Bloody Mary. La triste historia de la primera reina de Inglaterra

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Enrique VIII
Rey Enrique VIII de Inglaterra

Por: Gabriela S. Gómez

Hace alrededor de 500 años Enrique VIII era Rey de Inglaterra. La historia de este Rey ha logrado trascender a la cultura popular más por la telenovela que fue su vida (¡tuvo seis esposas!) que por sus estrategias políticas, pero es que, en ese entonces, la telenovela y la vida pública estaban íntimamente entrelazadas, no había decisión personal que no pudiera terminar por afectar a millones de personas. Ahora, ¿qué puede hacer que un rey—que puede tener las amantes que guste— quiera pasar por seis esposas? La obsesión por tener un heredero varón.

No podemos juzgar al pobre de Enrique. Él era apenas el segundo rey de la dinastía Tudor que había fundado su padre después de años de guerras y traiciones. Mantener el trono en la familia era posiblemente el acto más trascendente de todo su reinado. Y, como si fuera víctima de una maldición—lo que de hecho él llegó a creer— su sueño de tener un hijo no se cumplía. Su primera esposa, Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel), en los 16 años que vivieron como pareja tuvo varios embarazos pero sólo uno de sus hijos logró sobrevivir a la infancia, una mujer, la futura María I. No es que Enrique fuera particularmente machista, pero en ese tiempo la idea de que las mujeres eran incapaces para gobernar era de dominio público. Entonces, Enrique creía que si dejaba como heredera a una mujer, los nobles del reino se rebelarían y pondrían a cualquier otro hombre en su lugar, otro hombre que NO sería de su familia.

Catalina de Aragon
Catalina de Aragón

Seguro de que Dios lo estaba castigando por haberse casado con la viuda de su hermano, decidió repudiar a su esposa y casarse con una mujer de la que se había enamorado perdidamente: Ana Bolena. Pero, aunque fuera rey, no podía simplemente decirle a Catalina “ya estuvo, me voy con la otra”, tenía que conseguir una anulación por parte del Papa para poderse casar legalmente con Ana y hacer a los hijos que tuviera con ella legítimos y no bastardos. Esto se le complicaba porque las relaciones de su esposa Catalina, al ser hija de los Reyes Católicos y por lo tanto tía de su heredero, el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y I de España, eran demasiado poderosas: el Emperador no iba permitir que el Papa le diera chance a Enrique de repudiar a su tía y declarar a su prima María ilegítima. Así que la vía legal no le funcionó. Harto de esperar una resolución favorable a su causa, decidió que si él era el Rey por derecho divino, ¿por qué diablos tenía que hacer lo que le dijera el Papa? Y, literalmente, se autodesjuntó de la liga católica y se autonombró Jefe de la Iglesia de Inglaterra, acercándose así a la liga de los protestantes que tan de moda estaba en esos tiempos. Básicamente, hizo un verdadero desmadre para salirse con la suya: cambió la religión oficial de su país; se peleó con media Europa; se vio obligado a matar a muchos de sus más cercanos consejeros, fervientes católicos como Tomás Moro, porque se negaron a renegar del Papa y reconocerlo como cabeza de la Iglesia; entre otros pequeños inconvenientes. (Siempre he creído que la historia no le reconoce a Enrique que no haya tomado el camino fácil, muy utilizado en su tiempo, y le haya puesto un poquito de cianuro en el café a Catalina, y tan tan.)

Ana Bolena
Ana Bolena

Finalmente se casó con su segunda esposa, Ana, que ya estaba embarazada. Meses después de la boda, Ana estaba en labor de parto y Enrique tenía listo el festín y los cañones para anunciar el nacimiento de su tan esperado hijo. Resulta que tuvo un bebé sano y completo, con un pequeño problema… era una niña (¡ja!). No me quiero imaginar su decepción: había transformado por completo su país y su vida por ese bebé y nada. Enrique se serenó y pensó que ya vendrían los hombres. Pero aunque Ana tuvo más embarazos, no se lograron. Enrique, la pobre víctima, se convenció de que Dios lo volvía a castigar, esta vez porque Ana era “una bruja, una mala mujer, y una adúltera”. En esta ocasión no se anduvo con rodeos y mejor la mandó decapitar. Días después se casaba con su tercera esposa, Jane Seymour. Jane se embarazó pronto, y poco tiempo después le dio a Enrique el hijo que tanto había soñado, Edward, para luego morir en labor de parto. (Ya a estas alturas de la historia es cuando empezamos a creernos eso de la maldición que aquejaba el pobre Rey).

Enrique no pudo tener más hijos con las tres esposas que siguieron a Jane. Al morir, dejó en su testamento a Eduardo como principal heredero, y, si él moría sin descendencia, le seguirían su hija María y después Isabel, la hija que tuvo con Ana Bolena.

 

eduardo tudor
Rey Eduardo VI de Inglaterra

 

Aquí viene lo bueno. Eduardo se hizo rey cuando tenía 9 años, cumpliendo el deseo de su padre de dejar un heredero varón, pero… se murió a los 16, sin hijos. Parecía que Inglaterra estaba destinada a ser gobernada por una mujer, sí o sí. La cuestión era, ¿cuál mujer? Eduardo era un convencido protestante y no quería que su católica hermana María llegara al trono y echara para atrás todas las reformas que él había impartido en sus cortos años como rey. A nosotros puede parecernos poco relevante toda esta cuestión religiosa, pero en ese tiempo la religión no sólo era un esquema de fe, era una cuestión de Estado. Ser protestante significaba tener completa independencia del Papa y de Roma; misas en el idioma del pueblo (no en latín como las católicas), eliminar las imágenes de las iglesias, y más importante aún, le permitía al pueblo leer los textos religiosos directamente, cosa a la que los católicos se oponían firmemente, alegando que el pueblo no estaba capacitado para entender la palabra de Dios. Por lo tanto, quiso cargarse a María de la sucesión dejando a su prima, Jane Grey, como heredera. Para no hacerles el cuento largo, la jugada le salió mal: su prima acabó sin cabeza y María como la primera reina mujer reconocida en todo su derecho que había tenido Inglaterra.

 

María Tudor
Reina María I de Inglaterra

 

A la Corte no le quedó más que aceptar a una mujer en el trono porque todas las otras posibilidades legítimas, eran mujeres. Ellos pensaban que el problema de la incapacidad de la mujer para gobernar se arreglaría escogiéndole a María un buen esposo. Pero se equivocaron tremendamente al pensar que ella se iba dejar imponer al que ellos quisieran. Para un rey o reina, la cuestión del matrimonio era de suma importancia por dos razones: la primera, es que era una de las más poderosas armas de política internacional, los matrimonios creaban alianzas entre países; la segunda, asegurar la sucesión. María tenía una disyuntiva, fiel a su educación creía que las mujeres debían obediencia a sus esposos, pero ella era una reina, entonces ¿cómo se iba a casar con un inglés, que por obvias razones estaría por debajo de ella, y encima obedecerle? Esa idea simplemente no la convencía.  Sus asesores también creían que las mujeres debían obediencia a sus esposos, entonces ¿cómo iba casarse la Reina de Inglaterra con un extranjero y encima obedecerle? No había salida fácil y la Reina y sus asesores estaban por sacarse los ojos. Pero la cuestión de la boda no podía aplazarse porque María tenía 37 años y una tremenda urgencia por embarazarse. Si no tenía un heredero pronto, al morir, su trono pasaría nuevamente a una protestante, su hermana Isabel.

 

Felipe II
Rey Felipe II de España

 

María terminó por imponer su preferencia y se casó con el futuro rey de España, Felipe II, quien era 10 años menor que ella y mucho más atractivo. Testimonios de la boda dicen que ella parecía su mamá… No creo que el joven y apuesto príncipe haya estado muy contento con su nueva esposa, pero los gustos personales no cabían en ese tipo de decisiones. Este capricho de María terminó costándole muy caro con sus súbditos. No sólo se estaba casando con el rey de otro país, lo que implicaría arrastrar a Inglaterra a guerras y conflictos que no eran suyos (lo que al final sucedió para pérdida de Inglaterra), sino que era un monarca católico, y a la creciente población protestante eso no le gustó. Pero ella estaba firme en su decisión y feliz con su joven esposo con el que se puso manos a la obra para procrear: poco tiempo después de la boda se anunció que estaba embarazada. Empezó a trabajar en los preparativos para recibir al nuevo heredero al trono cuando… soltó un chorro de agua, se desinfló y resultó que nunca estuvo embarazada.

Le costó tiempo volver a embarazarse, porque como decidió casarse con el rey de otro país, éste tenía asuntos que atender en España y se ausentaba por largos periodos de tiempo. Cuando al fin volvió a embarazarse, temerosa de que fuera otro engaño, se esperó hasta el séptimo mes de gestación para anunciarlo y dejarse ver por la corte. Pero como si el destino se ensañara con los Tudor, apenas cumplió los siete meses, anunció su embarazo por todo lo alto para… volver a soltar un chorro de agua. Por supuesto, se volvió loca.

Lo que más le importaba a María de tener un heredero no era precisamente ese sentimiento maternal de procrear, sino la cuestión que tanto había obsesionado a su padre y después a su hermano, la sucesión. María se sentía elegida por Dios para reinstaurar el catolicismo en la cada vez más protestante Inglaterra y si no arrancaba la herejía de raíz temía que la isla estuviera perdida para siempre. Con 42 años, la idea de tener un hijo era cada vez más irrealizable. Así que decidió meterle segunda a su reforma católica, reinstaurando la ley de la herejía.

Seguramente alguna vez han escuchado hablar, o mejor aún, se han tomado, un Bloody Mary. Ese trago con jugo de tomate recibe su nombre de la reina que nos ocupa. En su afán por acabar con el protestantismo, María mandó quemar vivas a más de 300 personas en la hoguera, ganándose el mote de “María la Sanguinaria”. Es curioso pensar que a la única persona que realmente tendría que haber quemado en la hoguera era a su protestante hermana Isabel. De nada le servía ir por la vida quemando gente si cuando ella muriera, la próxima reina no sería católica… Pero en fin, parece que eso no se le ocurrió o simplemente nunca se atrevió.

María I murió sin herederos directos, dejando un país resentido y desangrado por las luchas religiosas, y, de alguna manera, dándole la razón a quienes decían que las mujeres no servían para gobernar. Por suerte para las mujeres, la sustituyó en el trono su hermana Isabel—la hija cuyo nacimiento había sido la decepción más grande para su padre—quien pasó a la historia como uno de los mejores monarcas que ha tenido Inglaterra. Le dio una estabilidad y prosperidad nunca vista al país, pero no un heredero. Isabel quiso evitar los problemas a los que se enfrentó su hermana por la cuestión del matrimonio y decidió, simplemente, no casarse y nombrar como heredero al hijo de su prima, el Rey de Escocia Jacobo I. Para cuando ella murió, el temor más grande su padre se había hecho realidad, la dinastía Tudor, se había acabado.

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5 personajes que cambiaron la historia y seguro no conocías

 

5 Personajes de la HistoriaPor: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

De Einstein, Aristóteles, Da Vinci, Julio César, Hitler, y un larguísimo etcétera hemos leído y escuchado mucho. Si no hubieran nacido, tal vez el mundo no sería como lo conocemos hoy. Personajes que con su paso por la tierra lo han transformado todo hay miles; unos más decisivos e impactantes han logrado trascender a la cultura popular con más fuerza. Pero existen otros muchos que con sus acciones generaron un efecto mariposa igual de determinante. Aquí les presentamos una cortísima lista con sólo cinco de ellos, pero igual de importantes:

Akenaton

1. Faraón Akenatón. (aprox. 1372 – 1336 A.C.)

Hace miles de años—literalmente, por ahí del 1300 A.C.—en Egipto sucedió algo que le dio una tremenda sacudida a toda su población: el nuevo faraón, Akenatón, decidió cambiar la religión oficial del imperio. Del culto politeísta de los dioses Ra, Horus, Osiris y un largo etc. decretó que, de ese momento en adelante, en Egipto sólo se podría adorar a un solo dios, Atón. Imagínense el trauma de la gente que tenía más de mil años adorando a los mismos dioses y de pronto les dicen, “esos son falsos, el verdadero es este, el único, no discutas”. Por supuesto generó revueltas y al final acabaron asesinando al pobre faraón. Pero eso no es lo importante. El culto a Atón como deidad única es el primer registro que se tiene en la historia de la creencia en que existe un solo dios. Y más interesante aún, los historiadores ubican la existencia de Moisés, el libertador del pueblo judío, justo en ese tiempo (!!!). Algunos incluso llegan a asegurar que la religión de Atón fue la chispa que alumbró la religión judía, de la que finalmente se derivan el cristianismo e incluso el islam.

Pablo de Tarso

2. Pablo de Tarso, o mejor dicho, San Pablo. (aprox. 5 – 67 D.C.)

No cabe duda que el nacimiento de Jesucristo cambió la historia. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si nadie nos hubiera contado de él? Tal vez su presencia en la tierra hubiera pasado desapercibida, porque ni él, ni sus inmediatos seguidores escribieron una sola palabra. La difusión de su doctrina empezó de boca en boca y los primeros “cristianos” eran considerados solo como una secta dentro del judaísmo. No fue hasta que un judío llamado Pablo de Tarso (aprox. 5- 67 D.C.)—que al principio de su vida adulta le daba por perseguir y encarcelar cristianos—se convirtió en seguidor de Jesús, que el cristianismo empezó a tomar forma como religión independiente. Pablo fue de los primeros en poner en papel los mensajes de Cristo. Además, su incansable acción misionera fuera de la zona de Jerusalén se considera la clave de la expansión de la religión cristiana en el Imperio Romano (y ya todos sabemos cómo acabó eso).

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3. Rodrigo Borgia – Papa Alejandro VI (1431 – 1503)

La historia de este personaje es fascinante y hasta puede causar un poco de morbo. Sobre él y su familia se han escrito mil cosas (seguramente la mayoría mentiras o exageraciones, nunca lo sabremos) que han despertado la imaginación hasta de productores de películas porno. Pero a pesar de lo jugoso que suena todo ello no es lo que lo coloca en esta lista. Cuando Cristóbal Colón descubrió América para los españoles, el mundo entero se paró de pelos y todos querían una parte del pastel. Los más poderosos contendientes eran España y Portugal y nomás no lograban ponerse de acuerdo sobre quién se quedaba con qué. Entonces, como era costumbre en la época, acudieron al papa en turno para que resolviera la disputa. Rodrigo Borgia, o mejor conocido como Alejandro VI, lideró las negociaciones y trazó una línea (posteriormente llamada Línea Alejandrina) a 100 leguas de la isla de Cabo Verde, África. Los portugueses se quedaban con lo que estuviera antes de esa línea, los españoles con lo que quedara más allá de ella. Seguramente, cuando los portugueses vieron TODO lo que había después de la línea, (prácticamente todo el continente americano ex-Brasil) les dio el telele. Pero ya era demasiado tarde. Esta línea determinó el futuro de millones de personas que hoy habitamos este lado del mundo, y es, entre otras cosas, el motivo por el cual unos nacemos para hablar español y otros portugués.

Emmeline Pankhurst

4. La Sufragista Emmeline Pankhurst (1858 – 1928)

Nada más natural para las personas del siglo XXI en Occidente que el que las mujeres puedan votar. Obvio, ¿no? Somos ciudadanos igual que los demás, pagamos impuestos, trabajamos, educamos a futuros votantes, etc. Pero esto no siempre ha sido así. A principios del siglo pasado, en la mayoría de los países, las mujeres no tenían este derecho; de hecho casi ninguno. A medida que han pasado los años hemos ido ganando más, pero ninguno más fundamental que el voto. Gracias a él, los políticos nos toman en cuenta al desarrollar sus propuestas de gobierno. Sin el voto, las mujeres serían invisibles. Aunque desde finales del siglo XIX algunos tipos de mujeres (de la clase alta o con propiedades) podían votar en países como Nueva Zelanda y Finlandia, no fue hasta que se le dio el voto a las mujeres del Reino Unido (1918) que la fiebre sufragista se expandió por todo el mundo occidental. Emmeline Pankhurst fue la líder del movimiento sufragista de Inglaterra. Fue capaz de todo para conseguir su objetivo, desde manifestaciones pacíficas hasta incendios de comercios y establecimientos públicos.

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5. El Espía Atómico Klaus Fuchs (1911 – 1988)

El miedo a la guerra atómica es algo que gobierna las decisiones de política internacional desde que Estados Unidos decidió tirar las primeras bombas en Hiroshima y Nagasaki en 1945. Hoy en día, el nivel de poder o seguridad militar de cualquier país se mide en si tiene o no tiene armas nucleares. Incluso podríamos decir que si no hubo una guerra abierta entre Rusia y Estados Unidos el siglo pasado fue precisamente por el miedo de ambos a ser completamente destruidos por estas armas. Ahora, ¿cómo fue que se coló la fórmula maldita de un país a otro? Por los llamados espías atómicos. Fueron muchos, pero uno de los más importantes fue el físico alemán Klaus Fuchs. Formó parte del Manhattan Project y desde el principio estuvo pasando información a la Unión Soviética sobre los avances de la investigación. Seguramente el mundo no sería el mismo si sólo un país tuviera acceso a esta tecnología. Si fuera mejor o peor, nunca lo sabremos.

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El Eco de Umberto

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Hace poco más de un año que murió en Milán, a los 84 años, uno de los intelectuales más importantes y leídos de nuestros tiempos: Umberto Eco, el erudito que alcanzó al público.

Cuando se quiere describir a este autor y a su obra, muchas palabras vienen a la mente. Esto es porque Umberto Eco fue uno de esos hombres que se especializó en una amplísima gama de temas, y escribió de todo a lo largo de una carrera de más de 50 años. Estaba obsesionado con la cultura y con la historia universal y de la lengua. El italiano nacido en Alessandria fue un hombre enormemente versátil en los temas y géneros que trató.

La mayoría de sus lectores de inmediato pensarán en El Nombre de la Rosa, su primera y más notable novela que ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo. En este mismo libro, Eco presume de su versatilidad, ya que se pueden suponer tres géneros literarios: novela policíaca, novela histórica y novela filosófica. Después de ésta vino otra de sus obras más conocidas: El Péndulo de Foucault, una historia de ocultismo y conspiración que tiene al lector atrapado de principio a fin. Algunos más pensarán en su notable labor ensayística con Obra Abierta, Apocalípticos e Integrados o Lector in Fabula, entre otros. En lo personal, yo pienso en La Misteriosa Llama de la Reina Loana, una historia acerca de un hombre que, en busca de su pasado, revive la Italia de principios del siglo XX, el fascismo y los cambios sociales que se dieron entonces. Se percibe un toque más personal y evocativo de parte del autor, aún si toda la historia es ficticia.

Unos pocos, muy afortunados, tuvieron el placer de llamarlo profesor. Eco fue maestro en la Universidad de Bologna desde principios de la década de los setenta, y ahí mismo fundó, en el 2001, la Escuela Superior de Estudios Humanísticos. Umberto Eco fue un apasionado por la enseñanza y el aprendizaje, un catedrático de vocación. Esta misma vocación se percibe al leer las apostillas a El Nombre de la Rosa que son básicamente una lección de escritura literaria. Ahí mismo menciona que a él no le gusta ponerles nombre a sus novelas sino hasta el final y que prefiere que los títulos nunca predispongan a sus lectores.

Otra de las caras de Eco es la de padre de la semiótica—ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos en la comunicación humana—y por, esto mismo, se entiende de inmediato que estamos hablando de un comunicólogo prodigioso. Creó también, en 1969, la Asociación Internacional de Semiótica, de la cual fue secretario hasta el día de su muerte. Umberto Eco se dedicó a sus múltiples pasiones sin tregua y con gusto. En Italia se le percibía como el sabio, el hombre que entendía todo y no presumía de ello. Se habla de Luigi Pirandello como el gran autor del pueblo y de Umberto Eco como el gran conocedor.

Su última novela, El Número Cero, trata sobre un periódico que busca situarse en las altas esferas de poder a través de chantajes a políticos y a banqueros, y se puede entender como el reflejo de una de sus facetas como luchador contra la corrupción y manipulación mediática. Eco fue un férreo opositor de Berlusconi, viéndolo casi como su antítesis y como un símbolo de todo lo que fallaba en los medios de comunicación modernos. Esto llega al grado de que decidió abandonar la RCS cuando fue comprada por los Berlusconi y entonces fundó su propia editorial, La nave di Teseo. Esta misma editorial será la que publique su obra póstuma y último legado: Pape Satan Aleppe, una compilación de sus columnas semanales para el periódico L’Espresso.

Según Umberto Eco, el hombre que lee llega a los 70 habiendo vivido 5000 años. Es un pensamiento consolador que este ilustre italiano nos ha dejado en sus páginas llenas de conocimiento una vida casi infinita.

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Una Tarde en el Newseum

Newseaum

Por Uriel Gordon – @Urielo_
Imagen: Newseum.org

Si caminas por la calles de Washington DC, en la Avenida Pennsylvania, cerca del Capitolio, te topas con un edificio de siete pisos, que se llama el Newseum. Es un museo que está dedicado a las noticias y al periodismo; Freedom Forum, una fundación dedicada a promover la libertad de prensa y pensamiento, se encarga de su financiamiento. Para mí, representó una gran opción para escapar de la lluvia y el frío de la ciudad; pero más allá de eso, una gran experiencia.

Paradójicamente, un museo se puede percibir como lo contrario a lo noticioso; en muchos casos, representa el ayer, el pasado, las reliquias, lo que fue; no lo novedoso. Sin embargo, lo más interesante del Newseum es identificar que hay noticias que nos han marcado, que tienen el poder de seguir viviendo entre nosotros. Nuestra historia moldea nuestro presente: lo que fue noticia está conectado, de cierta forma, con lo que ahora es noticia. En este sentido, el Newseum nos enfrenta con el pasado y el ahora; el periodismo es la esencia que une las dimensiones del tiempo, que moldea e influye en nuestra propia historia.

Al comenzar el recorrido por el Newseum, di con uno de los símbolos que se encuentra detrás de las historias colectivas y personales de la Guerra Fría; me topé con un bloque de concreto, de más de tres metros de altura, grafiteado, que pertenecía al Muro de Berlín. En la pared, había una cara dibujada, cuadrada, que se parecía a “Robotina” de la caricatura “Los Supersónicos”; tenía la boca abierta y a través de ahí, se asomaban las palabras “You are power”.

Imaginemos la Alemania de la post Guerra, las miles de historias que escondía la superficie de una ciudad que emergió del pasado oscuro y quedó atrapada en la lógica maniquea de la bipolaridad; Berlín era una ciudad mutilada. La imagen de “Robotina” representaba la rebelión del pensamiento, detonado por el hartazgo; simbolizaba el poder de la palabra: la difusión de las noticias y la información dieron, poco a poco, voz al silencio impuesto. Justamente, el objeto de esta exhibición era mostrar cómo el periodismo representó una herramienta que ayudó a romper barreras; que ayudó a abrir mundos; a tirar el Muro de Berlín.

Al subir las escaleras, las imágenes y los símbolos continúan hablándome. Llegué a la galería de las fotografías que ganaron el Premio Pulitzer de 1942 a la fecha. Inmediatamente me fijé en las que ganaron este año y capturó mi atención una imagen: en Monrovia, Liberia, un niño de ocho años, que presuntamente estaba infectado de ébola, fue cargado para llevarlo a un centro médico, por dos personas que vestían trajes amarillos y mascarillas para no ser contagiados. Lo cargaban como a un costal; la mirada del niño estaba perdida. La fotografía de Daniel Berehulak, de The New York Times, es la imagen de la crisis humanitaria del ébola. El poder de la fotografía, despierta sensaciones instantáneas; nos mete a otra realidad de golpe y nos lleva a tomar conciencia de aquello que pensamos que puede ser ajeno a nosotros.

Lincoln shot

Llegué al cuarto piso y tocó abrir un capítulo trágico de la historia de Estados Unidos. Para conmemorar el 150 aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, que ocurrió en Washington DC el 14 de abril de 1865, el Newseum montó una exhibición de cómo fue la cobertura que le dio al magnicidio el New York Herald. En un día, el 15 de abril de 1865, el diario publicó 7 ediciones, comenzando con la de las dos de la mañana. Se podía leer el encabezado de una de ellas en mayúsculas: “Importante, asesinato del Presidente Lincoln”. Al adentrarse en el texto, el periódico reporta: “El Presidente y la Señora Lincoln se encontraban en el Ford’s Theatre, escuchando la representación de American Cousin, ocupando un palco en la segunda grada. Al cerrar el tercer acto, una persona entró al palco del Presidente y le disparo al Sr. Lincoln en la cabeza. El disparo entró por la parte detrás de su cabeza y salió sobre la sien”.

La exhibición mostraba el concepto breaking news en el siglo XIX. Ahora con internet y con las redes sociales, nos enteramos de las noticias de manera instantánea: nuestros smartphones y nuestras computadoras de bolsillo nos informan al momento de lo que sucede, no sólo en nuestro país, sino en el mundo. En 1865 habían asesinado al Presidente de los Estados Unidos y la forma de esparcir la noticia era imprimir, imprimir e imprimir y, para esparcir la información -la versión antigua de los clicks- emplear gente que repartiera periódicos por todo el país. La prensa, con compromiso, responsabilidad y seriedad, no abandonó la noticia; investigó y reportó constantemente; mantuvo informada a la población sobre la historia del asesinato de su Presidente. Los tiempos y las formas pueden cambiar, pero la esencia del periodismo oportuno vive desde hace muchos años.

En el quinto piso, el recorrido por la historia continuó: en frente de mí, aparecieron 400 primeras planas de periódicos que cubren más de 500 años de historia. Entre ellas, por ejemplo, me topé con el encabezado del Daily Mirror, del 5 de diciembre de 1933, que daba fin a la prohibición de la venta de alcohol en Estados Unidos. Decía: “Prohibition ends at last”. Meses antes, el 30 de enero, se podía ver también en el museo, la primera plana de un diario alemán que informaba que el presidente de Alemania Paul von Hindenburg nombraba a Adolf Hitler como Canciller, marcando así, su asenso al poder. El viaje seguía: desde la batalla de Waterloo en 1815, pasando por el asesinato de John Lennon en 1980, hasta las primeras planas informando del triunfo de Barack Obama.

Para terminar el recorrido, me asomé a la terraza del sexto piso; la vista panorámica, la Av. Pennsylvania, la calle donde se encuentra la Casa Blanca, donde se generan algunas de las noticias más importantes del mundo. Hacía un poco de frío, pero ya no estaba lloviendo; el museo estaba a punto de cerrar. Pensé en mi tarde en el Newseum; en la historia hablando a través de los medios de comunicación; en el registro de los hechos, que tienen eco en el presente; en el papel y responsabilidad que tiene la prensa con nuestra realidad.

Salí del museo y me dirigí a mi siguiente parada, Landmark Theatres, para ver la película Spotlight que justamente, trata de cómo el periódico The Boston Globe, a principios de la década del dos mil, destapó los escándalos de pederastia que se dieron en la Iglesia, en Boston. Al igual que el Newseum, esta película muestra a la prensa como un actor clave con el poder para influir en los hechos y avanzar hacia algo mejor. La historia sucedió hace más de de 10 años; podríamos decir que es cosa del pasado, pero no: esta noticia, como muchas noticias que vi en el Newseum, todavía vive y está dando de qué hablar.

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Sigmund Freud: Moisés era Egipcio

Faraón Akenatón

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH
Foto: Faraón Akenatón. Instaurador de la religión monoteísta en Egipto

Los orígenes de las grandes religiones monoteístas suelen ser muy oscuros por los pocos datos históricos disponibles. Pertenecen a épocas tan remotas que la mayoría de las personas los ubicamos en un lugar lejano de nuestro pensamiento, en un tiempo, cualquiera que sea éste, anterior al nuestro, dónde aparentemente todo era posible y la línea divisoria entre lo real y lo fantástico aún no se trazaba. Esta lejanía en el tiempo apoya a las tradiciones fundadoras, llenas de historias fantásticas, en el proceso de creencia de sus seguidores.

A pesar de esta oscuridad, a lo largo de la historia, ha habido un pequeño grupo de mentes dotadas de algo extraordinario que genera todo el conocimiento: la curiosidad. Además, estas mentes moran en espíritus valientes que se atreven a cuestionarlo todo, incluso en tiempos prohibidos, donde externar siquiera un atisbo de duda sobre los orígenes y los fines últimos de todo cuanto nos rodea podría llevarlos incluso a la muerte. En especial, cuestionar ese fenómeno al que Freud le atribuye, no sin razón, la fuerza necesaria para subyugar a los individuos y a los pueblos: la religión[1].

Las mentes ilustradas han dedicado incansables horas a estudiar el fenómeno religioso, comprendiendo que esto podría llevarnos a entender una parte esencial de la construcción del ser humano. La tarea sigue vigente. Hasta ahora, nadie ha encontrado el punto medular de la necesidad por la fe.

El Dr. Freud, creador del psicoanálisis y una de las más grandes mentes del siglo XX, tenía sus propios intereses en el estudio de estas manifestaciones y se embarca, en los ensayos compilados en Moisés y la Religión Monoteísta, en una empresa de gran envergadura y genuinamente sorprendente a mis ojos: la de demostrar el origen egipcio de Moisés y de su religión monoteísta. Sorprendente, porque como él mismo dice al iniciar su texto: 

“Privar a un pueblo del hombre que celebra como el más grande de sus hijos no es empresa que se acometerá de buen grado o con ligereza, tanto más cuando uno mismo forma parte de ese pueblo.”[2]

Es fundamental resaltar que estos ensayos fueron escritos y publicados en los últimos años productivos de Freud[3]. El hecho de que haya decidido dedicarle estos últimos esfuerzos creativos nos habla de la enorme y vital importancia que le concedía a la cuestión de Moisés y de lo que él llamaba el “constante compromiso con la verdad”, del cuál, según él, ningún escrúpulo deberá alejarnos jamás.[4] 

La lectura de Moisés y la Religión Monoteísta es un verdadero placer lógico. El Dr. utiliza un método analítico en el que toma cada una de las ideas principales de la tradición de Moisés y las desmenuza hasta dejarlas aisladas de la leyenda conocida. Después, observa su contexto, compara estas ideas con otras leyendas similares e investigaciones de historiadores. Toma las que le parecen interesantes o al menos útiles a su causa. Considera todos los caminos para después crear un juego de posibilidades. Desarrolla una línea argumentativa y la sigue hasta encontrarle la solución deseada o hasta alcanzar un punto muerto donde corta la rama, vuelve sobre sus pasos, y sigue el crecimiento por otro lado. Utiliza un método de preguntas donde pretende adelantar las dudas del lector o simplemente guiarlo por el camino deseado.

Andando por este ameno recorrido, llegamos a comprender la tesis principal de Freud, que se construye más o menos así:
Moisés era egipcio. La leyenda del niño hebreo salvado del Nilo no es más que eso: un cuento inventado posteriormente por los judíos para apoderarse del origen de su libertador. Si Moisés era egipcio, podemos inferir que la religión que le otorgó al pueblo judío liberado sería, seguramente, una religión egipcia: la de Atón (instituida en el siglo XIV a.c. por el faraón Akenatón, la religión duró lo que el faraón en el poder. Al morir éste, el pueblo egipcio destruyó con furia toda referencia a ésta y volvieron a sus prácticas politeístas). La religión de Atón era el único tipo de monoteísmo conocido en su tiempo, con semejanzas importantes con la religión mosaica (de Moisés) y concordante con los tiempos aparentes del libertador. Esta religión y el hombre que se las transmitió, fueron, eventualmente, rechazados por el pueblo liberado y Moisés fue asesinado. Y, es en este acto, donde Freud encuentra la clave de todo el porvenir de la religión judía.

Freud se remite al historiador Eduard Meyer[5] para relatarnos cómo, según sus investigaciones, la religión “judía” fue oficialmente instaurada en Qadesh, ciudad de la tierra de Canaán en el actual Siria, por un sacerdote madianita y cómo la adopción de esta religión sirvió como un pacto para unificar a las tribus judías salidas de Egipto con las que ya habitaban los alrededores de Canaán y así crear el pueblo de Israel (este pacto religioso fue posterior al Éxodo y al asesinato de Moisés, además de tener preceptos distintos a la religión mosaica obtenida anteriormente en el desierto).

El dios adoptado en Qadesh era el dios Jahve, carente de grandeza y universalidad. Los judíos que sobrevivieron al éxodo adoptan a Jahve, pero exigen ciertas concesiones, negándose a dejar atrás enteramente la tradición adquirida por obra de Moisés. Pasan las generaciones y la tradición mosaica sigue vigente en la mente de los profetas ilustrados y, en la necesidad de hacer de Jahve un dios más grande, más admirable y más digno, se le atribuyen las características de universalidad y dedicación a la verdad y la justicia del dios mosaico, además de la hazaña de liberación del pueblo judío. Finalmente, Freud infiere que el remordimiento del pueblo judío por el asesinato de Moisés los lleva a cargar con su memoria y a rehusarse a dejarlo atrás, por lo que, en la leyenda oficial, escrita años después, funden al libertador con el sacerdote madianita de Qadesh y así lo vuelven a la vida.

El psicoanalista llega a una elaborada y bella conclusión sobre las diferentes dualidades que han conformado la historia del pueblo de Israel: dos pueblos, que se funden para formar una nación (el salido de Egipto con el que habitaba los alrededores de Canaán), dos reinos en que se desmembra esta nación posteriormente (reino de Israel y el reino de Judea), dos nombres divinos en las fuentes de la biblia (Jahvé y Elohim). A estas dualidades, agrega las de las dos fundaciones de nuevas religiones (la de Moisés y la de Qadesh) y la de los dos fundadores denominados Moisés (el sacerdote madianita y el egipcio libertador).

A simple vista, no es difícil aceptar las conclusiones del gran psicoanalista, especialmente porque él mismo reconoce que están basadas en conjeturas y que tienen debilidades. Aún así, me parece que flaquean en ciertos puntos clave; ninguna de las explicaciones de Freud sobre la intención de Moisés “el egipcio” de liberar al pueblo judío me parece convincente. Sí, es cierto que tiene mucho más sentido que haya sido egipcio que hebreo por su historia “juvenil”. Pero pensar que un fervor por una religión, como la de Atón, instaurada con fines meramente políticos, lo llevarían a abandonarlo todo, tomar a un pueblo completamente extraño a él (del que tal vez ni siquiera conocía su lengua) y lanzarse al desierto desconocido, me parece fuera de las atribuciones convencionales de los seres humanos, incluso de los grandes como Moisés.

Cercano a lo que supone Freud, Moisés forzosamente tendría que haber sido un allegado del faraón Akenatón y haber visto su destrucción en la muerte de aquel, motivándolo a abandonar Egipto, en un estilo de huida. Pero nos falta cubrir un trecho entre la huida de un ministro caído en desgracia, a la implementación forzosa y estricta de una nueva religión. Si Moisés estaba motivado por la ambición, erróneo sería decidir aterrorizar a sus nuevos seguidores obligándolos a creer en algo que ya le había atraído su destrucción y exilio anteriormente. La ambición no cubre el acto. Sólo el fanatismo de Moisés por esta doctrina podría explicar su celo en implementarla, sin que esto explique la necesidad de tomar a completos extraños por feligreses cuando en Egipto seguía vigente una escuela llamada la Escuela de On que continuaba educando a nuevas mentes sobre la religión monoteísta en cada generación. Por consiguiente, esta versión de Moisés sigue representando un enigma que, me aventuro a decir, Freud tal vez erró en buscar en él las explicaciones de la herencia hebrea. Tal vez un análisis de las intenciones del pueblo judío hubiera podido arrojar más luz, aunque debo reconocer que en este momento tal tarea se me antoja inalcanzable. Sólo puedo decir que, en el análisis realizado por el Doctor, es interesante la falta de consideración que se le tiene al pueblo judío de la época como elemento activo.

En toda la disertación, Freud asume que eran un grupo sin personalidad, simplemente esperando que les señalaran un camino a seguir. En ningún momento podemos apreciar un examen de sus intenciones para seguir a Moisés. ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué esperaban ganar? Lo único que puedo inferir de lo discutido es que los judíos vivían en una situación precaria en Egipto y que al llegar un noble egipcio a prometerles una vida mejor decidieron seguirlo. Nuevamente, nos topamos con el problema de la diferencia entre decidir seguir a un nuevo líder y cambiar completamente de identidad como pueblo, adoptar una nueva religión, nuevas tradiciones, e incluso elementos de orden físico como la circuncisión (supuestamente impuesta por Moisés imitando una tradición egipcia). Además, en ningún momento exploramos la personalidad de los miembros de la tribu que seguramente negociaron con Moisés las condiciones de la liberación. Es imposible pensar que decidieron levantarse y seguirlo así sin más, sobre todo porque Moisés, al ser egipcio, no contaba con la confianza del nuevo pueblo. ¿Dónde están estos hombres? ¿Por qué la historia decidió olvidarlos?

Sólo lo descubierto por el teólogo Sellin[6] en los libros de los profetas tiene sentido respecto a los actos del pueblo judío: el asesinato de Moisés.

Tomamos a un pueblo que vive una situación angustiosa en una tierra extranjera. Que decide cambiar su suerte al seguir al extraño egipcio que decide “liberarlos”. Este egipcio tiene una idea obsesiva sobre la religión que este pueblo debe seguir. Religión que carece de representaciones físicas de dios, que es completamente opuesta a lo que habían observado en el resto de los egipcios, y que no ofrecía más respuestas que la vida bajo la verdad y la justicia. El pueblo ya salió de Egipto, ya no necesita al libertador y el libertador no cesa en su presión obsesiva e iracunda con la nueva fe. Estorba. Lo asesinan.

Es en este acto, único donde vemos al pueblo judío tomar personalidad en la disertación, donde Freud termina por basar la supervivencia de la doctrina mosaica. El recurso de esta supervivencia es la culpa: asesinaron a quien les acogió bajo su manto y los salvó. El remordimiento lleva a Moisés sobrevivir en el imaginario de los judíos y a sus allegados a trabajar con más fuerza por mantener viva su tradición. Con este argumento, Freud logra llevar la doctrina de Atón varios cientos de años después, hasta su consolidación ideológica posterior en el pueblo judío.

El análisis de la cuestión moisaica no termina aquí. Además de los estudios de Freud, numerosos historiadores han dedicado sus vidas a desentrañar el misterio del héroe, pero sobre todo el misterio de la personalidad del pueblo judío. Ese pueblo que ha sobrevivido a tantos embates de la vida a través de los años y que, inusualmente, siempre resurgen de sus cenizas, más fuertes y más firmes en su fe y su cultura. Freud dedica un último ensayo, la última publicación de su vida, a investigar los orígenes de esta fortaleza, de ese ensayo, platicaremos después.

Finalmente, sólo podemos tener admiración por el gran psicoanalista que decidió tocar un tema tan delicado en un tiempo aún más delicado (inicios de la Segunda Guerra Mundial). Claro, hoy podemos ver que no existen los tiempos no delicados, aunque los problemas cambien de lado y de enfoque. Ojalá las futuras mentes ilustradas logren encontrar en este problema de los orígenes algún pensamiento o alguna idea que logre empatar las posibilidades de los individuos en la tierra de los Profetas.

9_GabrielaGomez

[1] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P69

[2] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P11

[3] Escritos entre 1934 y 1938. Freud murió en 1939.

[4] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P 11

[5] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P44

[6] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P61

Bibliografía

Moisés Egipcio. Sigmund Freud, Moisés y la Religión Monoteísta

Si Moisés fuera Egipcio. Sigmund Freud, Moisés y la Religión Monoteísta

http://www.observacionesfilosoficas.net/freudmoisesylareligion.htm

http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-16862008000100043

http://www.psicomundo.com/tiempo/historias/freud.htm