Cuando la leyenda se vuelve mito y retorna en su ciclo infinito.

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Por Paola González

(OJO: ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS DE LA OBRA “FAUSTO” DE GOETHE)

Durante muchos años, una novela exquisita, considerada una de las más grandes obras de la literatura clásica, fue interpretada de distintas maneras; dividió a eruditos y a novatos, causando terribles desencantos. Algunos afirmaban que la obra convertía a quienes la leían en un peligro para sí mismos y para su entorno social. Otros, que lleva una carga psicológica, política y social trascendente que los despistados no lograrían comprender. Otros más, que es una de las obras más bellas y humanas, por su tratamiento de la vida y el alma.

Hablo del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, o sólo Goethe (gø tə). En esta obra, un hombre solitario y desesperado, vende su alma al diablo, consiguiendo así una vida épica, con vastos conocimientos, placeres y longevidad. Mefistófeles, el antagonista, es el ser que Dios había creado como el más bello y poderoso de sus ángeles, y que finalmente fue enviado a las profundidades y al fuego eterno por su desafío; continúa portando los dones que Dios le dio al crearlo, por lo tanto, es capaz de hacer creer a cualquiera que el camino que descubre frente a sus ojos es el que lleva a la plenitud y a la verdad. Fausto no tarda mucho en caer en sus mentiras.

En la primera parte de la tragedia, Fausto clama desesperado en su soledad aquella necesidad de una cercanía espiritual, el poder apreciar la belleza que Dios creó en el universo y sus portentos. Lo que más desea es sentirse admirado apreciado y amado. El conocimiento que tanto ha cultivado durante su vida le parece insuficiente. Sin embargo, el poder de Mefistófeles le engaña y le lleva a vivir una vida como ninguna otra, sí, pero insatisfactoria.

Y muchos dirán ¿pero cómo? Si disfrutó todo, vivió muchos años, bailó con brujas, embaucó hombres poderosos, desafió a las parcas, habló con grandes filósofos, amó a helena. Eso no puede ser insatisfactorio.

Siguiendo a Mefistófeles solo estaba siendo consciente de una parte de sí mismo. Al dejarse llevar por él, en una vorágine muy similar al actuar de muchos más  “no pienses, no creas, disfruta, goza, vive al máximo tu cuerpo”, Fausto, al igual que aquellas personas, se olvida de dos partes de su naturaleza: su mente y su espíritu. Solo uniendo estas tres se vive en plenitud. Mientras más “disfrutaba” Fausto de su vida, —y lo pongo entre comillas porque Mefistófeles siempre arruinaba esa felicidad— más se encadenaba al infierno y el contrato de la venta de su alma se volvía más sólido. Y muchos alegan que el seguir normas que definan la integridad y/o dignidad del ser humano son los actos que llevan a encadenar el cuerpo y el espíritu.  Me pregunto si son conscientes de esas pequeñas punzadas de vacío al terminar el día en una supuesta libertad sin camino alguno. En ocasiones las nomas liberan más que un camino sin restricciones.

Más adelante en la trama ocurre un cambio sustancial en el protagonista. Al igual que todos cuando la vida ha dejado su impronta en el ser humano, comienza a reflexionar sobre el camino que le llevó hasta aquél lugar y situación en la que se encuentra. Fausto reconoce su fallo tras múltiples diálogos aún bajo el influjo de Mefistófeles.  Al dejar pasar su energía en las tres potencias del ser: cuerpo mente y espíritu. Es decir, al envejecer y permitirse un escrutinio filosófico y espiritual,  Fausto llega a la plenitud de su existencia, deja entrar en su ser lo que más anhelaba; el amor lo llena, destruye las cadenas que lo ataban al infierno, destruye el contrato en el que vende su alma, lo encumbra al cielo y al fin último del alma humana.

Pero esperen un poco.  En el libro dice que Dios manda a sus ángeles a que lo suban entre pétalos de rosa. Sí. En el banquete de Platón –maestro de Aristóteles, uno de los filósofos que disertan con fausto en la obra— afirma que solo lo perfecto puede ser divino, pero nada, excepto el amor es perfecto. Ergo, el amor es Dios; y es tan basto que, nosotros, en nuestra infinita pequeñez e imperfección lo confundimos con otras cosas.

Al igual que Fausto vivimos solo una potencia, algunos tal vez dos, y buscamos entender la tercera, la espiritual, en la manera en que percibimos nuestro intelecto o nuestro cuerpo. Esta obra, más que una oda al ego; busca despertar en el lector el interés por descubrir esa plenitud que somos capaces de obtener, que la dignidad de la vida no encadena y que el amor SIEMPRE vence.

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De los (sin) sentidos de la vida

Inteligencia

Por Alex Leurs

Nuevamente la fecha de entrega de estas modestas líneas me perseguían. Día de entrega y mi página seguía en blanco. Como siempre confiaba en que la creatividad espontánea combinada con la motivación creada y sostenida por circunstancias ideales me permitirían, una vez más, escribir algo decente.

Esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, el sol apareció. Gigante, dominante, glorioso, maternal y paternal, su presencia es fuente no sólo de vida sino también de motivación. Decidí dejarme abrazar en una terraza. En el café había algunas mesas libres y escogí la mía estratégicamente para mantener cierta distancia con la gente presente. Era uno de esos cafés de solitarios que suelen querer hablar y cierta distancia me parecía crucial para que el sol permitiese a la imaginación florecer.

Mientras recolectaba los esbozos de inspiración que me habían cruzado la mente a lo largo del mes me distrajo un golpe seco. Levanté la mirada con la corazonada de que algún pájaro se había estrellado con el vidrio de la zanja que estaba a mi izquierda pero no vi nada. Fue uno de esos momentos en los que agradecí estar equivocado. Sin embargo la irrefutable prueba que aportaron mis sentidos no logró calmar esto que ahora entiendo como intuición. Me levanté para aumentar mi dominio de percepción y allí lo vi: una pequeña bola de plumas de colores hermosos se encontraba en el piso. El amarillo, azul, negro y blanco se mezclaban a la perfección y, si bien parecía estar tomando el sol, su inmovilidad emanaba algo que se asemejaba a un testimonio de drama y no a uno de paz.

No me pude impedir ir a verlo y por primera vez en mi vida pude acariciar un pájaro en libertad. Por un lado quería dejarlo allí y ponerme a trabajar pero me resultó imposible: de rodillas a su lado, observaba a la gente comer y su pasividad me llenó de responsabilidad. Con una nueva misión en mente y experiencia inexistente fui al bar a pedir una caja de cartón. Cuando regresé el pájaro estaba en la mesa de uno de esos solitarios que siempre quieren hablar. Le ofrecí la caja de cartón pero la rechazó: “creo que va a estar bien, voy a darle de tomar y a mantenerlo bajo el sol”.

Regresé a mi lugar para ser testigo de cómo, por medio de una cuchara, este solitario daba de beber a su nuevo amigo. “Es una hembra” me dijo con sonrisa de oreja a oreja. La gente alrededor manifestaba curiosidad hacia el animal, algunos tomaban fotos pero nadie hablaba con el héroe solitario. “Yo buscaba una mujer y mira, me cayó del cielo!” (#muerantodosdeamorya!).

La distancia impuesta para encontrar la inspiración se desvaneció en un instante. La preocupación genuina por un ser sintiente ahogó cualquier sentimiento de individualidad permitiendo relacionarme con este curioso personaje. Con la cuchara en mano me contó que había cuidado de un petirrojo anteriormente: “su mancha roja tiene una hermosa historia, cuando crucificaron a Jesús una vez que la multitud se fue, quedaron una mujer y un hombre y cuando ellos se fueron quedó un pájaro, fijo, observando. A este pájaro le cayó una gota de sangre y entonces salieron los petirrojos”. Otra sonrisa gigante.

Mientras se ocupaba del pájaro empezó a contarme historias tremendas, desde su vida en China hasta de los dragones célticos. Ahora vivía momentos difíciles; su gemela le quería robar la herencia de su mamá a quien él había cuidado hasta el —reciente— final de sus días. Estas historias me las compartía en ventanas de tiempo que se abrían al interrumpir el diálogo con su nueva amada. La variedad de temas, la profundidad de las imágenes arrojadas y la sonrisa subyacente a todos sus gestos se reflejaban intensamente con los acontecimientos recientes de mi vida.

Sin previo aviso, el pájaro voló. En silencio y agradablemente sorprendidos lo vimos partir en un movimiento sinusoidal. El hombre quiso tomar el gorro en el que había colocado con delicadeza al animal, sonrió y dijo “se cagó, como mi mamá; cuidé de ella y cuando se fue me dejó pura mierda”. Reímos juntos por un momento, me contó otras historias y se fue, dejándome inspiración y motivación.

En ese momento de calma que dejó su partida pude ver con claridad lo que quería escribir en estas líneas: la vida fluye y tenemos la opción de dejarnos llevar por la corriente o no. A veces tenemos planes de cómo queremos hacer las cosas y somos intransigentes hacia nuestro contexto y nuestro medio. Nuestra individualidad nos vuelve ciertos ciegos y sordos. Curiosamente, siempre estamos esperando el “buen momento” para hacer las cosas creyendo que entendemos cómo funciona la vida. Pero a veces dejarse llevar es el camino más sencillo hacia lo que queremos.

Sólo me queda dar las gracias aunque no sé si se las tengo que dar al solitario, al pájaro o a la vida.

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Carta de amor

Por Alex Leurs

En un inicio yo no te deseaba. Tenias una fama tremenda. Para la secundaria ya estabas en manos de varios. Te había visto en manos de mis conocidos y sus caras de placer por la mañana. Me parecías peligrosa y tu amargura mató cualquier potencial de imaginación. No obstante, el paladar refinado de la vida propició las circunstancias para que me fueras requerida. No pude haber imaginado cuanto te necesitaba en ese momento.

Implícitamente los dos sabíamos que nuestra simbiosis no duraría. Así que pactamos una relación de interés mutuo; yo necesitaba pasar el rato difícil y tu me tendrías. Sería corta e intensa, abusiva y constructiva, de necesidad y de satisfacción. Al final yo te dejaría.

Durante tres meses celaste mis mañanas sin dejar lugar para nada más; ni siquiera para el hambre. Parecías estar al acecho: bastaba con poner un pie fuera de la barca de Morfeo para sentir tu necesidad. Eso sí, tu constante presencia en esas largas mañanas fueron pilares que evitaron un derrumbe.

Durante esos meses, recuerdo bajar las escaleras para encontrarte en la cocina anhelando el abrazo de tu calor. Disfrutaba dejar mi mirada perderse en el jardín teniendo la seguridad de que tu aroma no sólo me regresaría a tierra sino que también me blindaría para enfrentar un días más. Luego subíamos a la sala y nos dejábamos ir en simbiosis perfecta. Cuanto te debo, cuanto me diste, cuanto tomé…

Cuando habíamos superado lo más difícil te desvanecías, me dejabas exhausto: no podía pensar y mucho menos desear pero sí respirar. Pasaba el resto del día reponiéndome de esas mañanas torbellino. Con tu partida, la creatividad, la motivación y la vitalidad se desvanecían.

Pasó el tiempo y la amargura de tu esencia empezó a hacerme daño. Los momentos difíciles veían su extinción acercarse como un meteorito y tu presencia me era menos necesaria y más perturbadora. Conforme empecé a poner distancia entre nosotros florecieron los primeros síntomas. No esperaba que separarse fuese tan difícil. Claro que tampoco pensaba necesitarte…

Con el tiempo no puedo más que echar una mirada al pasado y agradecer tu amargura. Sin ti no habría sido lo mismo. Porque tienes que saber que sin ti, querida taza de café, nunca habría terminado mi tesis. Nuestra relación fue corta e intensa porque había fecha de entrega, abusiva y constructiva porque una tesis hay que parirla, necesaria y satisfactoria porque significaba la titulación con honores.

Esas largas mañanas de lectura y redacción fueron maratónicas. Contigo descubrí qué tanto podía producir y los excesos de esa dinámica de eficiencia. Así que gracias querida por ensenarme que soy un hombre de té.

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La hamburguesa sin queso

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Por Uriel Gordon — @Urielo_

Quita la envoltura de papel vorazmente, de su boca sale saliva y cuando va a comenzar a devorar la hamburguesa, se da cuenta que tiene queso. Sus ojos llenos de furia, no dan crédito a lo que ve:  “Carajo, la pedí explícitamente sin queso”, se dice a sí mismo, mientras se golpea el pecho como un orangután. Avienta la hamburguesa contra el techo y estalla en berrinche: salen lágrimas y de rodillas, mirando al cielo, pega un rugido de rabia: ¡ruaaaaaaaaaaggghhhhhhhh!

Se levanta del piso de madera oscura y con paso apresurado, da vueltas y vueltas por su departamento; levanta y agacha la vista, le pega a las paredes, aprieta la quijada y luego la suelta con fuerza; parece un loco de manicomio. Hace una pausa al encontrarse con una foto de su infancia, donde está disfrazado como Peter Pan, la saca del marco y la oprime al cerrar sus puños, pero se arrepiente y se tranquiliza un poco: la dobla y la pone en uno de los bolsillos de su saco.

Rápidamente, se dirige a su habitación  y se detiene ante el cuadro de Dalí, Muchacha frente a la ventana, donde aparece una mujer contemplando el mar. Entra en trance y queda atrapado dentro del cuadro: se pierde en el color azul del vestido de la mujer, de las cortinas y del océano. Sin embargo, explotan sus emociones y súbitamente, se escapa de los confines del retrato con la respiración totalmente exaltada. Grita otra vez y agita sus brazos como si sostuviera imaginariamente los barrotes de una jaula, pero la paz regresa. Por fin respira con calma: inhala y exhala profundamente.

Pasa por el lavamanos, se echa agua en la cara, se mira al espejo, asiente con la cabeza.

Y, después, de la caja fuerte toma sus dos pasaportes, 400 dólares y 300 euros. Del clóset, agarra su chamarra café estilo aviador, su mochila JanSport de los años noventa y pide un Uber; el destino: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El GPS que trae el chófer del Volkswgen Vento con placas “AWY123” marca que llegará  a las cuatro de la mañana. El camino transcurre en silencio absoluto: ni un “buenos días” intercambia. Se baja del auto y se despide del conductor con un “hasta nunca”.

Al llegar a la Terminal 2 se queda observando fijamente el tablero de salidas. Hay cuatro alternativas que le llaman la atención: Medellín, Dublín, Ámsterdam y Nueva York. Decide emprender la odisea en la tierra de James Joyce y compra un boleto sin regreso; la mujer del mostrador le pregunta que si va a documentar equipaje y él responde con una sonrisa: “para este viaje no necesito equipaje”.

El vuelo sale hasta las 8 de la mañana, toma asiento en una de las sillas que hay frente a la sala 56 y cierra los ojos momentáneamente, pero no puede permanecer sentado y por supuesto, tampoco puede dormir. Se dirige al restaurante Alitas que, por fortuna, abrió temprano, y pide unos chilaquiles verdes con chorizo y extra salsa. Los traga de golpe, casi sin masticar; pareciera que acaba de salir de la prisión. En la televisión, observa en vivo, el partido Tottenham vs el Fulham, de la liga de fútbol inglesa. El deporte lo distrae y se relaja; pierde la noción del tiempo y se da cuenta que ya tiene que abordar. Pide la cuenta, se despide de la comida mexicana y regresa corriendo a la sala 56.

Llega rayando y aborda el avión. Deja su mochila en los compartimentos, toma sus audífonos y pone la canción Paranoid Android de Radiohead, en el Spotify de su celular. Observa la ventana, toma del bolsillo de su saco la foto de Peter Pan y le entra una sensación de nervio. Piensa en la hamburguesa con queso que aventó al techo horas atrás y el nervio, se transforma en un ataque de ansiedad; le cuesta trabajo respirar. Pone las manos, en forma de garras, sobre su cinturón de seguridad; mira con ojos de angustia al pasajero que está a su lado. Quiere bajarse del avión, pero sus piernas no le responden; quiere quedarse en el avión, pero siente pánico. Solo sabe que quiere, aunque ya está lleno, una hamburguesa sin queso.

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Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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Se fue la “luz”

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Por Uriel Gordon

La vida urbana se distorsiona: las notas musicales que emana el saxofón conectado a un micrófono, que suelen oírse a distancia, alrededor de las 10 de la mañana los domingos, en el restaurante Romerita 28, hoy no se escuchan. Solo suenan puntualmente las campanas de la Iglesia, que no necesitan electricidad para despertarlas; también, se perciben con más afinidad los ruidos que generan los coches, camiones y motocicletas que pasan de manera intermitente por la Avenida Providencia. Por el crujido del motor, uno puede distinguir de qué medio de transporte se trata y jugar a calcular su edad: cuando los sonidos del motor se asimilan a los de una tos de alguien que está escupiendo un pulmón, probablemente el vehículo tiene más de 10 años. Bueno, eso es lo que se antoja imaginar.

En otro plano, en una zona tan arbolada como lo es Providencia, vienen con fuerza los sonidos de la naturaleza; la falta de electricidad en este rincón de la Perla Tapatía quita distracciones y permite adentrarse en los murmullos que genera el choque entre el viento y las hojas de los árboles; los ángulos y la velocidad con la que pega el aire son los encargados de moldear la intensidad y el tono de las voces. El producto final, por lo menos con este clima soleado: sonidos que arrullan.

Momento… Falta conjugar con estos sonidos el cantar de las aves. Hay pájaros que hacen pensar en las manecillas del reloj: chiflido por segundo. Hay otros que parecen conectar directamente con la respiración: llevan a imaginar inhalaciones hondas con exhalaciones prolongadas que, inconscientemente, sacan algún tono musical que conduce a pensar en tiempos más primitivos.

Sin ir tan atrás, relativamente, ¿cómo era Providencia hace 200 años?  De entrada, la Independencia de México todavía no se había consumado, pero más allá de eso, ¿la zona era exclusivamente un bosque? ¿Vivía gente aquí? ¿Cómo era la vida cotidiana? ¿Qué tipo de animales… Las hélices del ventilador se mueven de nuevo, el refrigerador ruge otra vez; a lo lejos, las primeras notas del saxofón en Romerita 28 comienzan a sonar. La “luz” ha vuelto.

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