Dos Puentes Divergentes en Tijuana

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Por: Pablo Tortolero – @pablotorto

Como muchos mexicanos, he cruzado la frontera con Estados Unidos varias veces en mi vida, muchas de ellas por la vía terrestre. Mi primera experiencia fue cruzar de Juárez hacia El Paso, a principios de los 90, emocionado por la promesa de mi padre de comprarme un Game Boy. Desde pequeño, me acostumbré a cruzar de vez en cuando, fui viendo diferentes cruces cambiar a través de los años y apilé experiencias, desde Tijuana hasta Tamaulipas. Según la época del año, las tuve buenas, malas y fatales. Consideraba que, en general, lo bueno de cruzar llegaba en el momento en el que te alejabas de la frontera, pensando en que no te había tocado tan mal y que la experiencia había pasado.

Por causa del periodo electoral, las cifras sobre la importancia del intercambio transfronterizo nos son recordadas con frecuencia. Un embajador eminente solía decirnos en clase que las posturas negativas de políticos estadunidenses hacia México no importaban en la práctica si nos hacían enojar o no, sino importaban en la medida en que hacían que el trabajo del chofer de remolques de mercancía que cruzaba los puntos de control en la frontera se volviera más difícil, y tuviera un impacto generalizado en el comercio: la verdadera base de nuestra relación. Los datos en ese rubro son bien conocidos: somos el primer o segundo socio comercial para 28 de los 50 estados que conforman los Estados Unidos de América, el comercio bilateral con Arizona es similar al que se tiene con España, Reino Unido, Alemania y Holanda juntos, y existen más de 50 cruces fronterizos con Estados Unidos en donde más de un millón y 300 mil vehículos cruzan diariamente.

Constantemente, se establecen comisiones para solucionar problemas transfronterizos, impulsadas por cámaras de comercio y asociaciones civiles de ambos lados; se publican reportes y estudios[i] a profundidad sobre cómo modernizar estos espacios geográficos tan característicos que representan en sí polos económicos de alto nivel. Desde la perspectiva gubernamental, se anuncia que la integración de México en América del Norte está siendo avivada gracias a la implementación de nuevas iniciativas, como la inspección conjunta que simplifica los trámites y el tiempo de espera en Laredo y en Otay, Tijuana; el primer puesto fronterizo ferroviario que se inaugura desde 1910, entre Matamoros y Brownsville; o la entrada de México al grupo de los ocho países para los que aplica el Global Entry. Por más contrastante que parezca esta región, existe un consenso sobre su potencial a desarrollar que resulta hasta intrigante. Como ejemplo, recientemente el arquitecto mexicano Fernando Romero develó su atractivo plan futurista para construir una ciudad transfronteriza binacional en Nuevo México, caminable, con atractivos esquemas de uso de suelo para diferentes actividades económicas, sistemas de transporte e interconectividad general. [ii]

Existen muchos obstáculos que franquear antes de llegar a los niveles óptimos de interconexión expuestos en las maquetas de Romero. De manera general, ya sea para fines comerciales como para fines civiles, una adecuada integración entre ambos lados de la frontera necesita de un alto nivel de coordinación en donde encaucen al menos voluntades políticas con la infraestructura necesaria. Quizá uno de los ejemplos más notables de avances en esta materia se encuentra hoy en Tijuana. Por un lado, en 2015 se inauguró una puerta de enlace transfronterizo entre San Diego y el Aeropuerto Internacional de Tijuana -la Cross Border Xpress Terminal (CBX)- que ofrece a los pasajeros de las aerolíneas con pase de abordar una manera más fácil de transitar de un país al otro a través de un puente peatonal construido sobre la frontera. Fue financiada por un consorcio empresarial que vio una sólida idea de negocio en donde se aprovechaba el emplazamiento del Aeropuerto Internacional de Tijuana, a escasos metros de la frontera con Estados Unidos, para construir una opción que permitiera ahorrarse las filas terrestres de las garitas de Otay y San Ysidro, mediante el pago de una cuota de peaje equivalente a una caseta cara. La inauguración del CBX significó la culminación de una idea que llevaba años gestándose (hay miembros de su dirección que son ex funcionarios del Aeropuerto de Tijuana) y que, aparte de ser redituable económicamente, abona a la interconectividad de la región y hasta alivia en funciones al insuficiente y confinado aeropuerto de San Diego que, contrariamente al de Tijuana, no ofrece vuelos hacia China, por ejemplo.[iii] A pesar de su intensa afluencia de usuarios,[iv] el CBX ha recibido muchas quejas por fallas en su funcionamiento, pero ninguna que no se pueda prevenir haciendo una búsqueda de información previa a su uso y tomando la debida anticipación que el viajero suele olvidar.

Por otro lado, con gusto leí que hace apenas algunos días por fin cerró el tristemente famoso “Puente Chicanadas”, bautizado así como sinónimo de “Puente hecho al chile” para encontrar una salida rápida a un problema. Se trataba del acceso en territorio mexicano hacia el nuevo y multimillonario cruce peatonal norteamericano llamado PedWest que cruza de Tijuana a San Diego por San Ysidro, y que las autoridades mexicanas habían tenido que habilitar a toda prisa al ver que la fecha de inauguración del lado norteamericano se les venía encima. Con su cierre definitivo se puso fin a varios meses en donde los transeúntes tenían que abandonar un moderno cruce del lado norteamericano para llegar a un puente “hechizo”, fijo con tablones de madera, con cables y varillas a la vista, cuyo cruce se asemejaba a atravesar una construcción en obra negra.[v] Inaugurar este cruce era parte de una iniciativa de los Gobiernos de EU y México en el que la parte mexicana, según sus críticos, negligentemente había desdeñado los tiempos establecidos y durante años había rezagado la obra hasta extrañamente licitar su construcción a la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) y, llegado el día de la inauguración, verse en la penosa necesidad de habilitar una estructura peligrosa para el peatón y así cumplir a medias con su parte.[vi] Los reclamos no se hicieron esperar. Periodistas, empresarios y por supuesto los usuarios denunciaron lo que a sus ojos significaba una burla internacional para la ciudad de Tijuana,[vii] causada por un manejo deficiente de la obra pública. Las autoridades se apresuraban en decir que era una solución temporal, y ante las quejas y la mala publicidad, pisaron el acelerador para entregar la obra final en tiempo récord; algo que ni el administrador del lugar pudo negar.[viii]

La oposición de ambas experiencias resulta bastante rudimentaria. Sin embargo, décadas después de mi travesía por el Game Boy, y después de haber usado por primera vez el novedoso sistema transfronterizo del CBX, me pregunto si llegaremos algún día a la ciudad futurista binacional propuesta por Fernando Romero. A este paso, dudo que suceda pronto. A tan sólo unos días del segundo debate entre Hillary Clinton y Donald Trump, es sensato pensar que el tema de la frontera se tocará como preámbulo para hablar de terrorismo y similares. Pero quizá habría que retroceder en ese wishful thinking un poco. ¿De qué nos serviría una ciudad como la de Romero si tenemos una disparidad brutal en cuanto a la aplicación y coordinación en el ejercicio de lo público, a la imagen del “Puente Chicanadas”?

Al CBX se le puede reprochar varias cosas, como su insuficiente estacionamiento o elevados precios, pero la elección de pagar el peaje y usar sus servicios sigue siendo equiparable a ir o no ir a un restaurante en donde sabes que la espera por una mesa puede ser tediosa y no siempre sirven la sopa bien caliente. Fue una apuesta levantar ese capital y concluir el proyecto con un plan de negocios detrás. Al “Puente Chicanadas” parece ser que lo anuló y por ende salvó el haber sido exhibido como una vergüenza y una burla. ¿Por qué no se entregó bien y a tiempo? ¿Por qué se hizo pasar ese mal rato a sus miles de usuarios cuyo cruce supone una parte importante de su día? ¿Acaso a las autoridades no les interesaba?

Es muy fácil encontrar gente que se mueva por una idea de negocios. Es fácil encontrar a alguien que ame el dinero. Encontrar a alguien que ame la función pública es mucho menos evidente. En nuestro país, el buen ejercicio de la función pública, ¿dónde se aprende? ¿De dónde se toma el ejemplo?

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[i] El Mexico Institute del Wilson Center cubre ampliamente esta temática. Un ejemplo: https://www.wilsoncenter.org/event/building-competitive-us-mexico-border

[ii] http://www.citylab.com/design/2016/09/instead-of-a-wall-build-a-binational-city-us-mexico-border-trump/499634/?utm_source=SFFB

[iii] https://www.wilsoncenter.org/article/san-diego-built-bridge-over-its-border-wall

[iv] A poco más de un mes de inaugurado rebasó los 100,000 usuarios. http://www.hoylosangeles.com/noticias/california/hoyla-cal-cross-border-xpress-todo-un-xito-en-ms-de-un-mes-lo-utilizan-100-mil-viajeros-20160122-story.html

[v] Todo este bochornoso episodio quedó documentado en reportajes involuntariamente divertidos. Quizá el más dramático/divertido sea este https://youtu.be/tXzHCuJgv-M en donde una persona colapsa después de cruzar dicho puente (min 1:34). Otro, que sigue la narrativa de la broma malinchista de “Netflix” vs. “Blim”: https://youtu.be/DDqMGTgTYiw

[vi] http://consejomexicano.org/es/centro-de-informacion/asociados-en-la-prensa/5874-chicanadas

[vii] http://stmedia.net/noticias/regional/somos-burla-internacional-por-puente-chicanadas-comerciantes-turisticos-de-tijuana#.V91Zt2Xs-b9

http://www.el-mexicano.com.mx/informacion/editoriales/3/16/editorial/2016/07/19/981142/editorial-local—puente-chicanadas

[viii] 0:42 en el video: http://stmedia.net/noticias/regional/adios-al-puente-chicanadas-ya-funciona-la-obra-definitiva-en-ped-west#.V92X2GXs-1t

De Rodillas por la Igualdad

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“No liberty until we’re equal. Damn right, I support that!”

-Ben Haggerty, “Macklemore”

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Estamos a 53 años de 1963, cuando el celebrado Martin Luther King Jr. tomó la palabra en el Monumento a Lincoln de Washington DC y pronunció su inolvidable discurso “Tengo un sueño”. Hoy, cinco décadas después, su sueño sigue sin cumplirse del todo.

La muerte de Keith Scott a manos de agentes de la policía de Charlotte, en Carolina del Norte, es una en una serie reciente de sucesos similares en los que jóvenes afroamericanos son asesinados por policías sin justificación alguna. La respuesta no se ha hecho esperar y las protestas en Charlotte escalaron a un estado de emergencia que está poniendo a Estados Unidos a temblar. No lo suficiente, en mi opinión, si consideramos que 170 hombres negros han muerto de esta forma en el 2016 y que un 25% de las personas que mueren abatidas por la policía en EEUU son de raza negra[i]. Un 25% no sonará a mucho, pero lo es si se considera que los negros representan sólo el 12.4% de la población estadounidense

La brutalidad policial para con los negros no es ninguna novedad. Tampoco lo es que el gobierno no tome acciones al respecto, conformándose con justificar la conducta de la policía o con castigos menores a los debidos. Parece increíble también que, según una encuesta realizada por el Huffington Post, 6 de cada 10 jóvenes afroamericanos entre 20 y 35 años se quejan de haber sufrido abuso policial mientras que, en el mismo rango de edad, la estadística cae a 2 de cada 10 en blancos.

El racismo sigue teniendo raíces profundas en muchas partes y sectores de Estados Unidos. Tan sólo con saber que en el 2013 una escuela de Georgia sostuvo su primera graduación escolar interracial[ii] y que se estimó en el 2012 que el Ku Klux Clan contaba con entre 5,000 y 8,000 miembros que seguían ejerciendo actos terroristas de intolerancia racial y religiosa[iii]. Cuando se trata de justicia en las cortes, la cosa se pone más fea aún. Según estadísticas obtenidas del Departamento de Justicia norteamericano, los afroamericanos tienen 33% más posibilidades de ser condenados por los mismos crímenes que un anglosajón[iv]. La igualdad parece existir solamente en papel.

En semanas recientes, uno de los temas más calientes en la NFL ha sido el de Colin Kaepernick, mariscal de campo de San Francisco. Kaepernick ha generado una enorme polémica desde que anunció que no se pondría de pie para oír el himno nacional hasta que no se sintiera orgulloso de vivir en un país en el que la igualdad interracial fuera una realidad. Muchos le han criticado duramente por el patriotismo que caracteriza a los norteamericanos. Otros han optado por imitar su gesto y arrodillarse durante el himno. Su popularidad sin duda cayó, pues en una encuesta de la NFL resultó el jugador más odiado por el público en toda la liga. De acuerdo o no, se tiene que aplaudir a Kaepernick por ser, junto con Serena Williams en el tenis, de los pocos que aprovechan su presencia mediática para hacer protesta a un problema que no se atiende, además de que se está apegando a su causa sin importarle las críticas e insultos que ha recibido.

Si bien ponerse de rodillas durante el himno nacional no va a cambiar nada, es importante que de una manera u otra se manifieste el descontento con la situación y así presionar al gobierno a que ataque el problema y elimine a cínicos como George Zimmerman, un estadounidense que pretende subastar la pistola con la que mató a Trayvon Martin en el 2012.

Se ha avanzado mucho desde que empezara la causa por los derechos civiles para los afroamericanos, pero aún queda un largo camino por recorrer. Esperemos que el paso sea más pronto que de rodillas.

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[i] The Washington Post

[ii] Jon Swaine. (2013). Georgia holds first interracial school prom . The Telegraph, 16.

[iii] Joanna White. (2014). 11 Facts About Racial Discrimination. 19-11-15, de DoSomething.org Sitio web: https://www.dosomething.org/facts/11-facts-about-racial-discrimination.

[iv] John B. McConahay. (1986). Modern racism, ambivalence, and the Modern Racism Scale. San Diego: Academic Press.

 

¿Fracasamos los Latinoamericanos?

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Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

A finales de los 80, en Estados Unidos, se reunieron los poderes económicos de Occidente para definir las políticas económicas que, según ellos, sacarían a Latinoamérica de las series de crisis que habían estado sucediendo en la región. A estas políticas se les agrupó bajo el sobrenombre de “Consenso de Washington”. Viniendo de nuestros amigos del norte y de sus compadres europeos, parte esencial estas fórmulas eran la reducción de la intervención del Estado en los asuntos económicos, la apertura de las fronteras comerciales, estabilidad macroeconómica, entre otras. La idea era simple: o los gobiernos latinos aplicaban estas directrices o se olvidaban de recibir cualquier apoyo del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial.

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Sin entrar en mayores detalles, a finales de los 90 el resultado de las políticas ya era palpable: en algunos países se logró un crecimiento relevante, en otros cuantos se consiguió, aunque momentáneamente, estabilidad macroeconómica y la implementación de políticas fiscales más eficientes. Lamentablemente, el saldo generalizado no tendría nada que ver con ninguno de los anteriores, la consecuencia más palpable de las reformas fue el aumento en la desigualdad y en la pobreza. Por consiguiente, a ojos de la sociedad civil, el Consenso de Washington había fracasado y su producto final fue la creación de un nuevo “enemigo público”: el Neoliberalismo y junto a él, la intervención de organismos internacionales en las decisiones de política económica.

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La explicación de este fracaso es complicada. Dependiendo del analista económico consultado se arrojan diversas conclusiones. El único consenso está en la falla de no pensar las fórmulas tomando en cuenta la situación específica de cada país. De igual forma, para Latinoamérica las explicaciones llegan tarde. Este fracaso abrió y pavimentó el camino para el surgimiento de una nueva ideología que en la década de los 2000 iba arrasar con la región: la llamada “Neoizquierda Latinoamericana”.

La vena “izquierdosa” de Latinoamérica tiene sus raíces más fuertes en la segunda mitad del siglo pasado. En aquella ocasión, la amenaza de la Guerra Fría no permitió que estas propuestas tuvieran éxito. Salvo casos específicos como el de los revolucionarios de Fidel Castro en Cuba y los Sandinistas en Nicaragua, los intentos por instaurar gobiernos de izquierda fueron sofocados por golpes de estado, impulsados por el largo brazo estadounidense y mantenidos por medio de represión, persecuciones, asesinatos, censura, desapariciones forzadas, y de todas las posibles violaciones a los derechos humanos.

Con el fin de la Guerra Fría y el muy publicitado fracaso del comunismo vino un respiro para los Estados Unidos, y por consiguiente para las ideologías divergentes al sur del Río Bravo; a Latinoamérica le llegaba la hora de la democracia, de la libertad de expresión y, sobre todo, de la lucha por la “justicia social”.

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Los partidos de izquierda se encontraron por primera vez en muchos años en un ambiente político libre, donde pudieron desarrollar su corriente ideológica y publicitarla sin miedo a que la “mano invisible” viniera a frenarla poniéndolos en una mazmorra. Hicieron de su bandera la justicia social, el rechazo al Consenso de Washington y por consiguiente a esos grandes enemigos del pueblo que eran el Neoliberalismo, la globalización y la intervención norteamericana.

Comenzando con la elección de Hugo Chávez como Presidente de Venezuela en 1999, los procesos democráticos de otros países del Cono Sur no tardaron en mostrar sus colores y en 2003 tomaron la presidencia Néstor Kirchner en Argentina y Lula da Silva en Brasil; en 2005, Tabaré Vázquez en Uruguay; en 2006, Michelle Bachelet en Chile y Evo Morales en Bolivia; en 2007, Rafael Correa en Ecuador.

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Se podría decir que por primera vez en la historia de la mayoría de estos países, el pueblo tenía al gobierno que había elegido. Y, como si la divina providencia quisiera compensarlos por años de fracasos, represión y abusos de poder, los gobiernos de la Nueva Izquierda se encontraron con un panorama de bonanza sin precedentes. Los precios del petróleo y de las materias primas que estos países exportaban estaban por los cielos y la cajita registradora no dejaba de sonar. Los gobiernos de la Izquierda usaron una buena parte de estos ingresos para destinarlos a programas de apoyo social, que momentáneamente brindaron un impulso económico a la sociedad y cierto saneamiento de la pobreza. Este aparente éxito de los programas en unos países se hicieron saber a otros lados de las fronteras y todos querían formar parte de ellos. La percepción: los gobiernos de la Izquierda cumplen y la justicia social está a la vuelta de la esquina.

Pero pareciera que el destino se ensaña en contra de los latinos. En los inicios de la década de 2010, estas materias primas que estaban dando de comer en abundancia perdieron su valor y en las economías de los estados latinoamericanos empezaron los problemas. Dejó de alcanzar el dinero para sostener todos los programas de asistencia social y la sociedad, que como es costumbre espera siempre recibir, empezó a inquietarse. Resultado: el panorama ideológico que empieza a permear en Latinoamérica en esta década es “parece que los gobiernos de izquierda no funcionan tan bien”.

A este análisis superficial de la situación habría que agregarle detalles de lo que sucede en cada nación. No es lo mismo el resultado de la administración “Kirchnerista” que el de la “Chavista”, o en su caso, la “Madurista” (que al parecer ya es la única que crea consenso en un trágico “¡No más, por favor!”) y definitivamente no podemos comparar ninguno de los dos anteriores con el panorama que se percibe en Chile. Lo que sí es un hecho es que la pagana de las crisis de la década es la “Izquierda”. Editorialistas de todo el mundo escriben con titulares que, palabras más, palabras menos dicen “Fracasó la Izquierda en Latinoamérica” y los ciudadanos poco a poco empiezan a mirar con ilusión hacia el otro espectro ideológico.

La cuestión es, ¿es justo culpar a la izquierda? En los 90 culpábamos a los gobiernos que impulsaban ideologías de derecha económica, a la intervención de Estados Unidos, a los tratados de libre comercio. En Venezuela se culpa a la izquierda chavista, en Argentina al Peronismo de los Kirchner, en Brasil a la izquierda chueca de Lula y de Dilma, y, viniéndonos más al norte, al centro-quien-sabe-qué, del PRI. Entonces, en 2016: fracasó la derecha, fracasó la izquierda, ¿no será más bien que hemos fracasado los latinoamericanos?

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Anatomía del Voto Latino

English-Spanish Signs Front Election Center In Texas
(Photo by John Moore/Getty Images)

Por: Victoria G. Olaguivel – @VickyGO

Nunca antes en la historia electoral de los Estados Unidos fue tan relevante la participación de la comunidad latina. Entre otros factores, la presencia de la población latina en las urnas será significativa para definir al cuadragésimo quinto Presidente, quien habitará la Casa Blanca durante el periodo 2017 – 2021 y posiblemente hasta el 2025, dada la posibilidad de reelección del Presidente, o quizás en esta ocasión Presidenta, en turno.

No es ninguna sorpresa que en las actuales campañas, tanto del Partido Republicano como Demócrata, uno de los ejes centrales en discursos, debates y entrevistas es el tema migratorio. A medida que se acerca la elección presidencial, y aun cuando el posicionamiento y grado de apertura que han transmitido los candidatos ante una reforma migratoria ha variado, es un hecho que quien resulte electo tendrá que abordar con mayor profundidad la condición migratoria de aquellas personas catalogadas bajo un estatus de irregularidad.

Cabe resaltar que desde el 2009 y hasta el 2014, la población “indocumentada” dejó de registrar una tendencia a la alza, manteniéndose en un nivel de aproximadamente 11.1 millones de personas, o 3.5% de la población estadounidense total. De este total, aproximadamente 5.8 millones de mexicanos (52%) habitan el país vecino en situación de irregularidad.[1]

Ahora bien, sabemos que la participación de la comunidad latina en las elecciones presidenciales, a llevarse a cabo el próximo mes de noviembre, es determinante. Sin embargo, no toda la población de origen latino, o que se identifica con ésta categoría, cuenta con acreditación para votar. La composición y ubicación geográfica de este grupo a lo largo y ancho del territorio del Tío Sam es una cuestión que vale la pena analizar a profundidad.

El Centro de Investigaciones Pew (PRC por sus siglas en inglés), think tank apartidista dedicado a analizar las principales tendencias políticas en Estados Unidos, publicó en enero de 2016 un reporte sobre la composición demográfica de los votantes latinos, segregando por estado, edad, sexo y país de origen (entre otros indicadores) aquella población que se perfila como la de mayor peso para posicionar al siguiente President@ de los Estados Unidos. Toda la información reportada por PRC se basa en tabulaciones producidas en 2014 por la Oficina de Censos de los Estados Unidos.[2]

Para el 2014, la Oficina de Censos reportó un total de 224.96 millones de personas acreditadas para votar, es decir, ciudadanos estadounidenses con 18 años de edad o más. Aún cuando en 2014 la población latina alcanzó un nivel aproximado de 55.25 millones de personas en todo el país, solamente 25.4 millones de personas contaron con acreditación para votar (en términos de ciudadanía y edad). Se tiene proyectado que para el 2016, aproximadamente 27.3 millones de personas identificadas como de origen latino podrán votar.

De los 27.3 millones de latinos que podrán ejercer su derecho y obligación al voto en el 2016, cerca del 59% son de origen mexicano, 14% puertorriqueño y 5% cubano. El 22% restante lo conforman personas con origen en otros países de habla hispana.

Por otro lado, de esta misma población, el 44% son catalogados como millennials (personas entre 18 y 35 años de edad), lo que indica que los jóvenes latinos constituirán el principal motor de crecimiento del número de personas hispanas acreditadas para votar en las próximas dos décadas, seguido de aquellas personas que residen legal o ilegalmente en el país y que adquieren posteriormente la ciudadanía, ya sea por naturalización u otra vía.

Quisiera resaltar la composición demográfica de los votantes latinos en los estados de California, Texas y Florida, ya que albergan a la población latina más extensa, pero sobre todo, a la mayor población de votantes acreditados a nivel nacional, justamente en ese orden.

El estado de California encabeza la lista al concentrar cerca de 15 millones de personas de origen hispano. De este total, aproximadamente la mitad (6.9 millones) cuentan con los requisitos para votar, lo que hace del estado de los osos grizzly la entidad número uno con ciudadanos de origen latino acreditados para participar en las próximas elecciones presidenciales.

De estos 6.9 millones ciudadanos acreditados para votar, el 82% son de origen mexicano (¡si! ¡82%!), mientras que 2% son puertorriqueños y el 16% restante otro origen.

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El estado de Texas ocupa el segundo lugar de votantes hispanos acreditados, con 4.8 millones de personas. Nuevamente, la gran mayoría de los votantes son de origen mexicano (87%), 2% son de origen puertorriqueño y 2% salvadoreño.

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En Florida residen cerca de 2.6 millones de hispanos acreditados para votar, la tercera población mas grande a nivel nacional. En este caso tan solo el 9% son identificados como de origen mexicano, 27% puertorriqueño, 31% cubanos y 32% otros.

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En el estado de Nueva York, entidad que ocupa la posición numero cuatro en proporción de hispano-votantes, con 1.9 millones de personas, los votantes acreditados de origen mexicano constituimos un 7% del total a nivel estatal. El ejercicio electoral del 2016 será la primera vez que esta mexicana-americana participe para definir al siguiente Míster o Madam President.

La información presentada en este artículo sustenta aquello que es más que evidente: para obtener resultados electoral favorables de largo plazo, los partidos políticos tendrán que diseñar y proyectar políticas públicas pensadas exclusivamente para la comunidad latina, así como para otras comunidades que comienzan a adquirir mayor peso, como lo es la asiática. Ahora más que nunca es imposible pensar en un electorado común para el cual se preparen estrategias y discursos genéricos. Los candidatos y sus equipos tendrán que concentrar sus esfuerzos y aventajar a sus oponentes asegurando la confianza de ciudadanos con múltiples orígenes, y como hemos observado de mayoría latina y mexicana (lo sentimos Mr. Trump), con necesidades variables y altamente demandantes.

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Referencias:

Pew Research Center. Hispanic Trends. 2016 State Election Fact Sheets. http://www.pewhispanic.org/fact-sheets/2016-state-election-fact-sheets/

[1] Krogstad, J.M. y Passel, J.S. “5 Facts About Illegal Immigration in the U.S.” Pew Research Center (19 de noviembre de 2015). Fuente: http://www.pewresearch.org/fact-tank/2015/11/19/5-facts-about-illegal-immigration-in-the-u-s/

[2] U.S. Census Bureau’s 2014 American Community Survey.

El Abierto Mexicano de Diseño – ni tan abierto

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Por: Sofía Bosch – @sboschg

El Abierto Mexicano de Diseño (AMD) es el festival de diseño más importante de la Ciudad de México. Durante cuatro años se ha dedicado a promover el diseño en el país por medio de una serie de colaboraciones, eventos, exposiciones y bazares que se desarrollan en diferentes sedes ubicadas en el Centro de la Ciudad. El AMD es en esencia una gran iniciativa para, como dicen ellos, consolidarse como “la gran fiesta del diseño en México”.

Cada edición del festival ha tenido una imagen gráfica muy específica que no únicamente ha servido los fines de comunicación con los asistentes, sino también para crear todo un sistema de navegación en las sedes. Cada imagen gráfica está relacionada con temas específicos: la primera edición tuvo como énfasis los OFICIOS, la segunda los PROCESOS, la tercera las SOLUCIONES, y este año el tema guía del festival será ABIERTO.

Además de ello, el festival tiene como colaboradores –tanto fijos como rotativos- a varios diseñadores y agentes creativos de primera categoría.

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Edición 2013

 

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Edición 2014

 

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Edición 2015

 

Mi crítica a esta edición del festival se divide en dos puntos que a mi parecer hacen que el festival caiga en los mismos cánones de consideración del diseño que se han manejado desde los años 60. ¿Cuándo se atreverán a dar el brinco y tratarán de apoyar diseño verdaderamente vanguardista? ¿Será que México está estancado, en realidad no es culpa del Abierto, y no se genera diseño de vanguardia?

Enfocándome meramente en el Abierto, mi primer comentario tiene que ver con el nuevo diseño de esta edición. Considero que las resoluciones gráficas de los años anteriores habían estado mucho mejor pensadas, pero más allá del sentido estético de la nueva imagen, creo que comisionarlo a Lance Wyman es un desaire para las nuevas generaciones de diseñadores.

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Edición 2016

Lance Wyman, reconocido diseñador estadounidense, creador de la señalética de México 68 y del metro de la Ciudad de México, es una eminencia en el diseño gráfico. Reconocido durante décadas, ha sido un parte aguas en la forma de concebir la comunicación gráfica en el país Azteca. Pero, apostar por el genio creativo de Wyman de 79 años en vez de las nuevas generaciones de diseñadores que tienen mucho que aportar es finalmente hacer una declaración clara y contundente: no se confía lo suficiente en los jóvenes diseñadores emergentes como para permitirles generar la imagen del AMD, y eso es una pena. Se prefiere apostar por el nombre pesado, que se conoce de forma popular que por diseñadores emergentes. Porque sí, en México hay diseñadores talentosísimos, pero, como en esta ocasión: no hay espacios para despegar. El AMD sería un espacio espectacular para ese tipo de oportunidades.

Mi segunda crítica va dirigida al tema de este año. Es un tema abierto donde los lineamientos para participar únicamente dirigen el tipo de diseño: visual, tridimensional, virtual, espacial y portable. ¿Seguimos en los años 60?

Si vemos un poco las tendencias de los festivales de diseño a nivel internacional ya sea en Estados Unidos o Europa, se ha empujado por nuevas temáticas y ramas de participación del diseño y se ha dejado de hablar de “disciplinas del diseño” perfectamente separadas. Por ejemplo, este año se cumplieron 50 años del festival Design + Research + Society (DRS) que se lleva a cabo cada año en Brighton, Reino Unido. El DRS ha sido vanguardista en las ponencias que presenta, ya que su formato es más el de un coloquio o conferencia, y el de un festival basado en el pensamiento crítico y el futuro del diseño. Además, es un espacio de integración entre el mundo académico y el sector profesional.

En contraste, el Abierto Mexicano de Diseño se queda rezagado, con temas que finalmente promueven un evento que parecería más un bazar. ¿Por qué los directivos del Abierto no empujan por temas de transición, temas que podrían posicionar a México a nivel internacional en cuestiones de diseño?

La programación de este año no se ha anunciado pero esperemos que supere ampliamente la interpretación gráfica de Wyman para esta edición.

¿Para cuándo las oportunidades a los talentosos diseñadores mexicanos? ¿Para cuándo el diseño social, el diseño de transición y comprometido?

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Nueva App para Complicar Soluciones

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Social media connection concept with mobile, notebook and server technology illustration.EPS10 vector file organized in layers for easy editing.

Por: Daniela Dib – @dandiba

El “internet de las cosas” es tema favorito entre expertos que discuten sobre tecnología e innovación. Su promesa es mejorar la vida mediante artículos ‘inteligentes’ que estén conectados a través de internet; comunicación de máquina a máquina (M2M) para que los objetos hablen entre sí, compartan información y solucionen problemas de distintas magnitudes. Las posibilidades son infinitas: desde refrigeradores que reduzcan el consumo de energía dependiendo de la cantidad de alimentos que guarden, automóviles con piloto automático capaces de salvar la vida del conductor, e incluso concreto que detecte y prevenga accidentes de infraestructura. Y si bien la promesa de una vida en la que las máquinas ‘conversen’ no plantea un escenario tan aterrador como el de Black Mirror, confiarles la solución a todos nuestros problemas sí puede resultar contraproducente.

La discusión no gira en torno a una nostalgia inútil por rechazar la tecnología y volver al tiempo en que se hacían las cosas de manera artesanal y en pocas cantidades —estos pasatiempos dejémoslos para los hipsters—, sino alrededor del valor añadido que un aditamento tecnológico en realidad le brinda a nuestras vidas. ¿Un collar con localizador para evitar que se extravíen quienes padecen Alzheimer? Definitivamente útil, de mucho valor. ¿Un e-reader para descargar y permitir el acceso a muchos libros? Muy útil y de valor para quienes tienen el tiempo y necesidad de leer tanto. ¿Una aplicación de teléfono que nos notifique cuál es el mejor momento para convertir una zanahoria en jugo mediante extracción en frío? Es útil sólo si consideramos que crea un problema para después solucionarlo.

Si bien la búsqueda de una vida más cómoda ha sido siempre el motor para la innovación humana, pareciera que lo que ocurre en Silicon Valley y otras regiones fértiles de emprendimiento ha desatado una confusión alimentada por la ambición de enriquecimiento rápido: se abusa de la tecnología con tal de que un producto o servicio sea catalogado como innovador.

Este mal aqueja más a los desarrolladores de aplicaciones móviles. El mercado para éstas es innegable: tan sólo en México existen cerca de 77 millones de smartphones en funcionamiento, y todos los que tenemos uno no podemos imaginar la vida cotidiana sin él. Lo que olvidamos es que sólo han pasado nueve años desde que el primer iPhone salió al mercado y que antes de eso nos las arreglábamos perfectamente. Aquel 29 de junio de 2007 no sólo abrió las puertas del consumo de información móvil y nos dejó con una de las mejores lecciones de presentaciones en público, cortesía de Steve Jobs, sino también marcó la pauta con la que, a partir de entonces, el mundo entero evaluaría la utilidad de un celular. Antes del iPhone, un teléfono era “bueno” si captaba bien la señal de satélite y recibía llamadas; hoy es bien calificado si su sistema operativo le permite operar más de veinte aplicaciones sin problemas y si su pantalla es extra grande y extra delgada. Mensajería, entretenimiento, transporte, servicios financieros, documentación de crímenes y promoción de justicia social —como dicen los cínicos, los teléfonos de hoy son a veces más guapos e inteligentes que muchos de nosotros.

La aparente omnipotencia de un smartphone nos ha vuelto dependientes de él. A muchos de quienes se autodenominan emprendedores, innovadores o techies los ha vuelto visionarios en el sentido menos halagador de la palabra: ven problemas que no existen y se proponen solucionarlos. En los demo days de incubadoras o programas de aceleración—presentaciones finales de clases sobre emprendimiento o programas de televisión sobre proyectos e inversionistas—, son comunes las aplicaciones para smartphones que se ven muy interesantes pero que en realidad no solucionan nada. Hay apps con APIs complejas que permiten integrar el smartphone con ondas de sonido y un aparato para decantar botellas de vino. He visto aplicaciones que dan la falsa impresión de que el usuario tiene pareja, generando llamadas y mensajes falsos desde un contacto inexistente. También existen apps que te recuerdan cuándo darle de comer a tu bebé, en caso, supongo, de que no sepas leer un reloj o carezcas de sentido común. Y he escuchado ideas para crear apps sólo porque alguien sabe programar y puede crearlas: una app para descargar un catálogo de muebles, otra para agendar una cita con el estilista, una más para programar un café al momento en que te despiertas.

Gracias a los smartphones, personas que viven en economías en crecimiento como la nuestra han logrado ingresar al sistema financiero, tienen acceso a soluciones de movilidad e incluso se han movilizado para protestar políticamente. Pero la otra cara de la moneda es que gracias también a la proliferación de estos aparatos y al furor por las apps, en algunos sectores de la población se ha dejado de interactuar frente a frente para realizar tareas cotidianas que no requieren más que un breve intercambio de palabras o una acción mucho más sencilla que actualizar el sistema operativo del teléfono.

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Occidente y el Resto del Mundo

 

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Por: Andrés Hernández (@andreshf5)

Un británico que apenas terminó preparatoria y está trabajando en Shanghái de mesero es un expatriado. Un mexicano que estudió en Stanford y trabaja en Google es un inmigrante.  Desde hace unos años me había irritado esta distinción entre inmigrantes y expatriados, donde el segundo término es reservado para personas occidentales, sin importar el tipo de trabajo que realicen. Por Occidente me refiero a los Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Europa del Oeste. No vayamos a caer en el error de creer que los latinos pertenecemos a este grupo selecto, tan sólo por estar atravesados por los mismos meridianos que cruzan a Canadá y a los Estados Unidos. (Me reservo la discusión de lo que es América del Norte y el papel que juega México para otro día). El caso de Singapur y Japón es curioso, pero no me imagino a un “occidental” refiriéndose a estos nacionales como expatriados.

Esta distinción tan particular, y tan inofensiva a primera vista, es justificada en la idea –evidentemente errónea- que el inmigrante del país pobre llega al país rico porque no tiene otra alternativa laboral en su país de origen. Por el contrario, el expatriado va a trabajar a otros lares porque se considera aventurero, un amante de culturas “exóticas”. Naturalmente, ante este ideario, las prerrogativas de los expatriados y los inmigrantes son tan distintas como arbitrarias. Y en esta arbitrariedad de la semántica y el trato de aquéllos que cruzan fronteras en búsqueda de distintas –no necesariamente mejores- oportunidades, es donde creo que deberían trabajar, tanto los países ricos como los países pobres. No países en desarrollo, ni algún otro eufemismo que les provoque. De nuevo, la semántica importa.

Saco a colación esta distinción porque la semántica es importante cuando se trata del posicionamiento que tenemos en el resto del mundo. Los últimos diez o doce meses han dado acontecimientos para que el mundo no se dé abasto con el trabajo de los internacionalistas: elecciones, xenofobia, golpes de estado, brexit, terrorismo y violencia. Mucha violencia en realidad. Ante estas olas de violencia y actos terroristas, el mundo con acceso a internet ha reaccionado de forma predeciblemente distinta a los actos terroristas que pasan en una parte del mundo. En particular, el mundo tiene una reacción más alarmante cuando estos eventos pasan en Occidente (misma acepción del expatriado de Occidente).

Hace un par de semanas estaba en un bar cerca de la universidad -aparentemente, en esta época del año, justo antes de empezar el ciclo escolar, es normal que extraños se acerquen a platicar, pero conforme avanza el año este patrón se diluye- y llegaron un trío de inmigrantes franceses a presentarse. Cuando mencionados que somos de México, uno tuvo la osadía de preguntar –en realidad era más bien una afirmación formulada como pregunta- sobre la inseguridad en la Ciudad de México (que por cierto es más segura que ciudades como Washington DC). A lo que me tomé la libertad de responder con otra pregunta: “Creo que últimamente Francia no es el lugar más seguro del mundo, ¿o sí?” No sé si no entendieron o no quisieron entender, pero hubo un silencio incómodo.

Aunque mi arranque de patriotismo mal entendido no fue digno de quien busca hacer nuevos amigos, creo que es importante estructurar correctamente las preguntas. Pero más importante aún, es evitar el empaquetamiento de todos los países fuera de Occidente como lugares en estado de sitio y sin Estado de Derecho. Este resultado es tanto culpa de su ignorancia, como culpa de los países pobres que ante los problemas que les aquejan, han fallado en la colaboración multilateral con otros países pobres (i.e. South-to-South Cooperation).

No obstante la normalización de las conductas de desprecio hacia las instituciones de los países pobres, el resto de sus países pares rara vez se manifiestan al respecto. El comportamiento pueril de Ryan Lochte – el nadador estadounidense, y medallista olímpico de 32 años atrapado en su “juventud”,[1] que decidió emborracharse y destruir la puerta de un baño en una gasolinera en Río de Janeiro, para luego inventarse una historia de vaqueros- tendría que haber sido repudiado no sólo por el gobierno brasileño, sino por todos los gobiernos de la región. Asimismo, los otros países pobres tendrían que haber denunciado los casos de corrupción de HSBC y Walmart que existieron en México.

Normalmente, se exige a las sociedades de Occidente que rechacen este tipo de actitudes. Esto es necesario, pero no suficiente. Existe una enorme disociación entre los países pobres. El mundo entero debe reflexionar sobre la poca cobertura—no sólo mediática, sino de análisis y estudio—de lo que pasa fuera de Occidente. Si México ignora lo que pasa en Siria, Siria va a ignorar lo que pasa en México.

Por eso, los países ricos no sólo tienen que preocuparse por lo que pasa en los países pobres. Los países pobres también deben atender  a los otros países pobres. Finalmente, es necesario que las personas empiecen a pensarse más como ciudadanos del mundo y erradiquen la idea añeja de Occidente y “el resto del mundo”.

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[1] Jenkins, S. (18 agosto 2016) Ryan Lochte: A champion swimmer caught in a riptide of self-absorption. The Washington Post