La música como marca de vida

Por Ernesto Gómez – @EGH7

Hace varios años leí una frase de Friedrich Nietzsche que decía: una vida sin música sería una equivocación, y no la olvido desde entonces por la forma en la que me identifiqué con el sentir del filósofo alemán. En esta frase Nietzsche capturó un sentimiento ancestral en el hombre, pues la música es de las expresiones artísticas más antiguas de la humanidad y desde que se tiene registro del tiempo, se sabe que los humanos complementaban sus vidas con música. Desde los tiempos de las cavernas, los hombres más primitivos sentían ese impulso de hacer ruido y descubrir ritmo para manifestarse plenamente en su espíritu humano. La música se ha refinado mucho desde entonces, pero el impulso permanece igual.

Como todo arte, la música ha tenido muchísimas transformaciones a lo largo del tiempo y ha alcanzado todos los rincones del mundo, en los cuales se le ha dado un toque particular, que refleja la cultura de cada lugar. La música también es un reflejo del tiempo en que se hizo y del ánimo del entorno durante dicho tiempo. A pesar de sus variaciones y de los gustos, lo innegable es que el legado de los grandes músicos es atemporal y perdura sin importar la fecha ni el lugar. La buena música no se inmuta con el paso del tiempo, todo lo contrario, lo marca y hace de sus referentes portavoces de sus generaciones, ídolos inolvidables.

La música ofrece una infinidad de posibilidades y es clave para la creación de otros artes al dar la ambientación correcta o la inspiración necesaria. Es también una de las mejores herramientas para reflexionar y estar en paz con uno mismo. Cuando se prende la música en soledad, se puede apagar el ruido del mundo.

En un nivel más personal, tengo que reconocer a la música como una de mis más grandes pasiones. La mayoría de los momentos más felices de mi vida han sido al paso de una canción y estoy convencido de que no sería quién soy ni pensaría como pienso si no hubiera descubierto el amor que tengo por este arte. En una enorme cantidad de géneros muy contrastantes he encontrado diferentes mensajes que se adaptan a muchas realidades y que también pueden acompañar a cualquier estado de ánimo.

Desde mi infancia con The Killers a mi pubertad con The Beatles y Bob Dylan, desde mis tardes de estudio con bandas sonoras de John Williams y Hans Zimmer a mi camino diario a la escuela escuchando Drake. He encontrado en cada músico un complemento para mi vida.

Además de lo anterior, he descubierto que para la mayoría no hay mejor fiesta que una que se pasa cantando hasta altas horas de la noche, peleándose para escoger la siguiente canción. Pocas cosas dan más nostalgia que escuchar una canción que en algún momento marcó un período de tu vida y recordar cómo era todo en ese entonces, pocas cosas pueden alegrar más tu día que escuchar tu canción favorita en la radio.

La música es clave en la formación de la identidad, pues nos identifica con artistas y valores, además de que ayuda a crear lazos con otras personas afines a nosotros. Indudablemente vivir sin música sería un error.

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Nadal, eterno Nadal

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Entre las diversas clases de deportistas existen aquellos que con su talento puro y nato nos deslumbran, los arrogantes que se ganan solamente a su propio público y también aquellos que le ponen una pasión y una garra a su disciplina que conquista a quien los ve, conmovidos por la entrega que demuestran. Pocos ejemplos como Rafael Nadal para esta última categoría, un jugador que emociona en todo momento.

Siguiendo por ya diez años la trayectoria de Nadal, estoy convencido de que no fui el único que estaba eufórico de verlo levantar un título más del US Open —su tercero en Flushing Meadows— y tomar una ventaja sustancial sobre Roger Federer en la carrera por cerrar el año como número uno del mundo. Cuatro años después de que lo hiciera por última vez y luego de que muchos pensaran que estaba acabado.

En su carrera, así como en la pista, Rafael Nadal no ha hecho más que remar, pelear en todo momento y hasta la última bola. Fiel a su estilo, se ha batido como gladiador desde que se probara a los diecisiete años como uno con el llamado de los elegidos. Indiscutiblemente uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, a pesar de que sus lesiones han querido frenarlo. Rodilla, muñeca, codo, espalda, de todo ha vuelto y siempre parece volver con más fuerza, aún si los dos cursos anteriores fueron para el olvido. El 2015 y 2016 nos mostraron a un Nadal taciturno, irregular y desconfiado, nunca encontrando consistencia en su nivel y alejado de los escenarios principales hasta otra lesión que terminó su 2016 antes de tiempo.

El 2017, empezando desde el puesto 9 de la clasificación, ha sido un año de ensueño que comenzó con la final del Australian Open en un duelazo frente al maestro Federer (véase https://inteligenciaindependiente.com/2017/01/30/nadal-y-federer-un-clasico-instantaneo/). Otras dos finales jugó sin suerte (Miami y Acapulco) hasta que llegó a su tierra de dominio y sobre la arcilla se alzó con títulos en Montecarlo, Barcelona y Madrid, coronado con paso arrasador en su amado Roland Garros. Nunca antes había alguien ganado el mismo torneo diez veces y el mallorquín logró este hito en tercia con Montecarlo, Barcelona y París. Recordó a los que olvidaron que la tierra batida tiene un nombre propio y es el suyo y calló a quienes lo pensaron abatido, con un tenis incapaz de ajustarse a su edad y al ritmo de juego actual.

Estando a estas alturas del año, lo único que faltó para hacerlo más especial fue una participación más protagónica de Novak Djokovic, pues las tres rivalidades más repetidas y antológicas del tenis son las que tienen entre Roger, Rafa y Nole. Después de dos años de hegemonía del serbio, ahora a él le tocó el lado amargo de las lesiones y abrió paso para el resurgir de Nadal y Federer, que acapararon los cuatro Grand Slams del año por cuarta ocasión en sus carreras (2006, 2007, 2010, 2017). Ahora, después de siete años —a menos que pase algo extraordinario— también cerrarán el año parados en los dos primeros puestos del ránking por séptima ocasión, ambas hazañas insólitas.

“La heredera es la pasión”, bien lo decía Toni Nadal, tío y entrenador de Rafael, en una de sus columnas de este año para El País. En ella hace referencia a que la nueva generación no ha trascendido porque, además de tener unos titanes en la vieja guardia, no han logrado batirse con la pasión de sus antecesores. Pasión es lo que le sobra a Nadal, lo que derrocha en cada punto que se juega como si estuviera ahí el juego entero y que lo hace el jugador más difícil de vencer en cinco sets. Empezará mal, pero siempre encontrará el camino para volver. Así lo demostró en este US Open, que marcó el decimosexto grande de su carrera (sólo superado por Federer con 19) y que nos ilusiona con que esa cifra sea un “y contando”.

Nueve años después de que Rafa alcanzara el número uno por primera vez, este 2017 también será especial para el ya mencionado Toni Nadal, quien se retirará al final de la temporada como el entrenador más laureado de la historia del tenis y dejará a su sobrino en manos de Carlos Moyá. En otra de sus columnas recordó cuando le contó a su sobrino haber oído decir a algunos tenistas retirados “si hoy volviera a empezar lo intentaría con más ahínco” para aleccionarle sobre el valor de la perseverancia como ingrediente clave. A esto, Nadal le respondió “Toni, no creo que a mí me pase eso. El día que yo me retire de este deporte, lo haré con la tranquilidad de haber hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano”. Sin duda alguna, Rafa, sin duda alguna.

La crisis existencial de los milenials

Crisis existencial de los milenials

“En medio del camino de la vida me encontré en un oscuro bosque, ya que la vía recta estaba perdida.”

                        -Dante

Desde que nacemos hasta que alcanzamos cierta edad nos encontramos con la fortuna de que siempre hay un camino demarcado que seguir. Vivimos con la comodidad de que, año con año, en la escuela las cosas cambiarán poco o nada, más allá de nuestro crecimiento natural. Nadie nos pregunta qué queremos hacer hasta que cumplimos 18 años o, en su defecto, nos graduamos de la prepa. Aún en la carrera hay el colchón de alrededor de cuatro años sin tener que deliberar. Entonces es cuando se complica la cosa y viene el ¿qué sigue?

Algunos corren con la enorme suerte de saber claramente qué quieren hacer, otros aún más bendecidos cuadran sus ambiciones con las expectativas de sus padres. ¿Y el resto? Al resto nos toca la batalla interna y externa de descubrirnos día con día. Somos la primera generación a la que se les da una verdadera opción a la hora de escoger su futuro. Pero, al mismo tiempo, seguimos en la transición en la que las aspiraciones culturales y familiares pesan sobre nuestros hombros, predisponiéndonos hacia un camino o el otro; más que nada, existen muchas cosas que nos hacen optar por la vía de la estabilidad económica y familiar, dejando atrás las que pueden ser las pasiones auténticas. Diario podemos ver videos y artículos motivacionales que nos empujan a salir de la zona de confort y a arriesgarnos por lo que queremos: a vivir de forma extraordinaria, a viajar, a conocer, al carpe diem. Luego nos topamos con que, para todo esto, se necesita dinero…  que sólo podemos conseguir trabajando. Y se muere la ilusión efímera.

Esto aunado a que, a pesar de todo lo que planeamos, dependemos enormemente de la casualidad. En todo. Se nos puede presentar una oportunidad en un momento que, si la dejamos pasar, no vuelve más. El coincidir toma más y más importancia conforme se analiza en retrospectiva.

Por lo anterior, nos encontramos con que los milenials somos una generación que vive en crisis existencial. La crisis de la mediana edad por la que pasaron y siguen pasando tantos parece haberse recorrido con nosotros. Nuestra juventud parece estar marcada por esta duda de ¿y ahora qué? ¿de verdad quiero esto o aquello?

Esto es resultado de que cada vez hay más opciones a nuestro alcance y de que nuestros padres han sido más permisivos en general. Además de que somos la herencia de las primeras generaciones que se empezaron a divorciar. Así los milenials son más conscientes e introspectivos, se cuestionan más a la hora de decidir sobre la vida laboral y en pareja.

El punto está en no dejar que la vida nos encarrile en el conformismo y en el pasar de los años sin detenernos a ver qué está pasando. Que no nos mate el estigma. No casarse sin amor, por mera costumbre y porque “es lo que sigue”. No siempre tendremos la suerte de estar donde quisiéramos en dado momento, pero también hay que tener la madurez de aceptar ciertas situaciones y analizar si por ahí se puede encontrar eventualmente la felicidad.

La crisis milenial no es mala señal. Todo lo contrario. Es reflejo de una mayor consciencia. Mejor dudar y cuestionarnos mientras estamos a tiempo, y no tenemos vidas dependiendo de nosotros, que cuando ya puede ser demasiado tarde y nuestros mejores años se escaparon como la arena.

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El niño que vivió

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Corría el año de 1990 y Joanne Rowling, en ese entonces una completa desconocida, imaginó por primera vez a Harry Potter durante un viaje en tren. La historia terminó por cobrar vida en los cafés de Edimburgo y, siete años después de ser concebido, Jo Rowling entregó al mundo Harry Potter y la Piedra Filosofal. Así, sin pensarlo, arrancó el fenómeno que marcó a una generación completa.

El mundo era otro. Con decir que Titanic todavía no estrenaba y nadie sabía aún de la relación de Clinton con Lewinsky. Los que crecieron con Harry Potter podrán recordar con nostalgia como se fue agrandando el furor con el que se esperaba la publicación de cada libro y de cada película; como Harry Potter redefinía los alcances de la ficción hasta convertirse en un parque temático. Recordarán que se veían los lanzamientos de los trailers de cada película como si se tratara del capítulo nuevo de una serie televisiva. El fenómeno fue tal que los libros han vendido más de 450 millones de copias a nivel mundial y la marca está valorada hoy en día en más de 15 mil millones de dólares. Harry Potter y las Reliquias de la Muerte marcó el primer libro de su tipo que se dividió en dos partes para su adaptación cinematográfica y así marcó tendencia —véase el ejemplo de Sinsajo, Amanecer y, en un extremo, El Hobbit—. A la fecha, los “potterheads” son de los fanáticos más asiduos y dedicados del mundo. Tan sólo con decir que fue cuestión de horas para que se agotara el primer tiraje de Harry Potter y el Niño Maldito, el guión de la obra de teatro que salió a la venta el año pasado. Nueve años después de que se acabara su historia, la gente sigue hambrienta por más.

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Con Harry Potter el mundo se encontró con un fenómeno de popularidad y ventas que no se conocía desde los tiempos de los Beatles. Prueba de esto es que por primera vez en la historia habrá una película producida exclusivamente por fanáticos de los libros que ahora nos contarán los orígenes de Voldemort y que también están buscando fondos para hacer una película acerca de los fundadores de Hogwarts. Rowling redefinió el “fanfiction” y la historia que nos contó sirvió para fortalecer y hasta formar nuevas amistades con el gusto de hablar y debatir sobre el mago más famoso de la historia.

Harry Potter se ganó un lugar eterno en el corazón de sus fans por diferentes razones. La mayoría están de acuerdo en que encontraron con Harry y sus libros un mundo mágico en el que refugiarse de sus problemas para pensar en los de Ron, Hermione y Harry, una historia con la que pudieran entender lo que es crecer sintiéndose diferente. En sus páginas y sus personajes fueron descubriendo el verdadero valor de un buen maestro, de la amistad, la lealtad, la familia y el amor: la cualidad por la que Harry pudo vencer a Voldemort.

Espejo de Oesed

Lo impactante de la serie es como la autora y los personajes fueron creciendo junto con sus lectores y la enorme profundidad sentimental que se adivina desde el primer libro, especialmente en el pasaje en que Harry encuentra el espejo de Erised y se ve a sí mismo deseando, por encima de todo, la familia que perdió. A pesar de ser libros de fantasía y de lectura fácil, están siempre impregnados de añoranza y de la búsqueda constante de Harry por un sentido de pertenencia. Harry Potter se volvió un titán de su época por la forma en la que metió a los lectores de lleno en su fantástico mundo en el que siempre triunfa la bondad humana y en el que todos los fans fueron encontrándose con personajes inolvidables que los marcaron de una forma u otra.

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Hoy, veinte años después de que se publicara Harry Potter y la Piedra Filosofal, podemos garantizar que Rowling nunca imaginó el efecto que tendría su obra sobre el mundo, la forma en la que tendría a sus lectores devorando hoja tras hoja, el enorme gusto con el que leerían cada capítulo y la envidia que le tendrían a quien apenas está hojeando La Piedra Filosofal por primera vez. Joanne Rowling escribió con Harry Potter su propio cuento de hadas que la hizo pasar de ser pobre a ser más rica que la Reina de Inglaterra, inspirando así a cientos de escritores a tratar de abrirse camino en el mundo del arte. Con su obra, Rowling le dio algo especial a cada uno de sus lectores, un pequeño tesoro en cada libro, un patronus que los protege en momentos de tristeza.

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Todos los fans alguna vez supieron que si los pusieran frente al espejo de Erised se hubieran visto con la carta de Hogwarts en mano, admitidos a la mejor escuela de magia en el mundo. Todos desearon alguna vez tener un maestro como Dumbledore, tan lleno de sabiduría y tan dotado de habilidad con las palabras. Harry Potter es así de importante para sus fans verdaderos que le tienen un amor tan eterno como el de Severus por Lily y que cuando les pregunten que si siguen amando los libros de Rowling después de tanto tiempo responderán “por siempre”.

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Futbol: lo más importante entre lo menos importante

Futbol para aficionados

Por: Ernesto Gómez  – @EGH7

Existe un debate cuando se habla sobre las conveniencias de apasionarse por las historias de las películas, series y, sobre todo, el futbol o en su defecto cualquier otro deporte. El deporte más popular del mundo despierta sentimientos en sus aficionados de todo tipo, los guiones de los partidos siempre pueden cambiar y, por esto mismo, el futbol es a final de cuentas y como lo dijo Valdano, “lo más importante entre las cosas menos importantes”.

Por lo anterior este deporte genera una pasión que para muchos parecerá desmedida, incomprensible y generadora de un desgaste innecesario. Pues ser un fanático verdadero toma tiempo, a veces quita el sueño y, por la naturaleza del deporte, en incontables ocasiones enfrentará al aficionado con la decepción y el desasosiego. Naturalmente, existirá la otra cara de la moneda, la del éxtasis, la de la incredulidad cuando se ve a un ídolo romper a una defensa y meter el gol del gane; la de la felicidad que en ocasiones se siente inmerecida cuando tu equipo logra lo que parecía imposible. Existe una cierta nobleza en apasionarse por un equipo, pues ser hincha del futbol es un irrenunciable sube y baja de emociones en el que la única constante para los devotos es la camiseta.

Tan sólo de ejemplo está la semana del Barcelona en la que un miércoles quedó eliminado de Champions para el domingo ganar un partido importantísimo contra el Real Madrid en el último minuto con gol de Messi, la mina que sigue dando alegrías a los barcelonistas. Del abismo a la gloria en cuatro días. Hay semanas por las que crees morir en el futbol.

Este bienestar es tal vez comparable con el que sentirán los fanáticos de la lectura o de alguna serie televisiva cuando ven a su personaje favorito triunfar, al igual que la tristeza cuando algún otro pierde la cabeza. Los seguidores asiduos de Game of Thrones comprenderán esta sensación perfectamente.

La pregunta es si no será mejor vivir en el aparador y ser parte del público casual que disfruta del futbol, pero cambia sus alianzas conforme cambian las fortunas de los equipos. Ser de los que gustan de ver un partido sin sufrir por el resultado y sólo alegrarse de la calidad del mismo. Sin las angustias, muchos dirán que esto es incuestionable. A los apasionados se les asemejará a disfrutar un buen vino, más nunca embriagarse, pues nunca sufrir también significa nunca saborear algo enormemente.

Naturalmente, siempre tiene que existir un límite a la pasión y no dejar que escale a otros niveles, pues siempre hay cosas más importantes. Pero sobre todo es aún más importante que la indiferencia siempre se mantenga sólo frente a lo baladí y no alcance todos los niveles de la vida. Esto porque la indiferencia se acerca peligrosamente a la inanición espiritual y no hay nada peor que eso. Hoy más que nunca es importantísimo que lo anterior no suceda.

La disputa entre la comodidad de la indiferencia y el vaivén del fanatismo se transmite a todo y siempre parecerá atractivo el camino del desapego que te distancia por siempre de la decepción. Sin objetividad alguna, como apasionado al deporte y a las historias, me decanto siempre por la vida incierta como aficionado con todo lo que conlleva, bueno y malo. Aunque honestamente, también habrá días en los que se querrá ser inmune a la tristeza que causa la derrota y optar por la comodidad del eterno indiferente, pero con la siguiente victoria se olvida este momento de duda y hace que todo valga la pena.

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EL Sueño del Norte

El Norte

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Por fin había terminado. Le dolían las manos después de cuatro horas trabajando de sol a sol y sentía las piernas acalambradas. Estaba envejeciendo. Atravesó el jardín en el que estuvo atareado toda la mañana y tocó en la puerta principal con poca fuerza para no sonar irrespetuoso. Esperó diez minutos en los que tuvo que repetir el toque cinco veces. Por fin le atendió la señora Conroy, güera, alta, con figura envidiable, ojos azules y toda la indiscreta marca de la clase media-alta americana. En sus ojos reconoció algo que llevaba viendo desde hace más de veinticinco años en tantas otras personas, esa mirada desdeñosa que de inmediato lo hacía sentirse alienígena, inferior, fuera de lugar, mojado.

“Señora, ya terminamos el jardín” le dijo en inglés.

“Gracias” le contestó con un tono que siguió la tónica de su mirada y se volteó para atender a su hijo.

“Señora”, continuó Félix con una voz que luchaba para salir de su boca con la pena. “No nos ha pagado, son 200 dólares.”

“Doscientos es demasiado y te lo dije desde el principio. Te daré 100 y los aceptarás.”

Debí cobrar por adelantado, siempre me dijo el tío Julio que cobrara por adelantado, pensó. No era la primera vez que le pasaba y no perdió la calma. “Señora,” continuó “no quedamos en eso, son doscientos dólares.”

“Te dije que te iba a dar 100, cómo te atreves a reclamarme cuando te estoy dando trabajo. ¿A quién le vas a decir que no te pagué? A nadie. Yo sé que estás aquí ilegalmente y vas a aceptar lo que te demos.”

Sintió la furia y la bilis, pero mantuvo la compostura. “Señora, son 200 dólares,” le repitió, esta vez enseñándole sin discreción el machete con el que acababa de cortar las ramas en el jardín. Cuando vio la mirada de la señora Conroy supo que ya la tenía. Su desdén se había transfigurado de inmediato en miedo mezclado con incredulidad. Odiaba tener que hacer esto y la odiaba más a ella por forzarlo a portarse como el estereotipo del que hablaban los políticos republicanos.

Fuck you, puta!” le dijo con su acento más pesado una vez que le entregó el dinero.

Era un día caluroso y apenas con el aire acondicionado de su troca a toda velocidad se sentía cómodo. Tomó la autopista y se dirigió a casa, encantado con el paisaje californiano, apenas aliviándose del coraje que pasó. Este era su ritual. Día con día salía a trabajar y regresaba con la música apagada y las ventanas arriba para que no hubiera ruido mientras admiraba plácidamente el horizonte. Félix siempre fue contemplativo, aun cuando era niño. Llegó, destapó una cerveza y se sentó en la sala a ver la televisión. De inmediato se asomó una cabeza del cuarto del fondo, era Julián, su hijo. O como él mismo se hacía llamar “Yulian”. Lo saludó y volvió a lo suyo.

Félix estaba muy pensativo. Sus ideas parecían hacerle un ruido ensordecedor en la cabeza y no podía estar tranquilo. ¿Habré cometido un error con la señora Conroy? ¿Me irá a denunciar? No. No sabía su nombre. Las tipas como la señora Conroy nunca se interesaban por el nombre del servicio mientras lo hicieran. Inevitablemente, como en los últimos meses, acabó pensando en el hogar que dejó a los veinte años en México y quiso llorar, aunque no lo hizo. Félix no lloraba desde que llegó a Estados Unidos, desde que se separó de su madre. Todos en el rancho donde vivía se iban al norte, la mayoría incluso más jóvenes que él hacían el viaje. Cuando murió su padre en un accidente industrial no le quedó de otra más que hacer lo inevitable. Le pagó treinta mil pesos a un tipo que le decían el Piros para que lo ayudara a cruzar y se encontró a sí mismo en Los Ángeles viviendo con un tío que lo ayudó a establecerse y conseguir trabajo. Le tomó años de trabajar en todo lo que pudiera para juntar el dinero para su camioneta, pero una vez que la tuvo, todo mejoró. Estableció su negocio de jardinería con dos ayudantes y se hizo de su cliente más valioso, el señor John Fossoway. Republicano hasta la médula, era una prueba viviente de la doble moral de los que decían que los inmigrantes les robaban empleo a los americanos, pero aprovechaban los servicios de éstos. Sus hijos eran otro cliché andante de la decadencia cultural americana; malcriados vástagos de la nación de los sueños y de la historia de grandes hombres que se desdibujaba cada día en la polvareda de la cultura vacía. En los doce años que llevaba al servicio de la familia Fossoway, ni una sola vez le habían dado seña alguna de que supieran su nombre, era invisible para ellos.

Su hija Amanda interrumpió sus pensamientos cuando salió al pasillo y le dijo “Daddy, vuelvo al rato, voy con mi boyfriend Carlos.” Le entristeció pensar que la lengua materna de sus hijos era una extraña para sus padres y que parecían olvidar sus orígenes de mariachi y tequila. La mediana edad le pegó como un tren y siempre se hallaba evocando su México querido y odiando su papel en un país que lo repudiaba y discriminaba. La mediana edad lo encontraba tomando constantemente.

Su esposa María odiaba este último hábito, pero a Félix no le importaba. Nada le importaba ya en realidad. Desde hace mucho se encontraba cansado de la rutina, de su vida, de Estados Unidos y, por lo mismo, cada vez se volvía más distante y ensimismado, más mediocre y menos dispuesto a seguir creciendo. No sabía en qué punto fue, pero estaba seguro que perdió el camino y no parecía estar cerca de encontrarlo de nuevo. Un día simplemente dejó de soñar y de aspirar a más y se dejó llevar por la corriente de la vida, se encarriló por el camino que fue tomando y nunca se detuvo a pensar qué era lo que quería. Su situación nunca le dio la oportunidad de contemplar opciones. Desde muy joven aprendió la diferencia entre tener que escoger y tener para escoger.

Le conflictuaba saber que su familia era lo que más amaba en este mundo y, aun así, no sabía nada de la vida de Julián y Amanda, tenía una eternidad sin tener una conversación verdadera con María. Le causaba más conflicto aún y mientras más lo analizaba, menos parecía importarle lo suficiente como para hacer un cambio. Sospechaba que María ya tenía un amante y por eso ya ni lo presionaba a salir de sí mismo. Lo intentaría confirmar después. Podría darle lo mismo, pero no permitiría que le dijeran cornudo.

A las siete pasó a su casa Saúl, su vecino y único amigo, la única persona con la que Félix hablaba en realidad y esto era porque Saúl siempre era el que dominaba la conversación. A Saúl lo había conocido trabajando de lavaplatos en un restaurante casi veinte años atrás. Le perdió la pista un rato cuando lo capturó la migra y lo mandaron a la guerra a cambio de su ciudadanía. En su momento no pareció un trueque tan injusto para Saúl. Cuando lo volvió a ver dos años después, Saúl estaba falto del antebrazo derecho y lleno de malos recuerdos. “Todo sea por ser gringo, carnal” le dijo a su reencuentro.

Al día siguiente se despertó Félix con una ligera resaca. Saúl se había quedado hasta tarde aún después de que terminara el partido del América. Era domingo, pero Félix recibió una llamada de un tipo que estaba dispuesto a pagarle el doble si iba ese mismo día. No sería ni la primera ni la última vez que Félix trabajara indispuesto. Tomó la autopista con su silencio habitual y manejó veinticinco minutos hasta la dirección que le habían pasado por el teléfono. El café estaba ayudando un poco para su malestar, no tanto el saber que tendría que hacer el trabajo solo. Sus ayudantes nunca querían trabajar en domingo.

En sus largos años de trabajo, Félix siempre había logrado evadir a las autoridades. Hasta ese día. Cuando tocó a la puerta y le respondió la señora Conroy con dos policías acercándosele por la espalda comprendió que había caído en una trampa.

La señora Conroy lo acusó de robo y a Félix le dieron dos opciones: cárcel en Estados Unidos y deportación posterior o deportación inmediata. Lo mandaron a México en un camión con otros en situaciones como la suya. Cuando ya se acercaban a la frontera, por primera vez en décadas, Félix lloró. Se quebró en un llanto que parecía inconsolable y se dio cuenta que recordaría por siempre ese domingo como el día de su renacer.

Lloró porque volvía a su casa, lloró aún más porque se dio cuenta de que volvía más bien al recuerdo y al reencuentro con cosas que pensó perdidas en su memoria, pero sobre todo, lloró porque su vida finalmente tenía un propósito de nuevo: regresar a su familia, a su casa, al Norte.

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El Despertar de los Indignados

Mexico Gasoline Protests
AP Photo/Rebecca Blackwell

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Después de años de pasividad, tedio y desinterés parece ser que la sociedad mexicana está despertando ante los abusos del gobierno. Ha sido un proceso largo con un exceso de tiempo aguantando, teniendo sólo unas cuantas marchas de vez en cuando que manifestaban el descontento de los más participativos. Incluso las llamadas “Marcha por la familia” habían movilizado a más gente. La homofobia lograba más que la indignación de los pasivos.

Ahora el enojo de la población ha escalado y el gasolinazo pareció ser la gota que derramó el vaso con cientos de personas manifestando su descontento a nivel nacional, tomando carreteras, incendiando gasolineras y saqueando comercios. Estos dos últimos son de lo más lamentable de la situación al importunar a empresarios en vez de exigir un cambio como se debe.

El país nunca se ha percibido tan frágil. La incertidumbre que causa la situación económica y política de México y el mundo tiene a todos en vilo y el enojo de la gente jamás había sido tan palpable. Los cuatro años que ha pasado el PRI de vuelta en Los Pinos han logrado enojar más a la gente que toda la violencia del narco. Esto porque el PRI en su versión 2.0 ha probado ser igual o aún más corrupto y ni siquiera trajo la eficiencia de la que tanto se preciaban. La violencia no se ha controlado, la economía ha caído y el pillaje de los políticos está desbocado como ninguna vez se había visto.

La gente podría haber tolerado el gasolinazo y la inflación que éste conlleva si se percibiera que el gobierno está actuando de forma “aceptable”—ya no digamos buena—la gestión de este sexenio. Pero estamos hablando de que se dio justo después de un año que vio la iniciativa ciudadana Ley 3 de 3 ser rechazada en el senado con mayoría de votos priistas, a Humberto Moreira ser liberado de la cárcel por la intercesión de México ante España y a Duarte fugarse tras quebrar a Veracruz con su saqueo inaudito. Y además tuvieron a bien anunciar los enormes bonos navideños que se iban a otorgar a los diputados y senadores a la par de que se supo que recibirían vales de gasolina justo en el momento en el que subió de precio ésta con la justificación del gobierno de que era imposible seguir subsidiándola.

El descaro es increíble. El alcalde de San Blás es un hombre que en público ha confesado robar del erario “pero sólo poquito” y que tiene amistad con narcotraficantes que financiaron su campaña. Es uno de los muchos que nos hacen preguntarnos ¿y por qué demonios no están en la cárcel?

Mexico Shooting
AP Photo/Rebecca Blackwell

Hemos llegado al punto en el que lo indignante no sólo es la corrupción como tal, sino la impunidad total y el cinismo con el que se lleva a cabo. Pareciera que se perdió hasta la costumbre de disimular los robos de recursos públicos, cayendo en un valemadrismo que prácticamente se burla y reta a la población a hacer algo al respecto. Los robos de los políticos llegan a un nivel tan increíble que la gente hasta parece perdonar a los que roban moderadamente. Las caras que denuncian los medios por incontables abusos son las mismas que nos ponen los partidos al frente de sus campañas políticas. No hay consecuencia alguna y pretenden que creamos que nadie se dio cuenta que un gobernador se estaba robando 50 mil millones de pesos.

El PRI ha perdido el control por completo y esto se vio en las recientes elecciones en las que se les castigó con el voto. Ahora Enrique Peña Nieto puede ser tal vez el presidente más impopular de la historia de México y nuestro país se percibe como una olla exprés a punto de estallar en la anarquía y la violencia. El descontento es generalizado y tenemos que ser cuidadosos porque, cayendo en la anarquía, se empodera el odio y el resentimiento de muchos que aprovechan para descargar su ira sobre quienes no lo merecen. También se está creando el momento propicio para que ciertos políticos tomen ventaja con discursos demagógicos y extremistas.

El verdadero cambio que todos queremos en ocasiones puede antojarse imposible con el sistema tan podrido desde la raíz, pero tal vez sea cuestión de tiempo (posiblemente mucho) para que, así como ya se hace más palpable el enfado, sea así con el cambio en México.

De momento no descarten que, en el 2018, la tercera sea la vencida.

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