Hidden Figures

 

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Margot creció en Hampton, Virginia, rodeada de mujeres matemáticas que trabajaban como computadoras humanas en la NASA cuando aún se llamaba NACA. Ellas le contaban historias de sus épocas, de 1943 a 1980, como las West Computers en el Langley Research Center cuando el hombre apenas imaginaba orbitar la tierra en el espacio. Su papá también trabajaba ahí, sus sábados consistían en ir a pasear por el complejo y recorrer los pasillos de la oficina con sus hermanos. Para ella, esto era normal, nunca se imaginó que existiera otra realidad americana en la cual las mujeres de ascendencia afroamericana no tuvieran trabajos tan destacados, no fueran científicas, ingenieras y matemáticas y, por supuesto, no mandaban a hombres a la luna.

Yo conocí a Margot en un entorno completamente distinto. Ella y su esposo Aran, escritora y editor, escaparon de la Ciudad de México como emprendedores para terminar en Valle de Bravo, enamorados del lago y la pequeña ciudad. Después de algunos encuentros esporádicos, me senté junto a Margot en una cena de Navidad. Me contó como empezó todo. En 2010, durante una de sus visitas obligadas a Virginia para visitar a su familia, Margot y Aran fueron a dar la vuelta por Hampton con sus padres. El padre de Margot no paró de contar historias y anécdotas que ella conocía bien pero eran nuevas para Aran. Fue él quien le dio la idea, ¿por qué no escribir de la historia de las mujeres que habitan esta ciudad, las mujeres que mandaron al hombre a la luna?

Eran tiempos de guerra y el gobierno americano necesitaba todo el apoyo para ganar la carrera al espacio. Las mujeres matemáticas blancas graduadas de las mejores universidades del país, encontraban trabajo en Langley Research Center y formaban parte del grupo de las East Computers. Sus contrapartes, las West Computers no podían usar el mismo baño, ni sentarse en la misma mesa en la cafetería durante épocas de segregación racial. Sin embargo, mandaron al hombre a la luna. Desafiaron las estadísticas educativas del país y le entregaron más de 40 años de vida a la NASA. Es increíble la fuerza y dedicación de estas mujeres que vivieron en un Estados Unidos en el cual sólo el 2% de las mujeres afroamericanas estudiaban una carrera y de ellas, el 60% se convertías en maestras de primarias y secundarias públicas. Con una seguridad brutal, le explicaban a sus jefe, un hombre blanco, que sus cálculos estaban correctos, que podían llegar a la luna. Hidden Figures cuenta la historia de cuarto mujeres; Katherine Johnson, Dorothy Vaughan, Christine Darden y Mary Jackson, que cambiaron la historia de Estados Unidos a pesar de la segregación racial dominante de la época.

Seis años después del inicio de la idea, el libro, sin haber sido distribuido, ya era un bestseller. Y, como una historia tan increíble como esta no puede quedar alejada de Hollywood por mucho tiempo, el día que salió la preventa del libro, se estrenó el primer tráiler oficial de la película. En diciembre podremos ver a Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe contar la historia de las cifras ocultas de Margot. En cada página que leo, sonrío y me imagino a Margot escribiendo con una dedicación envidiable y apasionada para generar una investigación impecable.

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Noguchi en Queens

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Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Fotografías por: Andrés Hernández

Un día a mediados de agosto decidimos conocer una parte nueva de Nueva York. Coincidió con ser el día más caliente del año, estábamos a 38 grados Celsius con una sensación de 42. Al salir a caminar, sentí una ola de calor similar a la que se siente cuando uno abre la puerta del horno. La ciudad parecía un pueblo fantasma en uno de los siete círculos del infierno. Las calles completamente vacías extrañando las hordas de turistas recluidos en cafés y tiendas. Parecía como si el calor fuera una amenaza silenciosa e invisible pero mortal. Aún así, no dejamos que esas temperaturas extraordinarias se interpusieran en nuestro camino. Yo había visitado el museo Noguchi hace seis años. Ese día estaba cerrado el jardín y dado que Noguchi tenía ascendencia japonesa, tenía ganas de ver lo que logró hacer de un terreno medio perdido en Queens.

Nos bajamos en Astoria, un barrio más chaparro, más latino y más sucio que el nuestro. Ese día estaba igual de vacío debido a las temperaturas infernales causadas por el cambio climático. Caminamos 15 minutos para llegar al museo, era imposible emitir sonidos porque toda nuestra energía estaba concentrada en no pensar en el calor. Por fin, llegamos al edificio de ladrillos en forma de triángulo con unas letras blancas: “Noguchi.” Era como ver un oasis en medio del desierto, no sabíamos bien si ya habíamos llegado o era sólo la ilusión de encontrar un lugar con aire acondicionado.

El museo tiene una distribución muy interesante. La recepción no mide más de 10 metros cuadrados y entrando a la izquierda está la entrada al jardín de esculturas. Una característica interesante del museo es que el visitante se topa con las piezas más recientes del artista primero, es decir, una retrospectiva en reversa. El espectador puede ver el crecimiento artístico y cambio de materiales y técnicas hacia atrás. Se crea una perspectiva única. El edificio en sí es una pieza más de la colección, las galerías son espacios de techos altos con luz natural y con toques medio industriales. Me recordó al estudio de Diego y Frida en Altavista en la Ciudad de México. De repente, las esculturas de Noguchi aparecen entre las paredes o en el piso, otras parecen espectadores y se confunden con los visitantes. Cada pieza crea un espacio dentro de la galería y se complementa con la siguiente pieza. Los colores y las formas de las piedras que usa en sus esculturas coinciden con el cuarto en el que se encuentran.

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El jardín, las bancas, las fuentes y las lámparas además de ser bellas cumplen una función. Noguchi borró la línea delgada entre el diseño y el arte no sólo en objetos, si no también en las esculturas mismas. Usa la composición de la piedra, las formas hechas por la naturaleza y las incorpora en su obra de arte y al espacio que ocupan. En la cafetería del museo, hojeé la biografía del artista. Isamu Noguchi nació en 1904 en Los Ángeles pero vivió hasta los trece años en Japón. Empezó sus estudios de medicina en la Universidad de Columbia pero se desvió a la escultura al tomar clases en el sur más bohemio de la ciudad. Pronto su talento relució y su expresión artística tomó la forma de esculturas, cerámica, lámparas, proyectos públicos y diseño de escenografías. Usó su arte con fines de protesta pública y manifestó su apoyo a Japoneses Americanos después de Pearl Harbor. En 1985 fundó el Museo Noguchi con la idea de fusionar un espacio público con obras de artes [1].

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Estaba fascinada con la biografía y las creaciones del artista. Al hojear rápido otro libro sobre su vida, saltó una foto de Frida Kahlo. Según una entrevista con la curadora del museo, Noguchi tuvo un amorío con Frida mientras creaba el mural en relieve, History, As seen from Mexico en el Mercado Aberlardo L. Rodríguez en la Ciudad de México [2]. No sé por qué eso me hizo sentir una conexión más hogareña con el museo y con el artista. Esa tarde, Noguchi nos rescató de un día que el resto de los neoyorkinos perdieron al resguardarse del calor, y yo sentí una paz extrañamente mexicana en ese infierno de calor sentada en un jardín con influencias japoneses.

[1] http://www.noguchi.org/noguchi/biography

[2] Wendolyn Lozano Tova. “Isamu Noguchi: On Becoming an Artist.” Literal. April 24, 2012. http://literalmagazine.com/isamu-noguchi-on-becoming-an-artist/

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Shakespeare en el Parque

Teatro

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Nunca había escuchado de la obra Troilo y Crésida de Shakespeare, pero la experiencia de ver la puesta en escena en el Teatro Delacorte de Central Park un miércoles de luna llena pintaba para ser una noche mágica… Y lo fue.

La guerra de Troya es una historia que todos conocemos, si bien a veces confundimos a los griegos con los troyanos, sabemos que un enamorado se roba a la esposa de otro, el despojado enfurece e inicia el conflicto bélico. También sabemos que existe un Ulises, quien tarda años en regresar a casa y que gracias a Argos, su perro, lo reconocen. Un Aquiles invencible y un Patroclo hermoso, con quien compartía cabaña… Y, claro, un caballo que termina todo.

Ahora bien, Shakespeare en esta obra nos sitúa en el famoso estancamiento, esos nueve años durante la guerra cuando ningún bando, griegos o troyanos, está ganando. La escenografía en esta adaptación consta de cuatro muros negros y rojos que se mueven diagonal y verticalmente para darle profundidad al escenario. Los soldados de ambos lados van vestidos como soldados de guerra actual: los troyanos de negro y los griegos de camuflaje. Durante el estancamiento, el dramaturgo teje una historia de amor en la trama. No es una historia de amor complicada e imposible, estilo Romeo y Julieta, es una historia plana y sencilla. Los dos amantes se quieren y son del mismo bando (troyanos) pero no han podido entablar una conservación porque a los dos les da vergüenza. Un amor tan superficial, que no pasa ni un día, después de la noche de pasión cuando ella, Crésida, se deja seducir por la charla dulce de un griego y le obsequia la pulsera que su supuesto amor Troilo le acaba de dar. Éste descubre la pulsera a media pelea y por supuesto no está nada contento.

Para mí, la genialidad de Shakespeare se esconde en los diálogos de Pándaro, el cupido de la obra. Pándaro, el tío de Crésida cuyo papel parece existir sólo para juntar a los amantes, narra la primera y la última escena de la obra. En la primera escena, lamenta el amor entre los dos jóvenes y como están mal comunicados gracias a la guerra que los rodea. Transcurren tres horas, pasa todo lo que sabemos; Aquiles no quiere pelear, Héctor, guapísimo, vestido de militar pelea con Ajax, un soldado increíblemente simple y tonto. Cassandra balbucea profecías que nadie escucha. Más guerras, metralletas, peleas físicas, luces y producción. Crésida cae en la seducción del otro. Troilo la observa de lejos y en un instante se evapora la pasión y se desvanece. Al final, cuando Aquiles mata a Héctor, se cuela este intersticio de la historia de amor. Pándaro, al ver lo que sucede entre los amantes, termina la obra mientras cuestiona su rol en la historia. Si existía únicamente para fungir como cupido y ahora la pareja que creó ya no existe, ¿cuál es ahora el propósito de su existencia? Y con ese final incómodo, inconcluso en todas las historias, acaba.

Supongo que Shakespeare asumió que sabíamos cómo terminaba la narración de la mayor guerra de la literatura y quiso tejer una historia de amor fallida en un momento pausado. Aún así, la experiencia fue mágica. El diálogo en inglés shakesperiano combinado con vestimenta moderna, Central Park y la luna llena se sumaron a los actores principales de la noche. Me quedo con ese Ulises calvo fungiendo como mente brillante al matar a Patroclo para provocar a Aquiles. Aunque debo confesar que por más que intenté querer a este Aquiles, orgullo y panzón, mi Aquiles favorito y por consecuencia, mi Patroclo favorito, siempre será el de La Canción de Aquiles de la autora Madeline Miller. Esa sí es una historia de amor.

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La Ciudad Cuenta Cuentos

TheMoth

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Nueva York es una ciudad que cuenta cuentos y crea tendencias. Brotan filas inexplicablemente afuera de restaurantes que adquieren su fama por salir en series de televisión, o afuera de las tiendas que aparecieron en otra lista más de los diez mejores postres del verano según TimeOut, e inundan las calles con turistas y locales en busca de lo mejor. Después de estar parados en el sol durante al menos una hora, los formados están listos para subir fotos a redes sociales en donde posan mientras escuchan a la filarmónica en Central Park o devoran hamburguesas bañadas en queso azul con tocino.  Afortunadamente, las tendencias no sólo son culinarias y hay enormes cantidades de eventos culturales para todas las carteras. Claro está que las filas persiguen a cualquier tipo de evento; es cuestión de saber cuándo y cómo estar en el lugar indicado para conseguir entradas.

En el corazón de SoHo, al atardecer, llegamos a una tal fila. No había más de doscientas personas pero tampoco había menos de cien. Todos los integrantes de la fila, se encuentran parados de una forma muy casual mientras toman café frío y platican de las expectativas del evento, esperando a la apertura de una puerta negra al final de la calle.  Los vecinos conocedores no preguntan por qué hay esa cantidad de personas parados simplemente en espera de algo, es normal ver situaciones semejantes.

Media hora después entramos. De la puerta negra emerge una librería de libros usados con luz tenue y madera oscura. Los personajes de cuento despeinados, en chanclas, faldas largas, shorts; con bolsas de tela y lentes de pasta dura, con o sin aumento. En el centro de la librería—un micrófono solitario. A las 7:30pm en punto, empezó.  El Arte del Storytelling. Un espacio para la narrativa hablada, y, a la vez, una retrospectiva a la tradición oral. Las reglas son muy sencillas; el valiente tiene cinco minutos para contar un cuento que se relacione con un tema predeterminado (en este caso fue “ser botado,” en cualquier sentido de la palabra), el cuento tiene que ser personal, verídico y constar de un principio y final. No puede ser un monólogo interior ni espirales de sentimientos encontrados. La desinhibición literal de diez voluntarios.

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No me sorprendió la desenvoltura de los americanos en contar historias. La seguridad en sí mismos la cultivan desde bebés. No me sorprendieron los temas de las narraciones; historias de corazones rotos, engaños desafortunados, lecciones indeseadas y con algunos toques de comedia y autocrítica. Sí me sorprendió mi reacción y la de mis compañeros. En tan sólo cinco minutos, el orador (de cualquier edad, género y raza), forja una atracción cerrada con cada individuo del público. Lo convence de que él, espectador, también puede contar un cuento. No narra una historia para el mundo, cuenta una historia en una conversación bilateral para estimular neuronas creativas. Al terminar, se baja del escenario y se confunde de nuevo entre los espectadores. El sentimiento  que deja en el micrófono lo absorbe el siguiente orador, quien, a pesar de contar una historia completamente diferente, se somete a un público, acostumbrado a hilar historias que fusiona en una todas los cuentos de la noche. El cuento con el que empecé este artículo. El cuento de crear tendencias y envolver historias cotidianas en la historia de una ciudad.

The Moth es el nombre que recibe la comunidad que organiza dichos eventos para contar cuentos, y ahora es parte de la historia de la ciudad de Nueva York (y, como consecuencia, ha salido en series de televisión). Empezó en 1997 en la casa de un grupo de amigos que se juntaban a contar cuentos por la noche. Creció a ser una institución que organiza eventos para contar historias y narrativas orales, que tiene una estación de radio y organiza talleres en preparatorias y universidades públicas.  Su misión es compartir y cultivar oradores para crear tejido social a través de una práctica antigua, de una primera frase que intriga y transporta al público al ambiente del cuento y una última frase que los deja enganchados.

Más allá de lo que organiza, para el espectador, The Moth es una organización que toca la fibra interna cuenta cuentos de cada uno de nosotros y contagia el sentimiento de búsqueda de aceptación y conexión con el público al escuchar suspiros de admiración. Debí mencionar que la noche también es un concurso, de los diez oradores, uno tiene la oportunidad de competir de nuevo en otra ciudad según el criterio del público. Este cuento termina con el ganador—un americano con acento extranjero que logró ponerle crema a sus tacos y en cinco minutos cautivar a los espectadores y sumarle un capítulo más al cuento de Nueva York.

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Viaje al Centro de la Tierra

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Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Imágenes: Angélica Creixell

Sin querer llegamos a Snaefellsnes. Hasta ahora, nuestro viaje consistía en seguir al instinto y a la naturaleza. Parar espontáneamente para observar los paisajes espectaculares, los animales árticos o simplemente para respirar el aire que rodea semejante espacio. De este modo, y después de siete días, llegamos a la parte más oeste de la pequeña isla. Paramos más por el vértigo inevitable que sentimos al ver el Océano Atlántico, que por otra razón. Anarstapi, el nombre del pueblo, iluminó una parte de mi cerebro en donde duermen las memorias de mi infancia. Anarstapi, Stapi, ¿será?

Debo admitir que no fue mi memoria la que recordó aquel nombre, sino el letrero en la entrada del pueblo.

“Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que la sombra del Scartaris avaricia antes de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he llegado yo.”

– Arne Saknussemm

Una frase legendaria escrita en más de diez lenguas para invitar a todos los turistas que se atreven a visitar tierras volcánicas a descender al centro de la tierra. Y, así, en ese desvío llegamos al mundo de Julio Verne. Hasta ahora, esta isla maravillosa nos había entregado sólo magia—cataratas escondidas detrás de fallas geográficas, playas de tierra negra, lagunas glaciares, focas, zorros árticos, ballenas jorobadas—y ahora nos regalaba también literatura. Nos transportamos a 1864 y caminamos junto con Axel, Hans, y por supuesto, el tío Lidenbrock, el mismo camino que recorrieron ellos para llegar al centro de nuestro planeta.

Tan solo unos días después de descifrar el mensaje escrito en runas nórdicas por el alquimista Struluson, Lidenbrock y Axel parten rumbo al centro de la tierra. En esa época, les tomó diez días llegar de Copenhague a Reikiavik en una barco con velas, a nosotros, un poco menos romántico, nos tomó un vuelo incómodo de cinco horas en una aerolínea lowcost. Aunque la llegada fue algo distinta, las impresiones iniciales trascendieron los límites del tiempo y de la ficción.

Axel caminó por la calle principal de la ciudad, igual que nosotros, y contempló el intercambio de bacalao entre marineros, su mayor exportación en esa época y también hoy. Notó el color gris de las paredes de la casas que se mezclan con el paisaje volcánico. Describe a los islandeses como alemanes rubios de miradas pensativas, separados de la humanidad por océanos y glaciares. Creo que cambiaría un poco su descripción si supiera que hoy es uno de los países con mayor conectividad de internet del mundo. Aún así, concuerda con otra realidad presente, en esta isla de hielo prevalece la afición por el estudio, no sólo todos saben leer, todos leen. También compartí con Axel un skyr, él lo describe como leche cuajada y yo como una especie de yogurt con un ligero toque de “danonino”.

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Después de pasar algunos días en la capital, emprenden el camino a Snaefellsnes, península en la cual existe el volcán cuyo cráter es el camino al centro de la tierra. El viaje que ellos hacen a caballo islandés en siete días, atravesando fiordos, colinas y tundra, a nosotros nos tomó tan sólo dos horas en un auto compacto. Axel se exalta con las columnas verticales completamente rectangulares, debido a las formaciones de lava, que estallan contra las olas del mar. Las mismas columnas a las que nosotros incansablemente tomamos fotografías para presumir la simetría y perfección de la naturaleza. Es aquí, en Anarstapi, donde descienden al centro de la tierra y aparecen, algunas semanas después, en Stromboli, Italia, después de una gran aventura.

No puedo evitar sonreír para mí misma al conocer la historia real. La verdad es que el camino al centro de la tierra en realidad lo descubrieron las ovejas. Sí, esas criaturas sumamente ininteligentes y peludas les quitaron todo el éxito a Lidenbrock y Axel. Al final de cada día, los pastores islandeses contaban desesperados como sus ovejas disminuían en números. Aunque las buscaban por toda la península, no las encontraban, desaparecían de la faz de tierra. Fue hasta que un pastor astuto decidió pasar todo el día con las ovejas, en lugar de dejarlas pasear libremente, para descifrar el misterio. De repente, recostado sobre una roca, delante de sus ojos desapareció una oveja. Corrió al lugar del suceso, la oveja se encontraba dos niveles abajo, en una cueva subterránea creada por la explosión del volcán del siglo IX. El ladrón de ovejas era en realidad el centro de la tierra de Julio Verne.

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Las “Asombrosas Criaturas” de Theo Jansen

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Animaris Umerus, Scheveningen beach, The Netherlands (2009). Courtesy of Theo Jansen. Photo by Loek van der Klis

Por: Angélica Creixell – @angecreixell

En el corazón de Chicago, en un edificio más chaparro que los que lo rodean, existe un lugar de escape (y resguardo durante los temibles meses de invierno) para todos los ciudadanos y visitantes. En mi última estancia en esta ciudad, visité a una amiga que, aunque se mudó hace apenas unos meses, los ha dedicado a volverse una auténtica local y fue ella quien me lo presentó. El Centro Cultural de Chicago (CCC) me pareció una joya arquitectónica que todo turista debe visitar. No sólo para admirar la cúpula de Tiffany y los acabados de las escaleras, sino también para descubrir un espacio público de descanso, plática, arte y educación. La ciudad optó por darle un lugar especial a las tertulias e intercambios de ideas a través de un edificio hermoso y un acceso gratuito que atrae a todo el que pasa por ahí, o al menos, a nosotras.

Entré al centro porque quería ver si realmente existía este Palacio de las personas, como lo conocen los locales. Y sí, en el sótano hay mesas, sillas y sillones para todos y, al ser la hora del almuerzo, todo estaba ocupado. La gente se movía con una familiaridad similar a la de estar en casa, porque de alguna forma, están en casa. Subimos para conocer más y continuar con el tour de intercambios culturales. En el tercer piso, de reojo, había un letrero que nos llamó la atención: STRANDBEEST (Strand = Playa, Beest = Bestia). Pensamos que era una exposición de fotografía, pero en realidad eran bestias. Estructuras gigantes hechas de tubos amarillos, botellas de plástico y velas. Tienen la forma de criaturas mitad dinosaurio mitad cangrejo pero carecen piel. Son esqueletos semi-vivos que habitan las playas de los Países Bajos.

Theo Jansen, el creador de semejantes animales, lleva al límite la relación entre arte, ingeniería, creación y movimiento. Desde 1990 ha creado bestias para dejarlas sueltas en las playas y conquistar los corazones de los bañistas. Aunque no sé mucho de ingeniería, entendí el mecanismo de movimiento porque se puede ver entre los tubos. En la parte superior de la bestia, una especie de columna vertebral, se colocan botellas de plástico que por medio del viento y una válvula para bicicletas, comprimen aire y lo utilizan para avanzar. Las alas y boyas de los lados, hechos de lona, guían a la bestia en línea recta para evitar que juegue con las olas de mar. La parte más importante, la estructura en sí hecha de tubos amarillos, se comporta como los músculos del cuerpo humano y generan el movimiento. El aire comprimido de las botellas mueve las barras transversales que sostienen los múltiples pies de las bestias y cada uno avanza a un ritmo diferente.

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Nosotras tuvimos la suerte de ver a “Animaris Umerus,” la bestia en movimiento. Al ser las playas del norte de Europa su hábitat natural, Jansen creó una bestia domesticada para enseñarle al resto del mundo su creación. Amimaris Umerus, cuyo nombre significa animal marino con hombros, caminó para nosotras y recorrió los pasillos del centro cultural. Su entrenador nos mostró lo hábil que es para huir de momentos incómodos. En el instante que se le acercaron diez estudiantes de secundaria, aterrado de la locura de las futuras generaciones y su inevitable apariencia en redes sociales, caminó hacia atrás a toda velocidad hasta terminarse el aire comprimido que le da vida y, silencioso, se resguardo en la esquina.

Datos de la muestra: La exposición “ASOMBROSAS CRIATURAS” se presentará en nuestro país del 13 de mayo al 13 de agosto de 2017 en el Laboratorio de Arte Alameda (Doctor Mora 7, Centro, Cuauhtémoc, Ciudad de México).

Horario: martes a domingo de 9 a 17 hrs. Costo de entrada: 30 pesos. 

¡No se lo pierdan!

Para más información sobre la muestra en México dirígete a este link.

Aquí les dejo su página: http://www.strandbeest.com/

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La Historia Única

Chimamanda

Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Imagen: Akintunde Akinleye para Vogue

Si no han leído o escuchado una conferencia, incluso un podcast, de Chimamanda N. Adichie, recomiendo que dejen de hacer lo que sea que estén haciendo y lo busquen. No dudo que quedarán sorprendidos o, por lo menos, algo en su interior se moverá por la intriga al leer el primer capítulo de Americanah o escuchar cinco minutos de su teoría sobre la “historia única” o su teoría de por qué todos deberíamos de ser feministas. Tiene una sutileza particular que le permite de hablar de temas controversiales—el racismo en Estados Unidos, la migración global y temas de género—a través de personajes de la cotidianidad; en Americanah, una profesora de una universidad prestigiosa y un inmigrante ilegal africano en Londres; en Medio sol amarillo, la historia de vida de un niño, sirviente de las clases altas nigerianas. Cada personaje aporta una perspectiva distinta a una historia y la percepción del lector sobre los nigerianos cambia entre capítulos. Al final, sin darse cuenta, el lector tiene una historia completa de Nigeria.

En su novela, Chimamanda logra borrar los peligros de lo que ella llama una “historia única”,

“The single story creates stereotypes, and the problem with stereotypes is not that they are untrue, but that they are incomplete. They make one story become the only story.”

(“La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Hacen de una sóla historia la única historia.”)

La “historia única” no es sólo un punto de vista, es una percepción limitada de un lugar, persona o grupo de personas. En una plática, Chimamanda nos cuenta su experiencia cuando llegó por primera vez a Estados Unidos y comparte cuarto con una americana. Esta roommate estaba muy consternada e intrigada por Chimamanda. ¿De dónde venía? ¿Cómo sabía hablar ingles tan bien? ¿Qué música escuchaba en Nigeria? ¿Qué hacía en los Estados Unidos? Preguntas similares a las que recibí yo (y probablemente la mayoría de mis compatriotas) cuando me mudé a Estados Unidos. Pareciera que mis compañeros tienen una “historia única” de los mexicanos y nos encasillan a todos en estas características. Caen en los estereotipos de una “historia única” y generan barreras, cuando en realidad, somos más parecidos de lo que creen. Chimamanda reconoce cómo se sorprendió de los mexicanos la primera vez que visitó Guadalajara. Al estar expuesta a las noticias sobre México en EUA, cada vez que escuchaba la palabra “migración,” su cabeza inmediatamente creaba una traducción inmediata a “mexicano.” Ella misma fue víctima de una “historia única.”

La autora juega con temas políticos mediante una historia contada en diferentes tiempos y personajes. El lector aprende indirectamente sobre las relaciones interraciales en Estados Unidos y Londres, así como los muros invisibles que existen en Nigeria, definidos por las tribus y no por los poderes colonialistas. Cuestiona los lineamientos de belleza en EUA con las curvas y tonos de piel de sus protagonistas. Nos sumerge en la cotidianidad de visitar un salón de belleza o la extraña relación que se forma entre extraños al esperar el transporte público. Para mí, esto es lo delicioso; leer entre líneas y encontrar las similitudes con mi historia.

Los dejo con una frase—mientras un personaje espera el autobús:

“The man standing closest to her was eating an ice cream cone; she had always found it a little irresponsible, the eating of ice cream cones by grown-up American men, especially the eating of ice cream cones by grown-up American men in public.” 

(“El hombre más cercano a ella comía un cucurucho; eso siempre le había parecido un tanto irresponsable, que un hombre estadunidense adulto comiera cucuruchos, y muy en especial que un hombre estadunidense adulto comiera cucuruchos en público.”)

                                                                          – Americanah, Chimamanda N. Adichie

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