Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.

 

¿Te atreverías a detener el tiempo?

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Por Uriel Gordon

En los años noventa, había una adolescente que podía detener el tiempo, por lo menos en el universo de ficción de la serie de televisión, Fuera de Este Mundo, que se proyectaba en el Canal 5. Cuando Evie Garland, la hija de un extraterrestre, juntaba sus dedos índices, la tierra dejaba de girar, todo se congelaba, solo ella tenía la capacidad de moverse: podía impedir, por ejemplo, que un vaso destinado a chocar con el piso se cayera; tenía el poder para suspenderlo en el aire, sujetarlo y colocarlo en una mesa para evitar que se rompiera; Evie jugaba con la gravedad, alteraba las leyes de la naturaleza a su conveniencia y después, dejaba nuevamente que el tiempo corriera.

Recuerdo que ese programa me llevaba a preguntar qué haríamos si pudiéramos frenar el tiempo. Lo primero que en ese entonces me venía a la mente, era dormir más. Imagina la escena: suena el despertador a las seis de la mañana, abres el ojo y de plano, no te quieres levantar de la cama, entonces, juntas tus dedos índices y las manecillas del reloj se detienen. Mientras tanto, tú sigues durmiendo; dos horas después, te levantas ya más descansado, más fresco y, ahora sí, que vuelva a girar el mundo; ganaste dos horas: tu día pasó de tener 24 a 26 horas; entraste en un desfase que te permitió dormir más.

A simple vista, frenar el tiempo tendría muchas ventajas: evitar accidentes, detener alguna discusión acalorada e incomoda o adquirir mayor conciencia sobre los instantes de felicidad que sintieras en determinado momento; piensa en el ejemplo hipotético que más se ajuste a tu imaginación. Sin embargo, también habría que pensar cuáles serían los efectos secundarios de detener el tiempo, la ola de reacciones en cadena que se desatarían al jugar con las leyes de la naturaleza.

En la película El Efecto Mariposa (2004), el personaje representado por Ashton Kutcher, viajaba en el tiempo con tan solo leer sus viejos diarios. Regresaba al pasado, a un momento en específico y con la conciencia que tenía en el presente, y jugaba a alterar lo que ya había sucedido para cambiar el futuro. En este sentido, una sola acción que modificara el pasado, el aleteo de una mariposa, tenía el poder de desencadenar una tormenta con efectos imprevistos que moldearían una nueva realidad; algunas de las consecuencias que desembocaban en el presente no eran las deseadas y el personaje tenía que volverse a sumergir en el pasado para corregir lo alterado.

Siguiendo la misma línea, hay un capítulo de Los Simpson donde Homero tenía un tostador mágico que lo transportaba a la prehistoria y, cada vez que interactuaba con el pasado, su presente se transformaba. En uno de esos escenarios, Homero regresa al presente y encuentra el antecomedor de su casa expandido y embellecido; su familia viste las ropas más finas, la bebé Maggie usa un chupón que tiene incrustado un diamante; además, se entera que sus cuñadas que aborrece, Paty y Selma, murieron. Todo parece pintar de maravilla para él: siente que se sacó la lotería con la inmersión que hizo en el pasado. No obstante, de pronto, Homero le pide a su esposa Marge que le pase una rosquilla y ella le pregunta sorprendida a qué se refiere con el término “rosquilla”. Cuando Homero se da cuenta de que el pasado le trajo un nuevo mundo sin rosquillas, enloquece, pega un grito al cielo y decide acudir al tostador para alterar su presente, pero lo que no se da cuenta antes de tocar base con el pasado, es que en la ventana se asoma la lluvia y en ese mundo que está a punto de abandonar, llueven rosquillas.

Si tuviéramos los poderes de Evie Garland, ¿te atreverías a detener el tiempo, a explorar los efectos mariposa positivos o negativos que podría generar el freno de las manecillas del reloj?

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El cine que vamos matando

Por: Daniela Dib – @dandiba

Un solo dato parecería suficiente para mantener con vida la esperanza de que los libros siguen vigentes: en el 2016, el 60% de las películas más taquilleras a nivel mundial fueron adaptaciones de alguna obra literaria. Otra cifra, sin embargo, derrumbaría la fe del literato más entusiasta: las obras literarias responsables de estas ganancias fueron cuatro cómics, un clásico y un libro basado en otro libro.

Película Recaudación total
Capitán América: Civil War $1 153 304 495
Rogue One: Una historia de Star Wars $1 056 052 054
Buscando a Dory $1 028 570 889
Zootopia $1 023 784 195
El libro de la selva $966 550 600
La vida secreta de las mascotas $875 457 937
Batman vs Superman: Dawn of Justice $873 260 194
Animales fantásticos y dónde encontrarlos $814 037 575
Deadpool $783 112 979
Escuadrón Suicida $745 600 054

Fuente: Box Office Mojo

“Capitán América: Civil War”, basado en el cómic Civil War de Mark Millar y Steve McNiven para Marvel; “Batman vs Superman: Dawn of Justice”, inspirado en los personajes de los cómics creados por Bob Kane y Bill Finger (Batman) y Jerry Siegel y Joe Shuster (Superman) para DC Comics; “Deadpool”, basado en el cómic homónimo de Rob Liefield; “Escuadrón Suicida”, inspirado en varios villanos de DC Comics; “El libro de la selva”, adaptada de la novela clásica de Rudyard Kipling; y “Animales fantásticos y dónde encontrarlos”, una secuela del universo de Harry Potter también escrita por J.K. Rowling. El que la adaptación cinematográfica de estas obras haya sido buena o mala no está a discusión. Lo que vale la pena resaltar es que, contrario a lo que ocurría hace unas décadas, los grandes estudios de cine parecen estar enfocados en encontrar una receta para lograr éxitos de taquilla. Al hacerlo, sacrifican la creatividad, las buenas historias y las nuevas ideas. Incluso Martin Scorsese, uno de los cineastas más reconocidos del séptimo arte, declaró recientemente que “El cine ha muerto”. Atribuyó su muerte a la falta de creatividad de la industria, culpando a los “estudios con aversión al riesgo que además están obsesionados con las películas de franquicias.”

Lo que los estudios de cine comprenden bien es que la experiencia del cine no ha muerto, pero está luchando por mantenerse a flote. Netflix, Hulu, Amazon y sus competidores han desarrollado una nueva manera de consumir contenido (on-demand y binging) en dispositivos móviles, así que los estudios ya no pueden darse tanto lujo de experimentar con nuevas historias costosas de producir cuyo éxito no pueden anticipar. Una manera de predecir una película taquillera es observando otro mercado que produce y vende historias: el literario.

No es cosa nueva que los libros sean fuente de inspiración para cineastas. El Padrino, película que muchos expertos califican como la obra maestra del séptimo arte occidental, fue adaptada por Francis Ford Coppola del libro homónimo de Mario Puzo. Stanley Kubrick adaptó varios libros, entre ellos: El Resplandor de Stephen King y Lolita de Vladimir Nabokov. El éxito que la trilogía de El Señor de los Anillos alcanzó en las salas de cine, al igual que la saga de Harry Potter, no pudo haber sido posible sin la imaginación que J.R.R. Tolkien y J.K. Rowling plasmaron en sus extensos tomos. En los más de cien años de historia del cine, cientos de libros buenos y malos han derivado en películas malas y buenas. De hecho, la influencia que la literatura ha tenido en la industria cinematográfica ha sido tal que le ha ganado una categoría especial en los premios Oscar: la de Mejor Guión Adaptado.*

Sin embargo, lo que hoy ocurre es diferente. Estudios de cine como Sony, Universal y Paramount Pictures han creado departamentos de Adaptación Literaria para identificar obras de cualquier tipo de literatura que puedan convertirse en éxitos en taquilla. Y pareciera ser que el principal requisito para adaptar al cine una obra literaria es que el libro haya sido un éxito en ventas. Esto explica filmes extraordinarios como “Figuras Ocultas”, basada en el libro Hidden Figures: The American Dream and the Untold Story of the Black Women Who Helped Win the Space Race de Margot Lee Shetterly  y “La llegada”, adaptada del cuento corto  Story of Your Life de Ted Chiang. Pero también parece ser la razón detrás de todas las secuelas de superhéroes que ya han sido mencionadas, o de filmes como “Cincuenta Sombras de Grey”, basados en la obra homónima de la autora E.L. James. Tanto el filme como la novela fueron destrozadas por la crítica, pero el libro ha vendido más de 130 millones de copias y la película generó más de $85 millones de dólares tan solo en el fin de semana de su estreno.

Scorsese parece rendirse ante la falta de creatividad en el mundo del cine, pero no todo es culpa de los estudios. Si el público mundial está dispuesto a pagar por ver la séptima entrega de una franquicia de superhéroes, entonces los estudios seguirán explotándola. Resulta interesante que la temática más recurrente este tipo de películas sea la lucha entre el bien y el mal. Aunque sin duda son conceptos universales que compartimos entre culturas antiguas y  modernas, ¿realmente queremos seguir viendo cada verano la versión reciclada con disfraces de lycra, efectos especiales y superestrellas? ¿Por qué seguimos yendo al cine a consumir historias tan parecidas entre sí?

Las películas que solemos consumir en las salas de cine mexicanas se realizan principalmente en EEUU. Sin embargo, desde nuestra frontera podemos comenzar a exigir mejores historias. Somos, en gran parte, una audiencia global que consume contenido de diferentes geografías. Querer diversidad en el cine no significa más películas de cine de arte o de actores mexicanos hablando inglés. ¡Queremos buenas historias! Si la industria editorial está influenciando las decisiones de grandes estudios de cine, ¿por qué no más cineastas, latinos o no, voltean a ver las grandes historias que encierra la literatura latinoamericana? Y tal vez la pregunta más difícil: ¿por qué nosotros como audiencia seguimos queriendo ver la misma historia cada año?

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Dejen dormir a Harrison Ford

Por Jorge Eulalio Hernández

“Tu historia no ha terminado…aún queda una página” dice Ana de Armas al final del nuevo trailer de “Blade Runner 2049”, la secuela de una película de culto protagonizada por Harrison Ford en los tempranos años 80. Ford interpreta a Deckard, el mejor agente policial de una división llamada Blade Runners, quienes se dedican a identificar y exterminar a aquellos humanos artificiales— “replicantes”, como se les llama en la película— que se han rebelado contra el sistema humano, por así decirlo.

La explicación del argumento no es para añadirle volumen a este artículo, sino para denotar algo muy importante y destructivo que está sucediendo con esta y muchas más secuelas, precuelas y demás “cuelas” que toman su lugar en cartelera cada mes. Uno de los temas más controversiales entre los fans de Blade Runner era si el mismo Deckard también era un replicante y no lo sabía. Hay una breve toma en la que la pupila de Harrison Ford tiene un reflejo rojo, una característica básica de los replicantes que parece ser obvia para el público pero no tanto para los personajes dentro de la película. Este momento de duda, que abre la posibilidad de que el héroe no conozca la terrible verdad de su origen—un elemento del drama edípico por excelencia— ha generado debates, libros de filosofía y otros interesantísimos materiales en torno al cine, la bioética y muchas otras materias.

Treinta y cinco años después, un Harrison Ford con arrugas paquidérmicas intercambia diálogos con Ryan Gosling. La gran mayoría de los fans de Blade Runner opinamos que nadie necesitaba la secuela. Estábamos bien con el misterio de aquella original película que nos llenaba de preguntas la cabeza. No importa si la secuela es buena o mala, sino que su existencia echa a perder la pregunta que mantenía viva a la historia original con una devastadora respuesta: Deckard envejeció, entonces no es un androide.

Para mí, aquello que tiene secretos es algo vivo. El lado oscuro de la luna se siente más vivo por su misterio, las profundidades del océano albergan cuanta vida queramos porque la obscuridad es un lienzo para la imaginación. Todos tenemos secretos y, si las historias los tienen, se asemejan a nuestras propias historias.

Pienso en el final de “El Graduado”, uno de los mejores finales en la historia del cine y curiosamente no es un final como tal: el protagonista, triunfante, se sube al camión con la chica y tensas sonrisas se dibujan en sus rostros. Paulatinamente las sonrisas se desvanecen y, como coreografiadas, se transforman en un gesto de incertidumbre. “Y ahora… ¿Qué?” preguntan los ojos de Dustin Hoffman.

Siempre me he preguntado qué fue de ellos dos. Me los imagino eternamente sentados en aquel camión con interior blanco, como una hoja de papel nueva, acompañados de una interminable “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel y siempre en el camino, nunca en el destino.

El ejercicio de preguntarme “¿que habrá sido de ellos?” me recuerda que esos personajes seguirán vivos para siempre, porque tengo muchas preguntas que nunca podrán ser contestadas. Esa es la virtud de la pregunta irresuelta: la permanencia del misterio, que irónicamente mantiene vivo todo aquello que participa en la duda.

Hay una mala costumbre actual de querer explicar todo: los orígenes, los finales y las historias alternas. La mayoría de las veces, la historia nunca será suficiente porque el público construye nuevas historias donde las historias acaban. Es en estos “huecos” donde habita el interés del público por la narrativa, son estas lagunas donde uno se conecta emocionalmente. Cubrir estos espacios es negar esa conexión emocional.

“Quisiera pensar que huyó, pero lo más probable es que lo hayan pescado”, dice Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, sobre Jesse Pinkman. Ni su propio creador sabe qué le pasó. Por ello sus personajes son tan profundos, por ello se mantienen vivos aunque mueran a manos de unos neo-nazis de Nuevo México.

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Un viaje por el mundo de Stanley Kubrick

Stanley Kubrick en la Cineteca

Por Uriel Gordon – @Urielo_

Se escucha música de Beethoven como telón de fondo. En frente de ti, aparece un maniquí vestido con pantalón, camisa y tirantes de color blanco; trae puestas unas botas, un sombrero negro y en su mano, sostiene un bastón del mismo color. Lo rodean dos maniquíes de mujeres desnudas que portan pelucas güeras. En las paredes negras, se alcanza a leer, en tipografía psicodélica, palabras como “Moloko plus” y “Moloko vellocet”. Sabes perfectamente dónde estás: en el Bar Korova que abre la película A Clockwork Orange de Stanley Kubrick, que se basa en la novela de Anthony Burgess.

Bar Korova

Te imaginas que a tu lado, se encuentran Alex DeLarge y sus amigos o “droogs”, Georgie, Dim y Pete; escuchas la risa tonta de Dim y miras a los ojos a Alex, que te proyectan de inmediatamente, una malicia sarcástica; sientes miedo: conoces bien a los personajes y sabes de lo que son capaces. Por instinto, quieres escapar, pero te das cuenta que involuntariamente has dejado de ser solo un espectador, que la cinta vive en ti desde hace tiempo. El escenario en el que estás simplemente te recuerda que hay una parte tuya que se encuentra encapsulada en este filme que se estrenó en 1971. Sigues avanzando.

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Miras el suelo y ahora estás caminando sobre un tapete con figuras geométricas naranjas, cafés y rojas. Frente a ti, ves un diminuto suéter de color azul cielo que en medio, trae un cohete espacial: es la ropa del pequeño Danny Torrence. Imaginas al niño recorriendo, en su triciclo, el tenebroso Overlook Hotel cuando de pronto, te topas con una máquina de escribir; te llama la atención, te acercas y observas un papel que refleja todo el trabajo literario que el papá de Danny se ha dedicado a escribir en los últimos meses.

“All work and no play makes Jack a dull boy”

Lees la siguiente frase que se repite a lo largo de la página: “All work and no play makes Jack a dull boy”(“Solo trabajar y no jugar hace de Jack un chico aburrido”). Sabes lo que representan esas palabras y la máquina de escribir; son símbolos del caos y el terror que carga y desata Jack Torrance, en la cinta de The Shining de 1980 que está basada en la novela de Stephen King. Sientes ansiedad, pero continúas adentrándote al mundo de esta película de Kubrick que por primera vez, viste a los 14 años y que desde ahí, te persigue.

Eyes wide shut

La sensación de nerviosismo incrementa: comienzas a escuchar una especie de cantos dignos de un ritual satánico; la música y las voces te hacen saber perfectamente que ha llegado el momento de sumergirte al mundo de la última película de Kubrick, Eyes Wide Shut de 1999. Te invade el suspenso; al entrar a una nueva sala, la luz se vuelve más oscura, la bienvenida te la dan una serie de extrañas máscaras que podrían verse en el Carnaval de Venecia. Sigues caminando y todo lo que ves tiene una estética de sueño: te encuentras en una mansión de Nueva York con gente millonaria muy extraña, que viste túnicas, capas negras y que cubre sus rostros precisamente con el tipo de máscaras que observaste en la entrada. Aunque todos esconden su identidad con el disfraz, conocen perfectamente quién es quién ahí.

Repentinamente, aparece un intruso que no fue invitado a la fiesta: es el maniquí del Dr. Bill Harford, cubierto con una máscara blanca que trae una especie de antifaz dorado, que se extiende desde la frente hasta las mejillas. Para su mala fortuna, descubren que no pertenece ahí. Sientes angustia: sabes que en los siguientes minutos le darán una lección que no esperaba; sabes que la película que busca adaptar al cine la novela Relato soñado de Arthur Schnitzler, tiene la capacidad de convertir las fantasías del Dr. Harford en su peor pesadilla.

Terminas el recorrido de “Stanley Kubrick, la exposición”, en La Galería de la Cineteca Nacional de México, y sientes primero alivio y luego la emoción de haber tenido la oportunidad de observar en vivo, más de 900 piezas que envuelven a la obra de este cineasta. Piensas en los objetos icónicos, en las películas con las que creciste, en cómo sus historias e imágenes permanecen en tu memoria y te acompañan, en como es que el cine es un vehículo para compartir sueños, emociones, anhelos y pesadillas.

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La La Land y los Tontos que se Atreven a Soñar

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

Todos hemos experimentado un embotellamiento: una pérdida frustrante de tiempo encerrados en un coche paralizado sobre el asfalto, con olas de coches que parecen infinitas. Lo que no creo que muchos hayan vivido es un número musical en ese mismo trafical, con todo y maromas, coreografías en los toldos de los coches, mujeres en vestidos de vibrantes colores y hombres fuertes capaces de hacer cualquier acrobacia mientras cantan con un insultante optimismo que a pesar de estar atorados en el tráfico, este es sin duda, un día más bajo el sol.

Algo así es el opening scene de La La Land, una película que ha estado rompiendo récords en nominaciones y premios en esta temporada.

El director es una especie de prodigio de 32 años llamado Damien Chazelle, y digo prodigio por que este es apenas su segundo largometraje después de la magnífica e intensa Whiplash.

Desde un inicio, el proyecto tuvo muchísima atención ya que la opera prima de Chazelle había dejado en todos un increíble sabor de boca y sobre todo incógnita por saber qué haría después, así que cuando anunció que su siguiente obra seria un musical protagonizado por Ryan Gosling y Emma Stone las expectativas se fueron por los cielos.

El tiempo pasó y en los últimos meses del 2016, La La Land vio la luz en festivales alrededor del mundo, donde fue recibida con ovaciones y elogios de forma casi unánime. Después llegó la temporada de premios y terminó por asentar lo que por todos lados se rumoraba: La La Land es la mejor película del 2016.

Como pasa con casi todo en estos días, no hay nada que tenga un alto nivel de aprobación sin que a su vez tenga su buena dosis de detractores, que con cada nominación y premio ganado alzan más sus voces diciendo que la multigalardonada obra está sobrevalorada y que no merece sus triunfos.

Pero no voy a utilizar este espacio para tratar de decidir de una vez por todas si La La Land es o no es una buena película (sí lo es).

El filme se encuentra en un plano que no es tan fácil de ubicar cuando hablamos de periodo de tiempo. Hay referencias a Titanic y a The O.C., sin embargo mucho de la ambientación y gran parte del vestuario evocan a décadas que pueden abarcar desde los 50 y 60 con un buen guiño a los 80. Todo eso sirve para no aterrizarla en un contexto de tiempo actual, y elevarla a un plano donde la época no es realmente importante. Su función más bien, es reforzar el mundo de ensueño y lo atemporal de las ambiciones de sus protagonistas y de paso, quitarle lo raro que podría ser que un par de ciudadanos angelinos, bailen, canten, floten y se amen en maneras que sólo se dan en las fantasías.

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Hay más acciones que palabras: montones de emociones dichas con canciones y miradas cargadas de sentimientos que no te dejan otra alternativa más que creer que Ryan Gosling y Emma Stone están profundamente enamorados. Tal vez más de las fantasías prometidas que entre ellos mismos, pero no hay manera alguna de negar que se apoderaron de sus personajes y que la vida de Mia y Sebastian, refleja en muchos sentidos la de unos jóvenes Gosling y Stone que como muchos otros sufrieron y sacrificaron mucho para poder ser los grandes actores que son hoy.

Y es que eso es La La Land, un lugar de fantasía, donde las locuras y los sueños más inalcanzables se pueden hacer realidad, pero siempre con un costo a pagar.

Mucho se ha escrito de los musicales clásicos a los que La La Land rinde tributo, y me preocupaba pensar que, sin tener un profundo conocimiento y aprecio por esas películas, la obra de Chazelle no iba a tener resonancia conmigo, pero el viaje de los personajes, que aunque a primera vista es simple, es uno que todos podemos reconocer, el de la persecución de un sueño por imposible que parezca y las pérdidas que eso puede conllevar.

Gosling y Stone no son los mejores cantantes, ni siquiera son los mejores bailarines, pero no sólo cumplen con lo necesario para que esto no importe, sino que la música de la cual se acompañan tiene también esa cualidad de no pertenecer a un periodo de tiempo en específico (al menos en su conjunto) y hará que La La Land sea apreciada por mucho mucho tiempo.

Escribir estas líneas fue el pretexto perfecto para escuchar los cortos 45 minutos de duración del soundtrack de la película una y otra vez, con su justificada repetición de “Audition” cada vez que le llegaba el turno. Y es que si los dos protagonistas de la película hacen un gran trabajo, es Emma Stone la que sin duda alguna se la lleva, y no porque tenga una voz impresionante, pero sí porque cada palabra esta impregnada con todo el deseo y frustración por el que pasa su personaje y “Audition” es, aparte de la mejor canción de la película, una perfecta muestra de esto.

A final de cuentas, La La Land no es una película que te reconciliará con el mundo, y nunca fue su intención, pero se apodera de tal manera de su romance de ensueño, sus colores vibrantes, sus pintorescos paisajes y sus bailes en las estrellas, que es sin duda un bienvenido descanso de la actualidad y un recuerdo de que hay sueños por los que vale la pena pelear.

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Inteligencia, Coraje y Amor por las Matemáticas

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

En los registros que conocemos de la historia, y en la mayoría de los grupos sociales, las mujeres han llevado sus vidas en la obscuridad, en un segundo plano. Sin embargo, también sabemos de mujeres que se han impuesto ante las reglas y sin importar la situación en la que vivan, muchas de ellas han superado las expectativas que la sociedad les imponía, convirtiéndose así en ejemplos de que la capacidad no es inherente a un género, una edad, o un color de piel.

La Emperatriz  Wu Zetian, quien fue la única mujer que gobernara China.

Marie Curie, la primera mujer en recibir un premio Nobel.

Dian Fossey, la zoóloga defensora de los gorilas fallecida en Ruanda.

… Y existe una lista interminable de mujeres valerosas que buscaron darle sentido a su vida de manera excepcional.

Sin embargo, aún hay historias fascinantes que no han sido contadas – y reconocidas– como se merecen. Es por esto que la escritora Margot Lee Shetterly escribió una novela biográfica acerca de tres asombrosas mujeres que cambiaron el rumbo de la guerra fría gracias a su talento y valentía. Se trata de “Hidden Figures” y narra la historia de tres amigas afroamericanas que trabajaban para el proyecto aeroespacial estadounidense en los años 60; volviéndose tan importantes en la carrera para llevar al hombre a la luna, que la NASA no pudo dejarlas ir sin antes reconocerles su desempeño.

La matemática Katherine Johnson, quien con sus cálculos ayudó a que las trayectorias de vuelo de los cohetes fueran precisas; Dorothy Vaughan, quien se convirtió en la primera supervisora de los servicios de la floreciente IBM; y Mary Jackson, la primera (sí señores, la primera) ingeniera aeroespacial en los Estados Unidos –¡Qué orgullo!-.

Estas mujeres de la estirpe de Hipatia de Alejandría se impusieron ante la discriminación por su género y su raza para convertirse en modelos a seguir de las miles de matemáticas, ingenieras y licenciadas en ciencias exactas que buscan colarse en el desarrollo científico y tecnológico de nuestra era.

Shetterly, la escritora, es también asombrosa, pues fundó en México durante el 2010 la revista “inside México”, dirigida a los angloparlantes que se asientan en el país. Fue consultora de marketing en la industria mexicana de turismo y fundó la organización “The Human Computer Project” que recaba el trabajo de todas esas mujeres que trabajaron en los albores de la aeronáutica como la conocemos hoy en día.

Con cuatro estrellas en el sitio Goodreads, más de cuatro mil votos y mil reseñas, Hidden Figures, además de una buena recepción por la comunidad lectora, no ha pasado desapercibida en la industria cinematográfica: cuenta con una adaptación nominada al Óscar 2017 y protagonizada por Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe. Así que sin importar si prefieres un libro a una película o viceversa, seguro disfrutarás de esta historia.

No prometo que acabes sin algunas lágrimas.

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La La ¿Qué?

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Por: Juan Carlos Bracho

“Si el público va al cine y no adora esta película estamos condenados”, fueron las palabras que Tom Hanks le dedicó a La La Land mientras promocionaba su propia película, Sully.

Entendiendo perfectamente que mi opinión poco le importaría al señor Hanks si es que llegara a encontrarla, aun así, me atrevo a aseverarle que, en efecto, estamos condenados.

La película de Damien Chazzelle es un éxito total. Ganó más globos de Oro que ninguna otra película, es una de las tres películas con más nominaciones en la historia de los Óscares y ganó 8 premios de los Critic’s Choice Awards. Se perfila para ser la más premiada en la historia, pero no sólo con los críticos ha tenido éxito; de acuerdo con Forbes, la película será una de las más ganadoras en la relación costo-ingreso del 2017.

Con todos esos blasones, declarar que la película es mala, inmediatamente me coloca como uno de esos haters que persigue a la gente por Twitter y Facebook con el único objetivo de derramar bilis; no obstante, a riesgo de ser etiquetado como tal, creo importante decirlo: la película es simplemente mala.

Definir qué hace a una buena película puede parecer complicado, pero no lo es. Una película es el ensamble de varios elementos que deben converger para lograr que la pieza sea eso: una pieza. Es cuando se siente como un tejido perfectamente hilado de principio a fin, que estamos frente a una buena película.

La La Land falla justo en coordinar esos elementos hacia un mismo sentido. Resulta muy difícil, demasiado, atinar al mensaje que el director quiere comunicarnos a través de esta película y eso es porque todo en La La Land parece danzar a su propio compás.

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El lenguaje cinematográfico que se muestra ambicioso al inicio, es lento y cansino desde que los protagonistas se encuentran por segunda vez, lo cual termina por generar secuencias abruptamente cortadas.

El manejo de los tiempos no aporta en nada a la narración de la historia (¿por qué se divide la historia en las cuatro estaciones?).

Los recursos narrativos como los flashbacks, flashforwards e intertextualidades terminan por dominar la historia lejos de apoyarla.

Al final de la película se presenta un timelapse que dura tanto, que provoca que un final pretendidamente sorpresivo, resulte todo menos eso, y…

A excepción de Mia, el resto de los personajes resultan decorativos.

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Entonces…

¿Por qué La La Land está por convertirse en la película más galardonada de la historia?

Decía Vince Lombardí que el éxito jamás es obra de la casualidad y a pesar de tener fallas graves en su hechura, el caso de La La Land no es la excepción a la regla. Si uno analiza las fortalezas de la película puede comenzar a hilar la razón de su rotundo éxito:

La fotografía es esplendida. Cada uno de los cuadros se convierte en un deleite visual para el espectador, haciendo varios cuadros de la película marcos sumamente memorables.

El diseño de arte y vestuario es por demás atinado, comunicando una intención clásica sin que los lugares y las personas se sientan viejos, lo cual alimenta nuestra nostalgia por aquellos “tiempos mejores”.

Las coreografías son espectaculares dejando que tanto Emma Stone como Ryan Gosling muestren amplitud actoral en bellos ensambles musicales que se volverán clips dignos de verse una y otra vez.

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Todas las fortalezas de la película apuntan hacia un mismo sentido; la estética. La película resulta un cúmulo de cuadros y ensambles musicales altamente estéticos. Como una cajita musical, hecha de la más fina madera con una bailarina de porcelana por dentro. De esas que nuestras abuelas tenían en su tocador cuando eran jóvenes y tuvieron el gesto de regalarnos, pero…

¿Para qué hacer de una película un objeto que carece de significado más allá de la nostalgia que pueden producirle al espectador?

Porque esa es la fórmula que ha usado Hollywood para vender sus películas los últimos años. Desde las tres larguísimas películas de El Hobbit, hasta el esperado estreno de los Power Rangers este año, la industria del cine estadounidense ha vivido de una generación (los millennials) ahogada en nostalgia.

Vista como película, La La Land tiene muy poco que ofrecer, pero vista como un producto mediático, esos elementos que parecen danzar a su propio compás, mágicamente se coordinan para un mismo fin: vender.

Lo triste es que, vista de este modo, deja de ser tan innovadora y disruptiva como el mismo Hanks asegura que es.

Basta con darse un paseo por internet para comprobarlo. El fenómeno La La Land cuenta con todos los pasos que cualquier campaña de mercadotecnia sigue para ser exitosa:

El Warm up:

Se presenta el producto en mercados de nicho o pilotos, en este caso, festivales de cine. En esta etapa el objetivo es construir deseo por el producto, así que se busca el apoyo de algún líder de opinión para que hable bien del producto. Pagado o espontáneo, igual funciona… Pasó también cuando James Cameron declaró no haber visto nada igual a Gravity.

Hero Content:

Se presenta el producto ante un mercado mucho más grande. Por lo mismo, la pieza que lo presenta debe asegurarse de no ser algo difícil de comprender, de ahí lo simple del guión. Además, la pieza debe contar con pruebas que sostengan el argumento de que el producto es digno de consumirse (conocidos como RTBs), que en el caso de las películas son los premios que logra acumular.

Ayuda mucho si tiene una o varias referencias a algo ya conocido o familiar para la audiencia, por eso las intertextualidades, y si se cuenta con al menos un gimmick que mantenga la atención de los espectadores (ya que el spam de atención del público disminuye año con año) la “memorabilidad” de la pieza está casi asegurada, por eso el timelapse del final.

http://www.lalaland.movie/

Fase de Involucramiento (al día de hoy estamos en esta etapa):

En este punto el deseo debió de haber sido satisfecho, así que el siguiente paso no debe ser despertar el deseo, si no que la gente lo sienta propio. Del mismo modo que la gente siente suya la Aspirina o la Coca-Cola, las películas se introducen a los diálogos que sostenemos todos los días a manera de memes, gifs y clips que podemos compartir en nuestras redes sociales. Por eso el preciosismo en los cuadros.

https://twitter.com/lalaland?lang=en

https://www.facebook.com/LaLaLand/

http://giphy.com/search/la-la-land

Fase de Mantenimiento:

Para estos momentos la euforia va cediendo a otras muchas distracciones, así que es momento de mostrar algo nuevo, algo que refresque el producto… ¿Qué tal el DVD o Blueray? Con entrevistas exclusivas y todas las grabaciones de los ensayos en donde se puede captar las frustraciones de Emma Stone por lograr las notas de las canciones (varias a las cuales no logra llegar) y uno que otro chiste que hace lucir a Ryan Gosling más interesante de lo que ya es.

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Si los productores son realmente ambiciosos, quizá salga la línea de ropa inspirada en la película para que las adolescentes se puedan vestir como Mia y sus amigas en el ensamble Someone in the Crowd.

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Fase de Evolución:

El impulso se desvanece casi por completo, por lo que hay que recordarles a los consumidores que somos necesarios; entonces, el producto debe evolucionar… Ahí es cuando se anunciará lo que nadie ve venir: Broadway lleva La La Land a la escena teatral. La maravillosa película se vuelve ahora una obra de teatro. Es como cuando sacaron al mercado la Sabri-Semana, el mismo producto bajo diferente formato.

http://www.independent.co.uk/arts-entertainment/films/news/la-la-land-stage-musical-lionsgate-a7521756.html

Dos de estas etapas todavía no se cumplen, pero estoy seguro de que lo harán porque pertenecen a una cuidada estrategia de mercadotecnia que tenía como único fin que la película se hiciera memorable, no porque fuera buena, si no por lo mucho que se habló de ella. Esto es el verdadero logro de La La Land y la razón de su éxito.

No es ningún crimen promocionar una película para asegurar su éxito, tampoco lo es que una película mala sea ampliamente premiada, pero lo que resulta trágico de esto es que queda de manifiesto que hemos perdido la distinción entre fondo y forma.

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En otras palabras: Estamos condenados porque nos hemos entregado por completo al estímulo y olvidado el noble ejercicio de reflexionar.

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La Cátedra de Orson Welles

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No hace mucho, una publicación de la BBC sacó una lista de las que, según ellos y varios críticos de cine, eran las mejores 100 películas de lo que va del siglo, llevándose el primer puesto Mullholland Drive del director David Lynch.

No me interesa entrar en el debate sobre si dicha obra es la mejor de los últimos 16 años o no, muchas listas aparecen diciendo que por fin tienen el ranking definitivo de las mejores películas de todos los tiempos y aun así nada impedirá que mi vecina diga que el primer lugar le pertenece a Twilight aunque sea un poco incomprendida.

En muchas listas, Citizen Kane tiene el primer lugar, en otras, el honor recae en The Godfather, para mí, le presea debe de ir para la obra de Orson Welles, osea Citizen Kane.

La película fue estrenada en 1941, co-escrita, producida, dirigida y protagonizada por el mismo Welles. La historia comienza cuando el magnate, Charles Foster Kane, en su lecho de muerte pronuncia una última palabra: “Rosewood”. Al no saber nadie a lo que se refería, un reportero se lanza a la tarea de investigar la vida y legado del difunto millonario, dándonos así una perspectiva reconstruida por la memoria de sus allegados de la vida del icónico personaje.

Orson, con apenas 25 años, había creado una obra maestra que habría de definir el cine de ahí en adelante y aún más fascinante es el hecho de que Citizen Kane fue su opera prima.

No hay manera de que con letras pueda explicar lo que Welles creó hace ya tantos años porque eso es justo lo que él entendió del cine: el poder del lenguaje narrativo utilizando una cámara, o sea, la manera de transmitir emociones y sensaciones utilizando ángulos, movimientos, sets, luces, sombras y silencios. Para Orson, la palabra escrita y después hablada por los actores es sólo uno de los componentes del cine, el guión comprendía entender las emociones que se intentaban hacer llegar a los espectadores y utilizar absolutamente todos los recursos en mano para lograrlo, no sólo pláticas, lágrimas y risas.

Es importante recalcar que después de esa primera aventura de Welles en el cine, nunca volvió a tener el mismo éxito y ninguna de sus otras películas es recordada de la misma manera. Si fuera artista de pop sería caso clásico de “one hit wonder”. (Igual les recomiendo A Touch of Evil que también me parece una genialidad). Y es que cuando empezó con la tarea de crear Kane, él tenía una gran experiencia en teatro y, en la medida de lo posible, trató de tener un acercamiento al cine de la misma manera que lo hacía con los escenarios. Había en Welles una gran ingenuidad que lo llevó a encontrar la genialidad al querer controlar de una manera un tanto sencilla sus encuadres y en la manera de dirigir a sus actores.

Existe una anécdota de los primeros días de grabación cuando, sin saber los procedimientos o las jerarquías que hay en dichos sets, Orson se movía a sus anchas, dirigiendo, cargando, acomodando, prendiendo y apagando, diciéndole a los técnicos qué hacer mientras el director de fotografía, divertido, observaba desde una esquina los enseres del novato director. Para uno de los técnicos toda la situación se le hizo muy rara por lo que se acercó al director de fotografía y le preguntó si no pensaba decirle a Welles que se hiciera a un lado ya que básicamente estaba haciendo el trabajo que le correspondía a dicho cinematógrafo. El director de foto le respondió que no, que le ganaba la curiosidad por ver qué es lo que podría lograr.

Sobra decir que hoy en día, situaciones como la de Orson Welles son de pocas a nulas, que un director llegue a un set sabiendo tan poco como él sabía pero con el poder y el respaldo de un estudio es cómo encontrar un trébol de 28 hojas. Pero ahí estaba Welles, infundido en una confianza pocas veces vista y sabedor de un golpe de suerte como nunca se repetiría en su vida.

Hay muchos directores trabajando actualmente, demasiados tal vez. Muchos que pretenden crear obras para la posteridad, otros que sólo quieren hacer dinero, muchos “director for hire”: entran a los proyectos el primer día de grabación sin haber tocado los guiones o sin haber tenido participación alguna en la elección de los actores, los sets, o el staff. No estoy diciendo que este mal, estoy diciendo que para que una obra sea considerada décadas después como una de las mejores de todos los tiempos hay que salir de lo convencional y hay que cambiar el acercamiento que se tiene a los guiones.

Recientemente dos directores me han hecho maravillarme en la sala de cine de la misma manera que Welles: Alejandro González Iñárritu y Nicolas Winding Refn. De manera muy particular han definido sus roles con resultados espectaculares, creando relaciones con sus cinematógrafos que van más allá de dar órdenes, sino que juntos logran transmitir emociones muy poderosas y reacciones que no comúnmente tienes en las salas de cine. El primero tiene gran aceptación, mientras que el segundo es bastante más controversial. A los dos les recomiendo que les echen un ojo. A Iñárritu con Birdman y Biutiful y al Danés Winding Refn con Drive y la recién estrenada The Neon Demon.

Por el lado de David Lynch, el director de la supuesta mejor película del siglo: “Mullholland Drive”, sólo puedo decir que, en efecto, el señor tiene un acercamiento muy particular, muy propio y que sin duda alguna se sale de convencionalismos, pero tal vez lo hace demasiado y sus proyectos rayan en experimentos que, a mi parecer, no logran encontrar en el medio la manera correcta de hacer llegar sus mensajes. Aunque eso sí, Lynch cuenta con una ferviente base de seguidores que lo defenderán a capa y espada.

Welles no corrió con la misma suerte, desde el estreno de “Citizen Kane”, mucha gente tuvo dudas de lo que Orson había creado y aunque a los críticos les gustó, la película no encontró una audiencia y salió del radar de la gente muy pronto. Evidentemente, con el paso del tiempo la película llegó a su destino y el gran director alcanzó a ver el aprecio que su obra maestra merecía.

Es común que mucha gente no sepa qué hace el director en una película, pero para mí, dicho rol fue definido por Orson Welles hace 75 años y por eso su obra maestra merece estar ahí arriba porque es la primera y la mejor cátedra de cine que se haya dado.

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Entrevista: La Dimensión Desconocida de Isaac Ezban

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Regresemos un poco en el tiempo. A principios de la década de los noventa, vemos a un niño sumergido en el arte de la narración oral de cuentos, a un pequeño que aparece relatando historias en espacios televisivos como el programa Un nuevo Día que conduce Rebbeca de Alba y César Costa. Transmite fábulas, relatos con moraleja que reflejan elementos centrales de la condición humana. Disfruta de la experiencia: lee, hace gestos, mueve sus manos, juega con sus tonos de voz para expresarse y dejar huella en sus audiencias.

Sin embargo, hay algo que disfruta más: descubrir nuevos mundos a través del cine, de las imágenes en movimiento. La Ciudad Gótica de Tim Burton en Batman Regresa y la ciudad de Agrabah que aparece en Aladdín de Disney son extractos de algunas de las películas que se convierten en parte de él: lo cautivan, marcan su imaginación, su vida; le despiertan sensaciones que lo convencen a su corta edad, que su futuro sí tiene que ver con el arte de contar historias, pero por medio de otro vehículo: la pantalla grande.

Hoy, este niño, que se llama Isaac Ezban, se dedica a hacer cine: es guionista y director; ha sido catalogado por Guillermo del Toro como “un director muy necesario en el género en México”.

Este octubre, Ezban estrena en nuestro país su segundo largometraje titulado Los Parecidos (2015), que él mismo describe como “una carta de amor a la ciencia ficción de los años sesenta”. Esta película obtuvo, entre otros premios, el de Mejor Película Latinoamericana en SITGES, Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya. Tuvimos la oportunidad de conversar con Ezban y te presentamos la entrevista que le realizamos.

 

En términos de relato de ficción, ¿qué te permite hacer el cine como vehículo de narración que no te permite la novela escrita? 

Son vehículos muy diferentes. Lo que tiene la novela escrita es que te ayuda a ejercitar la imaginación: te imaginas a los personajes, te imaginas todo. En mi caso, cuando veo que existe una novela de la cual hay película, me gusta primero leer la novela y luego ver la película; no veo ni el trailer, porque me gusta ser yo quien imagine a los personajes. La imaginación es un músculo para ejercitar y en ese sentido, leer te ejercita la imaginación como ninguna otra cosa.  

Por otra parte, creo que la cualidad que tiene el cine que no tienes en la literatura, radica en el concepto del séptimo arte: la conjunción de todos los otros artes. De pintura, tienes la parte visual, la fotografía. Tienes música, iluminación, diálogos, silencios, casi arquitectura en el sentido de todo el aspecto visual (…) En general, como director de cine, tienes muchas herramientas, no solo para contar una historia, sino para causar emociones en el espectador. Sin menospreciar la novela, creo que conjugando todo este tipo de elementos, el cine te permite tocar más fibras.

Has planteado que para ti, tu nueva cinta Los Parecidos,  es “una carta de amor al cine de ficción de los años 60”. Platícanos cómo surgió la idea de Los Parecidos y háblanos un poco de la adaptación de ese cine de ficción de los años 60 que tanto te inspiró a los tiempos en los que vivimos. 

Yo crecí viendo La Dimensión Desconocida; por más que es una serie de los años sesenta, todas las noches veía un capítulo antes de dormir. Me encanta que tiene algo de lo que yo llamo la ciencia ficción psicológica, que es una ciencia ficción que puede ser muy ambiciosa, pero se aborda desde un espectro físicamente reducido. Por ejemplo, se está acabando el mundo, pero lo vemos desde una familia que está en el sótano con una radio.

Por otro lado, me gustaba también observar las metáforas humanas que se hacían con la ciencia ficción, es decir, usar la ciencia ficción para reflexionar sobre temas muy humanos, usar la fantasía para hablar de algo real (…)

Creo en este sentido también, que la buena ciencia ficción siempre tiene una connotación política o social. Este elemento lo veo muy claro en las historias norteamericanas de los sesenta: lo podíamos encontrar en algún episodio de La Dimensión Desconocida o en una película serie B de estos años, en donde, por ejemplo, veíamos a un OVNI llegando a Estados Unidos y, en realidad, se jugaba con la metáfora de la Guerra Fría: el temor de la llegada de un holocausto nuclear.  

Pensé que quería hacer algo así, pero en México, entonces, me puse a pensar qué estaba pasando en México en los años sesenta: todo el previo a la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco en el 68, que fue un año de gran explosión y manifestaciones no solo en México, sino en el mundo. A partir de ahí, se me empieza a ocurrir la idea de realizar una metáfora para contar algo real: contar la inconformidad de la juventud, de sentir que a todos nos están tratando de hacer la misma persona en todas las esferas; es decir, tu familia, trabajo y tu gobierno, te quieren hacer la misma persona. Pensé en que estaría padre hacer una película en la que dentro de este contexto, todos empiecen a volverse literalmente la misma persona.

¿En qué radica para ti la angustia de parecerse a alguien más?

Tiene que ver con el miedo a perder tu identidad. Todos nosotros por más que tal vez hablamos el mismo idioma, nos vestimos igual, escuchamos la misma música, frecuentamos los mismos lugares o vemos las mismas películas, tenemos dentro una individualidad que es muy única y creo que muchas de estas manifestaciones, como lo que pasó en Tlatelolco, tienen que ver con el miedo de la gente de perder esta individualidad, con el miedo a perder lo que te hace único.

En la película eso se expresa con una metáfora muy gráfica, muy literal en donde literalmente, la gente se empieza a parecer. Sin embargo, es un miedo que podríamos observar en cualquier época y en cualquier contexto, el miedo a algo que no controlas, a que estás perdiendo lo que te hace único y diferente a los demás. Por eso, es que es un miedo fuerte y de angustia.

¿Cuál es el sello distintivo de Los Parecidos?

Es una película original, tiene referencias muy claras, pero al mismo tiempo, mezcla esas referencias, haciendo algo nuevo. Para mí, la originalidad es muy importante. Si alguien me pregunta qué es lo más importante que busco en una película es la originalidad. Yo quiero siempre hacer algo diferente, porque siento que hacer una película es tanto trabajo, tantos meses, años, dinero, tanto esfuerzo que para qué hacerla por algo que ya se ha hecho antes.  

Creo que Los Parecidos es una película original, vertiginosa, entretenida; está filmada como si fuera de los años sesenta, tiene la composición de colores de esa época, tiene cinta rayada, música de orquesta; el diseño sonoro, la lluvia, la radio y los elementos que describí anteriormente hacen que sea una experiencia de inmersión: desde que empieza, como que te abrochas los cinturones y viajas en una montaña rusa al pasado y eso creo que es el sello distintivo.

¿Cuál fue el momento que más disfrutaste en el rodaje de Los Parecidos?

Cada momento lo disfruté. En especial, disfrutaba mucho, superar los retos del día a día: 30 días, 5 semanas, con un equipo de más de 50 personas, superando retos, llegando todos los días a las siete de la mañana, pensando que seguro no íbamos a lograr nuestro objetivo en el día. Cuando llegaba la una o dos de la tarde, nos sentíamos hundidos, pensando que no terminaríamos y que tendríamos que quedarnos horas extras, pero a las seis o siete, salvábamos el día. Era increíble la magia de hacer cine: cada día llegar y superar un reto.

También, te diría que disfruté los momentos con los grandes efectos especiales: cuando teníamos un doble que salía volando con cables, por mencionarte algún ejemplo, me emocionaba mucho porque me sentía como un niño chiquito con mis juguetes. Por supuesto, también disfruté mucho los momentos que conseguía una actuación muy potente, real y conmovedora de alguno de mis actores. En fin, es difícil escoger un solo momento.

 ¿Qué proyectos vienen en el futuro? 

Tengo ocho guiones en desarrollo muy distintos, de diversos tipos de presupuesto, todos dentro del género; con cine de género me refiero a thriller, suspenso, terror o ciencia. Lo más pronto que tengo ahora es mi primer película en inglés que es algo muy emocionante. Es mi primera película no escrita por mí, una película que alguien me contrató para dirigir.

Por otra parte, tengo en desarrollo para el siguiente año, una película independiente de terror que quiero hacer en México y otra película de ciencia ficción. Conforme, haya más información, les compartiré los detalles.

 

Sin duda, suena interesante el futuro para el director y guionista Isaac Ezban pero, por lo pronto, podemos ver Los Parecidos, que se estrena el 14 de octubre en México. Esta es una oportunidad para que entremos a su dimensión desconocida y así, no perdamos de vista a un cineasta que se atreve a apostar por el cine como un vehículo original que brinda historias y experiencias sensitivas, que perturban, que tienen la capacidad de marcar y moldear nuestras vidas.

Ficha técnica

Título: Los Parecidos (2015)

Dirección y Guión: Isaac Ezban

Reparto: Gustavo Sánchez Parra, Cassandra Ciangherotti, Fernando Becerril, Humberto Busto, Carmen Beato, Santiago Torres, María Elena Olivares, Catalina Salas, Alberto Estrella, Luis Alberti.

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