Acción y palabra: ¿hasta la victoria siempre?

Yoga

Por: Alex Leurs

El Bahavagad-Gita, elemento central del poema Mahabarata, es uno de los textos sagrados más importantes del Hinduismo. Escrito originalmente en sánscrito —la lengua sagrada de los dioses—, se le considera como el texto fundador de la filosofía yóguica. En él, Krisna dialoga con el príncipe Aryuna en la víspera de la batalla de Kurukshetra. Reflexionando sobre el camino espiritual, el príncipe pone en duda su involucramiento en la batalla. Perseguido por una comprensión moralista del mundo considera que emprender la batalla, una acción que traería la muerte de conocidos, es incompatible con una vida que pretende romper el ciclo de las reencarnaciones (Samsara). Sin embargo Krisna señala que la acción es una de las vías principales para romper el Samsara y que la vida le ha dado las herramientas para dirigir la guerra. Es su responsabilidad usar esas herramientas y por lo tanto, en este caso, Aryuna debería no solo emprender en la batalla sino ganarla.

Detrás de las palabras de Krisna se encuentra el corazón de la doctrina yóguica. Sí, el yoga es una filosofía de vida que se centra en la acción y, más específicamente, en el alineamiento de la acción con la intención. De esta manera queda que toda acción se puede realizar de dos formas: siendo —o no— “consciente” de lo que se hace, por qué y cómo se hace. El yoga no puede ser reducido a su versión Occidental consumista: tapetes de colores, licras bonitas, botellitas con agua purificada, la esperanza de un mejor cuerpo, una o dos horas a la semana. El yoga trae la mente a la acción. Puedes hacer yoga mientras lavas los trastes, cantas, haces ejercicio o el amor. Es el matrimonio del cuerpo con la mente en el presente: la intención alineada con la acción. La filosofía yóguica nos ayuda a exponer las condiciones en las cuales la acción es fuente de cambio, de ruptura de patrones en el sentido largo de la palabra.

En el transcurso de su diálogo Krisna invita a Aryuna a considerar un panorama más grande. ¿Cuál es el sentido de su acción? ¿Qué es lo que defiende? ¿A quién protege? ¿De qué? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene esta batalla a la luz de la historia? ¿De su historia? Pelear por pelear y pelear por defender a tu prójimo no es lo mismo. Podríamos decir que se trata de pelear con el corazón en la mano, con la convicción de que esa pelea tiene un objetivo que merece ser perseguido.

Ahora bien, en este artículo no pretendo reproducir el contenido de un texto sagrado y mucho menos vulgarizarlo. Más bien se trata de un punto de partida para reflexionar sobre las acciones en nuestro presente político, económico y social.

En el presente que nos toca compartir me parece que la palabra (individual, ciudadana y/o colectiva) ocupa un lugar paradójico: si bien parece estar legitimada no parece abrir caminos de alternativas. La palabra está habilitada porque en el inconsciente colectivo occidental la democracia y la libertad destronaron la autoridad tiránica y la represión. Y si bien es verdad que la(s) palabra(s) puede(n) —en algunas circunstancias— llegar a representar una acción, también es verdad que la palabra puede ser usada para eludir la acción. Las plataformas sociales han generado un espacio ilusorio en el cual las opiniones se transforman en enunciados arrojados en un barranco a un vacío que fantaseamos está repleto de gente esperando por nosotros. En esta configuración, dar su opinión parece ser sinónimo de una acción que reivindica una toma de posición. La paradoja radica en que el eco de nuestras intenciones muere en el vacío del barranco al buscar un amplificador de señal que pueda crear de él una acción. Y si hace falta un receptor para cargar la palabra y transformarla en acción es porque nosotros mismos no sabemos cargar con nuestras vociferaciones. Palabras fuertes en bocas débiles. Hoy por hoy hablamos fácilmente de revolución, en el plato, en la calle, en la economía y en la política. Pero, ¿quién entiende realmente el alcance de usar esa palabra? ¿Lo que supone? ¿Lo que incita? ¿Las puertas que abre? ¿Sus repercusiones? ¿Su significado?

Decir que vivimos momentos nunca antes vistos sería una ablación total de la historia (típica del egocentrismo humano). Sin embargo, estos parecen ser tiempos cargados de un ambiente que grita: indignación. Cambio. Ahora o nunca. Tal vez sea el peso de la historia que nos recuerda que se repite. Lo que hoy en día vivimos tanto a nivel nacional (corrupción, violencia, inseguridad, incertidumbre, descontento, falta de cohesión social) como a nivel internacional (Trump, Brexit, Le Pen o Mélenchon, Syria, Venezuela, Corea del Norte, Ukrania) parece ser la repetición de un viejo escenario con actores diferentes. Lo que hoy se repite es el ser humano intolerante, desolado y alienado en busca de métodos para defenderse de una amenaza exterior que en realidad es interna y consecuente del miedo a la diferencia. La historia se repite, nos la han cantado desde niños, pero hace falta un poco de perspectiva para darse cuenta de la veracidad de esas palabras. Sentir el peso de la “Crónica de una decadencia anunciada”. La historia se repite y tenemos —a mi parecer— mayor obligación que nuestros antepasados a emprender acciones coherentes con lo que hemos aprendido de lo que ellos han vivido. Deberíamos considerar el peso de la palabra revolución ante la luz de la historia de nuestros antepasados. De alguna manera, todos somos productos de una historia cuyas dimensiones trascienden las de una sola vida.

La pregunta entonces es: ¿qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos asumido esa responsabilidad que la historia y nuestro presente de conectividad e información nos arrojan implícitamente? ¿Asumimos esa responsabilidad? O, como Aryuna, ¿intentamos rehuirla? Como él, podríamos enfrentar nuestra comprensión limitada de la historia y los procesos que la escriben para asumir nuestra responsabilidad hacia la vida. Podríamos movernos con el corazón en la mano. En una época en la que viejos fantasmas que creíamos estaban tirados en la lona regresan para acecharnos, nos hemos quedado como venados lampareados.

La magnitud de algunos eventos de nuestro presente es abrumadora y nuestras respuestas parecen ladridos de perro enojado pero con la cola entre las patas. No metemos las manos al fuego por nada y, cuando pretendemos hacer algo, nuestras acciones brillan por tener mecha corta y poca gasolina. Entonces, retomando las enseñanzas de Krisna, ¿qué tipo de acciones estamos llevando cada uno de nosotros para contrarrestar esta ola de violencia e inhumanidad a favor de la economía e interés de algunos cuantos? La historia se repite y aunque pueda parecer cliché, sabemos cómo esta historia puede acabar: en repetición, más de lo mismo. La repetición es una forma de cárcel. La información ya la tenemos. En esta época de redes sociales no saber no es argumento. No querer sí lo es pero es una postura que hay que asumir. Porque se vale ser egoísta pero no se vale ser hipócrita.

Tal vez hoy por hoy únicamente las acciones puedan marcar una diferencia.

Tal vez las acciones que hoy necesitamos van mas allá de mensajes inspiradores como los de Prince EA.

Tal vez la palabra ha llegado a su límite al ser explotada como pantalla para obscurecer la falta de acciones.

Tal vez la palabra sin acción se asemeja a lo que Lacan describió como palabra vacía: fuente de angustia e inmovilidad.

La acción permite la realización de la palabra. En un contexto en el cual la palabra ha sido violada (en todos sus sentidos) solo la acción puede devolverle su estatuto que alguna vez pudo tener. Porque cuando palabra y acción no están acordadas, las fuentes de cambio y transformación permanecen ocultas…

Espero dejarte con preguntas. Estoy convencido de que son mas útiles que las respuestas…

…. Eso sí, el chiste de una pregunta es que sostenga un acción,

“Hasta la victoria siempre”.

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Por qué amo y odio la CDMX

 

Sofía Bosch – @sboschg

La Ciudad de México me encanta, pero muchas otras veces también me horroriza. Tengo sentimientos encontrados. Una relación amor-odio con mi ciudad natal.

No me gusta sentirme insegura caminando por la calle y estar constantemente alerta, me da mucha tristeza subirme a cualquiera de las líneas del metro que no sea la dorada: están sucias y saturadas pero por otra parte el tráfico me vuelve loca. Leo las notas con respecto a robos, homicidios y presencia del crimen organizado en la capital. Empieza la ebullición dentro de mí. Un enojo y repulsión total hacia mi ciudad. Me dan ganas de quedarme a vivir en el extranjero para siempre.

Luego me acuerdo de las caminatas que hacía por el Centro Histórico con mis ex compañeros del trabajo, de lo mucho que me encantan los chicharrones de carrito con Valentina (de la que no pica y con limón), que los domingos de conciertos en la Sala Nezahualcóyotl son increíbles, de los mariscos del Danubio en la calle de Uruguay, de mis recuerdos de infancia andando en bici con mi papá por Ciudad Universitaria y que jamás le digo que no a unos esquites del carrito que se pone en frente de la iglesia en la glorieta de la Guadalupe Inn. Entonces se me llena el corazón. Me emociono. Me dan ganas de regresar a vivir a mi ciudad, a la que siempre ha sido mi casa.

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Hace unos meses que no había venido de visita.

Voy pasando frente al metro Barranca del Muerto dirección sur, volteo y a mi lado derecho hay un nuevo mamotreto. Se llama Portal San Ángel, un nuevo centro comercial que acaba de abrir. Empieza en mi una cocción de enfado hacía la CDMX.

Los logotipos de los comercios anunciados llaman mi atención. Cinépolis: pff, para que nos pasen la misma película malísima de Derbez que también se proyecta en el las otras miles de salas del país. Sam’s Club: no vaya a ser que no tengamos donde comprar paquetes gigantes de Cocas de 2 litros. Starbucks: claro, para echarnos el cafecito pretencioso de 60 pesos después de la comida. Recórcholis: ¿Qué es esto, el 2002?

Y por supuesto la epítome de los centros comerciales mexicanos: un Italiannis.

Los que me conocen saben que se me pone roja la cara cuando me enojo. Aquí me iba a explotar.

¿Cuándo dejaremos de construir centros comerciales a diestra y siniestra en la ciudad? ¿Cuándo aprenderemos a que vale más apostar por espacios públicos donde la cohesión social no esté sujeta a la capacidad de adquisición de las familias, pero a la convivialidad?

Los vecinos de Pedregal de San Ángel acaban de frenar la construcción del Picacho Lifestyle Center (qué vergüenza de nombre, por fortuna lo cambiaron a ARTZ Pedregal) también conocido como el “Antara del Sur”, el centro comercial a cargo del Grupo Sordo Madaleno desarrollador del visible Antara de Polanco. Reclaman reparen el daño ambiental que ha producido la construcción —la tala de más de mil árboles así como los problemas ocasionados por los derrumbes y desgajes de hace unos meses a metros de la lateral del Periférico. La desarrolladora deberá retribuir a la zona por medio de la planta de árboles, restituir 20 mil metros cuadrados de áreas verdes así como la planeación y construcción de vialidades para evitar el caos que la entrada y salida de autos del centro comercial generará sobre el Periférico. (Como referencia solo hay que ver lo que la plaza Oasis Coyoacán ha producido sobre Miguel Ángel de Quevedo).

Le aplaudo a los vecinos por pedir una rendición de cuentas a nivel logístico y ambiental, pero esto debería de haber sucedido antes de que la construcción comenzara. Nos deberíamos de enfurecer cada vez que se propone la construcción de un nuevo centro comercial en lugar de un espacio público verde. Su impacto no es únicamente a nivel ambiental, está también ligado a cómo nos vemos como sociedad.

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Trato de respirar lento para que se me baje el enojo pero no puedo. Mi aborrecimiento hacía esta ciudad está llegando a un límite. Y por supuesto no puedo respirar bien porque hay contingencia ambiental y el cielo está gris por la contaminación.

Llego a la Plaza del Carmen. Ya no camino, pero voy marchando furibunda.

Se me cruza el chicharronero…

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10 pesos después me estoy zampando un chicharrón grande cortado en tiritas con Valentina de la que no pica y limón. Veo a mi alrededor y la Plaza del Carmen está llena de gente, sentada en las bancas, descansando, caminando, paseando. Volteo al cielo y sus altos árboles y jacarandas me hacen sombra. Doy un buen respiro y vuelvo a amar a mi Ciudad de México.

[Después de mi chicharrón, seguí caminando y dos cuadras adelante casi llegando a Plaza Loreto me encontré con OTRO nuevo centro comercial: Patio Revolución, y seguí y me topé con OTRO (!!): Plaza Vista Pedregal. ¿Qué diría Jane Jacobs de nuestra ciudad?]

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Un viaje por el mundo de Stanley Kubrick

Stanley Kubrick en la Cineteca

Por Uriel Gordon – @Urielo_

Se escucha música de Beethoven como telón de fondo. En frente de ti, aparece un maniquí vestido con pantalón, camisa y tirantes de color blanco; trae puestas unas botas, un sombrero negro y en su mano, sostiene un bastón del mismo color. Lo rodean dos maniquíes de mujeres desnudas que portan pelucas güeras. En las paredes negras, se alcanza a leer, en tipografía psicodélica, palabras como “Moloko plus” y “Moloko vellocet”. Sabes perfectamente dónde estás: en el Bar Korova que abre la película A Clockwork Orange de Stanley Kubrick, que se basa en la novela de Anthony Burgess.

Bar Korova

Te imaginas que a tu lado, se encuentran Alex DeLarge y sus amigos o “droogs”, Georgie, Dim y Pete; escuchas la risa tonta de Dim y miras a los ojos a Alex, que te proyectan de inmediatamente, una malicia sarcástica; sientes miedo: conoces bien a los personajes y sabes de lo que son capaces. Por instinto, quieres escapar, pero te das cuenta que involuntariamente has dejado de ser solo un espectador, que la cinta vive en ti desde hace tiempo. El escenario en el que estás simplemente te recuerda que hay una parte tuya que se encuentra encapsulada en este filme que se estrenó en 1971. Sigues avanzando.

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Miras el suelo y ahora estás caminando sobre un tapete con figuras geométricas naranjas, cafés y rojas. Frente a ti, ves un diminuto suéter de color azul cielo que en medio, trae un cohete espacial: es la ropa del pequeño Danny Torrence. Imaginas al niño recorriendo, en su triciclo, el tenebroso Overlook Hotel cuando de pronto, te topas con una máquina de escribir; te llama la atención, te acercas y observas un papel que refleja todo el trabajo literario que el papá de Danny se ha dedicado a escribir en los últimos meses.

“All work and no play makes Jack a dull boy”

Lees la siguiente frase que se repite a lo largo de la página: “All work and no play makes Jack a dull boy”(“Solo trabajar y no jugar hace de Jack un chico aburrido”). Sabes lo que representan esas palabras y la máquina de escribir; son símbolos del caos y el terror que carga y desata Jack Torrance, en la cinta de The Shining de 1980 que está basada en la novela de Stephen King. Sientes ansiedad, pero continúas adentrándote al mundo de esta película de Kubrick que por primera vez, viste a los 14 años y que desde ahí, te persigue.

Eyes wide shut

La sensación de nerviosismo incrementa: comienzas a escuchar una especie de cantos dignos de un ritual satánico; la música y las voces te hacen saber perfectamente que ha llegado el momento de sumergirte al mundo de la última película de Kubrick, Eyes Wide Shut de 1999. Te invade el suspenso; al entrar a una nueva sala, la luz se vuelve más oscura, la bienvenida te la dan una serie de extrañas máscaras que podrían verse en el Carnaval de Venecia. Sigues caminando y todo lo que ves tiene una estética de sueño: te encuentras en una mansión de Nueva York con gente millonaria muy extraña, que viste túnicas, capas negras y que cubre sus rostros precisamente con el tipo de máscaras que observaste en la entrada. Aunque todos esconden su identidad con el disfraz, conocen perfectamente quién es quién ahí.

Repentinamente, aparece un intruso que no fue invitado a la fiesta: es el maniquí del Dr. Bill Harford, cubierto con una máscara blanca que trae una especie de antifaz dorado, que se extiende desde la frente hasta las mejillas. Para su mala fortuna, descubren que no pertenece ahí. Sientes angustia: sabes que en los siguientes minutos le darán una lección que no esperaba; sabes que la película que busca adaptar al cine la novela Relato soñado de Arthur Schnitzler, tiene la capacidad de convertir las fantasías del Dr. Harford en su peor pesadilla.

Terminas el recorrido de “Stanley Kubrick, la exposición”, en La Galería de la Cineteca Nacional de México, y sientes primero alivio y luego la emoción de haber tenido la oportunidad de observar en vivo, más de 900 piezas que envuelven a la obra de este cineasta. Piensas en los objetos icónicos, en las películas con las que creciste, en cómo sus historias e imágenes permanecen en tu memoria y te acompañan, en como es que el cine es un vehículo para compartir sueños, emociones, anhelos y pesadillas.

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Futbol: lo más importante entre lo menos importante

Futbol para aficionados

Por: Ernesto Gómez  – @EGH7

Existe un debate cuando se habla sobre las conveniencias de apasionarse por las historias de las películas, series y, sobre todo, el futbol o en su defecto cualquier otro deporte. El deporte más popular del mundo despierta sentimientos en sus aficionados de todo tipo, los guiones de los partidos siempre pueden cambiar y, por esto mismo, el futbol es a final de cuentas y como lo dijo Valdano, “lo más importante entre las cosas menos importantes”.

Por lo anterior este deporte genera una pasión que para muchos parecerá desmedida, incomprensible y generadora de un desgaste innecesario. Pues ser un fanático verdadero toma tiempo, a veces quita el sueño y, por la naturaleza del deporte, en incontables ocasiones enfrentará al aficionado con la decepción y el desasosiego. Naturalmente, existirá la otra cara de la moneda, la del éxtasis, la de la incredulidad cuando se ve a un ídolo romper a una defensa y meter el gol del gane; la de la felicidad que en ocasiones se siente inmerecida cuando tu equipo logra lo que parecía imposible. Existe una cierta nobleza en apasionarse por un equipo, pues ser hincha del futbol es un irrenunciable sube y baja de emociones en el que la única constante para los devotos es la camiseta.

Tan sólo de ejemplo está la semana del Barcelona en la que un miércoles quedó eliminado de Champions para el domingo ganar un partido importantísimo contra el Real Madrid en el último minuto con gol de Messi, la mina que sigue dando alegrías a los barcelonistas. Del abismo a la gloria en cuatro días. Hay semanas por las que crees morir en el futbol.

Este bienestar es tal vez comparable con el que sentirán los fanáticos de la lectura o de alguna serie televisiva cuando ven a su personaje favorito triunfar, al igual que la tristeza cuando algún otro pierde la cabeza. Los seguidores asiduos de Game of Thrones comprenderán esta sensación perfectamente.

La pregunta es si no será mejor vivir en el aparador y ser parte del público casual que disfruta del futbol, pero cambia sus alianzas conforme cambian las fortunas de los equipos. Ser de los que gustan de ver un partido sin sufrir por el resultado y sólo alegrarse de la calidad del mismo. Sin las angustias, muchos dirán que esto es incuestionable. A los apasionados se les asemejará a disfrutar un buen vino, más nunca embriagarse, pues nunca sufrir también significa nunca saborear algo enormemente.

Naturalmente, siempre tiene que existir un límite a la pasión y no dejar que escale a otros niveles, pues siempre hay cosas más importantes. Pero sobre todo es aún más importante que la indiferencia siempre se mantenga sólo frente a lo baladí y no alcance todos los niveles de la vida. Esto porque la indiferencia se acerca peligrosamente a la inanición espiritual y no hay nada peor que eso. Hoy más que nunca es importantísimo que lo anterior no suceda.

La disputa entre la comodidad de la indiferencia y el vaivén del fanatismo se transmite a todo y siempre parecerá atractivo el camino del desapego que te distancia por siempre de la decepción. Sin objetividad alguna, como apasionado al deporte y a las historias, me decanto siempre por la vida incierta como aficionado con todo lo que conlleva, bueno y malo. Aunque honestamente, también habrá días en los que se querrá ser inmune a la tristeza que causa la derrota y optar por la comodidad del eterno indiferente, pero con la siguiente victoria se olvida este momento de duda y hace que todo valga la pena.

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WELCOME TO YOUR TAPE!

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Por: Mauricio Ochoa  – @Mauri8a

Como cualquier ente millennial con acceso a Netflix, me chuté la nueva serie de 13 Reasons Why (y la odié, pero ésa es otra historia).

Durante cada episodio, dos cosas retumbaban en mi cabeza: 1) YA CÁLLATE, CLAY, Y PONTE A ESCUCHAR EL PUTO CASETTE, y 2) Qué fuerte el bullying en las preparatorias gringas.

Al menos entre mis amigos, me parece que yo fui el único “bulleado” en la prepa. Casi todos mis amigos o se escondían en lo más recóndito de su clóset de cristal, o eran de los bullies que jodían al prójimo. Mi bullying, digámoslo así, no fue tan fuerte como el de 13 Reasons. Yo tuve varios bullies, pero solo uno recurrente, y hoy quiero hablar de él.

LUIS, WELCOME TO YOUR TAPE, CABRÓN.

Creo que antes de hablar de L.D., debería hablar un poco de su entorno familiar. Si mal no recuerdo, él era el segundo hermano de tres (o estoy inventando; ya no me acuerdo). De lo que estoy seguro es de que tenía un hermano más grande. Llamémosle Juan. Conocí a Juan nada más y nada menos que en clase de jazz. Eso, atendiendo a todos los prejuicios que giran alrededor de estas clases, nos lleva a concluir que, efectivamente, Juan también era gay.

Desde que conocí (y por conocer me refiero a “estuve en el mismo salón de duela”) a Juan, traté de llevarme con él. Uno, porque DUDE si así movías las caderas cómo moverías el; Y DOS, porque entre los cientos de provincianos con los que yo estudiaba la prepa, me parecía que era el único “abiertamente” homosexual. Spoiler alert: Juan nunca me hizo caso y la única convivencia que tuvimos fue compartir cuarto en un viaje de la escuela y que él llegara ebrio a la mitad de la noche. Not quite how I imagined our trip would be. 

Ahora, ése era Juan. Luis, por el contrario, era lo diametralmente opuesto a su hermano: macho que se respeta; goleador estrella de la preparatoria; grupito de amigos lomo plateado; novia curvilínea en turno, etc, etc, etc. Además del fútbol, Luis tenía la diversión de gritarme cosas en la escuela. Pick your insult: puto, maricón, joto. Siempre que me veían pasar. Estuviera solo o acompañado. Siempre. Todos. los. pinches. días. Mis amigas intentaron hablar con los profesores, que hicieron punto menos que nada. Nunca me pegó (…), pero eso no quitaba que me diera miedo caminar cerca de él o de su grupito de amigos. MENOS cuando salíamos noche de la escuela y había considerablemente menos gente que la normal.

El miedo se mantuvo hasta que un día iba caminando con una amiga y forzosamente teníamos que pasar enfrente de Luis y su grupito de subnormales. Y, bueno, como siempre, el típico:

“Jajajaa ahí va el joto”

“Jajaja, maricóooooon”

Y así, como si nada, de algún lugar recóndito de mi ser, se me salió un:

-Ay, primero fíjate en tu hermano, ¿no?

Miedo, pánico, terror… en los ojos de sus amigos. Mi único recuerdo después de eso es escuchar el casi inaudible “corre”, que me dijo mi amiga. Y así fue. Corrí como si mi vida dependiera de ello; como si tuviera condición física, o como si acabara de abrir la panadería. Y ya. Corrí, corrí, y dejé atrás a Luis, a su grupito de amigos anonadados y, sin saberlo, también dejé atrás mi bullying preparatoriano. Ni Luis ni sus amigos me volvieron a molestar.

Y ya. Ése es el fin de mis casettes. Tuve suerte. Ni me pusieron la madriza de mi vida, ni se volvieron a meter conmigo. Hace poco Facebook hasta me recomendó a Luis como amigo (¡!) y, obvio, me metí a stalkear. Vi que se lleva muy bien con su hermano; se likean sus fotos, etc, etc. No sé si Luis maduró, hizo sinapsis o se sacudió la provincia, pero sí sé que a mí me dejó en paz. Mi caso quizá sea aislado. Hay gente a la que tratan peor, a la que no dejan de molestar, y gente que decide que ya no puede más.

Gran parte del bullying que sale en la serie, y que me imagino que es el bullying que se hace hoy en día, es el cibernético: mandar las fotos de alguien más, enviar correos anónimos, publicar cosas en redes sociales… todo. Las redes sí han hecho más fácil escudarse en una pantalla para molestar, pero también creo que son una gran oportunidad para apoyar. “En mi tiempos” (cof cof) no era tan fácil buscar apoyo. No podíamos meternos a youtube a buscar el video de alguien que pasaba lo mismo por nosotros. No había páginas ni iniciativas de fácil acceso como ahora, y por eso me maravillan las propuestas como las de “it gets better”. Lo más aventurado que conseguí hacer en mi época era bajar Queer as Folk de mi Limewire e imaginarme que, en algún lugar perdido de Pittsburgh había gente como yo que había salido adelante. Hoy es más fácil. Hoy, creo, que es nuestro deber asegurar a las nuevas generaciones que hay un futuro mejor. Prometer al Mauricito adolescente que sí, todo mejora.

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Entre Homero Adams y Tim Burton

Dos símbolos de creatividad, autenticidad y belleza

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Por Uriel Gordon – @Urielo_

El dibujo del juguete de Homero Adams

Principios de los años noventa, Ciudad de México. La silueta que se dibuja corresponde a la “figura de acción” o al juguete de Homero Adams que, por cierto, no se parece mucho físicamente al personaje que protagoniza Raúl Julia en The Adams Family (1991); más bien, el patriarca de la familia Adams, que aparece plasmado en el papel con lápiz y crayones, está inspirado, por lo menos visualmente, en la serie animada de 1992 que cuenta las historias de esta familia excéntrica.

Tratando de hacer una fiel copia del cartón, desde el lápiz de un niño de entre seis y siete años, Homero porta un traje rayado con botones cruzados, color rosa mexicano, una camisa amarilla y una corbata verde. Tiene una cara redonda, un bigote que personifica el estereotipo de algún chef italiano, y bolsas en los ojos que lo hacen ver como si estuviera cansado, pero la ironía que refleja en los gestos faciales, es la que hace que el juguete de la caricatura se convierta en el objeto ideal del retrato.

La sonrisa dice más que mil palabras y conociendo el contexto del personaje, refleja a Homero como alguien que sí tiene un gusto por lo mórbido, por lo que está descompuesto pero, ante todo, es alguien noble: trata a la gente que lo rodea con respeto, es justo, por decirlo de cierta forma, y profesa un amor por su familia inigualable. Parte de ahí la fascinación por pintar inconscientemente a un símbolo del humor negro que nos lleva a tolerar la creativa locura que no busca dañar al otro, que nos lleva a mirar y abrazar por una ventana las diferencias que nos hacen únicos y que nos ponen en contacto con la belleza de la autenticidad.

Tim Burton

Disfrazando a monstruos

 2008, Nueva York.- En el Museo de Arte Moderno se muestra una exhibición del cineasta Tim Burton. Aparecen bocetos de sus personajes, vestuarios, cortos animados y, lo que más llama la atención, retratos en pintura que dejan que nos asomemos a la locura del artista. Particularmente, hay un par que llaman la atención: si la memoria no traiciona, vemos en un cuadro, a dos o más personas que al parecer, se encuentran cenando; la vestimenta es típica y las caras no reflejan nada fuera de lo ordinario. Los vemos recargados sobre la mesa; no observamos lo que se esconde…

Al voltear al otro cuadro, nos damos cuenta que no son humanos: son monstruos que están jugando debajo de la mesa a disfrazarse de humanos, engendros que traen puesto en sus cabezas, sombreros grandes que personifican el torso y la cara de distintos seres humanos. Es fascinante la historia que se cuenta entre líneas: monstruos que se divierten disfrazándose de humanos. ¿Qué no es al revés? ¿Quiénes son los monstruos, ellos o nosotros? ¿Será una forma de decir que los verdaderos seres fantásticos o temibles somos nosotros? ¿Será que la creativa locura que tenemos nos pone en contacto con auténticos bellos monstruos?

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El Pan Nuestro

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Por: Daniela Dib – @dandiba

El pan es el protagonista del tercer episodio de la serie original de Netflix Cooked, conducida y producida por el escritor y crítico Michael Pollan. Los primeros minutos del episodio muestran una escena cotidiana en Marruecos: un niño espera mientras su madre prepara la masa del pan para después correr a hornearlo con el panadero del pueblo. “Es imposible vivir sin pan”, se escucha decir a la madre mientras golpea la masa y harina la charola –y ella, como todas las madres, tiene razón.

Presente en prácticamente todas las culturas del mundo desde que surgió la agricultura, al pan se le considera como uno de los alimentos básicos para el cuerpo y el alma. Su existencia representa la primera transformación de ingredientes naturales realizada por el hombre: al combinarse los cereales, el agua y la sal dejan de ser solo eso y mediante una serie de reacciones químicas (que pueden o no incluir levadura) se convierten, juntos, en algo nuevo. Este proceso es tan importante que tiene un simbolismo clave en las sociedades que surgieron de las religiones judeocristianas: para los católicos, Cristo transfiguró su cuerpo en pan y en cada comunión los fieles lo consumen como alimento de vida eterna; en el judaísmo, el pan ácimo (sin levadura) representa el Éxodo, el principal evento que forjó la identidad moderna de esta religión.

La interacción de culturas y prácticas culinarias ha hecho posible que hoy podamos disfrutar de todo tipo de panes en un país donde el alimento principal siempre ha sido la tortilla (recordemos que el maíz es un grano y se mezcla con agua y sal para preparar la masa). Sabemos que la intervención francesa en México nos regaló el bolillo, inspirado en la baguette, y algunas variantes de pan dulce como la oreja o palmera, originalmente palmier, o los panquecitos que provienen de la receta de las madeleines. Aunque no es tan obvio a primera vista, otros panes que denominamos tradicionales tienen sus orígenes en el judaísmo: además de su significado religioso, la única diferencia entre el challah, consumido durante el Sabbat y otras festividades, y la trenza de panaderías mexicanas es que ésta a veces es dulce mientras que el challah solo puede ser salado; por su lado, la cemita debe su nombre (semita) y su receta al pan ácimo traído a México por la comunidad judío-española. Y, por supuesto, el pan árabe o pan pita, traído por los inmigrantes sirio-libaneses al país a principios del siglo XX, es indispensable para una de las recetas más tradicionales de la gastronomía poblana: el taco árabe.

La historia del pan, tan ligada al acervo cultural de nuestra historia, se topó recientemente con un detractor originado por una táctica de mercadotecnia. El gluten es uno de los ingredientes principales del pan: es una proteína presente en el trigo, la cebada y el centeno y llega a afectar a celíacos, personas que padecen una enfermedad que les impide procesarla y les provoca distintos síntomas, algunos de ellos muy severos. Si bien es una enfermedad real y hoy es cinco veces más común que hace cincuenta años, sigue siendo muy poco frecuente: solamente el 1 por ciento de la población mundial es celíaca, y gran parte de esa gente ni siquiera sabe que la tiene. Aún así, en 2014 surgió una ola de aversión al gluten que ganó tracción gracias a los cada vez más frecuentes estilos de vida saludable. Ingerir carbohidratos con moderación, así como menos alimentos procesados y más verduras y frutas, es siempre recomendable. Sin embargo, en algún momento consumir gluten pasó de ser lo más común a considerarse una práctica tan poco sana como comer azúcar a cucharadas. En respuesta, y como alternativa saludable, surgió la industria de productos etiquetados gluten-free que hoy varían desde pasta y hogazas hasta tamales y shampoos sin esta proteína, usualmente a un precio hasta 200 veces mayor. Además de que afecta la cartera, pese a que son bienvenidas las opciones para los cerca de 7.4 millones de celíacos en todo el mundo, satanizar y evitar el gluten sin padecer esta condición es sacrificar una oportunidad para empaparse de otras culturas a través de su mejor exponente: la comida.

En el corazón de la ciudad de Nueva York, uno de los epicentros de la gastronomía global, hoy el pan goza de una especie de renacimiento. Además de panaderías como Breads Bakery (su receta del babka, un pastel de chocolate originario de Europa oriental, ha sido laureada en varias ocasiones con el título de mejor postre de la ciudad) y Dominique Ansel Bakery (cuna del híbrido entre dona y croissant, el cronut), muchos establecimientos participan en la divulgación cultural a través de panes provenientes de distintos lugares. Hot Bread Kitchen es el mejor ejemplo, pues emplea a mujeres inmigrantes de distintos países para que cocinen sus recetas típicas de panes. Estos después se distribuyen y venden en mercados y restaurantes locales. La premisa de su fundadora, Jessamyn Rodriguez, es que muchas mujeres emigran sin habilidades profesionales o académicas y llegan a Estados Unidos armadas sólo con su habilidad en la cocina. “Tanta gente tiene una tía, una madre, abuela o alguna mujer en su vida con una receta especial de pan”, menciona. Su objetivo es monetizar esas recetas para brindar a estas mujeres una buena oportunidad de empleo. Dejando de lado las tendencias y los hashtags, inmigrantes de todos los continentes comparten sus historias a través de su dominio del gluten. Bialys, challah, flatbreads, tortillas, naan, focaccias, bagels; más que una panadería, Hot Bread Kitchen es un museo del pan como alimento universal.

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