Lo Inacabado y lo Cultural

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Por: Francisco Vaqueiro – @FJVaqueiro

Hoy por fin se empieza a abordar, ya preocupa; llama la atención del ciudadano común. Comenzamos a interrogarnos si es factible seguir ignorándola o permitiéndola. Es atávica, como suciedad debajo de la alfombra o cochambre que se impregna y se resiste a desprenderse. Puede ser escándalo público y notorio, o el muertito en el clóset; aquello que se vocifera en altos decibeles o el secreto a voces.

En cualquiera de sus formas, podemos identificarla fácilmente, por ser el conjunto de conductas que, para la mayoría de los mexicanos, impasibles, forma parte de la vida diaria, es cotidiana, digerible y tolerable.

Es también, quizá, el debate que brilló por su ausencia durante años, especialmente cuando decidimos avanzar hacia otras formas de organizarnos como sociedad hace algunas décadas: me refiero a la corrupción.

Se ha dicho que forma parte de nuestra esencia como mexicanos, equiparándola a nuestra noción sobre temas tan disímbolos y folclóricos como el mariachi, el tequila, el culto a la muerte o el “no rajarse. Lo mexicano, nuestro colorido, lo florido, el gusto por el fútbol, los melodramas televisivos, la tortilla de maíz, lo chueco y la tranza.

El corrupto es percibido como astuto, taimado y perspicaz. Inteligente por beneficiarse al hacer más con menos. Aquel capaz de percibir su realidad, adaptarse como especie y usufructuar del status quo. El tonto, puede ser quien busca vivir al margen, pero nunca tan imbécil como aquel de los esfuerzos fútiles que pretende cambiarlo y denunciarlo. Finalmente, a algunos, es bien sabido, les ha costado la vida o poco menos que eso.

Por eso, quizá resulte tan conveniente, para algunos, sugerir ese lazo entre corrupción y cultura, lo vuelve invariable, lo ata de por vida a lo que somos.

Tal vez lo anterior sea capaz de sostenerse por sí mismo, sólo baste hacer un ejercicio de introspección sobre nuestra vida cotidiana: la mordida al agente de tránsito, la “gratificación” al servidor público para acelerar tal o cual trámite, el escándalo periodístico que “manchó” a tantos y tantos políticos que siguieron (o siguen) cínicamente ejerciendo su cargo.

Y no obstante, la corrupción, por muy familiar y diseminada en todos los ámbitos posibles, no es un vínculo indisoluble con lo que somos hoy y sobre todo, con lo que aspiramos y debemos ser en el futuro.

La corrupción, es un mal, tan desterrable, como lo fue el fraude electoral o la elección por dedazo de nuestros funcionarios públicos, males que padecimos durante décadas en este país.

Nuestra historia (y la de otras tantas latitudes), enseña que los cambios que llevaron a eliminar prácticas tan grotescas como la simulación electoral o la imposición de gobernantes, nunca fue concesión graciosa de los beneficiarios, llevó años de denuncias, organización y presión de la sociedad civil.

Si hoy, existen instituciones que hace 30 o 40 años resultaron impensadas, como el INE o Banxico (por citar algunas y a pesar de sus bemoles), hay ejemplos vivos de que hay prácticas superadas y superables.

Podemos ser capaces de lograr y proponer el entramado institucional faltante, aquel capaz de limitar la corrupción en México, en todos los niveles. No, no lo creo sueño guajiro, lo creo más bien, el gran reto, posible, de nuestro tiempo.

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Un Nuevo Tipo de Diseño para México: Crítico y Social

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Por: Sofía Bosch – @sboschg

En México, la concepción del diseño y del diseñador sigue siendo la desarrollada en los años 50. Durante esta década, se generó una transición hacia un diseño publicitario y comercial, completamente volcado hacia un consumismo voraz. El diseño a principios de siglo –como un fin decorativo y artesanal– era reservado para las clases altas, para los estratos sociales que podían darse el lujo de pagar por tapices, grabados y mobiliario fino. Después de la Segunda Guerra Mundial un cambio radical en el mundo del diseño se dio, no únicamente se había dominado la producción en masa con nuevos materiales (nuevos polímeros y plásticos fáciles de manejar), pero la profesión del diseñador tomó poco a poco un rol efímero y banal en la toma de decisiones de los productos y artefactos que se generaban.

Ideas como la obsolescencia planeada surgieron en el vocabulario de diseñadores industriales (el cual significa diseñar algún artefacto con una vida de uso corta para que el consumidor se vea obligado a reemplazarlo y comprar uno nuevo). Diseñadores gráficos empezaron a dedicarse al diseño de cartel y de empaque para productos de la vida cotidiana. Diseñadores textiles redujeron la calidad de su producto para que encajara con nuevo estilo de vida “rápido” y a corto plazo de la sociedad de consumo.

En los años 60 y 70, en contrapeso a este nuevo rumbo del diseño, se dieron a conocer las primeras publicaciones y manifiestos reclamando un diseño que velara por el bien social y ecológico. Les preocupaba que la profesión se convirtiera únicamente en el combustible de un consumismo rampante. Las angustias se centraban sobretodo en las posibles consecuencias políticas, sociales y ambientales que esto podría tener. Es la primera vez que se habló de un diseño sustentable así como de un diseño crítico y social. Manifiestos como el First things First fueron publicados y abriendo el espectro de lo que se esperaba de los diseñadores, les otorgó una nueva voz.

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Estos nuevos rumbos fueron un parte aguas, permitiendo que en las últimas décadas se gestaran nuevas corrientes de diseño. Desde el design thinking de IDEO hasta el diseño especulativo de Fiona Raby y Anthony Dunne, el diseño ya no se ve ni se considera como un proceso de embellecimiento al final de la creación de algún objeto, artefacto o servicio. Justamente, el rol del diseño ha dado un giro de 360 grados. Lo que hoy se busca es un diseño holístico, que más allá de un resultado estéticamente atractivo, tenga todo un proceso de investigación y entendimiento de las necesidades del usuario. Por medio de este proceso, arraigado en la etnografía y nuevas metodologías creativas, el diseñador puede llegar a resultados mucho más precisos dadas las necesidades sociales. Por supuesto, el diseñador no puede hacerlo sólo, por lo que trabajar en equipos transdisciplinarios es imperativo para tener buenos resultados en este nuevo giro en la profesión.

Gracias a estas nuevas visiones es que el diseño tiene un gran potencial de insertarse en el gobierno. Es en el proceso de creación de políticas públicas que el diseño puede aportar una visión, además de nuevas metodologías de trabajo, que permita resultados innovadores y un alejamiento de lo común. Ese común que en el pasado no ha funcionado (por ejemplo, en temas de movilidad, los segundos pisos para automóviles).

En el gobierno el diseñador puede no únicamente trabajar en equipos de diversas profesiones y antecedentes, puede también traer a la discusión nuevas formas de resolver problemas complejos. El diseño por definición trata de resolver las necesidades del usuario y muchas veces las decisiones tomadas dentro del gobierno hacen de todo menos concentrarse en el ciudadano. Un ejemplo de este tipo de inserciones es el Behavioural Insights Team, en Reino Unido. Un equipo de diseñadores, sociólogos, antropólogos y psicólogos, que se dedican a mejorar los servicios públicos por medio de análisis e investigación centrada en la experiencia del usuario, el núcleo de la investigación del diseño.

En México hay un gran potencial para este tipo de investigación. Es imperativo que los diseñadores se integren en los procesos de creación y de toma de decisiones dentro de las diferentes dependencias de gobierno para tener mejores resultados a nivel calle. El primer paso para que esto suceda tendrá que verse en las aulas universitarias. Sin una educación de calidad en temas de diseño social, no se puede pensar en una colaboración de calidad con el gobierno. Se necesita elevar el nivel de preparación en las universidades. No existe una sola licenciatura o maestría en el país que taclee este tipo de temáticas y prepare a los diseñadores del futuro.

En el Laboratorio para la Ciudad existe un programa llamado Diseño para la Ciudad que intenta, por medio de pequeñas intervenciones con diseñadores de gobierno como de sociedad civil, afrontar estas nuevas problemáticas. Hay que reflexionar sobre lo que se le está ofreciendo como diseñadores al país y su futuro.

¿Qué puede aportar el diseñador a las decisiones públicas? ¿Cómo se puede motivar a una nueva generación de diseñadores a que se dediquen al diseño de mejores servicios y de mejores bienes públicos? ¿Cómo se hace del gobierno un lugar atractivo para el desarrollo creativo?

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Imágenes

Crédito foto de la Ciudad de México:
Google Earth (2015). maps.google.com.mx

First Things First Manifesto

Acompañar al Feminismo

Protagonistas

Por: Luis Godoy – @luis_godoy88
Imagen: Juliette Rault

El jueves pasado algunos celebraron el Día Internacional del Hombre. Me enteré de la prolongada “celebración” hasta el domingo cuando caminaba por el sur de la Ciudad de México y me encontré con un stand en el que se leía un cartel que decía: “Día Internacional del Hombre. Prueba del antígeno prostático gratis”. A pesar de la poca seriedad del sitio estuve tentado a unirme a la conmemoración, sin embargo una nutrida fila me lo impidió.

Curioso, busqué sobre el Día del Hombre y me encontré con algunos comentarios en redes sociales y un buen número de notas periodísticas, destaca esta de El Universal. Conociendo el rigor de los medios en México, acudí a la fuente (UNESCO). Confirmando mis sospechas, me di cuenta que tal celebración no la reconoce ningún organismo internacional, de hecho el 19 de Noviembre se conmemora el Día Mundial del Retrete, irónico.

Fuera de la buena práctica sanitaria, la trivialización del género que viví el domingo se sumó a varias discusiones y lecturas sobre una pregunta que me inquieta: ¿cuál debe de ser el rol y actitud del hombre frente a la igualdad de género? Respuesta casi obvia, por lo que la pregunta se vuelve más particular: ¿hasta qué punto un hombre puede considerarse feminista?

Mi batalla con el tema se remonta varios años atrás, pero recientemente ha fluido bastante material que ha provocado numerosas discusiones. Por ejemplo, en este artículo Kate Iselin cuenta por qué ya no sale con hombres que se presentan como feministas (en sociedades donde ser feministas se esta convirtiendo en algo mainstream). Dice que el feminismo la ha empoderado lo suficiente para decirle “no más” a los miembros masculinos del movimiento. En la misma línea, quizás más radical, pueden leer esta opinión sobre la incompatibilidad de ser hombres y feministas.

Contrario a las posiciones anteriores, Guillermo de León publicó en Horizontal un texto donde se pregunta si es necesario que el hombre feminista renuncie a los privilegios que le otorga su situación de género. Para él decidir ser feminista es una postura política por lo cual no es contradictorio el nombrarse de esa forma.

La cúspide de mi momento feminista sucedió hace un par de semanas cuando circuló por todos lados la entrevista de Emma Watson a Malala. Vi a varios compartir el mensaje donde Malala le dice a Watson que por ella se hizo feminista. Antes ya había visto a Watson promover el #HeforShe, que es una campaña de solidaridad para involucrar a hombres y niños en el tema de equidad de género. En conversaciones y en propias reflexiones, me sentí presionado por ubicarme ideológicamente en algún lugar de ese espectro.

Mi revuelta interna por una “definición” responde a dos miedos o circunstancias. Primero, que mi sensibilización por la política se inició con asuntos de género. El haber sido criado casi exclusivamente por 3 mujeres de mucha fortaleza me puso en situaciones donde presencie, desde niño, innumerables anécdotas de discriminación a las mujeres.

Cuando tenía alrededor de 10 años un compañero de la escuela me preguntó si mi mamá era la secretaria de un despacho del amigo de sus padres. Mi madre, junto con otro abogado, cofundó en los ochenta un despacho en el bajío guanajuatense: en papel y en los hechos eran exactamente iguales, yo lo sabía, pero por alguna razón el otro niño no. No podía entender el trato desigual y la subestimación que estaba haciendo hacía mi madre. Recuerdo perfectamente el sentimiento de enojo y frustración que me produjo. Me vuelvo a acordar y corroboro que ésta, junto con muchas anécdotas del estilo, fue mi iniciación a las injusticias, lo que eventualmente sería motivo para tener una conciencia política.

Por ello, desde hace tiempo siento la legitimidad para defender la causa de la igualdad de género. Sin embargo, acá viene el otro miedo o circunstancia que se enfrenta amistosamente con la anterior. He convivido con diversas mujeres feministas, algunas verdaderas militantes, que me han dado mensajes muy claros. Con ellas entendí que los hombres no tenemos idea de lo que significa ser discriminados, por supuesto no sabemos qué es la violencia de género y estamos muy atrasados en percibir situaciones que preservan el patriarcado. Comprendí los logros del movimiento feminista, supe que es el movimiento social que más ha ampliado los derechos políticos y sociales en la época moderna. Fui consciente de todo ello y decidí que por una cuestión de respeto -al movimiento y a ellas- el autonombrarme feminista sería irresponsable.

Pero también entendí que me podía seguir entusiasmando por los asuntos feministas. El que haya tenido conciencia política a través del género y el convivir con mujeres comprometidas con el feminismo me obligaba a reducir lo discursivo y a aumentar la acción. Los que estamos preocupados por la igualdad de género en lo último que nos deberíamos de preocupar es por autonombrarnos de una u otra forma. Que esto no significa “despolitizarse”, al contrario, es asumir responsabilidades muy concretas, aceptando por un lado nuestros privilegios y por el otro las faltas que seguimos cometiendo, por ejemplo, en el lenguaje.

El problema es que son muy pocos los hombres que se interesan auténticamente por la igualdad de género. Con excepción de mis amigos de Democracia Deliberada, donde continuamente nos preguntamos cómo aumentar la presencia de mujeres en el grupo; tengo muy pocos amigos, familiares y conocidos que reconocen que las jerarquías de género lo gobiernan todo.

Por ello la acción política más importante de los hombres que acompañamos y acompañaremos al feminismo es comunicar a los otros hombres. Hacerles saber que tendremos que dejar espacios a las mujeres, en la política y en la empresa tendremos que renunciar a algunos privilegios y habremos que cambiar todo lo que se asemeje a la superioridad masculina.

A los que ya están politizados habrá que decirles que probablemente el único cambio social relevante que podremos ver en vida es la igualdad de género. Difícilmente veremos en nuestros tiempos la erradicación de la pobreza, la reivindicación total de minorías, o una reducción relevante en la desigualdad en el ingreso. Pero sí creo que presenciaremos una fuerte disminución en la brecha de género y un cambio cultural relevante hacia esa igualdad. Es algo inminente que por supuesto se puede acelerar, el feminismo no necesita a ningún hombre en sus filas para lograr resultados, pero quizás sí para apresurarlos.

En la reciente visita de Juan Carlos Monedero a México dijo algo que me emocionó. Ya lo habíamos escuchado decir que el socialismo del siglo XXI es feminista o no es. Pero acá en México dijo algo más concreto, que después de las elecciones generales en España, Podemos (partido político) se tiene que reinventar para tener una dirigencia donde todas sean mujeres. No hay duda que en el centro de la reinversión del poder y de las nuevas formas de entender la democracia está la igualdad de género.

Para resolver la angustia que me produjo el Día del Hombre, decidí que debía dejar a un lado la polémica del hombre feminista y empezar por activarme como acompañante del feminismo. Participo, me solidarizo, lo apoyo y lo asumo como una de mis batallas, pero no me bautizo. Soy un radical desde este lado y acepto mi condición de hombre, por eso seré lo que Sancho Panza a su Quijote, un fiel acompañante.

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Acoso Callejero: violencia contra las mujeres todos los días

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Por: Georgina Vargas Vera – @vargas_vera_g

El 25 de noviembre se conmemoró el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Esta fecha fue acordada, en un primer momento, en el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que se celebró en 1981 en Bogotá, Colombia. Años después, en 1999, la Asamblea General de Naciones Unidas resolvió que el 25 de noviembre fuera oficialmente el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

Esta fecha conmemora a las hermanas Mirabal, opositoras de la dictadura del General Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana. Como consecuencia de sus actividades en contra del régimen, las hermanas Mirabal fueron perseguidas y encarceladas en distintas ocasiones y dos de ellas fueron torturadas. Finalmente, el 25 de noviembre de 1960 María Teresa, Minerva y Patria Mirabal fueron asesinadas por agentes al servicio del gobierno de Trujillo.

El Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer ofrece cada año una oportunidad para visibilizar de manera especial la situación de violencia que sufrimos las mujeres en el mundo, señalar los avances que se han logrado y los retos que enfrentamos para erradicarla. De acuerdo con ONU Mujeres, en todo el mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física o sexual, principalmente por parte de un compañero sentimental. Ya sea en el hogar, en la calle o en los conflictos armados, la violencia contra las mujeres es una pandemia mundial que ocurre en espacios públicos y privados[1].

Dentro de las discusiones acerca de estos temas, suele impactarme la negación de la naturaleza violenta de ciertas conductas o hechos que asumimos como normales. Sin duda ha habido un avance en cuanto a la concientización de la violencia contra las mujeres. Hoy en día es claro que asesinar, golpear o abusar sexualmente, es una forma de violencia que debe ser sancionada. Sin embargo, me llama la atención cómo otras situaciones violentas continúan sin parecérnoslo, y no sólo eso, sino que se perciben como exageraciones sin fundamento.

Una de las formas de violencia que más invisibilizada se ha mantenido, y que ha comenzado a ser denunciada apenas recientemente es el acoso callejero. En los diferentes países que he visitado y en los que he vivido se ha mantenido constante el temor que siento al caminar por la calle o el malestar que me producen los comentarios que llego a escuchar. Curiosamente, también ha sido una constante la descalificación de esta situación como una forma de violencia y su normalización como una situación que es normal, graciosa, inevitable y poco trascendente.

Nadie parece cuestionarse por qué les parece normal que los hombres nos miren, nos toquen, nos silben, nos digan o nos griten cosas en las calles como si tuvieran todo el derecho de hacerlo; es inclusive muy común que se diga a las mujeres que la culpa es nuestra por salir vestidas de forma “provocativa” y ameritar que los hombres nos digan “piropos”. Lo cierto es que no es un problema menor que las mujeres no podamos tener la misma sensación de seguridad en el espacio público que tienen los hombres, por el hecho de que somos mujeres y de las consecuencias que se asumen como inherentes a serlo.

No ser capaces de distinguir entre un acto violento y una situación graciosa ha sido un obstáculo constante en la visibilización de la violencia contra las mujeres. En múltiples ocasiones, las mujeres enfrentamos situaciones de acoso callejero que nos hacen sentir incómodas, inseguras y vulnerables, a mí y a prácticamente todas las mujeres que conozco en algún momento, o en varios, nos ha sucedido un incidente en la calle que nos ha hecho sentir de esta manera y lo hemos asumido como algo desagradable pero inevitable y hasta cierto punto normal. Amigas y amigos me han dicho que es una exageración esperar que los hombres no le digan nada a una mujer guapa en la calle, que es simplemente natural que le digan algo, hay quienes me han dicho que me preocupe cuando no me suceda.

El Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer nos invita a hacer una reflexión más consciente acerca de la violencia que continúa permeando múltiples aspectos de la vida de las mujeres. La concientización es el primer paso para erradicar la violencia contra la mujer, dejar de asumir como normales o graciosas las formas de violencia es la única forma de combatirlas.

El acoso callejero es una forma de violencia contra las mujeres, quizá una de las que permanece más impune e invisible; es momento de tomar acciones para que esto cambie, para que las mujeres no tengamos que ser valientes para salir a la calle, sólo tengamos que ser libres.

[1]           Infografía: Violencia contra las mujeres, ONU Mujeres. Disponible en: http://www.unwomen.org/es/digital-library/multimedia/2015/11/infographic-violence-against-women#sthash.v5UoXRWr.dpuf

 

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Yibin y su Hukou

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Por: Angélica Creixell – @angecreixell

Yibin Chen se sentó junto a mi el primer día de clases y todos los días a partir de ese. Siempre callada, supuse que era china por su caligrafía perfecta y por los caracteres en sus apuntes. El semestre avanzó y juntas aprendimos de temas controversiales en diferentes ciudades. Yo pensé que Yibin, a pesar de ser del otro lado del mundo, era muy parecida a mi – graduada de una buena universidad, con algunos (pocos) años de experiencia laboral y en busca de una maestría en políticas públicas – sin embargo, estaba equivocada. Un día, Yibin y yo llegamos diez minutos antes a clase y decidí saludarla, quería saber su historia.

Yibin nació en Beijing porque sus padres vivían ahí. Fue a la escuela primaria, después a los grados equivalentes a secundaria y siempre sacaba las mejores calificaciones. Al terminar secundaria tendría que tomar un examen para ver a qué escuela preparatoria iría, que también definiría a qué universidad asistiría, que a su vez, definiría dónde estudiaría la maestría. Yibin no sentía presión, sin embargo, el día del examen, Yibin recibió un portazo. Literal. No la dejaron entrar al salón para tomar el examen.

El portazo figurativo era su hukou. Los padres de Yibin nacieron y crecieron en un pueblo cercano a Beijing llamado Yizhou. Migraron a la ciudad porque no se querían dedicar a la agricultura y formaron una familia de tres. No habían pensando en las consecuencias de su migración hasta el día del examen de Yibin. El hukou, en su definición más superficial, es el sistema de registro de vivienda de China. Identifica donde nació la persona, cómo se llama, quiénes son su padres, su esposo(a), sus hijos, y lo más importante, si el lugar donde nació es urbano o rural. Esta categoría define los servicios del estado a los que tiene derecho el residente, sean servicios de educación, de salud, derechos de propiedad de bienes raíces, entre otros. Como aprendí del ejemplo de Yibin, el hukou también se hereda. No importa donde nació la persona, sino, donde nacieron sus padres.

El hukou, en mi opinión, tiene cuasi-súper poderes. Es la forma que el estado controla la migración rural-urbana porque asegura los servicios de un estado de bienestar únicamente a los habitantes que residen en su hukou. En 2014, el Presidente Xi puso en la agenda política la posibilidad de una reforma a este sistema[1]. Sin embargo, el desempeño, según mi compañera Yibin, no fue satisfactorio. La creación de un hukou universal para ambos tipos de población hizo que las ciudades grandes controlaran aún más la inmigración ya que las finanzas se controlan a nivel local. En la cotidianidad, el hukou forma parte de las decisiones diarias de los residentes rurales e inclusive es común preguntar a qué hukou perteneces en una primera cita.

Afortunadamente, los padres de Yibin tenían ahorros y los utilizaron íntegros para comprar un departamento pequeño en Beijing. Esta propiedad, junto con múltiples contactos y palancas dentro del gobierno, les permitió cambiar de hukou e inscribir a Yibin en los exámenes de preparatoria. Irónicamente, ella los reprobó la primera vez, pero recibió un resultado aprobatorio la segunda vez. Después de contarme esta historia con un inglés fragmentado, Yibin concluyó que de no ser porque sus padres ahorraban, tenían palancas y rezaban constantemente ella no estaría en una escuela de políticas públicas en Estados Unidos debatiendo si China debiera de reformar de nuevo su sistema de registro de vivienda, es decir, el hukou.

[1] “The Great Transition.” The Economist., 22 Mar. 2014.

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La Primera y la Última: Una vida en tributo a la “Historia sin Fin”

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

Seguramente hubo otras antes, pero el recuerdo de la primera le pertenece a “La Historia sin Fin”; tendría yo 5 o 6 años, y no recuerdo si era nuestra la película o si hice que mis papás la rentaran infinidad de veces. Creo que era nuestra, tengo muy claro el recuerdo de la “regresadora” con forma de coche deportivo rojo, el caso es que la vi una y otra vez, de la forma que sólo los niños pueden no aburrirse de ver lo mismo en repetidas ocasiones.

Hoy sé que fue dirigida en 1984 por Wolfgang Petersen y que es una adaptación del estupendo libro “La Historia Interminable”. Pero en aquel entonces, nada de eso importaba. Lo único que importaba era el destino de una tierra mágica llamada Fantasía y si el valeroso Atreyu sería capaz de encontrar al único niño capaz de salvarlos a todos: Bastian.

En la misma época, pase horas y horas jugando a ser Bastian. En la película era un niño bulleado y un tanto desatendido que encontraba paz y tranquilidad en un libro llamado “La Historia Sin Fin”. Al irse perdiendo en la historia, él se da cuenta de que el libro le habla, que está escrito para él, y que él es el único que puede salvar a los protagonistas del peor de los terrores: “La Nada”.

Bastian leía incrédulo lo que pasaba, no creyendo que en realidad el libro y sus personajes estaban pidiéndole ayuda. Ahí estaba Atreyu, con su fiel caballo blanco Artax, la Emperatriz Infantil, los gigantes de piedra y Falkor, el dragón de la suerte. Sin embargo, yo sólo quería ser Bastian, él vivía en mi mundo y fue el elegido para salvarlos a todos y finalmente conocer Fantasía. De hecho, Bastian sólo llega a Fantasía hacia el final de la película y la escena dura unos cuantos minutos, pero con eso bastó para que Bastian fuera mi favorito.

En aquel entonces, Bastian era el único “elegido” del que yo tenía conocimiento, no era un recurso utilizado hasta casi el hartazgo como lo es ahora. Su personaje ocupó por muchos años mi imaginación y alimentó la esperanza de que mundos fantásticos existían y era posible llegar a ellos.

Hubo un par de secuelas a esa primera película y aunque recuerdo haberlas visto, no recuerdo las películas en sí, sólo tengo claro que el actor que interpretaba a Bastian ya no era el mismo y en mi cabeza ese no era Bastian, así que las eliminé de mi memoria.

Varios años después, por fin leí el libro de Michael Ende, ¨La Historia Interminable” y definitivamente no ayudó a mi obsesión. La primera película contaba sólo la primera mitad del libro, la otra mitad, cuenta las aventuras de Bastian en Fantasía y su intento por restablecer lo que “La Nada” había destruido. Lo que más me atrajo fue que lo único que Bastian necesitaba, era usar su imaginación para crear cosas en este nuevo mundo del cual él era emperador.

Muchos han ido y venido, pero ningún villano me ha aterrado como lo ha hecho “La Nada”: un gran vacío, una oscuridad total, un pozo sin fondo, el olvido. Pero Bastian venció a “La Nada”, sólo con su sed de lectura y con su poderosa imaginación ¿Cómo iba yo a permitir entonces lo mismo? Por supuesto que tenía que leer cuanto me fuera posible, tenía que rescatar del posible olvido a una cantidad infinita de personajes maravillosos. Es una tarea que hasta la fecha me tomo muy en serio.

Es así que “La Historia sin Fin” es culpable en gran parte de quién soy hoy, ya que no sólo pobló mi imaginación por muchos años, si no que en mis intentos de emular a Bastian, comencé a leer cuanto libro se me ponía enfrente. Es obvio que a los cinco, seis años, esos libros, eran cuentos e historietas, pero ese niño nunca dejó del todo mi cabeza y al ir creciendo sólo tuve palabras de agradecimiento para él, ya que su historia la he vivido cientos de veces, porque encontré y habité miles de mundos, algunos mágicos, otros tétricos, muchos otros tristes, pero siempre he pensado en la lectura y en el cine como ese túnel a vidas alternas, a esa Fantasía.

Hace algunos años regresé a ella, la busqué en Internet y la vi. Pensé que se veía muy diferente a como la recordaba, mi memoria le dio un matiz mas bien blanco y luminoso y el filme en realidad no es para nada así. Temía mucho llegar a la parte en el pantano cuando Atreyu va a visitar a la vetusta Morla, era una parte que siempre me hacía llorar cuando era niño y, fiel a esa vieja costumbre, me hizo derramar un par de lagrimas, aunque confieso que esta vez también fue un poco por nostalgia. Con el paso del tiempo, esa última visita también se ha desvanecido como las secuelas, pero la memoria de lo que fue en mi infancia sigue igual de vivo, lleno de luz.

“La Historia sin Fin”, es una historia de gente que lee, que imagina, que da vida y que vive a través de ese gran poder que no considera como tal, el poder de transportarse y de ser y no ser en otras historias.

Como dije, a “La Historia sin Fin”, le siguieron muchas otras, incontables otras, muchísimas se han vuelto parte de mi memoria permanente así como parte de la cultura y ahora son cultura en sí mismas. En Inteligencia Independiente y con mucho entusiasmo, trataré de recrear mi fascinación por muchas de estas películas; su impacto, sus tendencias, lo malo, lo bueno, su pasado, su presente y su futuro.

Pero eso sí, “La Historia sin Fin” es y siempre será la primera y la última película para mí.

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Inteligencia Independiente para Todos

Centro de Datos Qore.com

Por: Mercedes Recke – @mercedesrecke

De niña me molestaban las cosas escritas. La perpetuidad que adquirían pensamientos, promesas o planes al quedar por escrito limitaba, en mi infantil entendimiento, la flexibilidad de las palabras para cambiar de opinión. Mi razonamiento como adulto, ha perdido poco a poco el miedo a la palabra escrita; ha dejado atrás el miedo a contradecirme o cambiar de opinión cuando las circunstancias lo ameritan. He aprendido a expresarme con mayor acierto y a utilizar el contexto para comprender mejor el significado de las palabras, las propias y las ajenas. Me refiero a ese contexto que nos hace descubrir el por qué algunos novelistas, poetas, políticos y rebeldes gozan de una influencia que trasciende a su tiempo. Ese conocimiento que nos hace comprender, que solamente a través del entendimiento de nuestro entorno, sus actores, políticas, tecnologías y acontecimientos es que nuestra mente se aclara, se inspira y nuestras acciones trascienden.

Hoy en día son muchas las fuentes que tenemos para observar el mundo que nos rodea. De comparable abundancia son las diversas opiniones que oscilan en un péndulo entre extrema especialización y absoluta ignorancia. ¿Cómo discernir entre opiniones? ¿Cómo informarse con calidad? ¿Cómo disminuir el tiempo de búsqueda? Inteligencia Independiente se plantea como un espacio en el que cada autor se compromete a publicar con regularidad, artículos de diversos temas que permitan al lector entender de una manera más clara su entorno. Artículos que encuentren en su sencillez su riqueza. La riqueza de crear un centro de información al servicio del público, que apoye a las personas en su esfuerzo por entender nuestra sociedad. Este espacio de opinión buscará explicar ideas, problemáticas, acontecimientos e innovaciones para que el lector comprenda su contexto. Lo anterior, con el objetivo de que este entendimiento lo empuje a maximizar su influencia como ciudadano del mundo.

Entusiasmada por el potencial de compartir opiniones y realidades desde distintos enfoques, agradezco el poder formar parte de este proyecto. Y con esto termino: ¡Qué las opiniones y el conocimiento que aquí se difundan generen en las mentes de nuestros lectores la capacidad de entender mejor nuestro contexto! ¡Qué el compromiso de escribir opiniones estudiadas, fundamentadas, diversas y de interés sean los planos que guíen la conformación de este centro de información! Y por último, !qué el entendimiento de nuestros tiempos nos ayude a tomar mejores decisiones que trasciendan nuestro tiempo!

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