Poema Póstumo

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

¿Acabamos de chocar? ¿Íbamos a Aguascalientes?
No, no íbamos a ningún lado, me temo.
Solo teníamos ganas ¿sabes? Pero al final no se cumplió, nada.  

¿Qué sucedió?¿Dónde estoy?
Nada. En ningún lado. Esta es la realidad de la que no quiero escribir. Estar en la sala de espera con las miradas de todos y todas; de la señora con el rebozo y la bolsa de mercado, sentir que soy como ella. Me quería poner un traje para ir al funeral, pero no lo hice, no llegó a tiempo. La muerte, no el traje. Caminé y abracé y me cansé. ¿No rentaran mujeres para que se sienten enfrente de la caja y lloren mientras rezan un rosario? Lloré, solo un poco. Sentí que debía hacerlo. Era mi obligación en el funeral de mi padre. ¿Eso hacen los hombres también? Mi madre lloraba en mi hombro. Mi primo iba de jeans y su papá con una chamarra de futbol americano. Quería que se fueran. Me dieron asco. Mi papá estaba enfrente de ellos en un caja con fotos y flores. Estaban vestidos como si estuvieran comiendo barbacoa en el mercado del domingo. Con las barbas llenas de grasa y las manos de mengambrea.

¿Lo que pasó fue mi culpa? ¿Me voy a morir?
Los dedos amarillos del cigarro, los labios rotos y la piel reseca. Todos tienen la culpa. La tiene la mujer deforme, la cocainómana, la puta, la alcohólica, la protagonista, la amargada, la erotizada, la ladrona y depravada, la adúltera. Tiene la culpa ese mundo de vulgaridades; de habitaciones sucias, de cocinas grasosas, de platos con manchas de comida, de sábanas con semen, de ropa polvosa, de coños calientes y de vergas y huevos y sin quehaceres. De maquinaciones y sueños frustrados. ¿Sabes lo que pasaba tras esas cortinas gruesas, azules y espesas? ¿Sabes cómo entraba la luz, la luz amarilla, a corroerlo todo? El alma se estaba pudriendo en el abandono; en la soledad más cruel y desesperante.

¿Me voy a morir?
Volvía a preguntar una y otra vez, entre infartos y convulsiones y llantos y tías y madres y abuelas y amigos y mi propia condición y debilidad. Entre los papeles que tenía que firmar porque no había nadie más. Entre las miradas de la familia, esa misma que deseo con el corazón que desaparezca. Que sufran, que lloren, que sientan una espada atravesarlos desde la espalda al corazón. La muerte no es suficiente castigo, sino la pérdida de lo amado, el dolor y el sufrimiento, continuo.

¿Qué me pasó? Confió en tí, siempre lo he hecho. Solo dímelo, ¿me voy a morir?
Los oxfords boleados y las agujetas bien amarradas. Los cobardes no vinieron al funeral, los enemigos tampoco. Quería que todos se fueran. Nadie estuvo ahí nunca, solo yo. ¿Por qué habrían de estar frente a su cuerpo frío? Nadie lo merece. Yo era el único que lo conocía. Váyanse, todos. Esta es la realidad de la que no quiero escribir.

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Sorbitos de Nicanor Parra y su Antipoesía

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Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

“La poesía morirá si no se la ofende, hay que poseerla y humillarla en público. Después se verá lo que se hace.”
Nicanor Parra, Artefactos

Se cuenta que cuando Napoleón conoció al poeta alemán Johann Wolfgang (von) Goethe, el general exclamó: “¡He aquí a un hombre!” Napoleón tenía cierta obsesión con el Julio César de Shakespeare, y sabía que podía echar mano de Goethe para sus delirios de grandeza inmortal. No contaba con que habría cierta antipatía entre ambos.

El hombre de armas y poder suele respetar al de plumas e ideas—al poeta, al novelista—porque sabe del poder de la palabra. Recordemos lo que dijo Mario Vargas Llosa en su célebre discurso de aceptación del Nobel de Literatura (2010): “Quienes dudan de la literatura…pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.”

Pues bien, quiero hablar de un Hombre—parafraseando al bajito francés—que revolucionó la poesía latinoamericana. (No, no ha muerto aún, pero tiene ya 102 años…aunque él espera vivir 116.) Supe hace algunos años de la existencia de Nicanor Parra por algunas entrevistas hechas a Roberto Bolaño—disponibles gratuita y legalmente en YouTube—, en las que sin rubor alguno, el novelista chileno declaró que Nicanor Parra era su poeta favorito (sic). Hasta que di con los poemas supe por qué.

 

Qué es un antipoeta:
un comerciante en urnas y ataúdes?
un sacerdote que no cree en nada?
un general que duda de sí mismo?
un vagabundo que se ríe de todo

– Test (Parra, 1969)

 

Nicanor Parra se describe a sí mismo como un “antipoeta”. Es un subversivo literario. Los cánones de la poesía no existen en Parra—y su movimiento que inspiró, entre otros, a los infrarrealistas liderados por Mario Santiago y Roberto Bolaño y que sacudieron en su juventud la Ciudad de México manifestándose contra el establishment poético de la época (i.e., Octavio Paz). Los cánones son reconocidos en la tradición poética, pero sólo para ser lacerados y humillados. Incluyendo los cánones líricos.

 

Contra la poesía de las nubes
Nosotros oponemos
La poesía de la tierra firme
-Cabeza fría, corazón caliente
Somos tierrafirmistas decididos-
Contra la poesía de café
La poesía de la naturaleza
Contra la poesía de salón
La poesía de la plaza pública
La poesía de protesta social.

Los poetas bajaron del Olimpo.

                                                                                                                       – Manifiesto (Parra, 1969)

 

Parra se mofa en su Manifiesto, el punto de partida para entender su visión poética, de que él no escribe sonetos a la luna—como Neruda, con quien tuvo una férrea rivalidad intelectual e ideológica a tal punto de que la antipoesía de Parra es vista también como antinerudianismo—. Su poesía busca evocar sentimientos, desafiando la ortodoxia poética y el orden social. Parra continúa la tradición iconoclasta, lúdica y espontánea de Arthur Rimbaud. Parra lleva el juego y la estructura visual del poema a niveles sublimes. La forma de presentar los versos es en sí poesía. Cada punto, cada espacio, cada mayúscula y minúscula… todo es juego y poesía.

Claro que me hubiera encantado
Ver en primera fila
A la Santísima Trinidad de la Chilena Poesía
Madre
                           Hijo
                                                      & Espíritu Santo
A la Mistral
En tenida de monje franciscano
A Neruda
De corbata de rosa y de sombrero alón
A Huidobro
Disfrazado de Cid Campeador
A Magallanes a Pezoa Véliz
Al heroico Domingo Gómez Rojas
1896-1920
Está de centenario
A Enrique Lihn a Eduardo Anguita
Doctores todos x derecho propio
Por + que abro los ojos no los veo

-Un millón de Gracias (Parra, 1997)

 

Parra ha tenido una trayectoria brillante en la lengua castellana, aunque no ha tenido el mismo reconocimiento en otras lenguas. Traducir sus poemas debe representar un reto mayúsculo. Es posible, pero el poema degenera más de lo habitual. Aun así, Parra ganó el Premio Cervantes en 2011 y ha estado nominado al menos 4 veces al Nobel de Literatura—la primera en 1997, a iniciativa de NYU, y la última vez en 2012, a propuesta de Michelle Bachelet—. Es difícil que lo gane ante su avanzada edad. Al respecto, declaró en alguna ocasión: “Tengo más fe en el Kino que en el Nobel.”

Además de su naturaleza subversiva y su difícil traducción, quizá el problema principal de Parra para alcanzar los grandes públicos ha sido el carácter sombrío y el humor negro de sus poemas. Parra no escribe de musas ni paisajes celestiales. Parra escribe de tumbas y ataúdes (literarias y reales). Es capaz de reírse de la muerte de un amor no correspondido…

 

Juro que no recuerdo ni su nombre,
mas moriré llamándola María,
no por simple capricho de poeta:
por su aspecto de plaza de provincia.
¡Tiempos aquellos!, yo un espantapájaros,
ella una joven pálida y sombría.
Al volver una tarde del Liceo
supe de su muerte inmerecida,
nueva que me causó tal desengaño
que derramé una lágrima al oírla. 

Una lágrima, sí, ¡quién lo creyera!,
y eso que soy persona de energía.

Si he de conceder crédito a lo dicho
por la gente que trajo la noticia
debo creer, sin vacilar un punto,
que murió con mi nombre en las pupilas,
hecho que me sorprende, porque nunca
fue para mí otra cosa que una amiga.

 

– Es Olvido (Parra, 1954)

 

…así como de escribirle un poema a Lázaro (el personaje bíblico), invitándolo a no resucitar y a aceptar jubiloso que tiene “toda la muerte por delante”:

 

a qué volver entonces al infierno del Dante
¿para que se repita la comedia?
qué divina comedia ni qué 8/4
voladores de luces – espejismos
cebo para cazar lauchas golosas
ese sí que sería disparate

eres feliz cadáver eres feliz
en tu sepulcro no te falta nada
ríete de los peces de colores

aló – aló me estás escuchando?

– El Anti-Lázaro (Parra, 1985)

 

Mario Campa no es Napoleón (es mucho más alto que él), pero reconoce a un Hombre cuando lo lee. Parra es para Campa un Hombre con una sensibilidad y sentido del humor híper-desarrollados: simbiosis harto fácil de malograr. El mismo Campa buscó hacerlo a finales del año 2016 inspirándose en la pulida técnica de plagio peñanietista y en franco desafío a la tradición poética trumpiana, logrando sin embargo con poco éxito comercial en el intento.

 

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Escribió Milan Kundera en La Fiesta de la Insignificancia (2014) lo siguiente: “En su reflexión sobre lo cómico, Hegel dice que el verdadero humor es impensable sin el infinito buen humor, escúchalo bien, eso es lo que dice literalmente: ‘infinito buen humor’; ‘unendliche Wohlemutheit!’. No la burla, no la sátira, no el sarcasmo. Solo desde lo alto del infinito buen humor puedes observar debajo de ti la eterna estupidez de los hombres, y reírte de ella.” Si quieren leer a un Hombre burlándose del hombre, lean el mejor poema de Nicanor Parra: el soliloquio del individuo. Disponible (gratuita y legalmente) en el portal de la U. de Chile.

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Georgia O’Keeffe: abriendo brecha desde 1916

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Por: Sofía Bosch – @sboschg

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Georgia O’keeffe, 1920 por Alfred Stiglitz

El 30 de octubre finalizó la exposición retrospectiva sobre la gran pintora estadounidense Georgia O’Keeffe en el museo Tate Modern de Londres. En esta galería se exponen no únicamente renombradas obras de arte moderno y contemporáneo pero también exposiciones temporales, siempre curadas de forma excelsa como es el caso específico de la de O’keeffe. Con más de 100 obras recopiladas de entre las mejores colecciones y museos del mundo, el Tate Modern levanta una de las exposiciones más extraordinarias que jamás se haya visto sobre una artista mujer.  

La exposición se curó para conmemorar los 100 años de la primera exhibición individual de O’Keeffe en la galería del que sería su futuro esposo, el fotógrafo Alfred Stiglitz, en la ciudad de Nueva York en 1916.

La exposición fue montada de forma cronológica por lo que el visitante tiene una línea de tiempo muy clara ante sus ojos y el progreso en la estética y temáticas de la artista son fácilmente entendibles. Desde las primeras experimentaciones en carboncillo, donde O’Keeffe se negaba a probar con color hasta perfeccionar su estilo, pasando por sus cuadros con temática neoyorkina, hasta sus famosos cuadros de paisajes y vegetación de Nuevo México, de las flores y huesos de animales que encontraba en el desierto y de pueblos aún habitados por nativos americanos, como Taos entre otros, la exposición está tan bien montada que uno navega por los procesos de la artista sin confusión alguna.

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Oriental Poppies, 1928, Georgia O’Keeffe. Óleo sobre lienzo.

Originaria de Wisconsin, O’Keeffe vivió parte de su juventud en Texas, donde impartió clases de arte en escuelas pública. En 1915, por medio de una amiga en común logró hacerle llegar unos dibujos en carboncillo a Stiglitz el cual exclamó al verlos: “¡finalmente una mujer en papel!” (Finally a women on paper!).  Poco después O’Keeffe se mudó a Nueva York para dedicarse por completo a la pintura, y enamorados, Stiglitz y ella empezaron a vivir juntos.

Algunas de las pinturas más bellas de la exposición son justo de esa época, cuando ella acababa de llegar a la Gran Manzana y él decidió invitarla a la casa de campo de su familia en el Lake George, cerca de las montañas de Adirondack.

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Lake George Barns, 1926, Georgia O’Keeffe. Óleo sobre lienzo.

Esos viajes y paseos por el Lake George le permitieron ahondar en su investigación en la abstracción de la naturaleza que luego se repitió en sus cuadros de acercamientos a flores. Uno de los cuadros más importante de esa serie de flores y figura principal de la exposición es el titulado: Jimson Weed/White Flower nº1.

Teniendo un gran formato, la obra absorbe al espectador desde el primer momento que se entra a la sala, cautivándolo por medio de la belleza inmediata, palpable de la flor. Este cuadro es, de hecho, la obra pictórica de una artista femenina que ha llegado a mayor precio en una subasta. La casa Sotheby’s lo subastó en 2014 por $44.4 millones de dólares americanos a Alice Walton, heredera del imperio de Wal-Mart, para el museo Crystal Bridges Museum of American Art en Bentonville, Arkansas.

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Jimson Weed/White Flower nº1, 1932, Georgia O’Keeffe. Óleo sobre lienzo.

A partir de 1929, O’Keeffe comenzó a hacer varias visitas a Nuevo México sobretodo al área de Taos, donde amigos suyos residían. Se enamoró perdidamente de los paisajes, vegetación y naturaleza del lugar. De misma forma, las diferentes capas culturales del lugar le parecían fascinantes: la mezcla y el sincretismo entre la influencia colonial española y la complejidad de las culturas nativas americanas. Es específicamente en 1946, después de la muerte de Stiglitz, hasta 1986 que decide mudarse de tiempo completo a su rancho llamado Ghost Ranch cerca de Abiquiu, Nuevo México.  

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Black Mesa Landscape, New Mexico / Out Back of Marie’s II, 1930, Georgia O’Keeffe. Óleo sobre lienzo.

Además de conocérsele como uno de los exponentes del arte estadounidense moderno, O’Keeffe es singular ya que se expresaba sin prejuicios ni ataduras sociales. Muchos de sus cuadros de flores han sido interpretados como representaciones de órganos sexuales femeninos, lo cual ella nunca aceptó, y no porque estuviera mal visto para la época , sino porque su acercamiento a la naturaleza era transparente, inocente y honesto. Para ella las flores eran esas pequeñas cosas a las cuales nadie ponía atención. Y a menos de que se les observara muy detenidamente, su belleza no podría ser entendida. Detenidamente, con mucha paciencia, pasión y precisión, pintaba sus cuadros. Esto es notable al ver su obra, y fue lo mismo lo cual la colocó como un parteaguas del arte moderno estadounidense y mundial. Sus obras se equiparan a la fama y reputación de muchos hombres artistas, cosa rara en 1916 y hoy en día.

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Grey line with black, blue and yellow, 1923, Georgia O’Keeffe. Óleo sobre lienzo.

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Las Suelas de los Zapatos

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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Sus casas favoritas eran en las que se usaban pulgadas en vez de centímetros. Los números de las medidas siempre resultaban cerrados. Sentado con las piernas abiertas y la espalda recargada, esperaba a que fueran las doce en punto. No había reloj en el cuarto y eso lo volvía loco. Tenía que sacar la mano del pantalón constantemente para comprobar la hora en su reloj, tratando así de acelerar el tiempo. Cuando lo miraba, le parecía que cada paso del segundero aceleraba más su cabeza hasta hacerla explotar.

Movía los dedos del pie sintiendo cómo las falanges se doblaban hasta que le dolían; miraba sus zapatos e imaginaba sus dedos luchando por ser libres. Cerró los ojos, se encontró en una tienda departamental comprando zapatos, pasando las puntas de los dedos por encima de varios modelos, sintiendo los diferentes tipos de piel. Envuelto en el olor de las pieles su cuerpo se electrificó con el aroma único a zapatos nuevos. Las manos del zapatero por encima de sus calcetines rojos midiendo sus pies para hacerle un par de Oxfords: ni una pulgada más anchos, ni un decimal más largos. Su corazón latía más rápido, gotas de sudor escurrían por debajo de su camisa mientras imaginaba pares de calcetines colgados en los anaqueles, mismos que subirían desde sus dedos hasta sus tobillos, apretando y cortando su circulación. El olor de la perfumería le llegaba a la nariz, mezclando los cítricos profundos con el olor de la piel negra y brillante de sus nuevos zapatos. Sentía débilmente el pulso de los dedos del zapatero comprobando que todas las medidas se ajustaran de manera precisa para después sentir la presión de los cordones amarrados ahorcando las orejas. Los zapatos estaban listos: los recorrió de talón a punta con los dedos antes de dar el primer paso, comprobó que los calcetines estuvieran totalmente extendidos. Se detuvo a tocar las marcas de presión en su pierna. Sus dedos eran libres de nuevo.

El reloj una vez más. El segundero avanzando a la misma velocidad. Lo que sabía de zapatos lo había aprendido solo: su familia se dedicaba al teatro y nunca tuvieron sus mismos intereses. Egoístas, el teatro era su vida. No le gustaba el desorden de las reuniones después de las funciones: risotadas, humo de cigarro, el tin tin de los hielos contra el vaso de whisky, las anécdotas –las mismas de siempre– los minutos pasando como si no tuvieran prisa. Entró a estudiar Arquitectura y se fue a vivir con su abuela al Pedregal. Un espejo de cuerpo completo, una colección de discos de música española —ordenados de la C de Camarón a la V de Vargas—, una litografía de Hopper, un enorme closet de pino de Óregon y sus 5 relojes eran los únicos objetos que había en su cuarto. Tenía el mismo olor desde el día que se había mudado, ni siquiera la loción que se ponía todos los días de clavo, madera, frutas y vetiver —que lo envolvía en un esfera con aroma a anestésico de dentista con agua de lavanda intensa— podía quitar el aire rancio que circulaba por todo el espacio.

Recargó los codos en las rodillas y puso la cabeza entre su piernas. No había nadie más en ese cuarto, ni siquiera una ventana por donde mirar. Se quitó los zapatos y el saco. Observó sus dedos moverse como teclas de piano por debajo de los calcetines color vino. Estiró las piernas recargando la cabeza en sus manos. Nunca había visitas en la casa, solo vivían las sirvientas, la enfermera y la abuela. Parecía que hasta el polvo las había olvidado. Hablar con su abuela era una experiencia desagradable; su demencia y su olor a pañal sucio eran insoportables. Al menos la casa era silenciosa, el jardín se extendía como mármol en calma perpetua, los muros eran tan altos, las hojas de Plátano tan numerosas, que parecía que no estaban en ningún lugar.  Desde el balcón de su cuarto, sólo se veía la alberca vacía y un muro de piedra volcánica. Lo suficiente para no ahogarse en su soledad.

Se sentó en el suelo, se deshizo de la corbata y se desfajó. El silencio del cuarto lo hostigaba. El lento paso del tiempo lo empezaba a ahorcar. No parecía que la puerta se fuera abrir pronto. Dudó en si quitarse los calcetines para embarrar sus pies contra la alfombra repetidamente. Se desabrochó los primeros tres botones de la camisa blanca, cerró los ojos intentando olvidar al segundero. Hace dos días se había emborrachado con ginebras y agua quina. Solo, en la sala, se había terminado más de media botella para perder la noción del tiempo. Quería despertar de su continua constricción. Sentía la ansiedad como hormigas subir por sus piernas, su corazón se aceleraba, su respiración se entrecortaba, las manos le temblaban. Se dejó caer en el sofá, abriendo las piernas y los brazos hasta que resbaló y quedó boca arriba en el suelo. ¿Qué es lo que necesitaba para sentirse libre? Sentía que su piel se craquelaba. Imaginó sus trajes, corbatas y camisas colgando en la obscuridad de su closet, por encima de sus zapatos; su calzones y calcetines guardados en los cajones. Sintió que respiraba el olor del closet para respirarse a él mismo, esa esencia que se formaba entre los zapatos, la tela, su loción y su piel. A pasos torpes se dirigió a los medios del jardín dejándose caer. El cosquilleo helado del pasto recién cortado hacía cosquillas en su cuerpo, se hizo consciente de cada parte de él. Tomó los zapatos, los puso junto a su cara y se acomodó en posición fetal. Cerró los ojos hasta quedarse dormido.

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El Abierto Mexicano de Diseño – ni tan abierto

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Por: Sofía Bosch – @sboschg

El Abierto Mexicano de Diseño (AMD) es el festival de diseño más importante de la Ciudad de México. Durante cuatro años se ha dedicado a promover el diseño en el país por medio de una serie de colaboraciones, eventos, exposiciones y bazares que se desarrollan en diferentes sedes ubicadas en el Centro de la Ciudad. El AMD es en esencia una gran iniciativa para, como dicen ellos, consolidarse como “la gran fiesta del diseño en México”.

Cada edición del festival ha tenido una imagen gráfica muy específica que no únicamente ha servido los fines de comunicación con los asistentes, sino también para crear todo un sistema de navegación en las sedes. Cada imagen gráfica está relacionada con temas específicos: la primera edición tuvo como énfasis los OFICIOS, la segunda los PROCESOS, la tercera las SOLUCIONES, y este año el tema guía del festival será ABIERTO.

Además de ello, el festival tiene como colaboradores –tanto fijos como rotativos- a varios diseñadores y agentes creativos de primera categoría.

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Edición 2013

 

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Edición 2014

 

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Edición 2015

 

Mi crítica a esta edición del festival se divide en dos puntos que a mi parecer hacen que el festival caiga en los mismos cánones de consideración del diseño que se han manejado desde los años 60. ¿Cuándo se atreverán a dar el brinco y tratarán de apoyar diseño verdaderamente vanguardista? ¿Será que México está estancado, en realidad no es culpa del Abierto, y no se genera diseño de vanguardia?

Enfocándome meramente en el Abierto, mi primer comentario tiene que ver con el nuevo diseño de esta edición. Considero que las resoluciones gráficas de los años anteriores habían estado mucho mejor pensadas, pero más allá del sentido estético de la nueva imagen, creo que comisionarlo a Lance Wyman es un desaire para las nuevas generaciones de diseñadores.

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Edición 2016

Lance Wyman, reconocido diseñador estadounidense, creador de la señalética de México 68 y del metro de la Ciudad de México, es una eminencia en el diseño gráfico. Reconocido durante décadas, ha sido un parte aguas en la forma de concebir la comunicación gráfica en el país Azteca. Pero, apostar por el genio creativo de Wyman de 79 años en vez de las nuevas generaciones de diseñadores que tienen mucho que aportar es finalmente hacer una declaración clara y contundente: no se confía lo suficiente en los jóvenes diseñadores emergentes como para permitirles generar la imagen del AMD, y eso es una pena. Se prefiere apostar por el nombre pesado, que se conoce de forma popular que por diseñadores emergentes. Porque sí, en México hay diseñadores talentosísimos, pero, como en esta ocasión: no hay espacios para despegar. El AMD sería un espacio espectacular para ese tipo de oportunidades.

Mi segunda crítica va dirigida al tema de este año. Es un tema abierto donde los lineamientos para participar únicamente dirigen el tipo de diseño: visual, tridimensional, virtual, espacial y portable. ¿Seguimos en los años 60?

Si vemos un poco las tendencias de los festivales de diseño a nivel internacional ya sea en Estados Unidos o Europa, se ha empujado por nuevas temáticas y ramas de participación del diseño y se ha dejado de hablar de “disciplinas del diseño” perfectamente separadas. Por ejemplo, este año se cumplieron 50 años del festival Design + Research + Society (DRS) que se lleva a cabo cada año en Brighton, Reino Unido. El DRS ha sido vanguardista en las ponencias que presenta, ya que su formato es más el de un coloquio o conferencia, y el de un festival basado en el pensamiento crítico y el futuro del diseño. Además, es un espacio de integración entre el mundo académico y el sector profesional.

En contraste, el Abierto Mexicano de Diseño se queda rezagado, con temas que finalmente promueven un evento que parecería más un bazar. ¿Por qué los directivos del Abierto no empujan por temas de transición, temas que podrían posicionar a México a nivel internacional en cuestiones de diseño?

La programación de este año no se ha anunciado pero esperemos que supere ampliamente la interpretación gráfica de Wyman para esta edición.

¿Para cuándo las oportunidades a los talentosos diseñadores mexicanos? ¿Para cuándo el diseño social, el diseño de transición y comprometido?

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Montaña Rusa en el Aire

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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Verano 2016.- Miércoles por la tarde. Me encuentro en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Mi vuelo sale hasta las 6 p.m; tengo tiempo de sobra: quiero ver si me puedo subir al de las 5 p.m, pero no hay espacio. Leo una revista en la sala de espera, luego camino y veo en un restaurante a una amiga de la infancia junto con su esposo e hijos; platicamos brevemente, se me pasa el tiempo rápido: ha llegado el momento de abordar.

El vuelo despega con destino a Guadalajara; es un vuelo corto: dura aproximadamente una hora. El avión tiene pantallas para ver películas y eso me agrada. Elijo la película Los 33, que está basada en la historia de los 33 mineros que quedaron atrapados por más de 60 días en la mina de San José, en Chile, y que finalmente sobrevivieron. Transcurre el trayecto y, por supuesto, no alcanzo a a ver toda la película que, de cualquier forma, no me está encantando: el aterrizaje se aproxima.

Volteo a ver la ventana y el cielo está totalmente nublado; llueve mucho. En el momento que el avión está a punto de tocar piso, cambia de dirección y comienza a despegar nuevamente. El nervio se siente en el interior del avión: nos encontramos en una zona de turbulencia; empezamos a sentir pequeños saltos que conforme pasan los segundos, se intensifican. De pronto, el avión baja con velocidad como si fuese el tipo de caída libre que uno experimenta en la Montaña Rusa. Peor: no nos encontramos en la Feria; estamos en las nubes. En ese momento, se me sale el aire y pego un grito ahogado: no recuerdo haber vivido una situación similar en un avión. Los instantes se alargan y en fracciones de segundos, vuelan múltiples imágenes por mi mente. Es impresionante la capacidad que tiene el cerebro para procesar pensamientos existenciales en tan poco tiempo. Deseo con todo mi ser que no se caiga el avión; todavía me queda mucho por vivir, me repito en mi cabeza.

Después de unos segundos, afortunadamente, el avión vuelve a ganar altura y comienza a estabilizarse. Regresa un poco la paz. Sin embargo, se escuchan muchos murmullos; la gente, incluyéndome a mí por supuesto, está asustada. Volteo a una de las personas que se encuentra a mi lado y lo primero que me dice de manera nerviosa: “Estamos en medio de un tormentón”. El avión vuelve a tratar de aterrizar en Guadalajara, pero las condiciones climáticas nuevamente lo impiden. El piloto anuncia que aterrizaremos en Puerto Vallarta.

El trayecto transcurre con normalidad. Después de alrededor de 30 minutos, se asoma el mar de Puerto Vallarta entre un cielo nublado. Lo primero que pienso al contemplar la vista es que me encantaría quedarme en la playa unos días. Me imagino a mí mismo en un camastro, recostado, viendo el mar mientras mis manos tocan la arena. Me imagino sumergido en el mar, sintiendo la espuma de las olas.

Salgo de mi fantasía y me percato que ya estamos a punto de aterrizar. Tocamos tierra y siento una sensación de alivio. El plan es cargar combustible, esperarnos unas horas y regresar a Guadalajara. Cuando abren la puerta del avión, salgo inmediatamente a las escaleras. Se siente el calor digno de un clima tropical, pero hay mucha gente que está fría; observo reacciones de todo tipo: gente que llora, a alguien que respira por medio de una bolsa, gente que se sube un camión con la intención de regresar por tierra, pero también veo gente que sonríe, que platica y se siente aliviada. Me topo con el piloto y tengo la oportunidad de conversar con él y otras personas.

Nos explica, en primera instancia, que le impresiona la velocidad con la que se pueden mover las nubes. Nos dice que en el momento que íbamos a aterrizar en Guadalajara, nos encontrábamos justo abajo del ojo de la tormenta. Nos brinda una analogía: la tormenta representa una regadera y, en este caso, la tormenta o la regadera se encontraba arriba de nuestro avión, encima de la pista de aterrizaje. Si hubiéramos intentado aterrizar, corríamos el riesgo que la fuerza del agua y del viento nos hubieran empujado hacia abajo. Por ello, tomó la decisión de no aterrizar; pudimos haber chocado. Nos comenta que cuando estábamos despegando, apenas logramos esquivar la tormenta, pero ésta rozó un poco al avión; no había de otra. Por eso sentimos el bajón al estilo de la Montaña Rusa. Nos confiesa que en más de 20 años de carrera, nunca le había tocado lidiar con una situación así. Solo le había tocado vivir una experiencia que se asemeja, en el simulador de vuelo. Nos platica que también sintió miedo y que temía que el parabrisas no aguantara la presión al momento que rozamos la tormenta. Sin embargo, mantuvo la calma y nos sacó de la situación como un profesional. Nos llevó sanos y salvos a Puerto Vallarta porque esa era la opción más segura. Al terminar la conversación, le agradezco al piloto, lo felicito por poner nuestra seguridad ante todo.

Después de una hora, volvemos a despegar rumbo a Guadalajara. Como a los veinte minutos, se escucha la voz del piloto: “Ahora estaremos pasando por una zona de turbulencia. Favor de abrocharse el cinturón”. Me agarro de los descansabrazos y me siento tenso, pero no se siento nada de turbulencia: respiro. Son como las 10 de la noche y por fin, vamos a aterrizar en Guadalajara. Al tocar piso, se escuchan aplausos. Hemos llegado a nuestro destino, hemos vivido una experiencia que no olvidaremos. ¡Tierra, tierra, tierra!

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Ya lo Sabemos Todo

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Por: José García (@jooosege)

Historia imaginaria sobre una entrevista a Hunter S. Thompson (1937-2005), escritor norteamericano autor de Fear and Loathing in Las Vegas (1971). Thompson es reconocido como el creador del periodismo Gonzo.

Me estoy despeinando. Nos acercamos sin pensarlo. El aire pasa a toda velocidad. Se me van a caer los lentes que compré en Dallas. Quiero correr más. Ahí, a la mitad de la nada, de este insoportable desierto. ¿Qué es lo que estamos buscando? Años después y seguimos aquí. Mi voz sigue siendo la misma, pero ahora estamos en este convertible. Ahora voy a entrevistar a Thompson. Muchos dirían que lo logramos. Pero no se siente así. Seguimos siendo las mismas personas. ¿Qué tenemos de nuevo? Dime. ¿Qué tenemos que no teníamos antes? No habíamos leído a Thompson, ni a Baudrillard, ni a la posmodernidad. Éramos un sueño perdido entre miles de intenciones. ¿Eran ganas de cambiar al mundo? No sabíamos nada. La inocencia tal vez. Antes éramos esa persona que ahora no desearíamos ser. ¿Sí? ¿De verdad lo logramos? Eran los coches llenos de personas yendo por nosotros. Fue nuestro primer o segundo viaje a Las Vegas. Cuando nos gustaban los zapatos Gucci. Comprando bolsas Louis Vuitton, camisas Burberry, cinturones Dior.  Hubiéramos hecho lo que fuera. Era el sueño de escuchar a Celine Dion en vivo. La promesa de un avión privado, de quedarnos en el Caesars Palace, de ver a los que pierden miles de dólares. Las camisas abiertas, los jeans con cinturones Hermes. Una bolsa Fendi tal vez. Cristales de Swarovski, zapatos Miu Miu. Paris Hilton en el fondo. Una bolsa rosa. Lo que fuera. Una botella de champaña con luces y nosotros en el centro. Todos nos volteaban a ver. Choferes, camionetas, una American Express Gold y una American Express Negra. Sí, la de metal. Los hermanos Kent en la Quién. Las fiestas donde bailábamos Luis Miguel. Las canciones a todo volumen en el coche. Los programa de VH1. Las albercas, los modelos, las drogas. Todo era un sueño que se prometía en los pasillos del hotel. En el mármol y en las fuentes del Bellagio. Cuando queríamos que ellas usaran Manolo Blahnik. Cuando queríamos que ellas fueran Carrie Bradshaw. Fumábamos Marlboro Lights. Tomábamos shots de tequila y Cosmopolitans. Fotos para salir en Caras. Teníamos planes todos los días. Todo eso que se acabó ahora es un recuerdo de los textos de Thompson. Las nuevas Vegas. Las de siempre. A las que fueron nuestros abuelos, nuestras tías y nuestros amigos. Ahora todo cambió y vamos a buscarlo. Porque nosotros cambiamos. Y porque ahora no somos los que éramos antes. Solo una pelea entre nuestro pasado y nuestro presente. ¿Qué pretendemos? Ahora sólo somos la esperanza de escribir como él, de ser tan atinados para describirlo todo. De que nos digan que somos inteligentes, tanto como el mismo Thompson. Que él nos lo diga. Que se acerque y se sorprenda de lo bien que lo entendimos. Que nos diga que Las Vegas ya no es Estados Unidos, sino la decadencia mundial. Que a miles de kilómetros y en otra cultura somos capaces de ver lo que él vio. Queremos que nos reconozcan. Que nos felicite, nos dé una palmada y nos diga que somos su legado. Que se sorprenda porque hablamos bien el inglés y porque el periodismo Gonzo sigue vivo en nosotros. No somos más que una farsa. ¿Qué le queremos preguntar? Somos tan inteligentes que con dos preguntas vamos a obtener respuestas que jamás van a ser olvidadas. Que se van a publicar en el New York Times, en The Guardian, en el New Yorker. Vamos a ganar un Premio Pulitzer. Vamos a dirigir una película y en la fiesta de lanzamiento nos vamos a meter Eme. ¿En realidad hemos cambiado? Dime Thomson, ¿en realidad hemos cambiado o seguimos siendo lo mismo que siempre hemos sido? Queremos ser el animal que describes, el que se libera de su condición de hombre. El que lo rompe todo. Los de la vida loca, llena de drogas y de experiencias. Los personajes de su novela. Porque nos hemos enfrentado a todo con tan solo 26 años. Ya estuvimos en Los Ángeles, ya estuvimos en Nueva York. Vivimos la escena. Vivimos la fiesta. Vivimos los cambios. Éramos Paris Hilton y Lindsay Lohan. En nuestros sueños. ¿Lo seguimos siendo? ¿O ahora somos intelectuales? Ahora ya estudiamos y ya leímos. Sabemos de Dostoyevsky, de Lyotard. Leímos a  Bauman, a Popper y a Lipovetsky. Sabemos de cine, de arte, de literatura, de sociología, de psicología. Entendemos la posmodernidad. Dime Thompson ¿es ésta la misma posmodernidad que era en Fear and Loathing in Las Vegas? Ya casi llegamos. El coche en el valet. El nuevo concierto de Britney Spears. Las luces. El ruido. El olor a Estados Unidos. Un Starbucks, dos Starbucks, tres Starbucks. Una Torre Eiffel. El Cirque-Du-Soleil. Una cena en el Nobu. Las mismas fuentes, el mismo Bellagio, la misma suite. Pero ahora no entramos. Nos conformamos con mirar, con ver, con observar. Porque eso somos, observadores. ¿Dónde está Thompson? ¿Dónde está el Flamingo? ¿Dónde está el ácido? No sabemos nada, él lo sabe. Somos unos farsantes. Él está en la 3260 del Wynn. Nos preguntan qué queremos. No queremos nada. Sólo dos preguntas. Verlo y que nos diga que todos sus recuerdos envejecieron. Todo se modernizó. Todo brilla y nunca termina. Ahora no son las drogas: son los buffets infinitos, la diversión, el alcohol, el dinero. Son las Kardashian’s, las nuevas fiestas, Calvin Harris, las albercas, las modelos. Es el vacío que hay por todos lados. Es enfrentarnos con nuestro miedo más terrible. Que seguimos siendo lo que éramos. Que seguimos siendo los zapatos Gucci y las camisas Burberry. Queremos seguir y no podemos. Estamos en el pasillo y no nos abre nadie. Los ventanales del fondo con vista a la alberca. El elevador. Las mucamas. Las prostitutas. Los animales que somos. Los que éramos. No somos nada. Ni ganaremos ningún premio, ni nos publicarán. Somos la desilusión de nuestra generación. Un intento fallido por imitar las formas del pasado. Solo queremos volver a lo mismo, una y otra vez. Queremos ser Las Vegas: las viejas, las nuevas, las de siempre. Está en nosotros. Thompson no nos abre, ni nos abrirá jamás. Tenemos que regresar, pero no aquí. Tenemos que regresar y vivir. Sin saber cómo ni para qué. Seguir peleando entre lo que fuimos y lo que somos. Ya nos echamos a perder.

24_JoseGarcia