrera para llevar al hombre a la luna, que la NASA no pudo dejarlas ir sin antes reconocerles su desempeño.

La matemática Katherine Johnson, quien con sus cálculos ayudó a que las trayectorias de vuelo de los cohetes fueran precisas; Dorothy Vaughan, quien se convirtió en la primera supervisora de los servicios de la floreciente IBM; y Mary Jackson, la primera (sí señores, la primera) ingeniera aeroespacial en los Estados Unidos –¡Qué orgullo!-.

Estas mujeres de la estirpe de Hipatia de Alejandría se impusieron ante la discriminación por su género y su raza para convertirse en modelos a seguir de las miles de matemáticas, ingenieras y licenciadas en ciencias exactas que buscan colarse en el desarrollo científico y tecnológico de nuestra era.

Shetterly, la escritora, es también asombrosa, pues fundó en México durante el 2010 la revista “inside México”, dirigida a los angloparlantes que se asientan en el país. Fue consultora de marketing en la industria mexicana de turismo y fundó la organización “The Human Computer Project” que recaba el trabajo de todas esas mujeres que trabajaron en los albores de la aeronáutica como la conocemos hoy en día.

Con cuatro estrellas en el sitio Goodreads, más de cuatro mil votos y mil reseñas, Hidden Figures, además de una buena recepción por la comunidad lectora, no ha pasado desapercibida en la industria cinematográfica: cuenta con una adaptación nominada al Óscar 2017 y protagonizada por Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe. Así que sin importar si prefieres un libro a una película o viceversa, seguro disfrutarás de esta historia.

No prometo que acabes sin algunas lágrimas.

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Nasty Woman

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Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

Nasty woman”, fue el adjetivo que Donald Trump eligió para su adversaria Hillary Clinton  durante el último debate presidencial de Estados Unidos. Nasty, o despreciable, fue la mejor forma que tuvo aquel para describir a una mujer que se preparó para subir al escenario y hacerlo pedazos con estilo.

Pero no hace falta ser candidata a la presidencia de Estados Unidos para que una mujer sea considerada de esa manera. Lo sucedido en el debate me hizo reflexionar en que somos muchas las mujeres que hemos sido señaladas como nasty por meternos en asuntos públicos, por aspirar a puestos de liderazgo o por desafiar los estándares sociales. Donald lo dijo en voz alta porque el tipo no tiene filtro. Pero hay mucha gente allá afuera –hombres y mujeres- que opinan lo mismo y, sin decirlo, nos lo han hecho sentir.

Les quiero platicar brevemente mi experiencia en la política en México. No es muy amplia, pero alcanza para ejemplificar la situación. Al incursionar en ese terreno, aún dominado por hombres, nasty son los retos con los que una se enfrenta. Tres en específico he identificado: 1) entrar en la política, 2) sobrevivir a la política y 3) regresar a la política.

Cuando el entonces Alcalde de Puebla, Eduardo Rivera, me invitó a dirigir el Instituto Municipal del Deporte, más de un funcionario no entendía la razón. Recurrentemente me preguntaban ¿pues quién es tu papá? o ¿cuál es tu relación con el Alcalde? Parecía que necesitaban una justificación para entender qué hacía yo asumiendo esa responsabilidad. No les bastaba con saber que siempre he sido deportista, y que Eduardo –por cierto gran jefe y mejor persona- necesitaba a alguien que se hiciera cargo de los asuntos del deporte. Para mí era obvio, para ellos no.

El segundo reto es más duro porque exige tiempo completo. Y con eso me refiero a 24/7. Lamentablemente, en la administración pública sobrevive la creencia de que hay horario de entrada más no de salida. En ningún contexto me parece razonable, ni siquiera en el que una es joven y sin más responsabilidad que el trabajo. Pero menos razonable lo es para las mujeres que además desean ser esposas, madres, amas de casa. Simplemente no dan las horas, y cualquier trabajo debería permitir tener una vida fuera de él. Otra cosa que una tiene que sobrevivir es que muchas de las decisiones importantes en política se toman fuera de la oficina, en entornos dominados por hombres y que pueden resultar incómodos o peligrosos para las mujeres. Mi ingenua estrategia era dejar claro a la menor provocación que sé taekwondo –y que me sé defender muy bien- pero ese no tiene que ser el caso. No tiene que ser.

El tercer reto es triste. Y es que con ese sistema tan nasty, una no quiere volver a la política. Simplemente no es racional hacerlo si una tiene aspiraciones fuera del trabajo, o si se quiere evitar ciertos episodios desagradables. Además, el mercado laboral cada vez ofrece más y mejores oportunidades para las mujeres, que bien pueden desarrollarse personal y profesionalmente en la iniciativa privada, por ejemplo. La política se ha rezagado en ser más atractiva para las mujeres, y en México eso se refleja en los pocos cargos que ocupan actualmente en todos los órdenes de gobierno: menos de 300 alcaldesas en los casi 3000 municipios, sólo una gobernadora en los 32 estados, 46 senadoras de los 128 disponibles, 213 diputadas de los 500, y sólo 2 ministras de 11 en la Suprema Corte de Justicia.

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Pero aún así ahí estamos las nasty women que nos negamos a darle la espalda a la política. Porque importa, porque las cosas tienen que cambiar, y porque no van a cambiar por sí solas. Afortunadamente hay mujeres como Hillary, que van abriendo brecha para las nasty women en puestos de liderazgo, sobre todo en la política. Pero hacen falta más como ella, y de todas depende ir preparando el camino.

  Foto: http://people.com/politics/katy-perry-nasty-woman-t-shirt-campaigns-hillary-clinton-las-vegas/

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El Imperio Gay Contraataca

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Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

Un día, como por quinto semestre de la carrera, llegó uno de mis compañeros de universidad, se armó de valor, y me preguntó con toda la sinceridad del mundo: “oye, Mau, ¿los gays se masturban?”. Honestamente no recuerdo qué respondí (seguro algo así como “préstame tu mano y averiguamos”), pero ha sido de las primeras veces que descubrí que la homosexualidad es un misterio para mucha gente. Incluso para nosotros mismos. Aunque cada vez es “más común” y “más aceptado”, la mayoría de la gente sigue sin tener la menor idea de qué implica ser homosexual. Desde la amiga que un día, con toda naturalidad y consternación, me dijo que “sentía bien feo por los gays porque no pueden tener relaciones viéndose a la cara” (???) hasta las veces que en mi familia han insistido que es una elección. Así, sin más. Que uno despierta un día y, como si fueran enchiladas, decide que le gusta más Liam Hemsworth que Jennifer Lawrence.

Aunque me da gusto que cada vez más gente lo toma con la naturalidad correspondiente, sigo viendo los estragos de la ignorancia en el tema. Como ya todo mundo sabe, a menos que vivan en una cueva y no sigan las noticias/chismes/redessociales/sobremesas familiares, el llamado “Frente Nacional por la Familia” organizó en días pasados distintas marchas en “defensa” de lo que los participantes llamaban “la familia natural”. En resumen, cualquier cosa que no sea mamá+papá+hijitos representa para ellos una amenaza cada vez más peligrosa. El “Imperio Gay” cada vez expande más sus horizontes y estamos listos para convertir a sus hijos a la veneración de Lady Gaga. Si procede la iniciativa del presidente Peña, que básicamente implica hacer explícito lo que ya dijo la Corte: que negar el matrimonio a los gays es inconstitucional (además de ojete), aparentemente eso implicaría la destrucción de las buenas costumbres, de la moral, de la natalidad, del dólar y de todo lo que se les pueda ocurrir. Más allá de las consideraciones de negar acceso a derechos, de tener poca o nula madre, o bien, de simplemente (ahí sí) meterse en la familia ajena, creo que gran parte de los ataques provienen de mero desconocimiento.

Los gays, me parece, seguimos siendo un misterio inconcebible para grandes sectores de la sociedad. Uno aprende a que el puto o maricón en la escuela es al que le gustan las personas del mismo sexo. Y ya. Nada más. Eso aprende uno en casa en las sobremesas familiares cuando tras el segundo whisky sale el tío medianamente ebrio a contar los chistes de maricones. Jijijijojojoj qué chistoso, pero hasta ahí. Nada de educación, nada de información. Uno, como homosexual, crece únicamente escuchando las mentiras, las burlas, las acusaciones, pero nada de datos, nada de evidencia, nada de información verdadera. Desde niño a uno le enseñan que tiene que gustarle alguien del sexo opuesto; que niño es con niña (nada de condón; puro con-doña, como decía mi papá – bienvenidas las enfermedades de transmisión sexual, total). Uno empieza a recibir disparos hormonales en la secundaria, pero, de nuevo, nada de información. Uno escucha a los compañeros hablar de las cada-vez-más-evidentes-chichis de la compañera pero se pregunta por qué nadie habla de las también-cada-vez-más-evidentes-pompas del mejor amigo. Uno no entiende qué carajos está pasando consigo mismo. Uno se ve al espejo todos los días y se pregunta, en la soledad, por qué es así; por qué no es como los demás.

Parte de las consignas del Frente por la Familia es “dejar la educación a cargo de los padres”. Dejar a los niños en la ignorancia. No se vayan a enterar que se puede ser gay. No se vayan a enterar que no es una enfermedad. No vayan a vivir su vida como ellos quieren, y como ellos nacieron. No vayan a vivir su vida, tal cual. Me pregunto, de verdad, qué espera toda la gente que marcha. ¿Seguir en la mentira? ¿Seguir engañándose a si mismos y a los demás? ¿Dejar que sus hijos aprendan la palabra “homosexual”, y su significado, hasta segundo de secundaria, cuando por primera vez aparece en el libro de biología? Podré entender que cada quien crea en lo que se le dé la gana. Infierno, cielo, purgatorio, pecados, lo que sea. Lo que nunca voy a entender es el por qué negar los derechos a las demás personas. Por qué negar el derecho a la información, o el derecho a vivir.

Historias de la Ciudad

Acoso
Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

 

Regresaba de Perisur. No recuerdo con quién me había reunido, ni qué hicimos, pero sí me acuerdo que ya era de noche. Acababan de inaugurar la extensión de la Línea 1 del Metrobus hacia el sur. Supongo que era domingo, a juzgar por la poca concurrencia del transporte. Alcancé lugar para irme sentado, aunque fueran cinco estaciones hasta mi casa. Aún no llegaban (o no me alcanzaba para) los smartphones. Ni siquiera recuerdo si todavía tenía mi celular Panasonic diminuto o el Motorola negro—mi mamá nunca me quiso comprar el rosa y la edición Dolce & Gabbana le parecía una exageración—pero la ausencia de redes sociales en el celular me dejaba pocas actividades para distraerme en el camino. Por alguna extraña razón del destino, tampoco llevaba mis lentes. Observar al resto de los pasajeros pasaba de ser una actividad medianamente discreta, a un intento infructuoso para vislumbrar la cara de las personas.

 

Igual lo vi. O creí que lo había visto. Ahí estaba. De pie, agarrado del poste, y mirándome esporádica, pero fijamente. ¿Será? Sí. Se parece. Seguro es José Alfredo, el amigo de Luis. Yo no lo conocía personalmente, pero lo había visto en sus fotos del Hi5. Sí, seguro que sí era. Hasta mi miopía creyó vislumbrar el lunar característico (?) que siempre salía en las fotos de José Alfredo. Saqué mi celular y ese-eme-seé (como los cavernícolas) a Luis:

 

“Creo que Cuaqui viene en mi mismo camión”
(Diez segundos después)
-Haha. Say hi.
“Jaja, no. Qué pena”.
Qué pena, pero lo seguía viendo. Cual escuincle stalker. Él también me veía. Sí, seguro era Cuaqui y seguro también había chismoseado en mis fotos y me ubicaba e igual qué oso saludar al desconocido amigo de tu amigo.

 

FUCK YA VAMOS EN LA BOMBILLA. File in: eso te pasa por metiche.

 

Me levanté rápidamente y me paré, junto a él, frente a la puerta del Metrobus. A menos de un metro de él me di cuenta que no, no era Cuaqui, y no, no se parecían en lo más mínimo. Ándale, vuelve a dejar tus lentes, Mauricio; sigue pasando vergüenzas. Fake-José-Alfredo seguía agarrado del tubo del Metrobus, pero movió su brazo y me rozó levemente la mejilla. Puff. Qué oso.

 

Altavista; aquí me bajo.

 

Las puertas del Metrobus tardan una enternidad en abrirse. Empiezo a caminar. Me doy cuenta que el susodicho también se había bajado. Doble osazo. Mono al que confundo con otro y me le quedo viendo como idiota y aparte de todo, vecino que seguro me volveré a encontrar. Camino más rápido y me doy cuenta que viene atrás de mí el interfecto. Pfff. Sigo por las afueras de Plaza Inn, para subir por Fernando Villalpando, y no por Río San Ángel, que mi mamá dice que no está tan iluminada y ya es de noche. Doy vuelta en el McDonald’s para subir hacia Revolución.

 

Diez pasos más adelante. Siento su mano sobre mi hombro. Me agarra fuerte y me presiona contra la pared. Se ve mucho más alto e intimidante que en el Metrobus. El lunar que me creí haber imaginado no está. Sólo veo la barba cerrada y la mirada penetrante, acercándose cada vez más a mí. Me está sosteniendo fuertemente contra la pared con una sola mano. Baja su otra mano, me agarra la nalga y me aprieta contra él.

 

Por primera vez en toda mi vida deseo estar más gordo. Deseo recuperar instantáneamente todas las tallas que había bajado en los meses anteriores, y que este animal no me hubiera podido apretar contra él. Deseo nunca haberme puesto los jeans blancos que mágicamente hacen parecer que tengo pompas. Deseo nunca haber salido de mi casa, ni haber regresado a vivir a la Ciudad. Deseo desaparecer con todas mis fuerzas.

 

Se acerca a mi oído, y me susurra: “¿Buscas algo?”.
a) Mi dignidad; b) Mi valentía; c) Mis huevos; d) Unos calzones nuevos porque ya me oriné en éstos; e) Todas las anteriores.

 

“No. No. No”.

 

Es todo lo que puedo decir. Es todo lo que sale de mi boca. Todo para lo que me alcanza el aliento. Por alguna obra mágica del Espíritu Santo, me suelta. Lo trato de empujar con todas mis fuerzas, que son inexistentes en este momento, y corro. Corro lo más rápido que puedo. Corro rezando que el semáforo de Revolución esté en rojo y pueda cruzar. Corro implorando que no venga ningún coche, porque aunque el semáforo esté en verde voy a seguir corriendo. Corro mientras intento secarme las lágrimas y agarrar mis llaves al mismo tiempo. Sigo corriendo hasta llegar a mi puerta y trato de evitar que tiemble mi mano y pueda abrir la puerta rápido. Abro. Cierro. Doble cerrojo. Respiro hondo, y me siento a llorar.

 

Y ya. Me levanto al día siguiente y tomo mis mismas rutas. No me desvío nunca ni dejo de tomar el Metrobus cuando salgo de Perisur en las noches. Quizá sólo no me le quedo viendo a la gente como maniático degenerado y miope, pero fuera de eso mi vida es la misma. Nunca me ha pasado nada más, nunca volví a ser víctima del acoso callejero. De niño nunca me advirtieron de los acosadores en el transporte público; nunca me dijeron que me vistiera de equis o ye manera. Lo que está cabrón (y perdón por el mansplaineo) es que mi cerebro sólo hizo el clic empático porque se acordó de la sensación de sentirme acorralado, una vez en mi vida. No diario, ni cada que me subo al transporte público. Lo cabrón es percatarme de vivir en el privilegio y normalmente no vivir con miedo. Lo cabrón es leer a otros hombres llamando feminazis exageradas a las que marchan por sentirse inseguras día con día; pensar que el pendejo no estaría en su burbujita misógina si alguna vez lo hubieran acosado y dudar si yo sería igual de empático si no me hubiera sucedido lo del Metrobus hace tantos años. Quiero pensar que sí.

 

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Sobreviví… Puedo Contar

VGO - Entrega junio 2016

“Desperté de repente por un estallido dentro del cuarto. Abrí los ojos. No vi a nadie. Traté de moverme pero no pude. Inmediatamente cerré los ojos y un único pensamiento me invadió: Dios mío, Marco me mató de un balazo.”

Maria da Penha, fragmento de su libro titulado “Sobrevivi…Posso Contar”[1]

Por: Victoria Olaguivel – @VickyGO

Brasil y México son dos países similares y a la vez muy distintos; por ambos corre la misma sangre latina, compartiendo un sinfín de características en el ámbito social, político, económico y cultural. Ambas naciones conforman las dos más grandes economías de América Latina con una población acumulada de más de 330 millones de personas y en donde el petróleo constituye la principal fuente de ingresos. En ambos países más del 70% de las personas practican la religión católica, y sin duda alguna, son dos de las aficiones más fieles cuando de fútbol se trata.

Sin embargo, y muy desafortunadamente, el dúo dinámico también se encuentra tratando de sortear momentos críticos tanto en su economía como en su composición política, en donde los escándalos de corrupción en el sector público son el pan de cada día. Las protestas contra el gobierno, motivadas por el hartazgo social, invaden las calles de la Ciudad de México y Sao Paulo al mismo son, movilizando a la ciudadanía a levantar la voz cada vez con mayor frecuencia y magnitud.

Una de esas protestas, acontecida el pasado 3 de junio, fue la denominada #NiUnaMenos, en donde las dos naciones salieron a las calles para sumarse a la campaña latinoamericana contra la violencia de género a la par de Chile, Uruguay y Argentina, siendo este último el país de origen de dicha protesta. La violencia de género es un mal que aqueja a ambas naciones a tal nivel que genera gran preocupación. Es una cuestión que, a pesar de la lucha constante por transformar el marco legal en beneficio de una mayor protección de los derechos de la mujer, desgraciadamente ha ido en ascenso, tanto en Brasil como en México, a lo largo de la última década.

NI UNA MENOS VGO - Entrega junio

De acuerdo con el último reporte publicado por el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) respecto a avances y desafíos en la igualdad de genero a veinte años de la Plataforma de Acción de Beijing (Cuarta Conferencia International de la Mujer, 1995), la violencia de género se refiere a “todo acto de violencia basado en el género que tiene como resultado posible o real un daño físico, sexual, o psicológico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de la libertad.”[2]

El término feminicidio, entendido como la privación de la vida a una mujer por razones de género, fue tipificado en México hasta junio del 2012 en el Código Penal Federal, y en Brasil en marzo de 2015 en su respectivo Código Penal. Este último aconteciendo veinte años después de que ambas naciones ratificaran su compromiso internacional con la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres.

Más de la mitad de los 25 países con mayor incidencia de casos de feminicidio se encuentran en América Latina y el Caribe, y en donde México y Brasil presentan cifras alarmantes con 7 y 15 mujeres asesinadas a diario, respectivamente. En la mayoría de los casos, los crímenes son cometidos por parejas, ex parejas y familiares, y aún más lamentable es el hecho de que el 98% de los casos permanecen en la impunidad.

Lo más inquietante de la actual situación es el hecho de que aún cuando ambos países siempre se han destacado por su participación y compromiso en foros internacionales para combatir la violencia doméstica, al interior no se ha logrado revertir la tasa de crecimiento de feminicidios. En nuestro país, entre el 2011 y 2014, dicha tasa pasó de 2.4 a 3.2 crímenes por cada 100 mil mujeres, ocupando así el quinto lugar con mayor crecimiento en este tipo de delito detrás de Honduras, El Salvador, Bahamas y Surinam.[3]

Ya sea a nivel global o regional, México y Brasil no han sido tímidos en cuanto a participar, e incluso liderar, conferencias internacionales sobre la igualdad de género. De hecho, la Ciudad de México fue sede de la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, declarando el año 1975 como el Año Internacional de la Mujer, llamando la atención de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la igualdad entre hombres y mujeres. Por otro lado, Belém, la capital del estado de Pará en la región amazónica de Brasil, fue elegida como la sede para la firma de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer de la Organización de los Estados Americanos, mejor conocida como Convención de Belém do Pará de 1995.

A partir de estos dos momentos clave, más naciones se han adherido y han ratificado los compromisos internacionales contra todas las formas de violencia contra la mujer. Asimismo, derivado también de estas conferencias, las leyes tanto en México como en Brasil, nacionales y locales, han sufrido, para bien, importantes transformaciones diseminando nuevas formas de atacar la problemática sobre la violencia doméstica, así como también creando institutos específicos para atender las cuestiones de desigualdad de género.

Durante la administración de Vicente Fox fue promulgada la Ley del Instituto Nacional de las Mujeres (enero 2001), dando pie a la creación del Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) como un organismo para “promover y fomentar las condiciones que posibiliten la no discriminación, la igualdad de oportunidades y de trato entre los géneros; el ejercicio pleno de todos los derechos de las mujeres y su participación equitativa en la vida política, cultural, económica y social del país.”[4]

Por otro lado, el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva creó en enero del 2003 la Secretaría Especial de Políticas para las Mujeres, con rango ministerial y mandato propio, delegando a dicha secretaría la responsabilidad de “luchar por la constitución de un Brasil mas justo, equitativo y democrático, a través del empoderamiento de la mujer y su inclusión en el proceso de desarrollo social, económico, político y cultural del país,”[5] un compromiso que la primera presidente mujer de Brasil, Dilma Rousseff (actualmente suspendida del cargo), priorizó desde el inicio de su mandato.

En el caso particular de Brasil, vale la pena resaltar la valentía y el activismo de una mujer que dio origen a una de las leyes más importantes en materia de combate y prevención de violencia doméstica: Maria da Penha Maia Fernandes.  A sus 72 años, Maria da Penha es considerada un ícono en la lucha por los derechos femeninos en Brasil.

En 1983 Marco Antonio Heredia, su entonces esposo, le disparó mientras dormía, dejándola sometida a una silla de ruedas por el resto de sus días. Marco Antonio no desistiría y en un segundo intento por terminar con la vida de Maria, pretendió electrocutarla mientras ésta se duchaba. Aunque Marco fue declarado culpable por intento de homicidio el sólo permaneció en prisión por dos años.

MARIA DA PENHA VGO - Entrega junio 2016
Lanzamiento del libro de Maria da Penha titulado “Sobrevivi…Posso Contar”

Lejos de dejarse vencer por la injusticia y su condición de paraplejía irreversible, Maria da Penha se convirtió en una reconocida activista contra la violencia doméstica. En su libro titulado “Sobreviví…Puedo Contar” (Sobrevivi…Posso Contar), relata la promulgación de la Ley 11.340 en agosto de 2006, mejor conocida como Ley Maria da Penha, una legislación trascendental en la que gracias a la presión que organismos internacionales ejercieron sobre el caso de Maria, el gobierno brasileño triplicó la pena mínima para quien cometa crímenes de violencia doméstica, aumentando la protección a mujeres vulnerables.

En vísperas de las Olimpiadas de Río 2016, el pasado 7 de junio Maria cargó la antorcha olímpica en la ciudad de Fortaleza, su ciudad natal, afirmando que la ley aún se queda corta, tanto en recursos como en su implementación, para lograr proteger a las mujeres víctimas de abuso por parte de sus parejas y/o familiares.[6]

Maria da Penha y Lula da Silva - VGO entrega junio 2016
El presidente Lula da Silva abraza a Maria da Penha durante la firma de la Ley que lleva el nombre de la activista, agosto 2006

A casi 10 años de la promulgación de la Ley Maria da Penha, y a veintiún años de la Plataforma de Acción de Beijing, tanto México como Brasil se encuentran bajo la lupa en cuanto al cumplimiento total de los acuerdos que buscan lograr la igualdad de género. Nuestro hermano brasileño y nosotros mismos estamos en riesgo de sufrir un grave retroceso para proteger y defender tanto los derechos de las mujeres, como los derechos humanos de todas las formas de identidad sexual.

El actual gobierno de Michel Temer, presidente interino y el actor principal detrás de la suspensión de Rousseff, ha sido duramente criticado por asemejarse a un “Club de Toby.” La ausencia de mujeres y de personas de ascendencia africana en el actual gabinete resulta contradictorio, siendo que la población brasileña está compuesta en su mayoría por mujeres y personas que se definen como afro-brasileñas o mulatas. Aun cuando en su primer mensaje Temer aseguro que ninguna de las reformas o cambios de gobierno alteraría los derechos adquiridos por los ciudadanos brasileños, tanto el Ministerio de Derechos Humanos, Políticas para la Mujer e Igualdad Racial fueron incorporados al Ministerio de Justicia, adquiriendo un nuevo título para denominarse Ministerio de Justicia y Ciudadanía.[7] Expertos y grupos feministas aseguran que dicho cambio representa un grave retroceso al progreso alcanzado por los gobiernos de Lula da Silva y Rousseff en materia de derechos de las mujeres y políticas de igualdad de género.

En México, las cada vez más constantes denuncias de violaciones a los derechos humanos con el notorio ejemplo de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, es muestra de la falta de transparencia e impunidad en el sistema de seguridad mexicano, lo que genera un ciclo vicioso incoherente con la postura de México a nivel internacional en la defensa de los estos derechos.

Ciertamente los focos rojos que presentan México y Brasil no deben ignorarse, y aun cuando la presión de la comunidad internacional muchas veces resulta incluso insuficiente en el combate contra la violencia de genero, una educación temprana en cuanto a derechos humanos y una mayor participación por parte del genero masculino, a la par de una menor resistencia de grupos feministas por incorporar hombres en la lucha en pro de la igualdad, es trascendental. Solamente la inclusión de niños y jóvenes, logrará una verdadera transformación para que cada vez más mujeres no solamente sobrevivan para contar sus historias, sino que ocupen más espacios de poder y de representación en alianza, y no en competencia, con el genero masculino.

La inclusión y representatividad de todas las formas de género y raza es fundamental para direccionar políticas públicas altamente efectivas en el corto y largo plazo. No solamente en México y Brasil, sino en toda America Latina, cualquier acción a la inversa representa nadar contra corriente y un grave riesgo de caer en un comportamiento de doble moral que atenta contra el todavía escaso terreno ganado en materia de derechos humanos.

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Referencias:

  1. Varda, F. Brasil y México: Similitudes y Diferencias de estas dos potencias económicas de la región. Febrero 2016. Link: http://americalatina.about.com/od/Conocelospaisesintro/a/Brasil-Y-M-Exico.htm

Imágenes:

 

[1] Maria da Penha Maia Fernandes. Sobrevivi…Posso Contar. Fortaleza: Armazém da Cultura, 2012. Pp. 39.

[2] Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES, 2015). Avances y Desafíos de la Igualdad de Género: A veinte años de la Plataforma de Beijing. Pag 51. Link: http://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/99985/ct61.pdf

[3] Angel, A. México, en el top 10 de países con mas feminicidios por armas de fuego en el mundo. Animal Político. Link: http://www.animalpolitico.com/2015/05/mexico-en-el-top-10-de-paises-con-mas-feminicidios-por-armas-de-fuego-del-mundo/

[4] Ley del Instituto Nacional de las Mujeres. Enero 12, 2001. Link: http://puntogenero.inmujeres.gob.mx/Portal/madig/igualdad/docs/decreto_ley_inmujeres.pdf

[5] Secretaria Especial de Políticas para as Mulheres. Link: http://www.spm.gov.br/sobre/a-secretaria

[6] Ícono de los derechos de la mujer en Brasil lleva antorcha olímpica y llama a tomar mas medidas contra el abuso doméstico. Link: https://www.rio2016.com/es/noticias/icono-de-los-derechos-de-la-mujer-en-brasil-lleva-al-antorcha-olimpica-y-llama-a-tomar-mas-medidas-contra-el-abuso-domestico

[7] CNN Español. Michel Temer designa la mayor parte de un nuevo gabinete en Brasil. Mayo 2016. Link: http://cnnespanol.cnn.com/2016/05/12/michel-temer-presenta-el-nuevo-gabinete-de-brasil/

Growing Up Puto.

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Ni los amigos, saben qué es lo que me pasa – La ilusión del primer amor, Jeans, 1998

Era la emoción de verte todos los días, de saber que por momentos eras mi amigo. Todavía no pensaba en relaciones serias. Éramos amigos: el que se sentaba junto a ti y te escuchaba todas las cosas que platicabas. Sabía que le gustabas a todas las niñas. ¿Cómo no? Era inevitable. Íbamos a tu casa, jugábamos nintendo y después fútbol. Yo no era bueno en ningún deporte. Me sentía mal por no ser cómo tú. En el recreo me sentaba con las niñas en el patio, tú eras el delantero en cada partido. Ahora eres futbolista profesional. Nunca supiste que me gustabas. Te levantaste la playera para que todos vieran tus cuadritos. Me incomodé ¿y si me cachabas viéndote de forma rara?

Te decía que me gustaba Belinda porque no se me ocurría nadie más. ¿Cómo hubiera explicado que me gustaban los hombres? En quinto de primaria esas cosas no se decían. La psicóloga de la escuela nos habló sobre homosexuales. Alguien le preguntó sobre orgías entre gays. Todos se rieron. A mi se me antojó. Su explicación fue que los gays estaban locos. Un año después fuimos solos a Six Flags. Nos encontramos a unas niñas y ligaste con ellas, las tres güeras y fresas. Pensaba que yo necesitaba ser así para estar contigo. ¿Por qué querrías ligar con tu amigo?

Ya casi no me hablabas, ni tú,ni los demás hombres. ¿Era porque no sabía jugar fut? ¿O ya se me notaba mucho? Regresamos del campamento de Catemaco y me di cuenta: yo no era como los demás. Cuando estuvimos desnudos en las regaderas tenía de ganas de voltearte a ver. ¿Y si te dabas cuenta? ¿Y si me cuerpo reaccionaba solo? Cerraba los ojos y me sentía culpable. ¿Por qué no me podía controlar? Pero de verdad quería voltear. Supongo que era mejor para los dos no ser amigos.

Acabó la primaria. Nunca te volví a ver. Le conté a dos amigas que me gustaban los hombres. Lo primero que hicieron fue burlarse; lo segundo decir que siempre habían querido un amigo gay. Le conté a una tercera y a una cuarta y a una quinta. En primero de secundaria Santiago fue mi mejor amigo, a él le gustaba Mariana. No quería ser gay mientras estuviera con él. Tal vez él lo sabía pero no decía nada. Ni yo. Sentía que todo volvía a la normalidad. ¿En serio? ¿Me sentía normal porque me juntaba otra vez con hombres? No duró mucho; una amiga no pudo guardar el secreto. Le dije que me gustaba Mau y ella gritó en el patio: ¡Mau, tienes un nuevo pretendiente, le gustas a José! Grité de regreso y se me salió lo joto. Todos se rieron. Todos me vieron. Todos estaban ahí.

Nunca entendí qué hice mal. ¿Era yo el problema? ¿Era mi cuerpo? ¿El ser afeminado? Yo ni siquiera quería ser así. Me rapé para no verme tan puto. Vaciaron mi mochila y aventaron mis cosas. Dijeron que no se iban a sentar junto a mí porque podría excitarme. Pensé que tenían razón. No podía estar junto a ellos porque estaban guapos y los iba a voltear a ver. Como a ti, en las regaderas de Catemaco. Estaba solo otra vez. Me intentaron madrear, me amenazó un niño de mi escuela, me dieron un balonazo, no me dejaban entrar al baño si había alguien más. No me acuerdo cuánto tiempo pasó. Después todo estuvo bien. Las niñas me salvaron.

Tardé tiempo en dejar de justificar a los que me molestaban. Pensaba que estaban bien. Que tenían el derecho a enojarse y a incomodarse conmigo. Tardé años en darme cuenta que nadie lo tiene. Me costó aceptar que esa situación me había dañado mucho. Que me dolía en mi masculinidad. Esa que me fue negada por los demás. O tal vez por mí mismo. Porque era débil, afeminado, no jugaba fútbol, no cabroneaba, ni era mirrey, ni era nada de lo que eran los demás. Las palabras de mi familia se quedaron marcadas “Puedes ser gay, pero nunca seas puto”. Y creo que yo era puto. Tampoco estaba tan mal ¿o sí?

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El 25 de Junio salí a marchar para celebrar. Celebrar que después de años, me atrevo a ser quien soy. A ser un joto semidesnudo, que grita y que pide respeto; a celebrar a las maricas entaconadas que avergüenzan a la comunidad, porque ser “homosexual es más que eso”. A enfrentar y decirle a todos que ser puto es también una opción de vida, y que si estamos aquí es porque ustedes nos han hecho estarlo. Celebrar que me dejo de sentir mal por ser la persona que soy y porque cualquiera que sea y escoja sea mi identidad, tiene y tendría que ser respetada. Después de años de tratar de ser aceptado en mundo de masculinidades, hoy acepto mi diferencia, mi jotería y mi libertad. Ojalá fuera más fácil ser puto.

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Montserrat, Orlando y las Pequeñas Cosas

Mauricio Ochoa
Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a
En uno de los pocos heart to heart que he tenido con mi mamá en los que me pregunta cosas “de homosexuales” que normalmente me quiere preguntar, pero no se atreve, y en los que yo le cuento cosas con afán de que se dé cuenta que, sí, sí es normal, me acuerdo que le conté de mis miedos preparatorianos para salir del clóset.
La dependencia económica de los papás, los nulos ahorros; sentirse aislado e incomprendido, son sólo unas de las muchas cosas que normalmente incrementan el pánico que cualquier joven homosexual tiene antes de hablar con sus papás acerca de su orientación.
En fin, en ese heart to heart, le conté a mi mamá de Montserrat. Esa amiga que un día me dio un abrazo enorme, fuerte e interminable, y me dijo que no me preocupara. Que si todo salía mal, que ella ya había hablado con sus papás y ellos habían accedido a recibirme en su casa el tiempo que fuera necesario. Que ellos lo sabían; que ellos me apoyaban; que ella, la primera persona que me preguntó directamente si era homosexual, estaba conmigo.
Muchos años pasaron. Montserrat y yo nos distanciamos. Nos veíamos cada vez menos. Pasamos de salir varias veces al mes, a reunirnos una vez cada seis meses para contarnos todo lo que había sucedido en el último semestre, a enviarnos un mensaje esporádico, a confirmar en nuestras respectivos eventos en Facebook y nunca ir. Nos distanciamos pero ese abrazo y esa calidez y soporte que me dio hace más de diez años son cosas que nunca se me van a olvidar.
Después de la matanza de 49 jóvenes en Orlando, la peor en la historia de Estados Unidos, he leído muchas opiniones, casi todas críticas duras (y muy justas) a la homofobia recurrente. Al día a día que vive la comunidad homosexual y que no sólo debería reconocerse tras una tragedia. La vulnerabilidad está vigente y, a pesar de los grandes pasos que se han dado en materia de derechos, aún nos enfrentamos a cuestionamientos por parte de sectores específicos de la sociedad que pretenden tolerar, pero jamás incluir; jamás considerar como parte de la sociedad. 
Leí muchas cosas de odio, de frustración, de hartazgo, pero muy pocas de empatía; de entendimiento. Leí también a Eugenia Vela hablando de su hermana, del miedo que tenía de las amenazas que ha recibido; de la frustración que sentía por que aún existimos “nosotros” y “ellos” (i.e. los bugas y los gays). Hasta leer su texto entendí algo importante con relación a todo lo que sucede; todo lo que vivimos día con día. Gran parte de las muestras de solidaridad, de afecto, de compañerismo que leí en las redes sociales, fue de personas heterosexuales. Sí, leí críticas de personas homosexuales; compartí sus quejas y las sentí como mías, pero la solidaridad de “ellos” fue lo que me recordó el momento de hace tantos años en que me sentí apoyado por alguien más.
Quería escribir esto para ustedes, los bugas, los que se preocupan por nosotros. Los que nos apoyan día con día, porque así tiene que ser. Desde la amiga que escribe que los derechos humanos no están restringidos a opinión pública o consulta, hasta la jefa que te pregunta si ya pensaste bien el color que usarán tus damas cuando te cases. Desde la tía y prima que, tras leer el texto de Eugenia, enviaron por mensaje un “Estoy contigo”. Desde el compañero de la Universidad que te saluda y te pregunta por “tu güey” y te dice que “te ves bien contento, cabrón”, hasta el mejor amigo heterosexual que da like a todas las fotos en que sales con tu novio y comenta con un corazoncito. El amigo argentino que se despidió de ti hace mucho y te dijo que le habías hecho entender y querer a los trolos como tú, o el heterosexual que come contigo a la hora de la comida y se ríe incrédulamente cuando descubre que te lo puedes alburear peor que él a ti.
A todos ustedes que luchan con nosotros, que no cuestionan que merecemos los mismos derechos que los demás. A todos ustedes que nos han hecho parte de su vida y que nos llenan el corazón y la esperanza que muchos se empeñan por romper. A todos ustedes, gracias.
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