Nuestra raza

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Estas semanas de dolor, pérdidas y desastres en México y el caribe, pero también de un infinito amor, entrega y generosidad, nos han vuelto testigos de la grandeza del ser humano. Nuestra raza. Esta adversidad a la que hemos recibido con los brazos abiertos, ha hecho recordar a muchos las palabras que otros hombres han dedicado a su pueblo. Nuestro pueblo. “Por mi raza hablará el espíritu” Resuena esta célebre frase de José Vasconcelos mientras veo videos y fotografías de mi gente, mis hermanos, de toda la nación y del mundo entero sumándose a una de las causas más nobles: la lucha por la vida. Este esfuerzo inmortal de resurgir entre los escombros más fuertes y sabios demuestra que somos una creación maravillosa.

Sin embargo, en otras ocasiones se puede observar un comportamiento completamente diferente. Cada año el 12 de Octubre se celebra el “Día de la raza” en México, en el que se reconoce el mestizaje que unió continentes en una cultura tan compleja y exquisita, que el mundo entero busca deleitarse con ella. Este día y en los últimos años se ha podido apreciar en los comentarios de la gente una veneración fiera hacia los pueblos indígenas y un rechazo cínico a migrantes españoles por los crímenes históricos que cometieron en contra de los nativos.

Mientras postean su crítica histórica en su IPhone de temporada y pasan de largo ante una familia de indígenas que buscan mejores condiciones de vida que las que pueden conseguir en sus comunidades, rechazan parte de su cultura, de su historia. Parece que está de moda venerar a la madre y destrozar al padre; honrar a los indígenas ancestrales e ignorar a los actuales; criticar a europeos históricos y buscar imitar los modernos. Las expresiones de riqueza cultural y sabiduría ancestral hechas carne y vida, son ignoradas a diario, vistas como parte de la decoración nacional.

¿Qué congruencia puede encontrarse en ello? Ninguna realmente.

Se nos olvida que somos mestizos, los herederos de la sangre de tantos pueblos y tanta gente como estrellas en el cielo; que somos uno, en cientos de vidas, momentos y lugares sin importar el color de nuestra piel o la religión que profesemos. Dice María Luisa Burillo Es necesario escuchar la sangre de nuestros artistas ancestrales y el vigor de España, proyectando una identidad que une lo mejor de dos continentes en una luz cósmica que irradia humanismo al mundo”. Seamos dignos hijos de la historia que nos contamos, agradezcamos las acciones de los pueblos que llevaron a que se nos diera el don de la vida y reconozcamos en los demás ese precioso regalo.

Así como en momentos de crisis hemos respondido con valor, amor y gran generosidad, entreguemos el corazón a quienes como nosotros son hijos de esta tierra y este pueblo tan vasto y rico que es México, que en palabras de Octavio Paz “La ética más sublime es la de la acción”. Los invito a todos a ver a los ojos a quienes portan vestimentas tradicionales de los pueblos indígenas y que se tomen unos minutos de su día para escucharles, a darles la mano y desearles pasen un bello día; pues así como hemos sido capaces de responder ante los sismos del 7 y 19 de septiembre, podemos hacerlo también los 365 días del año con quienes lo necesiten, especialmente a aquellos que tanto presumimos en el extranjero.

Reconciliémonos con nuestra historia y nuestra gente. Pidamos perdón por el trato tan injusto, con gestos amables.

Somos uno.
Somos el universo.
(…)
Los eones pasan escribiendo la historia de todos nosotros
El día a día, una nueva apertura (o un nuevo comienzo)
Para el más grande show de la tierra… la vida.

T. Holopainen.

Veganismo y Vegetarianismo

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Por: Alex Leurs

Decir que el veganismo (y/o vegetarianismo de ahora en adelante) es un lujo es tan absurdo como decir que hacer yoga es para tener buen cuerpo. Es absurdo porque supone una interpretación limitada de una filosofía de vida cuyas raíces son profundas y enriquecedoras. Aquí el único lujo que hay es el que no nos podemos dar: ignorar la relación perversa que entretenemos con la naturaleza. 

El veganismo está secuestrado por el consumismo occidental que le niega su estatuto de filosofía de vida. No consumir productos derivados de animales se ha transformado en una moda que genera demanda para un mercado más especializado. Y quien dice especializado también dice mayor ganancia. Es el crimen perfecto: el marketing occidental transformó un mensaje profundo en un hábito de consumo.

Pero no consumir productos derivados de animales tiene un origen menos perverso. Esencialmente se trata de honrar la relación de interdependencia que tenemos con el medio ambiente es decir, con la naturaleza. Le relación del ser humano con su entorno está directamente relacionada con su bienestar. Es una correlación positiva. Piensa en las abejas. ¿Sabías que están en peligro de extinción? ¿Sabes qué implicaría su desaparición? ¿Sí? ¿No? Búscalo.

En “El abrazo de la serpiente”, magnífico documental colombiano que trata la relación a la que aludo, un aborigen observa a un extranjero matando y comiendo peces en el río. Al ser testigo de tal voracidad y rabia, éste cuestiona el abuso que comete hacia el medio. No sólo expone su egoísmo y la faceta adictiva del consumo de carne sino que también el riesgo, si todos hiciéramos lo mismo, de que se acabarán los peces. En tanto que la naturaleza provee, el ser humano podría honrarla, enriquecerla y ayudarla. Aparentemente esto no es coherente con una dinámica de progreso que por momentos es sinónimo de desnaturalización.

Nuestras sociedades de consumo también son sociedades de división de responsabilidades. Todos somos responsables de entretener al sistema ya sea pasiva o activamente. La maquinaria que existe detrás del consumo de carne para separar el origen del fin es alucinante. Qué falta de respeto a nuestro medio.

Nuestra fuente de aire, agua, calor, comida se ha vuelto objeto de consumo. Es más, estamos más cerca de aprender a hacer comida sintética que de intentar cambiar nuestra relación con la naturaleza. El perverso es el que niega el estatuto de “ser que siente” a los otros. Entonces, decir que somos perversos con nuestro medio ambiente es afirmar que negamos su estatuto de organismo vivo que provee las condiciones mínimas para nuestra existencia.

Entonces, decir que no comer carne o productos animales es un lujo es una forma de negar lo que como especie y sociedad le estamos haciendo a este planeta: 30 billones de animales muertos cada año, desde hace algunos meses estamos literalmente comiéndonos a la naturaleza, alimentamos nuestra fuente de gases efecto invernadero a costa del acceso a comida para los más necesitados, en fin. Sólo son detalles ¿no? No te quiero molestar …

 

Sinceramente creo que implementar en forma masiva dinámicas de consumo responsables y conciencia ecológica podría potencialmente ser un forma de revolución antisistema moderna. El impacto podría ser holístico: reducir una fuente crucial de contaminación, optar por economías más locales, reducción de costos para los gobiernos en términos de salud pública, nuevos campos de investigación, etc.

En fin, aunque algunas de estas cosas te puedan parecer extremas, espero estés de acuerdo en que el potencial del mensaje detrás de una práctica como no comer carne es profundo. Y, si bien el acceso a ciertos productos es complicado, vale la pena preguntarse cuánto dinero gastamos en darle en la madre a Pachamama y a nosotros mismos.

¡Salir de la perversión como medida de revolución!

 

Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.

 

Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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Nadal, eterno Nadal

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Entre las diversas clases de deportistas existen aquellos que con su talento puro y nato nos deslumbran, los arrogantes que se ganan solamente a su propio público y también aquellos que le ponen una pasión y una garra a su disciplina que conquista a quien los ve, conmovidos por la entrega que demuestran. Pocos ejemplos como Rafael Nadal para esta última categoría, un jugador que emociona en todo momento.

Siguiendo por ya diez años la trayectoria de Nadal, estoy convencido de que no fui el único que estaba eufórico de verlo levantar un título más del US Open —su tercero en Flushing Meadows— y tomar una ventaja sustancial sobre Roger Federer en la carrera por cerrar el año como número uno del mundo. Cuatro años después de que lo hiciera por última vez y luego de que muchos pensaran que estaba acabado.

En su carrera, así como en la pista, Rafael Nadal no ha hecho más que remar, pelear en todo momento y hasta la última bola. Fiel a su estilo, se ha batido como gladiador desde que se probara a los diecisiete años como uno con el llamado de los elegidos. Indiscutiblemente uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, a pesar de que sus lesiones han querido frenarlo. Rodilla, muñeca, codo, espalda, de todo ha vuelto y siempre parece volver con más fuerza, aún si los dos cursos anteriores fueron para el olvido. El 2015 y 2016 nos mostraron a un Nadal taciturno, irregular y desconfiado, nunca encontrando consistencia en su nivel y alejado de los escenarios principales hasta otra lesión que terminó su 2016 antes de tiempo.

El 2017, empezando desde el puesto 9 de la clasificación, ha sido un año de ensueño que comenzó con la final del Australian Open en un duelazo frente al maestro Federer (véase https://inteligenciaindependiente.com/2017/01/30/nadal-y-federer-un-clasico-instantaneo/). Otras dos finales jugó sin suerte (Miami y Acapulco) hasta que llegó a su tierra de dominio y sobre la arcilla se alzó con títulos en Montecarlo, Barcelona y Madrid, coronado con paso arrasador en su amado Roland Garros. Nunca antes había alguien ganado el mismo torneo diez veces y el mallorquín logró este hito en tercia con Montecarlo, Barcelona y París. Recordó a los que olvidaron que la tierra batida tiene un nombre propio y es el suyo y calló a quienes lo pensaron abatido, con un tenis incapaz de ajustarse a su edad y al ritmo de juego actual.

Estando a estas alturas del año, lo único que faltó para hacerlo más especial fue una participación más protagónica de Novak Djokovic, pues las tres rivalidades más repetidas y antológicas del tenis son las que tienen entre Roger, Rafa y Nole. Después de dos años de hegemonía del serbio, ahora a él le tocó el lado amargo de las lesiones y abrió paso para el resurgir de Nadal y Federer, que acapararon los cuatro Grand Slams del año por cuarta ocasión en sus carreras (2006, 2007, 2010, 2017). Ahora, después de siete años —a menos que pase algo extraordinario— también cerrarán el año parados en los dos primeros puestos del ránking por séptima ocasión, ambas hazañas insólitas.

“La heredera es la pasión”, bien lo decía Toni Nadal, tío y entrenador de Rafael, en una de sus columnas de este año para El País. En ella hace referencia a que la nueva generación no ha trascendido porque, además de tener unos titanes en la vieja guardia, no han logrado batirse con la pasión de sus antecesores. Pasión es lo que le sobra a Nadal, lo que derrocha en cada punto que se juega como si estuviera ahí el juego entero y que lo hace el jugador más difícil de vencer en cinco sets. Empezará mal, pero siempre encontrará el camino para volver. Así lo demostró en este US Open, que marcó el decimosexto grande de su carrera (sólo superado por Federer con 19) y que nos ilusiona con que esa cifra sea un “y contando”.

Nueve años después de que Rafa alcanzara el número uno por primera vez, este 2017 también será especial para el ya mencionado Toni Nadal, quien se retirará al final de la temporada como el entrenador más laureado de la historia del tenis y dejará a su sobrino en manos de Carlos Moyá. En otra de sus columnas recordó cuando le contó a su sobrino haber oído decir a algunos tenistas retirados “si hoy volviera a empezar lo intentaría con más ahínco” para aleccionarle sobre el valor de la perseverancia como ingrediente clave. A esto, Nadal le respondió “Toni, no creo que a mí me pase eso. El día que yo me retire de este deporte, lo haré con la tranquilidad de haber hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano”. Sin duda alguna, Rafa, sin duda alguna.

Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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Inteligencia Artificial: una inquietud de nuestros tiempos

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por Jorge Eulalio Hernández

Cuando tuve que decidir cual iba a ser mi especialidad en el mundo de la animación digital, tomé el camino de la ilustración y el arte conceptual, por las cuales realmente ingresé a esa carrera. El arte conceptual es una fase de la pre-producción, ya sea para películas, televisión, videojuegos y demás proyectos que requieren de un desarrollo visual preliminar para definir exactamente como lucirá y funcionará la obra final. Dentro de esa especialidad, me concentré en el diseño de personajes, criaturas y vestuario: un clavado instantáneo al mundo de la anatomía animal, el diseño industrial y la psicología humana.

Cuando se comienza con el diseño de criaturas y personajes, uno aprende a distinguir el amplio espectro de reacción que tiene el público sobre las diferentes apariencias de los diseños. Las imágenes abstractas, por su simplicidad de lectura, se perciben como más amigables e inmediatamente se relacionan con el mundo caricaturesco, en el entendido de que son abstracciones, o metáforas gráficas de la realidad; las imágenes orgánicas, en cambio, las que tienen un nivel de abstracción menor, provocan sentimientos muy diferentes en el observador pues pueden ser admirables por la técnica que requieren, pero también pueden ser profundamente perturbadoras cuando se juega con el nivel de humanidad que tiene el personaje en cuestión.

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta un artista digital es el de replicar una imagen realista del ser humano. Se puede modelar un rostro humano con precisión científica, incluso escanear en 3D la facies de un humano real, sin embargo el producto final tiende a provocar una reacción de incomodidad o incertidumbre en el observador: los ojos lucen extraños, los gestos podrían tildarse como grotescos, la traslucidez de la piel se ve mal (aunque últimamente se ha resuelto esa característica de manera espectacular), entre otras muchas características que el público solo podría resumir con un: “no sé qué es, pero se ve raro”.

Más allá del arte digital, el fenómeno del rechazo o sentimiento de incomodidad ante un personaje humanoide ha sido abordado de manera más profunda en el campo de la robótica. Ante la aparición de robots que poco a poco se asemejan más a la apariencia y comportamiento humanos, ha surgido una creciente inquietud sobre la aparición de las inteligencias artificiales. A principios de los años setenta, Masahiro Mori, experto en robótica de origen japonés, señaló un fenómeno que se ha traducido al español como “el valle de la inquietud/incertidumbre” (en inglés, “uncanny valley”): cuando la apariencia de un robot (o personaje, si lo adaptamos a nuestro primer tema) se acerca a la de un humano, la reacción del observador se vuelve positiva, sin embargo, hay un punto de similitud que súbitamente provoca un rechazo de parte del observador, pues el robot se parece demasiado a un ser humano, por supuesto, sin serlo. Esta violenta variación en el comportamiento ante los robots antropomorfos es conocido como el valle de la inquietud.

Muchos podemos contar al menos una experiencia en la que la similitud de un robot, un personaje hecho a computadora o incluso un maniquí nos parecen perturbadores. Su similitud a nuestra figura fracasa al intentar evocar empatía y acaba por ser material digno de pesadillas pero, ¿qué nos provoca esta repulsión? ¿nos provoca inquietud la humanización de los robots? o quizá lo contrario ¿es la robotización de lo humano?

Aquello que encontramos siniestro y/u ominoso ha sido atendido por notables personajes del campo psicológico como Ernst Jentsch en el ensayo “Psicología de lo Inquietante” (1906), y posteriormente introducido al campo psicoanalítico por S. Freud en su ensayo “Lo Ominoso” (1919), textos a los que podemos acudir para un más profundo estudio sobre el funcionamiento de la inquietud ante lo inexplicable, lo misterioso y lo oculto y que por economía del tiempo del lector invitaría a leer en caso de un interés más profundo sobre nuestro tema.

Para atender a estos cuestionamientos, me refiero a dos puntos generales: la apariencia y el comportamiento; para ejemplificarlos, en ausencia de un conocimiento mayor sobre robots, androides y demás personajes como cosechados del huerto de Isaac Asimov, acudo a ejemplos cinematográficos.

 

La Apariencia Humanoide

Hay muchos ejemplos de personajes generados por computadora que nos son repulsivos: The Polar Express (2004), con un Tom Hanks digital incómodamente poseído por un nosequé en su conducta; las películas de Final Fantasy, cuyos personajes parpadean de la manera más extraña e indescriptible y las animaciones en videojuegos como Beyond Two Souls que, a pesar de contar con la actuación y captura de movimiento de Ellen Page y Willem Dafoe, nos muestran personajes que, a falta de una mejor expresión, carecen de alma.

Ya hemos escuchado numerosas veces sobre la poética relación entre los ojos y el alma. Los ojos—su brillo, el aparentemente imperceptible movimiento pupilar — son uno de los primeros puntos de verificación de humanidad. ¿Les ha sucedido que una persona que siempre anda con lentes de sol parece un tanto inexpresivo a pesar de su sonrisa o demás gestos faciales (p.e. Jack Nicholson, Stan Lee)? La ausencia del ojo en su apariencia natural es una inmediata luz roja en nuestro “sistema de reconocimiento humano”. Es en estos casos cuando “los ojos son la ventana del alma” deja de ser una frase romántica y comienza a hablar de cómo percibimos la humanidad de los otros.

En “Tron:Legacy” (2010), Jeff Bridges actúa como dos personajes: Flynn y CLU. En ambos casos, se requería representar a un Bridges joven, de la edad con la que contaba en la película original de Tron, estrenada en 1982. Se hizo un escaneo del verdadero Jeff Bridges e incluso fue él mismo quien actuó para que, con un modelo fiel a su figura y su aproximación al personaje, la representación de CLU y del joven Flynn fueran un éxito… No lo fueron. Los gestos faciales del Bridges digital se ven bruscos y plásticos, su parpadeo es anormal y, aunque la historia toma lugar en un mundo digital, este problema es un distractor importante para el público.

Pirates of the Caribbean: Dead Man’s Chest” (2006), nos presenta un memorable e impactante personaje: Davy Jones. El estudio ILM (fundado por George Lucas) desarrolló la tecnología para crear un personaje con aspecto de pulpo pero con una gran expresividad que además, goza de un aspecto natural y creíble. ¿El secreto? Los ojos. A pesar de que el rostro del actor Bill Nighy fue reemplazado por un modelo tridimensional, no se reemplazaron sus ojos, sino que se aplicó maquillaje alrededor de ellos,para que se fundiera con el modelo del diabólico capitán. Sin embargo, aunque hablo bien del resultado final, existe un contrapeso importante: Davy Jones es humanoide, pero dista mucho de parecer humano. Se resuelve el problema de la incomodidad, pero no se resuelve por los ojos (solamente) sino por la distancia con la similitud humana.

El Comportamiento Humanoide

Ya abordaba el tema en el primer artículo para Inteligencia Independiente, la película “Blade Runner” (1982) tiene numerosos y profundos temas para longevas discusiones. Uno de ellos es la forma en la que Deckard, el personaje principal, comprueba si un personaje es o no es un replicante (androide). La prueba Voight-Kampff es una versión un tanto más compleja de polígrafo, que mide signos vitales, dilatación de pupila y otras reacciones corporales para determinar si se está tratando con un humano o un androide.

Uno de los personajes principales, Rachael, es un replicante. Sin embargo la película nos demuestra que Rachael tiene aparentes (?) sentimientos e inquietudes similares o idénticas a las de un humano, esto es prácticamente el punto de conflicto filosófico en la historia. ¿A partir de qué momento una inteligencia artificial cruza el umbral para convertirse en un ser psicológico, emocional y espiritual?

Hace unos días pedí asistencia en una página de internet para comprar un producto. Me atendió una tal Carolina y fue muy amable. Sin embargo, Carolina llegó a emitir dos o tres respuestas con un lenguaje un tanto “robótico”. Siempre he pensado que, en esos casos, probablemente haya un ser humano del otro lado que tenga una serie de respuestas pre-escritas y solamente las copie y pegue en el chat. Aún con esa teoría en mente, no pude evitar notar que un débil pero claro horror tomó lugar en mi pensamiento: “¿Y cómo sé que estoy hablando con un humano?”. Quizá la prueba Voight-Kampff no está tan lejos de ser útil.

Entonces, ¿a qué le tememos? ¿Por qué me provocó miedo no saber si Carolina era un robot o una persona normal? Me parece que muchas personas nos horrorizamos al pensar en el advenimiento de la inteligencia artificial como un ser igual o superior al humano y creo que esto tiene mucho que ver con ese miedo. La temática ‘hombre vs. máquina’ y el planteamiento de la invención de la singularidad (la hipotética capacidad de una inteligencia artificial de mejorarse a sí misma, con todas las implicaciones que ello conlleva, como la autoconciencia), han sido recurrentes en el cine y hemos tenido numerosos ejemplos con finales apocalípticos  (Terminator, Matrix), otros de oscura reflexión (Ghost in The Shell, I.A., Black Mirror) y otros que exploran la idea de la inteligencia artificial que se ha mimetizado entre humanos o que están a punto de ecualizarse con él (Ex-Machina, I, robot, Blade Runner, por enésima vez). No es una coincidencia que la aparición de la singularidad nos provoque miedo, inquietud o incertidumbre: no hay que ir muy lejos para deducir las implicaciones que eso tendría sobre nuestra forma de vida y tampoco podemos evitar notar que se le ha agregado un prefijo de smart a muchos aparatos y el humano cada vez se define menos con eso.

El valle de la incertidumbre es un tema cada vez más común y con el que nos encontraremos con mayor frecuencia en los siguientes años. El miedo a crear una inteligencia que nos supere puede, como cualquier tema de ciencia ficción, salir del campo de la imaginación como resultado de una chispa de iluminación científica. En una opinión personal, espero que la singularidad y los Jeff Bridges indistinguibles del original no lleguen pronto. Aún hay un encanto en la carne, el hueso, la sangre y los errores del animal social.

Acabo de recibir un correo de Carolina. Me pide que llene un formato para hacerle saber a su empresa si su atención fue satisfactoria. Me pregunto si Carolina espera un ascenso y sueña con irse de vacaciones a Los Cabos o si se encuentra muy bien en ese servidor, con sus luces y cables, soñando con ovejas eléctricas.

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