Nadal, eterno Nadal

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Entre las diversas clases de deportistas existen aquellos que con su talento puro y nato nos deslumbran, los arrogantes que se ganan solamente a su propio público y también aquellos que le ponen una pasión y una garra a su disciplina que conquista a quien los ve, conmovidos por la entrega que demuestran. Pocos ejemplos como Rafael Nadal para esta última categoría, un jugador que emociona en todo momento.

Siguiendo por ya diez años la trayectoria de Nadal, estoy convencido de que no fui el único que estaba eufórico de verlo levantar un título más del US Open —su tercero en Flushing Meadows— y tomar una ventaja sustancial sobre Roger Federer en la carrera por cerrar el año como número uno del mundo. Cuatro años después de que lo hiciera por última vez y luego de que muchos pensaran que estaba acabado.

En su carrera, así como en la pista, Rafael Nadal no ha hecho más que remar, pelear en todo momento y hasta la última bola. Fiel a su estilo, se ha batido como gladiador desde que se probara a los diecisiete años como uno con el llamado de los elegidos. Indiscutiblemente uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, a pesar de que sus lesiones han querido frenarlo. Rodilla, muñeca, codo, espalda, de todo ha vuelto y siempre parece volver con más fuerza, aún si los dos cursos anteriores fueron para el olvido. El 2015 y 2016 nos mostraron a un Nadal taciturno, irregular y desconfiado, nunca encontrando consistencia en su nivel y alejado de los escenarios principales hasta otra lesión que terminó su 2016 antes de tiempo.

El 2017, empezando desde el puesto 9 de la clasificación, ha sido un año de ensueño que comenzó con la final del Australian Open en un duelazo frente al maestro Federer (véase https://inteligenciaindependiente.com/2017/01/30/nadal-y-federer-un-clasico-instantaneo/). Otras dos finales jugó sin suerte (Miami y Acapulco) hasta que llegó a su tierra de dominio y sobre la arcilla se alzó con títulos en Montecarlo, Barcelona y Madrid, coronado con paso arrasador en su amado Roland Garros. Nunca antes había alguien ganado el mismo torneo diez veces y el mallorquín logró este hito en tercia con Montecarlo, Barcelona y París. Recordó a los que olvidaron que la tierra batida tiene un nombre propio y es el suyo y calló a quienes lo pensaron abatido, con un tenis incapaz de ajustarse a su edad y al ritmo de juego actual.

Estando a estas alturas del año, lo único que faltó para hacerlo más especial fue una participación más protagónica de Novak Djokovic, pues las tres rivalidades más repetidas y antológicas del tenis son las que tienen entre Roger, Rafa y Nole. Después de dos años de hegemonía del serbio, ahora a él le tocó el lado amargo de las lesiones y abrió paso para el resurgir de Nadal y Federer, que acapararon los cuatro Grand Slams del año por cuarta ocasión en sus carreras (2006, 2007, 2010, 2017). Ahora, después de siete años —a menos que pase algo extraordinario— también cerrarán el año parados en los dos primeros puestos del ránking por séptima ocasión, ambas hazañas insólitas.

“La heredera es la pasión”, bien lo decía Toni Nadal, tío y entrenador de Rafael, en una de sus columnas de este año para El País. En ella hace referencia a que la nueva generación no ha trascendido porque, además de tener unos titanes en la vieja guardia, no han logrado batirse con la pasión de sus antecesores. Pasión es lo que le sobra a Nadal, lo que derrocha en cada punto que se juega como si estuviera ahí el juego entero y que lo hace el jugador más difícil de vencer en cinco sets. Empezará mal, pero siempre encontrará el camino para volver. Así lo demostró en este US Open, que marcó el decimosexto grande de su carrera (sólo superado por Federer con 19) y que nos ilusiona con que esa cifra sea un “y contando”.

Nueve años después de que Rafa alcanzara el número uno por primera vez, este 2017 también será especial para el ya mencionado Toni Nadal, quien se retirará al final de la temporada como el entrenador más laureado de la historia del tenis y dejará a su sobrino en manos de Carlos Moyá. En otra de sus columnas recordó cuando le contó a su sobrino haber oído decir a algunos tenistas retirados “si hoy volviera a empezar lo intentaría con más ahínco” para aleccionarle sobre el valor de la perseverancia como ingrediente clave. A esto, Nadal le respondió “Toni, no creo que a mí me pase eso. El día que yo me retire de este deporte, lo haré con la tranquilidad de haber hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano”. Sin duda alguna, Rafa, sin duda alguna.

Futbol: lo más importante entre lo menos importante

Futbol para aficionados

Por: Ernesto Gómez  – @EGH7

Existe un debate cuando se habla sobre las conveniencias de apasionarse por las historias de las películas, series y, sobre todo, el futbol o en su defecto cualquier otro deporte. El deporte más popular del mundo despierta sentimientos en sus aficionados de todo tipo, los guiones de los partidos siempre pueden cambiar y, por esto mismo, el futbol es a final de cuentas y como lo dijo Valdano, “lo más importante entre las cosas menos importantes”.

Por lo anterior este deporte genera una pasión que para muchos parecerá desmedida, incomprensible y generadora de un desgaste innecesario. Pues ser un fanático verdadero toma tiempo, a veces quita el sueño y, por la naturaleza del deporte, en incontables ocasiones enfrentará al aficionado con la decepción y el desasosiego. Naturalmente, existirá la otra cara de la moneda, la del éxtasis, la de la incredulidad cuando se ve a un ídolo romper a una defensa y meter el gol del gane; la de la felicidad que en ocasiones se siente inmerecida cuando tu equipo logra lo que parecía imposible. Existe una cierta nobleza en apasionarse por un equipo, pues ser hincha del futbol es un irrenunciable sube y baja de emociones en el que la única constante para los devotos es la camiseta.

Tan sólo de ejemplo está la semana del Barcelona en la que un miércoles quedó eliminado de Champions para el domingo ganar un partido importantísimo contra el Real Madrid en el último minuto con gol de Messi, la mina que sigue dando alegrías a los barcelonistas. Del abismo a la gloria en cuatro días. Hay semanas por las que crees morir en el futbol.

Este bienestar es tal vez comparable con el que sentirán los fanáticos de la lectura o de alguna serie televisiva cuando ven a su personaje favorito triunfar, al igual que la tristeza cuando algún otro pierde la cabeza. Los seguidores asiduos de Game of Thrones comprenderán esta sensación perfectamente.

La pregunta es si no será mejor vivir en el aparador y ser parte del público casual que disfruta del futbol, pero cambia sus alianzas conforme cambian las fortunas de los equipos. Ser de los que gustan de ver un partido sin sufrir por el resultado y sólo alegrarse de la calidad del mismo. Sin las angustias, muchos dirán que esto es incuestionable. A los apasionados se les asemejará a disfrutar un buen vino, más nunca embriagarse, pues nunca sufrir también significa nunca saborear algo enormemente.

Naturalmente, siempre tiene que existir un límite a la pasión y no dejar que escale a otros niveles, pues siempre hay cosas más importantes. Pero sobre todo es aún más importante que la indiferencia siempre se mantenga sólo frente a lo baladí y no alcance todos los niveles de la vida. Esto porque la indiferencia se acerca peligrosamente a la inanición espiritual y no hay nada peor que eso. Hoy más que nunca es importantísimo que lo anterior no suceda.

La disputa entre la comodidad de la indiferencia y el vaivén del fanatismo se transmite a todo y siempre parecerá atractivo el camino del desapego que te distancia por siempre de la decepción. Sin objetividad alguna, como apasionado al deporte y a las historias, me decanto siempre por la vida incierta como aficionado con todo lo que conlleva, bueno y malo. Aunque honestamente, también habrá días en los que se querrá ser inmune a la tristeza que causa la derrota y optar por la comodidad del eterno indiferente, pero con la siguiente victoria se olvida este momento de duda y hace que todo valga la pena.

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El Imperio Contraataca

New England Patriots' Tom Brady hoists the Vince Lombardi Trophy after the NFL Super Bowl 51 football game against the Atlanta Falcons Sunday, Feb. 5, 2017, in Houston. The New England Patriots won 34-28 in overtime. (AP Photo/Eric Gay)

Por Ernesto Gómez – @EGH7

Los Patriotas de Nueva Inglaterra acaban de lograr la mayor remontada en la historia de los Súper Tazones. Su quinto en diecisiete años y segundo en tres. La más grande dinastía deportiva en Estados Unidos. Todo esto de la mano de las únicas tres constantes en este equipo: Bill Belichik, Tom Brady y el cambio. La gestión del primero con su mente maestra, agregada al brazo ejecutor del segundo, han hecho del éxito una garantía en una liga que labora a favor de la paridad y contra el triunfo prolongado.

El partido fue épico, tal vez la mejor final de la historia. Comenzó con los Patriotas cometiendo todos los errores posibles para perder un partido. La ofensiva no entraba en ritmo y, cuando lo hizo, entregaron el balón dos veces, costándoles en la réplica 14 puntos. El juego terrestre no daba ningún resultado. La defensiva no lograba frenar a Jones, Freeman y Ryan. Al medio tiempo el panorama era negro, 21-3 lideraban los Halcones. Aumentaron su ventaja a 28-3 en el 3er cuarto y ya se sentían campeones. Pero al final del día Atlanta aprendió una dura lección: nunca des por muerto a los Patriotas de Nueva Inglaterra, el equipo mejor preparado de toda la liga.

Todo lo que estuvo fallando empezó a resultar. La ofensiva empezó a encontrar el camino, la defensiva sacó jugadas grandes y los errores y jugadas fortuitas se voltearon a favor de los Pats. El momento cambió cuando la defensiva recuperó un balón suelto de Matt Ryan que resultaría en un touchdown de Tom Brady. La defensiva frenó a los de Atlanta una vez tras otra para darle oportunidad a Brady de hacer lo que hace y así, desafiando a lo posible, los Patriotas empataron con la ayuda de una atrapada increíble de Julian Edelman.

New England Patriots' Julian Edelman, rear right, catches a pass during the second half of the NFL Super Bowl 51 football game against the Atlanta Falcons, Sunday, Feb. 5, 2017, in Houston. (AP Photo/Charlie Riedel)

Habría tiempo extra por primera vez en la historia del gran juego y hasta el volado le dio la suerte a los de Foxborough. De 3-28 a 34-28 se movió el marcador y así empató Nueva Inglaterra a San Francisco y Dallas en títulos (sólo superados por Pittsburgh con seis). Robert Kraft, el dueño del equipo, dijo a la hora de recibir el trofeo Vince Lombardi que este era el más dulce triunfo de su vida.

Fue un enorme viaje hasta aquí para los Patriotas y, sobre todo, para su estrella Tom Brady. Empezó la temporada suspendido los primeros cuatro juegos y volvió para poner la marca del mejor índice histórico de anotaciones contra intercepciones (28-2) y culminó rompiendo el récord de más yardas aéreas en la historia del Súper Tazón, ganando su cuarto reconocimiento como el Jugador Más Valioso de la final (otro récord). Esta es la gran venganza de Brady, el chico que por poco no fue drafteado en el 2000, el que se ha dedicado toda su carrera a callar bocas, que creció admirando a Joe Montana y ahora lo supera como el QB más ganador de todos los tiempos. Michael Bennett –derrotado por Brady hace dos años en esta instancia– lo dijo “Brady ya sólo persigue fantasmas, se persigue a sí mismo.” Ahora más que nunca esto es cierto, pues el número 12 ya no deja lugar a dudas de que es el mejor jugador que ha puesto pie sobre una cancha. Contra todos los pronósticos, siempre con una sed de ganar y con una pasión enorme por el juego, Tom Brady ha escalado su posición a nuevas alturas, dejando en el retrovisor a Montana, Bradshaw y a su contemporáneo Peyton Manning. Esta campaña de campeonato se podría argumentar que fue un poco representativa de lo que ha sido su carrera, siempre remando a contracorriente, perdiendo a Gronkowski en la semana 10 y decidido a levantar el Lombardi frente a Roger Goodell, el hombre que se empeñó en suspenderlo. En el pasado quedaron los fantasmas del Deflategate y de las derrotas contra los Gigantes. Ahora a Brady sólo le queda agrandar su leyenda.

El otro enorme consagrado es Bill Belichick, el primer entrenador en jefe que logra cinco títulos. Ya considerado como uno de los mejores, ahora Belichick deja su testamento como el mejor creador de una cultura ganadora. Convirtió a esta franquicia en el modelo a seguir de la liga, sentando un estándar de éxito con base en el trabajo y la preparación. Inauguró The Patriot Way e instituyó el motto ultimado del trabajo en equipo “Do Your Job”. Con la filosofía de que nadie es irremplazable (más que Tom Brady, por supuesto) y de que, haciendo tus labores para colaborar a la causa, ha logrado empujar siempre a sus jugadores a su techo. Es conocimiento universal en la NFL que, si no das el 110% en Nueva Inglaterra, no durarás mucho tiempo ahí.

Esa filosofía traslució en la adversidad de hoy. Los Pats nunca bajaron la cabeza y se llevaron al límite de la mano de un Brady inspirado, una defensiva que hizo todas las jugadas correctas e incluso una atrapada de las imposibles que en el pasado le arrebataron la gloria a este equipo. Un partido inolvidable.9_ErnestoGomez

Nadal y Federer, un Clásico Instantáneo

Australian Open Tennis

Por: Ernesto Gómez – @EGH7
Imágenes de AP

Este domingo el mundo del tenis estuvo de fiesta. Rafael Nadal y Roger Federer, los grandes rivales y amigos, se volvieron a enfrentar en una final de Grand Slam. La novena se ha dado entre dos de los mejores tenistas de la historia, que protagonizan una de las más fuertes rivalidades del medio, comparable solamente con la que cada uno tiene con Novak Djokovic, el gigante que ha dominado los últimos años.

Hasta el 2011, Nadal y Federer fueron los dos nombres propios del tenis, acaparando casi por completo el deporte y peleando siempre en el número uno y dos del ránking mundial. Djokovic, las lesiones de Nadal, y las bajas de rendimiento de Federer, vendrían a romper su racha ganadora y a alejarlos por momentos de la gran escena. Ambos volverían al número uno del mundo (Federer en el 2012 y Nadal en el 2013), pero no retomarían su rivalidad como en antaño.

Se enfrentaron con mucho y poco que perder al mismo tiempo. Pues estar aquí, cuando nadie lo apostaba, ya era ganancia. Llegaron ranqueados número 9 Nadal y 17 Federer, muy lejos de sus posiciones acostumbradas a la hora de encontrarse. Comprobaron que sus carreras aún tienen que ofrecer y levantaron la mano para competir el resto del año contra la hegemonía de Murray y Djokovic. Por otro lado, ambos podían reafirmar aún más sus legados: Federer conseguiría su 18vo Grand Slam y ampliaría su brecha sobre su perseguidor, el mismo Nadal que estaría ganando su 15vo, rompiendo el empate que tiene con Pete Sampras.

Ya lo anunciaba El País “El tiempo se detiene en Melbourne, donde al tenis le ha dado un ataque de nostalgia y por mirar atrás, hacia el pasado.” Para los que siguieron el deporte blanco durante la década pasada, el partido, tan sólo con el cartel, representó exactamente eso: una vuelta al pasado, a la nostalgia. Pues estos dos titanes del deporte no se veían las caras en un escenario así desde la final de Roland Garros en el 2011 (donde el triunfo fue para el español). Esperamos seis años para volver a ver el gran clásico que comenzó su historia hace más de una década cuando un Federer ya consolidado como el mejor del mundo se vino a topar con un joven Nadal que lo eliminaría del Masters de Miami con tan sólo 17 años de edad. A partir de entonces forjaron una rivalidad con estadísticas impresionantes, siendo este su duelo número 35 y dejando en el pasado partidos inolvidables como la final de Wimbledon del 2008 -considerado el mejor partido de la historia del tenis- que se llevó Nadal en cinco sets.

Australian Open Tennis

El duelo se anticipaba memorable, tal vez el más importante en la carrera de cada uno. Probó ser exactamente eso: un clásico instantáneo, una pelea épica a cinco sets que evocó las de antaño no sólo por el cartel, sino por el juego que se vio en la Arena Rod Laver. El partido arrancó con un Roger concentrado en imponer su estilo, buscando el tiro ganador pronto y evitando el peloteo prolongado que beneficia a Nadal. Rafa, por su lado, hizo esfuerzos impresionantes para responder cada bola y contener el asalto de Federer. Cada quien tiró de lo que sabía, Federer de su clase y su revés y Nadal de su resiliencia y pasión por la épica en los partidos grandes.

En dos ocasiones Nadal remontó estando un set abajo para mandar el partido a un quinto y, en este último, fue a Federer a quien le tocó remar a contracorriente para llevárselo. Arriesgó más y, despejado de sus fantasmas contra Nadal (registro de 12 ganados contra 23 perdidos), se hizo de un Grand Slam más para su registro, rompiendo los pronósticos de la mayoría, que apostaba que ya se había quedado en 17. Más monumental aún, considerando que el suizo tiene 35 años.

Me aventuro a decir que al final del partido Federer no era el único con lágrimas en los ojos. Los dos se felicitaron extensivamente, contentos de haberse encontrado una vez más. “No te vayas Rafa. El tenis te necesita”, le dijo Federer a Nadal cuando recibió el trofeo. El deporte necesita siempre a caballeros y superdotados como estos dos. Independientemente de las inclinaciones personales de cada quien, el domingo, quien ganó más fue el tenis.

Australian Open Tennis

Emociona la vuelta de Rafa y más considerando que el próximo torneo grande es donde forjó su leyenda, Roland Garros. Emociona también que el grande inmediato al de París es Wimbledon, el santuario de Roger. Está por verse hasta donde extienden su legado este par de históricos. De momento, un brindis por Australia que nos llevó al pasado glorioso y un brindis por Roger Federer, campeón del primer gran torneo del año, atemporal maestro del tenis.

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México en Río: ¿estamos fracasando?

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Alexa Moreno. Gimnasia, México.

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

Concluye la primera semana de competencias en Río 2016 y México todavía no cosecha medallas. Varios de los medallistas en ediciones anteriores se han quedado en el camino –notablemente en clavados, tiro con arco y fútbol- y la crítica de millones de mexicanos se ha dejado venir al grado de insultos y amenazas. Es hora de poner un alto.

Primero, los deportistas que están en Río merecen nuestra admiración y respeto. Ninguno está ahí porque “le regalaron el pase” o “por cubrir una cuota”. Las reglas de participación en cada deporte están definidas por sus federaciones mundiales y, les aseguro, todos los mexicanos que compiten en estos Juegos pasaron por un arduo proceso eliminatorio. Simplemente están entre los mejores del mundo y por eso están ahí.

Segundo, todos los que compiten en los Juegos Olímpicos aspiran a ganar, de eso no hay duda. Pero la carrera por las medallas no empieza el día de su prueba, sino años atrás durante su preparación. Aunque el día de la competencia existan condiciones de igualdad entre los atletas, lo cierto es que durante su preparación no hay tal cosa. Los países con mayores recursos y/o mayor compromiso con el deporte le invierten más y mejor a sus atletas, por lo que llegan con mayores posibilidades de ganar. Pero en países como México, ganar una medalla es más bien un mérito del atleta y de su familia, que una consecuencia de la estrategia nacional del deporte. Por eso es que debemos aplaudir a talentos como Alexa Moreno que han llegado muy lejos en deportes en los que México poco ha figurado.

Tercero, a los que exigen medallas a los atletas mexicanos y juzgan participación sin haber pisado una pista, cancha, tatami, y sin haber sentido la presión de un país bajo sus hombros, los invito a guardar silencio. O bien, los invito a ir por las medallas ustedes mismos. A México le hacen falta más deportistas y menos tuiteros pseudoexpertos en deporte olímpico.

Que no quepa duda: yo también estoy tristísima con los resultados del país y tengo el himno atorado como un nudo en la garganta. Pero en la crítica desinformada no está la solución. Al ver el medallero de México vacío, todos sentimos una profunda tristeza e indignación. Creo que no hay culpables, pero sí un responsable, y se llama Alfredo Castillo.

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Alfredo Castillo. Director de la CONADE

Alfredo Castillo es el director de la CONADE, organismo que se encarga de promover el deporte a nivel nacional. Ante las críticas sobre la actuación de México en Río, Castillo se ha encargado de dar respuestas desafortunadas y culpar a los jueces, a las lesiones, a la edad de los atletas, a un conflicto añejo con la FINA, en lugar de enfrentar el problema de fondo: México no le ha apostado lo suficiente al deporte. Pero qué otra respuesta puede dar quien opina que la CONADE es una agencia de viajes, y quien tiene escasa o nula experiencia en el deporte, pues su trayectoria ha sido en la procuración de justicia, el derecho penal y el combate al narcotráfico.

Los propios atletas se han quejado del trato de Castillo y del desempeño de la CONADE durante este último año. Aida Román, medallista de plata en Tiro con Arco en Londres 2012, asegura que “se le ha tratado como delincuente”; Rodolfo Cazaubón, golfista en Río, se quejó de la falta de apoyo ante el extravío de sus bastones de golf; y el equipo nacional de boxeo tuvo que salir a “botear” para juntar recursos para ir al mundial de la especialidad, luego de que la CONADE le recortara presupuesto a su federación.

No, no hay culpables, pero sí un responsable, porque el titular de la CONADE, sea Alfredo Castillo o quien venga después, tiene que asumir el rol que le toca: promover el deporte nacional, fomentar el semillero de talentos, regular los excesos de las federaciones deportivas nacionales, y facilitar a los atletas de alto rendimiento el camino hacia la gloria olímpica.

México no ha fracasado en Río y todavía es temprano para hacer un balance general. Pero no debemos perder el ánimo y mucho menos atacar a quienes están portando dignamente la camiseta de un país que les ha quedado a deber.

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http://rio2016.com.org.mx/atletas/paginas

http://www.animalpolitico.com/2016/08/las-frases-de-alfredo-castillo-sobre-mexico-sin-medallas-en-rio-2016/

https://inteligenciaindependiente.com/2016/03/11/la-indignacion-de-los-mexicanos-sin-bandera/

http://www.proceso.com.mx/450589/la-conade-una-agencia-viajes-busca-medallas-alfredo-castillo)

http://aristeguinoticias.com/2708/kiosko/explota-aida-roman-contra-alfredo-castillo/

https://www.facebook.com/espnfans.mexico/videos/1119521501439053/?pnref=story

http://www.record.com.mx/mas-deportes-amateur/boxeadores-mexicanos-botean-para-ir-al-mundial

Fotos

http://mexico.as.com/mexico/2016/08/10/masdeporte/1470781436_331061.html

http://conexos.com.mx/alexa-la-gimnasta-mexicana-criticada-por-sus-compatriotas/

 

Juegos Olímpicos “in a Nutshell”

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Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

La fiesta más grande del deporte mundial acaba de comenzar. Cuatro años tienen que pasar para que podamos reír, gritar, festejar, llorar, cantar el himno nacional  viendo a nuestros atletas sudar la camiseta de México. Cuatro años me parecen una eternidad, porque desde que tengo memoria siempre esperé con ansias esas dos semanas de verano en las que todo es deporte en el ambiente. Pero antes de que empiece esta fiesta y todos gritemos “México, México” frente a la pantalla, y pretendamos ser expertos en cada deporte en el que participe nuestro país, esto es lo que hay que saber sobre los Juegos Olímpicos de verano:

Los Juegos Olímpicos (y no Olimpiada, que se refiere al periodo de cuatro años que pasan entre unos Juegos y otros) comenzaron en Atenas en 1896, cuando el francés, Pierre de Coubertin, revivió una antigua tradición griega del siglo VIII a.C. -por cierto, en la ciudad de Nemea aún se celebra cada cuatro años una carrera al viejo estilo en la que participa gente de cualquier edad y de cualquier parte del mundo, con el único requisito de ir descalzos y cubiertos con una túnica blanca-. Los primeros Juegos Olímpicos de la era antigua se celebraron en la ciudad de Olimpia, donde ahora se encuentra la Academia Olímpica Internacional. Hace algunos años tuve la fortuna de representar a México en la Academia, encargada de promover los valores del olimpismo en todo el mundo, y ahí entendí que los Juegos son mucho más que un espectáculo para unos y un sueño para otros; son en realidad una herramienta para el desarrollo de las personas, un instrumento para el respeto y amistad entre los pueblos, y un camino para la tregua y la paz.

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Los Juegos se han realizado desde entonces cada cuatro años, con la excepción de 1916, 1940 y 1944 a causa de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Esta será la segunda vez que se realicen en un país Latinoamericano. La primera vez fue México 68, y ahora será Brasil el encargado de recibir a más de 10 mil atletas de 206 países, que del 5 al 21 de agosto se disputarán la gloria olímpica en 42 modalidades deportivas.

La delegación mexicana estará compuesta por 124 atletas que participarán en 23 deportes diferentes: atletismo, bádminton, boxeo, canotaje, ciclismo, ecuestre, esgrima, futbol, gimnasia, golf, judo, levantamiento de pesas, lucha, natación (aguas abiertas, nado sincronizado, clavados), pentatlón moderno, remo, taekwondo, tenis de mesa, tiro, tiro con arco, triatlón, vela y voleibol (sala y playa). Se recomienda seguir de cerca a los clavados, el tiro con arco y –por supuesto- al taekwondo. Aquí participarán atletas con amplísima experiencia, como es el caso de Paola Espinosa, Aída Román y María Espinosa. Pero lo cierto es que vale la pena dejarse sorprender por el talento mexicano que cada cuatro años nos regala una medalla o una historia inesperada.

¡Qué disfruten los Juegos!

https://www.olympic.org/about-ioc-institution

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El Caudillo y el Forastero

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Por: Francisco J. Vaqueiro – @FJVaqueiro

La noticia cayó como un balde de agua fría. Minutos después de una derrota agónica en la final (una más en su carrera defendiendo los colores de su selección) Lionel Messi, la súper estrella del futbol mundial, anunciaba su retiro del fútbol internacional de selecciones: “se terminó para mí la selección; no se me dio, era lo que más quería, pero creo que ya está” dijo a reporteros estupefactos que esperaban ansiosos alguna declaración.

El destino del rosarino y tal vez el juicio definitivo que buena parte del mundo hará de su brillantísima trayectoria deportiva, estará siempre condicionada por el tamiz de la odiosa comparación que se hace siempre con otro genio de la historia del deporte: su connacional Diego Armando Maradona.

Hay, ciertamente, paralelismos que pueden trazarse entre los número 10 más sobresalientes de la historia futbol argentino: bajos de estatura, zurdos, regate y gambeta explosiva. Cada uno en su época, deslumbraron al futbol mundial al punto de que para muchos uno u otro son considerados los mejores en haber jugado el deporte más popular del planeta.

Maradona, fiel a su estilo carismático e irreverente, siempre fue percibido como un cabecilla capaz de amalgamar a un grupo de jugadores a su alrededor y desafiar, siempre desafiar: las reglas, a la FIFA, sus dirigentes, con las piernas o con la boca el caudillo no dejó nunca de retar. La confrontación siempre resultó ser su hábitat natural y ante la misma casi siempre resultó victorioso. Es inevitable no ver esta peculiaridad para entender el grado de idolatría que genera en Argentina.

Messi: discreto, taciturno, cauto y reservado. Se ha limitado a deslumbrar dentro de la cancha, nunca se ha caracterizado por su descaro sin un balón en los pies. Es, por temperamento, imposible para él acaudillar a un grupo de futbolistas como sí lo hizo Maradona.

Pero hay una condición que define—injustamente—su relación con el aficionado de su país. Nacido y desarrollado como talento deportivo en su país, el progreso futbolístico de Diego lo hizo parte del medio futbolístico sudamericano. Por el contrario, Messi llegó como un meteóro caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en el mundo.

Los inobjetables logros de Messi a nivel de clubes, hicieron creer que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol, replicar a pie juntillas los logros de Maradona. A falta de resultados, y del muy particular carisma de Diego, Messi empezó a ser visto con sospecha. Argentino, ciertamente, pero criado y desarrollado del otro lado del charco, presentado como el farsante sucesor de Maradona.

Y tal vez la diferencia más notable entre ambos explique el por qué—injustamente—se infravalore lo que Messi ha significado para el futbol argentino; exigirle de más, atribuirle a él, en solitario, responsabilidades que también han sido de compañeros incapaces de hacer diferencia en momentos cruciales, en tres finales agónicas, (recordemos que todas se fueron al alargue) y en todas se fallaron ocasiones clarísimas de gol.

Rusia, si se anima, será la última llamada para su consagración, dependerá de él, pero sobre todo de aficionados y compañeros, transformar una carga individual, en una responsabilidad colectiva. Ojalá, así sea.

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