Nueva App para Complicar Soluciones

Social media devices connection concept
Social media connection concept with mobile, notebook and server technology illustration.EPS10 vector file organized in layers for easy editing.

Por: Daniela Dib – @dandiba

El “internet de las cosas” es tema favorito entre expertos que discuten sobre tecnología e innovación. Su promesa es mejorar la vida mediante artículos ‘inteligentes’ que estén conectados a través de internet; comunicación de máquina a máquina (M2M) para que los objetos hablen entre sí, compartan información y solucionen problemas de distintas magnitudes. Las posibilidades son infinitas: desde refrigeradores que reduzcan el consumo de energía dependiendo de la cantidad de alimentos que guarden, automóviles con piloto automático capaces de salvar la vida del conductor, e incluso concreto que detecte y prevenga accidentes de infraestructura. Y si bien la promesa de una vida en la que las máquinas ‘conversen’ no plantea un escenario tan aterrador como el de Black Mirror, confiarles la solución a todos nuestros problemas sí puede resultar contraproducente.

La discusión no gira en torno a una nostalgia inútil por rechazar la tecnología y volver al tiempo en que se hacían las cosas de manera artesanal y en pocas cantidades —estos pasatiempos dejémoslos para los hipsters—, sino alrededor del valor añadido que un aditamento tecnológico en realidad le brinda a nuestras vidas. ¿Un collar con localizador para evitar que se extravíen quienes padecen Alzheimer? Definitivamente útil, de mucho valor. ¿Un e-reader para descargar y permitir el acceso a muchos libros? Muy útil y de valor para quienes tienen el tiempo y necesidad de leer tanto. ¿Una aplicación de teléfono que nos notifique cuál es el mejor momento para convertir una zanahoria en jugo mediante extracción en frío? Es útil sólo si consideramos que crea un problema para después solucionarlo.

Si bien la búsqueda de una vida más cómoda ha sido siempre el motor para la innovación humana, pareciera que lo que ocurre en Silicon Valley y otras regiones fértiles de emprendimiento ha desatado una confusión alimentada por la ambición de enriquecimiento rápido: se abusa de la tecnología con tal de que un producto o servicio sea catalogado como innovador.

Este mal aqueja más a los desarrolladores de aplicaciones móviles. El mercado para éstas es innegable: tan sólo en México existen cerca de 77 millones de smartphones en funcionamiento, y todos los que tenemos uno no podemos imaginar la vida cotidiana sin él. Lo que olvidamos es que sólo han pasado nueve años desde que el primer iPhone salió al mercado y que antes de eso nos las arreglábamos perfectamente. Aquel 29 de junio de 2007 no sólo abrió las puertas del consumo de información móvil y nos dejó con una de las mejores lecciones de presentaciones en público, cortesía de Steve Jobs, sino también marcó la pauta con la que, a partir de entonces, el mundo entero evaluaría la utilidad de un celular. Antes del iPhone, un teléfono era “bueno” si captaba bien la señal de satélite y recibía llamadas; hoy es bien calificado si su sistema operativo le permite operar más de veinte aplicaciones sin problemas y si su pantalla es extra grande y extra delgada. Mensajería, entretenimiento, transporte, servicios financieros, documentación de crímenes y promoción de justicia social —como dicen los cínicos, los teléfonos de hoy son a veces más guapos e inteligentes que muchos de nosotros.

La aparente omnipotencia de un smartphone nos ha vuelto dependientes de él. A muchos de quienes se autodenominan emprendedores, innovadores o techies los ha vuelto visionarios en el sentido menos halagador de la palabra: ven problemas que no existen y se proponen solucionarlos. En los demo days de incubadoras o programas de aceleración—presentaciones finales de clases sobre emprendimiento o programas de televisión sobre proyectos e inversionistas—, son comunes las aplicaciones para smartphones que se ven muy interesantes pero que en realidad no solucionan nada. Hay apps con APIs complejas que permiten integrar el smartphone con ondas de sonido y un aparato para decantar botellas de vino. He visto aplicaciones que dan la falsa impresión de que el usuario tiene pareja, generando llamadas y mensajes falsos desde un contacto inexistente. También existen apps que te recuerdan cuándo darle de comer a tu bebé, en caso, supongo, de que no sepas leer un reloj o carezcas de sentido común. Y he escuchado ideas para crear apps sólo porque alguien sabe programar y puede crearlas: una app para descargar un catálogo de muebles, otra para agendar una cita con el estilista, una más para programar un café al momento en que te despiertas.

Gracias a los smartphones, personas que viven en economías en crecimiento como la nuestra han logrado ingresar al sistema financiero, tienen acceso a soluciones de movilidad e incluso se han movilizado para protestar políticamente. Pero la otra cara de la moneda es que gracias también a la proliferación de estos aparatos y al furor por las apps, en algunos sectores de la población se ha dejado de interactuar frente a frente para realizar tareas cotidianas que no requieren más que un breve intercambio de palabras o una acción mucho más sencilla que actualizar el sistema operativo del teléfono.

22_DanielaDib-23

 

El Muerto

cementerio

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Para cuando terminó su tercera taza de café ya se sentía listo. A Eladio le esperaba una noche larga. La primera de muchas en su nuevo empleo velando el cementerio del pueblo donde estaban enterrados todos sus ancestros y los de sus vecinos que, en la mayoría de los casos, eran los mismos. El pueblo era tan chico que la mayoría estaban emparentados por un lado u otro.

Eladio no sentía ningún placer por comenzar a trabajar y menos de noche en la soledad del cementerio. No sentía miedo alguno, pues él siempre creyó que lo muerto así se quedaba y no había mucho más que verle. Pasar las noches sin sueño era lo que le molestaba, pero su madre le dijo que ya era hora de que comenzara a trabajar y, con la muerte de José el viejo velador, esta era la única oportunidad que tenía a la mano.

Salió con paso rápido pues, a pesar de no querer el trabajo, no quería llegar tarde en su primer día ni quedarle mal a su primo Leobardo, quien se encargaba de enterrar a los muertos cuando los había y recomendó a Eladio para la vacante. Tenía que atravesar todo el pueblo para llegar al cementerio, pero eso no era gran problema. Sojón era uno de esos pueblos chicos en medio de México que parecían olvidados por el tiempo y la gente. Aquí la vida transcurría lenta y sin prisas, pues no había porque apurarse y lo más eventual que pasaba en la vida de sus pobladores era la muerte, propia y ajena. La muerte de José era de lo único que se hablaba ahora y se hablaría de ello por un rato, antes de volver a hablar del clima y la siembra.

Encontró el cementerio vacío excepto por Agapito Apolinar, el encargado de los espacios comunes del pueblo. Agapito lo recibió con una sonrisa y le explicó brevemente sus simples labores: turnos de 7 de la noche a 7 de la mañana todos los días, excepto en festividades. Su labor era evitar que los de Mezquil, el pueblo vecino, robaran algo de las tumbas.

-Son una bola de maricas- le dijo Agapito- con verlo a uste’ alcanza pa’ que se vayan, Eladio. Nomás no me vaya a faltar sin avisar que, con lo chico que está Sojón, me voy a enterar, muchacho.

Eladio asintió y, sin decir más, Don Agapito lo dejó solo con sus pensamientos y los muertos. Caminó hasta donde se encontraba la pequeña cabina de vigilancia pensando como con este horario, no era ninguna sorpresa que José hubiera muerto sin esposa ni hijos. No acabaré así yo se prometió. Pasó junto a donde habían enterrado a José ese mismo día. La tierra todavía estaba fresca y la lápida de piedra ya estaba lista con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte, además de la campana con su hilo. En Sojón a todos se les enterraba con una campana atada al pulgar derecho por medio de un hilo. Esto era para evitar que a alguien se le enterrara vivo por error y la hicieran sonar en caso de encontrarse en esa horrible situación. Hasta ahora sólo el viento había hecho sonar las campanas, pero la fobia seguía latente.

Este miedo venía desde los tiempos de Trinidad Nieves, el único hombre rico que había vivido en Sojón. Trinidad llegó a Sojón un día por accidente, un hombre de 55 años que perdió su camino y quedó fascinado con el lugar. A las dos semanas volvería con sus hijos y su dinero para construirse una casa en la cual pasar el resto de su vida. La llegada de este hombre cambió al pueblo, pues dio empleo a muchos en la construcción y cuidado de sus tierras, además de que siempre fue un hombre festivo que hacía grandes convivios en su casa. Incluso se consideró renombrar al pueblo en su honor. Un día al señor Nieves se le encontró tirado a un lado de su cama y sus hijos, prontos a querer recibir la herencia e irse de Sojón, lo declararon muerto sin confirmar el hecho. Ya se hacían los preparativos para su funeral y la gente ya le lloraba con tristeza cuando de pronto recobró conciencia Trinidad y quedó traumado con el miedo de haber despertado bajo tierra. Del señor Nieves ya sólo quedaba su tumba y su casa abandonada desde el día en que sí murió.

Una vez estando cómodamente en la cabina (o lo más cómodo posible dadas las circunstancias), se dispuso Eladio a leer una revista que le había prestado su mamá. En Sojón sólo se podían adquirir materiales impresos una vez al mes en la tienda de Apolinar, por lo que esta revista le tenía que durar buen rato para no aburrirse. El entretenimiento de la revista probó ser efímero y pronto se encontró Eladio viendo a la pared. No fue un infarto, sino aburrimiento lo que acabó matando a José pensó Eladio.

La noche cayó acompañada de una luna llena que mantenía el cementerio suficientemente iluminado para poderlo recorrer sin necesidad de una vela. No se oía un solo ruido más que el de la respiración de Eladio. Ni siquiera el viento había querido acompañarlo en esta noche calurosa. Todos en el pueblo dormían. Todos menos Eladio, que estaba empezando a enervarse por no escuchar ni un grillo. De pronto el silencio se rompió. Una campana se oía en la distancia y el viento no soplaba. Eladio pensó que estaba alucinando y que su mente le engañaba. El sonido de la campana se volvió más intenso y desesperado. Tin tin tin tin tin resonaba en la noche el llamado enloquecido.

Eladio se apresuró, siguiendo sus oídos hasta toparse con la tierra fresca de la tumba de José. Maldijo a Apolinar por no haberle dejado una pala y, poniéndose de rodillas, empezó a cavar con sus manos tan rápido como podía. Presionado porque la campana había dejado de sonar. Aterrado de ver el cadáver de José, ahora muerto de verdad porque él no lo pudo desenterrar a tiempo. Cuando se sintió arañar la madera del sarcófago se exaltó. Abrió la caja, apenas pudiendo ver entre la obscuridad y el sudor que entraba a sus ojos.

Al abrirla Eladio casi se desmaya. Estaba vacía y Eladio, de pronto tieso del miedo, se quedó unos instantes tratando de reponerse del sobresalto e intentando comprender qué sucedía. El silencio se volvió a romper, pero esta vez no fue una campanada, sino un alarido terrible y desesperado. El muerto voy a ser yo del susto se dijo Eladio. Corrió a la cabina para tomar el machete que le dejó Don Apolinar y tener algo con que protegerse. Aunque dudaba que un machete lo ayudaría contra un espíritu.

Se quedó petrificado, esperando. El cementerio se quedó una vez más en silencio excepto por el sonido de unos pasos que se aproximaban cada vez más. Eladio salió corriendo, decidido a no volver nunca y sin voltear atrás, presionado porque los pasos se habían acelerado y le perseguían. Eladio no vio la piedra con la cual tropezó y le hizo caer de bruces justo afuera del cementerio. Se resignó entonces a lo que le fuera a suceder, volteó hacia arriba y su terror se convirtió en ira en un instante.

-¿Ya se meó o qué primo? – le preguntó entre risas Leobardo- Y yo que quería que no se aburriera en su primera noche.

– ¡Váyase al carajo, Leobardo!

– No es mi culpa que no se haya fijado que a José lo enterraban hasta mañana, primo. Yo sólo aproveché para hacerle un chascarrillo.

 

9_ErnestoGomez

Historias de la Ciudad

Acoso
Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

 

Regresaba de Perisur. No recuerdo con quién me había reunido, ni qué hicimos, pero sí me acuerdo que ya era de noche. Acababan de inaugurar la extensión de la Línea 1 del Metrobus hacia el sur. Supongo que era domingo, a juzgar por la poca concurrencia del transporte. Alcancé lugar para irme sentado, aunque fueran cinco estaciones hasta mi casa. Aún no llegaban (o no me alcanzaba para) los smartphones. Ni siquiera recuerdo si todavía tenía mi celular Panasonic diminuto o el Motorola negro—mi mamá nunca me quiso comprar el rosa y la edición Dolce & Gabbana le parecía una exageración—pero la ausencia de redes sociales en el celular me dejaba pocas actividades para distraerme en el camino. Por alguna extraña razón del destino, tampoco llevaba mis lentes. Observar al resto de los pasajeros pasaba de ser una actividad medianamente discreta, a un intento infructuoso para vislumbrar la cara de las personas.

 

Igual lo vi. O creí que lo había visto. Ahí estaba. De pie, agarrado del poste, y mirándome esporádica, pero fijamente. ¿Será? Sí. Se parece. Seguro es José Alfredo, el amigo de Luis. Yo no lo conocía personalmente, pero lo había visto en sus fotos del Hi5. Sí, seguro que sí era. Hasta mi miopía creyó vislumbrar el lunar característico (?) que siempre salía en las fotos de José Alfredo. Saqué mi celular y ese-eme-seé (como los cavernícolas) a Luis:

 

“Creo que Cuaqui viene en mi mismo camión”
(Diez segundos después)
-Haha. Say hi.
“Jaja, no. Qué pena”.
Qué pena, pero lo seguía viendo. Cual escuincle stalker. Él también me veía. Sí, seguro era Cuaqui y seguro también había chismoseado en mis fotos y me ubicaba e igual qué oso saludar al desconocido amigo de tu amigo.

 

FUCK YA VAMOS EN LA BOMBILLA. File in: eso te pasa por metiche.

 

Me levanté rápidamente y me paré, junto a él, frente a la puerta del Metrobus. A menos de un metro de él me di cuenta que no, no era Cuaqui, y no, no se parecían en lo más mínimo. Ándale, vuelve a dejar tus lentes, Mauricio; sigue pasando vergüenzas. Fake-José-Alfredo seguía agarrado del tubo del Metrobus, pero movió su brazo y me rozó levemente la mejilla. Puff. Qué oso.

 

Altavista; aquí me bajo.

 

Las puertas del Metrobus tardan una enternidad en abrirse. Empiezo a caminar. Me doy cuenta que el susodicho también se había bajado. Doble osazo. Mono al que confundo con otro y me le quedo viendo como idiota y aparte de todo, vecino que seguro me volveré a encontrar. Camino más rápido y me doy cuenta que viene atrás de mí el interfecto. Pfff. Sigo por las afueras de Plaza Inn, para subir por Fernando Villalpando, y no por Río San Ángel, que mi mamá dice que no está tan iluminada y ya es de noche. Doy vuelta en el McDonald’s para subir hacia Revolución.

 

Diez pasos más adelante. Siento su mano sobre mi hombro. Me agarra fuerte y me presiona contra la pared. Se ve mucho más alto e intimidante que en el Metrobus. El lunar que me creí haber imaginado no está. Sólo veo la barba cerrada y la mirada penetrante, acercándose cada vez más a mí. Me está sosteniendo fuertemente contra la pared con una sola mano. Baja su otra mano, me agarra la nalga y me aprieta contra él.

 

Por primera vez en toda mi vida deseo estar más gordo. Deseo recuperar instantáneamente todas las tallas que había bajado en los meses anteriores, y que este animal no me hubiera podido apretar contra él. Deseo nunca haberme puesto los jeans blancos que mágicamente hacen parecer que tengo pompas. Deseo nunca haber salido de mi casa, ni haber regresado a vivir a la Ciudad. Deseo desaparecer con todas mis fuerzas.

 

Se acerca a mi oído, y me susurra: “¿Buscas algo?”.
a) Mi dignidad; b) Mi valentía; c) Mis huevos; d) Unos calzones nuevos porque ya me oriné en éstos; e) Todas las anteriores.

 

“No. No. No”.

 

Es todo lo que puedo decir. Es todo lo que sale de mi boca. Todo para lo que me alcanza el aliento. Por alguna obra mágica del Espíritu Santo, me suelta. Lo trato de empujar con todas mis fuerzas, que son inexistentes en este momento, y corro. Corro lo más rápido que puedo. Corro rezando que el semáforo de Revolución esté en rojo y pueda cruzar. Corro implorando que no venga ningún coche, porque aunque el semáforo esté en verde voy a seguir corriendo. Corro mientras intento secarme las lágrimas y agarrar mis llaves al mismo tiempo. Sigo corriendo hasta llegar a mi puerta y trato de evitar que tiemble mi mano y pueda abrir la puerta rápido. Abro. Cierro. Doble cerrojo. Respiro hondo, y me siento a llorar.

 

Y ya. Me levanto al día siguiente y tomo mis mismas rutas. No me desvío nunca ni dejo de tomar el Metrobus cuando salgo de Perisur en las noches. Quizá sólo no me le quedo viendo a la gente como maniático degenerado y miope, pero fuera de eso mi vida es la misma. Nunca me ha pasado nada más, nunca volví a ser víctima del acoso callejero. De niño nunca me advirtieron de los acosadores en el transporte público; nunca me dijeron que me vistiera de equis o ye manera. Lo que está cabrón (y perdón por el mansplaineo) es que mi cerebro sólo hizo el clic empático porque se acordó de la sensación de sentirme acorralado, una vez en mi vida. No diario, ni cada que me subo al transporte público. Lo cabrón es percatarme de vivir en el privilegio y normalmente no vivir con miedo. Lo cabrón es leer a otros hombres llamando feminazis exageradas a las que marchan por sentirse inseguras día con día; pensar que el pendejo no estaría en su burbujita misógina si alguna vez lo hubieran acosado y dudar si yo sería igual de empático si no me hubiera sucedido lo del Metrobus hace tantos años. Quiero pensar que sí.

 

25_MauricioOchoa

Paredes Verdes, Magritte y Algunas Claves de Mi Mundo

 

golconda

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

No tengo idea cómo aparecí ahí. ¿Qué pasó antes? Quién sabe; es como si no tuviera memoria; solo sé que me encuentro en la sala de una casa en Georgetown, DC; el lugar me recuerda a la película de los hermanos Cohen, Burn After Reading (2008): “¿Dónde está Osborne Cox?”, ¿dónde está el dueño de la casa?, me pregunto; ¿dónde está el personaje que interpreta John Malkovich en esa cinta?

La casa es elegante: las paredes están pintadas con una mezcla de color verde botella con verde pino; en frente de mí, hay una mesa de madera oscura que se ve antigua y me invita a pensar en los tiempos de la Independencia de Estados Unidos; la silla en donde me encuentro también le hace justicia a la época que pasa por mi mente y, todo en su conjunto, hace sintonía con la gran chimenea que impone su presencia en la sala. En un día frío como el de hoy, la chimenea adquiere vida; se convierte en un objeto que me invita a abrazarlo.

La leña arde con fuerza y empiezo a sentir calor; se me antoja mucho un whiskey y justo cuando el pensamiento pasa por mi mente, aparece en mi mano una copa. Me sorprendo que haya surgido por arte de magia, pero al mismo tiempo, no le doy mucha importancia. De repente, se acerca una persona a la sala; toma asiento, me observa y no dice nada. Le doy una mirada de regreso y no hay interacción. Volteo a ver los cuadros que cuelgan de las paredes y, por instantes, empiezo a ver que las pinturas están en movimiento pero luego, todo regresa a la normalidad; volteo, nuevamente, un poco inquieto, a ver a la persona que se encuentra conmigo en la sala y con una sonrisa, apunta su mirada hacia los cuadros que acabo de observar.

Ahora, las pinturas están en pleno estado de distorsión: los paisajes que observaba hace unos instantes se ondulan de manera más fuerte que el movimiento que sugiere La Noche estrellada de Van Gogh; los otros retratos que admiraba se derriten como los relojes que aparecen en La Persistencia de la Memoria de Dalí. Me levanto de mi asiento y no me siento asustado: la adrenalina, canalizada hacia la emoción, me empieza a invadir. En mi cabeza comienza a sonar música.

El sonido es cada vez más fuerte. Entre más me acerco a la puerta salida de la casa, más se aproxima el crescendo de la melodía que suena en mi mente. Me siento en una especie de película donde la música se convierte en la antesala de un gran misterio por resolver. Abro la puerta y me topo con mi misterio; no doy crédito de lo que veo: los ladrillos de las casas que me rodean se mueven como piezas del juego Tetris; en el cielo hay semáforos y lagos: la ciudad esta literalmente de cabeza. Todo se mueve de una forma extraña, pero armoniosa; por momentos, me vuelvo parte del universo que conjuga el mundo de la película Inception (2010) con el del pintor surrealista Rene Magritte. Me encanta el lugar en el que estoy, pero el sueño ha llegado a su fin.

Es noviembre de 2011. Despierto en mi cama; regreso a la realidad y sonrío. Aclaro, no me me metí nada, ningún tipo de alucinógeno. Me doy simplemente cuenta que me tocó vivir uno de los sueños más artísticos que he tenido en mi vida. Me siento afortunado; me asombra el poder que tienen los sueños para adentrarnos en mundos maravillosos de una manera totalmente natural. Recuerdo que mi papá me platicó que le daba mucha curiosidad ver a su tío en el momento que deseaba tomar una siesta; su tío se emocionaba mucho antes de dormir como si fuera un lugar secreto. Mi papá sabía que el simple hecho de descansar podía traer felicidad, pero siempre se quedaba con la sensación de que había algo más.

Eso lo descubrió cuando vio la película Yo Iván, tú Abraham (1993) que retrata cómo vivían las familias judías en Polonia, en 1930, en los llamados shtetl, pueblos pequeños, sumidos en la pobreza, aislados del mundo. En la película, había un joven al que le encantaba tomar la siesta. Eso le recordaba a mi papá el mundo donde venía su tío. Le hizo entender que en un pueblo donde no existía el cine, donde no existían muchas formas de entretenimiento, soñar se convertía en el vehículo para explorar otros mundos.

Por supuesto, que en el sentido estricto de la palabra, se supone que los sueños no son experiencias reales. Sin embargo, los sueños nos marcan y, en ocasiones, influyen en nuestra vida al igual que las experiencias reales. El sueño surrealista que tuve en 2011, me recuerda constantemente, de forma vívida, la presencia del arte en nuestras mentes, del arte que a veces vive en cada uno de nosotros y que en mi caso, me permite entender el mundo de donde vengo.

11_UrielGordon

FREELANCING: ¿peligro o beneficio para las industrias creativas?

FotoIntro_SBosch

Por: Sofía Bosch – @sboschg

Navegando por Facebook, me doy cuenta de que cada vez más aparecen “concursos” de diseño de logotipo o gente pidiendo ayuda de diseño gráfico para alguna marca o empresa que quiere lanzar. Trabajo en diseño, específicamente gráfico, hay. Eso sí, la comunidad es pequeña y los rumores corren. Si un diseñador es serio y cumple con los servicios que puede ofrecer, no es descabellado que pueda vivir de freelancer o trabajar de forma independiente y sobrevivir. Un artículo (http://www.cnbc.com/2016/03/08/the-millennial-hustle-working-side-jobs.html) menciona las ventajas que tienen los millenials al poder trabajar de forma flexible y tener varios trabajos que a la vez les permitan hacer las cosas de manera libre y diferente. Sin caer en la rutina, monotonía y muchas veces aburrimiento de un trabajo fijo.

La movilidad laboral se facilita sobretodo en industrias creativas que pueden llevar muchos proyectos a la vez y que no necesariamente están ligados entre sí. Asimismo, son proyectos que pueden trabajar de forma individual desde casa o en horarios no obligatoriamente fijos.

Y aunque le veo muchas ventajas a esto: diseñadores, arquitectos y artistas tienen la posibilidad de experimentar en diferentes frentes (una cosa que se crítica usualmente en trabajos fijos es la monotonía de generar material para un mismo fin constantemente lo cual hace al final el trabajo no creativo), también tienen la posibilidad de ir generando una base de clientes a futuro, armar su portafolio de manera particular y tomar muchos más riesgos que si se está en un despacho de tiempo completo.

Esto lo viví de primera mano, y hablando con colegas en la industria, me doy cuenta que el trabajo de “agencia de publicidad” o de marketing in house en una empresa se vuelve cada vez menos atractivo. El estar ligado a un cliente en específico, estar iterando sin parar en publicidad sin mucho fondo ni propósito puede sentirse como la perdida de un cachito del alma. Y hay veces que uno nada mas quiere aventarlo todo.

GIF_PANDAEs por eso que yo apoyo firmemente que la gente haga cosas que le llenen y le gusten aunque eso signifique trabajar de forma no fija en una oficina pero como freelancer. Ahora, aunque esté bien perseguir sus sueños y trabajar en lo que a uno le gusta hay muchas otras cosas que hay que considerar y que no mucha gente en las industrias creativas tiene claro, dos ejemplos son:

  1. Cobro – Cómo se genera una tabla de tarifas o un contrato (por más simple que sea) con el cliente para que, como pasa muchas veces, uno no acabe trabajando gratis o esperando pagos que caen un año después.
  2. Pago de impuestos – Muchas veces uno piensa que con cobrar cierta cantidad ya está listo, pero hay que entender que aunque nuestro trabajo no sea tradicional, eso no quiere decir que tiene que ser informal. Es importante estar en regla con Hacienda y más cuando tal vez en un futuro se vea una posibilidad de convertirse en emprendedor. Hay ocasiones en las que se cobra cierta cantidad, pero al no cobrar los impuestos correspondientes al cliente, uno acaba perdiendo una cantidad sustancial de lo que se pensaba como un “sueldo libre”

Estos son solo un par de puntos que muchas veces no tomamos en cuenta y que son de suma importancia cuando se trabaja de forma independiente. Muchas de estas problemáticas vienen del poco valor que se le otorga a las Industrias Creativas. Tal vez sea cultural, pero es responsabilidad entonces del agente creativo educar en ese sentido a su cliente. Ser exacto con las entregas, con los cobros, estipular todo desde el principio y calendarizar el trabajo. Profesionalizar lo más que se pueda el trabajo que uno provee.

El Laboratorio para la Ciudad, al darse cuenta de estas lagunas en las industrias creativas, generó un programa de 3 meses llamado Saber Creativo (http://sabercreativo.labcd.mx) . Trabajadores de un espectro amplísimo de las industrias creativas se han estado presentado cada 15 días en la Azotea del Laboratorio a tomar clases los sábados y aprender habilidades que no necesariamente se aprenden en la escuela. Lo que podrían llamarse habilidades para la vida, pero que son lo que hacen a los creativos sobrevivir. La presencia de diseñadores y arquitectos se hace notar, pero también hay pintores, bailarines, cineastas, gestores culturales, ilustradores y mucho más. El programa se divide en diferentes sesiones en donde los creativos podrán justamente aprender a cobrar, de contabilidad, sobre derechos de autor, a vender sus proyectos, prototipar de forma rápida, así como de becas a nivel nacional e internacional.

El programa no únicamente ha sido un éxito (se recibieron más de 500 solicitudes cuando había un cupo de 60 lugares), pero ha demostrado que hay un gran rezago en la forma que se enseña a los creativos en México. Una cosa es la disciplina aprendida a ejercer, pero otra cosa son las habilidades básicas de supervivencia en un mundo que ya no está dispuesto a contratar de tiempo completo a un diseñador, otorgar pagos anticipados a bailarines, dar acceso a un seguro de gastos médicos a los arquitectos, o pagar de forma justa el trabajo de un ilustrador, ya que lo que él hace “mi sobrino lo hace de hobby y seguro me lo hace gratis”.

**Nota dedicada a María García Holley que desde el Laboratorio para la Ciudad ha encarnado una ardua lucha por la defensa de la creatividad en la ciudad y la valorización de las industrias creativas.**

3_SofiaBosch

Las Vendas de Mi Hermano

Las vendas de mi hermano

Pienso en el poderoso Alcides,

llamado también Hércules.

Era muy fuerte. Aún en la cuna

aplastó a dos serpientes, una

por una. Y, adolescente,

mató a un león, gallardamente.

Cubierto con su piel, peregrino

audaz, fue por el mundo.

Alcides, Mario Vargas Llosa

Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Papá estaciona el auto en la misma callecita desolada de siempre, no vaya a ser que le den otro cristalazo, hijo. La entrada principal del hospital está a dos cuadras. El sol de las 12:28 baña mi palidez resplandeciente y una comezón me invade. Me quejo. Me hace falta ir a la playa, papá, te hace falta podar el césped, hijo, ja, ja, papá. Caminamos. A la mitad del trayecto, los tres vagabundos que habitan una diminuta cueva de medidores eléctricos en el cruce de las calles Limón y Naranjo nos abordan. Buenas tardes, doc. Que si no tiene una venda que le sobre doc, vea qué fea traigo la herida, doc. Bueno, les dice papá y nos seguimos de frente. Él nos espera.

Pasamos la parada de los autobuses esquivando los exhaustos rostros de los enfermeros del turno matutino y enfilamos hacia la entrada del hospital. No me despego de papá ni un segundo, soy su sombra. Recién pisamos el zaguán, comienza el desfile de caras conocidas. Buenas tardes Doctor Blanco, hola Doctora Rosa. Seguimos andando en ese mar de cuerpos en permanente movimiento. Sorteamos a niños que corren a buscar las manos de sus padres. No les gustan los hospitales. Por fin conquistamos el estrecho pasillito que conecta los consultorios médicos con el puesto de vigilancia. Qué tal Doctor Rubio, cómo está Doctora Castaño. En medio de ese mercado de saludos y sonrisas, de conversaciones de pasillo, no aflojamos el paso. Pienso: Birdman y el plano secuencia del Chivo Lubezki, pero uno real, papá.

Los guardias nos hacen una pequeña venia, adelante doctor, y seguimos rumbo a las escaleras. Subimos al segundo nivel: el de quirófanos y estancias prolongadas. Pasando el elevador y a un costado del puesto de enfermeros, ahí está su cuartito: el 101. Entramos y ahí está mamá. Como todos los días, pacientemente se encarga mantener limpias las escaras que ni los doctores pueden sanar. Ya son tres meses desde que internaron a mi hermano y el paso de las noches es notorio en los rostros de mis padres. Llevan 94 días durmiendo a ratos, mamá, tres meses durmiendo en una colchoneta, al vaivén del ir y venir de los enfermeros y doctores, papá. Pienso: 94 días sin despegar la vista del monitor de signos vitales.

Volteo a la camita y ahí está él. Peinadito, como siempre, mamá. Con la misma bata azul, electrodos, brazaletes, sensores y cables cubriéndole el pecho, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…120/60…ritmo cardíaco…55…oxigenación…99%. Repaso las bombas electrónicas dispuestas en las esquinas de la cama ortopédica: 5 miligramos de fentanyl…2 miligramos de norepinefrina…18 miligramos de propofol, el anestésico que mató a Michael Jackson, hijo. No hay aire en las bombas, funcionan. Si no, se detiene el flujo de medicamento y hay que avisar a las enfermeras, hijo. La comida de las 12:45 está por llegar. Me inclino sobre la cama y acerco mi mejilla a sus labios. Espero unos segundos. No pasa nada. Dame un besito. No abre los ojos, no hay besito hoy. Pienso: Ya son 94 días, 94 días en esta cama de hospital, conectado al ventilador.

El cuartito 101 es pequeñito. Un bañito, dos sillitas, las máquinas. Una estampa de Jesucristo en la pared. Las enfermeras van y vienen, van y vienen. Una inyección…una pastilla…aire en las bombas. Entran y salen, entran y salen. Hola, guapo. No me vas a dar un besito hoy, guapo. No has abierto los ojos hoy, guapo. Los medicamentos buscan mantenerlo sedado, que no regrese ese maldito temblor involuntario en las manos, los brazos, los hombros, las piernas y hasta la cabeza. Más fuertes que el Parkinson, hijo. Veo las vendas que atan sus muñecas a los barandales de la camita ortopédica. Pienso: para que no se lastime cuando despierte.

Ya ha pasado más de un año desde aquella tomografía cerebral. Ya más de un año hace de que, de un mes para otro, el daño neurológico se manifestó y empezó crecer. Las funciones corporales fueron cayendo, día a día, semana a semana: manejar el auto… asistir a clases en la universidad… mensajear a sus amigos en el celular… jugar dominó conmigo por las tardes… ir al baño… caminar… comer por la boca…saborear un helado sin deglutir… fijar la vista… abrir los ojos a placer… dormir serenamente. Más de un año sin que los doctores tengan certeza del diagnóstico y del tratamiento, sólo del desenlace. Pienso: y tú, consciente de todo.

Tiempo de celular: Discuten la legalización de la marihuana en México. Será presentada al Senado la Iniciativa de Reforma a la Ley General de Salud y al Código Penal Federal en la que se debate legalizar la marihuana para usos medicinales y terapéuticos. El presidente propuso ante la ONU que el tema sea abordado desde una perspectiva de derechos humanos, prevención y salud pública. Los medios citan frecuentemente el caso de Grace, una pequeña originaria del norte del país que sufre severos ataques epilépticos. La familia agotó todos los recursos médicos posibles, papá, vieron en un medicamento derivado de la Cannabis Sativa una posibilidad de tratamiento, mamá. Los padres lograron conseguir que un juez permitiera la importación del medicamento. Y otros padres se han ido sumando en las últimas semanas. Pero aún faltan muchas familias, papá. Muchas en la clandestinidad, mamá. Que lo hacen sin ningún remordimiento. Que entienden la diferencia entre lo ético y lo legal. Pienso: y que lo volveríamos a hacer porque hemos intentado todo.

A un costado de la camita, hay un mueble lleno con medicamentos, instrumentos y materiales de curación. Veo a papá acercarse discretamente a él. Abre un cajón. Toma tres vendas sin decir nada. Sonrío. Serán para los vagabundos, mamá. Me tumbo contra la pared a leer la novelita de la semana: Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa. Leo mientras él duerme. A ratos, cuando las enfermeras no me distraen, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…130/70…ritmo cardíaco…53…oxigenación…98%. Me pregunto cómo serían los hospitales en el Perú de los años 50. Me pregunto cómo serían las últimas horas del papá de Zavalita, el protagonista. Pienso: adaptaré esa técnica narrativa a mi primer cuentecito, Varguitas.

Llega la comida de las 12:45 en dos vasitos desechables. Lo de siempre: licuado de pollo con vegetales. Preparamos la sonda gastrostomía. Alimentación con jeringa. Ni la dieta hipercalórica impide que esté en los huesos. Los movimientos perennes devoran lentamente su tejido lumbar. Las heridas avanzan y le sedación busca contener el dolor. A veces, mientras lo alimentamos, una lagrimita rueda por su mejilla. La secamos apresuradamente. Encogemos los hombros. Él nunca confiesa malestar. No hoy, no hace un año, no hace 13 que le diagnosticaron una extraña enfermedad autoinmune de pronóstico reservado. Aunque el dolor físico de las heridas ocasionadas por pérdida de tejido sea insoportable. Aunque el dolor de vernos angustiados sea aún mayor. Pienso: te donaríamos hasta el alma, si pudiéramos.

Tiempo de celular: las elecciones en los Estados Unidos siguen su curso. Donald Trump será el candidato republicano, mamá. No sé si ganará la general, papá. El último debate demócrata de las primarias fue ayer. Bernie Sanders y Hillary Clinton debatieron acaloradamente sobre la cobertura universal de salud. Ella fue lúcida y elegante, cuidó las formas. Lo de siempre. Él fue subversivo, soñador y arriesgado. Lo de siempre. En medio debate, el moderador sembró una trampa en un intento por atizar la discusión: ¿Vale la pena pelear por la cobertura universal de salud, aquel con el que soñó Roosevelt, aunque los republicanos se opongan? Hillary fue contundente, hay que ser realistas, no es posible en este ambiente político, papá. Sanders soñó como Roosevelt, hay millones que aún no pueden costear hospitales privados, no podemos dejar a nadie atrás, mamá. Levanto la vista del celular y veo a mi hermano en la camita. Ya son 94 días, 94 días sin habla y sin respiración autónoma. Roosevelt y la pregunta del moderador. Pienso: cómo chingados no.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…143/77…ritmo cardíaco…47…oxigenación…99%. El monitor alerta que el pulso ha bajado de 50. Se despertará en cualquier momento y le pondremos música: José José, Los Beatles o Los Apson, sus favoritos. Qué romántico eres, guapo, le dirán las enfermeras mientras le aspiran las flemas y nosotros bajaremos las miradas al ver sangre en los tubos succionadores. Él cantará. No habrá sonido, el ventilador inhibirá el habla, pero él moverá los labios de cualquier forma. Let It Be… Let It Be. Después las enfermeras se irán y le contaremos chistes. Aprobará o desaprobará nuestro terrible sentido del humor parpadeando o moviendo los labios ligeramente, papá. Le diré que la reciente transfusión de mis plaquetas lo hará más enojón, ja, ja, mamá. Le diremos que lo amamos y él fruncirá las cejas en protesta. Nos reñirá con muecas. Sí, ya sabemos que tú nos amas más, le diremos. Pensaré: nunca te gustará perder.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…145/79…ritmo cardíaco…43…oxigenación…98%. Pienso en papá y en sus viajes juntos al Distrito Federal en busca de segundas opiniones. Pienso en mi otro hermano, también médico, que llegará en cualquier momento. Pienso en mamá y en las miles de oraciones de los últimos 13 años. Pienso en el Jesucristo pegado a la pared. Pienso en el Jesucristo humano, aquel que lloró cuando le informaron de la muerte de Lázaro. Pienso en Lázaro. Pienso en las vendas que lo cubrían. Pienso en Roosevelt y en Sanders, en los hospitales privados y en su acceso privilegiado. Pienso en los 94 días que lleva mi hermano en terapia intensiva. Pienso en el día 95 y en los que vendrán después. Pienso: qué hubiéramos hecho sin los hospitales públicos y sin seguridad social, mamá. Pienso: ya nos hubieran embargado la casa los privados, papá. Pienso: qué harán los miserables del cruce de las calles Limón y Naranjo, mamá. Pienso: curarse con vendas, papá. Pienso: llévame a donde tú vayas. Pienso: prometo dejarte ganar en el dominó.

A la memoria de Luis Fernando Campa Molina (1993-2016), mi héroe de mil batallas.

4_MarioCampa

Vargas Llosa: 80 Años de Espectáculo

Vargas LLosa, Ochenta años de espectaculo

Por: Pablo Tortolero – @pablotorto

Probablemente hay muchos puntos de vista a partir de los cuales se puede analizar la obra y la importancia del premio Nobel de literatura peruano Mario Vargas Llosa. Yo me centraré partiendo de uno muy sencillo, el de la vivencia personal y de lo que he retenido al aproximarme al personaje y a su obra.

Cuatro momentos marcan este acercamiento.

El primer momento fue en una cena en Buenos Aires con miembros de la Embajada del Perú, en la que yo era el integrante más joven; a lo mucho tenía 11 años. La cena degeneró en una acalorada discusión, de la que yo estaba excluido, sobre la naturaleza dictatorial de tal y cual régimen latinoamericano del siglo XX, dadas las nacionalidades representadas en la mesa. Sin embargo, mencionaron repetidas veces a un escritor y a su autoridad sobre el tema, Mario Vargas Llosa. Integrantes de la cena estaban maravillados con su vida personal y mencionaron algunas notas biográficas incluidas en su novela “La Tía Julia y el Escribidor”. Ambos, escritor y novela, llamaron mi atención inmediatamente.

La segunda fue algunos años después cuando, cursando ya la preparatoria, curiosamente nos asignaron la lectura del libro mencionado en la cena bonaerense. Esa lectura dio pie a indagar más sobre algunas otras de sus obras y de sus temáticas, como la dictadura de Trujillo abordada en “La Fiesta del Chivo”. Acabé viendo incluso la película con Salma Hayek sobre este tema dominicano. La lectura de la “Tia Julia y el Escribidor” fue maravillosa. En ella se alternan un capítulo supuestamente autobiográfico con un capítulo bajo forma de radionovela, género del espectáculo radiofónico que corresponde al entretenimiento de antaño.

La tercera, en 2014, en un traslado de 40 minutos hacia el aeropuerto de Washington-Dulles en Virginia, el conductor de la unidad que me transportaba, de nacionalidad peruana y radicado en Estados Unidos, despotricó contra el personaje durante todo el trayecto después de que yo sugerí pacíficamente que me gustaban sus libros para abrir conversación. Lo calificó de traidor y ambicioso, refiriéndose a su sed de protagonismo y a su partida para radicar en Madrid. Me sorprendió ver cómo una persona podía tener una opinión tan negativa de un connacional galardonado con el Nobel.

Sin embargo, para el momento más importante, hay que regresar a febrero de 2009, en la universidad. Era un fin de semana y estaba ansioso por llegar a casa y leer la más reciente edición de Letras Libres, que en su portada anunciaba el ensayo de Vargas Llosa intitulado “La Civilización del Espectáculo”. Por mucho una de las lecturas más punzantes y pesimistas que he leído en mi vida, sin embargo cada vez que la releo le encuentro todavía mayor sentido.

En esta lectura, Vargas Llosa advierte sobre el triunfo de la “banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, la proliferación del periodismo irresponsable, el que se alimenta de la chismografía y el escándalo.”[i] Siguiendo una lógica de demanda, propone que la democratización de la cultura tuvo el efecto indeseado de valorar la cantidad a expensas de la calidad; por ende, consumimos literatura light, cine light, arte light. La cultura y el deporte se masificaron, y preferimos lo fácilmente digerible, a la vez que la crítica pierde su lugar preferencial en la sociedad a favor del entretenimiento banal.

Un ejemplo de esto, nuevamente personal, es el periódico Reforma que he leído desde que tengo memoria. Ese periódico ha pasado a reducir sus contenidos sustanciales por nuevos suplementos de sociales, de entretenimiento o clips de TV casi cada año. Tuvo una época aberrante donde publicó fotos muy gráficas en la sección de Ciudad, para después cederle el “honor” a su publicación hermana, el Metro, que vende a montones. Y así la historia de todos los periódicos. ¿Es su culpa? No, diría Vargas Llosa. Es lo que el público demanda. Y si no nos creemos parte de ese público, habría que preguntarse cuantas veces nos hemos justificado el perder dos horas de nuestra vida con un: “no importa, estuvo dominguera”.

Vargas Llosa también toca el tema del espectáculo y su entrada en la política, asombrado porque un país como Francia se volcara al entonces reciente matrimonio del Presidente Sarkozy con la actriz y cantante Carla Bruni. Hasta toca el tema de las relaciones interpersonales y del sexo, y eso que en 2009 nadie hablaba de Instagrams, de Periscopes, de Tinders y Snapchats. Qué bueno que no ha muerto, porque se saldría de su tumba con esas noticias.

Hace algunas semanas, Mario Vargas Llosa celebró con una publicitada cena sus 80 años. Decía en su columna Sergio Sarmiento que no era tarea fácil reunir en un mismo lugar a los rivales José María Aznar y a Felipe González, o también Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, ex presidentes de Colombia, sin embargo él lo hizo para su festejo.[ii] Nuestra ventana al espectáculo nos ha mostrado recientemente que ese tipo de reuniones no se limitan a la figura de Vargas Llosa.

Que se recuerde a este autor por haber acuñado un término famoso para nuestro sistema político pre-año 2000 y sus opiniones sobre política, como pensarían los integrantes de la cena cuando tenía 11 años; que se le recuerde por su fallido intento de candidatura presidencial y por supuestamente aparecer en los Panama Papers,[iii] como seguro piensa el conductor que me llevó al aeropuerto; yo lo recuerdo por el placer de haber leído algunas de sus obras y seguirle su paso, y por el ensayo que leí en 2009, que me mostró una lente con la cual sigo haciendo sentido de muchos aspectos de la vida cotidiana.

Sarmiento decía que no se le podía negar a Vargas Llosa el ser un escritor “engagé”,[iv] comprometido con su deber de defender la crítica y la libertad. José Woldenberg comentaba la virtud de contar con un escritor cuyos textos “irradian placer, sabiduría y claves para comprender la complejidad del mundo y de quienes lo habitamos.”[v] Esperemos que a sus ochenta años, esta capacidad no decaiga.

Para los fanáticos de la “Tía Julia y el Escribidor” y de sus capítulos pares: ¿Decaerá? ¿Comenzará a perder relevancia? ¿ El escándalo de cuentas off shore le quitará el sueño? ¿Se sentirá cada vez más apesadumbrado por la reafirmación de vivir en la civilización del espectáculo que tanto avisó hace algunos años? ¿Cómo terminará la excepcional historia de este omnipresente escritor peruano?

21_PabloTortolero

[i] Texto en .pdf: http://www.letraslibres.com/sites/default/files/pdfs_articulos/pdf_art_13553_12208.pdf

[ii] http://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=85221

[iii] http://www.eluniversal.com.mx/articulo/cultura/letras/2016/04/6/vargas-llosa-aparece-en-la-lista-de-panama-papers

[iv] http://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=85221

[v] http://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=85302