Nasty Woman

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Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

Nasty woman”, fue el adjetivo que Donald Trump eligió para su adversaria Hillary Clinton  durante el último debate presidencial de Estados Unidos. Nasty, o despreciable, fue la mejor forma que tuvo aquel para describir a una mujer que se preparó para subir al escenario y hacerlo pedazos con estilo.

Pero no hace falta ser candidata a la presidencia de Estados Unidos para que una mujer sea considerada de esa manera. Lo sucedido en el debate me hizo reflexionar en que somos muchas las mujeres que hemos sido señaladas como nasty por meternos en asuntos públicos, por aspirar a puestos de liderazgo o por desafiar los estándares sociales. Donald lo dijo en voz alta porque el tipo no tiene filtro. Pero hay mucha gente allá afuera –hombres y mujeres- que opinan lo mismo y, sin decirlo, nos lo han hecho sentir.

Les quiero platicar brevemente mi experiencia en la política en México. No es muy amplia, pero alcanza para ejemplificar la situación. Al incursionar en ese terreno, aún dominado por hombres, nasty son los retos con los que una se enfrenta. Tres en específico he identificado: 1) entrar en la política, 2) sobrevivir a la política y 3) regresar a la política.

Cuando el entonces Alcalde de Puebla, Eduardo Rivera, me invitó a dirigir el Instituto Municipal del Deporte, más de un funcionario no entendía la razón. Recurrentemente me preguntaban ¿pues quién es tu papá? o ¿cuál es tu relación con el Alcalde? Parecía que necesitaban una justificación para entender qué hacía yo asumiendo esa responsabilidad. No les bastaba con saber que siempre he sido deportista, y que Eduardo –por cierto gran jefe y mejor persona- necesitaba a alguien que se hiciera cargo de los asuntos del deporte. Para mí era obvio, para ellos no.

El segundo reto es más duro porque exige tiempo completo. Y con eso me refiero a 24/7. Lamentablemente, en la administración pública sobrevive la creencia de que hay horario de entrada más no de salida. En ningún contexto me parece razonable, ni siquiera en el que una es joven y sin más responsabilidad que el trabajo. Pero menos razonable lo es para las mujeres que además desean ser esposas, madres, amas de casa. Simplemente no dan las horas, y cualquier trabajo debería permitir tener una vida fuera de él. Otra cosa que una tiene que sobrevivir es que muchas de las decisiones importantes en política se toman fuera de la oficina, en entornos dominados por hombres y que pueden resultar incómodos o peligrosos para las mujeres. Mi ingenua estrategia era dejar claro a la menor provocación que sé taekwondo –y que me sé defender muy bien- pero ese no tiene que ser el caso. No tiene que ser.

El tercer reto es triste. Y es que con ese sistema tan nasty, una no quiere volver a la política. Simplemente no es racional hacerlo si una tiene aspiraciones fuera del trabajo, o si se quiere evitar ciertos episodios desagradables. Además, el mercado laboral cada vez ofrece más y mejores oportunidades para las mujeres, que bien pueden desarrollarse personal y profesionalmente en la iniciativa privada, por ejemplo. La política se ha rezagado en ser más atractiva para las mujeres, y en México eso se refleja en los pocos cargos que ocupan actualmente en todos los órdenes de gobierno: menos de 300 alcaldesas en los casi 3000 municipios, sólo una gobernadora en los 32 estados, 46 senadoras de los 128 disponibles, 213 diputadas de los 500, y sólo 2 ministras de 11 en la Suprema Corte de Justicia.

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Pero aún así ahí estamos las nasty women que nos negamos a darle la espalda a la política. Porque importa, porque las cosas tienen que cambiar, y porque no van a cambiar por sí solas. Afortunadamente hay mujeres como Hillary, que van abriendo brecha para las nasty women en puestos de liderazgo, sobre todo en la política. Pero hacen falta más como ella, y de todas depende ir preparando el camino.

  Foto: http://people.com/politics/katy-perry-nasty-woman-t-shirt-campaigns-hillary-clinton-las-vegas/

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Imaginando el Día “T”

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Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

No pude conciliar el sueño la noche de la elección. Desconozco si fueron las tres tazas de café que bebí copiosamente durante el discurso de derrota de Hillary Clinton. Quizá debí haberlas cambiado por tres shots de tequila, de ésos que alivian(an) penas. Pero opté por el café. ¿Masoquismo? Quizá. A fin de cuentas, ese parecía ser el humor que llevó al elector americano directo al silicio trumpiano.

Escribió Borges que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece. Ya entrada la madrugada, compadecí los ojos húmedos de una demacrada Hillary Clinton al discursar 1,372 palabras frente al público incrédulo reunido en el National Building Museum en Washington D.C. Era la segunda vez que Hillary suspendía una campaña presidencial en aquel recinto neo-renacentista. La primera: cuando reconoció la candidatura del futuro presidente Barack Obama. La palabra “corazón” había sido pronunciada cinco veces aquel 7 de junio del 2008. Pero la madrugada del 9 de noviembre no había sido musitada en una sola ocasión.

Los tres puntos porcentuales que los encuestadores habían defendido durante semanas para pronosticar una victoria demócrata nunca aparecieron a lo largo de la jornada electoral. El Cinturón Bíblico fue más bíblico que nunca: todo el Mississippi se tiñó de rojo… republicano. Pero la sorpresa vino en el Medio-Oeste Americano, donde Donald Trump arrasó. Florida fue nuevamente fiel de la balanza. El resultado final, Trump 282-256 Clinton pudo haberse invertido si los 29 votos electorales de Florida hubiesen sido azules.

Trump siguió siendo Trump durante su discurso victorioso. Aquellos que pensaban que moderaría su discurso radical se llevaron una nueva decepción. China, México, Rusia, Medio Oriente… todos negociarían en los términos que los Estados Unidos demandasen. La élite del partido republicano, encabezada por Newt Gingrich, Ted Cruz y Paul Ryan, felicitó efusivamente al presidente y se puso a sus órdenes para comenzar las deportaciones masivas hacia… donde hiciera falta.

La transmisión televisa continuó toda la madrugada. Algunos analistas políticos de CNN atribuyeron el resultado de los comicios a la rebeldía del electorado pro-Sanders—que nunca acabó por apoyar incondicionalmente a Clinton—; otros a la demografía caucásica; unos cuantos a los efectos del comercio internacional; los menos al alto número de votos obtenido por Gary Johnson y Jill Stein; y algún encuestador a las altas tasas de no respuesta, que suelen decantar una elección reñida a favor del candidato anti-sistema.

Los mercados financieros globales abrieron la sesión con pérdidas equiparables a las del día posterior al Brexit. El índice Dow-Jones transó 3.14% debajo del cierre anterior. Paul Krugman publicó en su blog sobre las altas posibilidades de una recesión en los Estados Unidos durante los próximos 4 años. Citó las políticas migratorias, las restricciones comerciales y los conflictos geopolíticos inminentes como justificantes del nerviosismo generalizado. El Presidente Obama intentó calmar a los mercados asegurando que los demócratas le harían frente a Trump desde el Congreso. Tomé más café.

Y mi temor más grande se confirmó: el peso mexicano se depreció 5.41% al comienzo de la sesión. El Índice de Precios y Cotizaciones (IPC) se desplomó un 4.39% en las primeras horas de la mañana. “¿Exuberancia racional o irracional?”, tuiteó a las 9:56 la cuenta @latampm, recordando a Alan Greenspan. Y tratándose de banqueros centrales, Agustín Carstens confirmó en rueda de prensa a las 10:36 la reactivación de las subastas de divisas, y que las tasas de interés podrían ser ajustadas en la próxima junta del Banco de México. A las 11:21 Peña Nieto felicitó al nuevo presidente de los Estados Unidos. El IPC caía 5.24% cuando el tuit fue publicado en su cuenta.

El Wall Street Journal reveló a las 12:42 que Trump planeaba cobrar una comisión de 5% al envío de remesas como compensación a la construcción del muro, cuyo levantamiento sería oficialmente anunciado en los primeros 100 días del nuevo gobierno republicano. Según el diario, Trump planeaba cancelar del todo el envío de remesas o levantar tarifas de importación a los autos mexicanos en caso de que los bancos o el gobierno mexicano interfiriera con los planes. El IPC cayó. Peña Nieto calló.

A eso de las 14:44, yo ya llevaba cinco tazas de café en el día y veía rojo por todas partes: rojo el mapa electoral de los Estados Unidos, rojos los mercados financieros globales, rojo Bernie Sanders al ser abordado por la prensa deseosa de obtener sus impresiones sobre el resultado electoral. A las 15:20, Christine Lagarde declaró para Bloomberg que el Fondo Monetario Internacional estaría pendiente de la deuda pública en México, que con el 5.62% de depreciación del peso en la jornada se elevaba significativamente de un día para otro. Encomendó al gobierno federal a “apretar las tuercas de la austeridad”. Peña Nieto calló.

Eran las 17:31 cuando el Wall Street Journal publicó en su sitio que Cemex no sería invitada a participar en la construcción del muro siendo una empresa mexicana, a pesar de que sus plantas—situadas en la franja fronteriza—eran las mejor posicionadas para atender la demanda de concreto y cemento para edificar una muralla de 1,000 millas de largo y 12 metros de altura. Según la nota publicada por el diario, una fuente confiable—se especulaba que Donald Trump Jr. filtrase él mismo la noticia—aseguraba que los proveedores de cemento y concreto del muro serían los mismos que el Presidente Electo Trump contrataba para levantar sus Trump Towers. El Deforma confirmó a las 18:27 que Grupo Higa no era uno de ellos.

A las 20:13 me vino la epifanía. Mucha gente me ha preguntado años después si no sería la sobredosis de café (ya iba en mi séptima taza del día). Es altamente probable. Mi estado insomne pudo haber influido también. Lo que sé es que ya me resignaba a 4 años de Trump. La cobertura mediática ahora se centraba en la transición presidencial, en el inicio de las deportaciones masivas y en la construcción del muro. Algunos analistas económicos ya empezaban a pronosticar que la economía mexicana se iría a recesión en un trimestre más. Y mientras intentaba conciliar el sueño luego de una laaarga jornada, fue cuando me vi de pronto en medio del desierto con una lata de grafiti en mano.

Levanté la vista y ahí estaba el dichoso muro. “Grande, gordo y hermoso”, como había prometido Trump. (De hermoso no tenía mucho. El contraste del cemento con la arena nunca me ha gustado.) Pensé en mis dotes artísticas y en lo que podría plasmar en el muro. ¿Quizá un epitafio amoroso? No estaba de ánimos. ¿Quizá un epigrama a Trump? No di con ninguno. ¿Un rifle de asalto disparando flores? Muy poco original. ¿Un Banksy subversivo? Pensé de nuevo en mis dotes artísticas y lo descarté.

En esa disyuntiva estaba cuando supe lo que tenía que hacer. Lo que era mi obligación hacer. Me aproximé al muro con una convicción que jamás había tenido antes. Y ahí, a la sombra del muro, descargue toda la frustración que la victoria de Trump me había producido. Ya no podía más. Siete tazas de café son muchas para la vejiga. Dejé que todo el rencor fluyera libremente sobre el muro. ¿Quién era yo para encadenarlo a mi ser? A lo lejos, escuché las sirenas de la Border Patrol. No vacilé.

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El Día Que Conocí a Hillary Clinton.

 

Hillary NY

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

Era miércoles. Ese día yo tenía clases por la mañana y taekwondo en la noche. Pintaba para ser un día normal, pero en la escuela me enteré de que Hillary Clinton, precandidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, estaría en Nueva York. Decidí volarme la primera clase y me fui a formar desde varias horas antes al Apollo Theater, ubicado en Harlem, barrio latino y afroamericano de la Ciudad. Tenía curiosidad sobre lo que me esperaba. Mi única experiencia en mítines políticos había sido en México, por lo que mis expectativas eran jalones, empujones, largas horas de espera y la posibilidad de ni siquiera ver a la candidata. Aún así me la jugué.

Cuando llegué, vi una fila tan larga como diversa. Se distinguía gente de todas las razas, religiones, edades y niveles socioeconómicos. Al ver mi lugar en la fila pensé en cuánta gente se metería antes de que yo pudiera llegar a la puerta. Pero, para mi sorpresa, nadie lo hizo. Tampoco había gente coordinando—o acarreando—más gente. No había camiones en doble fila, con la foto del candidato en tamaño gigante, de donde se bajara gente que pareciera medio perdida, pero con un lunch en la mano. No, no vi nada de eso. Mucho menos vi gente que se preguntara si mi presencia ahí tenía sentido, pues yo no puedo participar en sus elecciones. En fin, me dispuse a esperar.

Victoria y Ernesto, compañeros de la universidad, me acompañaban en la fila. Como buenos mexicanos, gritábamos una porra para Hillary a la menor provocación. Para nuestra fortuna, ésta provocación vino de su staff, que buscaba gente entusiasta en la fila. Nosotros hicimos lo que nos salía natural sin saber que eso nos haría merecedores a unos brazaletes especiales. Las mujeres americanas formadas detrás de nosotros—que también gritaron y se ganaron su premio—no podían creer lo que acababa de pasar. Nosotros no entendíamos, pero ellas nos explicaron que acabábamos de ganar acceso al escenario donde Hillary daría su discurso.

Incrédulos, Vicky, Ernesto y yo seguimos caminando. Entramos al teatro en el que reinaba el orden y la organización. Al pasar el arco de seguridad no hubo mayor problema—más que el tupper de mi lunch que se tuvo que quedar en la entrada. Nos dirigieron al fondo del teatro, que poco a poco se iba llenando, y efectivamente nos subieron al escenario. ¡Ahí descubrimos que era en serio! Entre los pocos afortunados que estábamos arriba había una excelente representación de la diversa fila: gente de todas las edades, razas, religiones, orígenes, orientación sexual, ¡y un trío de mexicanos muy emocionados!

Mientras llegaba la gente, nosotros ensayábamos las porras al grito de “Madame President”, “I believe that she will win”, y “I am with her”. Me dio la impresión de que el staff no se preocupaba por ver espacios vacíos. Al final, estaba la gente que quería estar. Eso me hizo pensar en los mítines en México donde los coordinadores parecen pasar por el peor día de sus vidas si el evento no se llena. Interesante contraste. También me di cuenta que lo que sucedía en el escenario era completamente improvisado. En verdad habían subido a gente del público que esa mañana decidió dejar de hacer lo que tuviera que hacer e ir a escuchar a Hillary. Supongo que corrieron el riesgo de que algún disidente arruinara el show, poniendo por encima la credibilidad del evento y de su candidata; ojalá en México también se corriera ese “riesgo”.

En punto de las 12 subió Hillary. Se le veía tan fresca, serena y alegre. Saludó, se paseó unos minutos en el escenario y finalmente se ubico en el centro. Mi corazón estaba verdaderamente acelerado por la experiencia de ver en escena a una de las políticas más influyentes de nuestro tiempo. Luego del breve discurso del senador Charles Shumer, ella tomó la palabra. Su discurso fue sobre todo puntual. Sabía lo que hacía y habló de lo que a la gente le interesaba escuchar: de cómo estabilizar economía, garantizar la seguridad, y de cómo construir una sociedad incluyente, tolerante y orgullosa de su diversidad. Se dirigió a la comunidad afroamericana, latina y migrante. No era casualidad que hubiera elegido Harlem para el evento. Habló fuerte y claro contra “Mr. Trump”, y también usó la carta de género, porque se vale, y porque es una mujer que por muchos años ha luchado por los derechos de las mujeres. Terminó su discurso entre aplausos y porras entusiastas.

Ahí seguíamos nosotros, presenciando todo eso a escasos metros de distancia. Cuando terminó su discurso se volteó y no tuvo prisa al saludar a cada uno de los que estábamos ahí. Se tomó fotos, escuchó lo que quisiéramos decirle, sonrió todo el tiempo. Así conocí a Hillary Clinton, llena de vitalidad, de alegría, y al mismo tiempo de una serenidad que se contagia. Conocí a una mujer que sin duda me gustaría ver en la Casa Blanca.

Al finalizar el evento, salimos como entramos, sin el menos contratiempo. Seguía prevaleciendo el orden, y hasta recuperé el tupper con mi lunch.

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Conclusiones del Supermartes: Trump Vs. Clinton más cerca

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Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

La jornada electoral en los Estados Unidos transcurrió sin grandes sobresaltos. Donald Trump confirmó que es el amplio puntero del partido republicano, apuntándose victorias en siete de los once estados en disputa; Ted Cruz consiguió aquello que necesitaba para continuar—Texas—y de paso triunfó en Oklahoma y Alaska; Marco Rubio hizo lo propio en Minnesota: su primera victoria desde el arranque de la contienda interna; John Kasich y Ben Carson se fueron con las manos vacías y la presión crece para que abandonen la carrera. Y en la otra trinchera, Hillary Clinton ganó la mayoría de los estados en disputa—siete de los once, incluyendo Texas—y Bernie Sanders se alzó en cuatro: suficiente para atizar la flama de la esperanza.

La Tabla 1 muestra el estado actual de las elecciones internas. Hillary Clinton amplía su margen de ventaja sobre Bernie Sanders a 630 delegados y ya alcanza el 42% del umbral necesario (2,383 delegados) para lograr la nominación del partido demócrata. Por su parte, Donald Trump tiene apenas el 23% del umbral necesario (1,237 delegados) para erigirse como candidato republicano, aunque el nutrido número de contendientes subestima la ventaja de 10 puntos porcentuales sobre su más cercano perseguidor: Ted Cruz, quien alcanza el 13% del umbral. La fuga de Clinton y Trump es significativa. Pero más allá de que ambos se consolidan como favoritos para ganar sus respectivas elecciones primarias, ¿qué conclusiones podemos extraer del Supermartes?

conteo delegados

  • Crece la correlación Clinton-Trump: Hillary y Donald suben de la mano. Las encuestas cara-a-cara revelan que un amplio porcentaje del electorado demócrata vota por Clinton por ser ésta la opción viable para vencer al partido republicano en noviembre y dar continuidad a las políticas de Barack Obama. Al radicalizarse el discurso de Trump y ganar éste portadas y popularidad, el costo de experimentar con el voto (i.e., apoyando a Sanders) se eleva. Mientras más atención capta Trump, más también responde Clinton, lo cual refuerza la ventaja de ambos. Lo vimos ayer con sus respectivas victorias.
  • Bernie Sanders ha perdido momentum: su apuesta final es el Medio Oeste Industrial. Las campañas negativas de Clinton contra Sanders, la consolidación de Trump y los resultados de las elecciones primarias han dañado en las últimas semanas a Bernie. Hillary también ha movido su discurso a la izquierda del espectro ideológico y ha reafirmado su defensa de las políticas del presidente, lo cual ha cortado el ascenso vertiginoso de Sanders. Con más de 544 “superdelegados” a su favor sumados al resultado del Supermartes, Clinton se encarrila a ganar la candidatura demócrata. La última prueba es el Medio Oeste industrial americano, donde Sanders puede encontrar mayor apoyo al ser la clase obrera más numerosa (y más blanca) que en los estados del sur. Si Bernie no gana la gran mayoría de estos estados, perderá la elección interna por amplio margen.
  • John Kasich y Ben Carson, los grandes perdedores: deben declinar pronto. Se dijo desde un principio que el excesivo número de candidatos premiaba la radicalización del discurso como mecanismo distintivo ante el electorado. Kasich y Carson no han logrado resonar entre el votante republicano, y su permanencia en la contienda allana la victoria de Trump. Ellos lo saben y deben de estar evaluando la conveniencia de seguir. Las donaciones caerán producto de sus malos resultados durante el Supermartes. La pregunta es cuándo declinarán y si apoyarán a otro candidato. Rumores (de CNN) apuntan que le han ofrecido a Ben Carson una senaduría en Florida para declinar en favor de uno de los candidatos del establecimiento. (Huele a una estrategia orquestada por Marco Rubio, para quien ganar Florida sería una bocanada de oxígeno).
  • Marco Rubio y Ted Cruz no claudican: escenario óptimo para Trump. Siguiendo el argumento anterior, el gran ganador de la pulverización del voto duro republicano es el “independiente” Trump. Las encuestas nacionales levantadas entre el 14 y 27 de febrero apuntan a que Trump encabeza las preferencias con el 35.6%, seguido por Cruz (19.8%), Rubio (17.4%), Carson (9.0%) y Kasich (8.8%). Cruz y Rubio sumados obtienen mayor apoyo que Trump. Aunque las declinaciones no suman votos automáticos a candidatos rivales, la radicalización del discurso trumpista se beneficia de que el electorado republicano no identifique claramente cuál es la opción viable a Trump.
  • Ted Cruz decepcionó en los estados del sur: el voto evangélico no alcanzó. Se vendió hasta el cansancio que los estados del sur son bastión del senador texano. Los cálculos fallaron. Se sobrestimó el voto evangélico; el voto de los afroamericanos y latinos se pulverizó; y Trump atrajo más independientes-apartidistas que lo habitual. Ted Cruz esperaba ganar la mayoría de los estados sureños, y sólo alcanzó a rescatar victorias en Texas y Oklahoma. El perfil demográfico favorece a Marco Rubio, de aquí en adelante. Aunque Cruz se consolida en el segundo lugar de la contienda con base en el número de delegados, su base de apoyo ultra-conservadora irá disminuyendo. La esperanza de Ted es que Carson decline en su favor y que el voto evangélico se concentre en un solo candidato.
  • Marco Rubio es la eterna promesa: urgen triunfos. El niño maravilla del conservadurismo republicano sigue vendiendo que es el único que puede derrotar a Donald Trump y Hillary Clinton. Hay una encuesta que respalda esta conjetura: la relación opinión positiva/negativa del candidato es sistemáticamente más favorable para Rubio que para Trump, Cruz y Clinton. Pero Rubio no ha podido capitalizarlo en las urnas, apenas ganando ayer uno de once estados en disputa. Con Kasich fuera, las excusas se acabaron para Rubio. Si no empieza a ganar, Cruz se posicionaría como la carta fuerte para vencer a Trump. Y con ello, el establishment quedaría merced del Tea Party como única alternativa viable.
  • Trump ya comenzó a “moderarse”: implora unidad partidista. Durante su discurso victorioso, el magnate fue menos mercurial que de costumbre, estratégicamente tendiendo la mano a sus contrincantes: (1) flirteando con el posible apoyo de Ben Carson, si éste opta por retirarse; (2) llamando a más miembros del establishment a que se sumen a su campaña; (3) buscando calmar la tempestad auto-inducida luego de su tardado deslinde de apoyos unilaterales de un cabecilla del Ku Klux Klan (KKK). Trump sabe que eventualmente requerirá el apoyo de su partido para ganar la elección general. Un ambiente interno tan polarizado no conviene.
  • Continúan las balas perdidas contra Trump: ¿impactará alguna? No hay una embestida unificada en las filas del partido republicano, ni entre el establishment ni entre el resto de sus tribus. Marco Rubio es el claro ejemplo de intentos desesperados por bajar a Trump a toda costa. El senador por Florida ha intentado un póker de campañas negativas contra el empresario, llamándolo “liberal”, “lunático”, “doble cara” y “estafador”. Cruz ha optado por tratar de infundir temor a las familias conservadoras con hijos susceptibles al discurso de Trump. Recientemente ha presionado para que el New York Times divulgue una supuesta entrevista donde el puntero afirma no tener intenciones serias de construir un muro y deportar a millones de indocumentados. Y así ha habido múltiples estrategias fallidas. Cada bala esquivada parece alimentar la popularidad de Trump. Ninguna ha dado en el blanco, de momento.
  • Florida puede ser el punto de quiebre: la aritmética pesa. En dos semanas más, el 15 de marzo, 358 delegados republicanos estarán en juego. De éstos, 99 estarán disponibles en Florida. La clave es que, contrario al o que hemos venido observando a lo largo de la carrera, el ganador en Florida se lleva todos los delegados (i.e., no hay repartición proporcional). Florida es clave para la contienda republicana, pues la apuesta de Marco Rubio es ganar el estado que representa como senador. De perder ante Trump (Cruz tiene un panorama ligeramente más complicado en las encuestas), las probabilidades de una declinación de Rubio se dispararían.
  • El establishment republicano se desdibuja: Trump ha secuestrado la sensatez partidista. Por un lado, el partido se congratula de que la tasa de participación entre blancos y conservadores esté sustancialmente mejorando. El ejemplo más claro es Nevada, donde Donald Trump obtuvo más votos él solo como candidato de los que todo el partido sumó en la primaria estatal de 2012. Sin embargo, el voto minoritario ha decidido elecciones en el pasado. Y el establishment está preocupado de que Hillary Clinton arrase ahí. Este dilema de bases electorales ha provocado que la élite partidista no sepa qué hacer con Trump. Mitt Romney, Paul Ryan y otros líderes comienzan a endurecer su discurso, pero tarde y sin mucho eco. Ante el atolondramiento generalizado, seguimos esperando alguna andanada orquestada por la élite partidista; alguna embestida final. No se vislumbra algún intento serio, aun.

 

Las siguientes dos semanas definirán ambas candidaturas. El Supermartes transcurrió sin sobresaltos, pero traerá efectos inmediatos. La fuga de Clinton y Trump es significativa, aunque se avecinan nuevos debates y una elección primaria en Florida y otros 4 estados, el 15 de marzo. Antes, habrá elecciones en Maine, Nebraska, Kentucky, Louisiana. Habremos de ver a Carson y/o Kasich declinando pronto. Sin embargo, las encuestas nacionales y la ventaja de Trump no cambiarán mucho. Los ataques se intensificarán. Mitt Romney es clave en el establishment y parece inclinarse por Rubio. Si Cruz y Rubio no declinan, Trump ganará Florida. Hillary hará lo mismo. El enfrentamiento entre ambos parece cantado. ¿Tendrán algo más que decir los jóvenes senadores republicanos? Lo dudo.

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Apología de Mi Voto (Simbólico) a Bernie Sanders

Elecciones primarias 1

Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Confieso que no soy ni seré estadunidense. No puedo ni podré votar algún día en aquel país. Tampoco lo deseo… no me lo tomen a mal. Pero si he de sincerarme, lo resiento un tanto. He visto escalar en los últimos meses la popularidad del candidato demócrata a la presidencia, Bernie Sanders, a niveles insospechados. Y con ello, mi involucramiento en la contienda electoral. Lo que en un principio era simple curiosidad y entretenimiento pueril de mi parte—lo subversivo siempre me será digno de atención—ha evolucionado. Ante mi propio asombro, podría decirse que me he encariñado con Bernie Sanders y su propuesta política. Aun sin poder votar. Ese simple hecho, por más insignificante y personal que parezca, revela mucho de este candidato y de la elección.

Permítanme un pequeño paréntesis. Comencé a seguirle la pista a Bernie Sanders en Twitter. Su largo historial como progresista e independiente en el Congreso me era hasta entonces desconocido. Es difícil que un auto-proclamado “socialista democrático” pase desapercibido en la política estadunidense, pero mi burbuja (mexicana) y yo ignorábamos su trayectoria hasta este proceso electoral. A medida que la contienda demócrata fue perdiendo insipidez y las encuestas cambiando, me fui familiarizando con las propuestas de política pública y el discurso del Senador por Vermont—como también lo he venido haciendo con Hillary Clinton y los candidatos republicanos. El punto de no retorno vino cuando asistí en Nueva York a una “Fiesta” organizada por voluntarios de la campaña de Sanders para presenciar el primer debate demócrata en compañía de otros simpatizantes en la zona vecinal. Dicho sea de paso, la zona no era ni más ni menos que el Distrito Financiero de Manhattan, el corazón de Wall Street—foco preferido de ataque de Sanders para denunciar las imperfecciones del Sueño Americano.

Salí del debate convencido de que no estaba ante cualquier fenómeno político-electoral. Durante el evento, el mismo Sanders resaltó que más de 4,000 hogares como en el que me encontraba yo en aquel momento, habían prestado su espacio para recibir a extraños afines al candidato. Ahí, rodeado por un grupo heterogéneo de estadunidenses que incluía a una directora de cine, a un desarrollador de videojuegos y a un financiero extranjero (yo), atestigüé de primera mano el común denominador del “Votante Sanders”: la presencia de un arraigado malestar, rayano en lo moral más que en lo utilitario, por el rumbo actual de la política en los Estados Unidos.

Las semanas y los debates pasaron y me seguí involucrando. Para entender las motivaciones de Sanders y su visión del futuro, decidí leer su reeditada autobiografía política: An Outsider in the White House, misma que recibí por correo meses después de haber donado a la campaña. Sí, doné a la campaña un monto (más que) simbólico para recibir el libro. Mi donación cayó en la categoría de “pequeña”—o menor a doscientos dólares. Me convertí en estadística en dos formas contrastantes: (1) como uno de los pocos “financieros” que habían donado a la campaña de Bernie Sanders; y (2) como “pequeño contribuyente”, ayudando a elevar el porcentaje de las donaciones que recibe el candidato por debajo del mencionado umbral, mismo que ronda un (astronómico) 88% y que difiere marcadamente del (deprimente) 20% de Hillary Clinton, según cifras de la Comisión Federal Electoral (FEC por sus siglas en inglés).

No era la primera vez que leía a un político estadunidense. Ya había cruzado por mi vida Dreams from My Father, escrita por Barack Obama antes de hacer carrera política. Pero sí era la primera ocasión en que leía a un socialista “Región Uno” y su estrategia para ganar elecciones apelando a un discurso populista, por construcción. Mi primer hallazgo: a Bernie Sanders no le incomoda ser tildado de progresista, pues su lucha política es en defensa de las familias de ingreso bajo y de los trabajadores; en pro de la expansión del estado de bienestar como regulador de justicia social, y en contra del financiamiento político-electoral del corporativismo estadunidense, la concentración obscena del ingreso y del capital, y del gasto militar en detrimento de la educación y la salud pública. Su lucha política va más allá de tasar alto al rico en beneficio del pobre. (Grata revelación.)

Mi segundo descubrimiento: Bernie Sanders es un obsesivo de la eficiencia gubernamental en el gasto. Cree que “no hay excusa para despilfarrar el dinero de los contribuyentes.” He ahí un marcado contraste con el populismo latinoamericano. Más que expandir el gasto de gobierno, busca redistribuirlo. Uno de los capítulos detalla cómo presentó en algún momento un “presupuesto alternativo” para expandir beneficios sociales en $800 mil millones de dólares, acompañado de un listado de recortes al gasto público, donde destaca la eliminación de subsidios a la industria militar. Sanders cree que cada dólar ahorrado debe de ir, principalmente, a beneficios sociales para la formación de capital humano (e.g., educación y salud). Esta prudencia fiscal es probablemente una extensión de su ascetismo. Pasajes del libro ayudan a entender al personaje. Entre ellos, destaca que Sanders no tenía un traje hasta después de haber ganado su primera elección; o que ya en Washington, él y su pareja habitaban en el sótano del departamento de un colega suyo de la Cámara de Representantes.

Más allá de la retórica habitual, la lectura de la autobiografía me llevó a un choque ideológico. La economía liberal sostiene como principio ideológico y empírico que la intervención del gobierno, si no es para remediar fallas de mercado, daña el crecimiento económico. Y claro, el verdadero debate económico está en cuáles son esas fallas de mercado. Hay argumentos sólidos para sostener que las propuestas de Sanders pueden ser dañinas, en el agregado, para la economía estadunidense. Bernie defiende un sindicalismo excesivo, promueve una alta injerencia del gobierno en la economía, se opone fuertemente al TLCAN -en su momento, desafió el rescate a México en la era Clinton- y también vislumbra una agresiva pulverización bancaria que puede resultar contraproducente. No obstante, hay razones para creer que la desigualdad social, la corrupción empresarial, los monopolios y la falta de inversión en capital humano también son lascivos para el crecimiento y desarrollo económico; y que la propuesta de Bernie Sanders de corregir estas fallas de mercado es atractiva cuando se incorporan sólidos argumentos de justicia social, igualdad racial y (re)encanto democrático. De ahí que mi choque ideológico se haya resuelto. (El título de la nota es sugestivo del desenlace.)

Bernie Sanders

Leer a Sanders también me llevó a entender la campaña que ha montado por la presidencia. Un tercer hallazgo: Bernie aborrece las campañas negativas. Su estrategia electoral y propuesta ideológica es crear “coaliciones de arcoíris” que mezclen variadas tonalidades ideológicas e intereses ciudadanos. Las campañas negativas son particularmente dañinas para Sanders, desde un punto de vista llanamente estratégico. La animadversión en cualquier elección lleva a que el debate público pierda sustancia. Sanders es altamente vulnerable a esta dinámica—no a los ataques—, pues su propuesta de cambio pierde enfoque. Es por ello que Hillary Clinton decidió atacar a su rival en semanas recientes, esperando que éste muerda el anzuelo. Lo cual difícilmente sucederá, pues Sanders cree que la congruencia es una de sus principales cualidades. Si Sanders no cae en provocaciones, Clinton puede caer aún más en un desencanto con el elector independiente, cansado de Washington y la vieja guardia política. A pesar de sus setenta y cuatro años de edad, Sanders encabeza la mayoría de las encuestas entre el electorado joven. Si es capaz de sacar a este grupo de electores—tradicionalmente apolítico— a votar en las primarias demócratas, puede sorprender y ganar algunos estados. Más allá de eso, él mismo acepta que una “revolución política” es necesaria para que él gane la elección general y para que Washington cambie.

Desconozco el resultado de la elección interna demócrata, pero el sistema político de los Estados Unidos gana con Bernie. La lucha social de Sanders trasciende elecciones y fronteras. Su lucha social no es partidista ni dependiente de resultados electorales; es “en defensa del ciudadano ordinario”. No representar intereses tradicionales cuesta. Como es de esperarse, Sanders perdió como candidato independiente muchas elecciones antes de convertirse en alcalde (1981-1989) de la “República Democrática de Burlington”, como era apodada la ciudad durante su gestión. Y aun perdiendo una y otra vez, mantuvo el mismo discurso, base de apoyo y estrategia electoral. Con el tiempo su discurso permeó al votante. Hoy Vermont es visto como un pequeño estado liberal, pero estuvo controlado por republicanos durante décadas. Sanders rompió el bipartidismo en ese pequeño estado conservador. Defender los intereses del ciudadano promedio en Washington lo llevó a alcanzar el récord de independiente con más antigüedad en la historia del Congreso de los Estados Unidos: 1991-2007 como congresista y 2007 a la fecha como senador.

La carrera de Bernie Sanders por la presidencia nació un 9 de diciembre de 2010, cuando un buen día tomó el micrófono en el Senado americano y habló durante ocho horas y media en un intento filibustero por impedir la extensión de la condenación impositiva a ricos implementada en la Era Bush. Esta carrera por la presidencia se pintó de azul (demócrata) por las altas barreras existentes para los candidatos independientes y porque Sanders desistió de dividir votos con los demócratas, lo que habría favorecido un eventual triunfo republicano. Confieso que simpatizo con Bernie: yo tampoco quiero ver a Trump o Cruz ganar esta elección. Ni quiero ver la brecha de desigualdad en los Estados Unidos o cualquier otro país (empezando por México) llegar a niveles obscenos. Entre las opciones disponibles para el votante, Clinton ofrece continuismo moderado. No es terrible. Pero el rejuvenecimiento democrático que necesita la política mundial demanda una defensa activa de los ideales sociales y económicos individuales. Una forma de hacerlo es votando. Otra es ofreciendo apoyo moral a causas con las que uno simpatiza. De ahí que esta haya sido una apología racional de mi simbólica decisión de votar por Bernie Sanders, ausente un derecho constitucional pero presente la conciencia.

4_MarioCampa

Fuente Imagen 1: Publico (http://whotv.com/2015/10/27/with-biden-out-hillary-clinton-regains-commanding-lead-in-iowa/)

Fuente Imagen 2: Reporte Índigo (http://www.reporteindigo.com/reporte/mundo/se-pone-mexicano)