Cuando la leyenda se vuelve mito y retorna en su ciclo infinito.

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Por Paola González

(OJO: ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS DE LA OBRA “FAUSTO” DE GOETHE)

Durante muchos años, una novela exquisita, considerada una de las más grandes obras de la literatura clásica, fue interpretada de distintas maneras; dividió a eruditos y a novatos, causando terribles desencantos. Algunos afirmaban que la obra convertía a quienes la leían en un peligro para sí mismos y para su entorno social. Otros, que lleva una carga psicológica, política y social trascendente que los despistados no lograrían comprender. Otros más, que es una de las obras más bellas y humanas, por su tratamiento de la vida y el alma.

Hablo del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, o sólo Goethe (gø tə). En esta obra, un hombre solitario y desesperado, vende su alma al diablo, consiguiendo así una vida épica, con vastos conocimientos, placeres y longevidad. Mefistófeles, el antagonista, es el ser que Dios había creado como el más bello y poderoso de sus ángeles, y que finalmente fue enviado a las profundidades y al fuego eterno por su desafío; continúa portando los dones que Dios le dio al crearlo, por lo tanto, es capaz de hacer creer a cualquiera que el camino que descubre frente a sus ojos es el que lleva a la plenitud y a la verdad. Fausto no tarda mucho en caer en sus mentiras.

En la primera parte de la tragedia, Fausto clama desesperado en su soledad aquella necesidad de una cercanía espiritual, el poder apreciar la belleza que Dios creó en el universo y sus portentos. Lo que más desea es sentirse admirado apreciado y amado. El conocimiento que tanto ha cultivado durante su vida le parece insuficiente. Sin embargo, el poder de Mefistófeles le engaña y le lleva a vivir una vida como ninguna otra, sí, pero insatisfactoria.

Y muchos dirán ¿pero cómo? Si disfrutó todo, vivió muchos años, bailó con brujas, embaucó hombres poderosos, desafió a las parcas, habló con grandes filósofos, amó a helena. Eso no puede ser insatisfactorio.

Siguiendo a Mefistófeles solo estaba siendo consciente de una parte de sí mismo. Al dejarse llevar por él, en una vorágine muy similar al actuar de muchos más  “no pienses, no creas, disfruta, goza, vive al máximo tu cuerpo”, Fausto, al igual que aquellas personas, se olvida de dos partes de su naturaleza: su mente y su espíritu. Solo uniendo estas tres se vive en plenitud. Mientras más “disfrutaba” Fausto de su vida, —y lo pongo entre comillas porque Mefistófeles siempre arruinaba esa felicidad— más se encadenaba al infierno y el contrato de la venta de su alma se volvía más sólido. Y muchos alegan que el seguir normas que definan la integridad y/o dignidad del ser humano son los actos que llevan a encadenar el cuerpo y el espíritu.  Me pregunto si son conscientes de esas pequeñas punzadas de vacío al terminar el día en una supuesta libertad sin camino alguno. En ocasiones las nomas liberan más que un camino sin restricciones.

Más adelante en la trama ocurre un cambio sustancial en el protagonista. Al igual que todos cuando la vida ha dejado su impronta en el ser humano, comienza a reflexionar sobre el camino que le llevó hasta aquél lugar y situación en la que se encuentra. Fausto reconoce su fallo tras múltiples diálogos aún bajo el influjo de Mefistófeles.  Al dejar pasar su energía en las tres potencias del ser: cuerpo mente y espíritu. Es decir, al envejecer y permitirse un escrutinio filosófico y espiritual,  Fausto llega a la plenitud de su existencia, deja entrar en su ser lo que más anhelaba; el amor lo llena, destruye las cadenas que lo ataban al infierno, destruye el contrato en el que vende su alma, lo encumbra al cielo y al fin último del alma humana.

Pero esperen un poco.  En el libro dice que Dios manda a sus ángeles a que lo suban entre pétalos de rosa. Sí. En el banquete de Platón –maestro de Aristóteles, uno de los filósofos que disertan con fausto en la obra— afirma que solo lo perfecto puede ser divino, pero nada, excepto el amor es perfecto. Ergo, el amor es Dios; y es tan basto que, nosotros, en nuestra infinita pequeñez e imperfección lo confundimos con otras cosas.

Al igual que Fausto vivimos solo una potencia, algunos tal vez dos, y buscamos entender la tercera, la espiritual, en la manera en que percibimos nuestro intelecto o nuestro cuerpo. Esta obra, más que una oda al ego; busca despertar en el lector el interés por descubrir esa plenitud que somos capaces de obtener, que la dignidad de la vida no encadena y que el amor SIEMPRE vence.

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De los (sin) sentidos de la vida

Inteligencia

Por Alex Leurs

Nuevamente la fecha de entrega de estas modestas líneas me perseguían. Día de entrega y mi página seguía en blanco. Como siempre confiaba en que la creatividad espontánea combinada con la motivación creada y sostenida por circunstancias ideales me permitirían, una vez más, escribir algo decente.

Esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, el sol apareció. Gigante, dominante, glorioso, maternal y paternal, su presencia es fuente no sólo de vida sino también de motivación. Decidí dejarme abrazar en una terraza. En el café había algunas mesas libres y escogí la mía estratégicamente para mantener cierta distancia con la gente presente. Era uno de esos cafés de solitarios que suelen querer hablar y cierta distancia me parecía crucial para que el sol permitiese a la imaginación florecer.

Mientras recolectaba los esbozos de inspiración que me habían cruzado la mente a lo largo del mes me distrajo un golpe seco. Levanté la mirada con la corazonada de que algún pájaro se había estrellado con el vidrio de la zanja que estaba a mi izquierda pero no vi nada. Fue uno de esos momentos en los que agradecí estar equivocado. Sin embargo la irrefutable prueba que aportaron mis sentidos no logró calmar esto que ahora entiendo como intuición. Me levanté para aumentar mi dominio de percepción y allí lo vi: una pequeña bola de plumas de colores hermosos se encontraba en el piso. El amarillo, azul, negro y blanco se mezclaban a la perfección y, si bien parecía estar tomando el sol, su inmovilidad emanaba algo que se asemejaba a un testimonio de drama y no a uno de paz.

No me pude impedir ir a verlo y por primera vez en mi vida pude acariciar un pájaro en libertad. Por un lado quería dejarlo allí y ponerme a trabajar pero me resultó imposible: de rodillas a su lado, observaba a la gente comer y su pasividad me llenó de responsabilidad. Con una nueva misión en mente y experiencia inexistente fui al bar a pedir una caja de cartón. Cuando regresé el pájaro estaba en la mesa de uno de esos solitarios que siempre quieren hablar. Le ofrecí la caja de cartón pero la rechazó: “creo que va a estar bien, voy a darle de tomar y a mantenerlo bajo el sol”.

Regresé a mi lugar para ser testigo de cómo, por medio de una cuchara, este solitario daba de beber a su nuevo amigo. “Es una hembra” me dijo con sonrisa de oreja a oreja. La gente alrededor manifestaba curiosidad hacia el animal, algunos tomaban fotos pero nadie hablaba con el héroe solitario. “Yo buscaba una mujer y mira, me cayó del cielo!” (#muerantodosdeamorya!).

La distancia impuesta para encontrar la inspiración se desvaneció en un instante. La preocupación genuina por un ser sintiente ahogó cualquier sentimiento de individualidad permitiendo relacionarme con este curioso personaje. Con la cuchara en mano me contó que había cuidado de un petirrojo anteriormente: “su mancha roja tiene una hermosa historia, cuando crucificaron a Jesús una vez que la multitud se fue, quedaron una mujer y un hombre y cuando ellos se fueron quedó un pájaro, fijo, observando. A este pájaro le cayó una gota de sangre y entonces salieron los petirrojos”. Otra sonrisa gigante.

Mientras se ocupaba del pájaro empezó a contarme historias tremendas, desde su vida en China hasta de los dragones célticos. Ahora vivía momentos difíciles; su gemela le quería robar la herencia de su mamá a quien él había cuidado hasta el —reciente— final de sus días. Estas historias me las compartía en ventanas de tiempo que se abrían al interrumpir el diálogo con su nueva amada. La variedad de temas, la profundidad de las imágenes arrojadas y la sonrisa subyacente a todos sus gestos se reflejaban intensamente con los acontecimientos recientes de mi vida.

Sin previo aviso, el pájaro voló. En silencio y agradablemente sorprendidos lo vimos partir en un movimiento sinusoidal. El hombre quiso tomar el gorro en el que había colocado con delicadeza al animal, sonrió y dijo “se cagó, como mi mamá; cuidé de ella y cuando se fue me dejó pura mierda”. Reímos juntos por un momento, me contó otras historias y se fue, dejándome inspiración y motivación.

En ese momento de calma que dejó su partida pude ver con claridad lo que quería escribir en estas líneas: la vida fluye y tenemos la opción de dejarnos llevar por la corriente o no. A veces tenemos planes de cómo queremos hacer las cosas y somos intransigentes hacia nuestro contexto y nuestro medio. Nuestra individualidad nos vuelve ciertos ciegos y sordos. Curiosamente, siempre estamos esperando el “buen momento” para hacer las cosas creyendo que entendemos cómo funciona la vida. Pero a veces dejarse llevar es el camino más sencillo hacia lo que queremos.

Sólo me queda dar las gracias aunque no sé si se las tengo que dar al solitario, al pájaro o a la vida.

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Sonreír es gratis

Por. Alex Leurs

Entre el 19S, la Ley Mordaza (de la cual se habla muy poco…), la reforma a la Ley de Seguridad Interior y el meollo electoral, un pedazo de luz y un motivo para sonreír —que trascienda las festividades de año nuevo— no está de sobra.

Las malas noticias sobran. Esto, desgraciadamente, no es actualidad. En México como en el resto del mundo la tendencia a focalizarse en eventos dramáticos, mortíferos y asesinos de esperanza parecen tradición. Con esta tendencia bastan 5 minutos para sentir el apocalipsis a la vuelta de la esquina.

La esperanza y la fe suelen ser juzgadas como ingenuas y sólo lo grave, desagradable y atroz es digno de tiempo y atención. Parecería que pensar o señalar noticias positivas supone negar la realidad. Pero no se trata de omitir los problemas de nuestro presente sino de recalcar que la vida está repleta de opuestos. De tal manera, no tiene sentido focalizarse en una sola cara de la moneda; las buenas noticias existen y me propongo empezar el año con una.

En México, como en más de 150 países, se ha estado desarrollando en silencio un proyecto colosal cuyas ramificaciones no termino de percibir. Un coloso —cuyo talón de Aquiles será la fascinación por lo trágico y el prejuicio hacia lo religioso— ha montado desde hace casi 60 años los cimientos para una sociedad libre de estrés y de violencia. Sri Sri Ravishankar es un líder espiritual. Ves, ya lo pensaste; “mta….”; date chance, seguro que algo te interesa, seguro.

Creador del Arte de Vivir y de la Asociación Internacional para los Valores Humanos (IAHV), es reconocido por muchos líderes espirituales y políticos del planeta como un factor de cambio rara vez presenciado.

Guruji, como lo llaman sus seguidores (que se cuentan por millones), ha abierto al mundo el conocimiento védico; textos sagrados hindús que inspiraron a distintas civilizaciones, entre otras, a los mayas. Nuestros mayas, que tanto hemos olvidado y de quienes podríamos aprender tanto. Esos conocimientos sitúan a la vida en el contexto del universo, lo divino y la conciencia. Disuelven al ego a favor de una dimensión mística que se ha disuelto en nuestra actualidad científica y digital. Entre muchas otras cosas, se trata de tirar la ilusión de la individualidad para adoptar la diversidad humana como una fortaleza y no como una amenaza.

El acceso limitado a este conocimiento generó interpretaciones erróneas que por ejemplo han llevado a considerar el yoga como ejercicio o la meditación como entrenamiento atencional. Pero el trabajo de Sri Sri Ravishankar no se limita a la divulgación de una filosofía de vida que es coherente con cualquier religión; su esfuerzo más notorio (y tal vez el punto en el que se destaca de cualquier líder espiritual del que hayamos escuchado hablar) es el de adaptar este conocimiento a nuestra época.

En México, a través de la fundación ‘El arte de vivir’, puedes aprender una técnica de respiración más eficaz que cualquier droga que hayas probado. Sí, es casi mágico; no hemos entendido hasta qué punto el estrés es un parasito anti natural. En argentina el boom ha sido épico. Por ejemplo, se han desarrollado los “Yoga Raves” en los que fanáticos de música electrónica bailan y se divierten durante dos días seguidos sin consumir drogas ni alcohol.

No tienes idea del potencial energético que eres. Siguiendo la lógica de la física cuántica, eres el antónimo de una bomba atómica (si tienes dudas sobre esto, escríbeme J). No necesitas drogas ni alcohol para aguantar, divertirte, o sentir euforia maximizada; basta con respirar. Pero esto sólo es la versión hípster de sus colaboraciones. Estos programas también se imparten en cárceles y presentan índices de reducción de violencia únicos.

Por otro lado, la IAHV es una organización que fomenta “la práctica diaria de los valores humanos: un sentido de conexión y respeto por todas las personas y el entorno natural, una actitud de no violencia y servicio ético o social. (Sus) programas mejoran la claridad mental, cambian las actitudes y los comportamientos, y desarrollan líderes y comunidades que son resilientes, responsables e inspirados”. Su alcance es tal que se ha ganado un lugar como consultor del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.

Por si fuera poco, esta organización desarrolla proyectos que acompañan a los países a aplicar la Agenda de Desarrollo Sostenible adoptada en 2015 por más de 150 países.

Un poco más; ¿Qué pueden hacer los vedas por las empresas? El programa Tlex—reconocido por Harvard, Google y MIT entre otros— expone los beneficios de la reducción del estrés en el lugar de trabajo y aporta soluciones basadas en el conocimiento védico. Predicando valores de ética, respeto y solidaridad, dan la oportunidad a las empresas de crecer sin adherir a las practicas competitivas y destructivas que caracterizan al capitalismo (esta es mi lectura y no la posición del programa). Este líder sin igual demuestra que los conocimientos de las antiguas civilizaciones no sólo tienen cabida en nuestras sociedades sino que además pueden enriquecerlo de forma considerable. Si buscas, te vas a sorprender.

Un gurú como nunca hemos visto; con tablet, celular, lentes de sol, melena, barba, vestimenta tradicional y sobre todo, sonrisa infinita. Entiendo tu escepticismo, yo también lo tuve. Es normal, no estamos acostumbrados a buenas noticias y tu mente ya está buscando la falla, el error, la trampa o la mentira. No busco convencerte, creo con tenacidad que su trabajo te convencerá por sí solo. Lo que sí busco es provocar tu curiosidad, dejarte picado y con una semilla de esperanza de que no solo se pueden hacer las cosas diferente sino que se están haciendo.

Este artículo es un rapidín, una probadita para empezar el año y para que te des una vuelta en las páginas web o en sus videos youtube. No te vas a arrepentir. Porque tanto en las buenas como en las malas, lo importante es pasar a la acción.

Así, para empezar el 2018 te hago esta pregunta sencilla que aprendí de él:

¿Por qué vendes tan cara tu sonrisa?

Te quiero y te deseo

un feliz año

J

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La música como marca de vida

Por Ernesto Gómez – @EGH7

Hace varios años leí una frase de Friedrich Nietzsche que decía: una vida sin música sería una equivocación, y no la olvido desde entonces por la forma en la que me identifiqué con el sentir del filósofo alemán. En esta frase Nietzsche capturó un sentimiento ancestral en el hombre, pues la música es de las expresiones artísticas más antiguas de la humanidad y desde que se tiene registro del tiempo, se sabe que los humanos complementaban sus vidas con música. Desde los tiempos de las cavernas, los hombres más primitivos sentían ese impulso de hacer ruido y descubrir ritmo para manifestarse plenamente en su espíritu humano. La música se ha refinado mucho desde entonces, pero el impulso permanece igual.

Como todo arte, la música ha tenido muchísimas transformaciones a lo largo del tiempo y ha alcanzado todos los rincones del mundo, en los cuales se le ha dado un toque particular, que refleja la cultura de cada lugar. La música también es un reflejo del tiempo en que se hizo y del ánimo del entorno durante dicho tiempo. A pesar de sus variaciones y de los gustos, lo innegable es que el legado de los grandes músicos es atemporal y perdura sin importar la fecha ni el lugar. La buena música no se inmuta con el paso del tiempo, todo lo contrario, lo marca y hace de sus referentes portavoces de sus generaciones, ídolos inolvidables.

La música ofrece una infinidad de posibilidades y es clave para la creación de otros artes al dar la ambientación correcta o la inspiración necesaria. Es también una de las mejores herramientas para reflexionar y estar en paz con uno mismo. Cuando se prende la música en soledad, se puede apagar el ruido del mundo.

En un nivel más personal, tengo que reconocer a la música como una de mis más grandes pasiones. La mayoría de los momentos más felices de mi vida han sido al paso de una canción y estoy convencido de que no sería quién soy ni pensaría como pienso si no hubiera descubierto el amor que tengo por este arte. En una enorme cantidad de géneros muy contrastantes he encontrado diferentes mensajes que se adaptan a muchas realidades y que también pueden acompañar a cualquier estado de ánimo.

Desde mi infancia con The Killers a mi pubertad con The Beatles y Bob Dylan, desde mis tardes de estudio con bandas sonoras de John Williams y Hans Zimmer a mi camino diario a la escuela escuchando Drake. He encontrado en cada músico un complemento para mi vida.

Además de lo anterior, he descubierto que para la mayoría no hay mejor fiesta que una que se pasa cantando hasta altas horas de la noche, peleándose para escoger la siguiente canción. Pocas cosas dan más nostalgia que escuchar una canción que en algún momento marcó un período de tu vida y recordar cómo era todo en ese entonces, pocas cosas pueden alegrar más tu día que escuchar tu canción favorita en la radio.

La música es clave en la formación de la identidad, pues nos identifica con artistas y valores, además de que ayuda a crear lazos con otras personas afines a nosotros. Indudablemente vivir sin música sería un error.

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Carta de amor

Por Alex Leurs

En un inicio yo no te deseaba. Tenias una fama tremenda. Para la secundaria ya estabas en manos de varios. Te había visto en manos de mis conocidos y sus caras de placer por la mañana. Me parecías peligrosa y tu amargura mató cualquier potencial de imaginación. No obstante, el paladar refinado de la vida propició las circunstancias para que me fueras requerida. No pude haber imaginado cuanto te necesitaba en ese momento.

Implícitamente los dos sabíamos que nuestra simbiosis no duraría. Así que pactamos una relación de interés mutuo; yo necesitaba pasar el rato difícil y tu me tendrías. Sería corta e intensa, abusiva y constructiva, de necesidad y de satisfacción. Al final yo te dejaría.

Durante tres meses celaste mis mañanas sin dejar lugar para nada más; ni siquiera para el hambre. Parecías estar al acecho: bastaba con poner un pie fuera de la barca de Morfeo para sentir tu necesidad. Eso sí, tu constante presencia en esas largas mañanas fueron pilares que evitaron un derrumbe.

Durante esos meses, recuerdo bajar las escaleras para encontrarte en la cocina anhelando el abrazo de tu calor. Disfrutaba dejar mi mirada perderse en el jardín teniendo la seguridad de que tu aroma no sólo me regresaría a tierra sino que también me blindaría para enfrentar un días más. Luego subíamos a la sala y nos dejábamos ir en simbiosis perfecta. Cuanto te debo, cuanto me diste, cuanto tomé…

Cuando habíamos superado lo más difícil te desvanecías, me dejabas exhausto: no podía pensar y mucho menos desear pero sí respirar. Pasaba el resto del día reponiéndome de esas mañanas torbellino. Con tu partida, la creatividad, la motivación y la vitalidad se desvanecían.

Pasó el tiempo y la amargura de tu esencia empezó a hacerme daño. Los momentos difíciles veían su extinción acercarse como un meteorito y tu presencia me era menos necesaria y más perturbadora. Conforme empecé a poner distancia entre nosotros florecieron los primeros síntomas. No esperaba que separarse fuese tan difícil. Claro que tampoco pensaba necesitarte…

Con el tiempo no puedo más que echar una mirada al pasado y agradecer tu amargura. Sin ti no habría sido lo mismo. Porque tienes que saber que sin ti, querida taza de café, nunca habría terminado mi tesis. Nuestra relación fue corta e intensa porque había fecha de entrega, abusiva y constructiva porque una tesis hay que parirla, necesaria y satisfactoria porque significaba la titulación con honores.

Esas largas mañanas de lectura y redacción fueron maratónicas. Contigo descubrí qué tanto podía producir y los excesos de esa dinámica de eficiencia. Así que gracias querida por ensenarme que soy un hombre de té.

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La hamburguesa sin queso

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Por Uriel Gordon — @Urielo_

Quita la envoltura de papel vorazmente, de su boca sale saliva y cuando va a comenzar a devorar la hamburguesa, se da cuenta que tiene queso. Sus ojos llenos de furia, no dan crédito a lo que ve:  “Carajo, la pedí explícitamente sin queso”, se dice a sí mismo, mientras se golpea el pecho como un orangután. Avienta la hamburguesa contra el techo y estalla en berrinche: salen lágrimas y de rodillas, mirando al cielo, pega un rugido de rabia: ¡ruaaaaaaaaaaggghhhhhhhh!

Se levanta del piso de madera oscura y con paso apresurado, da vueltas y vueltas por su departamento; levanta y agacha la vista, le pega a las paredes, aprieta la quijada y luego la suelta con fuerza; parece un loco de manicomio. Hace una pausa al encontrarse con una foto de su infancia, donde está disfrazado como Peter Pan, la saca del marco y la oprime al cerrar sus puños, pero se arrepiente y se tranquiliza un poco: la dobla y la pone en uno de los bolsillos de su saco.

Rápidamente, se dirige a su habitación  y se detiene ante el cuadro de Dalí, Muchacha frente a la ventana, donde aparece una mujer contemplando el mar. Entra en trance y queda atrapado dentro del cuadro: se pierde en el color azul del vestido de la mujer, de las cortinas y del océano. Sin embargo, explotan sus emociones y súbitamente, se escapa de los confines del retrato con la respiración totalmente exaltada. Grita otra vez y agita sus brazos como si sostuviera imaginariamente los barrotes de una jaula, pero la paz regresa. Por fin respira con calma: inhala y exhala profundamente.

Pasa por el lavamanos, se echa agua en la cara, se mira al espejo, asiente con la cabeza.

Y, después, de la caja fuerte toma sus dos pasaportes, 400 dólares y 300 euros. Del clóset, agarra su chamarra café estilo aviador, su mochila JanSport de los años noventa y pide un Uber; el destino: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

El GPS que trae el chófer del Volkswgen Vento con placas “AWY123” marca que llegará  a las cuatro de la mañana. El camino transcurre en silencio absoluto: ni un “buenos días” intercambia. Se baja del auto y se despide del conductor con un “hasta nunca”.

Al llegar a la Terminal 2 se queda observando fijamente el tablero de salidas. Hay cuatro alternativas que le llaman la atención: Medellín, Dublín, Ámsterdam y Nueva York. Decide emprender la odisea en la tierra de James Joyce y compra un boleto sin regreso; la mujer del mostrador le pregunta que si va a documentar equipaje y él responde con una sonrisa: “para este viaje no necesito equipaje”.

El vuelo sale hasta las 8 de la mañana, toma asiento en una de las sillas que hay frente a la sala 56 y cierra los ojos momentáneamente, pero no puede permanecer sentado y por supuesto, tampoco puede dormir. Se dirige al restaurante Alitas que, por fortuna, abrió temprano, y pide unos chilaquiles verdes con chorizo y extra salsa. Los traga de golpe, casi sin masticar; pareciera que acaba de salir de la prisión. En la televisión, observa en vivo, el partido Tottenham vs el Fulham, de la liga de fútbol inglesa. El deporte lo distrae y se relaja; pierde la noción del tiempo y se da cuenta que ya tiene que abordar. Pide la cuenta, se despide de la comida mexicana y regresa corriendo a la sala 56.

Llega rayando y aborda el avión. Deja su mochila en los compartimentos, toma sus audífonos y pone la canción Paranoid Android de Radiohead, en el Spotify de su celular. Observa la ventana, toma del bolsillo de su saco la foto de Peter Pan y le entra una sensación de nervio. Piensa en la hamburguesa con queso que aventó al techo horas atrás y el nervio, se transforma en un ataque de ansiedad; le cuesta trabajo respirar. Pone las manos, en forma de garras, sobre su cinturón de seguridad; mira con ojos de angustia al pasajero que está a su lado. Quiere bajarse del avión, pero sus piernas no le responden; quiere quedarse en el avión, pero siente pánico. Solo sabe que quiere, aunque ya está lleno, una hamburguesa sin queso.

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El silencio del temblor

Por: Alex Leurs

Escribir estas líneas ha sido un proceso desagradable, un parto en una atmósfera mortífera. De hecho, su esperanza de vida no está, de ninguna manera, garantizada. Eso depende de ti estimado lector y de la legitimidad que le des a esta mirada. Dejo en ti el (los) destino(s) de estas líneas que me hicieron sangrar.

Desde el 19S me ha sido imposible encontrar un tema que me anime. Me siento aislado y encontrar un puente de significado con los lectores ha sido difícil. No sé cómo abordar el elefante rosa del momento; ¿qué hago con el temblor?

Lo único seguro era que le quería dar algo de este espacio. Sin embargo la forma y el contenido seguían eludiéndome. Me sentía perseguido por los fantasmas de la distancia empeñados en negarme el derecho a la acción. En las primeras horas las opciones son escasas.

Hace dos meses la ciudad de México tembló. Yo veía Netflix cuando mi tía escribió en el grupo familiar:

“Estoy bien.”

No tenía idea del abismo que ese mensaje anunciaba.

“Acaba de temblar durísimo, no he tenido noticias de tus primos.”

En medio segundo mi corazón empezó a deshacerse, como pechuga desmenuzada. Cada pedazo latía a ritmo distinto: miedo, sorpresa, tristeza y angustia al mismo tiempo. Confundido y aterrado seguí las noticias desgarradoras; los ojos se humedecieron de inmediato, una descarga eléctrica en la nuca seguida de piel de gallina cayeron de golpe.

Desde lejos vi, escuché, leí, escribí y llamé.

– Hermano, ¿estás bien? Me acabo de enterar…
– Si amigo, gracias por preocuparte. Estuvo muy fuerte.
– Lo lamento mucho, pura buena vibra. Te quiero.

No había mucho más que hacer o decir. En un momento en el que reaccionar es lo único que cuenta, sólo podía ser un testigo. La impotencia, la imaginación y el miedo formaron un trío de pánico.

Mientras la tierra temblaba, los corazones mexicanos en el extranjero presentaban un caso de arritmia generalizada. Si ese día tus sentidos no estaban secuestrados por las ondas trepidatorias, entonces estaban secuestrados por una arritmia visceral. Las emociones se apoderan de esos pedazos de carne y los manipulan a su antojo: retuercen el estómago, enredan la garganta, agitan la mente, suben la presión y te aceleran. Desde lejos intentas estar cerca, como sea.

En las primeras horas no hay mucho que hacer sino contactar a tus seres queridos. Y cuando sabes que están bien, te quedas blanco, viendo una pantalla. Todavía no había mucha información; hipnotizado veía desfilar las mismas imágenes: por un lado las heridas sobre el cuerpo de la ciudad y por otro, la improvisación masiva de héroes.

¡Qué calor! ¡Qué orgullo! ¡Qué huevos! ¡Qué reacción!

A estas alturas estoy seguro que nadie pensó. Cuando la fuerza latente de Pachamama se manifiesta, el ego humano se desmorona. No hay tiempo para pensar, todo el ser reacciona y responde a ese instinto primario de supervivencia de especie. La ilusoria omnipresencia del ego se disuelve a favor de lo colectivo. Frida nos habrá recordado que todas las especies tenemos eso en común. La ciudad se veía más viva que nunca. Algunos le llaman resiliencia, otros naturaleza humana. Desde lejos se sentía que algo colosal estaba sucediendo.

Rebasado por las emociones y las angustias me fui a dormir preguntándome por qué la vida me había alejado de México: en el 85 azares del destino ya habían “protegido” a mi mamá llevándola a otro continente. A distancia el terremoto no tiene el mismo efecto en el ego. Todo lo contrario: la falta de acción posible te expone a un vacío en el que la rumiación mental se regocija.

Al día siguiente amanecí con cierta emoción y nervio. La idea de que el terremoto pudiese abrir nuevos horizontes me emocionaba. Ávido de noticias y a sabiendas de que mi mañana era la madrugada mexicana abrí periódicos locales y Facebook: quedé helado. Una ola de tristeza profunda recorrió mi columna vertebral. La ira subió, la decepción se instaló y la soledad del vacío brilló. Nada, no había absolutamente nada.

Lo peor del temblor fue su silencio. En la frialdad de la soledad sentí la distancia como nunca la había sentido. La ciudad en la que había crecido estaba sufriendo y mi alrededor no parecía ni siquiera estar enterada. ¡Qué coraje! ¡Qué importancia!

No cabía en mi la idea de que un suceso así tomara dos días para que la gente en este continente se enterase.
¿Cuánto nos tardamos nosotros en saber y responder a otras catástrofes?

¡Qué solo te sientes cuando no la tragedia no se puede hablar!

Esperar que México despierte para poder llamar…

Los días se transformaron en semanas y la voz se corrió. Las recaudaciones de fondo en distintas ciudades europeas brotaron expandiendo nuestro potencial de acción. Seguíamos todos agitados pero las sombras de la indiferencia seguían presentes.

Finalmente este parto llegó a su final. Me fue complicado encontrar las palabras sin embargo me han ayudado. Ahora puedo ver que mi intención era decir: ese día los mexicanos temblamos juntos.

Gracias por leerme.

 

Nuestra raza

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Estas semanas de dolor, pérdidas y desastres en México y el caribe, pero también de un infinito amor, entrega y generosidad, nos han vuelto testigos de la grandeza del ser humano. Nuestra raza. Esta adversidad a la que hemos recibido con los brazos abiertos, ha hecho recordar a muchos las palabras que otros hombres han dedicado a su pueblo. Nuestro pueblo. “Por mi raza hablará el espíritu” Resuena esta célebre frase de José Vasconcelos mientras veo videos y fotografías de mi gente, mis hermanos, de toda la nación y del mundo entero sumándose a una de las causas más nobles: la lucha por la vida. Este esfuerzo inmortal de resurgir entre los escombros más fuertes y sabios demuestra que somos una creación maravillosa.

Sin embargo, en otras ocasiones se puede observar un comportamiento completamente diferente. Cada año el 12 de Octubre se celebra el “Día de la raza” en México, en el que se reconoce el mestizaje que unió continentes en una cultura tan compleja y exquisita, que el mundo entero busca deleitarse con ella. Este día y en los últimos años se ha podido apreciar en los comentarios de la gente una veneración fiera hacia los pueblos indígenas y un rechazo cínico a migrantes españoles por los crímenes históricos que cometieron en contra de los nativos.

Mientras postean su crítica histórica en su IPhone de temporada y pasan de largo ante una familia de indígenas que buscan mejores condiciones de vida que las que pueden conseguir en sus comunidades, rechazan parte de su cultura, de su historia. Parece que está de moda venerar a la madre y destrozar al padre; honrar a los indígenas ancestrales e ignorar a los actuales; criticar a europeos históricos y buscar imitar los modernos. Las expresiones de riqueza cultural y sabiduría ancestral hechas carne y vida, son ignoradas a diario, vistas como parte de la decoración nacional.

¿Qué congruencia puede encontrarse en ello? Ninguna realmente.

Se nos olvida que somos mestizos, los herederos de la sangre de tantos pueblos y tanta gente como estrellas en el cielo; que somos uno, en cientos de vidas, momentos y lugares sin importar el color de nuestra piel o la religión que profesemos. Dice María Luisa Burillo Es necesario escuchar la sangre de nuestros artistas ancestrales y el vigor de España, proyectando una identidad que une lo mejor de dos continentes en una luz cósmica que irradia humanismo al mundo”. Seamos dignos hijos de la historia que nos contamos, agradezcamos las acciones de los pueblos que llevaron a que se nos diera el don de la vida y reconozcamos en los demás ese precioso regalo.

Así como en momentos de crisis hemos respondido con valor, amor y gran generosidad, entreguemos el corazón a quienes como nosotros son hijos de esta tierra y este pueblo tan vasto y rico que es México, que en palabras de Octavio Paz “La ética más sublime es la de la acción”. Los invito a todos a ver a los ojos a quienes portan vestimentas tradicionales de los pueblos indígenas y que se tomen unos minutos de su día para escucharles, a darles la mano y desearles pasen un bello día; pues así como hemos sido capaces de responder ante los sismos del 7 y 19 de septiembre, podemos hacerlo también los 365 días del año con quienes lo necesiten, especialmente a aquellos que tanto presumimos en el extranjero.

Reconciliémonos con nuestra historia y nuestra gente. Pidamos perdón por el trato tan injusto, con gestos amables.

Somos uno.
Somos el universo.
(…)
Los eones pasan escribiendo la historia de todos nosotros
El día a día, una nueva apertura (o un nuevo comienzo)
Para el más grande show de la tierra… la vida.

T. Holopainen.

Veganismo y Vegetarianismo

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Por: Alex Leurs

Decir que el veganismo (y/o vegetarianismo de ahora en adelante) es un lujo es tan absurdo como decir que hacer yoga es para tener buen cuerpo. Es absurdo porque supone una interpretación limitada de una filosofía de vida cuyas raíces son profundas y enriquecedoras. Aquí el único lujo que hay es el que no nos podemos dar: ignorar la relación perversa que entretenemos con la naturaleza. 

El veganismo está secuestrado por el consumismo occidental que le niega su estatuto de filosofía de vida. No consumir productos derivados de animales se ha transformado en una moda que genera demanda para un mercado más especializado. Y quien dice especializado también dice mayor ganancia. Es el crimen perfecto: el marketing occidental transformó un mensaje profundo en un hábito de consumo.

Pero no consumir productos derivados de animales tiene un origen menos perverso. Esencialmente se trata de honrar la relación de interdependencia que tenemos con el medio ambiente es decir, con la naturaleza. Le relación del ser humano con su entorno está directamente relacionada con su bienestar. Es una correlación positiva. Piensa en las abejas. ¿Sabías que están en peligro de extinción? ¿Sabes qué implicaría su desaparición? ¿Sí? ¿No? Búscalo.

En “El abrazo de la serpiente”, magnífico documental colombiano que trata la relación a la que aludo, un aborigen observa a un extranjero matando y comiendo peces en el río. Al ser testigo de tal voracidad y rabia, éste cuestiona el abuso que comete hacia el medio. No sólo expone su egoísmo y la faceta adictiva del consumo de carne sino que también el riesgo, si todos hiciéramos lo mismo, de que se acabarán los peces. En tanto que la naturaleza provee, el ser humano podría honrarla, enriquecerla y ayudarla. Aparentemente esto no es coherente con una dinámica de progreso que por momentos es sinónimo de desnaturalización.

Nuestras sociedades de consumo también son sociedades de división de responsabilidades. Todos somos responsables de entretener al sistema ya sea pasiva o activamente. La maquinaria que existe detrás del consumo de carne para separar el origen del fin es alucinante. Qué falta de respeto a nuestro medio.

Nuestra fuente de aire, agua, calor, comida se ha vuelto objeto de consumo. Es más, estamos más cerca de aprender a hacer comida sintética que de intentar cambiar nuestra relación con la naturaleza. El perverso es el que niega el estatuto de “ser que siente” a los otros. Entonces, decir que somos perversos con nuestro medio ambiente es afirmar que negamos su estatuto de organismo vivo que provee las condiciones mínimas para nuestra existencia.

Entonces, decir que no comer carne o productos animales es un lujo es una forma de negar lo que como especie y sociedad le estamos haciendo a este planeta: 30 billones de animales muertos cada año, desde hace algunos meses estamos literalmente comiéndonos a la naturaleza, alimentamos nuestra fuente de gases efecto invernadero a costa del acceso a comida para los más necesitados, en fin. Sólo son detalles ¿no? No te quiero molestar …

 

Sinceramente creo que implementar en forma masiva dinámicas de consumo responsables y conciencia ecológica podría potencialmente ser un forma de revolución antisistema moderna. El impacto podría ser holístico: reducir una fuente crucial de contaminación, optar por economías más locales, reducción de costos para los gobiernos en términos de salud pública, nuevos campos de investigación, etc.

En fin, aunque algunas de estas cosas te puedan parecer extremas, espero estés de acuerdo en que el potencial del mensaje detrás de una práctica como no comer carne es profundo. Y, si bien el acceso a ciertos productos es complicado, vale la pena preguntarse cuánto dinero gastamos en darle en la madre a Pachamama y a nosotros mismos.

¡Salir de la perversión como medida de revolución!

 

Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.