Miradas externas: ¿qué secretos esconden?

Por: Alex Leurs

¿Alguna vez has tenido esa sensación extraña de que la gente ve en ti cosas que tú mismo puedes no reconocer? ¿Te ha pasado que alguien hable de ti y no puedas reconocerte en sus observaciones ? ¿Qué podemos aprender al confrontarnos con una mirada externa?

Es un fenómeno similar a cuando te escuchas en una grabación y no logras reconocer tu propia voz. Evidentemente sabes que eres tú, algo dentro de ti lo intuye. La dificultad no recae en el reconocimiento de la voz sino en el reconocerse a sí mismo en ella. La voz capturada y reproducida desde un aparato es experimentada como algo externo generando así distancia entre el productor y su producto. La distancia física y simbólica genera extrañeza al confrontar la construcción fantasmática de nosotros mismos a una escucha externa. Es un reflejo subjetivo de nosotros mismos.

Tomar distancia con respecto a nosotros mismos no es tarea fácil. Si bien existen algunas técnicas que lo facilitan (por ejemplo, la meditación), la retroalimentación por parte de terceros que aportan “miradas externas” es la fuente más importante para tomar distancia con respecto a uno mismo. Ahora bien, estas miradas —por sus estatutos de “externo”— son susceptibles de abrir caminos/posibilidades no imaginados previamente por la persona en cuestión. Esto es a lo que nos referimos cuando apelamos a una persona fuera de un contexto específico para aportar “una mirada fresca”. Todo sistema/individuo se representa a sí mismo de una forma que supone omitir otro sinfín de posibilidades y una mirada externa puede abrir nuevas perspectivas.

Mientras todavía vivía en México tuve la oportunidad de vivir una experiencia de este estilo. Recién egresado de la carrera de psicología me confronté con la necesidad de ser creativo y pro-activo para encontrar fuentes de ingreso. Así, empecé a ofrecer clases particulares para estudiantes con dificultades académicas. En casas como en cafés me desplazaba por la ciudad para dar clases. En una ocasión, sentado en El Globo de avenida Universidad, frente al Liceo de Coyoacán, tuve la oportunidad de experimentar una mirada externa sobre mí mismo. Mientras mi estudiante se empeñaba en lograr un ejercicio de álgebra mi mirada divagaba en el mar de automóviles. De repente una chica de unos 16 años entró acompañada de un hombre mayor al café. El vestía un pantalón de vestir, una camisa y una corbata. Ella había optado por algo menos común, un vestido medieval.

El binomio particular se instaló detrás de nosotros y se puso a trabajar. No sé si era su vestido particular, le sensación de ser observado o simplemente intuición de lo que sucedería después pero estaba completamente absorto por esa mesa. Me preguntaba qué podría hacer una chica con un vestido así en un día tan acalorado. Por un lado pensaba que estaba loca y por el otro lado la consideraba muy valiente. Algo en la forma en la que portaba su vestido me hacia pensar que solía hacerlo frecuentemente. No era un disfraz sino su forma de vestir, su sentido de la moda, su forma de ser. Intrigado, buscaba todos los pretextos posibles para voltearme y observarlos trabajar. La dinámica entre ellos me hizo rápidamente pensar que ella estaba tomando una clase: ella estaba sobre una hoja de papel, escribía, borraba y lo compartía con su acompañante quién parecía hacer comentarios sobre su trabajo.

Mi estudiante mató mis fantasmas preguntándome cómo despejar un cuadrado en su ecuación. Regresé a la realidad y seguimos trabajando.

Pocos momentos después escuché movimiento en la mesa de atrás y al voltearme vi a la chica caminar hacia mí. La mirada fija en el piso extendió su mano y me tendió una hoja de papel. Mi egocentrismo imaginó que me estaba dando su numero de teléfono. Mi ego creció, sonreí y antes de poder decir gracias ella se había esfumado. La vi pasar por la calle, voltear a verme y acelerar el paso. Nunca mas volví a verla.

Hipnotizado por algo que no puedo describir mi mirada estaba perdida nuevamente en el tráfico. El alumno cerró su cuaderno “listo, ¡ya terminé!” y salió corriendo al ver la camioneta de su mamá llegar. Yo seguía en trance. No tenia demasiado sentido. Seguía procesando algo que no entendía. Con cierta prisa abrí la hoja de papel y descubrí una mirada externa de mí. No había número de teléfono. No había nombre. En esa hoja de papel había un poema. Una historia de nosotros, de nuestro encuentro.

No es posible quererte así
De una manera sin nombre
Y que no pueda dormirme
Porque tu recuerdo siempre esta aquí.

Sigo sin saber, quién eres,
Tu recuerdo se esfuma de mi mente,
Un recuerdo por siempre presente.
Pero no, no eres uno mas de mis placeres.

Creo recordarte, aunque a veces
La memoria me traiciona
Y ciertos detalles se evaporan
He olvidado el color de tus ojos.

Te esfumas entre la gente,
Tu ropa se confunde entre marabuntas.
Sin embargo hoy de noche regresas entre todos,
Y una vez más nos encontramos.

Caminamos entre sonámbulos,
Y aun rodeados por una multitud
Estamos absolutamente solos.

Esta vez sí, resuena por mi cabeza,
Sueño con que esta vez sí nos presentamos,
Entre el bullicio, escucho un nombre.

Los autos seguían desfilando. Levanté la mirada para buscarla. Estaba intrigado. Ella me había visto, leído e interpretado. Su visión, fijada en esa secuencia poética me arrojaba algo de mí que no había reconocido. ¿Cómo puedes haber imaginado eso sin conocerme? ¿Qué transmití sin darme cuenta? No nos conocíamos. No importa, sus palabras me marcaron y me abrieron caminos de reflexión sobre mí. Una mirada externa introdujo distancia con la cual pude considerarme a través de otros ojos. Por un momento fui aventurero, amante de una desconocida y viajero de sueños.

En sus palabras me descubrí nuevamente.

Tal vez, como seres humanos, estamos confinados a un eterno proceso de descubrimiento con los cuales actualizarnos constantemente. Así, entonces, el ser humano más que ser, deviene constantemente a través de una síntesis de miradas externas.

“Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros” – J.P. Sartre-.

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Acción y palabra: ¿hasta la victoria siempre?

Yoga

Por: Alex Leurs

El Bahavagad-Gita, elemento central del poema Mahabarata, es uno de los textos sagrados más importantes del Hinduismo. Escrito originalmente en sánscrito —la lengua sagrada de los dioses—, se le considera como el texto fundador de la filosofía yóguica. En él, Krisna dialoga con el príncipe Aryuna en la víspera de la batalla de Kurukshetra. Reflexionando sobre el camino espiritual, el príncipe pone en duda su involucramiento en la batalla. Perseguido por una comprensión moralista del mundo considera que emprender la batalla, una acción que traería la muerte de conocidos, es incompatible con una vida que pretende romper el ciclo de las reencarnaciones (Samsara). Sin embargo Krisna señala que la acción es una de las vías principales para romper el Samsara y que la vida le ha dado las herramientas para dirigir la guerra. Es su responsabilidad usar esas herramientas y por lo tanto, en este caso, Aryuna debería no solo emprender en la batalla sino ganarla.

Detrás de las palabras de Krisna se encuentra el corazón de la doctrina yóguica. Sí, el yoga es una filosofía de vida que se centra en la acción y, más específicamente, en el alineamiento de la acción con la intención. De esta manera queda que toda acción se puede realizar de dos formas: siendo —o no— “consciente” de lo que se hace, por qué y cómo se hace. El yoga no puede ser reducido a su versión Occidental consumista: tapetes de colores, licras bonitas, botellitas con agua purificada, la esperanza de un mejor cuerpo, una o dos horas a la semana. El yoga trae la mente a la acción. Puedes hacer yoga mientras lavas los trastes, cantas, haces ejercicio o el amor. Es el matrimonio del cuerpo con la mente en el presente: la intención alineada con la acción. La filosofía yóguica nos ayuda a exponer las condiciones en las cuales la acción es fuente de cambio, de ruptura de patrones en el sentido largo de la palabra.

En el transcurso de su diálogo Krisna invita a Aryuna a considerar un panorama más grande. ¿Cuál es el sentido de su acción? ¿Qué es lo que defiende? ¿A quién protege? ¿De qué? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene esta batalla a la luz de la historia? ¿De su historia? Pelear por pelear y pelear por defender a tu prójimo no es lo mismo. Podríamos decir que se trata de pelear con el corazón en la mano, con la convicción de que esa pelea tiene un objetivo que merece ser perseguido.

Ahora bien, en este artículo no pretendo reproducir el contenido de un texto sagrado y mucho menos vulgarizarlo. Más bien se trata de un punto de partida para reflexionar sobre las acciones en nuestro presente político, económico y social.

En el presente que nos toca compartir me parece que la palabra (individual, ciudadana y/o colectiva) ocupa un lugar paradójico: si bien parece estar legitimada no parece abrir caminos de alternativas. La palabra está habilitada porque en el inconsciente colectivo occidental la democracia y la libertad destronaron la autoridad tiránica y la represión. Y si bien es verdad que la(s) palabra(s) puede(n) —en algunas circunstancias— llegar a representar una acción, también es verdad que la palabra puede ser usada para eludir la acción. Las plataformas sociales han generado un espacio ilusorio en el cual las opiniones se transforman en enunciados arrojados en un barranco a un vacío que fantaseamos está repleto de gente esperando por nosotros. En esta configuración, dar su opinión parece ser sinónimo de una acción que reivindica una toma de posición. La paradoja radica en que el eco de nuestras intenciones muere en el vacío del barranco al buscar un amplificador de señal que pueda crear de él una acción. Y si hace falta un receptor para cargar la palabra y transformarla en acción es porque nosotros mismos no sabemos cargar con nuestras vociferaciones. Palabras fuertes en bocas débiles. Hoy por hoy hablamos fácilmente de revolución, en el plato, en la calle, en la economía y en la política. Pero, ¿quién entiende realmente el alcance de usar esa palabra? ¿Lo que supone? ¿Lo que incita? ¿Las puertas que abre? ¿Sus repercusiones? ¿Su significado?

Decir que vivimos momentos nunca antes vistos sería una ablación total de la historia (típica del egocentrismo humano). Sin embargo, estos parecen ser tiempos cargados de un ambiente que grita: indignación. Cambio. Ahora o nunca. Tal vez sea el peso de la historia que nos recuerda que se repite. Lo que hoy en día vivimos tanto a nivel nacional (corrupción, violencia, inseguridad, incertidumbre, descontento, falta de cohesión social) como a nivel internacional (Trump, Brexit, Le Pen o Mélenchon, Syria, Venezuela, Corea del Norte, Ukrania) parece ser la repetición de un viejo escenario con actores diferentes. Lo que hoy se repite es el ser humano intolerante, desolado y alienado en busca de métodos para defenderse de una amenaza exterior que en realidad es interna y consecuente del miedo a la diferencia. La historia se repite, nos la han cantado desde niños, pero hace falta un poco de perspectiva para darse cuenta de la veracidad de esas palabras. Sentir el peso de la “Crónica de una decadencia anunciada”. La historia se repite y tenemos —a mi parecer— mayor obligación que nuestros antepasados a emprender acciones coherentes con lo que hemos aprendido de lo que ellos han vivido. Deberíamos considerar el peso de la palabra revolución ante la luz de la historia de nuestros antepasados. De alguna manera, todos somos productos de una historia cuyas dimensiones trascienden las de una sola vida.

La pregunta entonces es: ¿qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos asumido esa responsabilidad que la historia y nuestro presente de conectividad e información nos arrojan implícitamente? ¿Asumimos esa responsabilidad? O, como Aryuna, ¿intentamos rehuirla? Como él, podríamos enfrentar nuestra comprensión limitada de la historia y los procesos que la escriben para asumir nuestra responsabilidad hacia la vida. Podríamos movernos con el corazón en la mano. En una época en la que viejos fantasmas que creíamos estaban tirados en la lona regresan para acecharnos, nos hemos quedado como venados lampareados.

La magnitud de algunos eventos de nuestro presente es abrumadora y nuestras respuestas parecen ladridos de perro enojado pero con la cola entre las patas. No metemos las manos al fuego por nada y, cuando pretendemos hacer algo, nuestras acciones brillan por tener mecha corta y poca gasolina. Entonces, retomando las enseñanzas de Krisna, ¿qué tipo de acciones estamos llevando cada uno de nosotros para contrarrestar esta ola de violencia e inhumanidad a favor de la economía e interés de algunos cuantos? La historia se repite y aunque pueda parecer cliché, sabemos cómo esta historia puede acabar: en repetición, más de lo mismo. La repetición es una forma de cárcel. La información ya la tenemos. En esta época de redes sociales no saber no es argumento. No querer sí lo es pero es una postura que hay que asumir. Porque se vale ser egoísta pero no se vale ser hipócrita.

Tal vez hoy por hoy únicamente las acciones puedan marcar una diferencia.

Tal vez las acciones que hoy necesitamos van mas allá de mensajes inspiradores como los de Prince EA.

Tal vez la palabra ha llegado a su límite al ser explotada como pantalla para obscurecer la falta de acciones.

Tal vez la palabra sin acción se asemeja a lo que Lacan describió como palabra vacía: fuente de angustia e inmovilidad.

La acción permite la realización de la palabra. En un contexto en el cual la palabra ha sido violada (en todos sus sentidos) solo la acción puede devolverle su estatuto que alguna vez pudo tener. Porque cuando palabra y acción no están acordadas, las fuentes de cambio y transformación permanecen ocultas…

Espero dejarte con preguntas. Estoy convencido de que son mas útiles que las respuestas…

…. Eso sí, el chiste de una pregunta es que sostenga un acción,

“Hasta la victoria siempre”.

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El vaso. ¿Está medio lleno o medio vacío?

Vaso medio lleno o medio vacio

Por: Alex Leurs

En “El potencial social de la comunidad”, mi primera colaboración con Inteligencia Independiente, hice alusión a la película-documental “Demain”. Este proyecto propone una aproximación distinta a las dificultades ecológicas y económicas de nuestra actualidad; en vez de centrarse en problemas y citar tragedias escoge enfocarse en propuestas de solución. Resulta interesante destacar este aspecto ya que las conceptualizaciones teóricas de terapias contemporáneas proponen que todos los días, cada uno de nosotros, tenemos la posibilidad de escoger el tipo de historias que queremos contar.

En terapia narrativa se parte del principio de que la realidad se construye socialmente. Esto quiere decir que en las interacciones cotidianas, mediante el diálogo, se reproducen y sostienen visiones específicas de la realidad. La realidad social, esa que resulta de los significados que arrojamos al mundo, se crea y mantiene conforme la hablamos y la actuamos. Algunos apelarían en este momento al concepto de cultura para identificar un sistema de significados en el cual estamos inmersos y que determina, en parte, formas de comprender la realidad.

Es decir que la metáfora del vaso medio lleno/vacío no se puede reducir a un sesgo intencional o a una simple cuestión de enfoque. En el tipo de discurso que decidimos implementar existe, implícitamente, una forma de interpretar al mundo. Detrás de la elección lleno/vacío radica un proceso de construcción de realidad —del vaso— ya que en función de la perspectiva que se adopta, diferentes posibilidades se abren —tanto al vaso como a la relación con él—. Como lo discutí en “La locura o la cachetada de guante blanco a la normalidad”, uno de los elementos más analizados en psicología narrativa son las practicas de poder implícitas tanto en los discursos de las instituciones como en los de la cotidianidad. Sin embargo ello no supone que no existan un sin fin de significados tácitos dentro de nuestras cotidianidades. Así, en este caso, me gustaría exponer otra noción implícita: la dicotomización de la realidad.

Retomando la metáfora del vaso —y sometidos a una visión binaria de la realidad—, se nos presentan dos posibilidades: el vaso medio lleno asociado a una visión positiva del mundo o, el vaso medio vacío asociado a una visión pesimista de la realidad. Dicho de otra manera, puedes ver al mundo de forma positiva o pesimista. Es necesario escoger una porque son mutuamente excluyentes: escoges enfocarte en lo positivo o en lo negativo. El mundo, entonces, es bueno o malo. Sin embargo existe una tercera alternativa: aceptar la ambivalencia de los eventos que conforman nuestra cotidianidad, nuestra vida y que permiten crear la realidad social. Esto no es tarea fácil ya que supone romper con una visión dicotómica en la que las cosas no pueden ser dos caras de la misma moneda al mismo tiempo.

Permítanme apelar a otro ejemplo para destacar el impacto del tipo de discursos implementados a escala nacional. Recuerdo que hace algunos años (tal vez 20), al mismo tiempo que los hermanos Brennan explotaban el alarmismo y amarillismo con su noticiero “Duro y Directo”, y que Zabludovsky nos quería hacer ”bobos”, surgía un noticiero cuyo lema era “las buenas noticias también son noticias”. Aquí tenemos nuevamente dos posturas: discursos centrados en problemas y un discurso centrado en soluciones.

En el primer caso la saturación de noticias agravantes reproduce una realidad pesimista, dominaba por la violencia y los abusos generando así una realidad de la cual hay que defenderse. Difundir pánico es crear miedo y crear miedo genera problemas. Que estos problemas existan o no es irrelevante ya que la condición necesaria para que se vuelvan reales es que la gente los interiorice como ciertos. Así funcionan los rumores: los eventos importan poco cuando la genta está convencida. El lobo no tiene que llegar, sólo necesita ser anunciado para que la gente lo empiece a buscar e, inevitablemente, a encontrar.

En el segundo tipo de discurso parecería que tenemos exactamente lo opuesto: un enfoque en eventos cotidianos positivos. No obstante, existe una ligera diferencia que se manifiesta en el uso del adverbio “también”. Este último introduce una visión complementaria que no rechaza la presencia de eventos propios al primer caso. En realidad, lejos de negar la presencia de eventos negativos en la realidad, propone rescatar buenas noticias ya que ellas también forman parte de la realidad.

No se trata de hacer la apología de un noticiero que traía noticias bonitas. Más bien, se trata de subrayar que en su lema, el noticiero (tal vez sin querer), señala que la realidad es ambivalente y que en ella, elementos que asumimos ser mutuamente excluyentes en realidad, cohabitan. A diferencia de los discursos alarmistas que no dejan lugar para aspectos positivos, los discursos centrados en soluciones no se limitan a ignorar lo problemático. Este punto es crucial: un discurso centrado en soluciones presenta rasgos de flexibilidad que hacen espacios para la complementariedad de aspectos de la vida que en nuestros discursos asumimos son incompatibles. Esto es válido para cualquier par de opuestos: guerra/paz, blanco/negro, sucio/limpio, dentro/fuera, etc.

Ambos tipos de noticias reproducen alguna faceta de la realidad cuya complejidad radica en la coexistencia de incompatibilidades conceptuales creadas por sistemas de creencia. La única limitante está en el sistema de creencias que asume incompatibilidades en hechos de la cotidianidad. Entonces, el vaso no está ni medio lleno ni medio vacío. El vaso tiene agua y es, al mismo tiempo, metáfora de pesimismo y positivismo. Está medio lleno y medio vacío al mismo tiempo. Incluso, si integramos la variable de tiempo, podríamos destacar que ambos son momentos de transición de un dinamismo en el que el vaso se vacía y se vuelve a llenar.

Así es el mundo y la realidad. Aceptar esta ambigüedad y deshacer mitos dicotómicos abre las puertas a una relación más amena con el mundo. Justamente uno puede odiar a los que ama y amar a los que odia. Estar triste siendo feliz y ser feliz estando triste. Estar bien consigo mismo no excluye el sentirse triste. No hay emociones buenas o malas simplemente existe un aparato para sentir el mundo y esta se manifiesta con un rango diverso de estados de animo. De la misma manera, ambos tipos de noticieros pueden coexistir. Aunque sería más productivo presentarlos en un mismo programa en vez de entretener la psicosis dicotómica de una faceta (un programa) buena y otra mala.

La vida entendida como movimiento requiere de un dinamismo que, a mi parecer, está garantizado por la ambivalencia tanto de los eventos de la realidad como de las experiencias subjetivas de los individuos. La película-documental “Demain” es un buen ejemplo de cómo podemos incorporar discursos alarmistas con discursos centrados en soluciones: los primeros despiertan la necesidad de los segundos. Si los problemas no se aceptan no hay manera de proponer acciones para resolverlos. Así, un discurso centrado en soluciones no puede ignorar los problemas ya que representan la condición necesaria para que puedan surgir alternativas. Para que el vaso pueda llenarse tiene que vaciarse y viceversa.

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La locura o la cachetada de guante blanco a la normalidad

Robo de sustancia

Por: Alex Leurs

La Salud Mental en México, aunque no sólo en México, sigue siendo un tema tabú. A pesar de que hoy conceptos como trauma, neurosis, psicosis, esquizofrenia, depresión, bipolaridad y demencia formen parte del lenguaje popular, la realidad es que su uso representa una vulgarización fuera de contexto de un tema censurado y no una divulgación relacionada con prevención y salud. Y ¡sí! la salud mental es un elemento fundamental, tal vez el más importante, de salud pública.

Si bien la Ley General de Salud identifica la prevención, detección e intervención en salud mental como materia de salubridad pública, la realidad es que los Programas de Acción Especifica (PAE) mantienen un discurso implícito de estigmatización hacia las personas, cuyas manifestaciones de sufrimiento señalan las fallas y limitaciones de nuestra sociedad.

En su gigantesca obra La Historia de la Locura, Michel Foucault destacó mecanismos sociales que permitieron cavar un barranco simbólico entre enfermos mentales y el resto de la población asumida como normal. Digo simbólico porque, al realizar esa división, se omite el punto en común entre ambos grupos: ser humanos.

La realidad es que la locura se puede mirar con ojos distintos a los de la enfermedad biológica: seres humanos con sensibilidades biológicas e interpersonales particularmente vulnerables a las paradojas de la sociedad. Así, la locura representa una cachetada con guante blanco a la sociedad porque, en su sufrimiento, nos recuerda que las sociedades funcionan con una lógica incoherente con nuestra naturaleza. Freud ya lo había señalado en El Malestar de la Cultura: el desarrollo de la sociedad no sigue el desarrollo de la naturaleza humana.

Resulta entonces que aquellos que son señalados mediante diagnósticos psiquiátricos como víctimas de un funcionamiento anormal en realidad no están tan desapegados ni de la realidad ni del mundo. No son tan diferentes a lo que asumimos como normal. La locura, en su desarrollo y en la diversidad de formas que puede tomar (sintomatologías), presenta una lógica inherente que resultan de la adaptación a condiciones paradójicas que no pueden pasar por alto.

Recientemente el psiquiatra Sir Robin Murray, quien ha dedicado su vida al estudio de la esquizofrenia, reconoció en una reflexión sobre su trayectoria, que los factores sociales han sido menospreciados por demasiado tiempo. Es un principio de la psicología sistémica que la sintomatología de pacientes esquizofrénicos aumenta considerablemente en ambientes familiares en los que se observan mensajes incoherentes. Lejos de señalar a la familia como la culpable, es crucial recordar que el modelo de familia es una reproducción del modelo socio-político occidental. Así, en vez de pensar en sujetos esquizofrénicos, podríamos pensar en contextos esquizofrénicos.

La locura representa una amenaza a la normalidad en tanto que es una forma de repudiar la realidad. Sin embargo no se trata de la realidad de la física, sino de la realidad social e institucional, esa que construimos y mantenemos todos nosotros en la cotidianidad.

No cuestionar es una forma de aceptar y validar.

Es aquí donde llega la cachetada de guante blanco. Porque si no observamos la locura como una enfermedad, si dejamos de separarnos de aquellos que sufren, entonces podemos escuchar el grito revolucionario, de ayuda y de crítica que a través de sus sintomatologías nos dirigen. La locura señala la enfermedad de la normalidad. Y, hoy en día, la salud mental se confunde con normalidad.

Se vuelve entonces inevitable cuestionarse sobre lo que significa salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) –afortunadamente- destaca que la salud no se reduce a la ausencia de enfermedad sino que se trata de “un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad”. Sin embargo, esta definición me parece todavía limitada a la luz de lo que la locura nos puede enseñar.

La salud mental en efecto, no es sólo ausencia de enfermedad sino que también requiere un elemento de participación, pertenencia y productividad del sujeto con su medio. Ahora, ¿qué pasa cuando el medio presenta elementos paradójicos que se oponen a la naturaleza humana? ¿Es indicador de salud mental adaptarse a medios que son nocivos a nuestra propia naturaleza? La definición de la OMS destaca elementos de participación, pertenencia y apoyo a la comunidad, pero es necesario agregar que estos elementos deben ser coherentes con la naturaleza humana y no con una sociedad consumista, superficial que gira alrededor de la satisfacción inmediata. No es de sorprenderse que en Occidente se hable de crisis espiritual. Reitero: ¿Es indicador de salud mental adaptarse a medios y contextos que son nocivos a nuestra naturaleza?

Retomando las palabras de Sri Sri Ravi Shankar “la salud es la expresión dinámica de la vida”. Entonces, de alguna manera, la salud mental nos reenvía a la noción de felicidad dentro de nuestro entorno. Y si no es felicidad, entonces a la defensa y exigencia de la condiciones que permitan esa felicidad. De esta manera, en una sociedad tan desgastada por abusos, corrupción y consumismo, es posible cuestionar la salud mental de lo que asumimos que es normal y, con ello, deshacer el barranco simbólico entre locura y normalidad.

Tal vez la fachada de normalidad represente uno de los aspectos mas enfermizos de nuestra sociedad, ya que supone adaptarse a un medio que deteriora nuestra naturaleza. La locura no es la excepción, es la norma. Cada uno de nosotros, en nuestra intimidad subjetiva estamos en contacto con esa locura que nos recuerda nuestra naturaleza. Eso, a mi parecer, es lo que se despierta cuando estás frente a la naturaleza y se te enchina la piel. Te invade un sentimiento de pertenencia desde el cual puedes pensar “qué intenso regresar a la ciudad”. Sin embargo dos días después de haber regresado ese sentimiento es mitigado a golpes por la necesidad.

Entonces, la cachetada de guante blanco de la locura llega cuando nos recuerda que en realidad todos estamos locos pero sólo algunos logran manifestarlo y asumir las consecuencias. Porque en este mundo la locura es un signo de salud mental ya que manifiesta la imposibilidad de expresar la vida.

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El Potencial Social de la Comunidad

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Por: Alex Leurs

Desde hace algunos meses buscaba un espacio en el cual mis ideas pudiesen inscribirse. Mas allá del boost narcisista que el ser publicado puede provocar, anhelaba un espacio cuyos principios fuesen coherentes con mi postura de vida. Y si bien sintetizarla me parecería atroz, me limitaré—y atreveré—a presentarme como un lobo estepario. Por lo menos ese es el espacio reflexivo a partir del cual espero transmitirles, mensualmente, un pedazo de mi perspectiva. Así, al explorar el portal de Inteligencia Independiente, descubrí un proyecto que pretendía crear—y asumo, también consolidar—una comunidad de escritores y lectores.

Para la hora que vivimos, las preocupaciones sociales, políticas y económicas han inundado al país. Y si bien es cierto que en México la situación es crítica, la realidad es que la inconformidad social es casi global. En los últimos años diversos movimientos sociales han visto la luz, a tal punto que hoy, citar la primavera Árabe es casi un cliché. Sin embargo, a pesar de que se respira un clima de cambio sostenido por la inconformidad social, los instrumentos de cambio permanecen escondidos. Por ello me gustaría proponer una reflexión alrededor de lo comunitario y su potencial como organización social.

De acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, la comunidad refiere a un grupo de personas que conviven alrededor de un eje rector que puede tomar diversas formas (leyes, moral, creencias, objetivos, etc). Personalmente siempre había asociado la palabra a grupos étnicos hasta que descubrí las comunidades terapéuticas. Mi experiencia (académica y clínica) en Bruselas me permitió descubrir que la creación de comunidades terapéuticas representaba también una forma de organización social que facilita el trabajo médico-psico-social con poblaciones psiquiátricas.

La revolución social de Mayo del 68 en Francia creó una brecha en el conocimiento de la época generando oportunidades para alternativas terapéuticas. En una época en que la locura era considerada como una enfermedad y perteneciente a la campo médico, la Psicoterapia Institucional (PI) derrumbó muchos mitos de la locura y por lo tanto, inevitablemente, de la naturaleza humana.

Fundada en Monte Albán (España) por Tosquelles y reproducida en La Borde (Francia) por Guatarri, Oury y Schotte, la PI fusiona reflexión psicoanalítica con un análisis de la condición social humana. La idea era simple, compleja y genial: crear una comunidad y ocuparse de ella para el beneficio de sus miembros. Esta comunidad tomaría la forma que sus miembros le darían (explícita o implícitamente) de tal manera que en su dinámica cotidiana, elementos importantes de las problemáticas de los pacientes se manifestarían en las interacciones con los trabajadores. Se trata de una modalidad de trabajo que hace hincapié en el análisis de las dinámicas de grupo y de las relaciones entre pacientes y trabajadores. De esta manera se crea una comunidad psiquiátrica en donde pacientes y trabajadores son miembros activos de un sistema que intenta constantemente tratarse (¡no curar!) a sí mismo.

Es menester entender que cuando el ser humano se encuentra en armonía con su contexto, el sentimiento de pertenencia florece. La creación de una comunidad supone generar un espacio flexible en el que se pueden trabajar los fenómenos interpersonales cotidianos. Permítanme ilustrar con un ejemplo extremo relacionado con el trabajo clínico en psiquiatría.

En Monte Albán, el psiquiatra Cyrulnyk había observado que un grupo de personas con un diagnostico de esquizofrenia no respondían al dispositivo institucional. Esto quiere decir que seguían siendo prisioneros de síntomas sin que estos se pudiesen inscribir en la lógica cotidiana. Desesperado, propuso llevarlos de viaje: un paseo en bote durante 7 días. Evidentemente lo tacharon de demente. Relata que durante el viaje algunos de estos pacientes lograron inscribirse en la dinámica del viaje es decir, a la dinámica de la vida en un barco. Incluso anuncia haber escuchado hablar a un señor que llevaba casi media década sin hablar. La idea detrás de este episodio es que cuando un ser humano se encuentra en un contexto que le hace sentido, en el que se puede construir un lugar que tiene alguna influencia en lo que pasa a su alrededor, entonces el ser humano empieza a pertenecer. Y cuando el ser humano considera pertenecer, entonces, se empodera. Se apropia del espacio, de los eventos y se transforma en una parte activa de un sistema que cura, se cura y se actualiza en coherencia con sus miembros.

Mi punto es que la construcción de comunidades puede representar un medio de protesta y de cambio coherente con nuestra época. Así, podríamos tener—y creo que deberíamos promover—, una diversidad creciente de comunidades de forma que representen fielmente la complejidad y diversidad social.

Cuando el modelo social falla la insatisfacción crea el espacio para nuevas organizaciones sociales. ¿Y cómo no ver que el modelo social falló? La sobrepoblación ha saturado nuestras estructura sociales y el desarrollo tecnológico sacrificó la diversidad y la diferencia por la normalización. El ser humano hoy es un sujeto expuesto a vacío existencial que resulta de venerar más a los reflejos (las imágenes) que a las personas. Llegamos incluso al punto en el que las redes sociales empiezan a dictar normas comunitarias de pertenencia basadas en estereotipos de belleza y éxito cavando la ilusión de conectividad y pertenencia.

La comunidad como organización social supone una alternativa en la que se preserva la especificidad de cada individuo ofreciendo la posibilidad de construirse un lugar desde el cual puede (inter)actuar y sentirse miembro activo. Cuando pertenecemos a algo nos preocupa, y cuando nos preocupamos, actuamos. Sin embargo, las proporciones del mundo de hoy han eliminado ese sentimiento de pertenencia. El mundo y los gobiernos de hoy alienan (aíslan) a los individuos haciéndolos seguidores y no miembros. La imitación reemplaza la acción y en ese movimiento se pierde toda la espontaneidad necesaria para que las sociedades avancen. Nos repetimos unos a otros.

Entonces, la PI nos recuerda que diferentes formas de organización social pueden promover diferentes relaciones con el contexto. En un momento en donde la insatisfacción sube y los instrumentos faltan, pensar en la manera en la que nos inscribimos a nuestra sociedad es crucial. La organización comunitaria supone una forma de organización en la que las interacciones fortalecen el sentimiento de pertenencia. Es evidente que la inscripción a una comunidad puede estar determinada—en parte—por los deseos de cada individuo. Esto no tiene relevancia. Lo esencial es la idea de pertenecer a comunidades que motiven la participación social. Se trata de recuperar lo que la organización social de hoy en día, caracterizada por las masas y la globalización, nos ha quitado: el sentimiento de pertenencia y, por lo tanto, la posibilidad de actuar (por no decir la obligación). Porque de una forma u otra forma, la solución la vamos a tener que encontrar y sostener juntos.

La película-documental “Demain” de Mélanie Laurent y Cyril Dion nos hace descubrir un conjunto de iniciativas comunitarias que resultaron de la toma de conciencias ante el cambio climático. A diferencia de discursos alarmistas que se enfocan en los problemas, en este caso se enfocan en la soluciones. Es urgente empezar mas seguido en las soluciones que en los problemas. Personalmente, la película me parece poner en evidencia el potencial detrás de la organización comunitaria. No quiero revelar detalles porque realmente vale la pena (https://www.demain-lefilm.com/le-film). Simplemente diré que de alguna manera pone en evidencia que hoy, la revolución no será ni armada ni televisada. Será silenciosa, humilde, lenta (como la selección natural), local, basada en la acción, la participación y la cooperación a diferentes escalas.

Entonces, si estas leyendo esto, permíteme saludarte, porque por un momento, mientras leías estas líneas fuimos compañeros de guerra, hermanos revolucionarios, simplemente porque pertenecimos a ese proyecto que quiere crear una comunidad.

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