El Eco de Umberto

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Hace poco más de un año que murió en Milán, a los 84 años, uno de los intelectuales más importantes y leídos de nuestros tiempos: Umberto Eco, el erudito que alcanzó al público.

Cuando se quiere describir a este autor y a su obra, muchas palabras vienen a la mente. Esto es porque Umberto Eco fue uno de esos hombres que se especializó en una amplísima gama de temas, y escribió de todo a lo largo de una carrera de más de 50 años. Estaba obsesionado con la cultura y con la historia universal y de la lengua. El italiano nacido en Alessandria fue un hombre enormemente versátil en los temas y géneros que trató.

La mayoría de sus lectores de inmediato pensarán en El Nombre de la Rosa, su primera y más notable novela que ha vendido más de 30 millones de copias en todo el mundo. En este mismo libro, Eco presume de su versatilidad, ya que se pueden suponer tres géneros literarios: novela policíaca, novela histórica y novela filosófica. Después de ésta vino otra de sus obras más conocidas: El Péndulo de Foucault, una historia de ocultismo y conspiración que tiene al lector atrapado de principio a fin. Algunos más pensarán en su notable labor ensayística con Obra Abierta, Apocalípticos e Integrados o Lector in Fabula, entre otros. En lo personal, yo pienso en La Misteriosa Llama de la Reina Loana, una historia acerca de un hombre que, en busca de su pasado, revive la Italia de principios del siglo XX, el fascismo y los cambios sociales que se dieron entonces. Se percibe un toque más personal y evocativo de parte del autor, aún si toda la historia es ficticia.

Unos pocos, muy afortunados, tuvieron el placer de llamarlo profesor. Eco fue maestro en la Universidad de Bologna desde principios de la década de los setenta, y ahí mismo fundó, en el 2001, la Escuela Superior de Estudios Humanísticos. Umberto Eco fue un apasionado por la enseñanza y el aprendizaje, un catedrático de vocación. Esta misma vocación se percibe al leer las apostillas a El Nombre de la Rosa que son básicamente una lección de escritura literaria. Ahí mismo menciona que a él no le gusta ponerles nombre a sus novelas sino hasta el final y que prefiere que los títulos nunca predispongan a sus lectores.

Otra de las caras de Eco es la de padre de la semiótica—ciencia que estudia los diferentes sistemas de signos en la comunicación humana—y por, esto mismo, se entiende de inmediato que estamos hablando de un comunicólogo prodigioso. Creó también, en 1969, la Asociación Internacional de Semiótica, de la cual fue secretario hasta el día de su muerte. Umberto Eco se dedicó a sus múltiples pasiones sin tregua y con gusto. En Italia se le percibía como el sabio, el hombre que entendía todo y no presumía de ello. Se habla de Luigi Pirandello como el gran autor del pueblo y de Umberto Eco como el gran conocedor.

Su última novela, El Número Cero, trata sobre un periódico que busca situarse en las altas esferas de poder a través de chantajes a políticos y a banqueros, y se puede entender como el reflejo de una de sus facetas como luchador contra la corrupción y manipulación mediática. Eco fue un férreo opositor de Berlusconi, viéndolo casi como su antítesis y como un símbolo de todo lo que fallaba en los medios de comunicación modernos. Esto llega al grado de que decidió abandonar la RCS cuando fue comprada por los Berlusconi y entonces fundó su propia editorial, La nave di Teseo. Esta misma editorial será la que publique su obra póstuma y último legado: Pape Satan Aleppe, una compilación de sus columnas semanales para el periódico L’Espresso.

Según Umberto Eco, el hombre que lee llega a los 70 habiendo vivido 5000 años. Es un pensamiento consolador que este ilustre italiano nos ha dejado en sus páginas llenas de conocimiento una vida casi infinita.

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Volver a Vivir, Volver a Pensar

Pau guapa

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH

La vida es un constante discurrir de situaciones afortunadas y desafortunadas. Es así, para todos. Los problemas, suelen elegirnos, a veces como protagonistas y otras veces como espectadores. Normalmente, tendemos a engrandecer nuestros pesares y a minimizar los ajenos. Es parte de nuestra condición humana. Pero también es parte de esta condición el interés que nos suscitan las situaciones ajenas, a veces, con suerte, para aprender algo de ellas. Paulina es una mujer a la que la vida le eligió un problema poco común y muy doloroso: la pérdida en la juventud de su brazo derecho. Hace un par de semanas, tuve la oportunidad de conversar con ella y de documentar su historia a través de una pequeña entrevista. Creo que no me equivoco al decir que a la mayor parte de nosotros le aterraría vivir una situación así. Pero, tal vez, al leer su historia, encontremos puntos con los que nos identifiquemos y comprendamos que al final, la forma en la que experimentamos el sufrimiento no es tan distinta…

G. Empecemos por Paulina antes de que iniciaran los problemas. ¿Cómo te recuerdas? ¿Eras feliz?

P. No sé si lo llamaría feliz, pero sí tenía todo lo que en ese momento para mí era importante: tenía 20 años, estaba sana, tenía amigos y una buena familia. No existía para mí ninguna preocupación real. No estaba pensando en trascender, me estaba dejando llevar. No había realmente nada en lo que fijar mi atención, porque no tenía ningún obstáculo. Creo que lo único que me preocupaba era la escuela. La verdad es que volteo hacia atrás y me doy cuenta de que nada me importaba y creo que eso me hacía una persona tibia. Tibia porque no tenía nada que esperar, nada en qué pensar más que en mí y en que estaba bien y en que mi vida era buena. Nunca veía más allá de mí.

G. En ese momento, ¿recuerdas cómo te veías en 10 años? ¿Qué expectativas tenías?

P. Sí, era muy sencillo. Probablemente casada. Viviendo una vida igual de tranquila y de banal como hasta entonces. En cuanto a expectativas, me veía siendo exitosa, pero en mi definición de ello; no esperaba ser directora de una gran empresa ni nada parecido. Tenía ambiciones muy pequeñas, y eso no me parece mal, es una manera muy válida de vivir la vida. La diferencia es que a mí, la vida decidió obligarme a cambiar mi perspectiva y a preocuparme por cosas más trascendentes que mi bienestar de los próximos 3 días.

G. Como suele suceder en estas situaciones, un día estás bien y al día siguiente todo ha cambiado. ¿Cuándo empieza el proceso de cambio para Pau?

P. El día que me di cuenta que tenía un tumor en el brazo derecho.

G. ¿Sabes por qué te salió?

P. Bueno, los doctores no saben.

G. Creo que las personas, cuando tenemos un problema de salud, no podemos evitar voltear atrás y buscar un detonante: ¿Qué fue? ¿Qué hicimos mal? ¿Qué pudimos haber cambiado? ¿Tú buscas ese detonante?

P. Sí, y creo que lo tengo muy claro. Nunca me importó mucho la escuela, no era mi prioridad. Pero me pasaba algo raro. Así como a mi no me importaba, veía el enorme valor que le otorgaba la sociedad en la que yo me movía. Mi entorno le atribuía prácticamente todo el poder de definir mi vida adulta. Entonces, me causaba mucha ansiedad. Trataba de convencerme de que debía importarme, creía que mi desempeño en ella cumpliría o derrumbaría la imagen que las personas tenían de mí. Aún así, nunca logré concentrarme en ella.

Esa pelea interna constante y la ansiedad que me generaba me fueron consumiendo poco a poco, hasta hacerme cierto daño físicamente. No quiero decir que todo lo psicosomatizamos, creo que hay enfermedades que suceden y ya, pero yo, inconscientemente, estaba buscando una salida a la vida que tenía…

G. Buscabas algo que te dijera: “¡ya, no puedes hacer nada más!”

P. Exacto. Y como no me atrevía a aceptar que quería una salida sin tener una buena razón, mi cuerpo, aunado a un problema de salud latente, la encontró por mí.

G. Parece una reflexión muy dura.

P. Sí, y no sólo era la escuela. También están incluidas mis relaciones personales de aquel momento. Yo estaba haciendo muchas cosas porque creía que así debía de ser, no porque así lo quisiera. Me sentía frustrada, desesperada, no era feliz.

G. Entonces entiendo que querías un escape. Pero uno ajeno, que justificara tus acciones.

P. Y del que yo no fuera responsable. Eso es lo más difícil, hacerse responsable.

G. Dejando términos médicos a un lado, háblanos de tu proceso. Creo que es muy diferente para una persona que tiene un accidente y pierde un brazo en un segundo a lo que viviste tú. Primero encontraron un tumor y lo removieron. Te salieron dos y te sometiste a aquella operación que te destrozó el brazo. Finalmente, tuviste que decidirte por una amputación. ¿Cómo percibes tú la diferencia entre tener un brazo destrozado e inservible a no tenerlo?

P. Es chistoso, pero tener algo, aunque este mal, es tenerlo. Después de la operación que lo destrozó, lo tuve cubierto alrededor de 5 meses. No lo podía ver y eso hacía que yo albergara esperanzas, sentía que si no se movía o si no lo sentía era porque estaba cubierto. Yo sentía de pronto que podía mover los dedos, pero los doctores me miraban incómodos, yo lo sentía, pero no estaba pasando.

Pau y José andrés

Cuando por fin lo vi, supe que no servía. Después vinieron miles de operaciones subsecuentes que, en vez de mejorarlo, lo dejaban cada vez peor. Fue un proceso duro y doloroso, pero que a la larga me ayudó a entender poco a poco la realidad: lo iba a perder. Tuve suerte. Suerte de no tener que enfrentarme con esa realidad de un día para otro.

G. Una parte muy importante de tu proceso es cuando tuviste que decidir entre un trasplante de brazo y una amputación con apoyo en prótesis.

P. Sí, amputación electiva.

G. ¿Cómo tomaste esa decisión?

P. No fue difícil, porque el trasplante nunca fue una opción. Vivir con un trasplante implica tomar inmunosupresores el resto de tu vida. Éstos disminuyen tu expectativa de vida a 40-45 años y con muy mala calidad: cualquier gripa se convierte en neumonía y las probabilidades de adquirir otras enfermedades aumentan muchísimo. Simplemente no era una opción.

G. ¿Fue muy duro sacrificar esa parte de vanidad?

P. Ya no lo veía como vanidad, más bien representaba sacrificar mi integridad física. Pensaba, ¿me voy a seguir sintiendo yo? ¿Voy a seguir estando completa? La belleza claro que era importante, porque soy mujer y soy persona, pero a esas alturas definitivamente no era mi prioridad.

G. ¿Cómo te sentiste antes de la operación? ¿Estabas nerviosa?

P. Sí, muy, y mi familia también. Pero más que nerviosa estaba enojada.

G. ¿Por qué estabas enojada?

P. Estaba enojada conmigo porque en ese momento ya estaba empezando a aceptar mi parte de responsabilidad en la situación. No es que me sintiera 100% responsable, pero ese 1% que me tocaba asumir, ya era hora de que lo aceptara. Siempre es más fácil ser la víctima, y yo, muy montada en mi papel, quería seguir siéndolo. Pero cuando estás en una cama de hospital, a punto de perder un brazo, es muy difícil andarse con tonterías. La verdad te cae como un madrazo.

G. ¿Qué pasa cuándo te despiertas de la cirugía?

P. Antes de entrar a la operación había algo que salvar, y era mi codo. Amputar por debajo o por arriba del codo iba a hacer una gran diferencia en el uso que podría darle a mi brazo después. Los doctores me prometieron hacer lo posible por salvarlo, pero no podían asegurarme nada.

Después de todo el proceso que me había llevado hasta ese momento, era la primera vez en la que realmente tenía una expectativa y sabía que, de no cumplirse, enfrentar mi nueva circunstancia iba ser mucho más difícil. Significaba una pequeña conquista y lograrla me iba ayudar a sentirme en paz con la situación.

Doce horas después, desperté de la cirugía con muchísimo dolor, dolor inexplicable. La dosis máxima de morfina no me lo podía quitar. Me mantuvieron sedada un día más. Fueron días muy difíciles.

Cuando por fin me sacaron a un cuarto y pude ver a mi familia, imaginé lo peor. Yo todavía no sabía nada sobre el resultado de la operación pero sus caras me lo decían todo. Finalmente, fue una falsa alarma. En cuanto estuve consciente me explicaron todo, me habían logrado salvar el codo y por primera vez en muchos años me sentí en paz.

Algo que recuerdo muy bien de aquellos días es pensar que aquel era el momento más bajo de mi vida y que por más dolor, coraje o tristeza que sintiera, estaba bien. Si podía salir de esa, podría salir de todas. Y no sé si no haya más para abajo, pero para mí, hasta donde me había tocado vivir, no había más. De ahí sólo podía ir para arriba.

Esto es algo que me había costado mucho trabajo ver, porque cuando estás viviendo un problema, éste te absorbe, te envuelve, no puedes ver más allá de ti y de tu dolor. Es muy difícil voltear hacia un lado y ver todo lo que sí tienes y todo lo que hay de bueno en tu vida.

G. Creo que las personas, en general, no somos capaces de hacer eso. Sólo nos podemos comparar contra nosotros mismos y nuestras propias experiencias pasadas. Es la única manera en la que podemos apreciar las cosas. Yo lo entendí hasta que viví mi propia situación desafortunada, donde las personas te dicen: “agradece que es esto y no aquello” o “podría ser peor”. Siempre que escuchaba eso, pensaba en ti y en cuantas veces tratábamos de consolarte con estas palabras. La realidad es que no hay peor circunstancia que la que estás viviendo en ese momento, sin importar si es la pérdida de un brazo, o algo más o menos desafortunado.

P. Sí, esa lógica de “podrías estar peor” nunca funciona como consuelo.

G. De acuerdo, pero es difícil de entender hasta que lo vives.

P. Y deja que no funcione cuando te lo dice alguien más, menos funciona cuando te lo tratas de decir a ti misma. Comparándote con otros no es la forma de aceptar tu situación.

También hay gente que me dice: “Y ahora que ya pasó todo, ¿no piensas, bueno pudo estar peor?” ¡No claro que no! Tu dime quién, después de despertarse sin un brazo piensa que podría estar peor. Y nunca voy a pensar que prefiero vivir sin un brazo. Una cosa es aceptar tu realidad y otra muy diferente es creer que es lo máximo.

G. También están los que te dicen: “Bueno, al final no importa, estás sana.”

(Paulina suelta una carcajada)

P. No, claro que a ellos no les importa. Ellos no se despiertan todos los días con una discapacidad, ni tienen que arreglárselas todos los días para entender que esa situación no va cambiar nunca. Créeme que lo intenté mucho tiempo, pero no hay donde esconderse.

Quiero dejar en claro que entiendo que la intención de todos esos comentarios es positiva y lo aprecio mucho, el problema es que simplemente no son consuelo. El único consuelo posible tiene que venir de ti misma, de la aceptación de tu situación. Si tú no te aceptas, las personas de tu alrededor lo notarán y tampoco te aceptarán. Todos tenemos problemas y nadie quiere, ni puede, sentarse contigo a sufrir los tuyos. Eso también me costó trabajo entenderlo. Yo siempre pensaba, “por qué no pueden ponerse en mi lugar, no saben cuánto dolor tengo, no saben cuánto sufro, qué triste estoy”. No claro que no lo saben, ni les toca saber. A las personas sólo les toca conocer su propio dolor, y de ser posible, simplemente, acompañar a sus seres queridos en el de ellos.

G. ¿Podrías decir que tu ya aceptaste tu situación?

P. Te podría decir que la mayoría de los días sí. Pero hay días en los que me despierto y me derrumbo. Obviamente, quiero mi brazo de regreso, pero no se puede. Es un proceso de todos los días. Puedo decirte que, la mayoría de ellos, yo gano la batalla, otros no.

G. Volviendo al principio, partiendo de esa Pau de 20 años, ¿qué ha cambiado en tu vida, adentro de ti, después de ésta experiencia?

P. Tengo una enorme necesidad por ser independiente, esta necesidad se ha convertido en un motor en mi vida.

G. ¿Te sientes más fuerte?

P. Esa palabra no me encanta, porque en cuanto a mi brazo sí lo soy, pero respecto al resto de la vida me siento más vulnerable. Porque si algo entendí con lo que pasó es lo efímero y pasajero que es todo. Y también que hay cosas que no podemos detener y otras que no podemos cambiar a voluntad. Simplemente son así y tenemos que estar preparados para aceptarlas.

G. Podemos decir que uno de tus mayores aprendizajes es la aceptación de una realidad cambiante…

P. Sí, antes no permitía que las cosas cambiaran. Me aferraba. Así como no aceptaba las críticas, ni cualquier cosa que vulnerara mi status quo. Hoy, dejo que fluyan, estoy más abierta a seguir la vida como viene, estoy más interesada en los demás. La situación de mi brazo me obligó a entender que todos somos vulnerables. Esa negación que yo tenía anteriormente era la que no me dejaba hacerle a mi vida los cambios que necesitaba y que me tenían tan frustrada.

G. Tienes una prótesis que te puedes quitar y poner, ¿qué papel ha jugado esta prótesis en tu nueva situación?

P. Mi prótesis es como un escudo. Me da seguridad en los momentos que más vulnerable me puedo sentir. Como en eventos sociales, donde todo mundo se fija en cómo te ves. Sí, es importante poder sentirse vulnerable, pero tampoco me gusta ser el centro de atención.

Pau, sus papás y Bernardo

G. ¿Por qué no la usas diario?

P. Por la misma necesidad de independencia que mencionaba antes. No quiero ser dependiente de nada, ni siquiera de la prótesis. Sólo la uso cuando le voy a sacar alguna utilidad. Antes, la prótesis me causaba mucha ansiedad. Es una tecnología que evoluciona rapidísimo, cada año hay nuevas y son demasiado caras. No quería atarme a ella.

G. Respecto al resto de la gente, ¿cómo crees que la pérdida de tu brazo ha impactado tus relaciones?

P. Es curioso, las personas que me conocen ahora, sin brazo, abrazan la situación con mucha más naturalidad que las que me conocieron antes. Creo que para algunos es simplemente una situación incómoda y prefieren ignorarlo. También aprendí a ver una enorme diferencia entre los niños y los adultos. La mayoría de los adultos prefieren ignorar la situación, y la verdad es que, cuando se te quedan viendo, y los cachas y voltean la vista, es doloroso. No sabes qué imagen se están haciendo de ti o qué están pensando. Con los niños no pasa, ellos nunca te ignoran. Todavía no aprenden de sus madres eso de “no voltees, no preguntes, no te metas.” Entonces, todos se me acercan a preguntarme qué me pasó. Lo cuál aprecio mucho. Me tratan como a alguien que le pasó algo curioso y ya, no como a alguien que tiene algo tan diferente que hay que desviar la vista.

Pau con niña 1

G. ¿Qué sientes de que tantas personas vayan a tener acceso a tu experiencia a través de esta entrevista?

P. Esta es una parte de Paulina, no lo es todo. Aquí estoy contando sólo una de las experiencias que he tenido en la vida. No soy “Paulina, la que perdió un brazo”. No. Soy mucho más y en mi vida hay mucho más que eso. Las personas somos muy complejas. Simplemente en esta ocasión estamos hablando de esa situación en particular.

G. Por último, ¿hay algo más que te gustaría decirle a las personas que están pasando por algún problema similar y a sus familiares o amigos?

P. Pues, a quién está pasando por un problema, le diría que este es un proceso como el de Alcohólicos Anónimos: un día a la vez. Lo más importante es la aceptación. Y a sus amigos y familiares, les diría que esa persona va tener días buenos y días malos, y que a veces unos son tan necesarios como los otros. Déjennos sufrir de repente, sentir lástima por nosotros mismos, es parte del proceso. La meta es simplemente que, en la suma de los días, sean más los buenos que los malos.

Pau sin brazo

Gracias Paulina @paulisaguilar.

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Vivir de la Patada

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Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ
Imagen: Archivo Ximena Mata

Hace más de veinte años que vivo de la patada. A los cinco años empecé a practicar taekwondo y nunca lo he podido dejar. Desde esa edad, gracias a que mis padres nos hicieron pasar a mis hermanos y a mí por el tatami -además de canchas de futbol, básquetbol, albercas, salas de ballet y de gimnasia-, descubrí que mi pasión estaba en las patadas. Empezó como un juego, aprendiendo las formas, avanzando en cintas de colores, descubriendo todo lo que mis piernas eran capaces de hacer. Pocos años más tarde, el taekwondo se convirtió en mi vida, y los Juegos Olímpicos en mi mayor aspiración.

Así empezó mi vida en el deporte y puede que esta historia se parezca a la de muchos deportistas mexicanos más. Muchas cosas han pasado desde entonces. No fui a los Juegos Olímpicos. “No he ido”, me gusta pensar, porque la esperanza nunca muere. Pero sobra decir que no ha sido por falta de ganas, sino por circunstancias que, como tantos deportistas, no pude conciliar. Invertí muchos años de mi niñez y juventud en tatamis. Entrené y competí apasionadamente. A temprana edad pasé por la selección nacional y, aunque me costaba terriblemente abandonar mi casa, la idea de representar a México me llenaba profundamente, como aún lo hace hoy. Aguanté los entrenamientos y la distancia porque me gustaba competir y me encantaba ganar. Estaba decidida a que mi camino sería el del sacrificio físico, para algún día llegar a la gloria olímpica.

Sin embargo, se me atravesaría la difícil decisión que muchos deportistas mexicanos enfrentamos al salir de la preparatoria: entrar a la universidad o entrenar de tiempo completo. ¿Por qué no hacer las dos cosas?—me preguntaba. Más bien me rehusaba a decidir entre la una y la otra. Pero el sistema me la ponía difícil: tanto la universidad como la selección nacional exigían tiempo completo, y en esta vida los días no tienen 48 horas. Decidí lo primero, no sin pasar varias noches en vela pensando si había tomado la mejor decisión.

¿Qué habría pasado en caso de decidir lo segundo? Nunca lo sabré. Pero es inevitable voltear a ver las historias de tantas glorias del deporte nacional. ¿Qué querían ser de grandes? Y “de grandes” me refiero a después de sus triunfos en el deporte, porque la vida de un atleta de alto rendimiento termina demasiado pronto. Aspirar solamente al triunfo deportivo sería limitar las aspiraciones de toda una vida. Peor aún, querer vivir eternamente de glorias pasadas significaría toparse con la dura realidad de que la gente, naturalmente, olvida. Por otro lado, tal vez algunos siempre desearon vivir del deporte y, después de alcanzar sus propios objetivos, soñaron dedicarse a guiar a niños y jóvenes en este bellísimo camino. Completamente válido y encomiable, ¿qué sería de los atletas sin nuestros entrenadores? Pero ¿qué hay de los que querían ser otra cosa? Tal vez simplemente lo tuvieron que olvidar.

Voy más lejos, ¿qué hay de los que no llegaron? Para contextualizar, de los miles de taekwondoines mexicanos de extraordinario talento -e indudable capacidad de triunfar en campeonato internacionales- sólo 4 van a los Juegos Olímpicos. Cuatro, dos hombres y dos mujeres, ¡cada cuatro años! Vuelvo a preguntar, ¿qué hay de los que no llegaron, pero que igualmente sacrificaron gran parte de su vida por ello, que lo apostaron todo por un sueño que al final sólo podía ser de unos cuantos? Muchos truncaron su carrera profesional, y en verdad me encantaría saber qué es de ellos hoy.

Por mi parte, estudié Derecho en la UDLAP, que me permitía seguir entrenando y compitiendo a nivel universitario. Más adelante, el taekwondo me abrió la puerta a mi primer trabajo, dirigir el Instituto Municipal del Deporte de Puebla, y esa experiencia me permitió encontrar mi vocación por el servicio público. Además, me dio la dicha de organizar, junto con un extraordinario equipo, el campeonato mundial de Taekwondo en Puebla. ¡Vueltas que da la vida!

En México aún hay mucho por hacer. Los deportistas deberían tener acceso a mejores oportunidades profesionales más allá de las que derivan de su deporte. Y los que nos vimos en la necesidad de optar por una carrera profesional debimos haber tenido la oportunidad de perseguir el sueño olímpico también. Por otro lado, el sacrificio de los deportistas debería ser directamente proporcional al de sus resultados, que muchas veces se ven frustrados por decisiones políticas dentro de las federaciones deportivas. Asimismo, las expectativas de los atletas deberían estar mejor orientadas, viendo al deporte como un medio, más que como un fin. Porque en retrospectiva, el deporte nos permite ganar muchas batallas que se libran fuera de la cancha, o la pista, o el tatami; y al final nos da más, mucho más que un pedazo de metal.

Es por eso que, aunque mi vida como deportista tomó un rumbo diferente, sigo felizmente viviendo de la patada.

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Una Tarde en el Newseum

Newseaum

Por Uriel Gordon – @Urielo_
Imagen: Newseum.org

Si caminas por la calles de Washington DC, en la Avenida Pennsylvania, cerca del Capitolio, te topas con un edificio de siete pisos, que se llama el Newseum. Es un museo que está dedicado a las noticias y al periodismo; Freedom Forum, una fundación dedicada a promover la libertad de prensa y pensamiento, se encarga de su financiamiento. Para mí, representó una gran opción para escapar de la lluvia y el frío de la ciudad; pero más allá de eso, una gran experiencia.

Paradójicamente, un museo se puede percibir como lo contrario a lo noticioso; en muchos casos, representa el ayer, el pasado, las reliquias, lo que fue; no lo novedoso. Sin embargo, lo más interesante del Newseum es identificar que hay noticias que nos han marcado, que tienen el poder de seguir viviendo entre nosotros. Nuestra historia moldea nuestro presente: lo que fue noticia está conectado, de cierta forma, con lo que ahora es noticia. En este sentido, el Newseum nos enfrenta con el pasado y el ahora; el periodismo es la esencia que une las dimensiones del tiempo, que moldea e influye en nuestra propia historia.

Al comenzar el recorrido por el Newseum, di con uno de los símbolos que se encuentra detrás de las historias colectivas y personales de la Guerra Fría; me topé con un bloque de concreto, de más de tres metros de altura, grafiteado, que pertenecía al Muro de Berlín. En la pared, había una cara dibujada, cuadrada, que se parecía a “Robotina” de la caricatura “Los Supersónicos”; tenía la boca abierta y a través de ahí, se asomaban las palabras “You are power”.

Imaginemos la Alemania de la post Guerra, las miles de historias que escondía la superficie de una ciudad que emergió del pasado oscuro y quedó atrapada en la lógica maniquea de la bipolaridad; Berlín era una ciudad mutilada. La imagen de “Robotina” representaba la rebelión del pensamiento, detonado por el hartazgo; simbolizaba el poder de la palabra: la difusión de las noticias y la información dieron, poco a poco, voz al silencio impuesto. Justamente, el objeto de esta exhibición era mostrar cómo el periodismo representó una herramienta que ayudó a romper barreras; que ayudó a abrir mundos; a tirar el Muro de Berlín.

Al subir las escaleras, las imágenes y los símbolos continúan hablándome. Llegué a la galería de las fotografías que ganaron el Premio Pulitzer de 1942 a la fecha. Inmediatamente me fijé en las que ganaron este año y capturó mi atención una imagen: en Monrovia, Liberia, un niño de ocho años, que presuntamente estaba infectado de ébola, fue cargado para llevarlo a un centro médico, por dos personas que vestían trajes amarillos y mascarillas para no ser contagiados. Lo cargaban como a un costal; la mirada del niño estaba perdida. La fotografía de Daniel Berehulak, de The New York Times, es la imagen de la crisis humanitaria del ébola. El poder de la fotografía, despierta sensaciones instantáneas; nos mete a otra realidad de golpe y nos lleva a tomar conciencia de aquello que pensamos que puede ser ajeno a nosotros.

Lincoln shot

Llegué al cuarto piso y tocó abrir un capítulo trágico de la historia de Estados Unidos. Para conmemorar el 150 aniversario del asesinato del Presidente Abraham Lincoln, que ocurrió en Washington DC el 14 de abril de 1865, el Newseum montó una exhibición de cómo fue la cobertura que le dio al magnicidio el New York Herald. En un día, el 15 de abril de 1865, el diario publicó 7 ediciones, comenzando con la de las dos de la mañana. Se podía leer el encabezado de una de ellas en mayúsculas: “Importante, asesinato del Presidente Lincoln”. Al adentrarse en el texto, el periódico reporta: “El Presidente y la Señora Lincoln se encontraban en el Ford’s Theatre, escuchando la representación de American Cousin, ocupando un palco en la segunda grada. Al cerrar el tercer acto, una persona entró al palco del Presidente y le disparo al Sr. Lincoln en la cabeza. El disparo entró por la parte detrás de su cabeza y salió sobre la sien”.

La exhibición mostraba el concepto breaking news en el siglo XIX. Ahora con internet y con las redes sociales, nos enteramos de las noticias de manera instantánea: nuestros smartphones y nuestras computadoras de bolsillo nos informan al momento de lo que sucede, no sólo en nuestro país, sino en el mundo. En 1865 habían asesinado al Presidente de los Estados Unidos y la forma de esparcir la noticia era imprimir, imprimir e imprimir y, para esparcir la información -la versión antigua de los clicks- emplear gente que repartiera periódicos por todo el país. La prensa, con compromiso, responsabilidad y seriedad, no abandonó la noticia; investigó y reportó constantemente; mantuvo informada a la población sobre la historia del asesinato de su Presidente. Los tiempos y las formas pueden cambiar, pero la esencia del periodismo oportuno vive desde hace muchos años.

En el quinto piso, el recorrido por la historia continuó: en frente de mí, aparecieron 400 primeras planas de periódicos que cubren más de 500 años de historia. Entre ellas, por ejemplo, me topé con el encabezado del Daily Mirror, del 5 de diciembre de 1933, que daba fin a la prohibición de la venta de alcohol en Estados Unidos. Decía: “Prohibition ends at last”. Meses antes, el 30 de enero, se podía ver también en el museo, la primera plana de un diario alemán que informaba que el presidente de Alemania Paul von Hindenburg nombraba a Adolf Hitler como Canciller, marcando así, su asenso al poder. El viaje seguía: desde la batalla de Waterloo en 1815, pasando por el asesinato de John Lennon en 1980, hasta las primeras planas informando del triunfo de Barack Obama.

Para terminar el recorrido, me asomé a la terraza del sexto piso; la vista panorámica, la Av. Pennsylvania, la calle donde se encuentra la Casa Blanca, donde se generan algunas de las noticias más importantes del mundo. Hacía un poco de frío, pero ya no estaba lloviendo; el museo estaba a punto de cerrar. Pensé en mi tarde en el Newseum; en la historia hablando a través de los medios de comunicación; en el registro de los hechos, que tienen eco en el presente; en el papel y responsabilidad que tiene la prensa con nuestra realidad.

Salí del museo y me dirigí a mi siguiente parada, Landmark Theatres, para ver la película Spotlight que justamente, trata de cómo el periódico The Boston Globe, a principios de la década del dos mil, destapó los escándalos de pederastia que se dieron en la Iglesia, en Boston. Al igual que el Newseum, esta película muestra a la prensa como un actor clave con el poder para influir en los hechos y avanzar hacia algo mejor. La historia sucedió hace más de de 10 años; podríamos decir que es cosa del pasado, pero no: esta noticia, como muchas noticias que vi en el Newseum, todavía vive y está dando de qué hablar.

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Mexicanismos

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

La identidad mexicana es un asunto que a la fecha causa conflicto cuando se intenta definir. Octavio Paz dedicó una de sus obras más notables a intentar esclarecerla y ni siquiera El Laberinto de la Soledad alcanza a dejarnos una imagen clara del sentimiento que lleva dentro de sí un mexicano por el simple hecho de serlo. Sabemos y nos gusta decir que el mexicano es fiestero, amable, divertido y, sobre todo, “que no se raja”. Pero el mexicano muchas veces se antoja indescifrable.

Esto es porque nuestra identidad está llena de contradicciones. Nadie es más crítico y pesimista que el mexicano con su propio país; pero al mismo tiempo, nadie más pronto a defenderlo cuando un extranjero se atreve a burlarse de México. Se entiende como una obligación esta defensa del orgullo nacional. También se ve como un derecho exclusivo del mexicano el atreverse a hablar mal de esta nación. El mexicano se lleva entre el orgullo y la vergüenza de serlo. Caso similar con la honra que da la herencia cultural indígena, en contraste con la forma en la que se reniega de sus descendientes. Nos jactamos de las grandes construcciones mayas, pero nos ofendemos si nos llaman “indios”.

Todo lo anterior no es sin razón. ¿Cómo puede haber una identidad clara cuando toda la historia que se le enseña a una población es mentira o verdad a medias? Las páginas del pasado mexicano se han escrito con fracasos traídos a ser por los mismos héroes que festejamos. Hasta la fecha, se hace política con sabotaje. ¿Cómo sentirnos orgullosos de toda la corrupción e impunidad que hacen tan difícil el progreso? No puede haber identidad colectiva cuando los intereses propios se anteponen a los de la mayoría.

Por esto mismo, el mayor enemigo en la opinión pública es Donald Trump, detractor nefasto de los mexicanos. Los mayores íconos son los deportistas: Javier Hernández, Paola Espinosa, Julio César Chávez y Ana Guevara, por decir algunos. A estos se agregan hoy más que nunca los cineastas Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Los más leídos tendrán en alta estima al ya mencionado Octavio Paz, junto con otros notables escritores. Todos ellos son alabados por triunfar en donde no estaban llamados a hacerlo; por anteponerse a los prejuicios y a la mentalidad perdedora que estancan al mexicano. Nuestra falta de superhombres históricos nos hace aferrarnos a estos personajes de la cultura popular. Nuestra falta de protagonismo en la historia universal hace que nuestro orgullo se respalde en los también escasos triunfos deportivos. El oro olímpico del 2012 se celebró con mayor ánimo que cualquier 15 de septiembre. No clasificar al Mundial causaría un impacto mayor en el ánimo nacional que la incierta situación económica actual.

El sentimiento de ironía abunda al hacer un análisis sobre este tema. Somos un país riquísimo y repleto de pobres. Un país en el que las minorías tienen control completo sobre la mayoría. Por esto mismo también se dificulta un entendimiento uniforme del ser mexicano. No todos vivimos la misma realidad. Este país ofrece varias caras a la moneda y diferentes formas de entenderlo por ser tan contrastante. Tan sólo con mencionar que el IDH (Índice de Desarrollo Humano) en la delegación Cuauhtémoc del D.F. alcanza niveles cercanos a los de Alemania, cuando en algunos municipios de Chiapas este mismo indicador arroja cifras similares a las de países como Haití. ¿Qué tiene que ver un indio chiapaneco con un empresario que se mueve en limosina sobre el Paseo de la Reforma? Sin ir a tales extremos, ¿qué tiene que ver dicho empresario con el chofer de su limosina? Todos ostentan la misma nacionalidad, pero nunca la misma identidad, ni la misma forma de comprender su entorno.

Algunos amarán el sistema que nos rige al ser beneficiados por éste, mientras que otros lo detestarán al verse en su lado amargo. México puede ser una tierra de oportunidad y, al mismo tiempo, un lugar en el que los sueños mueren. No pretendo profundizar en este tema (requeriría al menos otro artículo completo), pero el hecho es que la desigualdad social del país hace imposible que todos comprendamos y amemos a México de la misma manera.

Los que leímos la tan sonada entrevista de Sean Penn con el Chapo Guzmán nos quedamos un poco enojados por la pésima manera en la que el actor toca el tema. También por la forma en la que malinterpreta totalmente la situación en México y lo que significa el Chapo, además del cinismo con el que lo llama “el otro presidente de México”. Una entrevista por un reportero que no lo es y por un hombre que no comprende el país del que está hablando. No lo juzgo en esto último, pues a nosotros mismos como mexicanos nos cuesta trabajo dimensionar la entera complejidad de México. Para los extranjeros México es playas, tequila y constantes encabezados con personas convertidas en cifras de muertos. Para nosotros hay mucho más que esto, incluso con la terrible inseguridad que tiene secuestrado al país.

¿Qué es ser mexicano? ¿Gritar los “viva México, cabrones” cada 15 de septiembre? ¿Gritar con aún más furia los goles del Chicharito en el Mundial? ¿Vivir con miedo al narco y con odio al gobierno? Sí y no. Es todo eso y mucho más. No se puede decir en una sóla frase al tener tantas implicaciones. Lo que se puede decir con certeza es que el mexicano carga su identidad (cualquiera que sea) con orgullo.

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Revisitando Rusia en Bellas Artes

 

Vanguardias Rusas

Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Imagen: Angélica Creixell

Si van a estar en la Ciudad de México durante enero, no dejen de visitar la exposición Vanguardia Rusa. El vértigo del futuro en el museo del Palacio de Bellas Artes. Aunque las filas invaden el palacio, vale la pena dedicarle una mañana y absorber las vanguardias en arte, diseño, cine, fotografía y carteles rusos de entre 1911 y 1948. La exposición, que estará abierta al público hasta el 31 de enero de 2016, me recordó a la majestuosidad en la formas de expresión y en la arquitectura que pude apreciar cuando visité Moscú. En particular, me hizo recordar la oda arquitectónica a la Unión Soviética y al Estalinismo, cuyo nombre en español es: Centro Panruso de Exposiciones.

Al norte de Moscú, a una hora en metro del centro de la ciudad, se encuentra el Exhibition of Achievement of National Economy, llamado hasta el 2014, el All-Russian Exhibition Center. En la entrada, deslumbra el “Monumento a los Conquistadores del Espacio” una construcción en forma de flecha de unos 110 metros de altura con una nave espacial en la cima. Este espectáculo es sólo el comienzo tímido de lo que hay dentro del Centro Panruso de Exposiciones (CPE). Detrás de la columna de acero y después de acostumbrarse a la luz del sol, aparece la entrada principal; seis columnas gigantes con un arco en medio y un estatua de dos campesinos rusos cargando una parcela de granos. Al cruzar la entrada, después de esas dos ejemplificaciones de la arquitectura esperada, los turistas aún se están preparando para abstraer y tratar de entender todo lo que verán detrás.

La construcción del CPE empezó en 1935, cuando los soviéticos querían mostrarle al mundo, a través de pabellones, fuentes y arquitectura, las ventajas y éxitos del comunismo en una gran exposición preparada para julio de 1937. El proceso de construcción fue complicado, los planes iniciales resultaron ser menos impresionantes e imponentes de lo esperado, por lo que algunos pabellones y la entrada principal fueron demolidos y reconstruidos. La exhibición abrió, por fin, en agosto de 1939 y continuó abierta hasta la invasión alemana en 1941. Reabrió en 1954, alejándose de las exhibiciones únicamente sobre agricultura para enfocarse en avances tecnológicos y en las nuevas industrias del país[1]. Lo que yo visité el año pasado, es un cuasi parque de diversiones: juegos mecánicos, familias rusas nadando o remando en los lagos y, la icónica estatua de un hombre y una mujer sosteniendo el símbolo representante, la hoz y el martillo.

Para mí, la visita a ese centro representó el momento en que me sumergí en el modus vivendi ruso y en la extrañez de una nación en transición. Al caminar por los pabellones de cada estado de la Unión Soviética y descubrir que detrás de una arquitectura estereotípicamente soviética, donde antes existían los logros de cada estado, ahora hay farmacias, tiendas de productos domésticos, cines o centros de promoción para artículos tecnológicos. Se me antojó llevar mis patines y patinar a lado de las familias moscovitas entre fuentes, monumentos y modelos de aviones para exaltar la era comunista a través de un día de campo fuera de la ciudad. La exposición en Bellas Artes, un palacio majestuoso por sí mismo, me transportó a aquella mañana al norte de Moscú.

[1] http://www.moscow.info/parks/vvts.aspx

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Contrastes

Contrastes

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ
Imagen: Hong Kong Memoirs – Fan Ho

Voy camino a Chiapas. Como cada año, viajo con mi familia para visitar a mis abuelos en épocas navideñas. Sin embargo, este año, viniendo de Nueva York, luego de concluir mi primer semestre de maestría, el viaje se siente diferente: los contrastes entre la gran manzana y el estado del sureste de México se hacen más evidentes.

Estoy en el coche, mi papá al volante, mi mamá de copiloto y mis hermanos y yo acomodados en los asientos de atrás. Sólo falta Isa, nuestra hermana mayor, que en esta ocasión no pudo venir. Vamos desde Puebla a Pichucalco, un pueblo del norte de Chiapas que nos recibe con su calor tropical sin importar la temporada del año. Esta rutina ha sido parte de nuestras vidas siempre, pero este año, se siente diferente.

Acostumbrada a la soledad del metro de Nueva York, que va lleno de gente igual de sola o simplemente ajena, para llegar a cualquier parte de Manhattan u otro barrio de la gran ciudad, esa rutina hoy contrasta con las 7 horas de carretera que hago felizmente acompañada. Siempre ha sido así, pero esta vez, se siente diferente. Me siento afortunada de compartir el lunch que mi mamá preparó una noche antes, la música que Alejandro pone -o las canciones que mi papá le pide- y los chistes que Camila, pocas pero atinadas veces, dice. Todo esta vez se siente mejor. Las tortas de jamón y queso saben más ricas, Mecano y Tears for Fears vuelven a ser hits, y las anécdotas familiares me parecen más divertidas.

También contrasta el paisaje. En Nueva York, la vista entre edificios es envidiable, de eso no hay duda. Pero la de la carretera del sureste cubierta de vegetación, y con el panorama despejado que permite ver lo que mi maestra de primaria llamaría la línea de horizonte, también lo es. Generalmente salimos de madrugada y tenemos la fortuna de ver el amanecer; este año salimos más tarde, pero podremos ver el atardecer con sus diferentes tonos de coral. Las personas a la orilla de la carretera contrastan con las que inundan las calles de Nueva York. Aquellas no nos voltean la cara, sino que nos buscan los ojos. Algunos vendiendo artesanías, otros simplemente por curiosos.

Una vez llegando a Chiapas no habrá mucho que hacer. A mis diez o quince años eso significó un gran problema, pero hoy, a mis 26, es una bendición. Especialmente cuando el ritmo de una gran ciudad no permite ir lento, ya no digamos parar, en la rutina diaria que está llena de quehacer. Seguramente llegaremos y comeremos de todo lo que mi abuela haya cocinado. Esa variedad va desde platanitos fritos, empanadas, tamales caseros, hasta cualquier tipo de postres –su especialidad. Luego haremos sobremesa que durará horas, a veces hasta juntarse con la cena. Esta dinámica será ciertamente contrastante con la de comer a toda velocidad de una a dos de la tarde en la cafetería de la Universidad. Más tarde jugaremos cartas. En nuestra infancia, mi abuela nos enseñó a mis hermanos y a mi a jugar pula y, aunque perdíamos, nos resultaba muy entretenido porque ella dividía la canasta de las apuestas entre los nietos que aguantaban hasta el final del juego. Hoy, los nietos a veces le ganamos, y las apuestas en realidad ya no importan.

En la noche no habrá ruido de ambulancias ni de las patrullas del NYPD. No se escucharán los desacuerdos –a gritos- de la gente en la calle, muchas veces por temas raciales. No habrá luz de los edificios y anuncios que alumbran todas las grandes avenidas de Nueva York. En cambio, habrá silencio y oscuridad, que se interrumpirán solamente por el canto de los grillos y, a primera hora de la mañana, por el de los gallos. Mi abuelo a esa hora estará barriendo la casa, su actividad favorita de la mañana; luego irá al rancho y, si nos despertamos a tiempo, podremos ir con él. Ahí veremos la ordeña, montaremos a caballo, nos enseñarán las nuevas crías del ganado y comeremos en el corredor de la casa grande, con una vista indescriptiblemente diferente a la de Times Square.

En la tarde tomaremos una siesta, lujo casi inalcanzable en la vida de un estudiante en Nueva York. El calor no permitirá hacer mucho de 4 a 5, o de 5 a 6, o a veces durante las dos horas seguidas, que se destinarán a dormir o a leer. Leer por placer, más que por obligación. Y dormir para descansar, o descansar sin dormir. Cuando nos hayamos aburrido de eso, mis hermanos y yo hablaremos de cualquier cosa, o de todo lo que por teléfono y mensajes no nos hemos podido decir. Pensaremos en qué película ver, veremos los trailers de todas y terminaremos sin ver ninguna, casi seguramente porque nos dará la hora de cenar. Mi mamá nos llamará a la cocina y mi papá será el último en bajar, porque estará planeando el futuro de la familia, su mejor pasatiempo en momentos de calma. Un pasatiempo que he querido heredar.

Así transcurrirán las vacaciones navideñas. Un año más como todos los anteriores, pero que esta vez, se siente diferente. Este año los contrastes se hicieron más latentes: la rutina y la calma; la compañía y la soledad; lo ordinario y lo exótico. Quizás porque lo que era, ya no es tan ordinario.

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