Carta de amor

Por Alex Leurs

En un inicio yo no te deseaba. Tenias una fama tremenda. Para la secundaria ya estabas en manos de varios. Te había visto en manos de mis conocidos y sus caras de placer por la mañana. Me parecías peligrosa y tu amargura mató cualquier potencial de imaginación. No obstante, el paladar refinado de la vida propició las circunstancias para que me fueras requerida. No pude haber imaginado cuanto te necesitaba en ese momento.

Implícitamente los dos sabíamos que nuestra simbiosis no duraría. Así que pactamos una relación de interés mutuo; yo necesitaba pasar el rato difícil y tu me tendrías. Sería corta e intensa, abusiva y constructiva, de necesidad y de satisfacción. Al final yo te dejaría.

Durante tres meses celaste mis mañanas sin dejar lugar para nada más; ni siquiera para el hambre. Parecías estar al acecho: bastaba con poner un pie fuera de la barca de Morfeo para sentir tu necesidad. Eso sí, tu constante presencia en esas largas mañanas fueron pilares que evitaron un derrumbe.

Durante esos meses, recuerdo bajar las escaleras para encontrarte en la cocina anhelando el abrazo de tu calor. Disfrutaba dejar mi mirada perderse en el jardín teniendo la seguridad de que tu aroma no sólo me regresaría a tierra sino que también me blindaría para enfrentar un días más. Luego subíamos a la sala y nos dejábamos ir en simbiosis perfecta. Cuanto te debo, cuanto me diste, cuanto tomé…

Cuando habíamos superado lo más difícil te desvanecías, me dejabas exhausto: no podía pensar y mucho menos desear pero sí respirar. Pasaba el resto del día reponiéndome de esas mañanas torbellino. Con tu partida, la creatividad, la motivación y la vitalidad se desvanecían.

Pasó el tiempo y la amargura de tu esencia empezó a hacerme daño. Los momentos difíciles veían su extinción acercarse como un meteorito y tu presencia me era menos necesaria y más perturbadora. Conforme empecé a poner distancia entre nosotros florecieron los primeros síntomas. No esperaba que separarse fuese tan difícil. Claro que tampoco pensaba necesitarte…

Con el tiempo no puedo más que echar una mirada al pasado y agradecer tu amargura. Sin ti no habría sido lo mismo. Porque tienes que saber que sin ti, querida taza de café, nunca habría terminado mi tesis. Nuestra relación fue corta e intensa porque había fecha de entrega, abusiva y constructiva porque una tesis hay que parirla, necesaria y satisfactoria porque significaba la titulación con honores.

Esas largas mañanas de lectura y redacción fueron maratónicas. Contigo descubrí qué tanto podía producir y los excesos de esa dinámica de eficiencia. Así que gracias querida por ensenarme que soy un hombre de té.

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La hamburguesa sin queso

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Por Uriel Gordon — @Urielo_

Quita la envoltura de papel vorazmente, de su boca sale saliva y cuando va a comenzar a devorar la hamburguesa, se da cuenta que tiene queso. Sus ojos llenos de furia, no dan crédito a lo que ve:  “Carajo, la pedí explícitamente sin queso”, se dice a sí mismo, mientras se golpea el pecho como un orangután. Avienta la hamburguesa contra el techo y estalla en berrinche: salen lágrimas y de rodillas, mirando al cielo, pega un rugido de rabia: ¡ruaaaaaaaaaaggghhhhhhhh!

Se levanta del piso de madera oscura y con paso apresurado, da vueltas y vueltas por su departamento; levanta y agacha la vista, le pega a las paredes, aprieta la quijada y luego la suelta con fuerza; parece un loco de manicomio. Hace una pausa al encontrarse con una foto de su infancia, donde está disfrazado como Peter Pan, la saca del marco y la oprime al cerrar sus puños, pero se arrepiente y se tranquiliza un poco: la dobla y la pone en uno de los bolsillos de su saco.

Rápidamente, se dirige a su habitación  y se detiene ante el cuadro de Dalí, Muchacha frente a la ventana, donde aparece una mujer contemplando el mar. Entra en trance y queda atrapado dentro del cuadro: se pierde en el color azul del vestido de la mujer, de las cortinas y del océano. Sin embargo, explotan sus emociones y súbitamente, se escapa de los confines del retrato con la respiración totalmente exaltada. Grita otra vez y agita sus brazos como si sostuviera imaginariamente los barrotes de una jaula, pero la paz regresa. Por fin respira con calma: inhala y exhala profundamente.

Pasa por el lavamanos, se echa agua en la cara, se mira al espejo, asiente con la cabeza.

Y, después, de la caja fuerte toma sus dos pasaportes, 400 dólares y 300 euros. Del clóset, agarra su chamarra café estilo aviador, su mochila JanSport de los años noventa y pide un Uber; el destino: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El GPS que trae el chófer del Volkswgen Vento con placas “AWY123” marca que llegará  a las cuatro de la mañana. El camino transcurre en silencio absoluto: ni un “buenos días” intercambia. Se baja del auto y se despide del conductor con un “hasta nunca”.

Al llegar a la Terminal 2 se queda observando fijamente el tablero de salidas. Hay cuatro alternativas que le llaman la atención: Medellín, Dublín, Ámsterdam y Nueva York. Decide emprender la odisea en la tierra de James Joyce y compra un boleto sin regreso; la mujer del mostrador le pregunta que si va a documentar equipaje y él responde con una sonrisa: “para este viaje no necesito equipaje”.

El vuelo sale hasta las 8 de la mañana, toma asiento en una de las sillas que hay frente a la sala 56 y cierra los ojos momentáneamente, pero no puede permanecer sentado y por supuesto, tampoco puede dormir. Se dirige al restaurante Alitas que, por fortuna, abrió temprano, y pide unos chilaquiles verdes con chorizo y extra salsa. Los traga de golpe, casi sin masticar; pareciera que acaba de salir de la prisión. En la televisión, observa en vivo, el partido Tottenham vs el Fulham, de la liga de fútbol inglesa. El deporte lo distrae y se relaja; pierde la noción del tiempo y se da cuenta que ya tiene que abordar. Pide la cuenta, se despide de la comida mexicana y regresa corriendo a la sala 56.

Llega rayando y aborda el avión. Deja su mochila en los compartimentos, toma sus audífonos y pone la canción Paranoid Android de Radiohead, en el Spotify de su celular. Observa la ventana, toma del bolsillo de su saco la foto de Peter Pan y le entra una sensación de nervio. Piensa en la hamburguesa con queso que aventó al techo horas atrás y el nervio, se transforma en un ataque de ansiedad; le cuesta trabajo respirar. Pone las manos, en forma de garras, sobre su cinturón de seguridad; mira con ojos de angustia al pasajero que está a su lado. Quiere bajarse del avión, pero sus piernas no le responden; quiere quedarse en el avión, pero siente pánico. Solo sabe que quiere, aunque ya está lleno, una hamburguesa sin queso.

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Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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Miradas externas: ¿qué secretos esconden?

Por: Alex Leurs

¿Alguna vez has tenido esa sensación extraña de que la gente ve en ti cosas que tú mismo puedes no reconocer? ¿Te ha pasado que alguien hable de ti y no puedas reconocerte en sus observaciones ? ¿Qué podemos aprender al confrontarnos con una mirada externa?

Es un fenómeno similar a cuando te escuchas en una grabación y no logras reconocer tu propia voz. Evidentemente sabes que eres tú, algo dentro de ti lo intuye. La dificultad no recae en el reconocimiento de la voz sino en el reconocerse a sí mismo en ella. La voz capturada y reproducida desde un aparato es experimentada como algo externo generando así distancia entre el productor y su producto. La distancia física y simbólica genera extrañeza al confrontar la construcción fantasmática de nosotros mismos a una escucha externa. Es un reflejo subjetivo de nosotros mismos.

Tomar distancia con respecto a nosotros mismos no es tarea fácil. Si bien existen algunas técnicas que lo facilitan (por ejemplo, la meditación), la retroalimentación por parte de terceros que aportan “miradas externas” es la fuente más importante para tomar distancia con respecto a uno mismo. Ahora bien, estas miradas —por sus estatutos de “externo”— son susceptibles de abrir caminos/posibilidades no imaginados previamente por la persona en cuestión. Esto es a lo que nos referimos cuando apelamos a una persona fuera de un contexto específico para aportar “una mirada fresca”. Todo sistema/individuo se representa a sí mismo de una forma que supone omitir otro sinfín de posibilidades y una mirada externa puede abrir nuevas perspectivas.

Mientras todavía vivía en México tuve la oportunidad de vivir una experiencia de este estilo. Recién egresado de la carrera de psicología me confronté con la necesidad de ser creativo y pro-activo para encontrar fuentes de ingreso. Así, empecé a ofrecer clases particulares para estudiantes con dificultades académicas. En casas como en cafés me desplazaba por la ciudad para dar clases. En una ocasión, sentado en El Globo de avenida Universidad, frente al Liceo de Coyoacán, tuve la oportunidad de experimentar una mirada externa sobre mí mismo. Mientras mi estudiante se empeñaba en lograr un ejercicio de álgebra mi mirada divagaba en el mar de automóviles. De repente una chica de unos 16 años entró acompañada de un hombre mayor al café. El vestía un pantalón de vestir, una camisa y una corbata. Ella había optado por algo menos común, un vestido medieval.

El binomio particular se instaló detrás de nosotros y se puso a trabajar. No sé si era su vestido particular, le sensación de ser observado o simplemente intuición de lo que sucedería después pero estaba completamente absorto por esa mesa. Me preguntaba qué podría hacer una chica con un vestido así en un día tan acalorado. Por un lado pensaba que estaba loca y por el otro lado la consideraba muy valiente. Algo en la forma en la que portaba su vestido me hacia pensar que solía hacerlo frecuentemente. No era un disfraz sino su forma de vestir, su sentido de la moda, su forma de ser. Intrigado, buscaba todos los pretextos posibles para voltearme y observarlos trabajar. La dinámica entre ellos me hizo rápidamente pensar que ella estaba tomando una clase: ella estaba sobre una hoja de papel, escribía, borraba y lo compartía con su acompañante quién parecía hacer comentarios sobre su trabajo.

Mi estudiante mató mis fantasmas preguntándome cómo despejar un cuadrado en su ecuación. Regresé a la realidad y seguimos trabajando.

Pocos momentos después escuché movimiento en la mesa de atrás y al voltearme vi a la chica caminar hacia mí. La mirada fija en el piso extendió su mano y me tendió una hoja de papel. Mi egocentrismo imaginó que me estaba dando su numero de teléfono. Mi ego creció, sonreí y antes de poder decir gracias ella se había esfumado. La vi pasar por la calle, voltear a verme y acelerar el paso. Nunca mas volví a verla.

Hipnotizado por algo que no puedo describir mi mirada estaba perdida nuevamente en el tráfico. El alumno cerró su cuaderno “listo, ¡ya terminé!” y salió corriendo al ver la camioneta de su mamá llegar. Yo seguía en trance. No tenia demasiado sentido. Seguía procesando algo que no entendía. Con cierta prisa abrí la hoja de papel y descubrí una mirada externa de mí. No había número de teléfono. No había nombre. En esa hoja de papel había un poema. Una historia de nosotros, de nuestro encuentro.

No es posible quererte así
De una manera sin nombre
Y que no pueda dormirme
Porque tu recuerdo siempre esta aquí.

Sigo sin saber, quién eres,
Tu recuerdo se esfuma de mi mente,
Un recuerdo por siempre presente.
Pero no, no eres uno mas de mis placeres.

Creo recordarte, aunque a veces
La memoria me traiciona
Y ciertos detalles se evaporan
He olvidado el color de tus ojos.

Te esfumas entre la gente,
Tu ropa se confunde entre marabuntas.
Sin embargo hoy de noche regresas entre todos,
Y una vez más nos encontramos.

Caminamos entre sonámbulos,
Y aun rodeados por una multitud
Estamos absolutamente solos.

Esta vez sí, resuena por mi cabeza,
Sueño con que esta vez sí nos presentamos,
Entre el bullicio, escucho un nombre.

Los autos seguían desfilando. Levanté la mirada para buscarla. Estaba intrigado. Ella me había visto, leído e interpretado. Su visión, fijada en esa secuencia poética me arrojaba algo de mí que no había reconocido. ¿Cómo puedes haber imaginado eso sin conocerme? ¿Qué transmití sin darme cuenta? No nos conocíamos. No importa, sus palabras me marcaron y me abrieron caminos de reflexión sobre mí. Una mirada externa introdujo distancia con la cual pude considerarme a través de otros ojos. Por un momento fui aventurero, amante de una desconocida y viajero de sueños.

En sus palabras me descubrí nuevamente.

Tal vez, como seres humanos, estamos confinados a un eterno proceso de descubrimiento con los cuales actualizarnos constantemente. Así, entonces, el ser humano más que ser, deviene constantemente a través de una síntesis de miradas externas.

“Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros” – J.P. Sartre-.

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Los días de hoy

La apatía es uno de los síntomas que aparecen mucho antes que la depresión en los adolescentes, el cambio de actitud y la falta de motivación no hacen sino alertar de la presencia de un problema que no podemos o no queremos ver pero, ¿podemos imaginarnos un día en la vida de un adolescente que sufre por algo, pero que no nos dice a la cara lo que sucede?

Por: Ingrid Canul – http://facebook.com/icanulleon

 Los días de hoy.

Comienza el día, la luz se cuela por la ventana instando a levantarse, a iniciar la faena diaria. Hay que desayunar a toda prisa, con la trasnochada frente a la tableta no quedan ganas de hablar con nadie y apenas se puede mantener abiertos los ojos, el sol aún no ha aparecido en lo alto, pero entre el ajetreo de la mañana, la leche con panqués, recoger los útiles y salir a toda prisa con rumbo a la escuela, apenas se puede notar que aún no ha terminado de amanecer.

El sol llena de olas tímidas el cielo, amarillas y naranjas que avanzan lentamente, como todos los días desde hace millones de años y aún desde hace cientos de años cuando el primer hombre se maravilló de su arte en acuarela y veneró el sol que da calor. Pero hay que leer los mensajes enviados en la noche, porque mamá no me permite tener cerca el celular y me prohíbe dejarlo encendido, hay que revisar los “me gusta” y las solicitudes nuevas de amistad, hay que ver el efecto que tuvo esa foto con mis nuevos zapatos carísimos que romperé mañana o pasado mañana. El sol sólo es una luz molesta, que no me permite ver bien la pantalla al mediodía…pero por ahora, sólo aparece rápidamente en el cielo.

Ya es media mañana y el profesor no deja de hablar. En cuanto se da la vuelta, hay que ver los mensajes que llegan de los demás compañeros, se ríen en voz baja haciendo bromas, una mirada airada de esa persona especial. El sol está cada vez más alto y seguramente afuera hace calor, la primavera está llegando y los árboles despiertan de su letargo, hay una ardilla en una rama.

A la hora del descanso, todos juegan a algo o platican con alguien o hacen cualquier otra actividad. Algunos juegos no son del todo seguros, pero los prefectos se hacen de la vista gorda porque les da igual; fingiendo interesarse en algo cuando lo que hay que hacer es dejar que los minutos se sucedan unos a otros hasta la hora de la salida. Regreso al aula y es la misma rutina.

¿Cómo te ha ido en la escuela? Bien. Las mismas preguntas y las mismas respuestas, los profesores hablaron y los oídos simularon haber escuchado algo. Hora del almuerzo, el silencio es siempre habitual al principio, sólo es interrumpido por los tenedores y el habitual “acércame la salsa”; pero poco a poco se dan cuenta de lo incómodo y empiezan a hacer preguntas; ellos fingen interesarse enserio y hay que fingir que se les contesta enserio. Cuando realmente quieres hablar, eres invariablemente ignorado, cuando ellos quieren hablar, desde el fondo del alma surge el yo egoísta que no quiere escuchar, pero la he oído llorar muchas veces a escondidas, sola. Terminar el almuerzo, levantarse, lavar tus platos sucios “voy a mi habitación”.

Echarse en la cama, ver televisión, jugar videojuegos. “Mamá ¿Has visto mis tenis?”, “los puse entre tus cosas”, salir al parque a jugar un rato. Regresar justo a la hora de la cena. “¿Ya hiciste tu tarea?” seguido de un largo sermón acerca de cómo los jóvenes desperdiciamos nuestra vida. Afuera, el sol se ha ocultado de nuevo, desaparecía mientras jugaba la cascarita con los demás, ajenos a nuestras vidas dentro de casa. Sólo hay que asentir y escuchar, la tormenta pasará. “¡Vete a tu cuarto!” ¿Y a dónde más? Si pudiera, ya no estaría aquí.

El sol ha sido reemplazado por la luna, la apatía se ha vuelto rutina, ya casi es hora, ya casi comienza. Esperar en la cama, con la remota ilusión de que hoy podría ser diferente, sabiendo que no lo será y aun así aguardar el día en que ya no tenga que escucharlos. Siempre comienza de la misma forma, murmullos bajos, seguidos de una sola exclamación alta y después comienza la función: gritos, reclamaciones, objetos arrojados. Se esmeran en parecer lo que no son durante el día y aguantan todo el rencor hasta la noche cuando “nadie los oye”, pero olvidan que de su recámara sólo me separa el baño y he escuchado esta melodía todas las noches, durante al menos dos años.

Todo el día se resume a esto, a la noche y los demonios que persiguen y no te dejan dormir con sus alaridos, monstruos todos, ajeno yo. Y no es que no hayan existido risas o ilusiones, porque las hubo, pero superficiales, que apenas llegan a rozarme y me hacen experimentar apenas felicidad. Tengo 15, sé cómo terminará esto y no puedo dejar de pensar que ojalá termine pronto porque es intolerable y los odio y paso el día en ocio total para llegar a la noche y soportar la tensión. Son las 12:30am, ha empezado puntual, es hora de Clash Royale hasta que mis ojos no sean capaces de mantenerse abiertos.

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EL Sueño del Norte

El Norte

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Por fin había terminado. Le dolían las manos después de cuatro horas trabajando de sol a sol y sentía las piernas acalambradas. Estaba envejeciendo. Atravesó el jardín en el que estuvo atareado toda la mañana y tocó en la puerta principal con poca fuerza para no sonar irrespetuoso. Esperó diez minutos en los que tuvo que repetir el toque cinco veces. Por fin le atendió la señora Conroy, güera, alta, con figura envidiable, ojos azules y toda la indiscreta marca de la clase media-alta americana. En sus ojos reconoció algo que llevaba viendo desde hace más de veinticinco años en tantas otras personas, esa mirada desdeñosa que de inmediato lo hacía sentirse alienígena, inferior, fuera de lugar, mojado.

“Señora, ya terminamos el jardín” le dijo en inglés.

“Gracias” le contestó con un tono que siguió la tónica de su mirada y se volteó para atender a su hijo.

“Señora”, continuó Félix con una voz que luchaba para salir de su boca con la pena. “No nos ha pagado, son 200 dólares.”

“Doscientos es demasiado y te lo dije desde el principio. Te daré 100 y los aceptarás.”

Debí cobrar por adelantado, siempre me dijo el tío Julio que cobrara por adelantado, pensó. No era la primera vez que le pasaba y no perdió la calma. “Señora,” continuó “no quedamos en eso, son doscientos dólares.”

“Te dije que te iba a dar 100, cómo te atreves a reclamarme cuando te estoy dando trabajo. ¿A quién le vas a decir que no te pagué? A nadie. Yo sé que estás aquí ilegalmente y vas a aceptar lo que te demos.”

Sintió la furia y la bilis, pero mantuvo la compostura. “Señora, son 200 dólares,” le repitió, esta vez enseñándole sin discreción el machete con el que acababa de cortar las ramas en el jardín. Cuando vio la mirada de la señora Conroy supo que ya la tenía. Su desdén se había transfigurado de inmediato en miedo mezclado con incredulidad. Odiaba tener que hacer esto y la odiaba más a ella por forzarlo a portarse como el estereotipo del que hablaban los políticos republicanos.

Fuck you, puta!” le dijo con su acento más pesado una vez que le entregó el dinero.

Era un día caluroso y apenas con el aire acondicionado de su troca a toda velocidad se sentía cómodo. Tomó la autopista y se dirigió a casa, encantado con el paisaje californiano, apenas aliviándose del coraje que pasó. Este era su ritual. Día con día salía a trabajar y regresaba con la música apagada y las ventanas arriba para que no hubiera ruido mientras admiraba plácidamente el horizonte. Félix siempre fue contemplativo, aun cuando era niño. Llegó, destapó una cerveza y se sentó en la sala a ver la televisión. De inmediato se asomó una cabeza del cuarto del fondo, era Julián, su hijo. O como él mismo se hacía llamar “Yulian”. Lo saludó y volvió a lo suyo.

Félix estaba muy pensativo. Sus ideas parecían hacerle un ruido ensordecedor en la cabeza y no podía estar tranquilo. ¿Habré cometido un error con la señora Conroy? ¿Me irá a denunciar? No. No sabía su nombre. Las tipas como la señora Conroy nunca se interesaban por el nombre del servicio mientras lo hicieran. Inevitablemente, como en los últimos meses, acabó pensando en el hogar que dejó a los veinte años en México y quiso llorar, aunque no lo hizo. Félix no lloraba desde que llegó a Estados Unidos, desde que se separó de su madre. Todos en el rancho donde vivía se iban al norte, la mayoría incluso más jóvenes que él hacían el viaje. Cuando murió su padre en un accidente industrial no le quedó de otra más que hacer lo inevitable. Le pagó treinta mil pesos a un tipo que le decían el Piros para que lo ayudara a cruzar y se encontró a sí mismo en Los Ángeles viviendo con un tío que lo ayudó a establecerse y conseguir trabajo. Le tomó años de trabajar en todo lo que pudiera para juntar el dinero para su camioneta, pero una vez que la tuvo, todo mejoró. Estableció su negocio de jardinería con dos ayudantes y se hizo de su cliente más valioso, el señor John Fossoway. Republicano hasta la médula, era una prueba viviente de la doble moral de los que decían que los inmigrantes les robaban empleo a los americanos, pero aprovechaban los servicios de éstos. Sus hijos eran otro cliché andante de la decadencia cultural americana; malcriados vástagos de la nación de los sueños y de la historia de grandes hombres que se desdibujaba cada día en la polvareda de la cultura vacía. En los doce años que llevaba al servicio de la familia Fossoway, ni una sola vez le habían dado seña alguna de que supieran su nombre, era invisible para ellos.

Su hija Amanda interrumpió sus pensamientos cuando salió al pasillo y le dijo “Daddy, vuelvo al rato, voy con mi boyfriend Carlos.” Le entristeció pensar que la lengua materna de sus hijos era una extraña para sus padres y que parecían olvidar sus orígenes de mariachi y tequila. La mediana edad le pegó como un tren y siempre se hallaba evocando su México querido y odiando su papel en un país que lo repudiaba y discriminaba. La mediana edad lo encontraba tomando constantemente.

Su esposa María odiaba este último hábito, pero a Félix no le importaba. Nada le importaba ya en realidad. Desde hace mucho se encontraba cansado de la rutina, de su vida, de Estados Unidos y, por lo mismo, cada vez se volvía más distante y ensimismado, más mediocre y menos dispuesto a seguir creciendo. No sabía en qué punto fue, pero estaba seguro que perdió el camino y no parecía estar cerca de encontrarlo de nuevo. Un día simplemente dejó de soñar y de aspirar a más y se dejó llevar por la corriente de la vida, se encarriló por el camino que fue tomando y nunca se detuvo a pensar qué era lo que quería. Su situación nunca le dio la oportunidad de contemplar opciones. Desde muy joven aprendió la diferencia entre tener que escoger y tener para escoger.

Le conflictuaba saber que su familia era lo que más amaba en este mundo y, aun así, no sabía nada de la vida de Julián y Amanda, tenía una eternidad sin tener una conversación verdadera con María. Le causaba más conflicto aún y mientras más lo analizaba, menos parecía importarle lo suficiente como para hacer un cambio. Sospechaba que María ya tenía un amante y por eso ya ni lo presionaba a salir de sí mismo. Lo intentaría confirmar después. Podría darle lo mismo, pero no permitiría que le dijeran cornudo.

A las siete pasó a su casa Saúl, su vecino y único amigo, la única persona con la que Félix hablaba en realidad y esto era porque Saúl siempre era el que dominaba la conversación. A Saúl lo había conocido trabajando de lavaplatos en un restaurante casi veinte años atrás. Le perdió la pista un rato cuando lo capturó la migra y lo mandaron a la guerra a cambio de su ciudadanía. En su momento no pareció un trueque tan injusto para Saúl. Cuando lo volvió a ver dos años después, Saúl estaba falto del antebrazo derecho y lleno de malos recuerdos. “Todo sea por ser gringo, carnal” le dijo a su reencuentro.

Al día siguiente se despertó Félix con una ligera resaca. Saúl se había quedado hasta tarde aún después de que terminara el partido del América. Era domingo, pero Félix recibió una llamada de un tipo que estaba dispuesto a pagarle el doble si iba ese mismo día. No sería ni la primera ni la última vez que Félix trabajara indispuesto. Tomó la autopista con su silencio habitual y manejó veinticinco minutos hasta la dirección que le habían pasado por el teléfono. El café estaba ayudando un poco para su malestar, no tanto el saber que tendría que hacer el trabajo solo. Sus ayudantes nunca querían trabajar en domingo.

En sus largos años de trabajo, Félix siempre había logrado evadir a las autoridades. Hasta ese día. Cuando tocó a la puerta y le respondió la señora Conroy con dos policías acercándosele por la espalda comprendió que había caído en una trampa.

La señora Conroy lo acusó de robo y a Félix le dieron dos opciones: cárcel en Estados Unidos y deportación posterior o deportación inmediata. Lo mandaron a México en un camión con otros en situaciones como la suya. Cuando ya se acercaban a la frontera, por primera vez en décadas, Félix lloró. Se quebró en un llanto que parecía inconsolable y se dio cuenta que recordaría por siempre ese domingo como el día de su renacer.

Lloró porque volvía a su casa, lloró aún más porque se dio cuenta de que volvía más bien al recuerdo y al reencuentro con cosas que pensó perdidas en su memoria, pero sobre todo, lloró porque su vida finalmente tenía un propósito de nuevo: regresar a su familia, a su casa, al Norte.

9_ErnestoGomez