Contrastes

Contrastes

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ
Imagen: Hong Kong Memoirs – Fan Ho

Voy camino a Chiapas. Como cada año, viajo con mi familia para visitar a mis abuelos en épocas navideñas. Sin embargo, este año, viniendo de Nueva York, luego de concluir mi primer semestre de maestría, el viaje se siente diferente: los contrastes entre la gran manzana y el estado del sureste de México se hacen más evidentes.

Estoy en el coche, mi papá al volante, mi mamá de copiloto y mis hermanos y yo acomodados en los asientos de atrás. Sólo falta Isa, nuestra hermana mayor, que en esta ocasión no pudo venir. Vamos desde Puebla a Pichucalco, un pueblo del norte de Chiapas que nos recibe con su calor tropical sin importar la temporada del año. Esta rutina ha sido parte de nuestras vidas siempre, pero este año, se siente diferente.

Acostumbrada a la soledad del metro de Nueva York, que va lleno de gente igual de sola o simplemente ajena, para llegar a cualquier parte de Manhattan u otro barrio de la gran ciudad, esa rutina hoy contrasta con las 7 horas de carretera que hago felizmente acompañada. Siempre ha sido así, pero esta vez, se siente diferente. Me siento afortunada de compartir el lunch que mi mamá preparó una noche antes, la música que Alejandro pone -o las canciones que mi papá le pide- y los chistes que Camila, pocas pero atinadas veces, dice. Todo esta vez se siente mejor. Las tortas de jamón y queso saben más ricas, Mecano y Tears for Fears vuelven a ser hits, y las anécdotas familiares me parecen más divertidas.

También contrasta el paisaje. En Nueva York, la vista entre edificios es envidiable, de eso no hay duda. Pero la de la carretera del sureste cubierta de vegetación, y con el panorama despejado que permite ver lo que mi maestra de primaria llamaría la línea de horizonte, también lo es. Generalmente salimos de madrugada y tenemos la fortuna de ver el amanecer; este año salimos más tarde, pero podremos ver el atardecer con sus diferentes tonos de coral. Las personas a la orilla de la carretera contrastan con las que inundan las calles de Nueva York. Aquellas no nos voltean la cara, sino que nos buscan los ojos. Algunos vendiendo artesanías, otros simplemente por curiosos.

Una vez llegando a Chiapas no habrá mucho que hacer. A mis diez o quince años eso significó un gran problema, pero hoy, a mis 26, es una bendición. Especialmente cuando el ritmo de una gran ciudad no permite ir lento, ya no digamos parar, en la rutina diaria que está llena de quehacer. Seguramente llegaremos y comeremos de todo lo que mi abuela haya cocinado. Esa variedad va desde platanitos fritos, empanadas, tamales caseros, hasta cualquier tipo de postres –su especialidad. Luego haremos sobremesa que durará horas, a veces hasta juntarse con la cena. Esta dinámica será ciertamente contrastante con la de comer a toda velocidad de una a dos de la tarde en la cafetería de la Universidad. Más tarde jugaremos cartas. En nuestra infancia, mi abuela nos enseñó a mis hermanos y a mi a jugar pula y, aunque perdíamos, nos resultaba muy entretenido porque ella dividía la canasta de las apuestas entre los nietos que aguantaban hasta el final del juego. Hoy, los nietos a veces le ganamos, y las apuestas en realidad ya no importan.

En la noche no habrá ruido de ambulancias ni de las patrullas del NYPD. No se escucharán los desacuerdos –a gritos- de la gente en la calle, muchas veces por temas raciales. No habrá luz de los edificios y anuncios que alumbran todas las grandes avenidas de Nueva York. En cambio, habrá silencio y oscuridad, que se interrumpirán solamente por el canto de los grillos y, a primera hora de la mañana, por el de los gallos. Mi abuelo a esa hora estará barriendo la casa, su actividad favorita de la mañana; luego irá al rancho y, si nos despertamos a tiempo, podremos ir con él. Ahí veremos la ordeña, montaremos a caballo, nos enseñarán las nuevas crías del ganado y comeremos en el corredor de la casa grande, con una vista indescriptiblemente diferente a la de Times Square.

En la tarde tomaremos una siesta, lujo casi inalcanzable en la vida de un estudiante en Nueva York. El calor no permitirá hacer mucho de 4 a 5, o de 5 a 6, o a veces durante las dos horas seguidas, que se destinarán a dormir o a leer. Leer por placer, más que por obligación. Y dormir para descansar, o descansar sin dormir. Cuando nos hayamos aburrido de eso, mis hermanos y yo hablaremos de cualquier cosa, o de todo lo que por teléfono y mensajes no nos hemos podido decir. Pensaremos en qué película ver, veremos los trailers de todas y terminaremos sin ver ninguna, casi seguramente porque nos dará la hora de cenar. Mi mamá nos llamará a la cocina y mi papá será el último en bajar, porque estará planeando el futuro de la familia, su mejor pasatiempo en momentos de calma. Un pasatiempo que he querido heredar.

Así transcurrirán las vacaciones navideñas. Un año más como todos los anteriores, pero que esta vez, se siente diferente. Este año los contrastes se hicieron más latentes: la rutina y la calma; la compañía y la soledad; lo ordinario y lo exótico. Quizás porque lo que era, ya no es tan ordinario.

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