El veganismo como lujo

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Por: Daniela Dib – @dandiba

Si existe controversia sobre el documental What the Health, aún disponible en Netflix, no se debe a su argumento principal. Según el filme, además de fijarnos bien en lo que contienen los alimentos que consumimos, debemos adoptar una dieta cien por ciento basada en plantas. Sin duda, la comunidad científica internacional coincide sobre lo que implica una dieta sana: fuentes de proteína, grasas buenas, ingredientes naturales, pocas azúcares y harinas refinadas, y sí, muchos vegetales, frutas y tubérculos. El problema de What the Health es que sus creadores argumentan de una manera sumamente manipuladora por qué y cómo debemos volvernos veganos.

En diversos momentos del documental hablan “expertos” que aseguran que beber leche es igual de malo que fumar un cigarro, o que una dieta vegana es la prevención y cura de todo tipo de enfermedades. Como lo hace notar un artículo de Vox, esta información no sólo es exagerada, sino que es irresponsable. Y como mexicanos, al vivir en un país donde más de la mitad de la población padece de problemas de sobrepeso y un buen porcentaje tiene obesidad, tomar la información de este documental al pie de la letra es más perjudicial que benéfico. Porque si bien la obesidad es un problema de salud pública, para quienes vivimos en la burbuja de información vía Netflix es más grave pensar que todo el mundo puede y debe adoptar un estilo de vida tal como lo plantea What the Health.

La ola de productos orgánicos, superfoods, remedios exóticos de Oriente y terapias milenarias de sanación alimenticia nos invitan a tener un estilo de vida más saludable, menos enfermedades y una mejor relación con la comida. Todo esto está muy bien, pero sermonear sobre los peligros del mercurio y la pesca ilegal a quien saca una lata de atún a la hora del lunch Godín es como escupir en su plato. El atún en lata podrá no ser tan bueno como el filete de atún aleta amarilla, pero sin duda es más barato. Además, comer una lata de atún es mejor que una torta de tamal. Es justo ahí donde radica el problema de los iluminados alimenticios: más que compartir información necesaria, muchos emiten un juicio de valor basado en su propio poder adquisitivo.

“Qué cruel que sigas comiendo animalitos”, “Qué ignorante que no sepas que es el hemp”, “Qué irresponsable que consumas carne”. Estos argumentos caen en la exageración con tal de probar su punto, tal y como ocurre con What the Health. Una cosa es promover el consumo de vegetales y otra es que, para hacerlo, asegures que consumir huevo –uno de los alimentos más baratos, nutritivos y que aparecen en la canasta básica del mexicano promedio– es lo mismo que fumar cinco cigarros diarios. Es triste que pregonar sobre los beneficios de una dieta vegana no siempre se enfoque en comunicar los beneficios de un estilo de vida más sano: con frecuencia, se centra en presumir que “yo soy mejor porque tú todavía compras leche Alpura llena de conservadores mientras yo bebo un brebaje dorado con cúrcuma importada y leche orgánica de almendras”.

Coincido en que llevar una dieta con más frutas, verduras e ingredientes naturales no resulta más caro que alimentarse a base de refrescos y productos llenos de alta fructosa. Apegarse a la dieta tradicional del mexicano, basada en el consumo de maíz, leguminosas, frutas y proteína animal, es una opción accesible y sana incluso dentro de los estándares que recomienda el IMSS. Sin embargo, querer nutrirse a base de súper alimentos, frutas y verduras fuera de temporada o productos y suplementos orgánicos es algo que sí requiere mayor inversión y que no todos los mexicanos pueden o deben hacer.

El Vitamix maravilloso que utiliza todo influencer vegano que se respeta cuesta mínimo $7,500. El kilo de almendras para hacer leche cuesta alrededor de $200 pesos, y el pan sin gluten $99 pesos el paquete. Para los ovovegetarianos, la diferencia entre una docena de huevo orgánico y uno normal es de casi $30 pesos. Marcas a la cabeza de un estilo de vida sano basado en alimentación, como Goop –creada por la actriz Gwyneth Paltrow– y Whole Foods han sido criticadas por vender productos sencillos al triple de su precio por traer alguna falsa leyenda sobre sus propiedades “naturales”.

Desafortunadamente esto ocurre con frecuencia en las empresas que producen, distribuyen o preparan alimentos; para ellas, el veganismo no es un estilo de vida, si no una categoría de marketing. Las leyendas fat-free, cruelty-free, dairy-free, sugar-free y gluten-free no necesariamente significan que un alimento sea sano o que un producto sea ético. Usualmente implican un precio de venta más alto y una percepción en el consumidor de que está haciéndole un favor a su cuerpo y al planeta. Este último punto, según reportes recientes, ni siquiera es cierto. Y gracias a documentales como What the Health y la opinión a veces intolerante de quienes practican el veganismo, lo que incrementa no es la cantidad de personas que dejan de ser obesas, sino el precio de todo lo que incluye la etiqueta de “Vegano”.

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El cine que vamos matando

Por: Daniela Dib – @dandiba

Un solo dato parecería suficiente para mantener con vida la esperanza de que los libros siguen vigentes: en el 2016, el 60% de las películas más taquilleras a nivel mundial fueron adaptaciones de alguna obra literaria. Otra cifra, sin embargo, derrumbaría la fe del literato más entusiasta: las obras literarias responsables de estas ganancias fueron cuatro cómics, un clásico y un libro basado en otro libro.

Película Recaudación total
Capitán América: Civil War $1 153 304 495
Rogue One: Una historia de Star Wars $1 056 052 054
Buscando a Dory $1 028 570 889
Zootopia $1 023 784 195
El libro de la selva $966 550 600
La vida secreta de las mascotas $875 457 937
Batman vs Superman: Dawn of Justice $873 260 194
Animales fantásticos y dónde encontrarlos $814 037 575
Deadpool $783 112 979
Escuadrón Suicida $745 600 054

Fuente: Box Office Mojo

“Capitán América: Civil War”, basado en el cómic Civil War de Mark Millar y Steve McNiven para Marvel; “Batman vs Superman: Dawn of Justice”, inspirado en los personajes de los cómics creados por Bob Kane y Bill Finger (Batman) y Jerry Siegel y Joe Shuster (Superman) para DC Comics; “Deadpool”, basado en el cómic homónimo de Rob Liefield; “Escuadrón Suicida”, inspirado en varios villanos de DC Comics; “El libro de la selva”, adaptada de la novela clásica de Rudyard Kipling; y “Animales fantásticos y dónde encontrarlos”, una secuela del universo de Harry Potter también escrita por J.K. Rowling. El que la adaptación cinematográfica de estas obras haya sido buena o mala no está a discusión. Lo que vale la pena resaltar es que, contrario a lo que ocurría hace unas décadas, los grandes estudios de cine parecen estar enfocados en encontrar una receta para lograr éxitos de taquilla. Al hacerlo, sacrifican la creatividad, las buenas historias y las nuevas ideas. Incluso Martin Scorsese, uno de los cineastas más reconocidos del séptimo arte, declaró recientemente que “El cine ha muerto”. Atribuyó su muerte a la falta de creatividad de la industria, culpando a los “estudios con aversión al riesgo que además están obsesionados con las películas de franquicias.”

Lo que los estudios de cine comprenden bien es que la experiencia del cine no ha muerto, pero está luchando por mantenerse a flote. Netflix, Hulu, Amazon y sus competidores han desarrollado una nueva manera de consumir contenido (on-demand y binging) en dispositivos móviles, así que los estudios ya no pueden darse tanto lujo de experimentar con nuevas historias costosas de producir cuyo éxito no pueden anticipar. Una manera de predecir una película taquillera es observando otro mercado que produce y vende historias: el literario.

No es cosa nueva que los libros sean fuente de inspiración para cineastas. El Padrino, película que muchos expertos califican como la obra maestra del séptimo arte occidental, fue adaptada por Francis Ford Coppola del libro homónimo de Mario Puzo. Stanley Kubrick adaptó varios libros, entre ellos: El Resplandor de Stephen King y Lolita de Vladimir Nabokov. El éxito que la trilogía de El Señor de los Anillos alcanzó en las salas de cine, al igual que la saga de Harry Potter, no pudo haber sido posible sin la imaginación que J.R.R. Tolkien y J.K. Rowling plasmaron en sus extensos tomos. En los más de cien años de historia del cine, cientos de libros buenos y malos han derivado en películas malas y buenas. De hecho, la influencia que la literatura ha tenido en la industria cinematográfica ha sido tal que le ha ganado una categoría especial en los premios Oscar: la de Mejor Guión Adaptado.*

Sin embargo, lo que hoy ocurre es diferente. Estudios de cine como Sony, Universal y Paramount Pictures han creado departamentos de Adaptación Literaria para identificar obras de cualquier tipo de literatura que puedan convertirse en éxitos en taquilla. Y pareciera ser que el principal requisito para adaptar al cine una obra literaria es que el libro haya sido un éxito en ventas. Esto explica filmes extraordinarios como “Figuras Ocultas”, basada en el libro Hidden Figures: The American Dream and the Untold Story of the Black Women Who Helped Win the Space Race de Margot Lee Shetterly  y “La llegada”, adaptada del cuento corto  Story of Your Life de Ted Chiang. Pero también parece ser la razón detrás de todas las secuelas de superhéroes que ya han sido mencionadas, o de filmes como “Cincuenta Sombras de Grey”, basados en la obra homónima de la autora E.L. James. Tanto el filme como la novela fueron destrozadas por la crítica, pero el libro ha vendido más de 130 millones de copias y la película generó más de $85 millones de dólares tan solo en el fin de semana de su estreno.

Scorsese parece rendirse ante la falta de creatividad en el mundo del cine, pero no todo es culpa de los estudios. Si el público mundial está dispuesto a pagar por ver la séptima entrega de una franquicia de superhéroes, entonces los estudios seguirán explotándola. Resulta interesante que la temática más recurrente este tipo de películas sea la lucha entre el bien y el mal. Aunque sin duda son conceptos universales que compartimos entre culturas antiguas y  modernas, ¿realmente queremos seguir viendo cada verano la versión reciclada con disfraces de lycra, efectos especiales y superestrellas? ¿Por qué seguimos yendo al cine a consumir historias tan parecidas entre sí?

Las películas que solemos consumir en las salas de cine mexicanas se realizan principalmente en EEUU. Sin embargo, desde nuestra frontera podemos comenzar a exigir mejores historias. Somos, en gran parte, una audiencia global que consume contenido de diferentes geografías. Querer diversidad en el cine no significa más películas de cine de arte o de actores mexicanos hablando inglés. ¡Queremos buenas historias! Si la industria editorial está influenciando las decisiones de grandes estudios de cine, ¿por qué no más cineastas, latinos o no, voltean a ver las grandes historias que encierra la literatura latinoamericana? Y tal vez la pregunta más difícil: ¿por qué nosotros como audiencia seguimos queriendo ver la misma historia cada año?

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El Pan Nuestro

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Por: Daniela Dib – @dandiba

El pan es el protagonista del tercer episodio de la serie original de Netflix Cooked, conducida y producida por el escritor y crítico Michael Pollan. Los primeros minutos del episodio muestran una escena cotidiana en Marruecos: un niño espera mientras su madre prepara la masa del pan para después correr a hornearlo con el panadero del pueblo. “Es imposible vivir sin pan”, se escucha decir a la madre mientras golpea la masa y harina la charola –y ella, como todas las madres, tiene razón.

Presente en prácticamente todas las culturas del mundo desde que surgió la agricultura, al pan se le considera como uno de los alimentos básicos para el cuerpo y el alma. Su existencia representa la primera transformación de ingredientes naturales realizada por el hombre: al combinarse los cereales, el agua y la sal dejan de ser solo eso y mediante una serie de reacciones químicas (que pueden o no incluir levadura) se convierten, juntos, en algo nuevo. Este proceso es tan importante que tiene un simbolismo clave en las sociedades que surgieron de las religiones judeocristianas: para los católicos, Cristo transfiguró su cuerpo en pan y en cada comunión los fieles lo consumen como alimento de vida eterna; en el judaísmo, el pan ácimo (sin levadura) representa el Éxodo, el principal evento que forjó la identidad moderna de esta religión.

La interacción de culturas y prácticas culinarias ha hecho posible que hoy podamos disfrutar de todo tipo de panes en un país donde el alimento principal siempre ha sido la tortilla (recordemos que el maíz es un grano y se mezcla con agua y sal para preparar la masa). Sabemos que la intervención francesa en México nos regaló el bolillo, inspirado en la baguette, y algunas variantes de pan dulce como la oreja o palmera, originalmente palmier, o los panquecitos que provienen de la receta de las madeleines. Aunque no es tan obvio a primera vista, otros panes que denominamos tradicionales tienen sus orígenes en el judaísmo: además de su significado religioso, la única diferencia entre el challah, consumido durante el Sabbat y otras festividades, y la trenza de panaderías mexicanas es que ésta a veces es dulce mientras que el challah solo puede ser salado; por su lado, la cemita debe su nombre (semita) y su receta al pan ácimo traído a México por la comunidad judío-española. Y, por supuesto, el pan árabe o pan pita, traído por los inmigrantes sirio-libaneses al país a principios del siglo XX, es indispensable para una de las recetas más tradicionales de la gastronomía poblana: el taco árabe.

La historia del pan, tan ligada al acervo cultural de nuestra historia, se topó recientemente con un detractor originado por una táctica de mercadotecnia. El gluten es uno de los ingredientes principales del pan: es una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno y llega a afectar a celíacos, personas que padecen una enfermedad que les impide procesarla y les provoca distintos síntomas, algunos de ellos muy severos. Si bien es una enfermedad real y hoy es cinco veces más común que hace cincuenta años, sigue siendo muy poco frecuente: solamente el 1 por ciento de la población mundial es celíaca, y gran parte de esa gente ni siquiera sabe que la tiene. Aún así, en 2014 surgió una ola de aversión al gluten que ganó tracción gracias a los cada vez más frecuentes estilos de vida saludable. Ingerir carbohidratos con moderación, así como menos alimentos procesados y más verduras y frutas, es siempre recomendable. Sin embargo, en algún momento consumir gluten pasó de ser lo más común a considerarse una práctica tan poco sana como comer azúcar a cucharadas. En respuesta, y como alternativa saludable, surgió la industria de productos etiquetados gluten-free que hoy varían desde pasta y hogazas hasta tamales y shampoos sin esta proteína, usualmente a un precio hasta 200 veces mayor. Además de que afecta la cartera, pese a que son bienvenidas las opciones para los cerca de 7.4 millones de celíacos en todo el mundo, satanizar y evitar el gluten sin padecer esta condición es sacrificar una oportunidad para empaparse de otras culturas a través de su mejor exponente: la comida.

En el corazón de la ciudad de Nueva York, uno de los epicentros de la gastronomía global, hoy el pan goza de una especie de renacimiento. Además de panaderías como Breads Bakery (su receta del babka, un pastel de chocolate originario de Europa oriental, ha sido laureada en varias ocasiones con el título de mejor postre de la ciudad) y Dominique Ansel Bakery (cuna del híbrido entre dona y croissant, el cronut), muchos establecimientos participan en la divulgación cultural a través de panes provenientes de distintos lugares. Hot Bread Kitchen es el mejor ejemplo, pues emplea a mujeres inmigrantes de distintos países para que cocinen sus recetas típicas de panes. Estos después se distribuyen y venden en mercados y restaurantes locales. La premisa de su fundadora, Jessamyn Rodriguez, es que muchas mujeres emigran sin habilidades profesionales o académicas y llegan a Estados Unidos armadas sólo con su habilidad en la cocina. “Tanta gente tiene una tía, una madre, abuela o alguna mujer en su vida con una receta especial de pan”, menciona. Su objetivo es monetizar esas recetas para brindar a estas mujeres una buena oportunidad de empleo. Dejando de lado las tendencias y los hashtags, inmigrantes de todos los continentes comparten sus historias a través de su dominio del gluten. Bialys, challah, flatbreads, tortillas, naan, focaccias, bagels; más que una panadería, Hot Bread Kitchen es un museo del pan como alimento universal.

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Negros en la Oscuridad

 

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Por: Daniela Dib – @dandiba

“¿Por qué todos los chicos negros[i] se sientan juntos en la cafetería?”

Cuando un libro tiene un título tan inesperado como este, difícilmente un bibliófilo curioso puede resistirse al impulso de querer hojearlo. Hacer justo eso me llevó a comprar esta obra de Beverly Daniel Tatum, leerlo y comenzar a comprender algo de cuya magnitud no tenía idea: el problema racial de Estados Unidos.

Lo que como extranjeros sabemos sobre este tema es muy escueto: que los negros llegaron como esclavos, que vivían en plantaciones de algodón sin algún tipo de derecho, que obtuvieron un poco de dignidad como civiles hasta el movimiento de Martin Luther King, o que son muy buenos músicos y resultan excelentes atletas cuando alguien los saca de los ghettos y los desvía de una vida de pandillas y vandalismo. Nuestra admiración por las estrellas de esta raza es infinita: desde atletas – ¡Michael Jordan! ¡Venus y Serena Wiliams! ¡Simone Biles! -, actores – ¡Halle! ¡Denzel! ¡Oprah! ¡Samuel L. motherfucking Jackson! -, músicos – ¡Louis Armstrong! ¡Michael Jackson! ¡Kanye West! ¡Queen Bey! – y, por supuesto, hasta la pareja que actualmente vive en la Casa Blanca.

Sin embargo, si viajamos a Chicago, Nueva York o Los Ángeles, volvemos no para comentar sobre los múltiples logros y talentos de todas estas figuras famosas, sino para resaltar el hecho de que los indigentes, asaltantes y limosneros son casi siempre negros, que hay que evitar los barrios en donde viven, que qué impresionante peinado tienen. “Vi a un negrito bailando increíble en el metro”, “Vi a un negro gigantesco haciéndola de cadenero”, “Me perdí en un barrio de puros negros, me preocupé horrible”. Estas frases y percepciones no necesariamente ponen en evidencia nuestro racismo incurable, sino que se deben, en parte, a la influencia directa de los medios estadounidenses que crean y exportan productos culturales.

En el libro de Tatum aprendí que aunque el gobierno de Estados Unidos insista que el 72% de su población es blanca y el 12% negra, el hecho de que cada persona sea libre de elegir su raza en los censos distorsiona la información. Si eres hispano, árabe o de las islas del Pacífico, también puedes tachar la cajita de “Blanco”. Esto significa que el verdadero porcentaje de la población blanca (lo que en México y Latinoamérica conocemos como blancos; es decir, la imagen que tenemos del típico “gringo”) es alrededor del 49%. Esto es importante al observar más estadísticas sobre la diferencia entre un joven blanco y uno negro, incluyendo la probabilidad que tiene cada uno de ir a la cárcel en su vida (32% para el negro versus 6% para el blanco), de morir por un disparo de la policía (2.5 veces más probable para un negro), o de graduarse de la universidad (62% de los blancos que se inscriben lo hacen, mientras que sólo ocurre con el 42% de los negros.)

El libro de Tatum aborda lo que estas disparidades implican para niños y jóvenes negros. Si bien es cierto que esta minoría es la que más altas tasas tiene de drogadicción, criminalidad y abandono de estudios, no todo niño negro va a terminar sumándose a ellas. Pero ser negro en Estados Unidos, argumenta Tatum, no es fácil: en el país que tanto celebra la valentía y prosperidad de los migrantes, los negros se enfrentan a la dolorosa realidad de que ellos no llegaron a América por voluntad propia; en su memoria colectiva llevan la injusticia de que sus antepasados trabajaron, sin paga, las tierras que enriquecieron al país; aún está fresca la huella de lo humillante que era usar baños, utensilios y vehículos separados de los blancos hasta hace cincuenta años; el hecho de que muchos vivan en las peores zonas de las ciudades se debe, en buena medida, a las políticas públicas que durante años perpetuaron la segregación racial; gracias a políticas bien intencionadas como el affirmative action, es común que un estudiante negro en la universidad viva con el estigma de que no está ahí por sus capacidades sino porque se debía cubrir una cuota de minorías en el salón.

Las recientes protestas en Ferguson, Missouri, y Charlotte, Carolina del Norte, comenzaron porque policías blancos otra vez mataron a tiros a individuos negros sin otra razón aparente más que su tono de piel coincidía con el de 37% de los presos en el país. Pero los voceros del movimiento #BlackLivesMatter no sólo abogan por frenar abusos de autoridad motivados por el racismo: también quieren que haya opción de tonos negros en los maquillajes para mujer, que la mayoría de los personajes negros que aparecen en la televisión o películas no sean delincuentes, gángsters, prostitutas o infortunados que se salvan sólo por la ayuda de un blanco, y que cese la apropiación cultural.

Y es justo la apropiación cultural la espina que más impotencia les provoca. Los productos culturales que nacieron del sufrimiento de los esclavos en Estados Unidos no fueron inmortalizados en la cultura popular por negros: sin el blues doloroso de Big Mama Thornton, Elvis Presley no mantendría el título del cantante con más ventas en la historia; mucho antes de Eminem estuvo Tupac, pero Marshall Mathers ha recibido 155 reconocimientos y premios por su música mientras que el fallecido californiano obtuvo sólo 5 en el transcurso de su trágica vida. Las trencitas (cornrows) en el cabello de la raza negra son funcionales para que los rulos tan cerrados no se enreden. En la calle, las trencitas de una negra son una marca de su pobreza, del ghetto, pero en una blanca representan que es cool, que está de moda, que es fashion. No es que los blancos no puedan peinarse así, rapear, tocar jazz o usar pantalones aguados. El problema es que se llevan el mérito, cultural o monetario, por hacerlo. Como menciona la revista Time, hay una diferencia entre rendir homenaje a una cultura y robar de ella.

Volviendo al libro de Beverly Tatum, más allá de esclarecer por qué, a pesar de que ya no hay segregación racial en el país, sigue siendo muy común que los negros se aíslen de los blancos a la hora de la comida. La autora levanta muchas preguntas que para quienes no somos estadounidenses nos parecen sobradas: ¿Cómo pedirle a un niño de padres birraciales que elija si es negro o es blanco? ¿Cómo explicarle por qué no hay superhéroes negros, o de qué color es Dios? En la cultura mexicana, el dinero y la clase nos dividen como sociedad, pero el hilo conductor de nuestra vida como país es el mestizaje. Al tramitar nuestros documentos oficiales no tenemos que especificar qué raza somos, a qué minoría social pertenecemos, o qué porcentaje de nuestros genes son españoles o indígenas. Aunque en la práctica social haya quienes ponderen el cabello rubio y tez blanca sobre el negro y la piel oscura, la herencia cultural de íconos como Agustín Lara o Juan Gabriel la cantamos güeros y morenos por igual. Y creo que eso, el poder ser capaces de compartir una cultura, es algo que el país más poderoso del mundo no tiene.

[i] Elegí no utilizar el término afroestadounidense por dos razones: describir a alguien como negro no es peyorativo, y no todos los negros que viven en Estados Unidos se sienten cómodos con su uso.

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Leer a Ciegas

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Por: Daniela Dib – @dandiba

La vez que Enrique Peña Nieto no pudo nombrar tres libros que marcaron su vida quedó documentada para la posteridad como evidencia de dos verdades incómodas: la primera, que México es gobernado por un presidente inculto y poco elocuente, y la segunda, que el comportamiento de consumo literario de gran parte de los mexicanos es un buen indicador para entender por qué el país es gobernado por un presidente así.

No es noticia nueva que hay pocos lectores en México. Según el último reporte de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura que realizó Conaculta, el mexicano promedio lee el equivalente a 5.3 libros al año. Esta cifra es optimista en apariencia, pues difiere de manera drástica con los resultados de otro estudio, hecho por el Módulo de la Lectura: según ese organismo, el promedio anual es de 3.8 libros. La diferencia, sin embargo, resulta irrelevante si se toma en cuenta el tipo de libros que más se leen en el país.

De acuerdo a las listas de libros más populares en Librerías Gandhi, Sanborns y Amazon —los tres vendedores de libros más importantes en México—, títulos como Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie y Y colorín colorado este cuento aún no ha acabado / La vida no se acaba… hasta que se acaba, de Odin Dupeyrón se mantienen entre los preferidos de los lectores. Cada lector es libre de elegir el contenido de su elección, pero vale la pena considerar que un estudio psicológico reciente comprueba que el cerebro funciona mejor si se lee lectura profunda, como ficción literaria y poemas, en vez de lectura ligera, como la que es común en títulos de autoayuda.

El talento literario existe. No faltan los buenos ensayistas, cronistas, investigadores o novelistas, sean traducidos o que escriban en español. Medios internacionales ensalzan a la nueva generación de escritores latinoamericanos. ¿Por qué entonces aparecen libros de fan fiction erótica o guías de superación personal en las listas de bestsellers mexicanas en vez de novelas literarias o textos de interés general? Una posible respuesta es la siguiente: porque obtener recomendaciones o desarrollar interés por otro tipo de lectura parece ser una hazaña imposible.

Como dice el ensayista Gabriel Zaid, en México “no estamos organizados para leer, sino para alcanzar metas de crecimiento, producción, ventas, rentabilidad.” No se montan vallas publicitarias para el lanzamiento de un nuevo título sobre descubrimientos científicos ni espectaculares para anunciar el libro más reciente de un poeta. La prensa masiva no cubre la publicación de una novela latinoamericana a menos que aparezca un Nóbel en la página de Wikipedia del autor. Si una historia literaria recibe el tratamiento Hollywood, el libro aparece en los estantes con la portada del póster de la película; la noticia del escape de un narcotraficante famoso recibe un tratamiento similar.

El ejemplo más doloroso de esta falta de opciones es palpable en cuanto uno ingresa a una librería mexicana. No es que haya poca variedad de títulos, autores o temas en sus estantes; es que los libros no se pueden hojear porque vienen forrados en plástico. Las razones con las que se pretende explicar esta barrera varían entre los vendedores de libros. Unos dicen que así lo exigen las casas editoriales, otros que son los consumidores quienes lo solicitan. Y si bien se entiende el interés económico por mantener el producto en buen estado, ya sea para no desperdiciar o para facilitar la rotación de inventario, evitar hojear un libro antes de comprarlo es como comprarse un par de zapatos sin antes probarlos.

De manera reciente, los vendedores de libros en México han adoptado un sistema para impulsar la venta de libros muy popular en librerías independientes estadounidenses: exponer recomendaciones escritas de los empleados junto a una copia del libro que leyeron. No sólo es una buena manera de establecer un diálogo más humano entre la empresa y el cliente, sino de hacerle saber al consumidor que existen más libros que aquellos expuestos en las mesas de bestsellers (que, cabe recalcar, no porque sean populares significa que sean malos). Sin embargo, los libros que acompañan la tarjeta con la recomendación siguen estando envueltos en plástico, impidiéndole al posible lector tomar la decisión final sobre su compra.

Por muy buena que sea una reseña, y aunque la editorial haya hecho un buen trabajo en la sinopsis del libro y el diseño de contraportada, leer lo que viene en las páginas es primordial para saber si uno está interesado en lo que en ellas se dice. No hay peor lectura que la que no se disfruta ni peor compra que la que no se utiliza. Y si México quiere un presidente capaz de enlistar tres libros que disfrutó, entonces la norma entre los lectores mexicanos no debería ser leer a ciegas.

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Hamilton: Del Libro al Fenómeno

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Por: Daniela Dib – @dandiba

Hace siete años, un hombre de veintiocho mataba tiempo en una tienda de libros y se topó con la biografía del primer Secretario de Finanzas de Estados Unidos. Exceptuando sus más de ochocientas páginas, a primera vista el libro no parecía sobresaliente: en su portada dominaban los colores neutros, las recomendaciones de académicos, y, al más puro estilo de la sección de libros históricos, un favorecedor retrato del protagonista ocupando la mayor parte del diseño. Como cabecera y pie de página estaban el nombre del autor y el título de la obra, ambos impresos con tipografía sobria. Es probable que el hombre, llamado Lin-Manuel Miranda, haya tomado aquel libro de tan aburrida apariencia, hojeado algunas de sus páginas, leído varias líneas y quedado completamente fascinado con la historia que en ellas se contaba, pues hoy se sabe que aquella biografía de Alexander Hamilton, escrita por Ron Chernow, resultó ser la lectura de vacación más fructífera de la historia.

Uno nunca pensaría que Miranda es el tipo de persona que lee biografías, mucho menos la del hombre que adorna el billete de diez dólares estadounidenses. Para empezar, Miranda es un neoyorkino nacido de inmigrantes puertorriqueños. Para seguir, su pasión no es la historia sino la música, en particular el rap, el hip hop y el teatro musical. Talentoso hasta la médula, en 2008 ganó un premio Tony por el musical In the Heights, el primero de su autoría, que basó en su propia infancia dentro del multicultural vecindario de Washington Heights, en Manhattan. Aquel reconocimiento le valió una invitación para presentarse en la Casa Blanca durante el White House Poetry Jam de 2009 y cantar algunas de las canciones premiadas de In the Heights. Pero Miranda, consciente de su público aquella noche, prefirió presentar otra cosa: la primera canción de un proyecto musical en proceso sobre la vida de Alexander Hamilton—alguien que, según lo relatado en el libro de Chernow, para Miranda “personifica la esencia del hip hop”. El éxito de esta presentación le valió una ovación de pie por parte de los Obamas, un video viral en YouTube y un adelanto de $175,000 dólares para terminar el proyecto.

A principios de 2015, Hamilton debutó off-Broadway y provocó la histeria. Con la bendición de Barack y Michelle Obama—ella ha dicho literalmente que es la mejor obra de arte que ha visto en su vida—, el musical ha acumulado espectadores de todo tipo, desde Beyoncé, Eminem, Amy Schumer, Oprah Winfrey y Kanye West hasta Bernie Sanders, Madeleine Albright, las hermanas Bush y el mismísimo Dick Cheney, quien fuera vicepresidente durante el mandato de George W. Bush. (Obama ha expresado en varias ocasiones que Hamilton es lo único en lo que él y Cheney están de acuerdo). Para noviembre, el musical se había trasladado a uno de los principales teatros de Broadway y con la mudanza se triplicaron los interesados en verlo: hast la fecha, las filas para conseguir un boleto llegan hoy a conformarse por mil personas. Miranda y su obra se convirtieron en el ajonjolí de todos los moles, apareciendo en todo tipo de revistas, artículos, programas de televisión, colaboraciones, programas de radio y clases de spinning, y recibiendo infinidad de premios y reconocimientos, incluyendo el premio Pulitzer en la categoría Drama y once premios Tony. El soundtrack completo con el reparto original es número uno en Billboard y está disponible para nosotros los mortales en Spotify, donde ha sobrepasado las 148 millones de descargas. A la fecha, el musical ha recaudado $60 millones de dólares en Broadway, el precio de reventa para verlo sobrepasa los $500 dólares y las entradas se encuentran agotadas hasta enero de 2017 a pesar de que hay un show de Hamilton cada día de la semana.

¿Qué es lo que ha desatado la locura por esta obra? Son muchos los factores, pero el resumen es que con ella Miranda logró la hazaña de dar una muy necesaria lección de historia sin ser aburrido ni condescendiente. El clima político que vive Estados Unidos se caracteriza, entre otras cosas, por una hostilidad hacia los inmigrantes y un sentimiento conflictuado de nacionalismo, temas que Miranda hábilmente identificó en la historia de Alexander Hamilton y escribió un rap para contarlos. Hamilton, además de ser uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos y su primer Secretario de Finanzas, fue un inmigrante nacido en la isla caribeña de San Cristóbal y Nieves, el hijo bastardo de un escocés sin títulos nobiliarios ni educación de altura. Las primeras palabras del musical lo presentan así:

How does a bastard, orphan, son of a whore

And a Scotsman, dropped in the middle of a

Forgotten spot in the Caribbean by providence

impoverished, in squalor

Grow up to be a hero and a scholar?

Y la calidad de las rimas no es poca cosa. Miranda se basó en sus ídolos musicales para darle vida a los personajes históricos de la obra, así que Angelica Schuyler, la cuñada de Hamilton, rapea a la velocidad de Busta Rhymes, Thomas Jefferson discute sobre el futuro financiero del país como si fuera Kendrick Lamarr y pareciera que es Lauryn Hill quien narra la batalla de Yorktown. La música no es el único aspecto de Hamilton que rinde honor a la herencia multicultural de Estados Unidos. El elenco muestra la diversidad que hoy existe en aquel país y que muchas veces no se representa con veracidad en los medios: el ochenta por ciento de los actores de Hamilton pertenece a alguna minoría, por lo que George Washington aparece como un afroamericano sin cabello, Eliza Schuyler, la esposa de Hamilton, es mitad asiática y el Marqués de Lafayette porta un espectacular afro. Y Miranda, pálido, delgadito y con pelo lacio y negro, es quien tiene el papel principal.

La sensibilidad con la que Lin-Manuel Miranda cuenta, no sólo la historia de Alexander Hamilton, sino también la del nacimiento del país que los acogió a ambos no ha pasado desapercibida por las autoridades educativas de Estados Unidos. El material que Miranda utilizó como parte de su investigación para crear el musical se decretó como lectura obligada en 20,000 preparatorias del estado de Nueva York, además de que algunos de los alumnos de aquellas escuelas—muchos de ellos con carencias económicas—reciben boletos gratuitos para presenciarlo en el teatro.

Hamilton comenzó con una canción en 2009 y a tan solo un año de aparecer en Broadway se ha convertido ya en clásico del teatro musical. Se espera que en los años venideros tenga cientos y cientos de representaciones no sólo en los escenarios de Nueva York, Chicago o Londres sino en teatros amateur en todo el mundo. Pero su impacto cultural es inconmensurable: además de pasar a la historia como la obra que revolucionó la manera de contarle la historia, valga la redundancia, a las nuevas generaciones, su creador ha marcado un parteaguas en cómo se percibe la aportación del rap y el hip hop a la cultura popular, pues Hamilton no es un relato de pandillas o de misoginia, sino de cómo un hombre se hizo de un mejor futuro mediante su talento con las palabras. Sobra decir que los biógrafos de personajes aparentemente aburridos ahora se mueren porque un genio creativo se tope con sus obras en una librería mientras buscan su lectura de vacación, fenómeno que, como lectores, nos motiva a salirnos de la sección de Superación Personal y darle chance—por qué no—a la de Biografías.

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Obama el Ninja

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Por: Daniela Dib – @dandiba

Tengo una teoría que carece de sustento teórico, está llena de sesgos y navega peligrosamente en las aguas del fanatismo personal, pero que aún así encuentro bastante probable: en dos años Estados Unidos verá el daño que le provocó la presidencia de Barack Obama.

No hablo sobre las implicaciones del Medicare y Medicaid o del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba; ni siquiera del rescate financiero de Merrill Lynch y General Motors o del asesinato de Osama bin Laden. Carezco de los argumentos y análisis a profundidad que me permitan predecir con cierta lógica las consecuencias políticas, sociales y económicas de estas controvertidas acciones ocurridas durante los dos períodos presidenciales de Barack Obama.

El daño al que me refiero se podrá asimilar cuando él ya esté fuera del despacho oval, libre de la presión presidencial, cuando el próximo POTUS se haya enfrentado al escrutinio público y se haya convertido en el rostro de Estados Unidos ante el mundo. Con Hillary o Donald en la Casa Blanca, el país hasta ahora más poderoso del mundo se dará cuenta que Barack Obama fue su primer embajador digital, y que – ahí va el agravio – nunca volverá a tener uno.

Vladimir Putin, Kim Jong-un y, por supuesto, Enrique Peña Nieto, son otros mandatarios con gran presencia en Internet. Sin embargo, su popularidad se nutre de críticas y burlas de lo que dicen, hacen o dejan de hacer. (En Rusia incluso se han vetado los memes que se mofan de Putin; al líder norcoreano aparentemente le gusta observar cosas; está de más mencionar todo lo que se publica a diario sobre Peña Nieto, aunque este meme es épico). Pero en el caso de Obama, el Internet habla de él porque lo ama.

Además de su carisma, el apoyo (y los brazos) de su esposa, Michelle, la estabilidad de sus hijas Malia[1] y Sasha, y hasta la fotogenia de su perro Bo, lo que hace de Obama un presidente tan querido en el mundo digital es que él y su equipo han aprendido muy bien a hablar el idioma de los millennials y navegan con familiaridad las plataformas en donde ellos conversan. A principios de este año, el sitio Engadget nombró a Obama como un social media ninja por sus extraordinarias habilidades de conversación virtual. Claramente, el mérito no es sólo suyo; desde su primera campaña presidencial en 2008, Obama contó con el apoyo de un equipo dedicado por completo a las redes sociales que fue capaz de lograr una presencia tan exitosa a la que muchos le atribuyen el éxito en las elecciones. Tal fue el precedente que marcó su campaña, principalmente a través de Facebook y Twitter, que la estrategia se estudia hoy en cursos de marketing político alrededor del mundo.

A partir de entonces, el equipo del presidente dicta el alto estándar para la incursión de mandatarios en las redes sociales. Primero fueron Twitter, Facebook y YouTube; después Vine y Reddit. Tras la reelección en 2012 – inmortalizada con uno de los tweets más replicados en la historia -, Obama incursionó en Tumblr, comenzó a hacer apariciones especiales con íconos de la cultura pop de su país, y fue uno de los primeros en lanzar un canal presidencial en Snapchat, la plataforma perfecta para ofrecer un detrás de cámaras permanente de las aventuras presidenciales.

Obama entiende perfectamente qué es un GIF, cómo usar un meme, en qué momento aplicar un mic-drop. Sabe qué está de moda entre los millennials y por eso se avienta un freestyle con Lin-Manuel Miranda, enloquece al internet con una probadita del episodio en el que prueba comida callejera en Vietnam con el chef Anthony Bourdain, se rodea de un equipo que silencia a los críticos con una foto y cuatro palabras en un tweet. Coronó su reinado en las redes sociales hace unos meses, cuando fungió como el orador principal del evento más importante para la comunidad de vanguardistas digitales en Estados Unidos: el festival SXSW (South by South West), en el que habló, por supuesto, de cómo el Internet puede servir a la población en distintos ámbitos.

Durante los últimos meses de su mandato, el siempre sonriente Obama se ha relajado un poco más de lo habitual y ha hecho mancuerna con otro consentido del mundo digital: Justin Trudeau, el primer ministro canadiense. Ambos personifican a lo que aspira todo millennial: atractivo, en forma, consciente de los problemas globales, estables pero liberales y, sin más complicaciones, cool. Muy cool. Y la clave es que Obama entiende que las redes sociales no sólo se utilizan en Estados Unidos sino en el resto del mundo, y que si hoy un veinteañero mexicano manda un Snap con emojis y hashtags, otro veinteañero japonés puede verlo y comprender lo que quiere decir. El POTUS le habla a todos ellos.

Volviendo a mi teoría, en dos años los millennials y sus herederos, la generación Z, se habrán cansado de comentar los impasses de Hillary Clinton o de Donald Trump. A estas alturas de la carrera presidencial, los posts más viralizados de Hillary son aquellos en las que deja en evidencia lo que sus críticos llaman “su intento por parecer la abuela que trata de ser cool en redes sociales”; en el caso de Trump, cualquier cosa que diga o haga se vuelve popular por su contenido ridículo y surreal. Cualquiera que quede electo como presidente se convertirá en el nuevo Putin, no en el nuevo Obama, del mundo digital. Y será entonces cuando la ausencia de aquel gran embajador de Internet, el único que puede burlarse de sí mismo con gran éxito, pese sobre un país muy conectado con el mundo y a la vez muy alejado de lo que realmente ocurre en él.

[1] Dato curioso: Kylie Jenner y Malia Obama tienen la misma edad. “Mic drop”.

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