¿Te atreverías a detener el tiempo?

banner2017-02

Por Uriel Gordon

En los años noventa, había una adolescente que podía detener el tiempo, por lo menos en el universo de ficción de la serie de televisión, Fuera de Este Mundo, que se proyectaba en el Canal 5. Cuando Evie Garland, la hija de un extraterrestre, juntaba sus dedos índices, la tierra dejaba de girar, todo se congelaba, solo ella tenía la capacidad de moverse: podía impedir, por ejemplo, que un vaso destinado a chocar con el piso se cayera; tenía el poder para suspenderlo en el aire, sujetarlo y colocarlo en una mesa para evitar que se rompiera; Evie jugaba con la gravedad, alteraba las leyes de la naturaleza a su conveniencia y después, dejaba nuevamente que el tiempo corriera.

Recuerdo que ese programa me llevaba a preguntar qué haríamos si pudiéramos frenar el tiempo. Lo primero que en ese entonces me venía a la mente, era dormir más. Imagina la escena: suena el despertador a las seis de la mañana, abres el ojo y de plano, no te quieres levantar de la cama, entonces, juntas tus dedos índices y las manecillas del reloj se detienen. Mientras tanto, tú sigues durmiendo; dos horas después, te levantas ya más descansado, más fresco y, ahora sí, que vuelva a girar el mundo; ganaste dos horas: tu día pasó de tener 24 a 26 horas; entraste en un desfase que te permitió dormir más.

A simple vista, frenar el tiempo tendría muchas ventajas: evitar accidentes, detener alguna discusión acalorada e incomoda o adquirir mayor conciencia sobre los instantes de felicidad que sintieras en determinado momento; piensa en el ejemplo hipotético que más se ajuste a tu imaginación. Sin embargo, también habría que pensar cuáles serían los efectos secundarios de detener el tiempo, la ola de reacciones en cadena que se desatarían al jugar con las leyes de la naturaleza.

En la película El Efecto Mariposa (2004), el personaje representado por Ashton Kutcher, viajaba en el tiempo con tan solo leer sus viejos diarios. Regresaba al pasado, a un momento en específico y con la conciencia que tenía en el presente, y jugaba a alterar lo que ya había sucedido para cambiar el futuro. En este sentido, una sola acción que modificara el pasado, el aleteo de una mariposa, tenía el poder de desencadenar una tormenta con efectos imprevistos que moldearían una nueva realidad; algunas de las consecuencias que desembocaban en el presente no eran las deseadas y el personaje tenía que volverse a sumergir en el pasado para corregir lo alterado.

Siguiendo la misma línea, hay un capítulo de Los Simpson donde Homero tenía un tostador mágico que lo transportaba a la prehistoria y, cada vez que interactuaba con el pasado, su presente se transformaba. En uno de esos escenarios, Homero regresa al presente y encuentra el antecomedor de su casa expandido y embellecido; su familia viste las ropas más finas, la bebé Maggie usa un chupón que tiene incrustado un diamante; además, se entera que sus cuñadas que aborrece, Paty y Selma, murieron. Todo parece pintar de maravilla para él: siente que se sacó la lotería con la inmersión que hizo en el pasado. No obstante, de pronto, Homero le pide a su esposa Marge que le pase una rosquilla y ella le pregunta sorprendida a qué se refiere con el término “rosquilla”. Cuando Homero se da cuenta de que el pasado le trajo un nuevo mundo sin rosquillas, enloquece, pega un grito al cielo y decide acudir al tostador para alterar su presente, pero lo que no se da cuenta antes de tocar base con el pasado, es que en la ventana se asoma la lluvia y en ese mundo que está a punto de abandonar, llueven rosquillas.

Si tuviéramos los poderes de Evie Garland, ¿te atreverías a detener el tiempo, a explorar los efectos mariposa positivos o negativos que podría generar el freno de las manecillas del reloj?

11_UrielGordon

 

 

Perdonar sin olvidar

aPor: Alex Leurs

No me gusta París. Tiene todo lo que no extraño de una ciudad grande; tráfico, ruido, caos, masas de gente en dinámicas deshumanizantes y contaminación, entre otras. No obstante habría que ser muy testarudo para negar su grandeza. Es la ciudad cliché del romanticismo y la belleza. Joya arquitectónica, mina de oro cultural, patrimonio histórico, bastión de los derechos humanos y de la modernidad democrática. París es simbólicamente un testigo de las atrocidades que fundaron nuestro presente sociopolítico. En este sentido, el legado histórico parisino transmite una responsabilidad social de la cual es importante poder apropiarse si pretendemos aprender del pasado para encaminar los presentes por venir.

Recientemente descubrí, en París, el Memorial de los Mártires de la Deportación; se trata de un monumento a los que sufrieron y sobrevivieron los abusos de otros. Un recuerdo del alcance de la maldad pero también de supervivencia, de lazos y resiliencia. Y si bien es un monumento al pasado, también lo es hacia los que vuelven a vivir estas tragedias en la actualidad. O por lo menos, la promesa de que algún día también se hará uno para ellos. Claro, cuando ya sea demasiado tarde. Porque al parecer ese es el momento en el que a la mayoría se le facilita abrir los ojos; cuando es muy tarde para actuar.

Situado a espaldas de Nuestra Señora de París, justo donde la Isla de la Cité termina y el Sena se impone, un parque disimula escaleras que te confrontan, de forma inevitable, con una estructura que evoca la angustia de llegar a un lugar donde no eres (bien) recibido. Luego, una secuencia de salas. Desfilan imágenes, citaciones, videos, mapas, números y estadísticas que no dejan indiferente a nadie. Da la impresión de que sólo un sociópata o un ser que no quiere sentir puede salir intacto de esta visita; confundirlos sería un insulto para el primero.

La idea de escribir alrededor de esta experiencia surgió al instante en el que entré a la primera sala. Sin embargo, la convicción de que era necesario hacerlo llego al final, cuando salí y vi a gente asoleándose, tomando cerveza en el parque del memorial.

En la visita dos citaciones me inspiraron.

“Perdona. No olvides” –Anónimo.

Yo me pregunto lo que significa y lo que representa perdonar a aquellos que cometieron crímenes contra la humanidad. También me pregunto lo que significa no olvidar. Y si me lo pregunto es porque trato de aprehender la dimensión histórica de esos eventos y lo que pueden aportarnos. Sino un memorial no sirve para otra cosa que para calmar nuestra angustia. En ese caso seria pura hipocresía (y si bien no omito la hipótesis, prefiero ser optimista). La memoria no tiene sentido si se usa para atormentar, para designar culpables y recaer en tendencias nacionalistas. La memoria es la base del aprendizaje y es en ese sentido que te pregunto a ti lector, ¿cómo perdonamos algo que no conocimos? ¿Cómo aprendemos de eso?

“Pero el día en que los pueblos entiendan quienes eran ustedes, morderán la tierra de despecho y sus remordimientos los inundarán de lágrimas y les levantarán templos”

– Vercors-

Esta cita fue la que más me conmovió. Me hizo ver que actualmente corremos el riesgo de querer morder la tierra en el futuro. En cualquier otra época ya estaríamos hablando de guerra. Nuestro presente, envuelto en lo virtual, facilita la banalización del sufrimiento de otros. Porque si puedo ver a la gente sufrir desde mi jacuzzi entonces, tal vez, después de todo, no sea tan grave. Si puedo tolerar verlo y saberlo entonces la dimensión dramática se desmorona. Y es que así nos veo. Tomando el sol sobre la memoria de los que han sufrido excesos humanos. Como si eso no pudiese pasarnos. Como si eso ya no pudiese pasar. Sin embargo, no solo esta pasando, sino que nos oponemos a responder de forma humana a una crisis social argumentado política, economía y distancia.

En la Segunda Guerra Mundial habían deportaciones, trincheras, campos de trabajo, campos de exterminio, intolerancia a la diferencia (porque no solo fueron víctimas los judíos sino también los negros, los árabes, los discapacitados y los homosexuales, entre otros), muertes, sangre y periodicazos. Hoy en día tenemos twitter e instagram, videos y fotos, migración forzada, puertas cerradas, miradas volteadas, drones y –aparentemente– algunos campos de trabajo forzado para homosexuales en Ucrania. Que las formas cambien no significa que no estén en juego los mismos valores, las mismas libertades, los mismos miedos, las mismas esperanzas. Y eso, se nos está escapando. Ojo, no hablo de la información sino de su alcance y de su significado.

Entonces, regreso a la primera citación. ¿Qué es perdonar sin olvidar?

El primer esbozo de respuesta que puedo proponer es que en una lógica dialéctica los opuestos permiten avanzar mediante síntesis. Tengo miedo de vivir sin entender lo que está en juego. Sería un insulto a nuestros antepasados que defendieron con sus vidas un ideal. No sé cuál sea ese ideal. Únicamente puedo decir que me parece que hoy en día nuestros ideales se limitan a la imagen y algunos otros indicadores banales y superficiales. Y que esos ideales no se ven trastocados por el sufrimiento humano. Al contrario, se ven reforzados como una pantalla de protección.

Tal vez la mayor lección es que el ser humano se puede deshumanizar, que la maquina que hemos creado tiene en su algoritmo la tendencia a apagarnos mediante la homogeneización de la cultura y de las formas de ser.

Entonces, saliendo del memorial, viendo a la gente sin camisa, bebiendo sobre ese parque, me vino a la mente el movimiento de los Indignados. Porque, ¿cómo no indignarse? La historia permite contextualizar el presente, reflexionarlo para construir el por venir. No hay una buen camino. Pero repetir la historia o tolerar la repetición de errores del pasado, eso si que debería ser indignante.

Retomando la construcción de Mujica; esto no es una apología al intelectualismo, es una apología a lo humano comprometido.

35_alexleurs

 

 

 

 

Miradas externas: ¿qué secretos esconden?

Por: Alex Leurs

¿Alguna vez has tenido esa sensación extraña de que la gente ve en ti cosas que tú mismo puedes no reconocer? ¿Te ha pasado que alguien hable de ti y no puedas reconocerte en sus observaciones ? ¿Qué podemos aprender al confrontarnos con una mirada externa?

Es un fenómeno similar a cuando te escuchas en una grabación y no logras reconocer tu propia voz. Evidentemente sabes que eres tú, algo dentro de ti lo intuye. La dificultad no recae en el reconocimiento de la voz sino en el reconocerse a sí mismo en ella. La voz capturada y reproducida desde un aparato es experimentada como algo externo generando así distancia entre el productor y su producto. La distancia física y simbólica genera extrañeza al confrontar la construcción fantasmática de nosotros mismos a una escucha externa. Es un reflejo subjetivo de nosotros mismos.

Tomar distancia con respecto a nosotros mismos no es tarea fácil. Si bien existen algunas técnicas que lo facilitan (por ejemplo, la meditación), la retroalimentación por parte de terceros que aportan “miradas externas” es la fuente más importante para tomar distancia con respecto a uno mismo. Ahora bien, estas miradas —por sus estatutos de “externo”— son susceptibles de abrir caminos/posibilidades no imaginados previamente por la persona en cuestión. Esto es a lo que nos referimos cuando apelamos a una persona fuera de un contexto específico para aportar “una mirada fresca”. Todo sistema/individuo se representa a sí mismo de una forma que supone omitir otro sinfín de posibilidades y una mirada externa puede abrir nuevas perspectivas.

Mientras todavía vivía en México tuve la oportunidad de vivir una experiencia de este estilo. Recién egresado de la carrera de psicología me confronté con la necesidad de ser creativo y pro-activo para encontrar fuentes de ingreso. Así, empecé a ofrecer clases particulares para estudiantes con dificultades académicas. En casas como en cafés me desplazaba por la ciudad para dar clases. En una ocasión, sentado en El Globo de avenida Universidad, frente al Liceo de Coyoacán, tuve la oportunidad de experimentar una mirada externa sobre mí mismo. Mientras mi estudiante se empeñaba en lograr un ejercicio de álgebra mi mirada divagaba en el mar de automóviles. De repente una chica de unos 16 años entró acompañada de un hombre mayor al café. El vestía un pantalón de vestir, una camisa y una corbata. Ella había optado por algo menos común, un vestido medieval.

El binomio particular se instaló detrás de nosotros y se puso a trabajar. No sé si era su vestido particular, le sensación de ser observado o simplemente intuición de lo que sucedería después pero estaba completamente absorto por esa mesa. Me preguntaba qué podría hacer una chica con un vestido así en un día tan acalorado. Por un lado pensaba que estaba loca y por el otro lado la consideraba muy valiente. Algo en la forma en la que portaba su vestido me hacia pensar que solía hacerlo frecuentemente. No era un disfraz sino su forma de vestir, su sentido de la moda, su forma de ser. Intrigado, buscaba todos los pretextos posibles para voltearme y observarlos trabajar. La dinámica entre ellos me hizo rápidamente pensar que ella estaba tomando una clase: ella estaba sobre una hoja de papel, escribía, borraba y lo compartía con su acompañante quién parecía hacer comentarios sobre su trabajo.

Mi estudiante mató mis fantasmas preguntándome cómo despejar un cuadrado en su ecuación. Regresé a la realidad y seguimos trabajando.

Pocos momentos después escuché movimiento en la mesa de atrás y al voltearme vi a la chica caminar hacia mí. La mirada fija en el piso extendió su mano y me tendió una hoja de papel. Mi egocentrismo imaginó que me estaba dando su numero de teléfono. Mi ego creció, sonreí y antes de poder decir gracias ella se había esfumado. La vi pasar por la calle, voltear a verme y acelerar el paso. Nunca mas volví a verla.

Hipnotizado por algo que no puedo describir mi mirada estaba perdida nuevamente en el tráfico. El alumno cerró su cuaderno “listo, ¡ya terminé!” y salió corriendo al ver la camioneta de su mamá llegar. Yo seguía en trance. No tenia demasiado sentido. Seguía procesando algo que no entendía. Con cierta prisa abrí la hoja de papel y descubrí una mirada externa de mí. No había número de teléfono. No había nombre. En esa hoja de papel había un poema. Una historia de nosotros, de nuestro encuentro.

No es posible quererte así
De una manera sin nombre
Y que no pueda dormirme
Porque tu recuerdo siempre esta aquí.

Sigo sin saber, quién eres,
Tu recuerdo se esfuma de mi mente,
Un recuerdo por siempre presente.
Pero no, no eres uno mas de mis placeres.

Creo recordarte, aunque a veces
La memoria me traiciona
Y ciertos detalles se evaporan
He olvidado el color de tus ojos.

Te esfumas entre la gente,
Tu ropa se confunde entre marabuntas.
Sin embargo hoy de noche regresas entre todos,
Y una vez más nos encontramos.

Caminamos entre sonámbulos,
Y aun rodeados por una multitud
Estamos absolutamente solos.

Esta vez sí, resuena por mi cabeza,
Sueño con que esta vez sí nos presentamos,
Entre el bullicio, escucho un nombre.

Los autos seguían desfilando. Levanté la mirada para buscarla. Estaba intrigado. Ella me había visto, leído e interpretado. Su visión, fijada en esa secuencia poética me arrojaba algo de mí que no había reconocido. ¿Cómo puedes haber imaginado eso sin conocerme? ¿Qué transmití sin darme cuenta? No nos conocíamos. No importa, sus palabras me marcaron y me abrieron caminos de reflexión sobre mí. Una mirada externa introdujo distancia con la cual pude considerarme a través de otros ojos. Por un momento fui aventurero, amante de una desconocida y viajero de sueños.

En sus palabras me descubrí nuevamente.

Tal vez, como seres humanos, estamos confinados a un eterno proceso de descubrimiento con los cuales actualizarnos constantemente. Así, entonces, el ser humano más que ser, deviene constantemente a través de una síntesis de miradas externas.

“Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros” – J.P. Sartre-.

35_alexleurs

 

Jerusalén y la tesis sobre la piedra

Por: Juan Carlos Bracho

Jesús, mirándolo, dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú serás llamado Cefas (que quiere decir: Pedro -PIEDRA-).
Juan 1:42

¿Por qué la piedra?

Jerusalén es una cuidad tan interesante como lo es nuestra curiosidad. Hay algo así como cuatro (quizá hasta más) ciudades dentro una misma. En cada rincón al que uno voltea se encuentra con la Historia y la cuidada arquitectura del lugar (existe una norma que exige que todas las construcciones de Jerusalén deben hacerse con piedra) provoca contemplarla con pasmoso detenimiento; así, estés frente a un templo religioso, una avenida cosmopolita, o una simple callejuela, es difícil no maravillarse con sus piedras. Pronto caes en cuenta que el discurso de Jerusalén es justo eso… un discurso sobre la piedra.

El Muro de los Lamentos, 2017
Muro de los Lamentos. Jerusalén, 2017.

En algún punto de nuestra historia elegimos a la piedra como el mejor medio para relatar nuestro discurso; ese plano donde comunicaríamos aquello que, sentimos, debe ser comunicado. Vertimos en ella significado, haciendo que valga no por lo que es, sino por lo que nosotros vemos en ella y es así como miles (varios miles de años después) vemos a personas lamentarse frente a ella, hincarse y rezarle o hacerla símbolo de dominio sobre el otro.

Entonces… ¿por qué la piedra?

Friedrich Nietzsche parece dar respuesta a esta pregunta en su libro Ecce Homo al explicar su escrito Así Habló Zaratustra: “El hombre es para él (Zaratustra) algo informe, un simple material, una piedra que necesita la acción de un escultor”. Para Nietzsche el ser humano es una piedra que debe ser golpeada para que los trozos que caigan permitan descubrir una imagen, “la imagen de mis imágenes”. Suena bonito, ¿no? Al leer las palabras de Nietzsche resulta inevitable pensar en la frase “Eres un diamante en bruto”, que tan común es en nuestros días.

Puerta de Jaffa
Puerta de Jaffa. Jerusalén, 2017. 

Ese cejudo genio parece descubrir lo que nos sucede con la piedra: nos vemos en ella. Nos gusta pensar que somos tan fuertes y tan poderosos como ella y si dicha idea resulta demasiado áspera o bruta podemos pensar que dentro se encuentra algo bello y hermoso como un diamante, “imagen de su imagen”.

Por dulce que suene dicha aspiración presenta un error desde su concepción. No. No estamos hechos de piedra. Si se quiere saber de qué está hecho el ser humano, es el lenguaje el que nos da la respuesta:

La verdad de lo que somos se halla en la raíz del término que nos describe. Varios mitos de creación conciben al ser humano como algo moldeado a partir de la tierra, de ahí que el término “humano” provenga del latín humus (tierra), por lo que lo más preciso es pensarnos como hechos de arcilla o lodo. Somos barro, no piedra. Pensarnos como piedra, nos priva, necesariamente, de la cualidad más relevante de la naturaleza (incluida la naturaleza humana); la flexibilidad. La piedra es sólida, pesada, firme, pero jamás será flexible.

Barrio Judío Jerusalen
Barrio Judío. Jerusalén, 2017.

Este mismo error es el que provoca que toda institución eventualmente enfrente su deterioro. Al estar constituidas sobre piedra, las instituciones terminan por encarar el punto en el que su firmeza y su peso no soportan más y se quiebran.

La misma cercanía del cuerpo humano es un peligro para la “sanidad” de la piedra. Nuestra energía, nuestra humedad y nuestra respiración acumuladas al paso de los años terminan por minar la fortaleza de la piedra; entonces por qué razón edificamos nuestras instituciones sobre algo que llegado el día no será capaz de soportarnos.

Es decir, ¿por qué la piedra?

No me queda más que concluir lo obvio…

Tanto nos cuesta afrontar nuestra muerte que recurrimos a la piedra para permanecer (al menos un poco más). Elegimos a la piedra porque es en ella donde plasmamos nuestra ilusión de inmortalidad. Hemos elegido a la piedra porque no hemos terminado de entender nuestra propia naturaleza.

30_juancarlosbracho

 

 

 

 

 

¿Dónde está la playa en Guadalajara?

Ola-de-Calor-en-Guadalajara

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

El termómetro, ahora que escribo este artículo, marca 37° centígrados en Guadalajara. Regreso dos años atrás, al tiempo que me mudé a esta ciudad, y recuerdo los pensamientos que despertaron la primera vez que sentí el calor de la perla tapatía. Me encontraba en la Zona de Chapultepec que por decirlo de cierta manera, es uno de los territorios hípsters de Guadalajara; guardando proporciones, podría ser el equivalente a la Colonia Roma de la Ciudad de México.

Ese día caluroso me bajé del taxi y comencé el recorrido en la Glorieta Niños Héroes; tenía una hora para explorar el lugar, desconocido para mi, antes de la cita a la que debía acudir. Di unos pasos por el camellón arbolado de la Avenida Chapultepec; gozaba el privilegio de tener un poco de sombra, pero eso no impedía sentir el tipo de calor que te seca la garganta: decidí dar vuelta en la Calle Mexicaltzingo para comprar una botella de agua en la Plaza las Ramlas, aquella que tiene un Ihop en la esquina. Después de dar unos sorbos de agua fría, mi cuerpo quedó invadido momentáneamente por una sensación paradisíaca, la gloriosa sensación de tomar una bebida fría en un clima caluroso.

Continué caminando por Mexicaltzingo y me empecé a topar con algunas casas con estilo playero, que tenían la pinta de ser de los años sesenta: espacios llenos de ventanas rodeados de árboles y una que otra palmera. El calor seguía haciendo su efecto, pero esta vez, la brisa también me acompañaba. Automáticamente, con intensidad, me entró una rara sensación que palpitaba con fuerza, que iba más allá del calor: al observar el horizonte, esperaba encontrar el mar. Sabía que eso era imposible, pero algo en mí, me decía que si daba unos pasos más, mis pies comenzarían a sentir la arena y la espuma del mar: llegaría a la playa de Guadalajara.

Entre más me adentraba por las calles, más crecía la ilusión. Empezaba a ver restaurantes, cafés y bares con enormes terrazas. ¿Dónde está la playa? ¿Dónde está la playa?, me preguntaba tontamente. Recordé la ciudad de Tel Aviv por unos instantes, sus casas, su malecón, sus establecimientos comerciales, su gente y su playa; sentía que Guadalajara y Tel Aviv tenían un conexión secreta y el calor y la brisa paulatina que pegaba en mi cuerpo, magnificaban esa percepción. Las calles de la Zona de Chapultepec me decían que el destino que encontraría al final del camino sería la playa. Después de dos años de vivir en Guadalajara, en ocasiones y, más en estos tiempos de calor, todavía me pregunto: ¿Dónde está la playa?

11_UrielGordon

Dejen dormir a Harrison Ford

Por Jorge Eulalio Hernández

“Tu historia no ha terminado…aún queda una página” dice Ana de Armas al final del nuevo trailer de “Blade Runner 2049”, la secuela de una película de culto protagonizada por Harrison Ford en los tempranos años 80. Ford interpreta a Deckard, el mejor agente policial de una división llamada Blade Runners, quienes se dedican a identificar y exterminar a aquellos humanos artificiales— “replicantes”, como se les llama en la película— que se han rebelado contra el sistema humano, por así decirlo.

La explicación del argumento no es para añadirle volumen a este artículo, sino para denotar algo muy importante y destructivo que está sucediendo con esta y muchas más secuelas, precuelas y demás “cuelas” que toman su lugar en cartelera cada mes. Uno de los temas más controversiales entre los fans de Blade Runner era si el mismo Deckard también era un replicante y no lo sabía. Hay una breve toma en la que la pupila de Harrison Ford tiene un reflejo rojo, una característica básica de los replicantes que parece ser obvia para el público pero no tanto para los personajes dentro de la película. Este momento de duda, que abre la posibilidad de que el héroe no conozca la terrible verdad de su origen—un elemento del drama edípico por excelencia— ha generado debates, libros de filosofía y otros interesantísimos materiales en torno al cine, la bioética y muchas otras materias.

Treinta y cinco años después, un Harrison Ford con arrugas paquidérmicas intercambia diálogos con Ryan Gosling. La gran mayoría de los fans de Blade Runner opinamos que nadie necesitaba la secuela. Estábamos bien con el misterio de aquella original película que nos llenaba de preguntas la cabeza. No importa si la secuela es buena o mala, sino que su existencia echa a perder la pregunta que mantenía viva a la historia original con una devastadora respuesta: Deckard envejeció, entonces no es un androide.

Para mí, aquello que tiene secretos es algo vivo. El lado oscuro de la luna se siente más vivo por su misterio, las profundidades del océano albergan cuanta vida queramos porque la obscuridad es un lienzo para la imaginación. Todos tenemos secretos y, si las historias los tienen, se asemejan a nuestras propias historias.

Pienso en el final de “El Graduado”, uno de los mejores finales en la historia del cine y curiosamente no es un final como tal: el protagonista, triunfante, se sube al camión con la chica y tensas sonrisas se dibujan en sus rostros. Paulatinamente las sonrisas se desvanecen y, como coreografiadas, se transforman en un gesto de incertidumbre. “Y ahora… ¿Qué?” preguntan los ojos de Dustin Hoffman.

Siempre me he preguntado qué fue de ellos dos. Me los imagino eternamente sentados en aquel camión con interior blanco, como una hoja de papel nueva, acompañados de una interminable “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel y siempre en el camino, nunca en el destino.

El ejercicio de preguntarme “¿que habrá sido de ellos?” me recuerda que esos personajes seguirán vivos para siempre, porque tengo muchas preguntas que nunca podrán ser contestadas. Esa es la virtud de la pregunta irresuelta: la permanencia del misterio, que irónicamente mantiene vivo todo aquello que participa en la duda.

Hay una mala costumbre actual de querer explicar todo: los orígenes, los finales y las historias alternas. La mayoría de las veces, la historia nunca será suficiente porque el público construye nuevas historias donde las historias acaban. Es en estos “huecos” donde habita el interés del público por la narrativa, son estas lagunas donde uno se conecta emocionalmente. Cubrir estos espacios es negar esa conexión emocional.

“Quisiera pensar que huyó, pero lo más probable es que lo hayan pescado”, dice Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, sobre Jesse Pinkman. Ni su propio creador sabe qué le pasó. Por ello sus personajes son tan profundos, por ello se mantienen vivos aunque mueran a manos de unos neo-nazis de Nuevo México.

38_JorgeEulalioHernandez

 

El origen de la violencia

descarga (2)

Por: Paola González – @PaolagabbieG

La historia de la humanidad está plagada de conflictos y actos violentos. Constantemente se han hecho investigaciones y discursos acerca de la violencia que ha sido blandida desde la aparición de nuestra especie; incluso algunos se atreven a especular que sin esta situación jamás habríamos desarrollado un pensamiento científico y tecnológico como el que tenemos hoy en día.

¿Qué es lo que la detona?

¿Es una reacción inherente al ser humano?

¿Acaso falta la razón o el respeto en la crianza?

Sí, Freud afirmaba que es un acto instintivo, proveniente de nuestros genes y patrones evolutivos. Sin embargo, la ONU ha respaldado un acuerdo médico afirmando que es un efecto social que detona según el contexto de la persona violenta. Teniendo en cuenta que hay tantos estudios que se suprimen el uno al otro según el enfoque y el campo de estudio que se utilice, hasta el día de hoy los estudiosos no han podido llegar a un acuerdo.

Por otra parte, Tomás Moro (Sir Thomas Moore) en su obra “Utopía” explica que si la sociedad misma le niega las oportunidades de desarrollo adecuadas a su gente y crecen para convertirse en ladrones y asesinos, que queda más que concluir que la misma sociedad castiga a quienes ha dejado desvalidos. Esta obra podría explicar medianamente la razón de la extremada violencia que sufre y ejecuta el ser humano.

descarga (1)

Hemos crecido escuchando que somos el pináculo de la evolución, que el hombre es el único en el reino animal capaz de razonar; que en ese razonamiento está el goce de la vida, el amor, el uso de la inteligencia como herramienta y el desarrollo cognitivo superior. Hemos creído que TODAS las personas que sufren en carne propia la violencia retorcida de una voluntad mezquina se vuelven unos mártires benditos de la comunidad.

Creemos que la vida es una constante lucha en la que el más fuerte siempre se impondrá ante el débil; no nos damos cuenta que en ocasiones esa persona que venció fue en una ocasión esa persona que fue rota, retorcida en el dolor y que perdió toda esperanza de redención, de una vida digna, de paz y justicia.

No es la genética la que detona comportamientos crueles, no es nuestro ancestro primitivo el que nos incita a la venganza. No es nuestro instinto animal el que decide y planea toda una masacre. Una vez un anciano con los ojos arrasados en lágrimas le contó a su nieto sentado en su regazo cómo en tiempos de la Revolución Mexicana, él mismo siguió al ejército de Pancho Villa y entró a las ciudades ocupadas precedido por un río interminable de carmesí. Cuerpos colgando de los alféizares, vida hecha lluvia de lágrimas, sudor y sangre.

Si los especialistas juran que estamos en la época más pacifista y consciente de la historia; las millones de voces víctimas del trato inhumano en cualquier sentido gritan diciendo “MENTIRA” “CALUMNIA” “TRAICIÓN”. Desde los asaltos a mano armada, los feminicidios constantes, la represión política, segregación, asesinato por armas químicas, el mundo entero dice BASTA.

Se necesita ser valiente para tenderle la mano a quien ha sido cegado y no puede encontrar la esperanza y la redención. Sé luz, sé un puente sobre aguas turbulentas. Sé un milagro para quienes lo necesiten; no solo un post en redes sociales sobre lo terrible que te sientes viendo cómo la humanidad se destruye a si misma.

33_paolagonzalez-08