Cuando la leyenda se vuelve mito y retorna en su ciclo infinito.

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Por Paola González

(OJO: ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS DE LA OBRA “FAUSTO” DE GOETHE)

Durante muchos años, una novela exquisita, considerada una de las más grandes obras de la literatura clásica, fue interpretada de distintas maneras; dividió a eruditos y a novatos, causando terribles desencantos. Algunos afirmaban que la obra convertía a quienes la leían en un peligro para sí mismos y para su entorno social. Otros, que lleva una carga psicológica, política y social trascendente que los despistados no lograrían comprender. Otros más, que es una de las obras más bellas y humanas, por su tratamiento de la vida y el alma.

Hablo del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, o sólo Goethe (gø tə). En esta obra, un hombre solitario y desesperado, vende su alma al diablo, consiguiendo así una vida épica, con vastos conocimientos, placeres y longevidad. Mefistófeles, el antagonista, es el ser que Dios había creado como el más bello y poderoso de sus ángeles, y que finalmente fue enviado a las profundidades y al fuego eterno por su desafío; continúa portando los dones que Dios le dio al crearlo, por lo tanto, es capaz de hacer creer a cualquiera que el camino que descubre frente a sus ojos es el que lleva a la plenitud y a la verdad. Fausto no tarda mucho en caer en sus mentiras.

En la primera parte de la tragedia, Fausto clama desesperado en su soledad aquella necesidad de una cercanía espiritual, el poder apreciar la belleza que Dios creó en el universo y sus portentos. Lo que más desea es sentirse admirado apreciado y amado. El conocimiento que tanto ha cultivado durante su vida le parece insuficiente. Sin embargo, el poder de Mefistófeles le engaña y le lleva a vivir una vida como ninguna otra, sí, pero insatisfactoria.

Y muchos dirán ¿pero cómo? Si disfrutó todo, vivió muchos años, bailó con brujas, embaucó hombres poderosos, desafió a las parcas, habló con grandes filósofos, amó a helena. Eso no puede ser insatisfactorio.

Siguiendo a Mefistófeles solo estaba siendo consciente de una parte de sí mismo. Al dejarse llevar por él, en una vorágine muy similar al actuar de muchos más  “no pienses, no creas, disfruta, goza, vive al máximo tu cuerpo”, Fausto, al igual que aquellas personas, se olvida de dos partes de su naturaleza: su mente y su espíritu. Solo uniendo estas tres se vive en plenitud. Mientras más “disfrutaba” Fausto de su vida, —y lo pongo entre comillas porque Mefistófeles siempre arruinaba esa felicidad— más se encadenaba al infierno y el contrato de la venta de su alma se volvía más sólido. Y muchos alegan que el seguir normas que definan la integridad y/o dignidad del ser humano son los actos que llevan a encadenar el cuerpo y el espíritu.  Me pregunto si son conscientes de esas pequeñas punzadas de vacío al terminar el día en una supuesta libertad sin camino alguno. En ocasiones las nomas liberan más que un camino sin restricciones.

Más adelante en la trama ocurre un cambio sustancial en el protagonista. Al igual que todos cuando la vida ha dejado su impronta en el ser humano, comienza a reflexionar sobre el camino que le llevó hasta aquél lugar y situación en la que se encuentra. Fausto reconoce su fallo tras múltiples diálogos aún bajo el influjo de Mefistófeles.  Al dejar pasar su energía en las tres potencias del ser: cuerpo mente y espíritu. Es decir, al envejecer y permitirse un escrutinio filosófico y espiritual,  Fausto llega a la plenitud de su existencia, deja entrar en su ser lo que más anhelaba; el amor lo llena, destruye las cadenas que lo ataban al infierno, destruye el contrato en el que vende su alma, lo encumbra al cielo y al fin último del alma humana.

Pero esperen un poco.  En el libro dice que Dios manda a sus ángeles a que lo suban entre pétalos de rosa. Sí. En el banquete de Platón –maestro de Aristóteles, uno de los filósofos que disertan con fausto en la obra— afirma que solo lo perfecto puede ser divino, pero nada, excepto el amor es perfecto. Ergo, el amor es Dios; y es tan basto que, nosotros, en nuestra infinita pequeñez e imperfección lo confundimos con otras cosas.

Al igual que Fausto vivimos solo una potencia, algunos tal vez dos, y buscamos entender la tercera, la espiritual, en la manera en que percibimos nuestro intelecto o nuestro cuerpo. Esta obra, más que una oda al ego; busca despertar en el lector el interés por descubrir esa plenitud que somos capaces de obtener, que la dignidad de la vida no encadena y que el amor SIEMPRE vence.

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La música como marca de vida

Por Ernesto Gómez – @EGH7

Hace varios años leí una frase de Friedrich Nietzsche que decía: una vida sin música sería una equivocación, y no la olvido desde entonces por la forma en la que me identifiqué con el sentir del filósofo alemán. En esta frase Nietzsche capturó un sentimiento ancestral en el hombre, pues la música es de las expresiones artísticas más antiguas de la humanidad y desde que se tiene registro del tiempo, se sabe que los humanos complementaban sus vidas con música. Desde los tiempos de las cavernas, los hombres más primitivos sentían ese impulso de hacer ruido y descubrir ritmo para manifestarse plenamente en su espíritu humano. La música se ha refinado mucho desde entonces, pero el impulso permanece igual.

Como todo arte, la música ha tenido muchísimas transformaciones a lo largo del tiempo y ha alcanzado todos los rincones del mundo, en los cuales se le ha dado un toque particular, que refleja la cultura de cada lugar. La música también es un reflejo del tiempo en que se hizo y del ánimo del entorno durante dicho tiempo. A pesar de sus variaciones y de los gustos, lo innegable es que el legado de los grandes músicos es atemporal y perdura sin importar la fecha ni el lugar. La buena música no se inmuta con el paso del tiempo, todo lo contrario, lo marca y hace de sus referentes portavoces de sus generaciones, ídolos inolvidables.

La música ofrece una infinidad de posibilidades y es clave para la creación de otros artes al dar la ambientación correcta o la inspiración necesaria. Es también una de las mejores herramientas para reflexionar y estar en paz con uno mismo. Cuando se prende la música en soledad, se puede apagar el ruido del mundo.

En un nivel más personal, tengo que reconocer a la música como una de mis más grandes pasiones. La mayoría de los momentos más felices de mi vida han sido al paso de una canción y estoy convencido de que no sería quién soy ni pensaría como pienso si no hubiera descubierto el amor que tengo por este arte. En una enorme cantidad de géneros muy contrastantes he encontrado diferentes mensajes que se adaptan a muchas realidades y que también pueden acompañar a cualquier estado de ánimo.

Desde mi infancia con The Killers a mi pubertad con The Beatles y Bob Dylan, desde mis tardes de estudio con bandas sonoras de John Williams y Hans Zimmer a mi camino diario a la escuela escuchando Drake. He encontrado en cada músico un complemento para mi vida.

Además de lo anterior, he descubierto que para la mayoría no hay mejor fiesta que una que se pasa cantando hasta altas horas de la noche, peleándose para escoger la siguiente canción. Pocas cosas dan más nostalgia que escuchar una canción que en algún momento marcó un período de tu vida y recordar cómo era todo en ese entonces, pocas cosas pueden alegrar más tu día que escuchar tu canción favorita en la radio.

La música es clave en la formación de la identidad, pues nos identifica con artistas y valores, además de que ayuda a crear lazos con otras personas afines a nosotros. Indudablemente vivir sin música sería un error.

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Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.

 

Inteligencia Artificial: una inquietud de nuestros tiempos

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por Jorge Eulalio Hernández

Cuando tuve que decidir cual iba a ser mi especialidad en el mundo de la animación digital, tomé el camino de la ilustración y el arte conceptual, por las cuales realmente ingresé a esa carrera. El arte conceptual es una fase de la pre-producción, ya sea para películas, televisión, videojuegos y demás proyectos que requieren de un desarrollo visual preliminar para definir exactamente como lucirá y funcionará la obra final. Dentro de esa especialidad, me concentré en el diseño de personajes, criaturas y vestuario: un clavado instantáneo al mundo de la anatomía animal, el diseño industrial y la psicología humana.

Cuando se comienza con el diseño de criaturas y personajes, uno aprende a distinguir el amplio espectro de reacción que tiene el público sobre las diferentes apariencias de los diseños. Las imágenes abstractas, por su simplicidad de lectura, se perciben como más amigables e inmediatamente se relacionan con el mundo caricaturesco, en el entendido de que son abstracciones, o metáforas gráficas de la realidad; las imágenes orgánicas, en cambio, las que tienen un nivel de abstracción menor, provocan sentimientos muy diferentes en el observador pues pueden ser admirables por la técnica que requieren, pero también pueden ser profundamente perturbadoras cuando se juega con el nivel de humanidad que tiene el personaje en cuestión.

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta un artista digital es el de replicar una imagen realista del ser humano. Se puede modelar un rostro humano con precisión científica, incluso escanear en 3D la facies de un humano real, sin embargo el producto final tiende a provocar una reacción de incomodidad o incertidumbre en el observador: los ojos lucen extraños, los gestos podrían tildarse como grotescos, la traslucidez de la piel se ve mal (aunque últimamente se ha resuelto esa característica de manera espectacular), entre otras muchas características que el público solo podría resumir con un: “no sé qué es, pero se ve raro”.

Más allá del arte digital, el fenómeno del rechazo o sentimiento de incomodidad ante un personaje humanoide ha sido abordado de manera más profunda en el campo de la robótica. Ante la aparición de robots que poco a poco se asemejan más a la apariencia y comportamiento humanos, ha surgido una creciente inquietud sobre la aparición de las inteligencias artificiales. A principios de los años setenta, Masahiro Mori, experto en robótica de origen japonés, señaló un fenómeno que se ha traducido al español como “el valle de la inquietud/incertidumbre” (en inglés, “uncanny valley”): cuando la apariencia de un robot (o personaje, si lo adaptamos a nuestro primer tema) se acerca a la de un humano, la reacción del observador se vuelve positiva, sin embargo, hay un punto de similitud que súbitamente provoca un rechazo de parte del observador, pues el robot se parece demasiado a un ser humano, por supuesto, sin serlo. Esta violenta variación en el comportamiento ante los robots antropomorfos es conocido como el valle de la inquietud.

Muchos podemos contar al menos una experiencia en la que la similitud de un robot, un personaje hecho a computadora o incluso un maniquí nos parecen perturbadores. Su similitud a nuestra figura fracasa al intentar evocar empatía y acaba por ser material digno de pesadillas pero, ¿qué nos provoca esta repulsión? ¿nos provoca inquietud la humanización de los robots? o quizá lo contrario ¿es la robotización de lo humano?

Aquello que encontramos siniestro y/u ominoso ha sido atendido por notables personajes del campo psicológico como Ernst Jentsch en el ensayo “Psicología de lo Inquietante” (1906), y posteriormente introducido al campo psicoanalítico por S. Freud en su ensayo “Lo Ominoso” (1919), textos a los que podemos acudir para un más profundo estudio sobre el funcionamiento de la inquietud ante lo inexplicable, lo misterioso y lo oculto y que por economía del tiempo del lector invitaría a leer en caso de un interés más profundo sobre nuestro tema.

Para atender a estos cuestionamientos, me refiero a dos puntos generales: la apariencia y el comportamiento; para ejemplificarlos, en ausencia de un conocimiento mayor sobre robots, androides y demás personajes como cosechados del huerto de Isaac Asimov, acudo a ejemplos cinematográficos.

 

La Apariencia Humanoide

Hay muchos ejemplos de personajes generados por computadora que nos son repulsivos: The Polar Express (2004), con un Tom Hanks digital incómodamente poseído por un nosequé en su conducta; las películas de Final Fantasy, cuyos personajes parpadean de la manera más extraña e indescriptible y las animaciones en videojuegos como Beyond Two Souls que, a pesar de contar con la actuación y captura de movimiento de Ellen Page y Willem Dafoe, nos muestran personajes que, a falta de una mejor expresión, carecen de alma.

Ya hemos escuchado numerosas veces sobre la poética relación entre los ojos y el alma. Los ojos—su brillo, el aparentemente imperceptible movimiento pupilar — son uno de los primeros puntos de verificación de humanidad. ¿Les ha sucedido que una persona que siempre anda con lentes de sol parece un tanto inexpresivo a pesar de su sonrisa o demás gestos faciales (p.e. Jack Nicholson, Stan Lee)? La ausencia del ojo en su apariencia natural es una inmediata luz roja en nuestro “sistema de reconocimiento humano”. Es en estos casos cuando “los ojos son la ventana del alma” deja de ser una frase romántica y comienza a hablar de cómo percibimos la humanidad de los otros.

En “Tron:Legacy” (2010), Jeff Bridges actúa como dos personajes: Flynn y CLU. En ambos casos, se requería representar a un Bridges joven, de la edad con la que contaba en la película original de Tron, estrenada en 1982. Se hizo un escaneo del verdadero Jeff Bridges e incluso fue él mismo quien actuó para que, con un modelo fiel a su figura y su aproximación al personaje, la representación de CLU y del joven Flynn fueran un éxito… No lo fueron. Los gestos faciales del Bridges digital se ven bruscos y plásticos, su parpadeo es anormal y, aunque la historia toma lugar en un mundo digital, este problema es un distractor importante para el público.

Pirates of the Caribbean: Dead Man’s Chest” (2006), nos presenta un memorable e impactante personaje: Davy Jones. El estudio ILM (fundado por George Lucas) desarrolló la tecnología para crear un personaje con aspecto de pulpo pero con una gran expresividad que además, goza de un aspecto natural y creíble. ¿El secreto? Los ojos. A pesar de que el rostro del actor Bill Nighy fue reemplazado por un modelo tridimensional, no se reemplazaron sus ojos, sino que se aplicó maquillaje alrededor de ellos,para que se fundiera con el modelo del diabólico capitán. Sin embargo, aunque hablo bien del resultado final, existe un contrapeso importante: Davy Jones es humanoide, pero dista mucho de parecer humano. Se resuelve el problema de la incomodidad, pero no se resuelve por los ojos (solamente) sino por la distancia con la similitud humana.

El Comportamiento Humanoide

Ya abordaba el tema en el primer artículo para Inteligencia Independiente, la película “Blade Runner” (1982) tiene numerosos y profundos temas para longevas discusiones. Uno de ellos es la forma en la que Deckard, el personaje principal, comprueba si un personaje es o no es un replicante (androide). La prueba Voight-Kampff es una versión un tanto más compleja de polígrafo, que mide signos vitales, dilatación de pupila y otras reacciones corporales para determinar si se está tratando con un humano o un androide.

Uno de los personajes principales, Rachael, es un replicante. Sin embargo la película nos demuestra que Rachael tiene aparentes (?) sentimientos e inquietudes similares o idénticas a las de un humano, esto es prácticamente el punto de conflicto filosófico en la historia. ¿A partir de qué momento una inteligencia artificial cruza el umbral para convertirse en un ser psicológico, emocional y espiritual?

Hace unos días pedí asistencia en una página de internet para comprar un producto. Me atendió una tal Carolina y fue muy amable. Sin embargo, Carolina llegó a emitir dos o tres respuestas con un lenguaje un tanto “robótico”. Siempre he pensado que, en esos casos, probablemente haya un ser humano del otro lado que tenga una serie de respuestas pre-escritas y solamente las copie y pegue en el chat. Aún con esa teoría en mente, no pude evitar notar que un débil pero claro horror tomó lugar en mi pensamiento: “¿Y cómo sé que estoy hablando con un humano?”. Quizá la prueba Voight-Kampff no está tan lejos de ser útil.

Entonces, ¿a qué le tememos? ¿Por qué me provocó miedo no saber si Carolina era un robot o una persona normal? Me parece que muchas personas nos horrorizamos al pensar en el advenimiento de la inteligencia artificial como un ser igual o superior al humano y creo que esto tiene mucho que ver con ese miedo. La temática ‘hombre vs. máquina’ y el planteamiento de la invención de la singularidad (la hipotética capacidad de una inteligencia artificial de mejorarse a sí misma, con todas las implicaciones que ello conlleva, como la autoconciencia), han sido recurrentes en el cine y hemos tenido numerosos ejemplos con finales apocalípticos  (Terminator, Matrix), otros de oscura reflexión (Ghost in The Shell, I.A., Black Mirror) y otros que exploran la idea de la inteligencia artificial que se ha mimetizado entre humanos o que están a punto de ecualizarse con él (Ex-Machina, I, robot, Blade Runner, por enésima vez). No es una coincidencia que la aparición de la singularidad nos provoque miedo, inquietud o incertidumbre: no hay que ir muy lejos para deducir las implicaciones que eso tendría sobre nuestra forma de vida y tampoco podemos evitar notar que se le ha agregado un prefijo de smart a muchos aparatos y el humano cada vez se define menos con eso.

El valle de la incertidumbre es un tema cada vez más común y con el que nos encontraremos con mayor frecuencia en los siguientes años. El miedo a crear una inteligencia que nos supere puede, como cualquier tema de ciencia ficción, salir del campo de la imaginación como resultado de una chispa de iluminación científica. En una opinión personal, espero que la singularidad y los Jeff Bridges indistinguibles del original no lleguen pronto. Aún hay un encanto en la carne, el hueso, la sangre y los errores del animal social.

Acabo de recibir un correo de Carolina. Me pide que llene un formato para hacerle saber a su empresa si su atención fue satisfactoria. Me pregunto si Carolina espera un ascenso y sueña con irse de vacaciones a Los Cabos o si se encuentra muy bien en ese servidor, con sus luces y cables, soñando con ovejas eléctricas.

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Bloody Mary. La triste historia de la primera reina de Inglaterra

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Enrique VIII
Rey Enrique VIII de Inglaterra

Por: Gabriela S. Gómez

Hace alrededor de 500 años Enrique VIII era Rey de Inglaterra. La historia de este Rey ha logrado trascender a la cultura popular más por la telenovela que fue su vida (¡tuvo seis esposas!) que por sus estrategias políticas, pero es que, en ese entonces, la telenovela y la vida pública estaban íntimamente entrelazadas, no había decisión personal que no pudiera terminar por afectar a millones de personas. Ahora, ¿qué puede hacer que un rey—que puede tener las amantes que guste— quiera pasar por seis esposas? La obsesión por tener un heredero varón.

No podemos juzgar al pobre de Enrique. Él era apenas el segundo rey de la dinastía Tudor que había fundado su padre después de años de guerras y traiciones. Mantener el trono en la familia era posiblemente el acto más trascendente de todo su reinado. Y, como si fuera víctima de una maldición—lo que de hecho él llegó a creer— su sueño de tener un hijo no se cumplía. Su primera esposa, Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel), en los 16 años que vivieron como pareja tuvo varios embarazos pero sólo uno de sus hijos logró sobrevivir a la infancia, una mujer, la futura María I. No es que Enrique fuera particularmente machista, pero en ese tiempo la idea de que las mujeres eran incapaces para gobernar era de dominio público. Entonces, Enrique creía que si dejaba como heredera a una mujer, los nobles del reino se rebelarían y pondrían a cualquier otro hombre en su lugar, otro hombre que NO sería de su familia.

Catalina de Aragon
Catalina de Aragón

Seguro de que Dios lo estaba castigando por haberse casado con la viuda de su hermano, decidió repudiar a su esposa y casarse con una mujer de la que se había enamorado perdidamente: Ana Bolena. Pero, aunque fuera rey, no podía simplemente decirle a Catalina “ya estuvo, me voy con la otra”, tenía que conseguir una anulación por parte del Papa para poderse casar legalmente con Ana y hacer a los hijos que tuviera con ella legítimos y no bastardos. Esto se le complicaba porque las relaciones de su esposa Catalina, al ser hija de los Reyes Católicos y por lo tanto tía de su heredero, el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y I de España, eran demasiado poderosas: el Emperador no iba permitir que el Papa le diera chance a Enrique de repudiar a su tía y declarar a su prima María ilegítima. Así que la vía legal no le funcionó. Harto de esperar una resolución favorable a su causa, decidió que si él era el Rey por derecho divino, ¿por qué diablos tenía que hacer lo que le dijera el Papa? Y, literalmente, se autodesjuntó de la liga católica y se autonombró Jefe de la Iglesia de Inglaterra, acercándose así a la liga de los protestantes que tan de moda estaba en esos tiempos. Básicamente, hizo un verdadero desmadre para salirse con la suya: cambió la religión oficial de su país; se peleó con media Europa; se vio obligado a matar a muchos de sus más cercanos consejeros, fervientes católicos como Tomás Moro, porque se negaron a renegar del Papa y reconocerlo como cabeza de la Iglesia; entre otros pequeños inconvenientes. (Siempre he creído que la historia no le reconoce a Enrique que no haya tomado el camino fácil, muy utilizado en su tiempo, y le haya puesto un poquito de cianuro en el café a Catalina, y tan tan.)

Ana Bolena
Ana Bolena

Finalmente se casó con su segunda esposa, Ana, que ya estaba embarazada. Meses después de la boda, Ana estaba en labor de parto y Enrique tenía listo el festín y los cañones para anunciar el nacimiento de su tan esperado hijo. Resulta que tuvo un bebé sano y completo, con un pequeño problema… era una niña (¡ja!). No me quiero imaginar su decepción: había transformado por completo su país y su vida por ese bebé y nada. Enrique se serenó y pensó que ya vendrían los hombres. Pero aunque Ana tuvo más embarazos, no se lograron. Enrique, la pobre víctima, se convenció de que Dios lo volvía a castigar, esta vez porque Ana era “una bruja, una mala mujer, y una adúltera”. En esta ocasión no se anduvo con rodeos y mejor la mandó decapitar. Días después se casaba con su tercera esposa, Jane Seymour. Jane se embarazó pronto, y poco tiempo después le dio a Enrique el hijo que tanto había soñado, Edward, para luego morir en labor de parto. (Ya a estas alturas de la historia es cuando empezamos a creernos eso de la maldición que aquejaba el pobre Rey).

Enrique no pudo tener más hijos con las tres esposas que siguieron a Jane. Al morir, dejó en su testamento a Eduardo como principal heredero, y, si él moría sin descendencia, le seguirían su hija María y después Isabel, la hija que tuvo con Ana Bolena.

 

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Rey Eduardo VI de Inglaterra

 

Aquí viene lo bueno. Eduardo se hizo rey cuando tenía 9 años, cumpliendo el deseo de su padre de dejar un heredero varón, pero… se murió a los 16, sin hijos. Parecía que Inglaterra estaba destinada a ser gobernada por una mujer, sí o sí. La cuestión era, ¿cuál mujer? Eduardo era un convencido protestante y no quería que su católica hermana María llegara al trono y echara para atrás todas las reformas que él había impartido en sus cortos años como rey. A nosotros puede parecernos poco relevante toda esta cuestión religiosa, pero en ese tiempo la religión no sólo era un esquema de fe, era una cuestión de Estado. Ser protestante significaba tener completa independencia del Papa y de Roma; misas en el idioma del pueblo (no en latín como las católicas), eliminar las imágenes de las iglesias, y más importante aún, le permitía al pueblo leer los textos religiosos directamente, cosa a la que los católicos se oponían firmemente, alegando que el pueblo no estaba capacitado para entender la palabra de Dios. Por lo tanto, quiso cargarse a María de la sucesión dejando a su prima, Jane Grey, como heredera. Para no hacerles el cuento largo, la jugada le salió mal: su prima acabó sin cabeza y María como la primera reina mujer reconocida en todo su derecho que había tenido Inglaterra.

 

María Tudor
Reina María I de Inglaterra

 

A la Corte no le quedó más que aceptar a una mujer en el trono porque todas las otras posibilidades legítimas, eran mujeres. Ellos pensaban que el problema de la incapacidad de la mujer para gobernar se arreglaría escogiéndole a María un buen esposo. Pero se equivocaron tremendamente al pensar que ella se iba dejar imponer al que ellos quisieran. Para un rey o reina, la cuestión del matrimonio era de suma importancia por dos razones: la primera, es que era una de las más poderosas armas de política internacional, los matrimonios creaban alianzas entre países; la segunda, asegurar la sucesión. María tenía una disyuntiva, fiel a su educación creía que las mujeres debían obediencia a sus esposos, pero ella era una reina, entonces ¿cómo se iba a casar con un inglés, que por obvias razones estaría por debajo de ella, y encima obedecerle? Esa idea simplemente no la convencía.  Sus asesores también creían que las mujeres debían obediencia a sus esposos, entonces ¿cómo iba casarse la Reina de Inglaterra con un extranjero y encima obedecerle? No había salida fácil y la Reina y sus asesores estaban por sacarse los ojos. Pero la cuestión de la boda no podía aplazarse porque María tenía 37 años y una tremenda urgencia por embarazarse. Si no tenía un heredero pronto, al morir, su trono pasaría nuevamente a una protestante, su hermana Isabel.

 

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Rey Felipe II de España

 

María terminó por imponer su preferencia y se casó con el futuro rey de España, Felipe II, quien era 10 años menor que ella y mucho más atractivo. Testimonios de la boda dicen que ella parecía su mamá… No creo que el joven y apuesto príncipe haya estado muy contento con su nueva esposa, pero los gustos personales no cabían en ese tipo de decisiones. Este capricho de María terminó costándole muy caro con sus súbditos. No sólo se estaba casando con el rey de otro país, lo que implicaría arrastrar a Inglaterra a guerras y conflictos que no eran suyos (lo que al final sucedió para pérdida de Inglaterra), sino que era un monarca católico, y a la creciente población protestante eso no le gustó. Pero ella estaba firme en su decisión y feliz con su joven esposo con el que se puso manos a la obra para procrear: poco tiempo después de la boda se anunció que estaba embarazada. Empezó a trabajar en los preparativos para recibir al nuevo heredero al trono cuando… soltó un chorro de agua, se desinfló y resultó que nunca estuvo embarazada.

Le costó tiempo volver a embarazarse, porque como decidió casarse con el rey de otro país, éste tenía asuntos que atender en España y se ausentaba por largos periodos de tiempo. Cuando al fin volvió a embarazarse, temerosa de que fuera otro engaño, se esperó hasta el séptimo mes de gestación para anunciarlo y dejarse ver por la corte. Pero como si el destino se ensañara con los Tudor, apenas cumplió los siete meses, anunció su embarazo por todo lo alto para… volver a soltar un chorro de agua. Por supuesto, se volvió loca.

Lo que más le importaba a María de tener un heredero no era precisamente ese sentimiento maternal de procrear, sino la cuestión que tanto había obsesionado a su padre y después a su hermano, la sucesión. María se sentía elegida por Dios para reinstaurar el catolicismo en la cada vez más protestante Inglaterra y si no arrancaba la herejía de raíz temía que la isla estuviera perdida para siempre. Con 42 años, la idea de tener un hijo era cada vez más irrealizable. Así que decidió meterle segunda a su reforma católica, reinstaurando la ley de la herejía.

Seguramente alguna vez han escuchado hablar, o mejor aún, se han tomado, un Bloody Mary. Ese trago con jugo de tomate recibe su nombre de la reina que nos ocupa. En su afán por acabar con el protestantismo, María mandó quemar vivas a más de 300 personas en la hoguera, ganándose el mote de “María la Sanguinaria”. Es curioso pensar que a la única persona que realmente tendría que haber quemado en la hoguera era a su protestante hermana Isabel. De nada le servía ir por la vida quemando gente si cuando ella muriera, la próxima reina no sería católica… Pero en fin, parece que eso no se le ocurrió o simplemente nunca se atrevió.

María I murió sin herederos directos, dejando un país resentido y desangrado por las luchas religiosas, y, de alguna manera, dándole la razón a quienes decían que las mujeres no servían para gobernar. Por suerte para las mujeres, la sustituyó en el trono su hermana Isabel—la hija cuyo nacimiento había sido la decepción más grande para su padre—quien pasó a la historia como uno de los mejores monarcas que ha tenido Inglaterra. Le dio una estabilidad y prosperidad nunca vista al país, pero no un heredero. Isabel quiso evitar los problemas a los que se enfrentó su hermana por la cuestión del matrimonio y decidió, simplemente, no casarse y nombrar como heredero al hijo de su prima, el Rey de Escocia Jacobo I. Para cuando ella murió, el temor más grande su padre se había hecho realidad, la dinastía Tudor, se había acabado.

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Los 10 momentos más impactantes de Game of Thrones

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Game of Thrones lleva varios años siendo el programa más popular de la televisión. El estreno de la séptima temporada fue visto por 10.1 millones de personas sólo en Estados Unidos, y se ha vuelto un tema de conversación tan fácil como el clima o el futbol, por lo que a continuación va una lista con los momentos más importantes de las primeras 6 temporadas, o simplemente los más impactantes:

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1. La decapitación de Ned Stark

Este fue el momento en el que todos los que seguíamos la temporada uno nos dimos cuenta que estábamos frente a algo nunca-antes-visto. Tenemos a Ned Stark, el amo de Winterfell, Guardián del Norte y Mano del Rey, el tipo más honorable en todo el continente ficticio, Mr. Goodie-two-shoes por excelencia: Primero confía en Littlefinger, a pesar de que éste le advirtió que no confiara en él (¡idiota!), quien obviamente lo traiciona; después, intentando salvar a sus hijas, se declara culpable de tratar de quedarse con el trono, acordando que lo dejarán unirse a la Night’s Watch, pero el sádico de Joffrey, recién convertido en Rey, decide que es mejor idea cortarle la cabeza frente a una multitud entre la cual estaban las hijas de Ned: Sansa y Arya. La muerte de Ned hace que declaren a Rob el Rey del Norte con lo que básicamente shit hits the fan. Tal vez no fue el primer “WTF! moment” de la serie—para entonces ya habían aventado a Bran desde una ventana y matado a Viserys con oro derretido— pero aquí vimos que los buenos no siempre ganan. Como bien le dijo Cersei a Ned, cuando juegas el juego de tronos, ganas o mueres.

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2. Jaime se confiesa

En esta escena vemos que Jaime, uno de los hijos de perra más grandes del reino, tiene más profundidad de la que aparenta. Después de que le cortan la mano y pierde su cualidad más grande—ser el mejor guerrero del continente—tiene un momento de sinceridad y le platica a Brienne cómo fue servir bajo Aerys (aka el Rey Loco y papá de Daenerys). Relata cómo presenció el terrible asesinato del hermano y del padre de Ned Stark; cómo él sabía que el Rey había enterrado “wildfire” debajo de la ciudad para hacerla explotar antes que entregarla a Robert Baratheon; y por qué decide matar al Rey justo antes de la toma de King’s Landing. Al final, resulta que Jaime tiene honor.

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3. Theon toma el Norte

Theon Greyjoy se crió con los Stark porque su papá, señor de las Iron Islands, se rebeló contra el Norte. Ned sofocó la rebelión y para asegurarse que no se repitiera se llevó al heredero de las Iron Islands como rehén a Winterfell, donde recibió el mismo entrenamiento que sus hijos. En medio de la Guerra de los Cinco Reyes, Theon traiciona a su familia adoptiva, conquistando el castillo y matando a muchos de sus habitantes, incluidos Bran y Rickon (o por lo menos eso creíamos). Theon es derrotado  y torturado al punto de la locura por el bastardo Ramsay Snow, después Ramsay Bolton, quien después se casa a la mala con Sansa, y después se vuelve sustituto de croquetas. El punto es que a partir de la traición de Theon pasa mucho tiempo para que los Stark puedan recuperar el Norte.

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4. The Red Wedding

La serie esta llena de momentos shockeantes, pero ninguno a la altura de la Red Wedding. Robb Stark rompe su promesa de casarse con una Frey y para tratar de arreglarlo, su tío, Edmure Tully, se casa con una de ellas. En el banquete empieza a sonar “Rains of Castamere”, el son de los peores enemigos del Norte: los Lannister. Apuñalan a una embarazada Queen Talisa, esposa de Robb, múltiples veces en el vientre; disparan con ballestas a Robb y Catelyn; asesinan a los asistentes leales a los Stark: Roose Bolton apuñala a Robb (“the Lannisters send their regards”, ¡maldito!); y Catelyn degolla a Lady Frey para después ser degollada ella. En pocas palabras la escena es un caos en el que muere la rebelión del Norte y las esperanzas de Arya de reencontrarse con su familia en The Twins, entonces ¿por qué no? termina volviéndose una asesina sedienta de venganza. Los Bolton son recompensados por Joffrey nombrándolos guardianes del Norte.

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5. Juicio de Tyrion

Tyrion es acusado de envenenar a Joffrey el día su boda (quien por cierto se merecía algo peor que acabar azul en dos minutos, pero ¡bueno, nos dieron el gusto!) y puesto frente a un juez: su papá, Tywin Lannister. Tyrion pierde la cabeza durante el juicio, en lo que fue una de las grandes actuaciones de Peter Dinklage en ese papel, y le grita a los asistentes que le hubiera gustado que Stannis Baratheon tomara la ciudad y los matara a todos, y que daría su vida por envenenar a cada asistente. Pero niega su culpa (en realidad fueron Littlefinger y Lady Olenna, abuela de la novia, los autores) y exige un juicio por combate. Como Tyrion es un enano y Gregor Clegane es “la Montaña”, combate Oberyn Martell en su lugar y no acaba muy bien. Tyrion se termina escapando, no sin antes matar a su papá mientras descomía, y su nuevo camino lo lleva a ser la Mano de Daenerys. En Dorne quieren venganza por la muerte de Oberyn y las “Sand Snakes” ejecutan un golpe de Estado, matan a Doran Martell y a su hijo Trystane, envenenan a Myrcella Baratheon y se alian con Daenerys tiempo después.

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6. Sansa y Littlefinger en The Eyrie

Littlefinger es uno de los personajes más escurridizos del programa, siempre tramando algo sin revelar sus intenciones. Durante la boda de Joffrey y Margaery organiza el escape de Sansa y se la lleva a The Eyrie con su tía Lysa. Al lado de Littlefinger, Sansa deja de ser la niña tonta y siempre víctima, aprende el arte del engaño, la mentira y la manipulación. En The Eyrie nos enteramos que Littlefinger y Lysa mataron a Jon Arryn —el evento que desató todo el desastre que pasa en la serie. Lysa trata de matar a Sansa, pero Littlefinger la mata a ella antes, convirtiéndose para efectos prácticos en el Señor de The Eyrie. De ahí, Littlefinger lleva a Sansa a Winterfell para que se case con Ramsay Bolton y la pase fatal por un buen rato.

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7. El asesinato de Jon Snow

Todo Westeros es un desastre, pero la amenaza más grande son los “White Walkers”, esos monstruos de hielo que convierten a personas, caballos y gigantes en zombies que sólo buscan matar gente. Jon Snow lo sabe y como Comandante de la Night’s Watch deja pasar a los “wildlings” a través del muro, en parte para salvarlos y en parte para que mínimo no se conviertan también en zombies que lo intenten matar, pero sus hermanos no lo toman muy bien y lo acaban matando. Melisandre lo resucita y el haber muerto le da el tecnicismo que necesita para salirse de las filas de la Night’s Watch. Desde El Muro y al lado de la recién escapada Sansa consigue apoyo para una nueva embestida contra los Bolton en la Batalla de los Bastardos. A momentos de ser una catástrofe para los Stark, Littlefinger y los amos del Vale salvan el día en una de los capítulos más caros en la historia de la televisión. Jon es proclamado Rey del Norte a pesar de ser para todos el hijo bastardo de Ned Stark—en realidad es hijo de Rhaegar Targaryen y la hermana de Ned, Lyanna.

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8. Daenerys quema a los Khals

Nada le parecía salir bien a Daenerys: sus dragones no le hacían mucho caso, una banda de asesinos clandestinos mataba gente por las calles de Meereen y para colmo fue llevada prisionara a Vaes Dothrak para que la enjuiciaran por romper las reglas de los dothraki. Ahí, sin ciudades bajo su mando, sin dragones que la protejan, sin su ejército de Unsullied o de mercenarios, sin Ser Barristan Selmy, sin Jorah Mormont y sin Daario Naharis, Daenerys nos demuestra que es una pistola por mérito propio. Ella es Daenerys “the Unburnt” y quema una cabaña con los khals dentro para demostrarlo, y suma a una legión de dothrakis a su ejército en el proceso.

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9. Hold the Door

Del otro lado del muro, Bran Stark está aprendiendo a desarrollar sus poderes. Por sus descuidos, el Rey de la Noche logra localizarlo y romper la protección de su escondite, por lo que tienen que escapar a toda velocidad. Hodor detiene la puerta tras ellos mientras Meera Reed le grita “Hold the door!” y Bran está en trance viendo una escena de años atrás en Winterfell, en la que aparece un joven Hodor. Sí, la muerte de Hodor fue muy emotiva para muchos pero lo más importante de la escena es que Bran parece ser capaz de alterar el pasado en sus visiones (aquí viene el gran debate de toda obra ciencia ficción acerca del viaje en el tiempo y cómo se alteran las cosas, pero no vamos a entrar en eso). Veremos que logra hacer Bran con sus nuevos poderes

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10. Cersei explota el Septo de Baelor

En un momento muy a la Mad King, Cersei decide deshacerse de parte de sus enemigos de un solo golpe. El High Sparrow y su bola de fanáticos religiosos y todos los Tyrell—menos Lady Olenna—son volados en pedazos dentro del Septo de Baelor. Tommen, que si estaba muy enamorado de Margaery y seguramente muy decepcionado de su mamá, se avienta por la ventana de su torre dándole un nuevo significado a King’s Landing. Obviamente, Olenna Tyrell no está muy contenta y se alía con Dorne y Daenerys en contra de los Lannister. También, a falta de Baratheons o pseudo-Baratheons en la línea de sucesión, Cersei se proclama reina de Westeros. Bitches be crazy!.

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El Canto de las Sirenas y los “Likes”

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por Jorge Eulalio Hernández

La mitología nos puede ayudar, como todas las formas de narrativa, a comprender y resolver temas de gran importancia en nuestras vidas. El hombre ha insistido en contar las mismas historias una y otra vez; cambia los nombres, las formas y los contextos, pero no puede escapar figuras arquetípicas que, como si fueran parte de nuestra genética, se manifiestan tarde o temprano.

¿Por qué nos hemos contado, en diferentes regiones del mundo, la historia de un héroe que se sacrifica y así vive para siempre en todos? ¿Qué importancia tiene mantener viva la anagnorisis (lo que ahora llamamos plot-twist) en las historias? ¿Por qué insistimos en transmitir la lección del amor apasionado y ciego que tiene un destino fatal? No hay mucho que pensar: nos contamos historias porque así mantenemos un legado común como especie. Al parecer, no importa cuánto cambie el mundo, quiénes seamos o desde dónde luchemos; las batallas internas, los dragones a vencer y los sacrificios del ego son ineludibles (para el que quiere vivir).

Según la tradición, las sirenas de la Grecia antigua fueron hijas del río Aqueloo y una de las musas (hay diferentes versiones que proponen a Melpómene, Calíope o Terpsícore). Estas criaturas, ahora en su versión más pobre, como en los casos de Ariel y la coqueta de la cola bifurcada de Starbucks, tienen una función específica en la mitología clásica: la de seducir a los viajeros y desviarles de su camino.  “No escuches el canto de las sirenas” es una frase común. Nos pide que, como Ulises, nos amarremos fuerte al mástil de nuestra embarcación para salvarnos del fatal destino que nos espera tras acudir a los encantos de aquella trampa.

Los mitólogos indican que las sirenas fueron cambiando con el tiempo: primero tenían cuerpo de ave, después aparecieron las pisciformes (Borges señala la distinción en inglés entre sirens y mermaids, las sirenas y las sirenas acuáticas respectivamente), pero no cambiaron únicamente en forma sino también en método de atracción. Del canto y la música, acudieron a la carnada visual y por ello es común imaginarlas peinando su largo cabello, sentadas sobre una roca, con rostros perfectos y redondos pechos… y es esta versión la que me hizo reflexionar sobre la vigencia de estas criaturas en nuestra vida diaria.

“Un canto de sirena es sinónimo de una tentación hedonista” dice Carlos García Gual, uno de los más importantes mitólogos de nuestros tiempos, quien no flaquea al advertirnos sobre el destino del que escucha el canto:  “…quien arriba a la isla de las sirenas se queda allí, olvida para siempre el viaje, como atestiguan los huesos y pieles que se pudren entre las flores de la isla”.

Pienso en ‘likes’. Pienso en el número de reproducciones de un video subido a Youtube, en la cantidad de comentarios que se hagan sobre una foto tuya y en las numerosas veces que la publicidad actúa como el canto de una sirena. Tenis para correr más rápido, fragancias que consiguen que Scarlett te espere entre sábanas, push-up bras que te convierten en Adriana Lima… todo sea por complacer mi deseo de sentirme deseado/a.

Acudo al ejemplo de cómo tu perfil de Facebook o Instagram te permite editar tu imagen ante el mundo y, como carnada para el interés de los transeúntes, logras tu momento de atención a través de la imagen de lo que no eres. Mi tesis es que no solamente somos presas del canto sino que, a veces, somos nosotros mismos esos seres que atraen con la mentira y desvían los caminos ajenos. Si lo pensamos bien, es algo profundamente ominoso: sabemos lo que el otro desea y nos transformamos en eso. La pregunta que debemos plantearnos es ¿y para qué desviar al otro? Bueno, la respuesta es aún peor: al parecer, el canto sirénico de nuestros tiempos atrae el hedonismo del otro, pero atraemos a la presa para nutrir nuestro propio hedonismo. Esto último cae dentro de la jurisprudencia del amor y las perversiones. Pero ya habrá otra ocasión para hablar de ello, no nos desviemos de nuestro camino.

Por lo pronto, concluyo en que la copiosa presencia de campañas publicitarias, propaganda política, estrategias de mercado, influencers (lo que sea que eso signifique) en redes sociales y agentes parecidos, emplearán todo aquello que deseas para lucir más atractivos y deseables. No desvíes tu camino y tu concentración por la tentación de lo aparentemente bello y rápidamente obtenible. Si Ulises se hubiera rendido ante las distracciones no habría sido el héroe de una de las historias más extraordinarias que conocemos.

No escuchemos el canto de las sirenas, que saben tomar la forma de lo que uno desea. Sirenas políticas, sirenas familiares, sirenas amigas, sirenas like, sirenas revista…

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