El Secreto de Bernie: La Narrativa del 1%

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Por: Ana Paula Cañedo – @ana_canedog

Con el comienzo de la primavera y el alza en las temperaturas sentí en carne propia el “feeling the Bern”. Vivo en un pueblo pequeño en el norte de Nueva York llamado Ithaca y todos las mañanas camino a clases. A medida que las elecciones primarias se fueron acercando y los árboles empezaban a florear, de la misma forma brotaban cientos de letreros en los jardines de mis vecinos en apoyo al candidato presidencial Bernie Sanders. El apoyo contundente al aún senador de Vermont por parte de una comunidad de investigadores, profesores y estudiantes universitarios me llevó a reflexionar sobre la popularidad del candidato. Desde luego una campaña progresiva que –entre muchas cosas– propone crear trabajos, proteger al medio ambiente, la expansión de las redes de seguridad social y del sistema educativo superior, y la promoción de una política exterior mesurada, resulta atractiva para el votante liberal. Sin embargo, todo parece indicar que la piedra angular de su campaña y lo que ha logrado capturar al joven electorado norteamericano – muchos simpatizantes del movimiento Occupy Wall Street es su narrativa sobre el 1%.

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Pese a ser la economía más grande del mundo, la desigualdad de ingresos en los Estados Unidos es sorpresivamente alta. No sólo eso sino que actualmente el país vive niveles de desigualdad nunca antes vistos. Entre 1980 y 2012, la desigualdad en los Estados Unidos (medida por el coeficiente de Gini) se incrementó en casi cinco puntos mientras que los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en promedio, experimentaron un aumento de tan sólo 3 puntos. Las disparidades en los niveles de ingresos se han vuelto tan pronunciadas que los estadounidenses que se sitúan en el 10% superior de la distribución del ingreso, en promedio, poseen casi nueve veces más ingresos que el 90% inferior. Estas diferencias son aún más marcadas para aquellos que se encuentran en el extremo 1%, quienes poseen ingresos 38 veces mayores a los del 90% de la población.

Otro aspecto relevante de la desigualdad de ingresos y de riqueza en Estados Unidos es la paulatina reducción de la clase media americana. Según un estudio del Pew Research Center, por primera vez en más de 40 años, los ciudadanos de clase media ya no constituyen la mayoría de la población. Es decir, se puede observar un ligero fenómeno de polarización en la distribución de los ingresos. Si se comparan cifras actuales con datos de 1971, es posible constatar que el porcentaje de adultos que se encontraban en los niveles más bajos de ingresos aumentó de 16% a 20%. Sin embargo, durante ese mismo periodo, el porcentaje de adultos que se encontraban en los niveles más altos de ingresos prácticamente se duplicó; de 4% en 1971 a 9% en el 2015.

La desigualdad de Estados Unidos también se hace más evidente cuando se comparan los ingresos promedio entre los distintos sectores de la población. Actualmente, los ingresos medios de hogares blancos son 40% mayores al los ingresos promedio de los hogares de la población afroamericana o hispana (US$67 vs US$39.8 y US$40; respectivamente).

Independientemente de la medida de desigualdad que se tome como referencia, es innegable que el crecimiento en la brecha entre los más ricos y el resto de la población en Estados Unidos es alarmante. Esto explica porque Bernie Sanders se ha mantenido como el gran rival de Hillary Clinton. Sin embargo, al observar más de cerca estas cifras, es posible apreciar que el problema de desigualdad que vive Estados Unidos es mucho más complejo que una simple historia del 1% frente al 99% de la población.

La preocupante desigualdad de Estados Unidos ha resucitado el interés por el estudio de la movilidad social americana; ¿cómo es que los individuos se mueven dentro de los niveles de ingreso? La movilidad social hace referencia a qué tanto la situación económica de una persona está determinada por sus condiciones al nacer; es decir, a la igualdad de oportunidades. Según un estudio realizado por economistas de la Universidad de Harvard y la Universidad de Berkeley, a pesar de los enormes aumentos en la desigualdad de ingresos, la movilidad social se ha mantenido prácticamente estática desde 1970. Si bien la movilidad no ha empeorado, las cifras también son poco alentadoras. Los investigadores han encontrado que la movilidad social en los Estados Unidos es relativamente baja en comparación con otras naciones desarrolladas.

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Esto no quiere decir que aquellos que hoy forman parte del 1% se hayan mantenido siempre en el nivel más alto. Mientras que hablar de los más ricos pareciera sugerir que se trata de una población estática, en realidad no es así. Por lo contrario, investigadores de la Universidad de Cornell y la Universidad de Washington, los cuales estudian cómo fluctúan los ingresos durante el ciclo de vida de los individuos, encontraron que el 1% experimenta mayores niveles de movilidad que el resto de la población. Según los resultados del estudio, aproximadamente el 70% de la población estadounidense logra colocarse al menos un año en su vida en el percentil 20 superior de ingresos. Sin embargo, la mayoría de los que logran llegar a los niveles más altos de ingreso lo hacen por un número limitado de años. Sólo el 20.6% experimentará al menos 10 años consecutivos dentro del percentil 20 superior, el 7.8% lo hará en el percentil 10 superior, un 3.7% en el percentil 5 y únicamente el 0.6% conseguirá mantenerse 10 años en el 1er percentil. Es decir, es aún más difícil mantenerse en el 1% que llegar a el. En palabras del economista de Berkeley y colaborador de Thomas Piketty, Emmanuel Saez, “las personas que perciben los ingresos más altos en Estados Unidos ya no son los ricos de antes, sino los trabajadores ricos; empleados muy bien pagados o emprendedores que aún no han logrado construir fortunas comparables con las acumuladas a finales del siglo XIX.”

En resumen, la desigualdad económica en la nación más rica del mundo crece a niveles nunca antes vistos. A su vez, pareciera que ahora el tan añorado American Dream hace honor a su nombre, ya que sólo le pertenece a una ínfima minoría. A pesar de que la movilidad social no ha decaído, es cada vez más difícil llegar a los niveles altos de ingreso. A medida que la brecha entre los ricos y el resto de la población aumenta, las probabilidades de que una persona nazca en los niveles altos de ingreso también se ven reducidas y mayor es el tamaño de los “escalones” que uno deberá subir para llegar a los niveles altos. A esto, habrá que sumarle el hecho de que a menores niveles de ingreso, menor movilidad. Así como la primavera es bienvenida por su espíritu de renovación, habrá que ver si la narrativa del 1% que abandera Sanders también se permea en las elecciones presidenciales para resucitar en la agenda económica de 2017 el combate a la desigualdad.

Por otro lado, ¿son la propuestas políticas de Sanders las más deseables para combatir esta situación? Esa es una discusión que habrá que analizar por separado.

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Conclusiones del Supermartes: Trump Vs. Clinton más cerca

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Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

La jornada electoral en los Estados Unidos transcurrió sin grandes sobresaltos. Donald Trump confirmó que es el amplio puntero del partido republicano, apuntándose victorias en siete de los once estados en disputa; Ted Cruz consiguió aquello que necesitaba para continuar—Texas—y de paso triunfó en Oklahoma y Alaska; Marco Rubio hizo lo propio en Minnesota: su primera victoria desde el arranque de la contienda interna; John Kasich y Ben Carson se fueron con las manos vacías y la presión crece para que abandonen la carrera. Y en la otra trinchera, Hillary Clinton ganó la mayoría de los estados en disputa—siete de los once, incluyendo Texas—y Bernie Sanders se alzó en cuatro: suficiente para atizar la flama de la esperanza.

La Tabla 1 muestra el estado actual de las elecciones internas. Hillary Clinton amplía su margen de ventaja sobre Bernie Sanders a 630 delegados y ya alcanza el 42% del umbral necesario (2,383 delegados) para lograr la nominación del partido demócrata. Por su parte, Donald Trump tiene apenas el 23% del umbral necesario (1,237 delegados) para erigirse como candidato republicano, aunque el nutrido número de contendientes subestima la ventaja de 10 puntos porcentuales sobre su más cercano perseguidor: Ted Cruz, quien alcanza el 13% del umbral. La fuga de Clinton y Trump es significativa. Pero más allá de que ambos se consolidan como favoritos para ganar sus respectivas elecciones primarias, ¿qué conclusiones podemos extraer del Supermartes?

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  • Crece la correlación Clinton-Trump: Hillary y Donald suben de la mano. Las encuestas cara-a-cara revelan que un amplio porcentaje del electorado demócrata vota por Clinton por ser ésta la opción viable para vencer al partido republicano en noviembre y dar continuidad a las políticas de Barack Obama. Al radicalizarse el discurso de Trump y ganar éste portadas y popularidad, el costo de experimentar con el voto (i.e., apoyando a Sanders) se eleva. Mientras más atención capta Trump, más también responde Clinton, lo cual refuerza la ventaja de ambos. Lo vimos ayer con sus respectivas victorias.
  • Bernie Sanders ha perdido momentum: su apuesta final es el Medio Oeste Industrial. Las campañas negativas de Clinton contra Sanders, la consolidación de Trump y los resultados de las elecciones primarias han dañado en las últimas semanas a Bernie. Hillary también ha movido su discurso a la izquierda del espectro ideológico y ha reafirmado su defensa de las políticas del presidente, lo cual ha cortado el ascenso vertiginoso de Sanders. Con más de 544 “superdelegados” a su favor sumados al resultado del Supermartes, Clinton se encarrila a ganar la candidatura demócrata. La última prueba es el Medio Oeste industrial americano, donde Sanders puede encontrar mayor apoyo al ser la clase obrera más numerosa (y más blanca) que en los estados del sur. Si Bernie no gana la gran mayoría de estos estados, perderá la elección interna por amplio margen.
  • John Kasich y Ben Carson, los grandes perdedores: deben declinar pronto. Se dijo desde un principio que el excesivo número de candidatos premiaba la radicalización del discurso como mecanismo distintivo ante el electorado. Kasich y Carson no han logrado resonar entre el votante republicano, y su permanencia en la contienda allana la victoria de Trump. Ellos lo saben y deben de estar evaluando la conveniencia de seguir. Las donaciones caerán producto de sus malos resultados durante el Supermartes. La pregunta es cuándo declinarán y si apoyarán a otro candidato. Rumores (de CNN) apuntan que le han ofrecido a Ben Carson una senaduría en Florida para declinar en favor de uno de los candidatos del establecimiento. (Huele a una estrategia orquestada por Marco Rubio, para quien ganar Florida sería una bocanada de oxígeno).
  • Marco Rubio y Ted Cruz no claudican: escenario óptimo para Trump. Siguiendo el argumento anterior, el gran ganador de la pulverización del voto duro republicano es el “independiente” Trump. Las encuestas nacionales levantadas entre el 14 y 27 de febrero apuntan a que Trump encabeza las preferencias con el 35.6%, seguido por Cruz (19.8%), Rubio (17.4%), Carson (9.0%) y Kasich (8.8%). Cruz y Rubio sumados obtienen mayor apoyo que Trump. Aunque las declinaciones no suman votos automáticos a candidatos rivales, la radicalización del discurso trumpista se beneficia de que el electorado republicano no identifique claramente cuál es la opción viable a Trump.
  • Ted Cruz decepcionó en los estados del sur: el voto evangélico no alcanzó. Se vendió hasta el cansancio que los estados del sur son bastión del senador texano. Los cálculos fallaron. Se sobrestimó el voto evangélico; el voto de los afroamericanos y latinos se pulverizó; y Trump atrajo más independientes-apartidistas que lo habitual. Ted Cruz esperaba ganar la mayoría de los estados sureños, y sólo alcanzó a rescatar victorias en Texas y Oklahoma. El perfil demográfico favorece a Marco Rubio, de aquí en adelante. Aunque Cruz se consolida en el segundo lugar de la contienda con base en el número de delegados, su base de apoyo ultra-conservadora irá disminuyendo. La esperanza de Ted es que Carson decline en su favor y que el voto evangélico se concentre en un solo candidato.
  • Marco Rubio es la eterna promesa: urgen triunfos. El niño maravilla del conservadurismo republicano sigue vendiendo que es el único que puede derrotar a Donald Trump y Hillary Clinton. Hay una encuesta que respalda esta conjetura: la relación opinión positiva/negativa del candidato es sistemáticamente más favorable para Rubio que para Trump, Cruz y Clinton. Pero Rubio no ha podido capitalizarlo en las urnas, apenas ganando ayer uno de once estados en disputa. Con Kasich fuera, las excusas se acabaron para Rubio. Si no empieza a ganar, Cruz se posicionaría como la carta fuerte para vencer a Trump. Y con ello, el establishment quedaría merced del Tea Party como única alternativa viable.
  • Trump ya comenzó a “moderarse”: implora unidad partidista. Durante su discurso victorioso, el magnate fue menos mercurial que de costumbre, estratégicamente tendiendo la mano a sus contrincantes: (1) flirteando con el posible apoyo de Ben Carson, si éste opta por retirarse; (2) llamando a más miembros del establishment a que se sumen a su campaña; (3) buscando calmar la tempestad auto-inducida luego de su tardado deslinde de apoyos unilaterales de un cabecilla del Ku Klux Klan (KKK). Trump sabe que eventualmente requerirá el apoyo de su partido para ganar la elección general. Un ambiente interno tan polarizado no conviene.
  • Continúan las balas perdidas contra Trump: ¿impactará alguna? No hay una embestida unificada en las filas del partido republicano, ni entre el establishment ni entre el resto de sus tribus. Marco Rubio es el claro ejemplo de intentos desesperados por bajar a Trump a toda costa. El senador por Florida ha intentado un póker de campañas negativas contra el empresario, llamándolo “liberal”, “lunático”, “doble cara” y “estafador”. Cruz ha optado por tratar de infundir temor a las familias conservadoras con hijos susceptibles al discurso de Trump. Recientemente ha presionado para que el New York Times divulgue una supuesta entrevista donde el puntero afirma no tener intenciones serias de construir un muro y deportar a millones de indocumentados. Y así ha habido múltiples estrategias fallidas. Cada bala esquivada parece alimentar la popularidad de Trump. Ninguna ha dado en el blanco, de momento.
  • Florida puede ser el punto de quiebre: la aritmética pesa. En dos semanas más, el 15 de marzo, 358 delegados republicanos estarán en juego. De éstos, 99 estarán disponibles en Florida. La clave es que, contrario al o que hemos venido observando a lo largo de la carrera, el ganador en Florida se lleva todos los delegados (i.e., no hay repartición proporcional). Florida es clave para la contienda republicana, pues la apuesta de Marco Rubio es ganar el estado que representa como senador. De perder ante Trump (Cruz tiene un panorama ligeramente más complicado en las encuestas), las probabilidades de una declinación de Rubio se dispararían.
  • El establishment republicano se desdibuja: Trump ha secuestrado la sensatez partidista. Por un lado, el partido se congratula de que la tasa de participación entre blancos y conservadores esté sustancialmente mejorando. El ejemplo más claro es Nevada, donde Donald Trump obtuvo más votos él solo como candidato de los que todo el partido sumó en la primaria estatal de 2012. Sin embargo, el voto minoritario ha decidido elecciones en el pasado. Y el establishment está preocupado de que Hillary Clinton arrase ahí. Este dilema de bases electorales ha provocado que la élite partidista no sepa qué hacer con Trump. Mitt Romney, Paul Ryan y otros líderes comienzan a endurecer su discurso, pero tarde y sin mucho eco. Ante el atolondramiento generalizado, seguimos esperando alguna andanada orquestada por la élite partidista; alguna embestida final. No se vislumbra algún intento serio, aun.

 

Las siguientes dos semanas definirán ambas candidaturas. El Supermartes transcurrió sin sobresaltos, pero traerá efectos inmediatos. La fuga de Clinton y Trump es significativa, aunque se avecinan nuevos debates y una elección primaria en Florida y otros 4 estados, el 15 de marzo. Antes, habrá elecciones en Maine, Nebraska, Kentucky, Louisiana. Habremos de ver a Carson y/o Kasich declinando pronto. Sin embargo, las encuestas nacionales y la ventaja de Trump no cambiarán mucho. Los ataques se intensificarán. Mitt Romney es clave en el establishment y parece inclinarse por Rubio. Si Cruz y Rubio no declinan, Trump ganará Florida. Hillary hará lo mismo. El enfrentamiento entre ambos parece cantado. ¿Tendrán algo más que decir los jóvenes senadores republicanos? Lo dudo.

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Apología de Mi Voto (Simbólico) a Bernie Sanders

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Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Confieso que no soy ni seré estadunidense. No puedo ni podré votar algún día en aquel país. Tampoco lo deseo… no me lo tomen a mal. Pero si he de sincerarme, lo resiento un tanto. He visto escalar en los últimos meses la popularidad del candidato demócrata a la presidencia, Bernie Sanders, a niveles insospechados. Y con ello, mi involucramiento en la contienda electoral. Lo que en un principio era simple curiosidad y entretenimiento pueril de mi parte—lo subversivo siempre me será digno de atención—ha evolucionado. Ante mi propio asombro, podría decirse que me he encariñado con Bernie Sanders y su propuesta política. Aun sin poder votar. Ese simple hecho, por más insignificante y personal que parezca, revela mucho de este candidato y de la elección.

Permítanme un pequeño paréntesis. Comencé a seguirle la pista a Bernie Sanders en Twitter. Su largo historial como progresista e independiente en el Congreso me era hasta entonces desconocido. Es difícil que un auto-proclamado “socialista democrático” pase desapercibido en la política estadunidense, pero mi burbuja (mexicana) y yo ignorábamos su trayectoria hasta este proceso electoral. A medida que la contienda demócrata fue perdiendo insipidez y las encuestas cambiando, me fui familiarizando con las propuestas de política pública y el discurso del Senador por Vermont—como también lo he venido haciendo con Hillary Clinton y los candidatos republicanos. El punto de no retorno vino cuando asistí en Nueva York a una “Fiesta” organizada por voluntarios de la campaña de Sanders para presenciar el primer debate demócrata en compañía de otros simpatizantes en la zona vecinal. Dicho sea de paso, la zona no era ni más ni menos que el Distrito Financiero de Manhattan, el corazón de Wall Street—foco preferido de ataque de Sanders para denunciar las imperfecciones del Sueño Americano.

Salí del debate convencido de que no estaba ante cualquier fenómeno político-electoral. Durante el evento, el mismo Sanders resaltó que más de 4,000 hogares como en el que me encontraba yo en aquel momento, habían prestado su espacio para recibir a extraños afines al candidato. Ahí, rodeado por un grupo heterogéneo de estadunidenses que incluía a una directora de cine, a un desarrollador de videojuegos y a un financiero extranjero (yo), atestigüé de primera mano el común denominador del “Votante Sanders”: la presencia de un arraigado malestar, rayano en lo moral más que en lo utilitario, por el rumbo actual de la política en los Estados Unidos.

Las semanas y los debates pasaron y me seguí involucrando. Para entender las motivaciones de Sanders y su visión del futuro, decidí leer su reeditada autobiografía política: An Outsider in the White House, misma que recibí por correo meses después de haber donado a la campaña. Sí, doné a la campaña un monto (más que) simbólico para recibir el libro. Mi donación cayó en la categoría de “pequeña”—o menor a doscientos dólares. Me convertí en estadística en dos formas contrastantes: (1) como uno de los pocos “financieros” que habían donado a la campaña de Bernie Sanders; y (2) como “pequeño contribuyente”, ayudando a elevar el porcentaje de las donaciones que recibe el candidato por debajo del mencionado umbral, mismo que ronda un (astronómico) 88% y que difiere marcadamente del (deprimente) 20% de Hillary Clinton, según cifras de la Comisión Federal Electoral (FEC por sus siglas en inglés).

No era la primera vez que leía a un político estadunidense. Ya había cruzado por mi vida Dreams from My Father, escrita por Barack Obama antes de hacer carrera política. Pero sí era la primera ocasión en que leía a un socialista “Región Uno” y su estrategia para ganar elecciones apelando a un discurso populista, por construcción. Mi primer hallazgo: a Bernie Sanders no le incomoda ser tildado de progresista, pues su lucha política es en defensa de las familias de ingreso bajo y de los trabajadores; en pro de la expansión del estado de bienestar como regulador de justicia social, y en contra del financiamiento político-electoral del corporativismo estadunidense, la concentración obscena del ingreso y del capital, y del gasto militar en detrimento de la educación y la salud pública. Su lucha política va más allá de tasar alto al rico en beneficio del pobre. (Grata revelación.)

Mi segundo descubrimiento: Bernie Sanders es un obsesivo de la eficiencia gubernamental en el gasto. Cree que “no hay excusa para despilfarrar el dinero de los contribuyentes.” He ahí un marcado contraste con el populismo latinoamericano. Más que expandir el gasto de gobierno, busca redistribuirlo. Uno de los capítulos detalla cómo presentó en algún momento un “presupuesto alternativo” para expandir beneficios sociales en $800 mil millones de dólares, acompañado de un listado de recortes al gasto público, donde destaca la eliminación de subsidios a la industria militar. Sanders cree que cada dólar ahorrado debe de ir, principalmente, a beneficios sociales para la formación de capital humano (e.g., educación y salud). Esta prudencia fiscal es probablemente una extensión de su ascetismo. Pasajes del libro ayudan a entender al personaje. Entre ellos, destaca que Sanders no tenía un traje hasta después de haber ganado su primera elección; o que ya en Washington, él y su pareja habitaban en el sótano del departamento de un colega suyo de la Cámara de Representantes.

Más allá de la retórica habitual, la lectura de la autobiografía me llevó a un choque ideológico. La economía liberal sostiene como principio ideológico y empírico que la intervención del gobierno, si no es para remediar fallas de mercado, daña el crecimiento económico. Y claro, el verdadero debate económico está en cuáles son esas fallas de mercado. Hay argumentos sólidos para sostener que las propuestas de Sanders pueden ser dañinas, en el agregado, para la economía estadunidense. Bernie defiende un sindicalismo excesivo, promueve una alta injerencia del gobierno en la economía, se opone fuertemente al TLCAN -en su momento, desafió el rescate a México en la era Clinton- y también vislumbra una agresiva pulverización bancaria que puede resultar contraproducente. No obstante, hay razones para creer que la desigualdad social, la corrupción empresarial, los monopolios y la falta de inversión en capital humano también son lascivos para el crecimiento y desarrollo económico; y que la propuesta de Bernie Sanders de corregir estas fallas de mercado es atractiva cuando se incorporan sólidos argumentos de justicia social, igualdad racial y (re)encanto democrático. De ahí que mi choque ideológico se haya resuelto. (El título de la nota es sugestivo del desenlace.)

Bernie Sanders

Leer a Sanders también me llevó a entender la campaña que ha montado por la presidencia. Un tercer hallazgo: Bernie aborrece las campañas negativas. Su estrategia electoral y propuesta ideológica es crear “coaliciones de arcoíris” que mezclen variadas tonalidades ideológicas e intereses ciudadanos. Las campañas negativas son particularmente dañinas para Sanders, desde un punto de vista llanamente estratégico. La animadversión en cualquier elección lleva a que el debate público pierda sustancia. Sanders es altamente vulnerable a esta dinámica—no a los ataques—, pues su propuesta de cambio pierde enfoque. Es por ello que Hillary Clinton decidió atacar a su rival en semanas recientes, esperando que éste muerda el anzuelo. Lo cual difícilmente sucederá, pues Sanders cree que la congruencia es una de sus principales cualidades. Si Sanders no cae en provocaciones, Clinton puede caer aún más en un desencanto con el elector independiente, cansado de Washington y la vieja guardia política. A pesar de sus setenta y cuatro años de edad, Sanders encabeza la mayoría de las encuestas entre el electorado joven. Si es capaz de sacar a este grupo de electores—tradicionalmente apolítico— a votar en las primarias demócratas, puede sorprender y ganar algunos estados. Más allá de eso, él mismo acepta que una “revolución política” es necesaria para que él gane la elección general y para que Washington cambie.

Desconozco el resultado de la elección interna demócrata, pero el sistema político de los Estados Unidos gana con Bernie. La lucha social de Sanders trasciende elecciones y fronteras. Su lucha social no es partidista ni dependiente de resultados electorales; es “en defensa del ciudadano ordinario”. No representar intereses tradicionales cuesta. Como es de esperarse, Sanders perdió como candidato independiente muchas elecciones antes de convertirse en alcalde (1981-1989) de la “República Democrática de Burlington”, como era apodada la ciudad durante su gestión. Y aun perdiendo una y otra vez, mantuvo el mismo discurso, base de apoyo y estrategia electoral. Con el tiempo su discurso permeó al votante. Hoy Vermont es visto como un pequeño estado liberal, pero estuvo controlado por republicanos durante décadas. Sanders rompió el bipartidismo en ese pequeño estado conservador. Defender los intereses del ciudadano promedio en Washington lo llevó a alcanzar el récord de independiente con más antigüedad en la historia del Congreso de los Estados Unidos: 1991-2007 como congresista y 2007 a la fecha como senador.

La carrera de Bernie Sanders por la presidencia nació un 9 de diciembre de 2010, cuando un buen día tomó el micrófono en el Senado americano y habló durante ocho horas y media en un intento filibustero por impedir la extensión de la condenación impositiva a ricos implementada en la Era Bush. Esta carrera por la presidencia se pintó de azul (demócrata) por las altas barreras existentes para los candidatos independientes y porque Sanders desistió de dividir votos con los demócratas, lo que habría favorecido un eventual triunfo republicano. Confieso que simpatizo con Bernie: yo tampoco quiero ver a Trump o Cruz ganar esta elección. Ni quiero ver la brecha de desigualdad en los Estados Unidos o cualquier otro país (empezando por México) llegar a niveles obscenos. Entre las opciones disponibles para el votante, Clinton ofrece continuismo moderado. No es terrible. Pero el rejuvenecimiento democrático que necesita la política mundial demanda una defensa activa de los ideales sociales y económicos individuales. Una forma de hacerlo es votando. Otra es ofreciendo apoyo moral a causas con las que uno simpatiza. De ahí que esta haya sido una apología racional de mi simbólica decisión de votar por Bernie Sanders, ausente un derecho constitucional pero presente la conciencia.

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Fuente Imagen 1: Publico (http://whotv.com/2015/10/27/with-biden-out-hillary-clinton-regains-commanding-lead-in-iowa/)

Fuente Imagen 2: Reporte Índigo (http://www.reporteindigo.com/reporte/mundo/se-pone-mexicano)