Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.

 

¿Te atreverías a detener el tiempo?

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Por Uriel Gordon

En los años noventa, había una adolescente que podía detener el tiempo, por lo menos en el universo de ficción de la serie de televisión, Fuera de Este Mundo, que se proyectaba en el Canal 5. Cuando Evie Garland, la hija de un extraterrestre, juntaba sus dedos índices, la tierra dejaba de girar, todo se congelaba, solo ella tenía la capacidad de moverse: podía impedir, por ejemplo, que un vaso destinado a chocar con el piso se cayera; tenía el poder para suspenderlo en el aire, sujetarlo y colocarlo en una mesa para evitar que se rompiera; Evie jugaba con la gravedad, alteraba las leyes de la naturaleza a su conveniencia y después, dejaba nuevamente que el tiempo corriera.

Recuerdo que ese programa me llevaba a preguntar qué haríamos si pudiéramos frenar el tiempo. Lo primero que en ese entonces me venía a la mente, era dormir más. Imagina la escena: suena el despertador a las seis de la mañana, abres el ojo y de plano, no te quieres levantar de la cama, entonces, juntas tus dedos índices y las manecillas del reloj se detienen. Mientras tanto, tú sigues durmiendo; dos horas después, te levantas ya más descansado, más fresco y, ahora sí, que vuelva a girar el mundo; ganaste dos horas: tu día pasó de tener 24 a 26 horas; entraste en un desfase que te permitió dormir más.

A simple vista, frenar el tiempo tendría muchas ventajas: evitar accidentes, detener alguna discusión acalorada e incomoda o adquirir mayor conciencia sobre los instantes de felicidad que sintieras en determinado momento; piensa en el ejemplo hipotético que más se ajuste a tu imaginación. Sin embargo, también habría que pensar cuáles serían los efectos secundarios de detener el tiempo, la ola de reacciones en cadena que se desatarían al jugar con las leyes de la naturaleza.

En la película El Efecto Mariposa (2004), el personaje representado por Ashton Kutcher, viajaba en el tiempo con tan solo leer sus viejos diarios. Regresaba al pasado, a un momento en específico y con la conciencia que tenía en el presente, y jugaba a alterar lo que ya había sucedido para cambiar el futuro. En este sentido, una sola acción que modificara el pasado, el aleteo de una mariposa, tenía el poder de desencadenar una tormenta con efectos imprevistos que moldearían una nueva realidad; algunas de las consecuencias que desembocaban en el presente no eran las deseadas y el personaje tenía que volverse a sumergir en el pasado para corregir lo alterado.

Siguiendo la misma línea, hay un capítulo de Los Simpson donde Homero tenía un tostador mágico que lo transportaba a la prehistoria y, cada vez que interactuaba con el pasado, su presente se transformaba. En uno de esos escenarios, Homero regresa al presente y encuentra el antecomedor de su casa expandido y embellecido; su familia viste las ropas más finas, la bebé Maggie usa un chupón que tiene incrustado un diamante; además, se entera que sus cuñadas que aborrece, Paty y Selma, murieron. Todo parece pintar de maravilla para él: siente que se sacó la lotería con la inmersión que hizo en el pasado. No obstante, de pronto, Homero le pide a su esposa Marge que le pase una rosquilla y ella le pregunta sorprendida a qué se refiere con el término “rosquilla”. Cuando Homero se da cuenta de que el pasado le trajo un nuevo mundo sin rosquillas, enloquece, pega un grito al cielo y decide acudir al tostador para alterar su presente, pero lo que no se da cuenta antes de tocar base con el pasado, es que en la ventana se asoma la lluvia y en ese mundo que está a punto de abandonar, llueven rosquillas.

Si tuviéramos los poderes de Evie Garland, ¿te atreverías a detener el tiempo, a explorar los efectos mariposa positivos o negativos que podría generar el freno de las manecillas del reloj?

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El cine que vamos matando

Por: Daniela Dib – @dandiba

Un solo dato parecería suficiente para mantener con vida la esperanza de que los libros siguen vigentes: en el 2016, el 60% de las películas más taquilleras a nivel mundial fueron adaptaciones de alguna obra literaria. Otra cifra, sin embargo, derrumbaría la fe del literato más entusiasta: las obras literarias responsables de estas ganancias fueron cuatro cómics, un clásico y un libro basado en otro libro.

Película Recaudación total
Capitán América: Civil War $1 153 304 495
Rogue One: Una historia de Star Wars $1 056 052 054
Buscando a Dory $1 028 570 889
Zootopia $1 023 784 195
El libro de la selva $966 550 600
La vida secreta de las mascotas $875 457 937
Batman vs Superman: Dawn of Justice $873 260 194
Animales fantásticos y dónde encontrarlos $814 037 575
Deadpool $783 112 979
Escuadrón Suicida $745 600 054

Fuente: Box Office Mojo

“Capitán América: Civil War”, basado en el cómic Civil War de Mark Millar y Steve McNiven para Marvel; “Batman vs Superman: Dawn of Justice”, inspirado en los personajes de los cómics creados por Bob Kane y Bill Finger (Batman) y Jerry Siegel y Joe Shuster (Superman) para DC Comics; “Deadpool”, basado en el cómic homónimo de Rob Liefield; “Escuadrón Suicida”, inspirado en varios villanos de DC Comics; “El libro de la selva”, adaptada de la novela clásica de Rudyard Kipling; y “Animales fantásticos y dónde encontrarlos”, una secuela del universo de Harry Potter también escrita por J.K. Rowling. El que la adaptación cinematográfica de estas obras haya sido buena o mala no está a discusión. Lo que vale la pena resaltar es que, contrario a lo que ocurría hace unas décadas, los grandes estudios de cine parecen estar enfocados en encontrar una receta para lograr éxitos de taquilla. Al hacerlo, sacrifican la creatividad, las buenas historias y las nuevas ideas. Incluso Martin Scorsese, uno de los cineastas más reconocidos del séptimo arte, declaró recientemente que “El cine ha muerto”. Atribuyó su muerte a la falta de creatividad de la industria, culpando a los “estudios con aversión al riesgo que además están obsesionados con las películas de franquicias.”

Lo que los estudios de cine comprenden bien es que la experiencia del cine no ha muerto, pero está luchando por mantenerse a flote. Netflix, Hulu, Amazon y sus competidores han desarrollado una nueva manera de consumir contenido (on-demand y binging) en dispositivos móviles, así que los estudios ya no pueden darse tanto lujo de experimentar con nuevas historias costosas de producir cuyo éxito no pueden anticipar. Una manera de predecir una película taquillera es observando otro mercado que produce y vende historias: el literario.

No es cosa nueva que los libros sean fuente de inspiración para cineastas. El Padrino, película que muchos expertos califican como la obra maestra del séptimo arte occidental, fue adaptada por Francis Ford Coppola del libro homónimo de Mario Puzo. Stanley Kubrick adaptó varios libros, entre ellos: El Resplandor de Stephen King y Lolita de Vladimir Nabokov. El éxito que la trilogía de El Señor de los Anillos alcanzó en las salas de cine, al igual que la saga de Harry Potter, no pudo haber sido posible sin la imaginación que J.R.R. Tolkien y J.K. Rowling plasmaron en sus extensos tomos. En los más de cien años de historia del cine, cientos de libros buenos y malos han derivado en películas malas y buenas. De hecho, la influencia que la literatura ha tenido en la industria cinematográfica ha sido tal que le ha ganado una categoría especial en los premios Oscar: la de Mejor Guión Adaptado.*

Sin embargo, lo que hoy ocurre es diferente. Estudios de cine como Sony, Universal y Paramount Pictures han creado departamentos de Adaptación Literaria para identificar obras de cualquier tipo de literatura que puedan convertirse en éxitos en taquilla. Y pareciera ser que el principal requisito para adaptar al cine una obra literaria es que el libro haya sido un éxito en ventas. Esto explica filmes extraordinarios como “Figuras Ocultas”, basada en el libro Hidden Figures: The American Dream and the Untold Story of the Black Women Who Helped Win the Space Race de Margot Lee Shetterly  y “La llegada”, adaptada del cuento corto  Story of Your Life de Ted Chiang. Pero también parece ser la razón detrás de todas las secuelas de superhéroes que ya han sido mencionadas, o de filmes como “Cincuenta Sombras de Grey”, basados en la obra homónima de la autora E.L. James. Tanto el filme como la novela fueron destrozadas por la crítica, pero el libro ha vendido más de 130 millones de copias y la película generó más de $85 millones de dólares tan solo en el fin de semana de su estreno.

Scorsese parece rendirse ante la falta de creatividad en el mundo del cine, pero no todo es culpa de los estudios. Si el público mundial está dispuesto a pagar por ver la séptima entrega de una franquicia de superhéroes, entonces los estudios seguirán explotándola. Resulta interesante que la temática más recurrente este tipo de películas sea la lucha entre el bien y el mal. Aunque sin duda son conceptos universales que compartimos entre culturas antiguas y  modernas, ¿realmente queremos seguir viendo cada verano la versión reciclada con disfraces de lycra, efectos especiales y superestrellas? ¿Por qué seguimos yendo al cine a consumir historias tan parecidas entre sí?

Las películas que solemos consumir en las salas de cine mexicanas se realizan principalmente en EEUU. Sin embargo, desde nuestra frontera podemos comenzar a exigir mejores historias. Somos, en gran parte, una audiencia global que consume contenido de diferentes geografías. Querer diversidad en el cine no significa más películas de cine de arte o de actores mexicanos hablando inglés. ¡Queremos buenas historias! Si la industria editorial está influenciando las decisiones de grandes estudios de cine, ¿por qué no más cineastas, latinos o no, voltean a ver las grandes historias que encierra la literatura latinoamericana? Y tal vez la pregunta más difícil: ¿por qué nosotros como audiencia seguimos queriendo ver la misma historia cada año?

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Dejen dormir a Harrison Ford

Por Jorge Eulalio Hernández

“Tu historia no ha terminado…aún queda una página” dice Ana de Armas al final del nuevo trailer de “Blade Runner 2049”, la secuela de una película de culto protagonizada por Harrison Ford en los tempranos años 80. Ford interpreta a Deckard, el mejor agente policial de una división llamada Blade Runners, quienes se dedican a identificar y exterminar a aquellos humanos artificiales— “replicantes”, como se les llama en la película— que se han rebelado contra el sistema humano, por así decirlo.

La explicación del argumento no es para añadirle volumen a este artículo, sino para denotar algo muy importante y destructivo que está sucediendo con esta y muchas más secuelas, precuelas y demás “cuelas” que toman su lugar en cartelera cada mes. Uno de los temas más controversiales entre los fans de Blade Runner era si el mismo Deckard también era un replicante y no lo sabía. Hay una breve toma en la que la pupila de Harrison Ford tiene un reflejo rojo, una característica básica de los replicantes que parece ser obvia para el público pero no tanto para los personajes dentro de la película. Este momento de duda, que abre la posibilidad de que el héroe no conozca la terrible verdad de su origen—un elemento del drama edípico por excelencia— ha generado debates, libros de filosofía y otros interesantísimos materiales en torno al cine, la bioética y muchas otras materias.

Treinta y cinco años después, un Harrison Ford con arrugas paquidérmicas intercambia diálogos con Ryan Gosling. La gran mayoría de los fans de Blade Runner opinamos que nadie necesitaba la secuela. Estábamos bien con el misterio de aquella original película que nos llenaba de preguntas la cabeza. No importa si la secuela es buena o mala, sino que su existencia echa a perder la pregunta que mantenía viva a la historia original con una devastadora respuesta: Deckard envejeció, entonces no es un androide.

Para mí, aquello que tiene secretos es algo vivo. El lado oscuro de la luna se siente más vivo por su misterio, las profundidades del océano albergan cuanta vida queramos porque la obscuridad es un lienzo para la imaginación. Todos tenemos secretos y, si las historias los tienen, se asemejan a nuestras propias historias.

Pienso en el final de “El Graduado”, uno de los mejores finales en la historia del cine y curiosamente no es un final como tal: el protagonista, triunfante, se sube al camión con la chica y tensas sonrisas se dibujan en sus rostros. Paulatinamente las sonrisas se desvanecen y, como coreografiadas, se transforman en un gesto de incertidumbre. “Y ahora… ¿Qué?” preguntan los ojos de Dustin Hoffman.

Siempre me he preguntado qué fue de ellos dos. Me los imagino eternamente sentados en aquel camión con interior blanco, como una hoja de papel nueva, acompañados de una interminable “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel y siempre en el camino, nunca en el destino.

El ejercicio de preguntarme “¿que habrá sido de ellos?” me recuerda que esos personajes seguirán vivos para siempre, porque tengo muchas preguntas que nunca podrán ser contestadas. Esa es la virtud de la pregunta irresuelta: la permanencia del misterio, que irónicamente mantiene vivo todo aquello que participa en la duda.

Hay una mala costumbre actual de querer explicar todo: los orígenes, los finales y las historias alternas. La mayoría de las veces, la historia nunca será suficiente porque el público construye nuevas historias donde las historias acaban. Es en estos “huecos” donde habita el interés del público por la narrativa, son estas lagunas donde uno se conecta emocionalmente. Cubrir estos espacios es negar esa conexión emocional.

“Quisiera pensar que huyó, pero lo más probable es que lo hayan pescado”, dice Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, sobre Jesse Pinkman. Ni su propio creador sabe qué le pasó. Por ello sus personajes son tan profundos, por ello se mantienen vivos aunque mueran a manos de unos neo-nazis de Nuevo México.

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Un viaje por el mundo de Stanley Kubrick

Stanley Kubrick en la Cineteca

Por Uriel Gordon – @Urielo_

Se escucha música de Beethoven como telón de fondo. En frente de ti, aparece un maniquí vestido con pantalón, camisa y tirantes de color blanco; trae puestas unas botas, un sombrero negro y en su mano, sostiene un bastón del mismo color. Lo rodean dos maniquíes de mujeres desnudas que portan pelucas güeras. En las paredes negras, se alcanza a leer, en tipografía psicodélica, palabras como “Moloko plus” y “Moloko vellocet”. Sabes perfectamente dónde estás: en el Bar Korova que abre la película A Clockwork Orange de Stanley Kubrick, que se basa en la novela de Anthony Burgess.

Bar Korova

Te imaginas que a tu lado, se encuentran Alex DeLarge y sus amigos o “droogs”, Georgie, Dim y Pete; escuchas la risa tonta de Dim y miras a los ojos a Alex, que te proyectan de inmediatamente, una malicia sarcástica; sientes miedo: conoces bien a los personajes y sabes de lo que son capaces. Por instinto, quieres escapar, pero te das cuenta que involuntariamente has dejado de ser solo un espectador, que la cinta vive en ti desde hace tiempo. El escenario en el que estás simplemente te recuerda que hay una parte tuya que se encuentra encapsulada en este filme que se estrenó en 1971. Sigues avanzando.

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Miras el suelo y ahora estás caminando sobre un tapete con figuras geométricas naranjas, cafés y rojas. Frente a ti, ves un diminuto suéter de color azul cielo que en medio, trae un cohete espacial: es la ropa del pequeño Danny Torrence. Imaginas al niño recorriendo, en su triciclo, el tenebroso Overlook Hotel cuando de pronto, te topas con una máquina de escribir; te llama la atención, te acercas y observas un papel que refleja todo el trabajo literario que el papá de Danny se ha dedicado a escribir en los últimos meses.

“All work and no play makes Jack a dull boy”

Lees la siguiente frase que se repite a lo largo de la página: “All work and no play makes Jack a dull boy”(“Solo trabajar y no jugar hace de Jack un chico aburrido”). Sabes lo que representan esas palabras y la máquina de escribir; son símbolos del caos y el terror que carga y desata Jack Torrance, en la cinta de The Shining de 1980 que está basada en la novela de Stephen King. Sientes ansiedad, pero continúas adentrándote al mundo de esta película de Kubrick que por primera vez, viste a los 14 años y que desde ahí, te persigue.

Eyes wide shut

La sensación de nerviosismo incrementa: comienzas a escuchar una especie de cantos dignos de un ritual satánico; la música y las voces te hacen saber perfectamente que ha llegado el momento de sumergirte al mundo de la última película de Kubrick, Eyes Wide Shut de 1999. Te invade el suspenso; al entrar a una nueva sala, la luz se vuelve más oscura, la bienvenida te la dan una serie de extrañas máscaras que podrían verse en el Carnaval de Venecia. Sigues caminando y todo lo que ves tiene una estética de sueño: te encuentras en una mansión de Nueva York con gente millonaria muy extraña, que viste túnicas, capas negras y que cubre sus rostros precisamente con el tipo de máscaras que observaste en la entrada. Aunque todos esconden su identidad con el disfraz, conocen perfectamente quién es quién ahí.

Repentinamente, aparece un intruso que no fue invitado a la fiesta: es el maniquí del Dr. Bill Harford, cubierto con una máscara blanca que trae una especie de antifaz dorado, que se extiende desde la frente hasta las mejillas. Para su mala fortuna, descubren que no pertenece ahí. Sientes angustia: sabes que en los siguientes minutos le darán una lección que no esperaba; sabes que la película que busca adaptar al cine la novela Relato soñado de Arthur Schnitzler, tiene la capacidad de convertir las fantasías del Dr. Harford en su peor pesadilla.

Terminas el recorrido de “Stanley Kubrick, la exposición”, en La Galería de la Cineteca Nacional de México, y sientes primero alivio y luego la emoción de haber tenido la oportunidad de observar en vivo, más de 900 piezas que envuelven a la obra de este cineasta. Piensas en los objetos icónicos, en las películas con las que creciste, en cómo sus historias e imágenes permanecen en tu memoria y te acompañan, en como es que el cine es un vehículo para compartir sueños, emociones, anhelos y pesadillas.

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La La Land y los Tontos que se Atreven a Soñar

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

Todos hemos experimentado un embotellamiento: una pérdida frustrante de tiempo encerrados en un coche paralizado sobre el asfalto, con olas de coches que parecen infinitas. Lo que no creo que muchos hayan vivido es un número musical en ese mismo trafical, con todo y maromas, coreografías en los toldos de los coches, mujeres en vestidos de vibrantes colores y hombres fuertes capaces de hacer cualquier acrobacia mientras cantan con un insultante optimismo que a pesar de estar atorados en el tráfico, este es sin duda, un día más bajo el sol.

Algo así es el opening scene de La La Land, una película que ha estado rompiendo récords en nominaciones y premios en esta temporada.

El director es una especie de prodigio de 32 años llamado Damien Chazelle, y digo prodigio por que este es apenas su segundo largometraje después de la magnífica e intensa Whiplash.

Desde un inicio, el proyecto tuvo muchísima atención ya que la opera prima de Chazelle había dejado en todos un increíble sabor de boca y sobre todo incógnita por saber qué haría después, así que cuando anunció que su siguiente obra seria un musical protagonizado por Ryan Gosling y Emma Stone las expectativas se fueron por los cielos.

El tiempo pasó y en los últimos meses del 2016, La La Land vio la luz en festivales alrededor del mundo, donde fue recibida con ovaciones y elogios de forma casi unánime. Después llegó la temporada de premios y terminó por asentar lo que por todos lados se rumoraba: La La Land es la mejor película del 2016.

Como pasa con casi todo en estos días, no hay nada que tenga un alto nivel de aprobación sin que a su vez tenga su buena dosis de detractores, que con cada nominación y premio ganado alzan más sus voces diciendo que la multigalardonada obra está sobrevalorada y que no merece sus triunfos.

Pero no voy a utilizar este espacio para tratar de decidir de una vez por todas si La La Land es o no es una buena película (sí lo es).

El filme se encuentra en un plano que no es tan fácil de ubicar cuando hablamos de periodo de tiempo. Hay referencias a Titanic y a The O.C., sin embargo mucho de la ambientación y gran parte del vestuario evocan a décadas que pueden abarcar desde los 50 y 60 con un buen guiño a los 80. Todo eso sirve para no aterrizarla en un contexto de tiempo actual, y elevarla a un plano donde la época no es realmente importante. Su función más bien, es reforzar el mundo de ensueño y lo atemporal de las ambiciones de sus protagonistas y de paso, quitarle lo raro que podría ser que un par de ciudadanos angelinos, bailen, canten, floten y se amen en maneras que sólo se dan en las fantasías.

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Hay más acciones que palabras: montones de emociones dichas con canciones y miradas cargadas de sentimientos que no te dejan otra alternativa más que creer que Ryan Gosling y Emma Stone están profundamente enamorados. Tal vez más de las fantasías prometidas que entre ellos mismos, pero no hay manera alguna de negar que se apoderaron de sus personajes y que la vida de Mia y Sebastian, refleja en muchos sentidos la de unos jóvenes Gosling y Stone que como muchos otros sufrieron y sacrificaron mucho para poder ser los grandes actores que son hoy.

Y es que eso es La La Land, un lugar de fantasía, donde las locuras y los sueños más inalcanzables se pueden hacer realidad, pero siempre con un costo a pagar.

Mucho se ha escrito de los musicales clásicos a los que La La Land rinde tributo, y me preocupaba pensar que, sin tener un profundo conocimiento y aprecio por esas películas, la obra de Chazelle no iba a tener resonancia conmigo, pero el viaje de los personajes, que aunque a primera vista es simple, es uno que todos podemos reconocer, el de la persecución de un sueño por imposible que parezca y las pérdidas que eso puede conllevar.

Gosling y Stone no son los mejores cantantes, ni siquiera son los mejores bailarines, pero no sólo cumplen con lo necesario para que esto no importe, sino que la música de la cual se acompañan tiene también esa cualidad de no pertenecer a un periodo de tiempo en específico (al menos en su conjunto) y hará que La La Land sea apreciada por mucho mucho tiempo.

Escribir estas líneas fue el pretexto perfecto para escuchar los cortos 45 minutos de duración del soundtrack de la película una y otra vez, con su justificada repetición de “Audition” cada vez que le llegaba el turno. Y es que si los dos protagonistas de la película hacen un gran trabajo, es Emma Stone la que sin duda alguna se la lleva, y no porque tenga una voz impresionante, pero sí porque cada palabra esta impregnada con todo el deseo y frustración por el que pasa su personaje y “Audition” es, aparte de la mejor canción de la película, una perfecta muestra de esto.

A final de cuentas, La La Land no es una película que te reconciliará con el mundo, y nunca fue su intención, pero se apodera de tal manera de su romance de ensueño, sus colores vibrantes, sus pintorescos paisajes y sus bailes en las estrellas, que es sin duda un bienvenido descanso de la actualidad y un recuerdo de que hay sueños por los que vale la pena pelear.

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Inteligencia, Coraje y Amor por las Matemáticas

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

En los registros que conocemos de la historia, y en la mayoría de los grupos sociales, las mujeres han llevado sus vidas en la obscuridad, en un segundo plano. Sin embargo, también sabemos de mujeres que se han impuesto ante las reglas y sin importar la situación en la que vivan, muchas de ellas han superado las expectativas que la sociedad les imponía, convirtiéndose así en ejemplos de que la capacidad no es inherente a un género, una edad, o un color de piel.

La Emperatriz  Wu Zetian, quien fue la única mujer que gobernara China.

Marie Curie, la primera mujer en recibir un premio Nobel.

Dian Fossey, la zoóloga defensora de los gorilas fallecida en Ruanda.

… Y existe una lista interminable de mujeres valerosas que buscaron darle sentido a su vida de manera excepcional.

Sin embargo, aún hay historias fascinantes que no han sido contadas – y reconocidas– como se merecen. Es por esto que la escritora Margot Lee Shetterly escribió una novela biográfica acerca de tres asombrosas mujeres que cambiaron el rumbo de la guerra fría gracias a su talento y valentía. Se trata de “Hidden Figures” y narra la historia de tres amigas afroamericanas que trabajaban para el proyecto aeroespacial estadounidense en los años 60; volviéndose tan importantes en la carrera para llevar al hombre a la luna, que la NASA no pudo dejarlas ir sin antes reconocerles su desempeño.

La matemática Katherine Johnson, quien con sus cálculos ayudó a que las trayectorias de vuelo de los cohetes fueran precisas; Dorothy Vaughan, quien se convirtió en la primera supervisora de los servicios de la floreciente IBM; y Mary Jackson, la primera (sí señores, la primera) ingeniera aeroespacial en los Estados Unidos –¡Qué orgullo!-.

Estas mujeres de la estirpe de Hipatia de Alejandría se impusieron ante la discriminación por su género y su raza para convertirse en modelos a seguir de las miles de matemáticas, ingenieras y licenciadas en ciencias exactas que buscan colarse en el desarrollo científico y tecnológico de nuestra era.

Shetterly, la escritora, es también asombrosa, pues fundó en México durante el 2010 la revista “inside México”, dirigida a los angloparlantes que se asientan en el país. Fue consultora de marketing en la industria mexicana de turismo y fundó la organización “The Human Computer Project” que recaba el trabajo de todas esas mujeres que trabajaron en los albores de la aeronáutica como la conocemos hoy en día.

Con cuatro estrellas en el sitio Goodreads, más de cuatro mil votos y mil reseñas, Hidden Figures, además de una buena recepción por la comunidad lectora, no ha pasado desapercibida en la industria cinematográfica: cuenta con una adaptación nominada al Óscar 2017 y protagonizada por Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe. Así que sin importar si prefieres un libro a una película o viceversa, seguro disfrutarás de esta historia.

No prometo que acabes sin algunas lágrimas.

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