Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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Nadal, eterno Nadal

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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Entre las diversas clases de deportistas existen aquellos que con su talento puro y nato nos deslumbran, los arrogantes que se ganan solamente a su propio público y también aquellos que le ponen una pasión y una garra a su disciplina que conquista a quien los ve, conmovidos por la entrega que demuestran. Pocos ejemplos como Rafael Nadal para esta última categoría, un jugador que emociona en todo momento.

Siguiendo por ya diez años la trayectoria de Nadal, estoy convencido de que no fui el único que estaba eufórico de verlo levantar un título más del US Open —su tercero en Flushing Meadows— y tomar una ventaja sustancial sobre Roger Federer en la carrera por cerrar el año como número uno del mundo. Cuatro años después de que lo hiciera por última vez y luego de que muchos pensaran que estaba acabado.

En su carrera, así como en la pista, Rafael Nadal no ha hecho más que remar, pelear en todo momento y hasta la última bola. Fiel a su estilo, se ha batido como gladiador desde que se probara a los diecisiete años como uno con el llamado de los elegidos. Indiscutiblemente uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, a pesar de que sus lesiones han querido frenarlo. Rodilla, muñeca, codo, espalda, de todo ha vuelto y siempre parece volver con más fuerza, aún si los dos cursos anteriores fueron para el olvido. El 2015 y 2016 nos mostraron a un Nadal taciturno, irregular y desconfiado, nunca encontrando consistencia en su nivel y alejado de los escenarios principales hasta otra lesión que terminó su 2016 antes de tiempo.

El 2017, empezando desde el puesto 9 de la clasificación, ha sido un año de ensueño que comenzó con la final del Australian Open en un duelazo frente al maestro Federer (véase https://inteligenciaindependiente.com/2017/01/30/nadal-y-federer-un-clasico-instantaneo/). Otras dos finales jugó sin suerte (Miami y Acapulco) hasta que llegó a su tierra de dominio y sobre la arcilla se alzó con títulos en Montecarlo, Barcelona y Madrid, coronado con paso arrasador en su amado Roland Garros. Nunca antes había alguien ganado el mismo torneo diez veces y el mallorquín logró este hito en tercia con Montecarlo, Barcelona y París. Recordó a los que olvidaron que la tierra batida tiene un nombre propio y es el suyo y calló a quienes lo pensaron abatido, con un tenis incapaz de ajustarse a su edad y al ritmo de juego actual.

Estando a estas alturas del año, lo único que faltó para hacerlo más especial fue una participación más protagónica de Novak Djokovic, pues las tres rivalidades más repetidas y antológicas del tenis son las que tienen entre Roger, Rafa y Nole. Después de dos años de hegemonía del serbio, ahora a él le tocó el lado amargo de las lesiones y abrió paso para el resurgir de Nadal y Federer, que acapararon los cuatro Grand Slams del año por cuarta ocasión en sus carreras (2006, 2007, 2010, 2017). Ahora, después de siete años —a menos que pase algo extraordinario— también cerrarán el año parados en los dos primeros puestos del ránking por séptima ocasión, ambas hazañas insólitas.

“La heredera es la pasión”, bien lo decía Toni Nadal, tío y entrenador de Rafael, en una de sus columnas de este año para El País. En ella hace referencia a que la nueva generación no ha trascendido porque, además de tener unos titanes en la vieja guardia, no han logrado batirse con la pasión de sus antecesores. Pasión es lo que le sobra a Nadal, lo que derrocha en cada punto que se juega como si estuviera ahí el juego entero y que lo hace el jugador más difícil de vencer en cinco sets. Empezará mal, pero siempre encontrará el camino para volver. Así lo demostró en este US Open, que marcó el decimosexto grande de su carrera (sólo superado por Federer con 19) y que nos ilusiona con que esa cifra sea un “y contando”.

Nueve años después de que Rafa alcanzara el número uno por primera vez, este 2017 también será especial para el ya mencionado Toni Nadal, quien se retirará al final de la temporada como el entrenador más laureado de la historia del tenis y dejará a su sobrino en manos de Carlos Moyá. En otra de sus columnas recordó cuando le contó a su sobrino haber oído decir a algunos tenistas retirados “si hoy volviera a empezar lo intentaría con más ahínco” para aleccionarle sobre el valor de la perseverancia como ingrediente clave. A esto, Nadal le respondió “Toni, no creo que a mí me pase eso. El día que yo me retire de este deporte, lo haré con la tranquilidad de haber hecho todo lo que ha estado al alcance de mi mano”. Sin duda alguna, Rafa, sin duda alguna.

Somos los destinados a morir así.

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Mi hermana va a morir sola. Una bestia como ella solo conoce de soledades. La mala leche le corre por la sangre, le pudre los dientes. No se puede mover del olvido en el que quedó atrapada, de un cuarto lleno de mierda: revistas, basura, objetos sin nombre y sin historia. Sentada sobre un edredón de flores deslavadas y sucias color salmón junto a sus Vanidades, con los ojos nublados por las cataratas, oyendo telenovelas. ¿Te acuerdas de sus quinceaños? Bajó las escaleras con una crinolina azul pastel. Carlos y yo reímos. Su maquillaje era ridículo, la fealdad que la perseguiría toda su vida estaba ahí. A veces Dios no es bondadoso. Ni siquiera cuando se casó su suerte cambió. ¿Qué clase de mujer conoce al hombre de su vida en Insurgentes? ¡Maldita rata de banqueta!

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Hoy me encontré una foto dentro de una Enciclopedia de mi madre. Salimos los tres: Carlos, ella, y yo. El día que nos la tomaron mi hermana jugaba con un aro rosado. Lo movía con la cadera. Mi madre nos miraba desde la mesa del jardín. La tranquilidad se sentía en el aire, en  la manera en que arrastraba sutilmente las hojas por el jardín y en cómo mecía las plantas haciéndolas bailar como si estuvieran sumergidas en el océano. Los perros corrían de un lado a otro persiguiendo sombras de mariposas parando solo a comer pasto. Mi tía Angélica salió de la cocina y se sentó con mi mamá. Carlos pateaba un balón contra la pared repetidamente, el sonido vacío de los golpes era como chiflido agudo que se estrellaba una y otra vez en el concreto. Me acerqué a la fuente, me hinqué, busqué un gusano y cuando lo encontré lo tiré al agua para verlo flotar hasta que se hinchara.

Mi tía Angélica nos llamó y nos tomó la foto sin avisar. El momento se incrustó en nuestra memoria como una garrapata, atascándose en el tiempo junto con el sonido del balón y con el gusano hinchado.

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— ¡Manolo!, ¡Carlos! — gritaba mi madre mientras se tapaba el sol con una mano. La foto que había encontrado marcaba la última vez que estuvimos en la casa de Lindavista y probablemente la última que fuimos, por decirlo así, felices. En menos de un año nos mudamos a Barranca del Muerto. Mi papá no llegó con nosotros, para ese entonces ya había abandonando a mi mamá, la cual se quedó sola en un estado depresivo bastante intolerable que años después se convirtió en alcoholismo desesperado.

Mi hermana empezó su viaje a la amargura cuando, por razones de dinero, tuvo que dejar estudiar para secretaria bilingüe y empezar a trabajar. ¿Qué esperaba la muy ingenua? Todos estábamos enojados. Carlos y yo trabajábamos desde hace tiempo, ni siquiera acabamos la prepa. Como la bestia egoísta que es, decidió trabajar en Aeroméxico para poder conseguir algún viaje gratis. Un día mientras mi madre, ya con bastantes tragos encima, veía 24 horas con Jacobo Zabludovsky, llegó mi hermana emocionada a decirnos que había conseguido boletos. Se iba a Israel. Mi madre perdió el color, se levantó y le plantó una cachetada tras otra. Mi hermano las tuvo que separar como si fueran gallos de pelea. Las dos quedaron ensangrentadas en sus propias desdichas.

Años más tarde, mi hermana se casó con aquella rata buena para nada con quién yo tenía la mala suerte de compartir nombre. Se embarazó a los dos años y tuvo un hijo homónimo. Una pobre criatura que tendría que cargar con aquellos dos animales que llamaría padres. Cuando el niño tenía seis años, mi hermana se enteró de que su esposo tenía no sólo una amante, si no una hija de la misma edad que mi sobrino. En ese tiempo yo vivía fuera de la Ciudad de México y agradecí haberme ahorrado aquellas escenas que con seguridad estuvieron llenas de melodrama.

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Mi sobrino y mi hermana regresaron a Barranca. Para esos momentos, mi madre se encontraba consumida por el alcohol y los ansiolíticos que tomaba de forma compulsiva. Poco a poco su casa se llenó de cosas, parecía que coleccionar basura era la nueva afición familiar. Una vez instalada, montó una tienda de ropa en el garaje con ropa que cada domingo traía desde Tepito. Allí durante los próximos diez años, entre la ropa y la basura acumulada, se dedicó a ahogarse en la amargura y el resentimiento; a sentirse desdichada por aguantar a una madre borracha e insensible que a la vez significaba todo para ella. Una madre de la cual quería ganar su reconocimiento, no importaba que tan tarde fuera.

La tienda quebró definitivamente y sin encontrar otra salida, se convirtió en un puesto de tacos de canasta. No daba para más. Recuerdo un día, puede ser que uno de los pocos que también fuimos felices, en donde Alicia, la señora que a veces ayudaba en la casa, nos enseñó a preparar los tacos. A mi hermano le tocaron las tortillas, a mi hermana el chicharrón prensado y a mi la salsa. Mi madre nos veía entretenida mientras tratábamos de seguir las instrucciones de Alicia, quién esperaba, formáramos una cadena de producción. Hicimos unos tacos mediocres y nos los comimos tomando cerveza y Coca-colas.

El próximo febrero serán siete años que murió mi madre. Una semana después de que preparáramos aquellos tacos, sin más, amaneció muerta. Se fue soñando, seguramente, en que la última vez que sus hijos estuvieron juntos hubo algo de felicidad. Mi hermana se quedó en la casa con su hijo.

Aquella bestia de soledades que es mi hermana, aquella mujer ciega de cataratas, amargada e infeliz que pasa los días escuchando telenovelas rodeada de basura y recuerdos, es una entrañable parte de mí. Es parte de mis huesos, de mis memorias y de mi propia existencia. Su vida se quedará en el olvido como la de mi madre. Como pasaría con la mía y con la Carlos y al final la de todos los hombres. Ella y yo estamos juntos en ese olvido, en ese polvajar que es la existencia de algunos desafortunados. Juntos, porque somos mucho más que la sangre que nos une, somos parte de la misma tragedia y de la misma desdicha. Somos los hijos de la carne, los destinados a morir así.

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Inteligencia Artificial: una inquietud de nuestros tiempos

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por Jorge Eulalio Hernández

Cuando tuve que decidir cual iba a ser mi especialidad en el mundo de la animación digital, tomé el camino de la ilustración y el arte conceptual, por las cuales realmente ingresé a esa carrera. El arte conceptual es una fase de la pre-producción, ya sea para películas, televisión, videojuegos y demás proyectos que requieren de un desarrollo visual preliminar para definir exactamente como lucirá y funcionará la obra final. Dentro de esa especialidad, me concentré en el diseño de personajes, criaturas y vestuario: un clavado instantáneo al mundo de la anatomía animal, el diseño industrial y la psicología humana.

Cuando se comienza con el diseño de criaturas y personajes, uno aprende a distinguir el amplio espectro de reacción que tiene el público sobre las diferentes apariencias de los diseños. Las imágenes abstractas, por su simplicidad de lectura, se perciben como más amigables e inmediatamente se relacionan con el mundo caricaturesco, en el entendido de que son abstracciones, o metáforas gráficas de la realidad; las imágenes orgánicas, en cambio, las que tienen un nivel de abstracción menor, provocan sentimientos muy diferentes en el observador pues pueden ser admirables por la técnica que requieren, pero también pueden ser profundamente perturbadoras cuando se juega con el nivel de humanidad que tiene el personaje en cuestión.

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta un artista digital es el de replicar una imagen realista del ser humano. Se puede modelar un rostro humano con precisión científica, incluso escanear en 3D la facies de un humano real, sin embargo el producto final tiende a provocar una reacción de incomodidad o incertidumbre en el observador: los ojos lucen extraños, los gestos podrían tildarse como grotescos, la traslucidez de la piel se ve mal (aunque últimamente se ha resuelto esa característica de manera espectacular), entre otras muchas características que el público solo podría resumir con un: “no sé qué es, pero se ve raro”.

Más allá del arte digital, el fenómeno del rechazo o sentimiento de incomodidad ante un personaje humanoide ha sido abordado de manera más profunda en el campo de la robótica. Ante la aparición de robots que poco a poco se asemejan más a la apariencia y comportamiento humanos, ha surgido una creciente inquietud sobre la aparición de las inteligencias artificiales. A principios de los años setenta, Masahiro Mori, experto en robótica de origen japonés, señaló un fenómeno que se ha traducido al español como “el valle de la inquietud/incertidumbre” (en inglés, “uncanny valley”): cuando la apariencia de un robot (o personaje, si lo adaptamos a nuestro primer tema) se acerca a la de un humano, la reacción del observador se vuelve positiva, sin embargo, hay un punto de similitud que súbitamente provoca un rechazo de parte del observador, pues el robot se parece demasiado a un ser humano, por supuesto, sin serlo. Esta violenta variación en el comportamiento ante los robots antropomorfos es conocido como el valle de la inquietud.

Muchos podemos contar al menos una experiencia en la que la similitud de un robot, un personaje hecho a computadora o incluso un maniquí nos parecen perturbadores. Su similitud a nuestra figura fracasa al intentar evocar empatía y acaba por ser material digno de pesadillas pero, ¿qué nos provoca esta repulsión? ¿nos provoca inquietud la humanización de los robots? o quizá lo contrario ¿es la robotización de lo humano?

Aquello que encontramos siniestro y/u ominoso ha sido atendido por notables personajes del campo psicológico como Ernst Jentsch en el ensayo “Psicología de lo Inquietante” (1906), y posteriormente introducido al campo psicoanalítico por S. Freud en su ensayo “Lo Ominoso” (1919), textos a los que podemos acudir para un más profundo estudio sobre el funcionamiento de la inquietud ante lo inexplicable, lo misterioso y lo oculto y que por economía del tiempo del lector invitaría a leer en caso de un interés más profundo sobre nuestro tema.

Para atender a estos cuestionamientos, me refiero a dos puntos generales: la apariencia y el comportamiento; para ejemplificarlos, en ausencia de un conocimiento mayor sobre robots, androides y demás personajes como cosechados del huerto de Isaac Asimov, acudo a ejemplos cinematográficos.

 

La Apariencia Humanoide

Hay muchos ejemplos de personajes generados por computadora que nos son repulsivos: The Polar Express (2004), con un Tom Hanks digital incómodamente poseído por un nosequé en su conducta; las películas de Final Fantasy, cuyos personajes parpadean de la manera más extraña e indescriptible y las animaciones en videojuegos como Beyond Two Souls que, a pesar de contar con la actuación y captura de movimiento de Ellen Page y Willem Dafoe, nos muestran personajes que, a falta de una mejor expresión, carecen de alma.

Ya hemos escuchado numerosas veces sobre la poética relación entre los ojos y el alma. Los ojos—su brillo, el aparentemente imperceptible movimiento pupilar — son uno de los primeros puntos de verificación de humanidad. ¿Les ha sucedido que una persona que siempre anda con lentes de sol parece un tanto inexpresivo a pesar de su sonrisa o demás gestos faciales (p.e. Jack Nicholson, Stan Lee)? La ausencia del ojo en su apariencia natural es una inmediata luz roja en nuestro “sistema de reconocimiento humano”. Es en estos casos cuando “los ojos son la ventana del alma” deja de ser una frase romántica y comienza a hablar de cómo percibimos la humanidad de los otros.

En “Tron:Legacy” (2010), Jeff Bridges actúa como dos personajes: Flynn y CLU. En ambos casos, se requería representar a un Bridges joven, de la edad con la que contaba en la película original de Tron, estrenada en 1982. Se hizo un escaneo del verdadero Jeff Bridges e incluso fue él mismo quien actuó para que, con un modelo fiel a su figura y su aproximación al personaje, la representación de CLU y del joven Flynn fueran un éxito… No lo fueron. Los gestos faciales del Bridges digital se ven bruscos y plásticos, su parpadeo es anormal y, aunque la historia toma lugar en un mundo digital, este problema es un distractor importante para el público.

Pirates of the Caribbean: Dead Man’s Chest” (2006), nos presenta un memorable e impactante personaje: Davy Jones. El estudio ILM (fundado por George Lucas) desarrolló la tecnología para crear un personaje con aspecto de pulpo pero con una gran expresividad que además, goza de un aspecto natural y creíble. ¿El secreto? Los ojos. A pesar de que el rostro del actor Bill Nighy fue reemplazado por un modelo tridimensional, no se reemplazaron sus ojos, sino que se aplicó maquillaje alrededor de ellos,para que se fundiera con el modelo del diabólico capitán. Sin embargo, aunque hablo bien del resultado final, existe un contrapeso importante: Davy Jones es humanoide, pero dista mucho de parecer humano. Se resuelve el problema de la incomodidad, pero no se resuelve por los ojos (solamente) sino por la distancia con la similitud humana.

El Comportamiento Humanoide

Ya abordaba el tema en el primer artículo para Inteligencia Independiente, la película “Blade Runner” (1982) tiene numerosos y profundos temas para longevas discusiones. Uno de ellos es la forma en la que Deckard, el personaje principal, comprueba si un personaje es o no es un replicante (androide). La prueba Voight-Kampff es una versión un tanto más compleja de polígrafo, que mide signos vitales, dilatación de pupila y otras reacciones corporales para determinar si se está tratando con un humano o un androide.

Uno de los personajes principales, Rachael, es un replicante. Sin embargo la película nos demuestra que Rachael tiene aparentes (?) sentimientos e inquietudes similares o idénticas a las de un humano, esto es prácticamente el punto de conflicto filosófico en la historia. ¿A partir de qué momento una inteligencia artificial cruza el umbral para convertirse en un ser psicológico, emocional y espiritual?

Hace unos días pedí asistencia en una página de internet para comprar un producto. Me atendió una tal Carolina y fue muy amable. Sin embargo, Carolina llegó a emitir dos o tres respuestas con un lenguaje un tanto “robótico”. Siempre he pensado que, en esos casos, probablemente haya un ser humano del otro lado que tenga una serie de respuestas pre-escritas y solamente las copie y pegue en el chat. Aún con esa teoría en mente, no pude evitar notar que un débil pero claro horror tomó lugar en mi pensamiento: “¿Y cómo sé que estoy hablando con un humano?”. Quizá la prueba Voight-Kampff no está tan lejos de ser útil.

Entonces, ¿a qué le tememos? ¿Por qué me provocó miedo no saber si Carolina era un robot o una persona normal? Me parece que muchas personas nos horrorizamos al pensar en el advenimiento de la inteligencia artificial como un ser igual o superior al humano y creo que esto tiene mucho que ver con ese miedo. La temática ‘hombre vs. máquina’ y el planteamiento de la invención de la singularidad (la hipotética capacidad de una inteligencia artificial de mejorarse a sí misma, con todas las implicaciones que ello conlleva, como la autoconciencia), han sido recurrentes en el cine y hemos tenido numerosos ejemplos con finales apocalípticos  (Terminator, Matrix), otros de oscura reflexión (Ghost in The Shell, I.A., Black Mirror) y otros que exploran la idea de la inteligencia artificial que se ha mimetizado entre humanos o que están a punto de ecualizarse con él (Ex-Machina, I, robot, Blade Runner, por enésima vez). No es una coincidencia que la aparición de la singularidad nos provoque miedo, inquietud o incertidumbre: no hay que ir muy lejos para deducir las implicaciones que eso tendría sobre nuestra forma de vida y tampoco podemos evitar notar que se le ha agregado un prefijo de smart a muchos aparatos y el humano cada vez se define menos con eso.

El valle de la incertidumbre es un tema cada vez más común y con el que nos encontraremos con mayor frecuencia en los siguientes años. El miedo a crear una inteligencia que nos supere puede, como cualquier tema de ciencia ficción, salir del campo de la imaginación como resultado de una chispa de iluminación científica. En una opinión personal, espero que la singularidad y los Jeff Bridges indistinguibles del original no lleguen pronto. Aún hay un encanto en la carne, el hueso, la sangre y los errores del animal social.

Acabo de recibir un correo de Carolina. Me pide que llene un formato para hacerle saber a su empresa si su atención fue satisfactoria. Me pregunto si Carolina espera un ascenso y sueña con irse de vacaciones a Los Cabos o si se encuentra muy bien en ese servidor, con sus luces y cables, soñando con ovejas eléctricas.

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¿Perdonar sin olvidar?

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Por: Alex Leurs

« Es posible (…) llegar a una verdad que no sería absoluta, teórica, lógica pero que sería una verdad del espíritu »- Hessel-.

Este ejercicio de imaginación supone que no se busca la verdad de las cosas sino más bien de construir una versión de ella.

Ávido de provocar un espacio de diálogo, he buscado opiniones y observaciones con respecto a las reflexiones que se han transformado en colaboraciones. Mi intención al escribirte a ti lector es que resulte un ejercicio bidireccional. Se trata de un antídoto ante la posibilidad de que este espacio se convierta en un espejo narcisista y no en un espacio dialógico. Los intercambios con respecto a mi colaboración anterior me permitieron llegar más lejos en la reflexión. Hoy quisiera compartirte ese espacio no anticipado para seguir jugando.

¿Vamos? …

Perdonar sin olvidar usaba la imagen de una persona tomando el sol y bebiendo cerveza en el parque del memorial a los Mártires de la Deportación para reflexionar sobre la función del pasado y la memoria. La tendencia de la colaboración llevaba a suponer que esta persona pecaba por omisión histórica al reproducir un patrón social: olvidar. Alguien que quiero mucho me señaló que era difícil perdonar sin olvidar. Es más, rescató el carácter crucial del olvido en el desarrollo no sólo del hombre sino también de la humanidad.

Una vida sin poder olvidar muy probablemente nos atormentaría —véase el episodio de Black Mirror The Entire History of You—. Sin embargo la historia es fuente de mitos que nutren y forman culturas, sociedades e individuos. Ambas afirmaciones refieren a la memoria pero podrían estar distinguiendo diferentes formas de memoria: la individual y la colectiva. Entonces, ¿cómo pensar la historia y al individuo?

Ante este aparente antagonismo podríamos situar al olvido como testigo de un fenómeno socio-histórico en el que la historia es depositada en la cultura. Recordar es una forma de cargar con la historia y ésta, a veces, pesa mucho. Hay cosas que no pueden ser cargadas por una sola persona y otras que algunas personas no quieren (ni quisieran) cargar. Demasiada disonancia cognitiva pone en peligro nuestra -restrictiva-  estabilidad mental. Resulta entonces interesante considerar la relación entre lo que es individual y lo que es colectivo en términos de memorias e historias.

Lo individual y lo colectivo se entienden y estructuran con base en sus diferencias. Dando por hecho que ambos están en constante transformación que resultan de sus interacciones, podemos ver a la cultura como el contexto a partir del cual la identidad se construye por diferenciación de este último. Desde las grandes obras, leyendas y mitos hasta lo no-dicho y no-contando, la cultura se vuelve fuente y recipiente de memoria colectiva. Así, cada individuo representa una versión de lo que carga la cultura a la que se ha expuesto.

Debería ser un ideal operar en la cotidianidad con consciencia de lo que somos, lo que hemos sido, lo que devenimos y por lo tanto del significado —potencial— que pueden cargar nuestras acciones. Por más pequeñas que sean. No obstante, como consecuencia de los intercambios mencionados y explorados, emerge una especificación: la responsabilidad individual se limita a la(s) unidad(es) espacio-tiempo dentro de la que se mueve el individuo mientras que las colectivas se encargan de mantener aquello que contextualiza al espacio y el tiempo.

Entonces antes de preguntar lo que significa perdonar sin olvidar resulta preciso cuestionarse sobre lo que representa el perdón de una colectividad y las formas que éste puede tomar en la singularidad de cada individuo.

¡¿Cómo ves?!

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El veganismo como lujo

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Por: Daniela Dib – @dandiba

Si existe controversia sobre el documental What the Health, aún disponible en Netflix, no se debe a su argumento principal. Según el filme, además de fijarnos bien en lo que contienen los alimentos que consumimos, debemos adoptar una dieta cien por ciento basada en plantas. Sin duda, la comunidad científica internacional coincide sobre lo que implica una dieta sana: fuentes de proteína, grasas buenas, ingredientes naturales, pocas azúcares y harinas refinadas, y sí, muchos vegetales, frutas y tubérculos. El problema de What the Health es que sus creadores argumentan de una manera sumamente manipuladora por qué y cómo debemos volvernos veganos.

En diversos momentos del documental hablan “expertos” que aseguran que beber leche es igual de malo que fumar un cigarro, o que una dieta vegana es la prevención y cura de todo tipo de enfermedades. Como lo hace notar un artículo de Vox, esta información no sólo es exagerada, sino que es irresponsable. Y como mexicanos, al vivir en un país donde más de la mitad de la población padece de problemas de sobrepeso y un buen porcentaje tiene obesidad, tomar la información de este documental al pie de la letra es más perjudicial que benéfico. Porque si bien la obesidad es un problema de salud pública, para quienes vivimos en la burbuja de información vía Netflix es más grave pensar que todo el mundo puede y debe adoptar un estilo de vida tal como lo plantea What the Health.

La ola de productos orgánicos, superfoods, remedios exóticos de Oriente y terapias milenarias de sanación alimenticia nos invitan a tener un estilo de vida más saludable, menos enfermedades y una mejor relación con la comida. Todo esto está muy bien, pero sermonear sobre los peligros del mercurio y la pesca ilegal a quien saca una lata de atún a la hora del lunch Godín es como escupir en su plato. El atún en lata podrá no ser tan bueno como el filete de atún aleta amarilla, pero sin duda es más barato. Además, comer una lata de atún es mejor que una torta de tamal. Es justo ahí donde radica el problema de los iluminados alimenticios: más que compartir información necesaria, muchos emiten un juicio de valor basado en su propio poder adquisitivo.

“Qué cruel que sigas comiendo animalitos”, “Qué ignorante que no sepas que es el hemp”, “Qué irresponsable que consumas carne”. Estos argumentos caen en la exageración con tal de probar su punto, tal y como ocurre con What the Health. Una cosa es promover el consumo de vegetales y otra es que, para hacerlo, asegures que consumir huevo –uno de los alimentos más baratos, nutritivos y que aparecen en la canasta básica del mexicano promedio– es lo mismo que fumar cinco cigarros diarios. Es triste que pregonar sobre los beneficios de una dieta vegana no siempre se enfoque en comunicar los beneficios de un estilo de vida más sano: con frecuencia, se centra en presumir que “yo soy mejor porque tú todavía compras leche Alpura llena de conservadores mientras yo bebo un brebaje dorado con cúrcuma importada y leche orgánica de almendras”.

Coincido en que llevar una dieta con más frutas, verduras e ingredientes naturales no resulta más caro que alimentarse a base de refrescos y productos llenos de alta fructosa. Apegarse a la dieta tradicional del mexicano, basada en el consumo de maíz, leguminosas, frutas y proteína animal, es una opción accesible y sana incluso dentro de los estándares que recomienda el IMSS. Sin embargo, querer nutrirse a base de súper alimentos, frutas y verduras fuera de temporada o productos y suplementos orgánicos es algo que sí requiere mayor inversión y que no todos los mexicanos pueden o deben hacer.

El Vitamix maravilloso que utiliza todo influencer vegano que se respeta cuesta mínimo $7,500. El kilo de almendras para hacer leche cuesta alrededor de $200 pesos, y el pan sin gluten $99 pesos el paquete. Para los ovovegetarianos, la diferencia entre una docena de huevo orgánico y uno normal es de casi $30 pesos. Marcas a la cabeza de un estilo de vida sano basado en alimentación, como Goop –creada por la actriz Gwyneth Paltrow– y Whole Foods han sido criticadas por vender productos sencillos al triple de su precio por traer alguna falsa leyenda sobre sus propiedades “naturales”.

Desafortunadamente esto ocurre con frecuencia en las empresas que producen, distribuyen o preparan alimentos; para ellas, el veganismo no es un estilo de vida, si no una categoría de marketing. Las leyendas fat-free, cruelty-free, dairy-free, sugar-free y gluten-free no necesariamente significan que un alimento sea sano o que un producto sea ético. Usualmente implican un precio de venta más alto y una percepción en el consumidor de que está haciéndole un favor a su cuerpo y al planeta. Este último punto, según reportes recientes, ni siquiera es cierto. Y gracias a documentales como What the Health y la opinión a veces intolerante de quienes practican el veganismo, lo que incrementa no es la cantidad de personas que dejan de ser obesas, sino el precio de todo lo que incluye la etiqueta de “Vegano”.

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Se fue la “luz”

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Por Uriel Gordon

La vida urbana se distorsiona: las notas musicales que emana el saxofón conectado a un micrófono, que suelen oírse a distancia, alrededor de las 10 de la mañana los domingos, en el restaurante Romerita 28, hoy no se escuchan. Solo suenan puntualmente las campanas de la Iglesia, que no necesitan electricidad para despertarlas; también, se perciben con más afinidad los ruidos que generan los coches, camiones y motocicletas que pasan de manera intermitente por la Avenida Providencia. Por el crujido del motor, uno puede distinguir de qué medio de transporte se trata y jugar a calcular su edad: cuando los sonidos del motor se asimilan a los de una tos de alguien que está escupiendo un pulmón, probablemente el vehículo tiene más de 10 años. Bueno, eso es lo que se antoja imaginar.

En otro plano, en una zona tan arbolada como lo es Providencia, vienen con fuerza los sonidos de la naturaleza; la falta de electricidad en este rincón de la Perla Tapatía quita distracciones y permite adentrarse en los murmullos que genera el choque entre el viento y las hojas de los árboles; los ángulos y la velocidad con la que pega el aire son los encargados de moldear la intensidad y el tono de las voces. El producto final, por lo menos con este clima soleado: sonidos que arrullan.

Momento… Falta conjugar con estos sonidos el cantar de las aves. Hay pájaros que hacen pensar en las manecillas del reloj: chiflido por segundo. Hay otros que parecen conectar directamente con la respiración: llevan a imaginar inhalaciones hondas con exhalaciones prolongadas que, inconscientemente, sacan algún tono musical que conduce a pensar en tiempos más primitivos.

Sin ir tan atrás, relativamente, ¿cómo era Providencia hace 200 años?  De entrada, la Independencia de México todavía no se había consumado, pero más allá de eso, ¿la zona era exclusivamente un bosque? ¿Vivía gente aquí? ¿Cómo era la vida cotidiana? ¿Qué tipo de animales… Las hélices del ventilador se mueven de nuevo, el refrigerador ruge otra vez; a lo lejos, las primeras notas del saxofón en Romerita 28 comienzan a sonar. La “luz” ha vuelto.

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La crisis existencial de los milenials

Crisis existencial de los milenials

“En medio del camino de la vida me encontré en un oscuro bosque, ya que la vía recta estaba perdida.”

                        -Dante

Desde que nacemos hasta que alcanzamos cierta edad nos encontramos con la fortuna de que siempre hay un camino demarcado que seguir. Vivimos con la comodidad de que, año con año, en la escuela las cosas cambiarán poco o nada, más allá de nuestro crecimiento natural. Nadie nos pregunta qué queremos hacer hasta que cumplimos 18 años o, en su defecto, nos graduamos de la prepa. Aún en la carrera hay el colchón de alrededor de cuatro años sin tener que deliberar. Entonces es cuando se complica la cosa y viene el ¿qué sigue?

Algunos corren con la enorme suerte de saber claramente qué quieren hacer, otros aún más bendecidos cuadran sus ambiciones con las expectativas de sus padres. ¿Y el resto? Al resto nos toca la batalla interna y externa de descubrirnos día con día. Somos la primera generación a la que se les da una verdadera opción a la hora de escoger su futuro. Pero, al mismo tiempo, seguimos en la transición en la que las aspiraciones culturales y familiares pesan sobre nuestros hombros, predisponiéndonos hacia un camino o el otro; más que nada, existen muchas cosas que nos hacen optar por la vía de la estabilidad económica y familiar, dejando atrás las que pueden ser las pasiones auténticas. Diario podemos ver videos y artículos motivacionales que nos empujan a salir de la zona de confort y a arriesgarnos por lo que queremos: a vivir de forma extraordinaria, a viajar, a conocer, al carpe diem. Luego nos topamos con que, para todo esto, se necesita dinero…  que sólo podemos conseguir trabajando. Y se muere la ilusión efímera.

Esto aunado a que, a pesar de todo lo que planeamos, dependemos enormemente de la casualidad. En todo. Se nos puede presentar una oportunidad en un momento que, si la dejamos pasar, no vuelve más. El coincidir toma más y más importancia conforme se analiza en retrospectiva.

Por lo anterior, nos encontramos con que los milenials somos una generación que vive en crisis existencial. La crisis de la mediana edad por la que pasaron y siguen pasando tantos parece haberse recorrido con nosotros. Nuestra juventud parece estar marcada por esta duda de ¿y ahora qué? ¿de verdad quiero esto o aquello?

Esto es resultado de que cada vez hay más opciones a nuestro alcance y de que nuestros padres han sido más permisivos en general. Además de que somos la herencia de las primeras generaciones que se empezaron a divorciar. Así los milenials son más conscientes e introspectivos, se cuestionan más a la hora de decidir sobre la vida laboral y en pareja.

El punto está en no dejar que la vida nos encarrile en el conformismo y en el pasar de los años sin detenernos a ver qué está pasando. Que no nos mate el estigma. No casarse sin amor, por mera costumbre y porque “es lo que sigue”. No siempre tendremos la suerte de estar donde quisiéramos en dado momento, pero también hay que tener la madurez de aceptar ciertas situaciones y analizar si por ahí se puede encontrar eventualmente la felicidad.

La crisis milenial no es mala señal. Todo lo contrario. Es reflejo de una mayor consciencia. Mejor dudar y cuestionarnos mientras estamos a tiempo, y no tenemos vidas dependiendo de nosotros, que cuando ya puede ser demasiado tarde y nuestros mejores años se escaparon como la arena.

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Legalidad y psicología detrás del maltrato a la mujer

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Por: Paola González

Colaboró Cecilia Basulto

“Después de tantos años juntos y de vivir pensando que esto era amor; el esperar en casa día tras día sus insultos y golpes siempre que él quería, se fue convirtiendo en una necesidad. Un día, en un momento de tranquilidad decidí actuar diferente y pedirle que cambiara; que me tratara mejor”.

“Cuando llegó, lo recibí con todo el cariño que le tengo y le pedí que se sentara para hablar. Inmediatamente comenzó a insultarme, había analizado tanto mis palabras que sentí que había desperdiciado mi tiempo al intentar hacer esto; se molestó demasiado.  –Desgraciada, si no te gusta cómo te trato lárgate de aquí, esto es lo que mereces y puedo conseguir a otra cuando quiera.-“

“No puedo dejarlo, lo amo… prefiero sus insultos a separarme de su lado.”

Aún existen muchos casos como este en la actualidad, todas las campañas en contra del abuso y la violencia que reciben las mujeres no han arrojado los resultados que se esperan de ellas, pues es necesario ahondar en el problema más allá de la promoción de videos, carteles o actividades en centros de integración social.

Pareciera que estas campañas son como un eco en un gran barranco; que aunque suene repetidamente, no llena el espacio, impidiendo un tránsito tranquilo y simple por el lugar. Este problema social no se ha combatido de raíz, por lo que los esfuerzos son infructuosos.

Tan sólo en el estado de Jalisco —según datos de la Secretaría de Salud Jalisco—, la violencia en contra de las mujeres registrada en 2017 indica un 78.5% superando el promedio nacional de 65% de incidencia, lo que coloca a Jalisco como uno de los primeros lugares; el 57% de las mujeres de zonas urbanas y el 45% de zonas rurales en el estado sufrieron algún tipo de violencia.

Estas cifras hablan solamente de los casos denunciados que se han registrado, mientras que un gran porcentaje de casos de violencia se ocultan por “lavar los trapos sucios en casa” o restarle importancia; esto deja a la víctima  a merced de una reincidencia o la imposibilidad de superar el trauma ocasionado tras el hecho.

De los casos denunciados, según datos del INEGI en 2015, mil 157 están relacionados con violencia física, dos mil 179 con violencia psicológica, 136 con violencia económica, 408 con violencia sexual y 68 casos fueron de abandono. Los 138 restantes no se encuentran especificados.

Dentro de este tipo de violencia, se encuentra que por cada 10 homicidios de mujeres que ocurren en Jalisco, cinco se registran en Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque. La otra mitad de las muertes ocurre en los 122 municipios restantes de la entidad federativa.

Los datos arrojados muestran que la violencia física es menor a los casos en los que se presentan otros tipos de violencia, y la psicológica, ha demostrado ser la predominante tan solo en el estado.

UNA APOYO LEGAL

Por su parte, el Congreso y el Ejecutivo de la entidad han promovido la “Ley de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia del estado de Jalisco” para prevenir casos de violencia y sancionar eficazmente a quienes con dolo (conscientes o no de que es una violación a los derechos humanos), dañen la integridad de una mujer.

En las disposiciones generales del capítulo uno, el artículo primero versa de la siguiente manera.

“La presente ley es de orden público, interés social y observancia general en el estado de Jalisco, y tiene por objeto sentar las bases del sistema y programa para la atención, prevención y erradicación de la violencia contra las mujeres, a fin de  garantizar el derecho fundamental de las mujeres a acceder a una vida libre de violencia, conforme a los principios constitucionales de igualdad y no discriminación”.

Además de implementar un programa que respalde los esfuerzos para erradicar la violencia hacia el género femenino, esta ley pretende dirigirse por los principios de respeto, igualdad, libertad y autonomía que merecen las mujeres.

Trata también las distintas modalidades de violencia ya antes mencionadas, incluyendo la violencia laboral, docente e institucional; sin embargo, todas las medidas para prevenir y/o erradicar este problema no llegan a la población en general, ya que su difusión y preparación no llega a todos los sectores y no es recibida en ocasiones por quienes realmente necesitan esta información y apoyo.

LA REALIDAD ES…

¿Realmente funciona esto? ¿La sociedad está dispuesta a tomar estas medidas? ¿Las mujeres estamos programadas para atender al cambio fácil y rápidamente?

Desde finales del siglo pasado, las investigaciones sobre la psicología femenina comenzaron a perfilarse, desde la perspectiva de la mujer misma; lo que hace a un lado los estudios arcaicos hechos por el hombre para dar respuestas al comportamiento femenino para dar cabida a estudios integrales de la mujer, para la mujer.

Tres especialistas del comportamiento femenino, Karen Horney, G. Kelly y B. F. Skinner; describen a la mujer como un ser empático, que necesita de conexiones emocionales para lograr desarrollarse plenamente en sus relaciones, desde la infancia con su madre en primer instancia, hasta la edad adulta con todas las personas con quienes se relacione (pareja, hijos, amigos, compañeros, vecinos etc.).

Estas conexiones se dan a través de la empatía, por ejemplo:

 Andrea llega del cardiólogo y les cuenta a Citlalli y a Blanca que le diagnosticaron una cardiopatía congénita; Citlalli y Blanca se conmocionan, por lo cual cuando la segunda llega a su casa, intenta compartir con su pareja aquello que experimentó tras escuchar la noticia de Andrea.

 El hombre intentará hacer un comentario sobre lo mucho que tendrá que cuidarse de no sufrir un infarto y cambiará inmediatamente de tema  —¿Vamos el domingo con mi madre?—. Blanca sentirá que esa conexión de empatía se rompió y buscará la manera de volver a conectarse emocionalmente con lo que siente; ya sea con el problema de Andrea, con la reacción de su pareja o con ambas.

Al no tener este tipo de conexiones y sentirse incapaces de cambiar esta situación, la mujer hace lo que puede para lograr esta empatía, y en ocasiones, la única manera que encuentra es cambiándose a sí misma para satisfacer las demandas empáticas de los demás y lograr la conexión.

Esto, es en términos generales el inicio psicológico por el cual las mujeres son en mayor número víctimas de violencia. La mujer misma, gracias a su necesidad de conexiones emocionales y la educación social que se da de ser “servicial y atenta”, muchas veces se degrada y llega a ser causante de este problema que aunque se redoblen esfuerzos y campañas no se ha podido solucionar.

“Mientras las mujeres no encuentren la fuerza y el valor que tienen van a seguir siendo víctimas de los demás y de sí mismas” comenta el psicólogo Yaír Hernández; la autoestimación y el buscar desarrollarse plenamente no es una tarea fácil, y muchos se dejan vencer por las presiones sociales.

Esto genera que la víctima no sea consciente del daño que se causa y que le causan al permanecer en ese estado de auto devaluación; sólo cuando la víctima es consciente y tiene la fuerza de carácter y voluntad para buscar ayuda y salir de esa situación es que se puede cambiar realmente y la mujer puede encontrar motivación para autorealizarse y valorarse, comenta el especialista.

Mientras tanto, en una charla con Ana Castellanos*, nos platicaba de lo difícil que fue su última relación y cómo la marcó. “me decía que me veía gorda y que estaba fea; sé que lo estoy, cuando me dicen bonita sé que lo dicen por compromiso porque la verdad… soy fea.

Nosotras somos responsables de esto.

Al no tener cuidado desde la educación de nuestras hijas, al descuidar el desarrollo de su personalidad y el incremento al valor que se tenga a sí misma; estamos fomentando la violencia hacia el género femenino y que probablemente, en el futuro, esa niña se vuelva una víctima de violencia por no saber poner un alto y reconocer su valía ante los demás.

Las campañas sociales que actualmente buscan fomentar el respeto hacia la mujer, no llegan a conseguir su objetivo, pues sólo “tapan” el pozo y el problema sigue ahí, escondido, latente en la comunidad. Sólo enfocándonos en la educación de los niños y las niñas es que se podrá erradicar este problema social, mostrándoles que cada uno tiene su valor y su dignidad como seres humanos y que nada, ni nadie tiene el derecho a humillarlos o maltratarlos.

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Bloody Mary. La triste historia de la primera reina de Inglaterra

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Enrique VIII
Rey Enrique VIII de Inglaterra

Por: Gabriela S. Gómez

Hace alrededor de 500 años Enrique VIII era Rey de Inglaterra. La historia de este Rey ha logrado trascender a la cultura popular más por la telenovela que fue su vida (¡tuvo seis esposas!) que por sus estrategias políticas, pero es que, en ese entonces, la telenovela y la vida pública estaban íntimamente entrelazadas, no había decisión personal que no pudiera terminar por afectar a millones de personas. Ahora, ¿qué puede hacer que un rey—que puede tener las amantes que guste— quiera pasar por seis esposas? La obsesión por tener un heredero varón.

No podemos juzgar al pobre de Enrique. Él era apenas el segundo rey de la dinastía Tudor que había fundado su padre después de años de guerras y traiciones. Mantener el trono en la familia era posiblemente el acto más trascendente de todo su reinado. Y, como si fuera víctima de una maldición—lo que de hecho él llegó a creer— su sueño de tener un hijo no se cumplía. Su primera esposa, Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos, Fernando e Isabel), en los 16 años que vivieron como pareja tuvo varios embarazos pero sólo uno de sus hijos logró sobrevivir a la infancia, una mujer, la futura María I. No es que Enrique fuera particularmente machista, pero en ese tiempo la idea de que las mujeres eran incapaces para gobernar era de dominio público. Entonces, Enrique creía que si dejaba como heredera a una mujer, los nobles del reino se rebelarían y pondrían a cualquier otro hombre en su lugar, otro hombre que NO sería de su familia.

Catalina de Aragon
Catalina de Aragón

Seguro de que Dios lo estaba castigando por haberse casado con la viuda de su hermano, decidió repudiar a su esposa y casarse con una mujer de la que se había enamorado perdidamente: Ana Bolena. Pero, aunque fuera rey, no podía simplemente decirle a Catalina “ya estuvo, me voy con la otra”, tenía que conseguir una anulación por parte del Papa para poderse casar legalmente con Ana y hacer a los hijos que tuviera con ella legítimos y no bastardos. Esto se le complicaba porque las relaciones de su esposa Catalina, al ser hija de los Reyes Católicos y por lo tanto tía de su heredero, el Emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico y I de España, eran demasiado poderosas: el Emperador no iba permitir que el Papa le diera chance a Enrique de repudiar a su tía y declarar a su prima María ilegítima. Así que la vía legal no le funcionó. Harto de esperar una resolución favorable a su causa, decidió que si él era el Rey por derecho divino, ¿por qué diablos tenía que hacer lo que le dijera el Papa? Y, literalmente, se autodesjuntó de la liga católica y se autonombró Jefe de la Iglesia de Inglaterra, acercándose así a la liga de los protestantes que tan de moda estaba en esos tiempos. Básicamente, hizo un verdadero desmadre para salirse con la suya: cambió la religión oficial de su país; se peleó con media Europa; se vio obligado a matar a muchos de sus más cercanos consejeros, fervientes católicos como Tomás Moro, porque se negaron a renegar del Papa y reconocerlo como cabeza de la Iglesia; entre otros pequeños inconvenientes. (Siempre he creído que la historia no le reconoce a Enrique que no haya tomado el camino fácil, muy utilizado en su tiempo, y le haya puesto un poquito de cianuro en el café a Catalina, y tan tan.)

Ana Bolena
Ana Bolena

Finalmente se casó con su segunda esposa, Ana, que ya estaba embarazada. Meses después de la boda, Ana estaba en labor de parto y Enrique tenía listo el festín y los cañones para anunciar el nacimiento de su tan esperado hijo. Resulta que tuvo un bebé sano y completo, con un pequeño problema… era una niña (¡ja!). No me quiero imaginar su decepción: había transformado por completo su país y su vida por ese bebé y nada. Enrique se serenó y pensó que ya vendrían los hombres. Pero aunque Ana tuvo más embarazos, no se lograron. Enrique, la pobre víctima, se convenció de que Dios lo volvía a castigar, esta vez porque Ana era “una bruja, una mala mujer, y una adúltera”. En esta ocasión no se anduvo con rodeos y mejor la mandó decapitar. Días después se casaba con su tercera esposa, Jane Seymour. Jane se embarazó pronto, y poco tiempo después le dio a Enrique el hijo que tanto había soñado, Edward, para luego morir en labor de parto. (Ya a estas alturas de la historia es cuando empezamos a creernos eso de la maldición que aquejaba el pobre Rey).

Enrique no pudo tener más hijos con las tres esposas que siguieron a Jane. Al morir, dejó en su testamento a Eduardo como principal heredero, y, si él moría sin descendencia, le seguirían su hija María y después Isabel, la hija que tuvo con Ana Bolena.

 

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Rey Eduardo VI de Inglaterra

 

Aquí viene lo bueno. Eduardo se hizo rey cuando tenía 9 años, cumpliendo el deseo de su padre de dejar un heredero varón, pero… se murió a los 16, sin hijos. Parecía que Inglaterra estaba destinada a ser gobernada por una mujer, sí o sí. La cuestión era, ¿cuál mujer? Eduardo era un convencido protestante y no quería que su católica hermana María llegara al trono y echara para atrás todas las reformas que él había impartido en sus cortos años como rey. A nosotros puede parecernos poco relevante toda esta cuestión religiosa, pero en ese tiempo la religión no sólo era un esquema de fe, era una cuestión de Estado. Ser protestante significaba tener completa independencia del Papa y de Roma; misas en el idioma del pueblo (no en latín como las católicas), eliminar las imágenes de las iglesias, y más importante aún, le permitía al pueblo leer los textos religiosos directamente, cosa a la que los católicos se oponían firmemente, alegando que el pueblo no estaba capacitado para entender la palabra de Dios. Por lo tanto, quiso cargarse a María de la sucesión dejando a su prima, Jane Grey, como heredera. Para no hacerles el cuento largo, la jugada le salió mal: su prima acabó sin cabeza y María como la primera reina mujer reconocida en todo su derecho que había tenido Inglaterra.

 

María Tudor
Reina María I de Inglaterra

 

A la Corte no le quedó más que aceptar a una mujer en el trono porque todas las otras posibilidades legítimas, eran mujeres. Ellos pensaban que el problema de la incapacidad de la mujer para gobernar se arreglaría escogiéndole a María un buen esposo. Pero se equivocaron tremendamente al pensar que ella se iba dejar imponer al que ellos quisieran. Para un rey o reina, la cuestión del matrimonio era de suma importancia por dos razones: la primera, es que era una de las más poderosas armas de política internacional, los matrimonios creaban alianzas entre países; la segunda, asegurar la sucesión. María tenía una disyuntiva, fiel a su educación creía que las mujeres debían obediencia a sus esposos, pero ella era una reina, entonces ¿cómo se iba a casar con un inglés, que por obvias razones estaría por debajo de ella, y encima obedecerle? Esa idea simplemente no la convencía.  Sus asesores también creían que las mujeres debían obediencia a sus esposos, entonces ¿cómo iba casarse la Reina de Inglaterra con un extranjero y encima obedecerle? No había salida fácil y la Reina y sus asesores estaban por sacarse los ojos. Pero la cuestión de la boda no podía aplazarse porque María tenía 37 años y una tremenda urgencia por embarazarse. Si no tenía un heredero pronto, al morir, su trono pasaría nuevamente a una protestante, su hermana Isabel.

 

Felipe II
Rey Felipe II de España

 

María terminó por imponer su preferencia y se casó con el futuro rey de España, Felipe II, quien era 10 años menor que ella y mucho más atractivo. Testimonios de la boda dicen que ella parecía su mamá… No creo que el joven y apuesto príncipe haya estado muy contento con su nueva esposa, pero los gustos personales no cabían en ese tipo de decisiones. Este capricho de María terminó costándole muy caro con sus súbditos. No sólo se estaba casando con el rey de otro país, lo que implicaría arrastrar a Inglaterra a guerras y conflictos que no eran suyos (lo que al final sucedió para pérdida de Inglaterra), sino que era un monarca católico, y a la creciente población protestante eso no le gustó. Pero ella estaba firme en su decisión y feliz con su joven esposo con el que se puso manos a la obra para procrear: poco tiempo después de la boda se anunció que estaba embarazada. Empezó a trabajar en los preparativos para recibir al nuevo heredero al trono cuando… soltó un chorro de agua, se desinfló y resultó que nunca estuvo embarazada.

Le costó tiempo volver a embarazarse, porque como decidió casarse con el rey de otro país, éste tenía asuntos que atender en España y se ausentaba por largos periodos de tiempo. Cuando al fin volvió a embarazarse, temerosa de que fuera otro engaño, se esperó hasta el séptimo mes de gestación para anunciarlo y dejarse ver por la corte. Pero como si el destino se ensañara con los Tudor, apenas cumplió los siete meses, anunció su embarazo por todo lo alto para… volver a soltar un chorro de agua. Por supuesto, se volvió loca.

Lo que más le importaba a María de tener un heredero no era precisamente ese sentimiento maternal de procrear, sino la cuestión que tanto había obsesionado a su padre y después a su hermano, la sucesión. María se sentía elegida por Dios para reinstaurar el catolicismo en la cada vez más protestante Inglaterra y si no arrancaba la herejía de raíz temía que la isla estuviera perdida para siempre. Con 42 años, la idea de tener un hijo era cada vez más irrealizable. Así que decidió meterle segunda a su reforma católica, reinstaurando la ley de la herejía.

Seguramente alguna vez han escuchado hablar, o mejor aún, se han tomado, un Bloody Mary. Ese trago con jugo de tomate recibe su nombre de la reina que nos ocupa. En su afán por acabar con el protestantismo, María mandó quemar vivas a más de 300 personas en la hoguera, ganándose el mote de “María la Sanguinaria”. Es curioso pensar que a la única persona que realmente tendría que haber quemado en la hoguera era a su protestante hermana Isabel. De nada le servía ir por la vida quemando gente si cuando ella muriera, la próxima reina no sería católica… Pero en fin, parece que eso no se le ocurrió o simplemente nunca se atrevió.

María I murió sin herederos directos, dejando un país resentido y desangrado por las luchas religiosas, y, de alguna manera, dándole la razón a quienes decían que las mujeres no servían para gobernar. Por suerte para las mujeres, la sustituyó en el trono su hermana Isabel—la hija cuyo nacimiento había sido la decepción más grande para su padre—quien pasó a la historia como uno de los mejores monarcas que ha tenido Inglaterra. Le dio una estabilidad y prosperidad nunca vista al país, pero no un heredero. Isabel quiso evitar los problemas a los que se enfrentó su hermana por la cuestión del matrimonio y decidió, simplemente, no casarse y nombrar como heredero al hijo de su prima, el Rey de Escocia Jacobo I. Para cuando ella murió, el temor más grande su padre se había hecho realidad, la dinastía Tudor, se había acabado.

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