Bloody Mary. La triste historia de la primera reina de Inglaterra

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Enrique VIII
Rey Enrique VIII de Inglaterra

Por: Gabriela S. Gómez

Hace alrededor de 500 años Enrique VIII era Rey de Inglaterra. La historia de este Rey ha logrado trascender a la cultura popular más por la telenovela que fue su vida (¡tuvo seis esposas!) que por sus estrategias políticas, pero es que, en ese entonces, la telenovela y la vida pública estaban íntimamente entrelazadas, no había decisión personal que no pudiera terminar por afectar a millones de personas. Ahora, ¿qué puede hacer que un rey—que puede tener las amantes que guste— quiera pasar por seis esposas? La obsesión por tener un heredero varón.

No podemos juzgar al pobre de Enrique. Él era apenas el segundo rey de la dinastía Tudor que había fundado su padre después de años de guerras y traiciones. Mantener el trono en la familia era posiblemente el acto más trascendente de todo su reinado. Y, como si fuera víctima de una maldición—lo que de hecho él llegó a creer— su sueño de tener un hijo no se cumplía. Su primera esposa, Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel), en los 16 años que vivieron como pareja tuvo varios embarazos pero sólo uno de sus hijos logró sobrevivir a la infancia, una mujer, la futura María I. No es que Enrique fuera particularmente machista, pero en ese tiempo la idea de que las mujeres eran incapaces para gobernar era de dominio público. Entonces, Enrique creía que si dejaba como heredera a una mujer, los nobles del reino se rebelarían y pondrían a cualquier otro hombre en su lugar, otro hombre que NO sería de su familia.

Catalina de Aragon
Catalina de Aragón

Seguro de que Dios lo estaba castigando por haberse casado con la viuda de su hermano, decidió repudiar a su esposa y casarse con una mujer de la que se había enamorado perdidamente: Ana Bolena. Pero, aunque fuera rey, no podía simplemente decirle a Catalina “ya estuvo, me voy con la otra”, tenía que conseguir una anulación por parte del Papa para poderse casar legalmente con Ana y hacer a los hijos que tuviera con ella legítimos y no bastardos. Esto se le complicaba porque las relaciones de su esposa Catalina, al ser hija de los Reyes Católicos y por lo tanto tía de su heredero, el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y I de España, eran demasiado poderosas: el Emperador no iba permitir que el Papa le diera chance a Enrique de repudiar a su tía y declarar a su prima María ilegítima. Así que la vía legal no le funcionó. Harto de esperar una resolución favorable a su causa, decidió que si él era el Rey por derecho divino, ¿por qué diablos tenía que hacer lo que le dijera el Papa? Y, literalmente, se autodesjuntó de la liga católica y se autonombró Jefe de la Iglesia de Inglaterra, acercándose así a la liga de los protestantes que tan de moda estaba en esos tiempos. Básicamente, hizo un verdadero desmadre para salirse con la suya: cambió la religión oficial de su país; se peleó con media Europa; se vio obligado a matar a muchos de sus más cercanos consejeros, fervientes católicos como Tomás Moro, porque se negaron a renegar del Papa y reconocerlo como cabeza de la Iglesia; entre otros pequeños inconvenientes. (Siempre he creído que la historia no le reconoce a Enrique que no haya tomado el camino fácil, muy utilizado en su tiempo, y le haya puesto un poquito de cianuro en el café a Catalina, y tan tan.)

Ana Bolena
Ana Bolena

Finalmente se casó con su segunda esposa, Ana, que ya estaba embarazada. Meses después de la boda, Ana estaba en labor de parto y Enrique tenía listo el festín y los cañones para anunciar el nacimiento de su tan esperado hijo. Resulta que tuvo un bebé sano y completo, con un pequeño problema… era una niña (¡ja!). No me quiero imaginar su decepción: había transformado por completo su país y su vida por ese bebé y nada. Enrique se serenó y pensó que ya vendrían los hombres. Pero aunque Ana tuvo más embarazos, no se lograron. Enrique, la pobre víctima, se convenció de que Dios lo volvía a castigar, esta vez porque Ana era “una bruja, una mala mujer, y una adúltera”. En esta ocasión no se anduvo con rodeos y mejor la mandó decapitar. Días después se casaba con su tercera esposa, Jane Seymour. Jane se embarazó pronto, y poco tiempo después le dio a Enrique el hijo que tanto había soñado, Edward, para luego morir en labor de parto. (Ya a estas alturas de la historia es cuando empezamos a creernos eso de la maldición que aquejaba el pobre Rey).

Enrique no pudo tener más hijos con las tres esposas que siguieron a Jane. Al morir, dejó en su testamento a Eduardo como principal heredero, y, si él moría sin descendencia, le seguirían su hija María y después Isabel, la hija que tuvo con Ana Bolena.

 

eduardo tudor
Rey Eduardo VI de Inglaterra

 

Aquí viene lo bueno. Eduardo se hizo rey cuando tenía 9 años, cumpliendo el deseo de su padre de dejar un heredero varón, pero… se murió a los 16, sin hijos. Parecía que Inglaterra estaba destinada a ser gobernada por una mujer, sí o sí. La cuestión era, ¿cuál mujer? Eduardo era un convencido protestante y no quería que su católica hermana María llegara al trono y echara para atrás todas las reformas que él había impartido en sus cortos años como rey. A nosotros puede parecernos poco relevante toda esta cuestión religiosa, pero en ese tiempo la religión no sólo era un esquema de fe, era una cuestión de Estado. Ser protestante significaba tener completa independencia del Papa y de Roma; misas en el idioma del pueblo (no en latín como las católicas), eliminar las imágenes de las iglesias, y más importante aún, le permitía al pueblo leer los textos religiosos directamente, cosa a la que los católicos se oponían firmemente, alegando que el pueblo no estaba capacitado para entender la palabra de Dios. Por lo tanto, quiso cargarse a María de la sucesión dejando a su prima, Jane Grey, como heredera. Para no hacerles el cuento largo, la jugada le salió mal: su prima acabó sin cabeza y María como la primera reina mujer reconocida en todo su derecho que había tenido Inglaterra.

 

María Tudor
Reina María I de Inglaterra

 

A la Corte no le quedó más que aceptar a una mujer en el trono porque todas las otras posibilidades legítimas, eran mujeres. Ellos pensaban que el problema de la incapacidad de la mujer para gobernar se arreglaría escogiéndole a María un buen esposo. Pero se equivocaron tremendamente al pensar que ella se iba dejar imponer al que ellos quisieran. Para un rey o reina, la cuestión del matrimonio era de suma importancia por dos razones: la primera, es que era una de las más poderosas armas de política internacional, los matrimonios creaban alianzas entre países; la segunda, asegurar la sucesión. María tenía una disyuntiva, fiel a su educación creía que las mujeres debían obediencia a sus esposos, pero ella era una reina, entonces ¿cómo se iba a casar con un inglés, que por obvias razones estaría por debajo de ella, y encima obedecerle? Esa idea simplemente no la convencía.  Sus asesores también creían que las mujeres debían obediencia a sus esposos, entonces ¿cómo iba casarse la Reina de Inglaterra con un extranjero y encima obedecerle? No había salida fácil y la Reina y sus asesores estaban por sacarse los ojos. Pero la cuestión de la boda no podía aplazarse porque María tenía 37 años y una tremenda urgencia por embarazarse. Si no tenía un heredero pronto, al morir, su trono pasaría nuevamente a una protestante, su hermana Isabel.

 

Felipe II
Rey Felipe II de España

 

María terminó por imponer su preferencia y se casó con el futuro rey de España, Felipe II, quien era 10 años menor que ella y mucho más atractivo. Testimonios de la boda dicen que ella parecía su mamá… No creo que el joven y apuesto príncipe haya estado muy contento con su nueva esposa, pero los gustos personales no cabían en ese tipo de decisiones. Este capricho de María terminó costándole muy caro con sus súbditos. No sólo se estaba casando con el rey de otro país, lo que implicaría arrastrar a Inglaterra a guerras y conflictos que no eran suyos (lo que al final sucedió para pérdida de Inglaterra), sino que era un monarca católico, y a la creciente población protestante eso no le gustó. Pero ella estaba firme en su decisión y feliz con su joven esposo con el que se puso manos a la obra para procrear: poco tiempo después de la boda se anunció que estaba embarazada. Empezó a trabajar en los preparativos para recibir al nuevo heredero al trono cuando… soltó un chorro de agua, se desinfló y resultó que nunca estuvo embarazada.

Le costó tiempo volver a embarazarse, porque como decidió casarse con el rey de otro país, éste tenía asuntos que atender en España y se ausentaba por largos periodos de tiempo. Cuando al fin volvió a embarazarse, temerosa de que fuera otro engaño, se esperó hasta el séptimo mes de gestación para anunciarlo y dejarse ver por la corte. Pero como si el destino se ensañara con los Tudor, apenas cumplió los siete meses, anunció su embarazo por todo lo alto para… volver a soltar un chorro de agua. Por supuesto, se volvió loca.

Lo que más le importaba a María de tener un heredero no era precisamente ese sentimiento maternal de procrear, sino la cuestión que tanto había obsesionado a su padre y después a su hermano, la sucesión. María se sentía elegida por Dios para reinstaurar el catolicismo en la cada vez más protestante Inglaterra y si no arrancaba la herejía de raíz temía que la isla estuviera perdida para siempre. Con 42 años, la idea de tener un hijo era cada vez más irrealizable. Así que decidió meterle segunda a su reforma católica, reinstaurando la ley de la herejía.

Seguramente alguna vez han escuchado hablar, o mejor aún, se han tomado, un Bloody Mary. Ese trago con jugo de tomate recibe su nombre de la reina que nos ocupa. En su afán por acabar con el protestantismo, María mandó quemar vivas a más de 300 personas en la hoguera, ganándose el mote de “María la Sanguinaria”. Es curioso pensar que a la única persona que realmente tendría que haber quemado en la hoguera era a su protestante hermana Isabel. De nada le servía ir por la vida quemando gente si cuando ella muriera, la próxima reina no sería católica… Pero en fin, parece que eso no se le ocurrió o simplemente nunca se atrevió.

María I murió sin herederos directos, dejando un país resentido y desangrado por las luchas religiosas, y, de alguna manera, dándole la razón a quienes decían que las mujeres no servían para gobernar. Por suerte para las mujeres, la sustituyó en el trono su hermana Isabel—la hija cuyo nacimiento había sido la decepción más grande para su padre—quien pasó a la historia como uno de los mejores monarcas que ha tenido Inglaterra. Le dio una estabilidad y prosperidad nunca vista al país, pero no un heredero. Isabel quiso evitar los problemas a los que se enfrentó su hermana por la cuestión del matrimonio y decidió, simplemente, no casarse y nombrar como heredero al hijo de su prima, el Rey de Escocia Jacobo I. Para cuando ella murió, el temor más grande su padre se había hecho realidad, la dinastía Tudor, se había acabado.

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5 personajes que cambiaron la historia y seguro no conocías

 

5 Personajes de la HistoriaPor: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

De Einstein, Aristóteles, Da Vinci, Julio César, Hitler, y un larguísimo etcétera hemos leído y escuchado mucho. Si no hubieran nacido, tal vez el mundo no sería como lo conocemos hoy. Personajes que con su paso por la tierra lo han transformado todo hay miles; unos más decisivos e impactantes han logrado trascender a la cultura popular con más fuerza. Pero existen otros muchos que con sus acciones generaron un efecto mariposa igual de determinante. Aquí les presentamos una cortísima lista con sólo cinco de ellos, pero igual de importantes:

Akenaton

1. Faraón Akenatón. (aprox. 1372 – 1336 A.C.)

Hace miles de años—literalmente, por ahí del 1300 A.C.—en Egipto sucedió algo que le dio una tremenda sacudida a toda su población: el nuevo faraón, Akenatón, decidió cambiar la religión oficial del imperio. Del culto politeísta de los dioses Ra, Horus, Osiris y un largo etc. decretó que, de ese momento en adelante, en Egipto sólo se podría adorar a un solo dios, Atón. Imagínense el trauma de la gente que tenía más de mil años adorando a los mismos dioses y de pronto les dicen, “esos son falsos, el verdadero es este, el único, no discutas”. Por supuesto generó revueltas y al final acabaron asesinando al pobre faraón. Pero eso no es lo importante. El culto a Atón como deidad única es el primer registro que se tiene en la historia de la creencia en que existe un solo dios. Y más interesante aún, los historiadores ubican la existencia de Moisés, el libertador del pueblo judío, justo en ese tiempo (!!!). Algunos incluso llegan a asegurar que la religión de Atón fue la chispa que alumbró la religión judía, de la que finalmente se derivan el cristianismo e incluso el islam.

Pablo de Tarso

2. Pablo de Tarso, o mejor dicho, San Pablo. (aprox. 5 – 67 D.C.)

No cabe duda que el nacimiento de Jesucristo cambió la historia. Pero, ¿qué hubiera ocurrido si nadie nos hubiera contado de él? Tal vez su presencia en la tierra hubiera pasado desapercibida, porque ni él, ni sus inmediatos seguidores escribieron una sola palabra. La difusión de su doctrina empezó de boca en boca y los primeros “cristianos” eran considerados solo como una secta dentro del judaísmo. No fue hasta que un judío llamado Pablo de Tarso (aprox. 5- 67 D.C.)—que al principio de su vida adulta le daba por perseguir y encarcelar cristianos—se convirtió en seguidor de Jesús, que el cristianismo empezó a tomar forma como religión independiente. Pablo fue de los primeros en poner en papel los mensajes de Cristo. Además, su incansable acción misionera fuera de la zona de Jerusalén se considera la clave de la expansión de la religión cristiana en el Imperio Romano (y ya todos sabemos cómo acabó eso).

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3. Rodrigo Borgia – Papa Alejandro VI (1431 – 1503)

La historia de este personaje es fascinante y hasta puede causar un poco de morbo. Sobre él y su familia se han escrito mil cosas (seguramente la mayoría mentiras o exageraciones, nunca lo sabremos) que han despertado la imaginación hasta de productores de películas porno. Pero a pesar de lo jugoso que suena todo ello no es lo que lo coloca en esta lista. Cuando Cristóbal Colón descubrió América para los españoles, el mundo entero se paró de pelos y todos querían una parte del pastel. Los más poderosos contendientes eran España y Portugal y nomás no lograban ponerse de acuerdo sobre quién se quedaba con qué. Entonces, como era costumbre en la época, acudieron al papa en turno para que resolviera la disputa. Rodrigo Borgia, o mejor conocido como Alejandro VI, lideró las negociaciones y trazó una línea (posteriormente llamada Línea Alejandrina) a 100 leguas de la isla de Cabo Verde, África. Los portugueses se quedaban con lo que estuviera antes de esa línea, los españoles con lo que quedara más allá de ella. Seguramente, cuando los portugueses vieron TODO lo que había después de la línea, (prácticamente todo el continente americano ex-Brasil) les dio el telele. Pero ya era demasiado tarde. Esta línea determinó el futuro de millones de personas que hoy habitamos este lado del mundo, y es, entre otras cosas, el motivo por el cual unos nacemos para hablar español y otros portugués.

Emmeline Pankhurst

4. La Sufragista Emmeline Pankhurst (1858 – 1928)

Nada más natural para las personas del siglo XXI en Occidente que el que las mujeres puedan votar. Obvio, ¿no? Somos ciudadanos igual que los demás, pagamos impuestos, trabajamos, educamos a futuros votantes, etc. Pero esto no siempre ha sido así. A principios del siglo pasado, en la mayoría de los países, las mujeres no tenían este derecho; de hecho casi ninguno. A medida que han pasado los años hemos ido ganando más, pero ninguno más fundamental que el voto. Gracias a él, los políticos nos toman en cuenta al desarrollar sus propuestas de gobierno. Sin el voto, las mujeres serían invisibles. Aunque desde finales del siglo XIX algunos tipos de mujeres (de la clase alta o con propiedades) podían votar en países como Nueva Zelanda y Finlandia, no fue hasta que se le dio el voto a las mujeres del Reino Unido (1918) que la fiebre sufragista se expandió por todo el mundo occidental. Emmeline Pankhurst fue la líder del movimiento sufragista de Inglaterra. Fue capaz de todo para conseguir su objetivo, desde manifestaciones pacíficas hasta incendios de comercios y establecimientos públicos.

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5. El Espía Atómico Klaus Fuchs (1911 – 1988)

El miedo a la guerra atómica es algo que gobierna las decisiones de política internacional desde que Estados Unidos decidió tirar las primeras bombas en Hiroshima y Nagasaki en 1945. Hoy en día, el nivel de poder o seguridad militar de cualquier país se mide en si tiene o no tiene armas nucleares. Incluso podríamos decir que si no hubo una guerra abierta entre Rusia y Estados Unidos el siglo pasado fue precisamente por el miedo de ambos a ser completamente destruidos por estas armas. Ahora, ¿cómo fue que se coló la fórmula maldita de un país a otro? Por los llamados espías atómicos. Fueron muchos, pero uno de los más importantes fue el físico alemán Klaus Fuchs. Formó parte del Manhattan Project y desde el principio estuvo pasando información a la Unión Soviética sobre los avances de la investigación. Seguramente el mundo no sería el mismo si sólo un país tuviera acceso a esta tecnología. Si fuera mejor o peor, nunca lo sabremos.

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Tener y aparentar: hacia una sociedad totalmente palacio

Imagen Febrero

Por: Andrés Gómez Laborín – @agomezlaborin, en colaboración con Gabriela Gómez  –  @gabrielasgh

Cuando salió la idea de este artículo lo primero que nos preocupó fue como abordar la situación manteniendo un respeto absoluto a la gente que tenemos alrededor. Si estamos hablando del tema es sólo porque es un fenómeno con el que vivimos y en el que participamos. Esto nos preocupa. Estamos viviendo en una época en el que lo que consumes define quién eres y la forma se ha vuelto el fondo. Nos gustaría que al leer esta nota, hagas el ejercicio de introspección y reflexión que nosotros hicimos al escribirlo.

El lujo siempre ha existido. La sociedad siempre ha aspirado a acceder a él. ¿Por qué? No podemos mas que hacer suposiciones. Puede ser que busquemos pertenecer a un grupo que sentimos ajeno o incluso superior, y al vestirnos y actuar como sus miembros sintamos que encajamos. Puede ser que queramos proyectar una imagen perfecta de nosotros mismos para que el resto nos perciba así y nos trate como tal. O puede ser que el hacerlo nos abra la oportunidad de hacer negocios, de vender nuestro estilo de vida o de ser popular, porque por muy cliché y tonto que se escuche, ¡a nadie nos gusta que nos hagan el feo!

I want to be rich and I want lots of money
I don’t care about clever I don’t care about funny
I want loads of clothes and fuckloads of diamonds
I heard people die while they are trying to find them

Preparándonos para escribir, acudimos a nuestros amigos y familiares para que nos confirmaran si ellos también sentían que este era un fenómeno que crecía a un ritmo cada vez mayor, y no nomás todos estaban de acuerdo, sino que lo ejemplificaron con anécdotas que hubiéramos pensado eran inconcebibles. Aquí les van algunas joyas:

  • Una personita, llamémosle Anasofi, aceptó jubilosa la propuesta de matrimonio de su galante novio. Pero había un pequeñísimo problema que no tardó en hacer notar su querida madre, quien siendo pilar de su sociedad vio que los ojos de su hija brillaban más que la piedra en el anillo. Anasofi ni siquiera se había dado cuenta, pero al ver las rocas que portaban sus amiguitas y compararla con la suya, decidió recurrir a la habilidad de su experimentada madre, quien ofreció su sabio consejo: vender el anillo y ella, desinteresadamente, le aportaría los recursos para que adquiriera un anillo que reflejara su estatus. El galante novio siguió siendo galante, pero ya no su novio.
  • Luis Armando quería festejar en grande su cumpleaños ¡¿porqué no?! Si al final de cuentas se lo merecía, y que mejor manera de hacerlo que con un homenaje a Project X, una de las películas de fiesta más exhilarantes que hay. Hasta su apellido indicaba su estatus: Reynoso. REY…. noso. Su papá era la honorable cabeza del Ejecutivo del Estado de Aguascalientes. La noche era perfecta y a la fiesta no le faltó nada: malabaristas con fuego, un espectáculo tipo “Stomp”, un automóvil sumergido en la alberca, y ríos de champaña. ¡Ah! También muchos de sus más cercanos cientos de amigos. Aunque su papi acabó en la cárcel, el video en Youtube le durará a Luis Armando para siempre.

Historias hay para tirar al cielo. Desde el empleado de cafetería que trae el smartphone de último momento y que cuesta varios meses de su sueldo, a comprar la camioneta del año en la que queremos que nos vean llegar.

I’ll take my clothes off and it will be shameless
Cause everyone knows that’s how you get famous
I’ll look at the sun and I’ll look in the mirror
I’m on the right track yeah I’m on to a winner

Platicar con una wedding planner se vuelve una fuente de eterna diversión sólo de escuchar las anécdotas de los novios y sus papás que buscan maneras creativas, no de tener la boda de sus sueños, sino de tener una boda más lujosa y memorable que la de sus amigas.

Sin embargo, lo más preocupante son las pequeñas acciones y pensamientos de todos los días que incorporamos a nuestro inconsciente. Pedir con tus amigos la mejor mesa del antro, para ver a todos y que todos te vean. Irte arreglada al salón de belleza, aunque no conozcas a nadie ahí, porque es exclusivo y quieres demostrar que perteneces. Subir a redes sociales fotos de tu desayuno nutritivo, orgánico y presentado como si fuera a salir en la revista Good Housekeeping. Ir a la exposición de Yayoi Kusama o Anish Kapoor exclusivamente a tomarte una foto con la obra de moda. Todos lo hacemos. La aspiración no distingue entre clase social o género.

I don’t know what’s right and what’s real anymore
I don’t know how I’m meant to feel anymore
When do you think it will all become clear
And I’ll be taken over by the fear

Las redes sociales sólo exacerban el fenómeno. Hay una presión para demostrarle a tus seguidores que eres guapo, simpático, interesante, divertido y cool. Perfecto. Y no sólo eso, pues la interacción tiene que ser constante. El ver más likes en la foto que subimos a Instagram nos da un placer que se esfuma casi de inmediato. Necesitamos más.

Ahora, la foto debe de ser del destino vacacional exótico, del platillo en el restaurante mejor calificado, de la decoración perfecta de tu casa. Antes las mujeres no querían usar el mismo vestido en un evento donde se iban a encontrar a la misma gente que estaba la primera vez que lo usaron; ahora, no lo quieren volver a usar ni en otro evento, ¿adivinan porqué? ¡Porque ya subieron una foto con él a Facebook!

Life’s about film stars and less about mothers
It’s all about fast cars and cussing each other
But it doesn’t matter cause I’m packing plastic
And that’s what makes my life so fuckin’ fantastic

Quizá lo más curioso es que cuando hablamos del tema, todos identificamos a tal persona o tal grupo que cae en ese comportamiento, pero nunca nos ponemos el saco. Nunca reconocemos que buscamos esa aprobación. Siempre tenemos una excusa para justificar nuestro comportamiento: “Es que no es por la marca, ¡me encantó la bolsa!”, “No es porque tengan la suela roja, ¡los zapatos están padrísimos!”, “No es por la hebilla de herradura, pero estos cinturones salen buenísimos.”, “¡Es que los BMW son súper seguros y no se devalúan tanto!”.

La situación se presenta en personas cada vez más jóvenes. Los padres se vuelven cómplices, facilitadores voluntarios o involuntarios, del problema. Los bienintencionados lo harán por darle a sus hijos lo mejor, o porque, tal vez, si su hijo no tiene el nuevo iPhone, o su hija no tiene la bolsa de cierta marca, sus amigos los vean distinto. Los malintencionados tal vez vean a sus hijos como una extensión o reflejo de ellos mismos, entonces, lo que ellos traen puesto y la vida que se puedan dar, es un reflejo de su poder adquisitivo. Otros quizá ni siquiera vean cuál es el problema con ello.

And I am a weapon of massive consumption
And its not my fault it’s how I’m programmed to function
I’ll look at the sun and I’ll look in the mirror
I’m on the right track yeah I’m on to a winner

El aparador de las redes sociales nos muestra sólo lo mejor de las vidas ajenas, y nos lleva a pensar que sus vidas son así siempre, mientras las nuestras no son más que una sucesión de días iguales en la escuela u oficina. Esto nos provoca una insatisfacción natural y constante y aunque es generalizada, o la vives en soledad o eres un acomplejado. La felicidad de Anasofi por comprometerse fue opacada por la presión de vivir en una sociedad que considera que el anillo de compromiso es pequeño. Nos hemos autoimpuesto un conjunto de reglas que se vuelven imposibles de cumplir, pero dejaríamos todo en la cancha tratando de hacerlo.

La necesidad que sentimos como sociedad por demostrar que tenemos todo, o aparentar que lo tenemos, es un círculo vicioso que se amplía cada vez más. Estemos agradecidos de tener lo que tenemos, sin caer en conformismo. Dejemos de sentirnos merecedores de las cosas. Compartamos nuestras alegrías porque queremos compartirlas y no porque nos validan como parte de algo. Dejemos de juzgar al que no cumple con ciertos estándares que se esperarían de él. Busquemos nuestra felicidad en nuestro desarrollo como estudiantes, profesionistas, hijos, hermanos, amigos. Si tus amistades no te permiten ser tú, y te provocan más inseguridades que alegrías o soporte, ¡mándalos a la fregada! Te sorprendería lo que puede mejorar tu vida cuando te rodeas de gente que te aporta.

I don’t know what’s right and what’s real anymore
I don’t know how I’m meant to feel anymore
When do you think it will all become clear
And I’ll be taken over by the fear

*Las estrofas insertadas en el texto corresponden a la canción The Fear, de la artista Lily Allen.

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Lo Extraño

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Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

Definitivamente lo extraño.

Sabía que lo iba extrañar desde el momento en que pensé en dejarlo. ¿Y cómo no? Si todo en nuestra relación era perfecto, salvo algunas veces, que me hacía sentir mal, aunque siempre fuera por mi culpa; yo abusaba de él.

En cada momento preciado de mi vida estábamos juntos: un buen café, una buena plática, una buen final. No había momento de emoción o histeria que no sintiera que tenía que compartir con él. Nunca me abandonaba. Sólo tenía que caminar unos pasos para encontrarlo, siempre a mi disposición.

Al principio estaba con él sólo unas cuantas veces a la semana, después una vez al día, al final no podía dejarlo. En aquél tiempo todo era fácil, nadie se oponía a nuestra relación. Podíamos estar juntos en todos lados, sin que nadie nos molestara.

Con el tiempo decidieron que no era bueno para mí. Dejaron de permitirme estar con él. Tuve que esconderme. Dejé de salir, si no podía estar con él afuera, me quedaría adentro. Al principio valió la pena el encierro, pero eso no podía durar para siempre. Comencé a salir sin él. Era un martirio, nada tenía sentido si no estaba conmigo. Pensé que me acostumbraría, que podría vivir sin verlo todo el tiempo. Lo intenté, pero lo necesitaba demasiado. Esa relación intermitente que estaba siendo obligada a llevar me estaba amargando.

Pensé en rebelarme, en decirles que no importaba que me hiciera daño, yo lo quería a pesar de eso y más. Nadie me escuchó. Ellos ya lo habían decidido y su palabra era la ley.

Tuve que tomar una decisión: si no podía estar con él todo el tiempo que yo quisiera y en cualquier lugar donde lo quisiera, entonces no iba estar con él en lo absoluto. Sabía que no podría vivir con pequeñas dosis de su compañía, tendría que ser todo o nada. Y, dadas las circunstancias, tuve que decirme por nada.

Es una de las decisiones más difíciles que he tomado en mi vida; precisamente porque implicaba cambiarla radicalmente. Pero ya no podía seguir sufriendo así.

Pensé que sería mejor un intenso sufrimiento seguido de una grata nostalgia, que intervalos de dolor interminables.

Tuve razón, estoy mejor ahora. Los primeros meses era tanto lo que lo extrañaba que el vacío que dejó me llevó a los límites de la ansiedad. No sabía como llenarlo, comía, bebía, hablaba pero nada lograba quitarme su sabor de la boca. Lloraba sin razón y se me iba el aire constantemente. Al parecer mis pulmones no sabían respirar sin él. Después, ellos también se acostumbraron.

Con el tiempo volví a respirar, a salir, a divertirme. Empezaron a existir los momentos en los que, increíblemente, no pensaba en él. Creí que ese día nunca llegaría, pero lo hizo.

Lo sigo recordando, especialmente cuando estoy sola. Lo sigo extrañando, creo que lo extrañaré siempre. Representa un enorme y muy importante capítulo de mi vida que fui obligada a cerrar por no poder ser moderada en mis sentimientos y necesidades.

Hoy considero que dejarlo ha sido uno de mis más grandes logros, aunque eso no evita que cada vez que percibo su olor en la calle lo aspire profundamente recordando aquella relación que irónicamente ha sido la más sana y estable de mi vida.

Al tabaco, 11 de diciembre de 2008. Meses después de la entrada en vigor de la Ley Antitabaco. La autora duró dos años sin fumar. Lamentablemente, a la fecha de publicación de esta “carta”, sigue fumando. A no poder hacerlo en todos lados… También se acostumbró.

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Crónica de una Enfermedad Anunciada

 

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Google Images. La obesidad no siempre implica usar tallas grandes, puedes parecer esbelto y tener obesidad severa.

Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

La salud es como la suerte. Lo deseamos con palabras, para nosotros y para los demás, sin otorgarle mucho significado. Ambas palabras cobran sentido hasta que carecemos de ellas. Piénsalo un poco, si no padeces o has padecido una enfermedad seria, ¿qué deseo pedirías en este momento? Seguro te pasan por la cabeza mil cosas que te gustaría tener o lograr, pero siendo honestos, difícilmente entre tus tres mágicos deseos escogerías salud. El motivo de esto es que la creemos segura, preocuparse por ella es cosa de viejos, de moribundos o de otros.

Por muchos años tuvo dos dimensiones para mí. La primera y con la que me identificaba, era la que incluía únicamente situaciones transitorias y sacrificios mínimos, como una gripa que te estorba y que te curas con un par de Antiflu, una diarrea que cortas con Pepto Bismol o en el peor de los casos una bronquitis que te incapacita un par de días. Nunca pensaba en mi salud o en cuidarme más allá de echarme unos Redoxones cuando empezaba a moquear. Las comidas diarias era únicamente una fuente de placer, y ya cuando sentía que me apretaban los pantalones y se me inflaban los cachetes se convertían en el sacrificio e instrumento para bajar unos kilos, verme bien y quitarme la frustración que sentía cada vez que iba a una tienda de ropa. ¿Qué me puede pasar si me como media pizza o me tomo 6 chelas o unas cuantas Cubas el fin de semana? Qué tanto es tantito… ¡soy joven! ¡Una cruda más! Ya habrá tiempo de ponerme a dieta, de hacer ejercicio, de dejar de fumar.

La segunda dimensión era la que afectaba sólo a los otros, a los que tenían mala suerte: cáncer, diabetes, esclerosis, etc. Esas enfermedades sólo le podían pasar a ellos, no a mí.

Como muchas personas, crecí concibiendo a las enfermedades como un abstracto lejano de mi realidad. Algo que no tenía que detenerme a pensar sino hasta dentro de mucho tiempo. Fiel al sentimiento de invencibilidad que da ser joven le di vuelo a la hilacha por años, llevando mi cuerpo al límite sin ninguna consideración. Teniendo como únicas prioridades el éxito académico y profesional y no menos importante, la diversión: crueles desveladas estudiando o trabajando, comiendo lo primero que se me ponía enfrente, liberando estrés fumada tras fumada y, los fines de semana, borracheras hasta las cuatro de la mañana para después empacarme unos chilaquiles o una pizza al día siguiente, porque, ¿a quién no le da hambre en la cruda?

Me atrevo a afirmar que lo que describo es un estilo de vida que comparten varios mexicanos, jóvenes y no tan jóvenes. Por consiguiente, nunca sentí que yo fuera un caso especial en el uso que le daba a mi cuerpo. Jamás me pasó por la cabeza que yo fuera más abusiva con él que otros, que yo estuviera caminando al precipicio más rápido que los demás.

Los síntomas de que algo andaba mal empezaron un par de años antes del diagnóstico. Dado mi estilo de vida, eran difíciles de reconocer. Tenía un trabajo muy demandante, sobre todo en tiempo. Recuerdo como el primer año y medio que estuve ahí fui feliz. Aprendía mucho y rápido y a pesar de que los proyectos me dejaban exhausta, no necesitaba más de un par de días tranquilos para sentir que ya estaba lista para ser asignada a uno nuevo. Con el paso de los meses empecé a sentir el deterioro, ese par de días se convirtieron primero en una semana, después simplemente no me recuperaba. La frase “estoy cansada” era una constante en mis días. No podía despertarme en las mañanas, y lo que era peor, sentía que la cabeza ya no me funcionaba igual. Ya no aprendía rápido y lo que antes hacía en unas horas, me estaba tomando el doble. Me distraía fácilmente, se me olvidaban las cosas y todo eso me provocaba muchísima ansiedad… Terminé por renunciar, segura de que un cambio de vida me haría sentir mejor.

Conseguí un trabajo menos estresante y con horario flexible. Empecé a hacer ejercicio y a comer mejor, según yo. Un año después, los síntomas seguían ahí, sólo que al antiguo malestar se había añadido la irritabilidad y arranques compulsivos por comer, especialmente cosas dulces, que si has sido tragón como yo toda tu vida, nunca se te ocurre que tengan una explicación. Y el ejercicio, que supuestamente te da energía, me dejaba mucho más cansada que antes. Me autodiagnostiqué con depresión. Todo encajaba, sólo quería dormir, seguía agotada, no avanzaba en mi trabajo, me sentía triste. Y tenía motivos, toda la ambición que me caracterizaba estaba paralizada dentro de una cabeza que no daba para más.

Por supuesto no tenía la costumbre de hacerme estudios médicos integrales, eso era para los otros, no para mí. Pero harta de sentirme un fracaso, busqué en la falta de vitaminas el motivo de mi baja productividad. Así me hice los primeros análisis en años. Recuerdo pensar, si me sale que no tengo nada, me muero, ¿cómo me voy a explicar entonces que no sirvo para nada? Claro que esperaba que me dijeran: estás baja de hierro, tómate estas vitaminas y listo o tienes depresión, tómate este Prozac y listo. La realidad fue muy diferente, me golpeó con tanta fuerza que no lo pude procesar, de hecho todavía lo pienso y digo ¿neta?. Mi diagnóstico fue diabetes tipo 2 y a menos que sucediera un milagro médico en los próximos años, iba ser mi constante compañera por el resto de mi vida.

¿Pero cómo? Si no estoy obesa. ¿Pero cómo? Si nadie en mi familia es diabético. ¿Pero cómo? Si no soy mayor de 40, apenas tengo 28 años. Tiene que haber un error.

No podía creer que mi cuerpo me hubiera traicionado de esa manera, éramos un equipo. Hacíamos todo juntos, lográbamos nuestras metas, nos divertíamos, cómo era posible que me abandonara así a la mitad del camino. Pero los números no mentían y de pronto no podía ver nada a mi alrededor que no fuera: diabetes, diabetes, diabetes.

Me gustaría aclarar que no escribo este testimonio como alguien que se ha elevado por encima de su situación, lo escribo como una persona que oscila constantemente entre la furia y la resignación y que piensa que tal vez ayudando a otras personas a manejarlo o prevenirlo puede encontrarle un sentido a su propio calvario. Suena dramático, pero que te guste la fiesta y no poder tomar; que te gusten las papas con salsa, la pizza, los chocolates, o cualquier cosa que tenga o se convierta en azúcar (lo cual he descubierto, es casi todo) y no poderlas comer; que cada evento social se convierta en una frustración por los límites que te tienes que poner, es un calvario… hasta que te acostumbras y le aprendes algo.

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Imagen: STEPHENS/CUARTOSCURO.COM. Mujeres en la Ciudad de México

Lo primero que aprendí es que las personas tendemos a relacionar la salud con la muerte y el cuidarse con la vanidad. El “enfermo” es el que puede morir pronto; y el que cuida lo que come, va al gimnasio y no se desvela, es el que quiere verse bien. Vivimos en un país donde el setenta porciento de los adultos son obesos (¡SE-TEN-TA!). Lo que implica que si salimos a la calle y queremos señalar algo usando a una persona como punto de referencia, “al lado del gordito” no te serviría de nada. Esto nos deja, a primera vista, un diagnóstico de país sin vanidad o en otro caso, con un concepto distinto de la misma, donde ser esbelto no entra precisamente en los preceptos. Por sí mismo, esto no es un problema, porque qué bonito es que la gente se acepte como es ¿no? La cuestión es que la cosa no se acaba aquí. Ser obeso no es sólo una cuestión de estética, de hecho, uno puede ser talla 4 y tener obesidad, (como es mi caso, snif, snif). Por ponerlo en palabras simples, la obesidad es una carga adicional al cuerpo, cuya principal implicación es que el pobrecito tiene que realizar sus funciones diarias con un par de costales de más. Esto lo va debilitando, lo deja mareado, confundido. Ya no puede distinguir una cosa de otra, se siente perdido. Se muere de sed. Entonces le damos una Coca-Cola, le gusta, pero no lo hidrata. Pero el pobre ya no distingue. Nuestra cabeza lo sigue arrastrando, despertando cada mañana, pero el ya no quiere, ya no puede más. El agotamiento lo gobierna y acaba por tirar la toalla. La mayoría de las personas reparan en esta situación cuando les cae un diagnóstico desafortunado o pero aún, le dejan la realización del problema a su familia cuando el doctor les dice que el infarto fue fulminante. Suena rudo, pero así es.

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Google Images. Ejemplo de cómo se ve el abdomen de un “Skinny-Fat”.

El asunto aquí, es que aunque no parezca, perdemos más en el camino que en el posible fatídico final. Todos tenemos proyectos, ilusiones y obligaciones. Difícilmente podemos darnos el lujo de dormir todo el día o de simplemente no hacer nada, y me atrevería a decir que casi nadie elegiría esa vida aunque estuviera en sus posibilidades. Aún así somos muchísimos los que estamos perpetuamente cansados, los que dormimos mal, los que terminamos por sentirnos deprimidos porque no logramos nuestras metas o porque no podemos luchar contra la desidia. Nos culpamos, nos hacemos reproches, dormimos todo el fin de semana, nos prometemos que todo va cambiar, que tendremos más disciplina o más fuerza de voluntad. Le echamos la culpa de todo a nuestra cabeza, y de alguna forma, sí la tiene, pero no como creeríamos. La carga extra que le ponemos a nuestro cuerpo simplemente al pedirle que trabaje con la gasolina incorrecta tiene su primera consecuencia en nuestro rendimiento, físico y mental. O sea que podríamos decir que estamos tirando todos nuestros sueños a la basura a cambio de pan y tortillas.

Yo soy una de las personas que tuvo la mala suerte de entender a su cuerpo después de un desafortunado diagnóstico. Las señales siempre estuvieron ahí, pero me fue más cómodo achacárselas al tráfico, a las horas de trabajo, a la edad, o al estrés. Entendí a la mala que no ser saludable no es morirse, sino vivir mal, y que comer bien e ir al gimnasio no es para los guapos, sino para los productivos. Tengo 30 años y ya vivo con diabetes, pero por primera vez en años no me siento cansada, ni distraída, ni triste. Los sacrificios que yo tengo que hacer para sentirme bien son muchísimos, porque llevé mi cuerpo al límite. Pero no tiene porque ser así para todos, si detenemos la carreta antes de que aviente.

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¿Fracasamos los Latinoamericanos?

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Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

A finales de los 80, en Estados Unidos, se reunieron los poderes económicos de Occidente para definir las políticas económicas que, según ellos, sacarían a Latinoamérica de las series de crisis que habían estado sucediendo en la región. A estas políticas se les agrupó bajo el sobrenombre de “Consenso de Washington”. Viniendo de nuestros amigos del norte y de sus compadres europeos, parte esencial estas fórmulas eran la reducción de la intervención del Estado en los asuntos económicos, la apertura de las fronteras comerciales, estabilidad macroeconómica, entre otras. La idea era simple: o los gobiernos latinos aplicaban estas directrices o se olvidaban de recibir cualquier apoyo del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial.

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Sin entrar en mayores detalles, a finales de los 90 el resultado de las políticas ya era palpable: en algunos países se logró un crecimiento relevante, en otros cuantos se consiguió, aunque momentáneamente, estabilidad macroeconómica y la implementación de políticas fiscales más eficientes. Lamentablemente, el saldo generalizado no tendría nada que ver con ninguno de los anteriores, la consecuencia más palpable de las reformas fue el aumento en la desigualdad y en la pobreza. Por consiguiente, a ojos de la sociedad civil, el Consenso de Washington había fracasado y su producto final fue la creación de un nuevo “enemigo público”: el Neoliberalismo y junto a él, la intervención de organismos internacionales en las decisiones de política económica.

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La explicación de este fracaso es complicada. Dependiendo del analista económico consultado se arrojan diversas conclusiones. El único consenso está en la falla de no pensar las fórmulas tomando en cuenta la situación específica de cada país. De igual forma, para Latinoamérica las explicaciones llegan tarde. Este fracaso abrió y pavimentó el camino para el surgimiento de una nueva ideología que en la década de los 2000 iba arrasar con la región: la llamada “Neoizquierda Latinoamericana”.

La vena “izquierdosa” de Latinoamérica tiene sus raíces más fuertes en la segunda mitad del siglo pasado. En aquella ocasión, la amenaza de la Guerra Fría no permitió que estas propuestas tuvieran éxito. Salvo casos específicos como el de los revolucionarios de Fidel Castro en Cuba y los Sandinistas en Nicaragua, los intentos por instaurar gobiernos de izquierda fueron sofocados por golpes de estado, impulsados por el largo brazo estadounidense y mantenidos por medio de represión, persecuciones, asesinatos, censura, desapariciones forzadas, y de todas las posibles violaciones a los derechos humanos.

Con el fin de la Guerra Fría y el muy publicitado fracaso del comunismo vino un respiro para los Estados Unidos, y por consiguiente para las ideologías divergentes al sur del Río Bravo; a Latinoamérica le llegaba la hora de la democracia, de la libertad de expresión y, sobre todo, de la lucha por la “justicia social”.

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Los partidos de izquierda se encontraron por primera vez en muchos años en un ambiente político libre, donde pudieron desarrollar su corriente ideológica y publicitarla sin miedo a que la “mano invisible” viniera a frenarla poniéndolos en una mazmorra. Hicieron de su bandera la justicia social, el rechazo al Consenso de Washington y por consiguiente a esos grandes enemigos del pueblo que eran el Neoliberalismo, la globalización y la intervención norteamericana.

Comenzando con la elección de Hugo Chávez como Presidente de Venezuela en 1999, los procesos democráticos de otros países del Cono Sur no tardaron en mostrar sus colores y en 2003 tomaron la presidencia Néstor Kirchner en Argentina y Lula da Silva en Brasil; en 2005, Tabaré Vázquez en Uruguay; en 2006, Michelle Bachelet en Chile y Evo Morales en Bolivia; en 2007, Rafael Correa en Ecuador.

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Se podría decir que por primera vez en la historia de la mayoría de estos países, el pueblo tenía al gobierno que había elegido. Y, como si la divina providencia quisiera compensarlos por años de fracasos, represión y abusos de poder, los gobiernos de la Nueva Izquierda se encontraron con un panorama de bonanza sin precedentes. Los precios del petróleo y de las materias primas que estos países exportaban estaban por los cielos y la cajita registradora no dejaba de sonar. Los gobiernos de la Izquierda usaron una buena parte de estos ingresos para destinarlos a programas de apoyo social, que momentáneamente brindaron un impulso económico a la sociedad y cierto saneamiento de la pobreza. Este aparente éxito de los programas en unos países se hicieron saber a otros lados de las fronteras y todos querían formar parte de ellos. La percepción: los gobiernos de la Izquierda cumplen y la justicia social está a la vuelta de la esquina.

Pero pareciera que el destino se ensaña en contra de los latinos. En los inicios de la década de 2010, estas materias primas que estaban dando de comer en abundancia perdieron su valor y en las economías de los estados latinoamericanos empezaron los problemas. Dejó de alcanzar el dinero para sostener todos los programas de asistencia social y la sociedad, que como es costumbre espera siempre recibir, empezó a inquietarse. Resultado: el panorama ideológico que empieza a permear en Latinoamérica en esta década es “parece que los gobiernos de izquierda no funcionan tan bien”.

A este análisis superficial de la situación habría que agregarle detalles de lo que sucede en cada nación. No es lo mismo el resultado de la administración “Kirchnerista” que el de la “Chavista”, o en su caso, la “Madurista” (que al parecer ya es la única que crea consenso en un trágico “¡No más, por favor!”) y definitivamente no podemos comparar ninguno de los dos anteriores con el panorama que se percibe en Chile. Lo que sí es un hecho es que la pagana de las crisis de la década es la “Izquierda”. Editorialistas de todo el mundo escriben con titulares que, palabras más, palabras menos dicen “Fracasó la Izquierda en Latinoamérica” y los ciudadanos poco a poco empiezan a mirar con ilusión hacia el otro espectro ideológico.

La cuestión es, ¿es justo culpar a la izquierda? En los 90 culpábamos a los gobiernos que impulsaban ideologías de derecha económica, a la intervención de Estados Unidos, a los tratados de libre comercio. En Venezuela se culpa a la izquierda chavista, en Argentina al Peronismo de los Kirchner, en Brasil a la izquierda chueca de Lula y de Dilma, y, viniéndonos más al norte, al centro-quien-sabe-qué, del PRI. Entonces, en 2016: fracasó la derecha, fracasó la izquierda, ¿no será más bien que hemos fracasado los latinoamericanos?

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Game of Thrones: La Rebelión de Robert

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Rhaegar Targaryen

Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH
Ilustraciones de Elia Fernández

En el año 281 de la era Targaryen en Westeros, Lord Whent, señor de Harrenhall[1], convocó a un torneo en honor del cumpleaños de su hija. La justa, quedaría impregnada en las mentes de los habitantes de Westeros por muchos años por venir. No sólo porque los mejores y más nobles caballeros de la época acudieron a demostrar su habilidad como guerreros, sino porque el desenlace de la competencia cambiaría las vidas y el futuro de todos los presentes.

Desde antes de su inicio, se rumoraban varias cosas sobre los motivos reales del torneo; al parecer, los premios ofrecidos sobrepasaban por mucho los recursos del organizador, Lord Whent. Y, según las malas lenguas, el patrocinador no-oficial era el príncipe heredero, Rhaegar Targaryen, que organizaba el certamen como excusa para reunirse con todos los Lores de la tierra y convencerlos de votar la abdicación forzada de su padre, el Rey Aerys Targaryen.

Desde hace varios años el príncipe y su padre habían dejado de entenderse. Aerys se había vuelto increíblemente paranoico, viendo enemigos y conspiradores por doquier. Esta paranoia lo había llevado a cometer actos injustos y violentos que no iban con la visión de Rhaegar de un gobernante. Además, en un tono más personal, Rhaegar estaba enfurecido por el trato que el rey le daba a su madre, la Reina Rhaella, a la cual tenía encerrada desde hace varios años, y a sus hijos, fruto del matrimonio del “Dragon Prince” con Elia Martell, princesa de Dorne. Los Targaryen, que se creían seres casi sobrenaturales, solían tener la curiosa costumbre de casarse entre ellos para preservar la pureza de la sangre. Pequeño problema. Cuando Rhaegar tenía edad de casar, ya no había mujeres Targaryen con quien juntarlo. Su hermana Daenerys no nacería hasta años después. Así que tuvieron que recurrir a otra sangre. Cersei Lannister fue propuesta como candidata, pero en un grave error de juicio—mientras puedas, NUNCA le digas que no a Tywin Lannister, seguramente lo pagarás—Aerys decidió rechazar la oferta de Tywin y casar a su hijo con Elia. Cuenta una anécdota que cuando nació la primera hija del matrimonio, la princesa Rhaenys, el rey se rehusó a tocarla y simplemente exclamó con desprecio “huele a dornish”. Esto no debió de caerle en gracia al guapo príncipe.

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Matrimonio de Rhaegar Targaryen y Elia Martell

Si la intención de Rhaegar con el torneo era deshacerse de su papá nunca lo sabremos. A éste le advirtieron que algo andaba mal y al final decidió presentarse en las batallas. De todos modos su reino no duraría mucho más, justamente por culpa de su hijo, aunque no porque él lo haya planeado así.

Rhaegar era uno de los príncipes más queridos que ha tenido Westeros. Era hermoso, varonil, justo, sensible, componía música, era un maestro con la espada y quién sabe cuántas cosas más. Incluso después de su muerte, cuando cualquiera de los hombres que lo habían conocido hablaban de él, no podían más que elogiarlo.

Los torneos de la época duraban varios días, por las mañanas eran los combates y por las noches se organizaban cenas donde convivían todos los nobles, sus esposas y sus hijas. Debió haber sido un espectáculo asombroso. Recuerden que esos nobles normalmente vivían en sus distintos castillos repartidos por todo Westeros. Los torneos eran una gran oportunidad para conocerse entre ellos y promover los matrimonios y alianzas de sus respectivos hijos.

Como era de esperarse, los miembros de la casa Stark estaban presentes, Lord Stark y sus hijos: Brandon, Eddard “Ned”, Benjen y… Lyanna.

Lyanna Stark
Lyanna Stark

Según los relatos, Lyanna era una chica especial. Guapa, pero no delicada como las demás nobles. Era bastante cojonuda, de armas tomar, con un carácter impulsivo y de las mejores jinetes de su tiempo. Quienes la conocieron, y conocen a Arya, dicen que son muy parecidas, especialmente en la personalidad. A Lyanna no le estaban buscando marido. Robert Baratheon, de Storm’s End, y jefe de una de las familias más importantes de Westeros (estaban emparentados con los Targaryen) era muy amigo de Ned desde joven y estaba enamorado de ella desde que la conoció. Había pedido su mano y se la habían concedido, según sus propias palabras, nunca había sido tan feliz.

No sabemos exactamente qué opinaba Lyanna de esta boda. Lo que sí sabemos es que Robert tenía fama de mujeriego empedernido y que ella tenía serias dudas de que fuera capaz de ser fiel. Además, Robert no era muy refinado, sino medio tosco y bruto. Cuenta una anécdota que, en una de las cenas del torneo, Rhaegar Targaryen tocó música y cantó para todos los presentes. Lyanna estaba tan conmovida que lloró. Brandon se burló ella, y muy al estilo—te-metes-conmigo-y-la-pagas—Lyanna se levantó de la mesa y le vació un vaso de vino en la cabeza a su hermano. Mientras tanto, Robert andaba por ahí compitiendo con otro caballero a ver quién podía tomar más alcohol, obviamente, ganó Robert.

El torneo resultó ser todo un espectáculo, Rhaegar se colocó como el campeón indiscutible y las multitudes no dejaban de vitorear a su príncipe—imagínense, canta, toca, es guapo y encima gana torneos… ¿dónde me apunto?

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Elia Martell

Aquí es donde se pone bueno. El torneo tenía una cursilería, el campeón tenía el derecho de escoger a una de las damas presentes como “la reina del amor y la belleza” y entregarle una corona de rosas azules para designarla. La elección era obvia, su esposa Elia, ¿no? Pues no, al príncipe se le ocurre la gran idea pasar de largo a su mujer y poner la corona de flores en las piernas de nada más y nada menos que Lyanna Stark. No se pudo esperar a llevarle una florecita en la noche, o mandarle un beso a escondidas, lo tuvo que hacer enfrente de toooodos los presentes. Humillando a su esposa y a los Martell y dejando en shock al resto de los presentes.

Ser Barristan Selmy, el último caballero en ser derrotado por Rhaegar, en una reflexión que hace en la serie, dice que se siente culpable de todo lo que pasó después. Según él, si hubiera vencido a Rhaegar, él nunca hubiera entregado esa corona de rosas y no se hubieran desatado luego todos los demonios de Lucifer. La verdad es que la corona de rosas extraviada de dama no fue el acabose, sino que la cosa no se quedó ahí. Cierto tiempo después, no sabemos cuánto, Lyanna Stark desapareció.

Según los rumores, Rhaegar Targaryen la había raptado, para luego violarla y quién sabe qué más. Los Stark y Robert Baratheon, obviamente, se ponen histéricos, pero primero intentan la vía de la diplomacia. Lord Stark y Brandon, el mayor, van a hablar con el Rey Aerys a pedirle que ponga en orden a su hijo y que les regrese a Lyanna. El “Rey Loco”, haciéndole honor a su nombre, decide que es mejor idea quemarlos vivos y tan tan. Esta acción resulta ser relativamente afortunada para nosotros los espectadores, porque gracias a que Brandon muere, Catelyn que era su prometida, pasa a ser la esposa de Ned y por tanto aparecen todos esos retoños Stark con los que tanto nos hemos encariñado.

Después de que la vía de la diplomacia fracasara, la cosa se calienta y se convierte en rebelión abierta, pasando a la historia como “la Rebelión de Robert”. Los Baratheon, los Stark, los Tully y los Arryn toman las armas. Las primeras batallas se libraron en sus respectivas tierras, ya que no todos los “bannermen” de las diferentes casas estaban de acuerdo con hacerle la guerra al rey. Posteriormente, los rebeldes fueron ganando batallas, algunas arrolladoramente, otras medio dudosas, pero esto fue suficiente para que el Rey Aerys viera la rebelión con más seriedad. Cambió de “Hand” una y otra vez, culpándolos por los avances de los rebeldes. Luego, volviendo a hacer honor a su mote, llamó en secreto a sus “pyromancers” y les ordenó que pusieran fuentes de “wildfire” por toda la ciudad, incluido el castillo o “Red Keep”. Su último “Hand” descubrió las intenciones del Rey y trató de convencerlo de que quemar a todo el mundo tal vez no era la mejor idea, el Rey como respuesta decidió quemarlo vivo.

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Las huestes de Robert Baratheon: Tully, Stark, Baratheon, Arryn.

Mientras el infierno se soltaba en Westeros, el príncipe Rhaegar estaba en quién sabe dónde (después supimos que quién sabe dónde era “the Tower of Joy”) con Lyanna. Ser Barristan fue enviado por el Rey para traerlo de regreso y que se pusiera las pilas con el desmadre que había armado. El primer consejo de Rhaegar a su padre fue pedirle ayuda a Tywin Lannister, que se había retirado a Casterly Rock – furioso por la negativa del rey hace unos años de casar a su hija con el príncipe y después porque lo dejó sin heredero al convertir a Jaime en miembro del “Kingsguard”. La respuesta de Tywin fue… nada.

A Rhaegar no le quedó de otra más que enfrentar al prometido de su raptada en una batalla decisiva, la Batalla del Tridente. Tanto Robert como Rhaegar eran guerreros excepcionales, pero se esperaba que el vencedor fuera el príncipe. Por alguna razón, me da un poco de pesar narrarles, aunque si ven la serie ya lo saben, que no fue así. Robert mató al gran Rhaegar Targaryen de un golpe en el pecho. Su armadura quedó destruida y la moral de su ejército también. Las huestes realistas huyeron, dejando clara la victoria para los rebeldes. Fue aquí cuando Robert se dio cuenta que recuperar a Lyanna no sería el final de la guerra, que el trono de hierro estaba al alcance de su mano y proclamó sus intenciones de tomarlo.

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Robert Baratheon pelea contra Rhaegar Targaryen en la batalla del Tridente

La reina Rhaella, que estaba embarazada en el momento, y su pequeño hijo Viserys fueron enviados inmediatamente a Dragon Stone, para ponerlos a salvo en caso de que las huestes rebeldes llegaran hasta King’s Landing.

Después de la victoria de los rebeldes en el Tridente, muchas de las casas que habían permanecido neutrales o que eran realistas, convenientemente, cambiaron de bando. La más importante de ellas, los Lannister. Lord Tywin salió de su encierro en Casterly Rock y se presentó a las puertas de King’s Landing, declarando lealtad al rey. El Rey, por consejo del Gran Maestre Pycelle[2] y contra de las advertencias de Lord Varys, abre las puertas de la ciudad. Los Lannister inmediatamente muestran sus reales intenciones y empiezan a saquear King’s Landing en nombre de Robert.

El Rey, ya más loco que una cabra, y dándose cuenta de que todo estaba perdido, le dice a su pyromancer:

“Los traidores quieren mi ciudad, pero no les daré más que cenizas. Que Robert sea rey de huesos calcinados y carne quemada.”

Jaime Lannister estaba presente y escuchó estas palabras. El Rey le ordenó que asesinara a su padre. Jaime, que para entonces era un chavillo de 16 – 17 años, toma la espada y mata al pyromancer antes de dejarlo salir a incendiar las fuentes de wildfire. Después voltea su arma contra el rey y se la clava por la espalda, ganándose con este acto el apodo de por vida de “Kingslayer”. Se sienta en el trono y Eddard Stark entra en la sala.

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Jaime Lannister mata al Rey Aerys Targaryen

Mientras tanto, los hombres de Tywin, decididos a mostrarle su alianza a Robert, buscan al resto de la familia real para asesinarla. Ser Gregor Clegane, “la Montaña”, encuentra a la esposa del príncipe con su hijo menor, el príncipe Aegon. Lo toma por las piernas y enfrente de su madre, le azota la cabeza contra una pared, destruyéndole el cráneo. Después la mata a ella, pero antes, para remarcar su crueldad, la viola mientras los sesos de su hijo siguen manchando su cuerpo. La princesa Rhaenys, también una niña, murió acuchillada.

Tywin le presenta los cuerpos a Robert como símbolo de su lealtad. Robert se lo agradece, pero Ned se infarta, calificándolo de un vil asesinato. Los amigos discuten y Ned se va de King’s Landing.

Robert ya había ganado la guerra, pero aún no había recuperado a su amorcito. Su paradero se desconocía, hasta que llegó a oídos de Ned que los mejores miembros de lo que quedaba del Kingsguard de Aerys estaban cuidando la “Tower of Joy” en Dorne. Le pareció sospechoso que estos grandes guerreros, en vez de haber sido enviados a pelear la guerra, donde hubieran sido más que necesarios, anduvieran por el sur cuidando una torre. Se dirigió de inmediato para allá con varios hombres. Sólo regresaron dos o bueno dos y medio.

Después de luchar y matar a los guardianes, Ned encontró en la torre lo que esperaba, a su hermana. Un año de guerras y batallas, la pérdida de su padre y su hermano mayor, la pelea con su mejor amigo, lo habían llevado hasta ahí. Pero el encuentro no fue uno feliz. Lyanna estaba en su lecho de muerte. La descubrió tumbada en una cama, rodeada de sangre, con un miedo terrible en sus ojos. Sus últimas palabras conocidas fueron: “prométemelo Ned”.

Robert consiguió su trono, pero no a su mujer. El dolor que le causó esta pérdida nunca lo puedo superar:

“No puedo siquiera recordar su cara. Lo único que sé es que ella era lo único que de verdad he querido. Alguien me la quitó, y siete reinos no pudieron llenar el vacío que me dejó”. Robert a Cersei.

[1] ¿Recuerdan cuando Arya era sirviente de Tywin Lannister? Bueno, todas estas escenas son precisamente en Harrenhall.

[2] El viejillo rabo verde que hasta hace poco todavía formaba parte del “Small Council”.

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