Occidente y el Resto del Mundo

 

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Por: Andrés Hernández (@andreshf5)

Un británico que apenas terminó preparatoria y está trabajando en Shanghái de mesero es un expatriado. Un mexicano que estudió en Stanford y trabaja en Google es un inmigrante.  Desde hace unos años me había irritado esta distinción entre inmigrantes y expatriados, donde el segundo término es reservado para personas occidentales, sin importar el tipo de trabajo que realicen. Por Occidente me refiero a los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Europa del Oeste. No vayamos a caer en el error de creer que los latinos pertenecemos a este grupo selecto, tan sólo por estar atravesados por los mismos meridianos que cruzan a Canadá y a los Estados Unidos. (Me reservo la discusión de lo que es América del Norte y el papel que juega México para otro día). El caso de Singapur y Japón es curioso, pero no me imagino a un “occidental” refiriéndose a estos nacionales como expatriados.

Esta distinción tan particular, y tan inofensiva a primera vista, es justificada en la idea –evidentemente errónea- que el inmigrante del país pobre llega al país rico porque no tiene otra alternativa laboral en su país de origen. Por el contrario, el expatriado va a trabajar a otros lares porque se considera aventurero, un amante de culturas “exóticas”. Naturalmente, ante este ideario, las prerrogativas de los expatriados y los inmigrantes son tan distintas como arbitrarias. Y en esta arbitrariedad de la semántica y el trato de aquéllos que cruzan fronteras en búsqueda de distintas –no necesariamente mejores- oportunidades, es donde creo que deberían trabajar, tanto los países ricos como los países pobres. No países en desarrollo, ni algún otro eufemismo que les provoque. De nuevo, la semántica importa.

Saco a colación esta distinción porque la semántica es importante cuando se trata del posicionamiento que tenemos en el resto del mundo. Los últimos diez o doce meses han dado acontecimientos para que el mundo no se dé abasto con el trabajo de los internacionalistas: elecciones, xenofobia, golpes de estado, brexit, terrorismo y violencia. Mucha violencia en realidad. Ante estas olas de violencia y actos terroristas, el mundo con acceso a internet ha reaccionado de forma predeciblemente distinta a los actos terroristas que pasan en una parte del mundo. En particular, el mundo tiene una reacción más alarmante cuando estos eventos pasan en Occidente (misma acepción del expatriado de Occidente).

Hace un par de semanas estaba en un bar cerca de la universidad -aparentemente, en esta época del año, justo antes de empezar el ciclo escolar, es normal que extraños se acerquen a platicar, pero conforme avanza el año este patrón se diluye- y llegaron un trío de inmigrantes franceses a presentarse. Cuando mencionados que somos de México, uno tuvo la osadía de preguntar –en realidad era más bien una afirmación formulada como pregunta- sobre la inseguridad en la Ciudad de México (que por cierto es más segura que ciudades como Washington DC). A lo que me tomé la libertad de responder con otra pregunta: “Creo que últimamente Francia no es el lugar más seguro del mundo, ¿o sí?” No sé si no entendieron o no quisieron entender, pero hubo un silencio incómodo.

Aunque mi arranque de patriotismo mal entendido no fue digno de quien busca hacer nuevos amigos, creo que es importante estructurar correctamente las preguntas. Pero más importante aún, es evitar el empaquetamiento de todos los países fuera de Occidente como lugares en estado de sitio y sin Estado de Derecho. Este resultado es tanto culpa de su ignorancia, como culpa de los países pobres que ante los problemas que les aquejan, han fallado en la colaboración multilateral con otros países pobres (i.e. South-to-South Cooperation).

No obstante la normalización de las conductas de desprecio hacia las instituciones de los países pobres, el resto de sus países pares rara vez se manifiestan al respecto. El comportamiento pueril de Ryan Lochte – el nadador estadounidense, y medallista olímpico de 32 años atrapado en su “juventud”,[1] que decidió emborracharse y destruir la puerta de un baño en una gasolinera en Río de Janeiro, para luego inventarse una historia de vaqueros- tendría que haber sido repudiado no sólo por el gobierno brasileño, sino por todos los gobiernos de la región. Asimismo, los otros países pobres tendrían que haber denunciado los casos de corrupción de HSBC y Walmart que existieron en México.

Normalmente, se exige a las sociedades de Occidente que rechacen este tipo de actitudes. Esto es necesario, pero no suficiente. Existe una enorme disociación entre los países pobres. El mundo entero debe reflexionar sobre la poca cobertura—no sólo mediática, sino de análisis y estudio—de lo que pasa fuera de Occidente. Si México ignora lo que pasa en Siria, Siria va a ignorar lo que pasa en México.

Por eso, los países ricos no sólo tienen que preocuparse por lo que pasa en los países pobres. Los países pobres también deben atender  a los otros países pobres. Finalmente, es necesario que las personas empiecen a pensarse más como ciudadanos del mundo y erradiquen la idea añeja de Occidente y “el resto del mundo”.

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[1] Jenkins, S. (18 agosto 2016) Ryan Lochte: A champion swimmer caught in a riptide of self-absorption. The Washington Post

El Lobo Solitario

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Por: Francisco J. Vaqueiro – @FJVaqueiro

Un tipo mentalmente inestable, con largo historial de terapias psicológicas debido a sus desequilibrios emocionales, sentimentalmente abatido por un proceso de divorcio tormentoso, intempestivamente decide intercambiar su vida por la de al menos 84 personas, dejando, además, cerca de 300 heridos, muchos de ellos niños.

Ese es el retrato que los servicios de seguridad franceses han hecho de Mohamed Lahouaiej Bouhlel, terrorista tunecino que embistió con el camión utilizado en su trabajo, a la animosa multitud congregada en el Paseo de los Ingleses celebrando la Toma de la Bastilla, fiesta nacional de Francia, en la zona costera de Niza.

No se le recuerda como un miembro particularmente activo o fanático dentro de su comunidad religiosa, pero eso no impide que se especulen ligas con grupos terroristas, ya sea por instrucción o, peor aún, por inspiración.

Información reciente apunta a un proceso acelerado de radicalización, en donde en cuestión de meses, Lahouaiej Bouhlel habría tenido contactos esporádicos con grupos extremistas, pero sin que ello alertara a las autoridades sobre lo que sucedería el 14 de julio.

El ataque, ferozmente atroz y sangriento, no se caracteriza por ser muy sofisticado: un automóvil de carga pesada, una pequeña pistola y un conductor dispuesto a llegar a las últimas consecuencias. Es la nueva modalidad de terrorismo que se expande como polvorín a lo largo y ancho del mundo occidental, la del “Lobo Solitario”, atrás parecen haber quedado los complejos planes que materializaron los ataques terroristas en Nueva York, Madrid o Londres la década anterior. Según el Índice Global de Terrorismo, el 70% de los ataques terroristas cometidos en Occidente en la última década forman parte de esta categoría [1].

Pero ¿qué hace tan difícil para los servicios de inteligencia prevenir y desactivar este tipo de atentados? En primera instancia, los ataques no requieren etapas amplias de planeación o de utensilios sofisticados; son ejecutados con herramientas de uso común como armas blancas, automóviles o artefactos de fabricación casera.

Aunado a lo anterior, en muchos casos no existe coordinación directa entre grupos extremistas y los atacantes; estos actos son inspirados en redes sociales, en blogs, páginas de Internet, o en herramientas de propaganda que hacen un llamado de los fieles a atacar.

La segregación, marginación y falta de inclusión de millones de personas, en una gran parte musulmanes, es caldo de cultivo para la aparición de lobos solitarios, dispuestos, sin el menor empacho, a canjear su vida por la de otros miembros de una sociedad que siente ajena, lejana y que le ha cerrado las puertas.

Lo anterior crea un círculo vicioso del que no se vislumbra un final en el corto o mediano plazo. A mayor alejamiento y “guetización” de las comunidades musulmanas en Occidente, sean estas de primera, segunda o tercera generación, cada vez habrá más y más jóvenes frustrados con su entorno social, dispuestos a intercambiar su vida por un ideal religioso y que les brinda alivio, amparo y sentido de identidad. La reacción de varias sociedades occidentales, por su parte, están lejos de promover un mayor grado de integración. Ahí están los movimientos de extrema derecha encabezados por personajes tan detestables como Trump, Farage, Le Pen y Wildeers que suman a adeptos en sus filas a pasos agigantados.

Desafortunadamente, en un mundo donde el discurso del miedo, la radicalización y la segregación parecen estar prevaleciendo, será cada vez más común ver actos como el de Niza, y quizá, también, movimientos que pugnen por un nuevo orden de fronteras cerradas, desconfianza en el extranjero y en un aumento punitivo de las capacidades del Estado. Bienvenidos a la segunda década del siglo XXI.

[1] http://economicsandpeace.org/wp-content/uploads/2015/11/Global-Terrorism-Index-2015.pdf

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