El Gato Gordo

El Gato Gordo

Por Andrés Hernández – @andreshf5
Foto: Andrés Hernández

En en el último mes tuve la oportunidad de estar en eventos que me hicieron reflexionar y que se convirtieron en la base para escribir este primer artículo. Irónicamente, al estar lejos de México, he podido interactuar con gente que ha impactado de alguna manera su funcionamiento institucional. Tan sólo durante el último mes conocí a un ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, un ex-director de PEMEX y a un ex-director del IMSS. Por otra parte, tuve la oportunidad de escuchar al Presidente de la República de Colombia, Juan Manuel Santos, al que comparé, sin mucho éxito, con Enrique Peña Nieto.

Algunos temas me abordaron mientras, a su vez, abordaba al metro. Por alguna razón las ideas fluyen cuando uno va sentado viendo a través del pasajero de enfrente. Pasó por mi mente el origen del alza en los precios del petróleo, el impacto de la decisión de la Corte sobre el uso lúdico de la marihuana, el sistema fiscal mexicano y las pláticas de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, y su contraste con el caso mexicano. Todas estas interacciones e ideas transitaron en un periodo de tiempo muy corto y todos estos eventos me pasaron a mi. Uno más en esta aglomeración urbana. Esto me ha hecho pensar que aunque los energéticos, el fisco, la guerrilla y la marihuana son temas relevantes, sólo son una pequeña parte de lo que pasa en Nueva York. En realidad lo que ha ocupado mi mente es la adaptación a la explosión demográfica, a la interacción multicultural en una de las ciudades más cosmopolitas del mundo y con mayor integración racial –para desgracia de Donald Trump.

La isla de Manhattan es conocida por sus rascacielos, parques, teatros, museos, vida nocturna y densidad poblacional –mayor a 27,000 habitantes por kilometro cuadrado, cuando la de la Ciudad de México es menor a 6,000. Sin embargo, a diferencia de algunas ciudades del mundo, donde uno siente que la ciudad tiene una lógica y las áreas están bien delimitadas, en Nueva York se puede empezar a caminar, y seguir caminando. Como cuando Forest Gump decidió no dejar de correr, yo he decidido no dejar de caminar esta ciudad. Nadie me dijo que nunca se dejaba de caminar. Así, caminando, llegué a visitar al Gato Gordo.

Después de un recorrido de más de quince kilómetros, llegué un sábado en la noche a un bar y prácticamente me desplomé sobre un sillón para poder escuchar a la banda de jazz que tocaba. El lugar es un sótano a media luz, lleno de cabinas y mesas, gente jugando billar, futbolito y hasta curling de mesa. En una esquina habían sillones apilados, el tipo de sillones que podrían estar en la sala de la abuela. Estaban acomodados como si fueran un teatro que tenía como presentación estelar a los cinco integrantes del grupo de jazz.

Un piano, un saxofón y una guitarra eléctrica conformaban la primera línea. Detrás de ellos había un contrabajo y una batería. A falta de un cantante en este grupo de jazz, los integrantes de la primera fila hacían solos como si se trataran precisamente de un vocalista. El contrabajo y la batería tocaron siempre la música de fondo, mientras los solistas se lanzaban a conquistar al público. Durante la mayor parte del show los cinco tocaban al mismo tiempo; el show fue del pianista, a pesar de la limitación sonora que tiene cuando pelea por la atención frente a los sonidos más penetrantes del resto de los instrumentos. Tocaba el piano como quien busca destrozar una batería. Un “rockstar” -aunque esta definición pueda ser una contradicción en una banda de jazz– que al tocar el piano entraba en trance. Aunque la guitarra y el saxofón tuvieron también sus momentos, no es raro verlos perder el control. En cambio el pianista, que azotaba sus dedos gordos contra el piano y que iba en contra de lo que se esperaba que hiciera, me recordó que Nueva York es mucho más que los temas coyunturales que parecen interesantes, que Nueva York es la magia de Woody Allen, y que este pianista y el gato gordo son dignos de un primer artículo.

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Yibin y su Hukou

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Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Yibin Chen se sentó junto a mi el primer día de clases y todos los días a partir de ese. Siempre callada, supuse que era china por su caligrafía perfecta y por los caracteres en sus apuntes. El semestre avanzó y juntas aprendimos de temas controversiales en diferentes ciudades. Yo pensé que Yibin, a pesar de ser del otro lado del mundo, era muy parecida a mi – graduada de una buena universidad, con algunos (pocos) años de experiencia laboral y en busca de una maestría en políticas públicas – sin embargo, estaba equivocada. Un día, Yibin y yo llegamos diez minutos antes a clase y decidí saludarla, quería saber su historia.

Yibin nació en Beijing porque sus padres vivían ahí. Fue a la escuela primaria, después a los grados equivalentes a secundaria y siempre sacaba las mejores calificaciones. Al terminar secundaria tendría que tomar un examen para ver a qué escuela preparatoria iría, que también definiría a qué universidad asistiría, que a su vez, definiría dónde estudiaría la maestría. Yibin no sentía presión, sin embargo, el día del examen, Yibin recibió un portazo. Literal. No la dejaron entrar al salón para tomar el examen.

El portazo figurativo era su hukou. Los padres de Yibin nacieron y crecieron en un pueblo cercano a Beijing llamado Yizhou. Migraron a la ciudad porque no se querían dedicar a la agricultura y formaron una familia de tres. No habían pensando en las consecuencias de su migración hasta el día del examen de Yibin. El hukou, en su definición más superficial, es el sistema de registro de vivienda de China. Identifica donde nació la persona, cómo se llama, quiénes son su padres, su esposo(a), sus hijos, y lo más importante, si el lugar donde nació es urbano o rural. Esta categoría define los servicios del estado a los que tiene derecho el residente, sean servicios de educación, de salud, derechos de propiedad de bienes raíces, entre otros. Como aprendí del ejemplo de Yibin, el hukou también se hereda. No importa donde nació la persona, sino, donde nacieron sus padres.

El hukou, en mi opinión, tiene cuasi-súper poderes. Es la forma que el estado controla la migración rural-urbana porque asegura los servicios de un estado de bienestar únicamente a los habitantes que residen en su hukou. En 2014, el Presidente Xi puso en la agenda política la posibilidad de una reforma a este sistema[1]. Sin embargo, el desempeño, según mi compañera Yibin, no fue satisfactorio. La creación de un hukou universal para ambos tipos de población hizo que las ciudades grandes controlaran aún más la inmigración ya que las finanzas se controlan a nivel local. En la cotidianidad, el hukou forma parte de las decisiones diarias de los residentes rurales e inclusive es común preguntar a qué hukou perteneces en una primera cita.

Afortunadamente, los padres de Yibin tenían ahorros y los utilizaron íntegros para comprar un departamento pequeño en Beijing. Esta propiedad, junto con múltiples contactos y palancas dentro del gobierno, les permitió cambiar de hukou e inscribir a Yibin en los exámenes de preparatoria. Irónicamente, ella los reprobó la primera vez, pero recibió un resultado aprobatorio la segunda vez. Después de contarme esta historia con un inglés fragmentado, Yibin concluyó que de no ser porque sus padres ahorraban, tenían palancas y rezaban constantemente ella no estaría en una escuela de políticas públicas en Estados Unidos debatiendo si China debiera de reformar de nuevo su sistema de registro de vivienda, es decir, el hukou.

[1] “The Great Transition.” The Economist., 22 Mar. 2014.

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