De los (sin) sentidos de la vida

Inteligencia

Por Alex Leurs

Nuevamente la fecha de entrega de estas modestas líneas me perseguían. Día de entrega y mi página seguía en blanco. Como siempre confiaba en que la creatividad espontánea combinada con la motivación creada y sostenida por circunstancias ideales me permitirían, una vez más, escribir algo decente.

Esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, el sol apareció. Gigante, dominante, glorioso, maternal y paternal, su presencia es fuente no sólo de vida sino también de motivación. Decidí dejarme abrazar en una terraza. En el café había algunas mesas libres y escogí la mía estratégicamente para mantener cierta distancia con la gente presente. Era uno de esos cafés de solitarios que suelen querer hablar y cierta distancia me parecía crucial para que el sol permitiese a la imaginación florecer.

Mientras recolectaba los esbozos de inspiración que me habían cruzado la mente a lo largo del mes me distrajo un golpe seco. Levanté la mirada con la corazonada de que algún pájaro se había estrellado con el vidrio de la zanja que estaba a mi izquierda pero no vi nada. Fue uno de esos momentos en los que agradecí estar equivocado. Sin embargo la irrefutable prueba que aportaron mis sentidos no logró calmar esto que ahora entiendo como intuición. Me levanté para aumentar mi dominio de percepción y allí lo vi: una pequeña bola de plumas de colores hermosos se encontraba en el piso. El amarillo, azul, negro y blanco se mezclaban a la perfección y, si bien parecía estar tomando el sol, su inmovilidad emanaba algo que se asemejaba a un testimonio de drama y no a uno de paz.

No me pude impedir ir a verlo y por primera vez en mi vida pude acariciar un pájaro en libertad. Por un lado quería dejarlo allí y ponerme a trabajar pero me resultó imposible: de rodillas a su lado, observaba a la gente comer y su pasividad me llenó de responsabilidad. Con una nueva misión en mente y experiencia inexistente fui al bar a pedir una caja de cartón. Cuando regresé el pájaro estaba en la mesa de uno de esos solitarios que siempre quieren hablar. Le ofrecí la caja de cartón pero la rechazó: “creo que va a estar bien, voy a darle de tomar y a mantenerlo bajo el sol”.

Regresé a mi lugar para ser testigo de cómo, por medio de una cuchara, este solitario daba de beber a su nuevo amigo. “Es una hembra” me dijo con sonrisa de oreja a oreja. La gente alrededor manifestaba curiosidad hacia el animal, algunos tomaban fotos pero nadie hablaba con el héroe solitario. “Yo buscaba una mujer y mira, me cayó del cielo!” (#muerantodosdeamorya!).

La distancia impuesta para encontrar la inspiración se desvaneció en un instante. La preocupación genuina por un ser sintiente ahogó cualquier sentimiento de individualidad permitiendo relacionarme con este curioso personaje. Con la cuchara en mano me contó que había cuidado de un petirrojo anteriormente: “su mancha roja tiene una hermosa historia, cuando crucificaron a Jesús una vez que la multitud se fue, quedaron una mujer y un hombre y cuando ellos se fueron quedó un pájaro, fijo, observando. A este pájaro le cayó una gota de sangre y entonces salieron los petirrojos”. Otra sonrisa gigante.

Mientras se ocupaba del pájaro empezó a contarme historias tremendas, desde su vida en China hasta de los dragones célticos. Ahora vivía momentos difíciles; su gemela le quería robar la herencia de su mamá a quien él había cuidado hasta el —reciente— final de sus días. Estas historias me las compartía en ventanas de tiempo que se abrían al interrumpir el diálogo con su nueva amada. La variedad de temas, la profundidad de las imágenes arrojadas y la sonrisa subyacente a todos sus gestos se reflejaban intensamente con los acontecimientos recientes de mi vida.

Sin previo aviso, el pájaro voló. En silencio y agradablemente sorprendidos lo vimos partir en un movimiento sinusoidal. El hombre quiso tomar el gorro en el que había colocado con delicadeza al animal, sonrió y dijo “se cagó, como mi mamá; cuidé de ella y cuando se fue me dejó pura mierda”. Reímos juntos por un momento, me contó otras historias y se fue, dejándome inspiración y motivación.

En ese momento de calma que dejó su partida pude ver con claridad lo que quería escribir en estas líneas: la vida fluye y tenemos la opción de dejarnos llevar por la corriente o no. A veces tenemos planes de cómo queremos hacer las cosas y somos intransigentes hacia nuestro contexto y nuestro medio. Nuestra individualidad nos vuelve ciertos ciegos y sordos. Curiosamente, siempre estamos esperando el “buen momento” para hacer las cosas creyendo que entendemos cómo funciona la vida. Pero a veces dejarse llevar es el camino más sencillo hacia lo que queremos.

Sólo me queda dar las gracias aunque no sé si se las tengo que dar al solitario, al pájaro o a la vida.

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Sonreír es gratis

Por. Alex Leurs

Entre el 19S, la Ley Mordaza (de la cual se habla muy poco…), la reforma a la Ley de Seguridad Interior y el meollo electoral, un pedazo de luz y un motivo para sonreír —que trascienda las festividades de año nuevo— no está de sobra.

Las malas noticias sobran. Esto, desgraciadamente, no es actualidad. En México como en el resto del mundo la tendencia a focalizarse en eventos dramáticos, mortíferos y asesinos de esperanza parecen tradición. Con esta tendencia bastan 5 minutos para sentir el apocalipsis a la vuelta de la esquina.

La esperanza y la fe suelen ser juzgadas como ingenuas y sólo lo grave, desagradable y atroz es digno de tiempo y atención. Parecería que pensar o señalar noticias positivas supone negar la realidad. Pero no se trata de omitir los problemas de nuestro presente sino de recalcar que la vida está repleta de opuestos. De tal manera, no tiene sentido focalizarse en una sola cara de la moneda; las buenas noticias existen y me propongo empezar el año con una.

En México, como en más de 150 países, se ha estado desarrollando en silencio un proyecto colosal cuyas ramificaciones no termino de percibir. Un coloso —cuyo talón de Aquiles será la fascinación por lo trágico y el prejuicio hacia lo religioso— ha montado desde hace casi 60 años los cimientos para una sociedad libre de estrés y de violencia. Sri Sri Ravishankar es un líder espiritual. Ves, ya lo pensaste; “mta….”; date chance, seguro que algo te interesa, seguro.

Creador del Arte de Vivir y de la Asociación Internacional para los Valores Humanos (IAHV), es reconocido por muchos líderes espirituales y políticos del planeta como un factor de cambio rara vez presenciado.

Guruji, como lo llaman sus seguidores (que se cuentan por millones), ha abierto al mundo el conocimiento védico; textos sagrados hindús que inspiraron a distintas civilizaciones, entre otras, a los mayas. Nuestros mayas, que tanto hemos olvidado y de quienes podríamos aprender tanto. Esos conocimientos sitúan a la vida en el contexto del universo, lo divino y la conciencia. Disuelven al ego a favor de una dimensión mística que se ha disuelto en nuestra actualidad científica y digital. Entre muchas otras cosas, se trata de tirar la ilusión de la individualidad para adoptar la diversidad humana como una fortaleza y no como una amenaza.

El acceso limitado a este conocimiento generó interpretaciones erróneas que por ejemplo han llevado a considerar el yoga como ejercicio o la meditación como entrenamiento atencional. Pero el trabajo de Sri Sri Ravishankar no se limita a la divulgación de una filosofía de vida que es coherente con cualquier religión; su esfuerzo más notorio (y tal vez el punto en el que se destaca de cualquier líder espiritual del que hayamos escuchado hablar) es el de adaptar este conocimiento a nuestra época.

En México, a través de la fundación ‘El arte de vivir’, puedes aprender una técnica de respiración más eficaz que cualquier droga que hayas probado. Sí, es casi mágico; no hemos entendido hasta qué punto el estrés es un parasito anti natural. En argentina el boom ha sido épico. Por ejemplo, se han desarrollado los “Yoga Raves” en los que fanáticos de música electrónica bailan y se divierten durante dos días seguidos sin consumir drogas ni alcohol.

No tienes idea del potencial energético que eres. Siguiendo la lógica de la física cuántica, eres el antónimo de una bomba atómica (si tienes dudas sobre esto, escríbeme J). No necesitas drogas ni alcohol para aguantar, divertirte, o sentir euforia maximizada; basta con respirar. Pero esto sólo es la versión hípster de sus colaboraciones. Estos programas también se imparten en cárceles y presentan índices de reducción de violencia únicos.

Por otro lado, la IAHV es una organización que fomenta “la práctica diaria de los valores humanos: un sentido de conexión y respeto por todas las personas y el entorno natural, una actitud de no violencia y servicio ético o social. (Sus) programas mejoran la claridad mental, cambian las actitudes y los comportamientos, y desarrollan líderes y comunidades que son resilientes, responsables e inspirados”. Su alcance es tal que se ha ganado un lugar como consultor del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

Por si fuera poco, esta organización desarrolla proyectos que acompañan a los países a aplicar la Agenda de Desarrollo Sostenible adoptada en 2015 por más de 150 países.

Un poco más; ¿Qué pueden hacer los vedas por las empresas? El programa Tlex—reconocido por Harvard, Google y MIT entre otros— expone los beneficios de la reducción del estrés en el lugar de trabajo y aporta soluciones basadas en el conocimiento védico. Predicando valores de ética, respeto y solidaridad, dan la oportunidad a las empresas de crecer sin adherir a las practicas competitivas y destructivas que caracterizan al capitalismo (esta es mi lectura y no la posición del programa). Este líder sin igual demuestra que los conocimientos de las antiguas civilizaciones no sólo tienen cabida en nuestras sociedades sino que además pueden enriquecerlo de forma considerable. Si buscas, te vas a sorprender.

Un gurú como nunca hemos visto; con tablet, celular, lentes de sol, melena, barba, vestimenta tradicional y sobre todo, sonrisa infinita. Entiendo tu escepticismo, yo también lo tuve. Es normal, no estamos acostumbrados a buenas noticias y tu mente ya está buscando la falla, el error, la trampa o la mentira. No busco convencerte, creo con tenacidad que su trabajo te convencerá por sí solo. Lo que sí busco es provocar tu curiosidad, dejarte picado y con una semilla de esperanza de que no solo se pueden hacer las cosas diferente sino que se están haciendo.

Este artículo es un rapidín, una probadita para empezar el año y para que te des una vuelta en las páginas web o en sus videos youtube. No te vas a arrepentir. Porque tanto en las buenas como en las malas, lo importante es pasar a la acción.

Así, para empezar el 2018 te hago esta pregunta sencilla que aprendí de él:

¿Por qué vendes tan cara tu sonrisa?

Te quiero y te deseo

un feliz año

J

.

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Carta de amor

Por Alex Leurs

En un inicio yo no te deseaba. Tenias una fama tremenda. Para la secundaria ya estabas en manos de varios. Te había visto en manos de mis conocidos y sus caras de placer por la mañana. Me parecías peligrosa y tu amargura mató cualquier potencial de imaginación. No obstante, el paladar refinado de la vida propició las circunstancias para que me fueras requerida. No pude haber imaginado cuanto te necesitaba en ese momento.

Implícitamente los dos sabíamos que nuestra simbiosis no duraría. Así que pactamos una relación de interés mutuo; yo necesitaba pasar el rato difícil y tu me tendrías. Sería corta e intensa, abusiva y constructiva, de necesidad y de satisfacción. Al final yo te dejaría.

Durante tres meses celaste mis mañanas sin dejar lugar para nada más; ni siquiera para el hambre. Parecías estar al acecho: bastaba con poner un pie fuera de la barca de Morfeo para sentir tu necesidad. Eso sí, tu constante presencia en esas largas mañanas fueron pilares que evitaron un derrumbe.

Durante esos meses, recuerdo bajar las escaleras para encontrarte en la cocina anhelando el abrazo de tu calor. Disfrutaba dejar mi mirada perderse en el jardín teniendo la seguridad de que tu aroma no sólo me regresaría a tierra sino que también me blindaría para enfrentar un días más. Luego subíamos a la sala y nos dejábamos ir en simbiosis perfecta. Cuanto te debo, cuanto me diste, cuanto tomé…

Cuando habíamos superado lo más difícil te desvanecías, me dejabas exhausto: no podía pensar y mucho menos desear pero sí respirar. Pasaba el resto del día reponiéndome de esas mañanas torbellino. Con tu partida, la creatividad, la motivación y la vitalidad se desvanecían.

Pasó el tiempo y la amargura de tu esencia empezó a hacerme daño. Los momentos difíciles veían su extinción acercarse como un meteorito y tu presencia me era menos necesaria y más perturbadora. Conforme empecé a poner distancia entre nosotros florecieron los primeros síntomas. No esperaba que separarse fuese tan difícil. Claro que tampoco pensaba necesitarte…

Con el tiempo no puedo más que echar una mirada al pasado y agradecer tu amargura. Sin ti no habría sido lo mismo. Porque tienes que saber que sin ti, querida taza de café, nunca habría terminado mi tesis. Nuestra relación fue corta e intensa porque había fecha de entrega, abusiva y constructiva porque una tesis hay que parirla, necesaria y satisfactoria porque significaba la titulación con honores.

Esas largas mañanas de lectura y redacción fueron maratónicas. Contigo descubrí qué tanto podía producir y los excesos de esa dinámica de eficiencia. Así que gracias querida por ensenarme que soy un hombre de té.

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El silencio del temblor

Por: Alex Leurs

Escribir estas líneas ha sido un proceso desagradable, un parto en una atmósfera mortífera. De hecho, su esperanza de vida no está, de ninguna manera, garantizada. Eso depende de ti estimado lector y de la legitimidad que le des a esta mirada. Dejo en ti el (los) destino(s) de estas líneas que me hicieron sangrar.

Desde el 19S me ha sido imposible encontrar un tema que me anime. Me siento aislado y encontrar un puente de significado con los lectores ha sido difícil. No sé cómo abordar el elefante rosa del momento; ¿qué hago con el temblor?

Lo único seguro era que le quería dar algo de este espacio. Sin embargo la forma y el contenido seguían eludiéndome. Me sentía perseguido por los fantasmas de la distancia empeñados en negarme el derecho a la acción. En las primeras horas las opciones son escasas.

Hace dos meses la ciudad de México tembló. Yo veía Netflix cuando mi tía escribió en el grupo familiar:

“Estoy bien.”

No tenía idea del abismo que ese mensaje anunciaba.

“Acaba de temblar durísimo, no he tenido noticias de tus primos.”

En medio segundo mi corazón empezó a deshacerse, como pechuga desmenuzada. Cada pedazo latía a ritmo distinto: miedo, sorpresa, tristeza y angustia al mismo tiempo. Confundido y aterrado seguí las noticias desgarradoras; los ojos se humedecieron de inmediato, una descarga eléctrica en la nuca seguida de piel de gallina cayeron de golpe.

Desde lejos vi, escuché, leí, escribí y llamé.

– Hermano, ¿estás bien? Me acabo de enterar…
– Si amigo, gracias por preocuparte. Estuvo muy fuerte.
– Lo lamento mucho, pura buena vibra. Te quiero.

No había mucho más que hacer o decir. En un momento en el que reaccionar es lo único que cuenta, sólo podía ser un testigo. La impotencia, la imaginación y el miedo formaron un trío de pánico.

Mientras la tierra temblaba, los corazones mexicanos en el extranjero presentaban un caso de arritmia generalizada. Si ese día tus sentidos no estaban secuestrados por las ondas trepidatorias, entonces estaban secuestrados por una arritmia visceral. Las emociones se apoderan de esos pedazos de carne y los manipulan a su antojo: retuercen el estómago, enredan la garganta, agitan la mente, suben la presión y te aceleran. Desde lejos intentas estar cerca, como sea.

En las primeras horas no hay mucho que hacer sino contactar a tus seres queridos. Y cuando sabes que están bien, te quedas blanco, viendo una pantalla. Todavía no había mucha información; hipnotizado veía desfilar las mismas imágenes: por un lado las heridas sobre el cuerpo de la ciudad y por otro, la improvisación masiva de héroes.

¡Qué calor! ¡Qué orgullo! ¡Qué huevos! ¡Qué reacción!

A estas alturas estoy seguro que nadie pensó. Cuando la fuerza latente de Pachamama se manifiesta, el ego humano se desmorona. No hay tiempo para pensar, todo el ser reacciona y responde a ese instinto primario de supervivencia de especie. La ilusoria omnipresencia del ego se disuelve a favor de lo colectivo. Frida nos habrá recordado que todas las especies tenemos eso en común. La ciudad se veía más viva que nunca. Algunos le llaman resiliencia, otros naturaleza humana. Desde lejos se sentía que algo colosal estaba sucediendo.

Rebasado por las emociones y las angustias me fui a dormir preguntándome por qué la vida me había alejado de México: en el 85 azares del destino ya habían “protegido” a mi mamá llevándola a otro continente. A distancia el terremoto no tiene el mismo efecto en el ego. Todo lo contrario: la falta de acción posible te expone a un vacío en el que la rumiación mental se regocija.

Al día siguiente amanecí con cierta emoción y nervio. La idea de que el terremoto pudiese abrir nuevos horizontes me emocionaba. Ávido de noticias y a sabiendas de que mi mañana era la madrugada mexicana abrí periódicos locales y Facebook: quedé helado. Una ola de tristeza profunda recorrió mi columna vertebral. La ira subió, la decepción se instaló y la soledad del vacío brilló. Nada, no había absolutamente nada.

Lo peor del temblor fue su silencio. En la frialdad de la soledad sentí la distancia como nunca la había sentido. La ciudad en la que había crecido estaba sufriendo y mi alrededor no parecía ni siquiera estar enterada. ¡Qué coraje! ¡Qué importancia!

No cabía en mi la idea de que un suceso así tomara dos días para que la gente en este continente se enterase.
¿Cuánto nos tardamos nosotros en saber y responder a otras catástrofes?

¡Qué solo te sientes cuando no la tragedia no se puede hablar!

Esperar que México despierte para poder llamar…

Los días se transformaron en semanas y la voz se corrió. Las recaudaciones de fondo en distintas ciudades europeas brotaron expandiendo nuestro potencial de acción. Seguíamos todos agitados pero las sombras de la indiferencia seguían presentes.

Finalmente este parto llegó a su final. Me fue complicado encontrar las palabras sin embargo me han ayudado. Ahora puedo ver que mi intención era decir: ese día los mexicanos temblamos juntos.

Gracias por leerme.

 

Veganismo y Vegetarianismo

naturaleza-fantastica

Por: Alex Leurs

Decir que el veganismo (y/o vegetarianismo de ahora en adelante) es un lujo es tan absurdo como decir que hacer yoga es para tener buen cuerpo. Es absurdo porque supone una interpretación limitada de una filosofía de vida cuyas raíces son profundas y enriquecedoras. Aquí el único lujo que hay es el que no nos podemos dar: ignorar la relación perversa que entretenemos con la naturaleza. 

El veganismo está secuestrado por el consumismo occidental que le niega su estatuto de filosofía de vida. No consumir productos derivados de animales se ha transformado en una moda que genera demanda para un mercado más especializado. Y quien dice especializado también dice mayor ganancia. Es el crimen perfecto: el marketing occidental transformó un mensaje profundo en un hábito de consumo.

Pero no consumir productos derivados de animales tiene un origen menos perverso. Esencialmente se trata de honrar la relación de interdependencia que tenemos con el medio ambiente es decir, con la naturaleza. Le relación del ser humano con su entorno está directamente relacionada con su bienestar. Es una correlación positiva. Piensa en las abejas. ¿Sabías que están en peligro de extinción? ¿Sabes qué implicaría su desaparición? ¿Sí? ¿No? Búscalo.

En “El abrazo de la serpiente”, magnífico documental colombiano que trata la relación a la que aludo, un aborigen observa a un extranjero matando y comiendo peces en el río. Al ser testigo de tal voracidad y rabia, éste cuestiona el abuso que comete hacia el medio. No sólo expone su egoísmo y la faceta adictiva del consumo de carne sino que también el riesgo, si todos hiciéramos lo mismo, de que se acabarán los peces. En tanto que la naturaleza provee, el ser humano podría honrarla, enriquecerla y ayudarla. Aparentemente esto no es coherente con una dinámica de progreso que por momentos es sinónimo de desnaturalización.

Nuestras sociedades de consumo también son sociedades de división de responsabilidades. Todos somos responsables de entretener al sistema ya sea pasiva o activamente. La maquinaria que existe detrás del consumo de carne para separar el origen del fin es alucinante. Qué falta de respeto a nuestro medio.

Nuestra fuente de aire, agua, calor, comida se ha vuelto objeto de consumo. Es más, estamos más cerca de aprender a hacer comida sintética que de intentar cambiar nuestra relación con la naturaleza. El perverso es el que niega el estatuto de “ser que siente” a los otros. Entonces, decir que somos perversos con nuestro medio ambiente es afirmar que negamos su estatuto de organismo vivo que provee las condiciones mínimas para nuestra existencia.

Entonces, decir que no comer carne o productos animales es un lujo es una forma de negar lo que como especie y sociedad le estamos haciendo a este planeta: 30 billones de animales muertos cada año, desde hace algunos meses estamos literalmente comiéndonos a la naturaleza, alimentamos nuestra fuente de gases efecto invernadero a costa del acceso a comida para los más necesitados, en fin. Sólo son detalles ¿no? No te quiero molestar …

 

Sinceramente creo que implementar en forma masiva dinámicas de consumo responsables y conciencia ecológica podría potencialmente ser un forma de revolución antisistema moderna. El impacto podría ser holístico: reducir una fuente crucial de contaminación, optar por economías más locales, reducción de costos para los gobiernos en términos de salud pública, nuevos campos de investigación, etc.

En fin, aunque algunas de estas cosas te puedan parecer extremas, espero estés de acuerdo en que el potencial del mensaje detrás de una práctica como no comer carne es profundo. Y, si bien el acceso a ciertos productos es complicado, vale la pena preguntarse cuánto dinero gastamos en darle en la madre a Pachamama y a nosotros mismos.

¡Salir de la perversión como medida de revolución!

 

¿Perdonar sin olvidar?

Memoria

Por: Alex Leurs

« Es posible (…) llegar a una verdad que no sería absoluta, teórica, lógica pero que sería una verdad del espíritu »- Hessel-.

Este ejercicio de imaginación supone que no se busca la verdad de las cosas sino más bien de construir una versión de ella.

Ávido de provocar un espacio de diálogo, he buscado opiniones y observaciones con respecto a las reflexiones que se han transformado en colaboraciones. Mi intención al escribirte a ti lector es que resulte un ejercicio bidireccional. Se trata de un antídoto ante la posibilidad de que este espacio se convierta en un espejo narcisista y no en un espacio dialógico. Los intercambios con respecto a mi colaboración anterior me permitieron llegar más lejos en la reflexión. Hoy quisiera compartirte ese espacio no anticipado para seguir jugando.

¿Vamos? …

Perdonar sin olvidar usaba la imagen de una persona tomando el sol y bebiendo cerveza en el parque del memorial a los Mártires de la Deportación para reflexionar sobre la función del pasado y la memoria. La tendencia de la colaboración llevaba a suponer que esta persona pecaba por omisión histórica al reproducir un patrón social: olvidar. Alguien que quiero mucho me señaló que era difícil perdonar sin olvidar. Es más, rescató el carácter crucial del olvido en el desarrollo no sólo del hombre sino también de la humanidad.

Una vida sin poder olvidar muy probablemente nos atormentaría —véase el episodio de Black Mirror The Entire History of You—. Sin embargo la historia es fuente de mitos que nutren y forman culturas, sociedades e individuos. Ambas afirmaciones refieren a la memoria pero podrían estar distinguiendo diferentes formas de memoria: la individual y la colectiva. Entonces, ¿cómo pensar la historia y al individuo?

Ante este aparente antagonismo podríamos situar al olvido como testigo de un fenómeno socio-histórico en el que la historia es depositada en la cultura. Recordar es una forma de cargar con la historia y ésta, a veces, pesa mucho. Hay cosas que no pueden ser cargadas por una sola persona y otras que algunas personas no quieren (ni quisieran) cargar. Demasiada disonancia cognitiva pone en peligro nuestra -restrictiva-  estabilidad mental. Resulta entonces interesante considerar la relación entre lo que es individual y lo que es colectivo en términos de memorias e historias.

Lo individual y lo colectivo se entienden y estructuran con base en sus diferencias. Dando por hecho que ambos están en constante transformación que resultan de sus interacciones, podemos ver a la cultura como el contexto a partir del cual la identidad se construye por diferenciación de este último. Desde las grandes obras, leyendas y mitos hasta lo no-dicho y no-contando, la cultura se vuelve fuente y recipiente de memoria colectiva. Así, cada individuo representa una versión de lo que carga la cultura a la que se ha expuesto.

Debería ser un ideal operar en la cotidianidad con consciencia de lo que somos, lo que hemos sido, lo que devenimos y por lo tanto del significado —potencial— que pueden cargar nuestras acciones. Por más pequeñas que sean. No obstante, como consecuencia de los intercambios mencionados y explorados, emerge una especificación: la responsabilidad individual se limita a la(s) unidad(es) espacio-tiempo dentro de la que se mueve el individuo mientras que las colectivas se encargan de mantener aquello que contextualiza al espacio y el tiempo.

Entonces antes de preguntar lo que significa perdonar sin olvidar resulta preciso cuestionarse sobre lo que representa el perdón de una colectividad y las formas que éste puede tomar en la singularidad de cada individuo.

¡¿Cómo ves?!

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Perdonar sin olvidar

aPor: Alex Leurs

No me gusta París. Tiene todo lo que no extraño de una ciudad grande; tráfico, ruido, caos, masas de gente en dinámicas deshumanizantes y contaminación, entre otras. No obstante habría que ser muy testarudo para negar su grandeza. Es la ciudad cliché del romanticismo y la belleza. Joya arquitectónica, mina de oro cultural, patrimonio histórico, bastión de los derechos humanos y de la modernidad democrática. París es simbólicamente un testigo de las atrocidades que fundaron nuestro presente sociopolítico. En este sentido, el legado histórico parisino transmite una responsabilidad social de la cual es importante poder apropiarse si pretendemos aprender del pasado para encaminar los presentes por venir.

Recientemente descubrí, en París, el Memorial de los Mártires de la Deportación; se trata de un monumento a los que sufrieron y sobrevivieron los abusos de otros. Un recuerdo del alcance de la maldad pero también de supervivencia, de lazos y resiliencia. Y si bien es un monumento al pasado, también lo es hacia los que vuelven a vivir estas tragedias en la actualidad. O por lo menos, la promesa de que algún día también se hará uno para ellos. Claro, cuando ya sea demasiado tarde. Porque al parecer ese es el momento en el que a la mayoría se le facilita abrir los ojos; cuando es muy tarde para actuar.

Situado a espaldas de Nuestra Señora de París, justo donde la Isla de la Cité termina y el Sena se impone, un parque disimula escaleras que te confrontan, de forma inevitable, con una estructura que evoca la angustia de llegar a un lugar donde no eres (bien) recibido. Luego, una secuencia de salas. Desfilan imágenes, citaciones, videos, mapas, números y estadísticas que no dejan indiferente a nadie. Da la impresión de que sólo un sociópata o un ser que no quiere sentir puede salir intacto de esta visita; confundirlos sería un insulto para el primero.

La idea de escribir alrededor de esta experiencia surgió al instante en el que entré a la primera sala. Sin embargo, la convicción de que era necesario hacerlo llego al final, cuando salí y vi a gente asoleándose, tomando cerveza en el parque del memorial.

En la visita dos citaciones me inspiraron.

“Perdona. No olvides” –Anónimo.

Yo me pregunto lo que significa y lo que representa perdonar a aquellos que cometieron crímenes contra la humanidad. También me pregunto lo que significa no olvidar. Y si me lo pregunto es porque trato de aprehender la dimensión histórica de esos eventos y lo que pueden aportarnos. Sino un memorial no sirve para otra cosa que para calmar nuestra angustia. En ese caso seria pura hipocresía (y si bien no omito la hipótesis, prefiero ser optimista). La memoria no tiene sentido si se usa para atormentar, para designar culpables y recaer en tendencias nacionalistas. La memoria es la base del aprendizaje y es en ese sentido que te pregunto a ti lector, ¿cómo perdonamos algo que no conocimos? ¿Cómo aprendemos de eso?

“Pero el día en que los pueblos entiendan quienes eran ustedes, morderán la tierra de despecho y sus remordimientos los inundarán de lágrimas y les levantarán templos”

– Vercors-

Esta cita fue la que más me conmovió. Me hizo ver que actualmente corremos el riesgo de querer morder la tierra en el futuro. En cualquier otra época ya estaríamos hablando de guerra. Nuestro presente, envuelto en lo virtual, facilita la banalización del sufrimiento de otros. Porque si puedo ver a la gente sufrir desde mi jacuzzi entonces, tal vez, después de todo, no sea tan grave. Si puedo tolerar verlo y saberlo entonces la dimensión dramática se desmorona. Y es que así nos veo. Tomando el sol sobre la memoria de los que han sufrido excesos humanos. Como si eso no pudiese pasarnos. Como si eso ya no pudiese pasar. Sin embargo, no solo esta pasando, sino que nos oponemos a responder de forma humana a una crisis social argumentado política, economía y distancia.

En la Segunda Guerra Mundial habían deportaciones, trincheras, campos de trabajo, campos de exterminio, intolerancia a la diferencia (porque no solo fueron víctimas los judíos sino también los negros, los árabes, los discapacitados y los homosexuales, entre otros), muertes, sangre y periodicazos. Hoy en día tenemos twitter e instagram, videos y fotos, migración forzada, puertas cerradas, miradas volteadas, drones y –aparentemente– algunos campos de trabajo forzado para homosexuales en Ucrania. Que las formas cambien no significa que no estén en juego los mismos valores, las mismas libertades, los mismos miedos, las mismas esperanzas. Y eso, se nos está escapando. Ojo, no hablo de la información sino de su alcance y de su significado.

Entonces, regreso a la primera citación. ¿Qué es perdonar sin olvidar?

El primer esbozo de respuesta que puedo proponer es que en una lógica dialéctica los opuestos permiten avanzar mediante síntesis. Tengo miedo de vivir sin entender lo que está en juego. Sería un insulto a nuestros antepasados que defendieron con sus vidas un ideal. No sé cuál sea ese ideal. Únicamente puedo decir que me parece que hoy en día nuestros ideales se limitan a la imagen y algunos otros indicadores banales y superficiales. Y que esos ideales no se ven trastocados por el sufrimiento humano. Al contrario, se ven reforzados como una pantalla de protección.

Tal vez la mayor lección es que el ser humano se puede deshumanizar, que la maquina que hemos creado tiene en su algoritmo la tendencia a apagarnos mediante la homogeneización de la cultura y de las formas de ser.

Entonces, saliendo del memorial, viendo a la gente sin camisa, bebiendo sobre ese parque, me vino a la mente el movimiento de los Indignados. Porque, ¿cómo no indignarse? La historia permite contextualizar el presente, reflexionarlo para construir el por venir. No hay una buen camino. Pero repetir la historia o tolerar la repetición de errores del pasado, eso si que debería ser indignante.

Retomando la construcción de Mujica; esto no es una apología al intelectualismo, es una apología a lo humano comprometido.

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