Poema Póstumo

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

¿Acabamos de chocar? ¿Íbamos a Aguascalientes?
No, no íbamos a ningún lado, me temo.
Solo teníamos ganas ¿sabes? Pero al final no se cumplió, nada.  

¿Qué sucedió?¿Dónde estoy?
Nada. En ningún lado. Esta es la realidad de la que no quiero escribir. Estar en la sala de espera con las miradas de todos y todas; de la señora con el rebozo y la bolsa de mercado, sentir que soy como ella. Me quería poner un traje para ir al funeral, pero no lo hice, no llegó a tiempo. La muerte, no el traje. Caminé y abracé y me cansé. ¿No rentaran mujeres para que se sienten enfrente de la caja y lloren mientras rezan un rosario? Lloré, solo un poco. Sentí que debía hacerlo. Era mi obligación en el funeral de mi padre. ¿Eso hacen los hombres también? Mi madre lloraba en mi hombro. Mi primo iba de jeans y su papá con una chamarra de futbol americano. Quería que se fueran. Me dieron asco. Mi papá estaba enfrente de ellos en un caja con fotos y flores. Estaban vestidos como si estuvieran comiendo barbacoa en el mercado del domingo. Con las barbas llenas de grasa y las manos de mengambrea.

¿Lo que pasó fue mi culpa? ¿Me voy a morir?
Los dedos amarillos del cigarro, los labios rotos y la piel reseca. Todos tienen la culpa. La tiene la mujer deforme, la cocainómana, la puta, la alcohólica, la protagonista, la amargada, la erotizada, la ladrona y depravada, la adúltera. Tiene la culpa ese mundo de vulgaridades; de habitaciones sucias, de cocinas grasosas, de platos con manchas de comida, de sábanas con semen, de ropa polvosa, de coños calientes y de vergas y huevos y sin quehaceres. De maquinaciones y sueños frustrados. ¿Sabes lo que pasaba tras esas cortinas gruesas, azules y espesas? ¿Sabes cómo entraba la luz, la luz amarilla, a corroerlo todo? El alma se estaba pudriendo en el abandono; en la soledad más cruel y desesperante.

¿Me voy a morir?
Volvía a preguntar una y otra vez, entre infartos y convulsiones y llantos y tías y madres y abuelas y amigos y mi propia condición y debilidad. Entre los papeles que tenía que firmar porque no había nadie más. Entre las miradas de la familia, esa misma que deseo con el corazón que desaparezca. Que sufran, que lloren, que sientan una espada atravesarlos desde la espalda al corazón. La muerte no es suficiente castigo, sino la pérdida de lo amado, el dolor y el sufrimiento, continuo.

¿Qué me pasó? Confió en tí, siempre lo he hecho. Solo dímelo, ¿me voy a morir?
Los oxfords boleados y las agujetas bien amarradas. Los cobardes no vinieron al funeral, los enemigos tampoco. Quería que todos se fueran. Nadie estuvo ahí nunca, solo yo. ¿Por qué habrían de estar frente a su cuerpo frío? Nadie lo merece. Yo era el único que lo conocía. Váyanse, todos. Esta es la realidad de la que no quiero escribir.

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Las Suelas de los Zapatos

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Sus casas favoritas eran en las que se usaban pulgadas en vez de centímetros. Los números de las medidas siempre resultaban cerrados. Sentado con las piernas abiertas y la espalda recargada, esperaba a que fueran las doce en punto. No había reloj en el cuarto y eso lo volvía loco. Tenía que sacar la mano del pantalón constantemente para comprobar la hora en su reloj, tratando así de acelerar el tiempo. Cuando lo miraba, le parecía que cada paso del segundero aceleraba más su cabeza hasta hacerla explotar.

Movía los dedos del pie sintiendo cómo las falanges se doblaban hasta que le dolían; miraba sus zapatos e imaginaba sus dedos luchando por ser libres. Cerró los ojos, se encontró en una tienda departamental comprando zapatos, pasando las puntas de los dedos por encima de varios modelos, sintiendo los diferentes tipos de piel. Envuelto en el olor de las pieles su cuerpo se electrificó con el aroma único a zapatos nuevos. Las manos del zapatero por encima de sus calcetines rojos midiendo sus pies para hacerle un par de Oxfords: ni una pulgada más anchos, ni un decimal más largos. Su corazón latía más rápido, gotas de sudor escurrían por debajo de su camisa mientras imaginaba pares de calcetines colgados en los anaqueles, mismos que subirían desde sus dedos hasta sus tobillos, apretando y cortando su circulación. El olor de la perfumería le llegaba a la nariz, mezclando los cítricos profundos con el olor de la piel negra y brillante de sus nuevos zapatos. Sentía débilmente el pulso de los dedos del zapatero comprobando que todas las medidas se ajustaran de manera precisa para después sentir la presión de los cordones amarrados ahorcando las orejas. Los zapatos estaban listos: los recorrió de talón a punta con los dedos antes de dar el primer paso, comprobó que los calcetines estuvieran totalmente extendidos. Se detuvo a tocar las marcas de presión en su pierna. Sus dedos eran libres de nuevo.

El reloj una vez más. El segundero avanzando a la misma velocidad. Lo que sabía de zapatos lo había aprendido solo: su familia se dedicaba al teatro y nunca tuvieron sus mismos intereses. Egoístas, el teatro era su vida. No le gustaba el desorden de las reuniones después de las funciones: risotadas, humo de cigarro, el tin tin de los hielos contra el vaso de whisky, las anécdotas –las mismas de siempre– los minutos pasando como si no tuvieran prisa. Entró a estudiar Arquitectura y se fue a vivir con su abuela al Pedregal. Un espejo de cuerpo completo, una colección de discos de música española —ordenados de la C de Camarón a la V de Vargas—, una litografía de Hopper, un enorme closet de pino de Óregon y sus 5 relojes eran los únicos objetos que había en su cuarto. Tenía el mismo olor desde el día que se había mudado, ni siquiera la loción que se ponía todos los días de clavo, madera, frutas y vetiver —que lo envolvía en un esfera con aroma a anestésico de dentista con agua de lavanda intensa— podía quitar el aire rancio que circulaba por todo el espacio.

Recargó los codos en las rodillas y puso la cabeza entre su piernas. No había nadie más en ese cuarto, ni siquiera una ventana por donde mirar. Se quitó los zapatos y el saco. Observó sus dedos moverse como teclas de piano por debajo de los calcetines color vino. Estiró las piernas recargando la cabeza en sus manos. Nunca había visitas en la casa, solo vivían las sirvientas, la enfermera y la abuela. Parecía que hasta el polvo las había olvidado. Hablar con su abuela era una experiencia desagradable; su demencia y su olor a pañal sucio eran insoportables. Al menos la casa era silenciosa, el jardín se extendía como mármol en calma perpetua, los muros eran tan altos, las hojas de Plátano tan numerosas, que parecía que no estaban en ningún lugar.  Desde el balcón de su cuarto, sólo se veía la alberca vacía y un muro de piedra volcánica. Lo suficiente para no ahogarse en su soledad.

Se sentó en el suelo, se deshizo de la corbata y se desfajó. El silencio del cuarto lo hostigaba. El lento paso del tiempo lo empezaba a ahorcar. No parecía que la puerta se fuera abrir pronto. Dudó en si quitarse los calcetines para embarrar sus pies contra la alfombra repetidamente. Se desabrochó los primeros tres botones de la camisa blanca, cerró los ojos intentando olvidar al segundero. Hace dos días se había emborrachado con ginebras y agua quina. Solo, en la sala, se había terminado más de media botella para perder la noción del tiempo. Quería despertar de su continua constricción. Sentía la ansiedad como hormigas subir por sus piernas, su corazón se aceleraba, su respiración se entrecortaba, las manos le temblaban. Se dejó caer en el sofá, abriendo las piernas y los brazos hasta que resbaló y quedó boca arriba en el suelo. ¿Qué es lo que necesitaba para sentirse libre? Sentía que su piel se craquelaba. Imaginó sus trajes, corbatas y camisas colgando en la obscuridad de su closet, por encima de sus zapatos; su calzones y calcetines guardados en los cajones. Sintió que respiraba el olor del closet para respirarse a él mismo, esa esencia que se formaba entre los zapatos, la tela, su loción y su piel. A pasos torpes se dirigió a los medios del jardín dejándose caer. El cosquilleo helado del pasto recién cortado hacía cosquillas en su cuerpo, se hizo consciente de cada parte de él. Tomó los zapatos, los puso junto a su cara y se acomodó en posición fetal. Cerró los ojos hasta quedarse dormido.

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Historias de la Ciudad

Acoso
Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

 

Regresaba de Perisur. No recuerdo con quién me había reunido, ni qué hicimos, pero sí me acuerdo que ya era de noche. Acababan de inaugurar la extensión de la Línea 1 del Metrobus hacia el sur. Supongo que era domingo, a juzgar por la poca concurrencia del transporte. Alcancé lugar para irme sentado, aunque fueran cinco estaciones hasta mi casa. Aún no llegaban (o no me alcanzaba para) los smartphones. Ni siquiera recuerdo si todavía tenía mi celular Panasonic diminuto o el Motorola negro—mi mamá nunca me quiso comprar el rosa y la edición Dolce & Gabbana le parecía una exageración—pero la ausencia de redes sociales en el celular me dejaba pocas actividades para distraerme en el camino. Por alguna extraña razón del destino, tampoco llevaba mis lentes. Observar al resto de los pasajeros pasaba de ser una actividad medianamente discreta, a un intento infructuoso para vislumbrar la cara de las personas.

 

Igual lo vi. O creí que lo había visto. Ahí estaba. De pie, agarrado del poste, y mirándome esporádica, pero fijamente. ¿Será? Sí. Se parece. Seguro es José Alfredo, el amigo de Luis. Yo no lo conocía personalmente, pero lo había visto en sus fotos del Hi5. Sí, seguro que sí era. Hasta mi miopía creyó vislumbrar el lunar característico (?) que siempre salía en las fotos de José Alfredo. Saqué mi celular y ese-eme-seé (como los cavernícolas) a Luis:

 

“Creo que Cuaqui viene en mi mismo camión”
(Diez segundos después)
-Haha. Say hi.
“Jaja, no. Qué pena”.
Qué pena, pero lo seguía viendo. Cual escuincle stalker. Él también me veía. Sí, seguro era Cuaqui y seguro también había chismoseado en mis fotos y me ubicaba e igual qué oso saludar al desconocido amigo de tu amigo.

 

FUCK YA VAMOS EN LA BOMBILLA. File in: eso te pasa por metiche.

 

Me levanté rápidamente y me paré, junto a él, frente a la puerta del Metrobus. A menos de un metro de él me di cuenta que no, no era Cuaqui, y no, no se parecían en lo más mínimo. Ándale, vuelve a dejar tus lentes, Mauricio; sigue pasando vergüenzas. Fake-José-Alfredo seguía agarrado del tubo del Metrobus, pero movió su brazo y me rozó levemente la mejilla. Puff. Qué oso.

 

Altavista; aquí me bajo.

 

Las puertas del Metrobus tardan una enternidad en abrirse. Empiezo a caminar. Me doy cuenta que el susodicho también se había bajado. Doble osazo. Mono al que confundo con otro y me le quedo viendo como idiota y aparte de todo, vecino que seguro me volveré a encontrar. Camino más rápido y me doy cuenta que viene atrás de mí el interfecto. Pfff. Sigo por las afueras de Plaza Inn, para subir por Fernando Villalpando, y no por Río San Ángel, que mi mamá dice que no está tan iluminada y ya es de noche. Doy vuelta en el McDonald’s para subir hacia Revolución.

 

Diez pasos más adelante. Siento su mano sobre mi hombro. Me agarra fuerte y me presiona contra la pared. Se ve mucho más alto e intimidante que en el Metrobus. El lunar que me creí haber imaginado no está. Sólo veo la barba cerrada y la mirada penetrante, acercándose cada vez más a mí. Me está sosteniendo fuertemente contra la pared con una sola mano. Baja su otra mano, me agarra la nalga y me aprieta contra él.

 

Por primera vez en toda mi vida deseo estar más gordo. Deseo recuperar instantáneamente todas las tallas que había bajado en los meses anteriores, y que este animal no me hubiera podido apretar contra él. Deseo nunca haberme puesto los jeans blancos que mágicamente hacen parecer que tengo pompas. Deseo nunca haber salido de mi casa, ni haber regresado a vivir a la Ciudad. Deseo desaparecer con todas mis fuerzas.

 

Se acerca a mi oído, y me susurra: “¿Buscas algo?”.
a) Mi dignidad; b) Mi valentía; c) Mis huevos; d) Unos calzones nuevos porque ya me oriné en éstos; e) Todas las anteriores.

 

“No. No. No”.

 

Es todo lo que puedo decir. Es todo lo que sale de mi boca. Todo para lo que me alcanza el aliento. Por alguna obra mágica del Espíritu Santo, me suelta. Lo trato de empujar con todas mis fuerzas, que son inexistentes en este momento, y corro. Corro lo más rápido que puedo. Corro rezando que el semáforo de Revolución esté en rojo y pueda cruzar. Corro implorando que no venga ningún coche, porque aunque el semáforo esté en verde voy a seguir corriendo. Corro mientras intento secarme las lágrimas y agarrar mis llaves al mismo tiempo. Sigo corriendo hasta llegar a mi puerta y trato de evitar que tiemble mi mano y pueda abrir la puerta rápido. Abro. Cierro. Doble cerrojo. Respiro hondo, y me siento a llorar.

 

Y ya. Me levanto al día siguiente y tomo mis mismas rutas. No me desvío nunca ni dejo de tomar el Metrobus cuando salgo de Perisur en las noches. Quizá sólo no me le quedo viendo a la gente como maniático degenerado y miope, pero fuera de eso mi vida es la misma. Nunca me ha pasado nada más, nunca volví a ser víctima del acoso callejero. De niño nunca me advirtieron de los acosadores en el transporte público; nunca me dijeron que me vistiera de equis o ye manera. Lo que está cabrón (y perdón por el mansplaineo) es que mi cerebro sólo hizo el clic empático porque se acordó de la sensación de sentirme acorralado, una vez en mi vida. No diario, ni cada que me subo al transporte público. Lo cabrón es percatarme de vivir en el privilegio y normalmente no vivir con miedo. Lo cabrón es leer a otros hombres llamando feminazis exageradas a las que marchan por sentirse inseguras día con día; pensar que el pendejo no estaría en su burbujita misógina si alguna vez lo hubieran acosado y dudar si yo sería igual de empático si no me hubiera sucedido lo del Metrobus hace tantos años. Quiero pensar que sí.

 

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Las Vendas de Mi Hermano

Las vendas de mi hermano

Pienso en el poderoso Alcides,

llamado también Hércules.

Era muy fuerte. Aún en la cuna

aplastó a dos serpientes, una

por una. Y, adolescente,

mató a un león, gallardamente.

Cubierto con su piel, peregrino

audaz, fue por el mundo.

Alcides, Mario Vargas Llosa

Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Papá estaciona el auto en la misma callecita desolada de siempre, no vaya a ser que le den otro cristalazo, hijo. La entrada principal del hospital está a dos cuadras. El sol de las 12:28 baña mi palidez resplandeciente y una comezón me invade. Me quejo. Me hace falta ir a la playa, papá, te hace falta podar el césped, hijo, ja, ja, papá. Caminamos. A la mitad del trayecto, los tres vagabundos que habitan una diminuta cueva de medidores eléctricos en el cruce de las calles Limón y Naranjo nos abordan. Buenas tardes, doc. Que si no tiene una venda que le sobre doc, vea qué fea traigo la herida, doc. Bueno, les dice papá y nos seguimos de frente. Él nos espera.

Pasamos la parada de los autobuses esquivando los exhaustos rostros de los enfermeros del turno matutino y enfilamos hacia la entrada del hospital. No me despego de papá ni un segundo, soy su sombra. Recién pisamos el zaguán, comienza el desfile de caras conocidas. Buenas tardes Doctor Blanco, hola Doctora Rosa. Seguimos andando en ese mar de cuerpos en permanente movimiento. Sorteamos a niños que corren a buscar las manos de sus padres. No les gustan los hospitales. Por fin conquistamos el estrecho pasillito que conecta los consultorios médicos con el puesto de vigilancia. Qué tal Doctor Rubio, cómo está Doctora Castaño. En medio de ese mercado de saludos y sonrisas, de conversaciones de pasillo, no aflojamos el paso. Pienso: Birdman y el plano secuencia del Chivo Lubezki, pero uno real, papá.

Los guardias nos hacen una pequeña venia, adelante doctor, y seguimos rumbo a las escaleras. Subimos al segundo nivel: el de quirófanos y estancias prolongadas. Pasando el elevador y a un costado del puesto de enfermeros, ahí está su cuartito: el 101. Entramos y ahí está mamá. Como todos los días, pacientemente se encarga mantener limpias las escaras que ni los doctores pueden sanar. Ya son tres meses desde que internaron a mi hermano y el paso de las noches es notorio en los rostros de mis padres. Llevan 94 días durmiendo a ratos, mamá, tres meses durmiendo en una colchoneta, al vaivén del ir y venir de los enfermeros y doctores, papá. Pienso: 94 días sin despegar la vista del monitor de signos vitales.

Volteo a la camita y ahí está él. Peinadito, como siempre, mamá. Con la misma bata azul, electrodos, brazaletes, sensores y cables cubriéndole el pecho, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…120/60…ritmo cardíaco…55…oxigenación…99%. Repaso las bombas electrónicas dispuestas en las esquinas de la cama ortopédica: 5 miligramos de fentanyl…2 miligramos de norepinefrina…18 miligramos de propofol, el anestésico que mató a Michael Jackson, hijo. No hay aire en las bombas, funcionan. Si no, se detiene el flujo de medicamento y hay que avisar a las enfermeras, hijo. La comida de las 12:45 está por llegar. Me inclino sobre la cama y acerco mi mejilla a sus labios. Espero unos segundos. No pasa nada. Dame un besito. No abre los ojos, no hay besito hoy. Pienso: Ya son 94 días, 94 días en esta cama de hospital, conectado al ventilador.

El cuartito 101 es pequeñito. Un bañito, dos sillitas, las máquinas. Una estampa de Jesucristo en la pared. Las enfermeras van y vienen, van y vienen. Una inyección…una pastilla…aire en las bombas. Entran y salen, entran y salen. Hola, guapo. No me vas a dar un besito hoy, guapo. No has abierto los ojos hoy, guapo. Los medicamentos buscan mantenerlo sedado, que no regrese ese maldito temblor involuntario en las manos, los brazos, los hombros, las piernas y hasta la cabeza. Más fuertes que el Parkinson, hijo. Veo las vendas que atan sus muñecas a los barandales de la camita ortopédica. Pienso: para que no se lastime cuando despierte.

Ya ha pasado más de un año desde aquella tomografía cerebral. Ya más de un año hace de que, de un mes para otro, el daño neurológico se manifestó y empezó crecer. Las funciones corporales fueron cayendo, día a día, semana a semana: manejar el auto… asistir a clases en la universidad… mensajear a sus amigos en el celular… jugar dominó conmigo por las tardes… ir al baño… caminar… comer por la boca…saborear un helado sin deglutir… fijar la vista… abrir los ojos a placer… dormir serenamente. Más de un año sin que los doctores tengan certeza del diagnóstico y del tratamiento, sólo del desenlace. Pienso: y tú, consciente de todo.

Tiempo de celular: Discuten la legalización de la marihuana en México. Será presentada al Senado la Iniciativa de Reforma a la Ley General de Salud y al Código Penal Federal en la que se debate legalizar la marihuana para usos medicinales y terapéuticos. El presidente propuso ante la ONU que el tema sea abordado desde una perspectiva de derechos humanos, prevención y salud pública. Los medios citan frecuentemente el caso de Grace, una pequeña originaria del norte del país que sufre severos ataques epilépticos. La familia agotó todos los recursos médicos posibles, papá, vieron en un medicamento derivado de la Cannabis Sativa una posibilidad de tratamiento, mamá. Los padres lograron conseguir que un juez permitiera la importación del medicamento. Y otros padres se han ido sumando en las últimas semanas. Pero aún faltan muchas familias, papá. Muchas en la clandestinidad, mamá. Que lo hacen sin ningún remordimiento. Que entienden la diferencia entre lo ético y lo legal. Pienso: y que lo volveríamos a hacer porque hemos intentado todo.

A un costado de la camita, hay un mueble lleno con medicamentos, instrumentos y materiales de curación. Veo a papá acercarse discretamente a él. Abre un cajón. Toma tres vendas sin decir nada. Sonrío. Serán para los vagabundos, mamá. Me tumbo contra la pared a leer la novelita de la semana: Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa. Leo mientras él duerme. A ratos, cuando las enfermeras no me distraen, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…130/70…ritmo cardíaco…53…oxigenación…98%. Me pregunto cómo serían los hospitales en el Perú de los años 50. Me pregunto cómo serían las últimas horas del papá de Zavalita, el protagonista. Pienso: adaptaré esa técnica narrativa a mi primer cuentecito, Varguitas.

Llega la comida de las 12:45 en dos vasitos desechables. Lo de siempre: licuado de pollo con vegetales. Preparamos la sonda gastrostomía. Alimentación con jeringa. Ni la dieta hipercalórica impide que esté en los huesos. Los movimientos perennes devoran lentamente su tejido lumbar. Las heridas avanzan y le sedación busca contener el dolor. A veces, mientras lo alimentamos, una lagrimita rueda por su mejilla. La secamos apresuradamente. Encogemos los hombros. Él nunca confiesa malestar. No hoy, no hace un año, no hace 13 que le diagnosticaron una extraña enfermedad autoinmune de pronóstico reservado. Aunque el dolor físico de las heridas ocasionadas por pérdida de tejido sea insoportable. Aunque el dolor de vernos angustiados sea aún mayor. Pienso: te donaríamos hasta el alma, si pudiéramos.

Tiempo de celular: las elecciones en los Estados Unidos siguen su curso. Donald Trump será el candidato republicano, mamá. No sé si ganará la general, papá. El último debate demócrata de las primarias fue ayer. Bernie Sanders y Hillary Clinton debatieron acaloradamente sobre la cobertura universal de salud. Ella fue lúcida y elegante, cuidó las formas. Lo de siempre. Él fue subversivo, soñador y arriesgado. Lo de siempre. En medio debate, el moderador sembró una trampa en un intento por atizar la discusión: ¿Vale la pena pelear por la cobertura universal de salud, aquel con el que soñó Roosevelt, aunque los republicanos se opongan? Hillary fue contundente, hay que ser realistas, no es posible en este ambiente político, papá. Sanders soñó como Roosevelt, hay millones que aún no pueden costear hospitales privados, no podemos dejar a nadie atrás, mamá. Levanto la vista del celular y veo a mi hermano en la camita. Ya son 94 días, 94 días sin habla y sin respiración autónoma. Roosevelt y la pregunta del moderador. Pienso: cómo chingados no.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…143/77…ritmo cardíaco…47…oxigenación…99%. El monitor alerta que el pulso ha bajado de 50. Se despertará en cualquier momento y le pondremos música: José José, Los Beatles o Los Apson, sus favoritos. Qué romántico eres, guapo, le dirán las enfermeras mientras le aspiran las flemas y nosotros bajaremos las miradas al ver sangre en los tubos succionadores. Él cantará. No habrá sonido, el ventilador inhibirá el habla, pero él moverá los labios de cualquier forma. Let It Be… Let It Be. Después las enfermeras se irán y le contaremos chistes. Aprobará o desaprobará nuestro terrible sentido del humor parpadeando o moviendo los labios ligeramente, papá. Le diré que la reciente transfusión de mis plaquetas lo hará más enojón, ja, ja, mamá. Le diremos que lo amamos y él fruncirá las cejas en protesta. Nos reñirá con muecas. Sí, ya sabemos que tú nos amas más, le diremos. Pensaré: nunca te gustará perder.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…145/79…ritmo cardíaco…43…oxigenación…98%. Pienso en papá y en sus viajes juntos al Distrito Federal en busca de segundas opiniones. Pienso en mi otro hermano, también médico, que llegará en cualquier momento. Pienso en mamá y en las miles de oraciones de los últimos 13 años. Pienso en el Jesucristo pegado a la pared. Pienso en el Jesucristo humano, aquel que lloró cuando le informaron de la muerte de Lázaro. Pienso en Lázaro. Pienso en las vendas que lo cubrían. Pienso en Roosevelt y en Sanders, en los hospitales privados y en su acceso privilegiado. Pienso en los 94 días que lleva mi hermano en terapia intensiva. Pienso en el día 95 y en los que vendrán después. Pienso: qué hubiéramos hecho sin los hospitales públicos y sin seguridad social, mamá. Pienso: ya nos hubieran embargado la casa los privados, papá. Pienso: qué harán los miserables del cruce de las calles Limón y Naranjo, mamá. Pienso: curarse con vendas, papá. Pienso: llévame a donde tú vayas. Pienso: prometo dejarte ganar en el dominó.

A la memoria de Luis Fernando Campa Molina (1993-2016), mi héroe de mil batallas.

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Mitocuento: Eva, la Primera Humana

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“La Creación de Adán”, Miguel Ángel Buonarotti (1511). Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano, Roma.

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH

En el principio, Dios creó el cielo y la tierra, y los llenó de luz. Creó a los animales del agua y de la tierra y a las flores y a los árboles y a las montañas, y, le dio a cada uno su lugar. La belleza de su creación le sorprendió y se sintió orgulloso.

El Creador, un ser vanidoso, sentía un pequeño vacío, no le bastaba ser el único que pudiera contemplar su gran obra. Entonces, le surgió la idea de crear una nueva especie, a su imagen y semejanza, para que la contemplara junto a él; tomó una pequeña parte de sí y una pequeña parte de tierra y engendró al hombre, lo llamó Adán.

La perfección de este nuevo ser volvió a elevar el orgullo de Dios y quiso que se perpetuara. Pero Dios, ya estaba cansado, así que simplemente tomó del hombre una costilla y así creó a la mujer, la llamó Eva.

Ahora, juntos, ante los ojos de Dios, el hombre y la mujer, podrían disfrutar del paraíso.

Dios pasaba el tiempo observando su creación; Adán, al ser a imagen y semejanza del Señor, pasaba los días en paz y armonía, alabándolo. Eva, paseaba por los jardines, y tomaba turnos para echarse debajo de los árboles del Edén y examinar sus grandes ramas. Dios la observaba, le parecía que siempre estaba buscando algo. Notaba que había algo en su mirada que Él no conocía y que no había visto antes: duda, inquietud.

Eva conocía a todas las creaturas del paraíso y le gustaba conversar con ellas, en especial con la serpiente, que era tan inteligente.

En uno de sus paseos, se echó debajo del árbol de la serpiente y sin preámbulo le preguntó—¿Por qué estamos aquí?

La serpiente perdió el equilibrio y cayó del árbol, estupefacta, miró a Eva con ojos intensos y sorprendidos—¡Qué pregunta mujer! Somos las creaturas del señor—. Eva desvió la mirada hacia el cielo, siempre claro, en pensativo silencio. Después de unos minutos, habló.

— Si tomo de ese árbol del huerto, del que sólo Él come, ¿sabré?
— Eva, Él ha prohibido comer de ese árbol
— Tal vez es porque no quiere que nos vayamos
— ¿Irte? ¿A dónde? Ésta es la creación de Dios

Eva no respondió más; la serpiente notó sus ojos se enrojecían. Se preguntó por qué sería eso.

AdanEva tomando del fruto prohibido
“Adán y Eva”, Lucas Cranach (1520-1525). Museo Soumaya, México.

Adán nunca había probado cosa igual, era tan delicioso que sentía un hormigueo en su paladar. Eva, lo observaba en silencio, con una mirada pícara que Adán reconoció—Eva, ¿es ésta la fruta del árbol prohibido?—preguntó temeroso. Eva, callaba.

—¿Eva qué has hecho? ¡Él lo prohibió! ¡Nos va echar de aquí!
—Pues nos vamos.
—¿A dónde iremos? ¡¿Eva, es que has perdido la paz?!
—Adán, yo nunca la he tenido.

La voz de Dios se escuchó por todo el Paraíso, furiosa. Demandaba saber quién había osado tomar del árbol prohibido. En realidad, ya lo sabía, pero guardaba una pequeña esperanza de que las cosas fueran diferentes…

Las creaturas del paraíso se escondieron temiendo la furia de Dios. Adán se escondió, temiendo la furia de Dios. Eva vio el miedo en los ojos de Adán y no pudo soportarlo—¡Fui yo!—gritó Eva—la serpiente me engañó para que tomara del fruto y lo compartiera con el hombre—.

Antes de poder decir una palabra, Dios condenó a la serpiente a arrastrase por la tierra y en lugar de una lengua parlante le otorgó una lengua larga y partida por la mitad, para marcarla por su engaño. La serpiente maldijo a Eva y a toda su estirpe y juró perseguirlos hasta el fin de los tiempos para vengarse por su traición.

Adan y Eva rogando perdon
“Adán y Eva expulsados del Paraíso”, Charles-Joseph Natoire (1740). Museo MOMA, Nueva York.

Adán rogó a Dios su perdón, por él y por la mujer, pero Dios, ciego de furia, los expulsó del paraíso y los maldijo con el trabajo y la lucha por sobrevivir.

Cuando el Señor se quedó sólo, con la calma y el silencio del Paraíso, sosegada su furia, lo entendió todo: la mujer no había sido creada a su imagen y semejanza, sólo una costilla del hombre le dio la vida, estaba incompleta. Siempre estaría insatisfecha, ella y sus descendientes, hombres y mujeres. Dios se dio cuenta de su error, Él, todo poderoso, perfección absoluta, se había equivocado en su creación. Sintió una terrible desesperación y quiso esconder su dolor: tomó su manto y lo echó sobre el firmamento, oscureciendo la tierra por primera vez. Y decidió que los días ya no estarían solos, que los acompañaría la noche, para nunca olvidar su error.

Adán y Eva salieron del paraíso, temerosos y se encontraron con que no podían ver más adelante, con que el cielo tronaba, y rayos de fuego salían de él. Sintieron miedo, no conocían la obscuridad. Adán cayó de rodillas, sintiendo el dolor de su amado creador y lloró por Él, y le reiteró su arrepentimiento y juró alabarlo hasta el fin de sus días y juró hablarle a sus hijos de Él, y enseñarles a alabarlo y a apreciar su creación.

Dios escuchó el lamento y las promesas de Adán y se conmovió, y para mostrarles que aún los amaba y que esperaba sus alabanzas, tomó un puñado de polvo blanco del paraíso y lo esparció sobre la noche, dándole brillo.

Adán y Eva miraron hacia el cielo y se tomaron de la mano. Eva, por primera vez, sonreía, y en la noche estrellada, se sintió feliz.

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