Carta de amor

Por Alex Leurs

En un inicio yo no te deseaba. Tenias una fama tremenda. Para la secundaria ya estabas en manos de varios. Te había visto en manos de mis conocidos y sus caras de placer por la mañana. Me parecías peligrosa y tu amargura mató cualquier potencial de imaginación. No obstante, el paladar refinado de la vida propició las circunstancias para que me fueras requerida. No pude haber imaginado cuanto te necesitaba en ese momento.

Implícitamente los dos sabíamos que nuestra simbiosis no duraría. Así que pactamos una relación de interés mutuo; yo necesitaba pasar el rato difícil y tu me tendrías. Sería corta e intensa, abusiva y constructiva, de necesidad y de satisfacción. Al final yo te dejaría.

Durante tres meses celaste mis mañanas sin dejar lugar para nada más; ni siquiera para el hambre. Parecías estar al acecho: bastaba con poner un pie fuera de la barca de Morfeo para sentir tu necesidad. Eso sí, tu constante presencia en esas largas mañanas fueron pilares que evitaron un derrumbe.

Durante esos meses, recuerdo bajar las escaleras para encontrarte en la cocina anhelando el abrazo de tu calor. Disfrutaba dejar mi mirada perderse en el jardín teniendo la seguridad de que tu aroma no sólo me regresaría a tierra sino que también me blindaría para enfrentar un días más. Luego subíamos a la sala y nos dejábamos ir en simbiosis perfecta. Cuanto te debo, cuanto me diste, cuanto tomé…

Cuando habíamos superado lo más difícil te desvanecías, me dejabas exhausto: no podía pensar y mucho menos desear pero sí respirar. Pasaba el resto del día reponiéndome de esas mañanas torbellino. Con tu partida, la creatividad, la motivación y la vitalidad se desvanecían.

Pasó el tiempo y la amargura de tu esencia empezó a hacerme daño. Los momentos difíciles veían su extinción acercarse como un meteorito y tu presencia me era menos necesaria y más perturbadora. Conforme empecé a poner distancia entre nosotros florecieron los primeros síntomas. No esperaba que separarse fuese tan difícil. Claro que tampoco pensaba necesitarte…

Con el tiempo no puedo más que echar una mirada al pasado y agradecer tu amargura. Sin ti no habría sido lo mismo. Porque tienes que saber que sin ti, querida taza de café, nunca habría terminado mi tesis. Nuestra relación fue corta e intensa porque había fecha de entrega, abusiva y constructiva porque una tesis hay que parirla, necesaria y satisfactoria porque significaba la titulación con honores.

Esas largas mañanas de lectura y redacción fueron maratónicas. Contigo descubrí qué tanto podía producir y los excesos de esa dinámica de eficiencia. Así que gracias querida por ensenarme que soy un hombre de té.

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La hamburguesa sin queso

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Por Uriel Gordon — @Urielo_

Quita la envoltura de papel vorazmente, de su boca sale saliva y cuando va a comenzar a devorar la hamburguesa, se da cuenta que tiene queso. Sus ojos llenos de furia, no dan crédito a lo que ve:  “Carajo, la pedí explícitamente sin queso”, se dice a sí mismo, mientras se golpea el pecho como un orangután. Avienta la hamburguesa contra el techo y estalla en berrinche: salen lágrimas y de rodillas, mirando al cielo, pega un rugido de rabia: ¡ruaaaaaaaaaaggghhhhhhhh!

Se levanta del piso de madera oscura y con paso apresurado, da vueltas y vueltas por su departamento; levanta y agacha la vista, le pega a las paredes, aprieta la quijada y luego la suelta con fuerza; parece un loco de manicomio. Hace una pausa al encontrarse con una foto de su infancia, donde está disfrazado como Peter Pan, la saca del marco y la oprime al cerrar sus puños, pero se arrepiente y se tranquiliza un poco: la dobla y la pone en uno de los bolsillos de su saco.

Rápidamente, se dirige a su habitación  y se detiene ante el cuadro de Dalí, Muchacha frente a la ventana, donde aparece una mujer contemplando el mar. Entra en trance y queda atrapado dentro del cuadro: se pierde en el color azul del vestido de la mujer, de las cortinas y del océano. Sin embargo, explotan sus emociones y súbitamente, se escapa de los confines del retrato con la respiración totalmente exaltada. Grita otra vez y agita sus brazos como si sostuviera imaginariamente los barrotes de una jaula, pero la paz regresa. Por fin respira con calma: inhala y exhala profundamente.

Pasa por el lavamanos, se echa agua en la cara, se mira al espejo, asiente con la cabeza.

Y, después, de la caja fuerte toma sus dos pasaportes, 400 dólares y 300 euros. Del clóset, agarra su chamarra café estilo aviador, su mochila JanSport de los años noventa y pide un Uber; el destino: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El GPS que trae el chófer del Volkswgen Vento con placas “AWY123” marca que llegará  a las cuatro de la mañana. El camino transcurre en silencio absoluto: ni un “buenos días” intercambia. Se baja del auto y se despide del conductor con un “hasta nunca”.

Al llegar a la Terminal 2 se queda observando fijamente el tablero de salidas. Hay cuatro alternativas que le llaman la atención: Medellín, Dublín, Ámsterdam y Nueva York. Decide emprender la odisea en la tierra de James Joyce y compra un boleto sin regreso; la mujer del mostrador le pregunta que si va a documentar equipaje y él responde con una sonrisa: “para este viaje no necesito equipaje”.

El vuelo sale hasta las 8 de la mañana, toma asiento en una de las sillas que hay frente a la sala 56 y cierra los ojos momentáneamente, pero no puede permanecer sentado y por supuesto, tampoco puede dormir. Se dirige al restaurante Alitas que, por fortuna, abrió temprano, y pide unos chilaquiles verdes con chorizo y extra salsa. Los traga de golpe, casi sin masticar; pareciera que acaba de salir de la prisión. En la televisión, observa en vivo, el partido Tottenham vs el Fulham, de la liga de fútbol inglesa. El deporte lo distrae y se relaja; pierde la noción del tiempo y se da cuenta que ya tiene que abordar. Pide la cuenta, se despide de la comida mexicana y regresa corriendo a la sala 56.

Llega rayando y aborda el avión. Deja su mochila en los compartimentos, toma sus audífonos y pone la canción Paranoid Android de Radiohead, en el Spotify de su celular. Observa la ventana, toma del bolsillo de su saco la foto de Peter Pan y le entra una sensación de nervio. Piensa en la hamburguesa con queso que aventó al techo horas atrás y el nervio, se transforma en un ataque de ansiedad; le cuesta trabajo respirar. Pone las manos, en forma de garras, sobre su cinturón de seguridad; mira con ojos de angustia al pasajero que está a su lado. Quiere bajarse del avión, pero sus piernas no le responden; quiere quedarse en el avión, pero siente pánico. Solo sabe que quiere, aunque ya está lleno, una hamburguesa sin queso.

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Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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Miradas externas: ¿qué secretos esconden?

Por: Alex Leurs

¿Alguna vez has tenido esa sensación extraña de que la gente ve en ti cosas que tú mismo puedes no reconocer? ¿Te ha pasado que alguien hable de ti y no puedas reconocerte en sus observaciones ? ¿Qué podemos aprender al confrontarnos con una mirada externa?

Es un fenómeno similar a cuando te escuchas en una grabación y no logras reconocer tu propia voz. Evidentemente sabes que eres tú, algo dentro de ti lo intuye. La dificultad no recae en el reconocimiento de la voz sino en el reconocerse a sí mismo en ella. La voz capturada y reproducida desde un aparato es experimentada como algo externo generando así distancia entre el productor y su producto. La distancia física y simbólica genera extrañeza al confrontar la construcción fantasmática de nosotros mismos a una escucha externa. Es un reflejo subjetivo de nosotros mismos.

Tomar distancia con respecto a nosotros mismos no es tarea fácil. Si bien existen algunas técnicas que lo facilitan (por ejemplo, la meditación), la retroalimentación por parte de terceros que aportan “miradas externas” es la fuente más importante para tomar distancia con respecto a uno mismo. Ahora bien, estas miradas —por sus estatutos de “externo”— son susceptibles de abrir caminos/posibilidades no imaginados previamente por la persona en cuestión. Esto es a lo que nos referimos cuando apelamos a una persona fuera de un contexto específico para aportar “una mirada fresca”. Todo sistema/individuo se representa a sí mismo de una forma que supone omitir otro sinfín de posibilidades y una mirada externa puede abrir nuevas perspectivas.

Mientras todavía vivía en México tuve la oportunidad de vivir una experiencia de este estilo. Recién egresado de la carrera de psicología me confronté con la necesidad de ser creativo y pro-activo para encontrar fuentes de ingreso. Así, empecé a ofrecer clases particulares para estudiantes con dificultades académicas. En casas como en cafés me desplazaba por la ciudad para dar clases. En una ocasión, sentado en El Globo de avenida Universidad, frente al Liceo de Coyoacán, tuve la oportunidad de experimentar una mirada externa sobre mí mismo. Mientras mi estudiante se empeñaba en lograr un ejercicio de álgebra mi mirada divagaba en el mar de automóviles. De repente una chica de unos 16 años entró acompañada de un hombre mayor al café. El vestía un pantalón de vestir, una camisa y una corbata. Ella había optado por algo menos común, un vestido medieval.

El binomio particular se instaló detrás de nosotros y se puso a trabajar. No sé si era su vestido particular, le sensación de ser observado o simplemente intuición de lo que sucedería después pero estaba completamente absorto por esa mesa. Me preguntaba qué podría hacer una chica con un vestido así en un día tan acalorado. Por un lado pensaba que estaba loca y por el otro lado la consideraba muy valiente. Algo en la forma en la que portaba su vestido me hacia pensar que solía hacerlo frecuentemente. No era un disfraz sino su forma de vestir, su sentido de la moda, su forma de ser. Intrigado, buscaba todos los pretextos posibles para voltearme y observarlos trabajar. La dinámica entre ellos me hizo rápidamente pensar que ella estaba tomando una clase: ella estaba sobre una hoja de papel, escribía, borraba y lo compartía con su acompañante quién parecía hacer comentarios sobre su trabajo.

Mi estudiante mató mis fantasmas preguntándome cómo despejar un cuadrado en su ecuación. Regresé a la realidad y seguimos trabajando.

Pocos momentos después escuché movimiento en la mesa de atrás y al voltearme vi a la chica caminar hacia mí. La mirada fija en el piso extendió su mano y me tendió una hoja de papel. Mi egocentrismo imaginó que me estaba dando su numero de teléfono. Mi ego creció, sonreí y antes de poder decir gracias ella se había esfumado. La vi pasar por la calle, voltear a verme y acelerar el paso. Nunca mas volví a verla.

Hipnotizado por algo que no puedo describir mi mirada estaba perdida nuevamente en el tráfico. El alumno cerró su cuaderno “listo, ¡ya terminé!” y salió corriendo al ver la camioneta de su mamá llegar. Yo seguía en trance. No tenia demasiado sentido. Seguía procesando algo que no entendía. Con cierta prisa abrí la hoja de papel y descubrí una mirada externa de mí. No había número de teléfono. No había nombre. En esa hoja de papel había un poema. Una historia de nosotros, de nuestro encuentro.

No es posible quererte así
De una manera sin nombre
Y que no pueda dormirme
Porque tu recuerdo siempre esta aquí.

Sigo sin saber, quién eres,
Tu recuerdo se esfuma de mi mente,
Un recuerdo por siempre presente.
Pero no, no eres uno mas de mis placeres.

Creo recordarte, aunque a veces
La memoria me traiciona
Y ciertos detalles se evaporan
He olvidado el color de tus ojos.

Te esfumas entre la gente,
Tu ropa se confunde entre marabuntas.
Sin embargo hoy de noche regresas entre todos,
Y una vez más nos encontramos.

Caminamos entre sonámbulos,
Y aun rodeados por una multitud
Estamos absolutamente solos.

Esta vez sí, resuena por mi cabeza,
Sueño con que esta vez sí nos presentamos,
Entre el bullicio, escucho un nombre.

Los autos seguían desfilando. Levanté la mirada para buscarla. Estaba intrigado. Ella me había visto, leído e interpretado. Su visión, fijada en esa secuencia poética me arrojaba algo de mí que no había reconocido. ¿Cómo puedes haber imaginado eso sin conocerme? ¿Qué transmití sin darme cuenta? No nos conocíamos. No importa, sus palabras me marcaron y me abrieron caminos de reflexión sobre mí. Una mirada externa introdujo distancia con la cual pude considerarme a través de otros ojos. Por un momento fui aventurero, amante de una desconocida y viajero de sueños.

En sus palabras me descubrí nuevamente.

Tal vez, como seres humanos, estamos confinados a un eterno proceso de descubrimiento con los cuales actualizarnos constantemente. Así, entonces, el ser humano más que ser, deviene constantemente a través de una síntesis de miradas externas.

“Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros” – J.P. Sartre-.

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Los días de hoy

La apatía es uno de los síntomas que aparecen mucho antes que la depresión en los adolescentes, el cambio de actitud y la falta de motivación no hacen sino alertar de la presencia de un problema que no podemos o no queremos ver pero, ¿podemos imaginarnos un día en la vida de un adolescente que sufre por algo, pero que no nos dice a la cara lo que sucede?

Por: Ingrid Canul – http://facebook.com/icanulleon

 Los días de hoy.

Comienza el día, la luz se cuela por la ventana instando a levantarse, a iniciar la faena diaria. Hay que desayunar a toda prisa, con la trasnochada frente a la tableta no quedan ganas de hablar con nadie y apenas se puede mantener abiertos los ojos, el sol aún no ha aparecido en lo alto, pero entre el ajetreo de la mañana, la leche con panqués, recoger los útiles y salir a toda prisa con rumbo a la escuela, apenas se puede notar que aún no ha terminado de amanecer.

El sol llena de olas tímidas el cielo, amarillas y naranjas que avanzan lentamente, como todos los días desde hace millones de años y aún desde hace cientos de años cuando el primer hombre se maravilló de su arte en acuarela y veneró el sol que da calor. Pero hay que leer los mensajes enviados en la noche, porque mamá no me permite tener cerca el celular y me prohíbe dejarlo encendido, hay que revisar los “me gusta” y las solicitudes nuevas de amistad, hay que ver el efecto que tuvo esa foto con mis nuevos zapatos carísimos que romperé mañana o pasado mañana. El sol sólo es una luz molesta, que no me permite ver bien la pantalla al mediodía…pero por ahora, sólo aparece rápidamente en el cielo.

Ya es media mañana y el profesor no deja de hablar. En cuanto se da la vuelta, hay que ver los mensajes que llegan de los demás compañeros, se ríen en voz baja haciendo bromas, una mirada airada de esa persona especial. El sol está cada vez más alto y seguramente afuera hace calor, la primavera está llegando y los árboles despiertan de su letargo, hay una ardilla en una rama.

A la hora del descanso, todos juegan a algo o platican con alguien o hacen cualquier otra actividad. Algunos juegos no son del todo seguros, pero los prefectos se hacen de la vista gorda porque les da igual; fingiendo interesarse en algo cuando lo que hay que hacer es dejar que los minutos se sucedan unos a otros hasta la hora de la salida. Regreso al aula y es la misma rutina.

¿Cómo te ha ido en la escuela? Bien. Las mismas preguntas y las mismas respuestas, los profesores hablaron y los oídos simularon haber escuchado algo. Hora del almuerzo, el silencio es siempre habitual al principio, sólo es interrumpido por los tenedores y el habitual “acércame la salsa”; pero poco a poco se dan cuenta de lo incómodo y empiezan a hacer preguntas; ellos fingen interesarse enserio y hay que fingir que se les contesta enserio. Cuando realmente quieres hablar, eres invariablemente ignorado, cuando ellos quieren hablar, desde el fondo del alma surge el yo egoísta que no quiere escuchar, pero la he oído llorar muchas veces a escondidas, sola. Terminar el almuerzo, levantarse, lavar tus platos sucios “voy a mi habitación”.

Echarse en la cama, ver televisión, jugar videojuegos. “Mamá ¿Has visto mis tenis?”, “los puse entre tus cosas”, salir al parque a jugar un rato. Regresar justo a la hora de la cena. “¿Ya hiciste tu tarea?” seguido de un largo sermón acerca de cómo los jóvenes desperdiciamos nuestra vida. Afuera, el sol se ha ocultado de nuevo, desaparecía mientras jugaba la cascarita con los demás, ajenos a nuestras vidas dentro de casa. Sólo hay que asentir y escuchar, la tormenta pasará. “¡Vete a tu cuarto!” ¿Y a dónde más? Si pudiera, ya no estaría aquí.

El sol ha sido reemplazado por la luna, la apatía se ha vuelto rutina, ya casi es hora, ya casi comienza. Esperar en la cama, con la remota ilusión de que hoy podría ser diferente, sabiendo que no lo será y aun así aguardar el día en que ya no tenga que escucharlos. Siempre comienza de la misma forma, murmullos bajos, seguidos de una sola exclamación alta y después comienza la función: gritos, reclamaciones, objetos arrojados. Se esmeran en parecer lo que no son durante el día y aguantan todo el rencor hasta la noche cuando “nadie los oye”, pero olvidan que de su recámara sólo me separa el baño y he escuchado esta melodía todas las noches, durante al menos dos años.

Todo el día se resume a esto, a la noche y los demonios que persiguen y no te dejan dormir con sus alaridos, monstruos todos, ajeno yo. Y no es que no hayan existido risas o ilusiones, porque las hubo, pero superficiales, que apenas llegan a rozarme y me hacen experimentar apenas felicidad. Tengo 15, sé cómo terminará esto y no puedo dejar de pensar que ojalá termine pronto porque es intolerable y los odio y paso el día en ocio total para llegar a la noche y soportar la tensión. Son las 12:30am, ha empezado puntual, es hora de Clash Royale hasta que mis ojos no sean capaces de mantenerse abiertos.

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EL Sueño del Norte

El Norte

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Por fin había terminado. Le dolían las manos después de cuatro horas trabajando de sol a sol y sentía las piernas acalambradas. Estaba envejeciendo. Atravesó el jardín en el que estuvo atareado toda la mañana y tocó en la puerta principal con poca fuerza para no sonar irrespetuoso. Esperó diez minutos en los que tuvo que repetir el toque cinco veces. Por fin le atendió la señora Conroy, güera, alta, con figura envidiable, ojos azules y toda la indiscreta marca de la clase media-alta americana. En sus ojos reconoció algo que llevaba viendo desde hace más de veinticinco años en tantas otras personas, esa mirada desdeñosa que de inmediato lo hacía sentirse alienígena, inferior, fuera de lugar, mojado.

“Señora, ya terminamos el jardín” le dijo en inglés.

“Gracias” le contestó con un tono que siguió la tónica de su mirada y se volteó para atender a su hijo.

“Señora”, continuó Félix con una voz que luchaba para salir de su boca con la pena. “No nos ha pagado, son 200 dólares.”

“Doscientos es demasiado y te lo dije desde el principio. Te daré 100 y los aceptarás.”

Debí cobrar por adelantado, siempre me dijo el tío Julio que cobrara por adelantado, pensó. No era la primera vez que le pasaba y no perdió la calma. “Señora,” continuó “no quedamos en eso, son doscientos dólares.”

“Te dije que te iba a dar 100, cómo te atreves a reclamarme cuando te estoy dando trabajo. ¿A quién le vas a decir que no te pagué? A nadie. Yo sé que estás aquí ilegalmente y vas a aceptar lo que te demos.”

Sintió la furia y la bilis, pero mantuvo la compostura. “Señora, son 200 dólares,” le repitió, esta vez enseñándole sin discreción el machete con el que acababa de cortar las ramas en el jardín. Cuando vio la mirada de la señora Conroy supo que ya la tenía. Su desdén se había transfigurado de inmediato en miedo mezclado con incredulidad. Odiaba tener que hacer esto y la odiaba más a ella por forzarlo a portarse como el estereotipo del que hablaban los políticos republicanos.

Fuck you, puta!” le dijo con su acento más pesado una vez que le entregó el dinero.

Era un día caluroso y apenas con el aire acondicionado de su troca a toda velocidad se sentía cómodo. Tomó la autopista y se dirigió a casa, encantado con el paisaje californiano, apenas aliviándose del coraje que pasó. Este era su ritual. Día con día salía a trabajar y regresaba con la música apagada y las ventanas arriba para que no hubiera ruido mientras admiraba plácidamente el horizonte. Félix siempre fue contemplativo, aun cuando era niño. Llegó, destapó una cerveza y se sentó en la sala a ver la televisión. De inmediato se asomó una cabeza del cuarto del fondo, era Julián, su hijo. O como él mismo se hacía llamar “Yulian”. Lo saludó y volvió a lo suyo.

Félix estaba muy pensativo. Sus ideas parecían hacerle un ruido ensordecedor en la cabeza y no podía estar tranquilo. ¿Habré cometido un error con la señora Conroy? ¿Me irá a denunciar? No. No sabía su nombre. Las tipas como la señora Conroy nunca se interesaban por el nombre del servicio mientras lo hicieran. Inevitablemente, como en los últimos meses, acabó pensando en el hogar que dejó a los veinte años en México y quiso llorar, aunque no lo hizo. Félix no lloraba desde que llegó a Estados Unidos, desde que se separó de su madre. Todos en el rancho donde vivía se iban al norte, la mayoría incluso más jóvenes que él hacían el viaje. Cuando murió su padre en un accidente industrial no le quedó de otra más que hacer lo inevitable. Le pagó treinta mil pesos a un tipo que le decían el Piros para que lo ayudara a cruzar y se encontró a sí mismo en Los Ángeles viviendo con un tío que lo ayudó a establecerse y conseguir trabajo. Le tomó años de trabajar en todo lo que pudiera para juntar el dinero para su camioneta, pero una vez que la tuvo, todo mejoró. Estableció su negocio de jardinería con dos ayudantes y se hizo de su cliente más valioso, el señor John Fossoway. Republicano hasta la médula, era una prueba viviente de la doble moral de los que decían que los inmigrantes les robaban empleo a los americanos, pero aprovechaban los servicios de éstos. Sus hijos eran otro cliché andante de la decadencia cultural americana; malcriados vástagos de la nación de los sueños y de la historia de grandes hombres que se desdibujaba cada día en la polvareda de la cultura vacía. En los doce años que llevaba al servicio de la familia Fossoway, ni una sola vez le habían dado seña alguna de que supieran su nombre, era invisible para ellos.

Su hija Amanda interrumpió sus pensamientos cuando salió al pasillo y le dijo “Daddy, vuelvo al rato, voy con mi boyfriend Carlos.” Le entristeció pensar que la lengua materna de sus hijos era una extraña para sus padres y que parecían olvidar sus orígenes de mariachi y tequila. La mediana edad le pegó como un tren y siempre se hallaba evocando su México querido y odiando su papel en un país que lo repudiaba y discriminaba. La mediana edad lo encontraba tomando constantemente.

Su esposa María odiaba este último hábito, pero a Félix no le importaba. Nada le importaba ya en realidad. Desde hace mucho se encontraba cansado de la rutina, de su vida, de Estados Unidos y, por lo mismo, cada vez se volvía más distante y ensimismado, más mediocre y menos dispuesto a seguir creciendo. No sabía en qué punto fue, pero estaba seguro que perdió el camino y no parecía estar cerca de encontrarlo de nuevo. Un día simplemente dejó de soñar y de aspirar a más y se dejó llevar por la corriente de la vida, se encarriló por el camino que fue tomando y nunca se detuvo a pensar qué era lo que quería. Su situación nunca le dio la oportunidad de contemplar opciones. Desde muy joven aprendió la diferencia entre tener que escoger y tener para escoger.

Le conflictuaba saber que su familia era lo que más amaba en este mundo y, aun así, no sabía nada de la vida de Julián y Amanda, tenía una eternidad sin tener una conversación verdadera con María. Le causaba más conflicto aún y mientras más lo analizaba, menos parecía importarle lo suficiente como para hacer un cambio. Sospechaba que María ya tenía un amante y por eso ya ni lo presionaba a salir de sí mismo. Lo intentaría confirmar después. Podría darle lo mismo, pero no permitiría que le dijeran cornudo.

A las siete pasó a su casa Saúl, su vecino y único amigo, la única persona con la que Félix hablaba en realidad y esto era porque Saúl siempre era el que dominaba la conversación. A Saúl lo había conocido trabajando de lavaplatos en un restaurante casi veinte años atrás. Le perdió la pista un rato cuando lo capturó la migra y lo mandaron a la guerra a cambio de su ciudadanía. En su momento no pareció un trueque tan injusto para Saúl. Cuando lo volvió a ver dos años después, Saúl estaba falto del antebrazo derecho y lleno de malos recuerdos. “Todo sea por ser gringo, carnal” le dijo a su reencuentro.

Al día siguiente se despertó Félix con una ligera resaca. Saúl se había quedado hasta tarde aún después de que terminara el partido del América. Era domingo, pero Félix recibió una llamada de un tipo que estaba dispuesto a pagarle el doble si iba ese mismo día. No sería ni la primera ni la última vez que Félix trabajara indispuesto. Tomó la autopista con su silencio habitual y manejó veinticinco minutos hasta la dirección que le habían pasado por el teléfono. El café estaba ayudando un poco para su malestar, no tanto el saber que tendría que hacer el trabajo solo. Sus ayudantes nunca querían trabajar en domingo.

En sus largos años de trabajo, Félix siempre había logrado evadir a las autoridades. Hasta ese día. Cuando tocó a la puerta y le respondió la señora Conroy con dos policías acercándosele por la espalda comprendió que había caído en una trampa.

La señora Conroy lo acusó de robo y a Félix le dieron dos opciones: cárcel en Estados Unidos y deportación posterior o deportación inmediata. Lo mandaron a México en un camión con otros en situaciones como la suya. Cuando ya se acercaban a la frontera, por primera vez en décadas, Félix lloró. Se quebró en un llanto que parecía inconsolable y se dio cuenta que recordaría por siempre ese domingo como el día de su renacer.

Lloró porque volvía a su casa, lloró aún más porque se dio cuenta de que volvía más bien al recuerdo y al reencuentro con cosas que pensó perdidas en su memoria, pero sobre todo, lloró porque su vida finalmente tenía un propósito de nuevo: regresar a su familia, a su casa, al Norte.

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El Futuro “Feliz”

Progreso

Por: Ingrid Abigail Canul

Mi vida está destinada al fracaso. Lo entiendo tan claramente ahora y ni siquiera eso me produce algún tipo de placer o dolor, la certeza se ha fijado en mi mente desde hace meses y no puedo quitármela, es como un cáncer molesto que remite y resurge de nuevo cada vez con más fuerza, una gripe, una maldita enfermedad que tiene que hacerse evidente de alguna forma.

Mi existencia se mece en el viento dejándome llevar, me decepciono continuamente por caer una y otra vez a la presión de lo que debería querer para mí, a lo que los demás dictan, a seguir la misma moda y los mismos patrones de comportamiento, a ser un hipócrita y odiarme cada vez que copio sus movimientos sólo por pertenecer a un lugar.

Pertenecer a alguna parte, cuando sé desde lo más profundo que soy un ser apartado.

¿Cuándo nos convertimos en lo que somos? Leo y leo libros de historia y busco el momento exacto en que las cosas cambiaron, en que se selló mi ruina y la de las personas que son como yo…si es que existen. Veo cómo hace más de doscientos años había manifestaciones una y otra vez, reclamando derechos de igualdad, tolerancia, feminismo y no encuentro cómo es que llegamos a estar en el lado opuesto sin conseguir nunca quedarnos en medio. Estamos tan perdidos como lo estuvimos entonces, pero preferimos ignorar lo que ya sabemos, preferimos pensar y mentirnos diciéndonos que no somos tan incivilizados como ellos, que somos diferentes, más avanzados, más evolucionados…mejores. Pero no lo somos.

Nuestra tecnología pudo haber mejorado nuestra calidad de vida, pero sólo nos ha vuelto más ciegos; nos sentimos más seguros en nuestros autos voladores, en nuestros viajes al espacio, miramos más allá del polvo del big bang sólo para distraer nuestros ojos de ver lo que hemos hecho con nuestro propio mundo, lo que hicimos a nuestros hermanos, lo que le hemos hecho a nuestros niños. Solucionamos el problema de la infertilidad con hombres creados in vitro, prefabricamos niños con las características que deseamos pero en este punto del tiempo ¿qué es lo que somos?

Vivimos una existencia “feliz” donde los trabajos son exactamente lo que queremos, nuestras diversiones son perfectas, nuestras relaciones son superficiales, donde nos burlamos de la monogamia y sentimos asco del embarazo natural, donde pueden evaluar enseguida si no encajas, donde eres tan desechable porque todos tus átomos pueden reutilizarse al antojo de ¿quién? Controlados por nuestros propios impulsos, nuestro deseo de placer es satisfecho instantáneamente y no es posible desear más…pero yo no quiero más, quiero menos, quiero mucho menos…

Quiero formar una familia y enamorarme de una sola persona, quiero no tener sexo con otros hombres y otras mujeres, quiero elegir a qué quiero dedicarme y que mi ropa no sea igual a la de ellos, quiero que haya un poco de caos porque esta perfección es artificial y amañada, es imposible, esto no es lo que soñaron nuestros antepasados, esto no está bien.

Pero dentro de esta perfección tiene que haber una trampa y es que ser diferente es inaceptable, cientos de años atrás la gente exigía sus derechos pero cuando por fin los ganó, no dejó que nadie pensara diferente. Lo anterior era anticuado y malo, tener una sola pareja se convirtió en algo irrisorio. ¿Quién querría vivir bajo las reglas de unas personas mojigatas que no sabían nada? ¿Quiénes querrían trabajar cómodamente en un solo lugar? ¿Quién preferiría no hacer un solo viaje en su vida? ¿Por qué tener sexo sólo con hombres o mujeres si puedes tener ambos? ¿Para qué esforzarse en el amor? Es mucho más sencillo ser libre para siempre…libre para siempre, pero no les permitieron ser libres, los cazaron, los “trataron” y los regresaron a la sociedad completamente reformados, ya sea por coacción, miedo o lo que fuera, pero regresaron y ya nadie los reconocía, no eran ellos mismos.

Mi bisabuelo dejó unos escritos ocultos en un doble fondo de un cajón, los encontré por casualidad, fue él quien escribió lo que había sucedido, escribió que mi bisabuela estaba decididamente en contra, decía que eso no era libertad, que las personas debían ser libres de elegir, porque no se podían olvidar los pasos que se dieron en la historia, él escribió que ella desapareció dos días y nadie lo ayudó a encontrarla, que volvió por sí sola y era otra persona, alguien en quien ya no confiaba, alguien que adoptó la nueva ideología con fe fanática, alguien a quien ya no amaba, alguien que lo entregó. La última línea (“sabía que vendrían, sabía que mis días estaban contados, no me arrepiento de nada excepto de no haber sabido protegerla, ahora es una extraña que los dejará entrar pronto y yo no puedo amar esa persona en la que se ha convertido”), es sólo un pequeño atisbo de lo que sucedió, no puedo saberlo, pero no escribió nada más y la libreta estaba más o menos intacta en aquel cajón.

Nos han vendido la libertad como si se tratase de un objeto que causa placer, no nos damos cuenta de lo poco libres que somos, que nos vigilan a cada paso, que controlan nuestras decisiones y nos hacen creer que fueron nuestras, que estamos tan limitados para decidir que terminamos eligiendo lo que es más fácil, así nos han educado.

Y yo, simplemente me pregunto ¿En qué momento lo permitimos? ¿Desde cuándo ser libre significa dejar de hacer lo que considero correcto? ¿Por qué nos volvimos tan intolerantes que no aceptamos que nuestras diferencias nos enriquecen? Nos dicen que vivimos en un mundo perfecto, pero no veo el verdadero bien que ha causado nuestro tan aclamado progreso y estoy tan terriblemente solo y quiero tan desesperadamente que me acepten, que me reuniré con ellos y fingiré que soy feliz haciendo lo que ellos hacen. Así nos tiene condicionados.

Por eso escribo esta nueva libreta y la guardo en mi propio cajón con doble fondo, inspirado en la obra de mi bisabuelo, porque sé que yo no podré, pero quizás alguien, en otros doscientos años, se dé cuenta de lo mal que vivimos ahora…y quizás comiencen las manifestaciones de nuevo y quizás en esa ocasión aprendamos de nuestros errores, porque los mundos perfectos simplemente no existen.

 

Cuento inspirado en un contexto similar a la sociedad que imaginó Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, en la que un miembro de esa sociedad no se siente feliz de cómo son las cosas a pesar de que la misma sociedad le ofrece todo lo que muchos dirían, es todo cuanto puede desear.

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Historia de una Violación Olvidada. (II)

Esta es la segunda parte de la historia. Para la primera parte dar click aquí.

La que parecía ser una estudiante modelo, una novia amorosa, una hija dedicada, se ve obligada a enfrentar sus pensamientos más oscuros mientras trata de lidiar con el recuerdo reprimido de la violación de su padre, la preocupación por su sobrina y el brote psicótico que la orilló a ser internada en una institución mental por tiempo indefinido.

Parte 1 Silvia-Grav-Art4
Imagen: Silvia Grav

Por: Ingrid Canul

Los psiquiatras me han recomendado ampliamente que si escucho alguna voz que no pertenezca a alguien en la misma habitación o cuando esté sola, repita en voz alta lo que escucho. Sé que su intención no es terapéutica, es para que las cámaras lo graben todo y guarden un registro… Todavía me río un poco al recordar cuando me lo dijeron y es que suena a una idiotez que alguien siguiera ese “tratamiento” si lo que quieres es salir de este horrible lugar. Nadie está lo suficientemente loco ni le tiene tanta fe a esta institución para seguir esa instrucción. Me pregunto si notan cuando un paciente finge escuchar voces ¿Qué clase de cosas te dice una voz que se encuentra solamente en tu cabeza? Con todo, me siento muy lúcida, más lúcida que nunca, aterrada y torturada por demonios internos que no sabía que existían, pero mi mente piensa con claridad.

Tengo que admitir que esta no es la primera vez que me han sugerido un psiquiatra, pues tuve problemas de ansiedad y de conducta cuando era niña. De adolescente me mostré abiertamente renuente a escuchar ningún tipo de consejo que viniera de ellos, mis padres, y la preparatoria fue una época en que estuvieron salvándome de líos todo el tiempo. Fui expulsada de la escuela en dos ocasiones y hubiera seguido así de no ser por una conversación que tuve una vez con una prostituta en una de las ocasiones en que pasé la noche presa: “Tienes unos padres a quienes les importas y tiras tu vida por la mierda sólo porque estás incluso más perdida que yo. Eres una muchachita idiota y mediocre que seguirá sin valer la pena si continúa así”. Eso, servicio comunitario, ser obligada a trabajar para devolver a mis padres el dinero de cada fianza pagada y estricto control sobre mi tiempo, terminaron en convertirme en la mujer adulta-joven en la que me transformé.

Pero aún en la universidad tuve demasiados incidentes para ser normal e incluso, he recurrido a pastillas para poder conciliar el sueño y realmente descansar. Un maestro me sugirió acudir con un psicólogo, me decía que sufría de ansiedad tipificada y que podría llegar a ser grave si lo dejaba pasar. He visitado psicólogos durante toda mi vida. Los maestros percibían algo peligroso dentro de mí, como un cáncer, un defecto, algo que me hacía golpear a mis compañeros, ofender a quien se atreviera a contradecirme, jugar siempre sola, apenas mantener una conversación con mis compañeros, que todos me temieran, de tal forma que me enviaban con el psicólogo de la escuela y siempre sugirieron que se me debía mantener en tratamiento.

Pero ningún psicólogo pudo esclarecer lo que sucedía. Las caras eran distintas pero siempre eran las mismas preguntas: “¿Cómo son tus compañeros? ¿Te gusta tu escuela? ¿Algo está molestándote?” Uno o dos prefirieron no dar una opinión concreta, otros dos dijeron que era una niña normal y sana pero con exceso de energía, al menos uno más sugirió usar algún tipo de tratamiento por hipnosis, y sé que al menos otro sugirió que podrían estar abusando de mí. Todos coincidieron en que continuara visitándolos, pero no lo hice, no sé si por mi negación absoluta a cada uno o porque mi madre se negaba a ver que había algo que no estaba bien.

Solamente hubo una persona que hizo la pregunta correcta “¿Alguien te ha tocado sin que estés de acuerdo con eso?” Era mi maestro, pero también era psicólogo. Se fijó en mí, se percató de que algo estaba roto dentro de mí. Hice una rabieta monumental, me llevaron a la dirección, mis padres hicieron todo un escándalo, gritaron y patalearon sin descansar hasta que despidieron al profesor. ¡Qué hipócrita! Desempeñando su papel de “buen padre”, abrazándome como si no supiera lo que sucedía, hablándome con ternura ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Quiero matarlo de nuevo! ¡Quiero matarlo mil veces, todos los días, de mil maneras diferentes! Una más lenta que la anterior, más sanguinaria, más terrible… Las lágrimas resbalan abundantes, me estoy haciendo verdadero daño con mis uñas ¡Lo odio, lo odio, lo odio! ¡¡¡ME ODIO!!! Víctor, se llamaba el maestro… Todavía quiso hacer algo por mí y me dejó la tarjeta de un psicólogo que conocía. Jamás pisé ese consultorio.

Ahora, acostada, con pies y manos atados a la cama, vestida con una bata delgada, cubierta por una sábana… Todo blanco. No hay puntos de color, ni siquiera manchas en los muros. Blanco todo como si estuviera suspendida en la nada, incluso la luz demasiado potente que no se dignan a apagar siquiera por la noche, para ser vigilada las 24hrs del día, tratada como un reo, como una peste, como una enferma tras haber sido catalogada como “altamente peligrosa”. Pero ahora estoy tranquila y las lágrimas resbalan por mis sienes, mientras algunas imágenes, como fotografías, aparecen en mi mente. Ahora es constante y así son mis días y mis noches, el maldito olor no me abandona, se ha quedado impregnado en mi mente desde esa noche, para torturarme y hacerme recordar los detalles perdidos durante tantos años.

Aún no puedo recibir visitas libremente, sólo han permitido que me visite mi madre. Fue un desastre, cuando ella preguntó: “¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le hiciste eso a tu papá?” Fue como una bofetada en la cara, como si me hubiera escupido ¡Ya lo dije! ¡Lo grité a todo el que tuviera oídos para escuchar! Ya no quiero ocultarlo más, ahora que lo recuerdo cada vez que los sedantes aminoran sus efectos, pero no me cree. No me cree y no puedo dejar de pensar en esa niña a la que dejó hecha pedazos por dentro. Si no cree mi historia entonces, o ella no quiso hablar, o no le creen tampoco. Ahora tengo los puños apretados. Ese día quise golpearla, no puedo confiar en que no supiera lo que pasaba, no puedo confiar en ella, ya no más… No sabía cuánta ira puede albergar un alma y ahora que la mía está liberada ya no puedo detenerme. Sé que no me permitirán verla y no quiero hacerlo. Por mí, está bien ser huérfana.

No hay cargos y me han declarado mentalmente inestable. Aparentemente tuve un ataque psicótico y tengo períodos todavía en que podrían, o no, catalogarse de la misma manera, así que no puedo ser procesada ni detenida. Hablan conmigo y me medican para que diga lo que ya dije, pero dudan de todo lo que digo. Dudan de que pude haber retenido durante tanto tiempo los recuerdos, dudan de que mi padre me haya atacado y mi novio, por supuesto, ha negado que yo haya estado semi-inconsciente aquella noche, e incluso dijo que no había sido la primera vez, lo que me pone en entredicho porque el sexo pudo desencadenarlo todo, y él continúa diciendo que yo era una puta. No quiso verme ni hablar conmigo. Nadie en el colegio ha intentado defenderme, todos me han encontrado rara, violenta o agresiva, nadie quiere sentir empatía por la loca internada. Solo Miriam fue lo suficientemente valiente para decir que no eran ciertos los chismes y que no puede creer todo lo que pasó, pero agregó que siempre le parecí rara, por si querían que me visitara.

Me han hecho repetirlo incansablemente. Acerca de mis recuerdos de la infancia creen que miento porque cada vez agrego más detalles. No sabía que la mente funcionara así, como si se le fueran quitando capas y pudieras descubrir cosas nuevas cada vez que quitas una y otra capa… Recuerdo el caballito de madera tallado en la mesita de noche, el peluche de gato que me regalaron una navidad, el color de mis almohadas favoritas, la silletita sobre la que me mecía en “la hora del té”, recuerdo todos los objetos en mi habitación porque me concentraba en su silueta en la oscuridad, esperando a que todo pase. Recuerdo algunas palabras: “se buena, quédate quietecita”, “si lloras ya no te voy a querer”. Pero las palabras son demasiado dolorosas para repetirlas en voz alta y me desvanezco en un sopor intermitente. Así que, cada vez, me regresan a mi habitación sin haber obtenido mucho más. La persona en la que más confiaba en el mundo, traicionada así… No puedo confiar ni en la enfermera más amable, está claro que no cuento con mi madre y no puedo dejar de repetirme: ¿qué será de ella, pequeña y frágil en un mundo que ya la ha roto?

Yo estoy rota. No me siento yo, me parece que hay más personas dentro de mí, algunas me hacen sentir poderosa porque me deshice de él, otras me recuerdan la niña asustada que fui, o la adolescente tratando de expulsar un odio cuyo origen desconocía o yo, quien no tiene idea de nada, que se deja preguntar y medicar y atar como una muñeca. Estoy vacía.

En cuanto a esa noche, es mucho más difícil. Trato de hilar las imágenes que pasan por mi mente pero están desorganizadas en tiempo y secuencia, sé que por un momento sabía lo que hacía: recuerdo haber intentado abrir la puerta cerrada desde dentro, recuerdo golpearla, recuerdo haber salido al pasillo por el hacha de emergencia, recuerdo haber roto la puerta y encontrar a mi padre alarmado, viéndome con cara de no saber lo que sucede y recuerdo ver a mi niña hecha un ovillo en una esquina de la cama…recuerdo ver unas gotas de sangre en su ropa.

Después de eso, lo que recuerdo son detalles inconexos: el peso del hacha en mis manos, la textura de la tela del edredón, luces cruzaban por mis ojos y esa persona ya no era nadie que reconociera. Tengo la sensación de su pelo en mis manos y no se aparta de mi mente la forma en que sus ojos me miraban sorprendidos y aterrados mientras sentía su cráneo vencerse contra la pared, escuchaba los sonidos que emitían su garganta y sólo recuerdo esa sensación de querer despedazarlo y desaparecerlo… Lo vi morir, vi su esencia desprenderse de su cuerpo, pero aún me persigue. Aún no se fue mi violador, vive dentro de mí, está en mi mente, huelo a él, soy yo.

Me detesto.

Me odio por haberlo guardado tanto tiempo; me odio por haberlo asesinado, porque lo convertí en la víctima; me odio por no haberme cerciorado de que ella saliera de la habitación; me odio por no haberla podido proteger; porque enloquecí y no logro que nadie me crea; porque lo veo, lo siento y lo oigo; porque forma parte de mí aunque quiera expulsarlo; porque quiero verlo morir de nuevo para cerciorarme de que no volverá por ella… Porque sé que ahora también vive pesadillas y que formo parte de ellas.

Me golpeó mi mamá con una lámpara para que me detuviera. Se hubiera desparramado todo el contenido de su cabeza si no lo hubiera hecho. No pretendía dejar de golpearlo hasta que ya no quedara nada de él. Suena a una idea muy lúcida, pero en ese momento sólo quería golpearlo hasta que ya no quedara nada de mí misma. Por eso me mantienen amarrada y en observación: tengo tendencias suicidas y homicidas, incluso ahora. Creo que si me hubieran permitido despedazarlo, podría pensar que él no volverá, que se fue de una vez por todas, que es su fantasma lo que me persigue: el monstruo debajo de la cama.

No sé cómo podré algún día superarlo y salir de nuevo al mundo real. No me siento capaz de caminar por la calle, de tener una casa, un perro, una pareja… morir no es una locura cuando se está tan roto. Es tan preciada la vida para ellos que lo repiten como una grabación y sin embargo, esto no es vida, encerrada dentro de mi mente sin la calidez humana que realmente necesitaría para sanar. Todo aquí es mecánico, no hacen un solo movimiento errado para evitar que los cataloguen como ineficaces y todos los días las mismas preguntas: “¿Cómo estás hoy? ¿Qué desayunaste? ¿Deseas bañarte ahora o más tarde?” Sin preocuparse si contesto o no porque ellos tienen un horario y deben cumplirlo, da lo mismo si me parece o no.

Con frecuencia pregunto por Hilda, invariablemente me contestan que ella está bien y que si me pongo mejor la dejarán que me visite. Aún no sé si lo dicen en serio o no, pero he decidido portarme mejor, porque realmente quiero verla. No quiero recordar esa mirada, esos ojos llenos de terror, la cara petrificada en un grito ahogado, no sé si temía de mí o de lo que acababa de sucederle o de ambas.

Como sea, me porto más dócil ahora, mi psiquiatra me ha cambiado la medicación y al menos puedo pensar con mayor claridad. Ya tienen un diagnóstico: depresión y estrés postraumático, con un solo incidente de brote psicótico. Por fin comienzan a creerme. Mi madre vino de nuevo, la vi a través de un vidrio para evitar que la lastimara y finalmente, por un instante, me miró a los ojos, llenos de lágrimas y supe, científicamente discutible pero así lo sentí, supe que ella sabía algo, supe que sus lágrimas eran por la culpa, vi en sus ojos que reflejaban amor, tristeza y un “lo siento” que cruzaba en su mente. Sólo pude verla, no hubo palabras, no pude decir nada en absoluto ¿Cómo era posible que un “lo siento” pudiera arreglarlo todo? Vi cómo se desgarraba su alma cuando se dio cuenta que jamás la perdonaría.

Sé que mi vida se consumirá aquí. No soy capaz de valerme por mí misma, sé que estoy sola en el mundo y que valgo menos que las sábanas que me cubren. Lo sé. Un demente no entra ni en el conteo oficial de población: es un ser sin esperanzas ni sueños, el vacío de la existencia que sólo es el resultado de no haber muerto físicamente, no según la definición de “muerte”. Vacía, sin embargo, hoy se me hizo un regalo invaluable que cualquiera apreciaría como un llamado a la vida, de una fuente de la que no creí que pudiera recibir algo tan preciado: esperanza.

Mi madre trajo a Hilda y fue tan grande mi alivio de verla bien que no pude articular palabra. Ella tampoco dijo nada, pero estuvo dibujando en un papel mientras observaba su cuerpecito cálido y tranquilo. Mi madre me miraba sollozando y solamente dijo que yo lo tenía que saber, que Hilda estaba siendo tratada. Al final de la visita le pidió al guardia que se me entregara el dibujo y mi querida sobrina me regaló una sonrisa dulce mientras sus labios dibujaban un pequeño “gracias” y veía sus ojos tiernos de alma rota.

Se me entregó el dibujo: era yo como una especie de ángel vengador, sobre el monstruo de debajo de la cama. Era yo ganando sobre el mal para protegerla… Ella estaba ahí convertida en un ratoncito y yo la protegía… Yo era un ángel vengador y a la izquierda, junto a la bolita de líneas que era ella, un “gracias” escrito pulcramente.

“Gracias”… Gracias a ti Hilda. Tú me has rescatado mucho más de lo que crees. Quizá la tierra árida sí pueda volver a reverdecer…

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Historia de una Violación Olvidada. (I)

La primera parte de lo que parece un escenario bastante común, aunque terrible, en la vida de una mujer joven: una fiesta, demasiado alcohol, un novio que ha esperado demasiado tiempo, y la imposibilidad de pensar con claridad y moverse a voluntad la orillan a una situación fuera de su control, pero el trauma vivido recientemente libera un secreto encerrado en su mente durante años.

Parte 2 Silvia-Grav-Art6
Imagen: Silvia Grav

Por: Ingrid Canul

Hoy perdí a mi novio. Teníamos año y medio juntos y lo perdí hoy, así, como si se hubiera dado la vuelta en una esquina y hubiera desaparecido. Aún no encuentro explicación a sus palabras, aún no estoy segura de lo que pasó hoy, ayer, hace tres días… Escuché sus palabras y sentí las lágrimas corriendo por mis mejillas, entiendo intelectualmente lo que me ha dicho pero no encuentro una explicación.

Yo lo amo y sin embargo, no quise tener sexo con él hasta hace tres días. Estuvimos en casa de Alexa festejando su cuarto de siglo y bebí de más. No es que no me hubiera pasado antes pero en esta ocasión me pasé en serio, apenas recuerdo, sé que me caí un par de veces porque tengo moretones en las rodillas y algunos rasguños en las manos, sé que vomité porque amanecí con el gusto terrible en la boca, sé que tuve sexo con Jimmy porque desperté desnuda en su departamento, porque tenía semen en mi vagina, porque me lo dijo él.

Tengo imágenes en mi cabeza, como grabaciones mal hechas y mal editadas, momentos en los que él está sobre de mí riendo y me toma de las manos, en que me sujeta la cintura y me atrae hacia él, en que me da otra bebida, en que me trepa cargada a su departamento y luego nada. Sólo la luz molesta sobre mi rostro y esta sensación constante de que todo está mal.

Yo sí quería tener sexo, muchas veces tuve que contenerme para evitarlo y estaba muy bebida. ¿Por qué no habría querido? ¿Cómo podría haberlo rechazado si lo amo tanto, si lo deseo tanto? De nuevo estoy llorando, apenas soy consciente de que todavía me encuentro en la universidad y que los demás me miran. Me miro la muñeca y corro la manga del suéter para tapar la marca de los dedos de Jimmyél dijo que me emocioné demasiado con mis uñas y que me sujetó para que no lo lastimara. Es algo que siempre quise hacer pero al esforzarme en recordarlo me asalta únicamente una sensación de desesperanza. Sé que algo está mal pero no me atrevo a decirlo en voz alta.

Quiero comentarlo con alguien pero cuando quiero contárselo a Alexa y a Miriam, mis mejores amigas, se ríen y me felicitan, ya no soy más el bicho raro, “la única virgen de 26 años estudiante de universidad que existe en el mundo” según sus palabras. Su forma superficial de hablar del tema, la manera pueril de sugerir que no pasaba nada con que no lo recordara, que era mejor así porque la primera vez suele ser desastrosa y después de todo “¿Qué tiene de raro o de malo perder la virginidad con tu novio después de más de un año juntos?”, entonces se me quiebra la voz y les suelto que terminó conmigo. Hoy. Hace un par de horas. Hoy, después de ignorarme completamente durante dos días completos, enfrente del equipo de básquetbol donde prácticamente me gritó que era una puta y una mentirosa, que habría aceptado que no fuera virgen pero no que lo hubiera engañado haciéndole pensar que era lo que no soy, que me fuera a la mierda y que no me le volviera a acercar o a llamar. Que no quería saber nada de mí.

Callaron. Eso sí lo toman en serio, ahora empezaron a hablar de él: era obvio, lo único que quería era “desflorarme” para botarme luego, que seguramente tenía a otra, que no valía la pena, que lo olvidara. No me siento cómoda, algo no encaja o, mejor dicho, no encaja nada, aún si así fuera, ¿para qué ridiculizarme de esa forma? De pronto noto un aroma en el ambiente, como a colonia de hombre. No huele mal pero me produce arcadas, desecho todo el desayuno. Después, nada. El olor se ha ido y mis amigas me miran preocupadas, yo no le doy importancia, es demasiado pronto para tener síntomas de embarazo.

Entro a su departamento, me lleva hacia la cama y sin previo aviso está sobre de mí, noto su media sonrisa, veo sus ojos brillantes de triunfo, me abre la blusa sin grandes ceremonias y separa mis piernas con sus rodillas. Yo estoy echada simplemente, medio consciente de que está desnudándome. Se quita la camisa, se acerca a mí y me da un beso en la mejilla y de pronto, ese olor llena la habitación, me quema la nariz, quiero gritar y él me sujeta las manos, quiero empujarlo pero me tumba con su peso, no puedo más ¡necesito ayuda! ¡que alguien me ayude! ¡por favor!

Abro los ojos y TENGO que saltar de la cama. Estoy sudando de la cabeza a los pies, sola en mi habitación, veo las sábanas enredadas en mi cuerpo y no puedo soportarlo, no quiero que nada me roce siquiera, no quiero meterme de nuevo en la cama y cerrar los ojos “ha sido sólo una pesadilla” me repito una y otra vez mientras bajo a la sala común y me hago un ovillo en el sillón, me miro las marcas en mis muñecas, “ha sido sólo una pesadilla”, hasta que por fin, me vuelvo a dormir.

Siento las manos sujetas con firmeza, mientras me susurra palabras tranquilizadoras pero ignora mis lágrimas, quiero empujarlo pero el cuerpo no me responde, siento su embestida pero sin dolor, sin placer, sin ninguna sensación, alcanzo a escucharme decir “no quería que esto fuera así” y él sólo me da un beso en la frente…de pronto su cuerpo cambia, es mayor, su cabello es diferente, su voz en más gruesa, me dice palabras cariñosas y al final “es nuestro secreto”, justo cuando se pone de pie está borroso y me inunda la nariz de nuevo ese maldito olor.

Abro los ojos. Ahora duermo con Miriam pero las pesadillas no se van y ahora con frecuencia terminan de esa forma, cuando Jimmy se convierte en otra persona, alguien que conozco en mi sueño pero no logro reconocer una vez que me despierto, no logro recordar ni lo que me dice. Tengo una sensación terrible en la boca del estómago, cada vez que “sueño” con ese olor me provoca náuseas – digo “sueño” de esta forma porque lo siento ahora en todas partes y en los lugares más inesperados, como si alguien me vigilara de cerca y oliera de esa forma, como si las plantas expulsaran ese aroma. Estoy a punto de quebrarme, soy consciente de eso porque por fin he aceptado la verdad de esa noche: fui violada.

La situación en la universidad lo agrava más, sé que ahora todos hablan de mí: Jimmy se encargó de decirle a todo el mundo que no era virgen como solía decir, que seguramente me habré metido quién sabe con cuántos y creía que iba a poder engañarlo, que soy una prostituta y que mi tarifa con él fue mentirle durante año y medio mientras le hacía sexo oral, pero que seguramente cobro de manera más “efectiva”. Llevo 2 semanas como un zombi en la escuela, apenas despierta, apenas sensible. No hablo acerca de la violación, sé que todos pensarán que trato de vengarme.

¡Lo que daría por dormir bien esta noche! Cinco horas, no pido más. Pero en cuanto cierro los ojos vuelvo a verlo, montado sobre mí, violándome suavemente. Abro los ojos, no recuerdo el sueño pero en esta ocasión también vi a mamá.

Uno de mis profesores me hace una cita con el orientador de la universidad, psicólogo. Cuando llego a su oficina está esperándome, es un hombre de unos 40 años, cuidadoso con su imagen, me sonríe al invitarme a sentar. La charla es acerca de los temas que supuse, me pregunta incluso acerca de la fiesta, es el único momento en que dudo en contestar. Lo miro a los ojos segura de que los míos están llenos de lágrimas y todo mi ser grita “violación” pero mi boca es incapaz de decirlo. “Estuvo bien” es todo cuanto puedo responder, mientras las lágrimas corren por mis mejillas, cada vez más copiosas hasta que termina siendo un sollozo ininterrumpido. El psicólogo se acerca, se para detrás de mí y me pregunta si hay algo de lo que quiera hablar, niego con la cabeza pero sigo llorando, entonces me dice, en tono consolador, que ayudar a los estudiantes es su trabajo y que adoraba su trabajo y pone una mano sobre mi hombro izquierdo, me tenso inmediatamente y la aparto bruscamente con la mano derecha, me pongo de pie de un salto y sin decir palabra salgo de su oficina.

Claramente ese comportamiento le pareció alarmante porque llamó a mis padres. Mi mamá llamó unas horas después al departamento compartido que alquilo, preguntándome si me encuentro bien. Le miento lo más eficazmente que puedo y me comenta que este fin de semana vendrán a visitarme, noticia que al menos me reconforta. Aun así no se los contaré.

“Es nuestro secreto”, mientras mete la mano debajo de mi pijama de girasoles, un peluche cae de la cama rodando, y trato de detenerlo pero me habla con tanto amor que dudo, con la otra me acaricia la cara y el cabello, me da besitos en la nariz, en los ojos y en cada una de las mejillas, pero la otra mano me lastima.

Despierto más inquieta que nunca, no recuerdo lo que soñé pero estuve llorando. Seco mis lágrimas y cuando Miriam me pregunta qué sucede me echo a llorar histérica y desconsolada.

Mis padres vinieron hoy y fui a buscarlos a la terminal. Hilda, mi sobrina, se está quedando con ellos unos días. En cuanto la veo corre hacia mí y salta a mis brazos “me recuerda mucho a ti” dice papá, me voy caminando con ella, tomadas de la mano y cantando una canción inventada. Llegamos a un parque y ahí nos sentamos los tres mientras vemos a Hilda correr y jugar con toda la energía de una niña de 9 años. Mis padres me interrogan, pero les miento muy bien y parecen tranquilizarse.

Van a quedarse en un hotel por hoy. Los acompaño y me quedo con ellos hasta ya muy tarde, así que decido que es mejor que me quede a dormir, de cualquier forma no había habitaciones dobles y rentaron una triple. Mi madre me arropa amorosamente y yo me siento amada y mimada. Siento que hoy descansaré tranquila, me da un beso de buenas noches y yo me quedo profundamente dormida unos minutos después.

¡No! Ya no quiero, por favor, ya no quiero…

Despierto sobresaltada y suspiro con resignación. Quizás no vuelva a dormir tranquila nunca más. Me quedo recostada con los ojos bien abiertos escuchando el silencio cuando unos segundos después me parece escuchar sollozos. Aguzo el oído, me pongo de pie. Los sollozos provienen de la habitación al otro extremo. Me acerco de puntillas, el corazón me late muy fuerte y siento miedo, me quedo paralizada a medio camino, mis pies no pueden moverse de su sitio, incluso dejo de respirar…madreselva y lavanda, cítrico pero ligeramente dulce… Es ese aroma de nuevo. Abarca la habitación y me perfora el cráneo: es la colonia de papá, los sollozos vienen de la habitación de Hilda y entre los espacios entre un sollozo y el siguiente alcanzo a escuchar “será nuestro secreto”.

Para la segunda parte de esta historia dar click aquí.

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