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Por Paola González

(OJO: ESTE TEXTO CONTIENE SPOILERS DE LA OBRA “FAUSTO” DE GOETHE)

Durante muchos años, una novela exquisita, considerada una de las más grandes obras de la literatura clásica, fue interpretada de distintas maneras; dividió a eruditos y a novatos, causando terribles desencantos. Algunos afirmaban que la obra convertía a quienes la leían en un peligro para sí mismos y para su entorno social. Otros, que lleva una carga psicológica, política y social trascendente que los despistados no lograrían comprender. Otros más, que es una de las obras más bellas y humanas, por su tratamiento de la vida y el alma.

Hablo del Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, o sólo Goethe (gø tə). En esta obra, un hombre solitario y desesperado, vende su alma al diablo, consiguiendo así una vida épica, con vastos conocimientos, placeres y longevidad. Mefistófeles, el antagonista, es el ser que Dios había creado como el más bello y poderoso de sus ángeles, y que finalmente fue enviado a las profundidades y al fuego eterno por su desafío; continúa portando los dones que Dios le dio al crearlo, por lo tanto, es capaz de hacer creer a cualquiera que el camino que descubre frente a sus ojos es el que lleva a la plenitud y a la verdad. Fausto no tarda mucho en caer en sus mentiras.

En la primera parte de la tragedia, Fausto clama desesperado en su soledad aquella necesidad de una cercanía espiritual, el poder apreciar la belleza que Dios creó en el universo y sus portentos. Lo que más desea es sentirse admirado apreciado y amado. El conocimiento que tanto ha cultivado durante su vida le parece insuficiente. Sin embargo, el poder de Mefistófeles le engaña y le lleva a vivir una vida como ninguna otra, sí, pero insatisfactoria.

Y muchos dirán ¿pero cómo? Si disfrutó todo, vivió muchos años, bailó con brujas, embaucó hombres poderosos, desafió a las parcas, habló con grandes filósofos, amó a helena. Eso no puede ser insatisfactorio.

Siguiendo a Mefistófeles solo estaba siendo consciente de una parte de sí mismo. Al dejarse llevar por él, en una vorágine muy similar al actuar de muchos más  “no pienses, no creas, disfruta, goza, vive al máximo tu cuerpo”, Fausto, al igual que aquellas personas, se olvida de dos partes de su naturaleza: su mente y su espíritu. Solo uniendo estas tres se vive en plenitud. Mientras más “disfrutaba” Fausto de su vida, —y lo pongo entre comillas porque Mefistófeles siempre arruinaba esa felicidad— más se encadenaba al infierno y el contrato de la venta de su alma se volvía más sólido. Y muchos alegan que el seguir normas que definan la integridad y/o dignidad del ser humano son los actos que llevan a encadenar el cuerpo y el espíritu.  Me pregunto si son conscientes de esas pequeñas punzadas de vacío al terminar el día en una supuesta libertad sin camino alguno. En ocasiones las nomas liberan más que un camino sin restricciones.

Más adelante en la trama ocurre un cambio sustancial en el protagonista. Al igual que todos cuando la vida ha dejado su impronta en el ser humano, comienza a reflexionar sobre el camino que le llevó hasta aquél lugar y situación en la que se encuentra. Fausto reconoce su fallo tras múltiples diálogos aún bajo el influjo de Mefistófeles.  Al dejar pasar su energía en las tres potencias del ser: cuerpo mente y espíritu. Es decir, al envejecer y permitirse un escrutinio filosófico y espiritual,  Fausto llega a la plenitud de su existencia, deja entrar en su ser lo que más anhelaba; el amor lo llena, destruye las cadenas que lo ataban al infierno, destruye el contrato en el que vende su alma, lo encumbra al cielo y al fin último del alma humana.

Pero esperen un poco.  En el libro dice que Dios manda a sus ángeles a que lo suban entre pétalos de rosa. Sí. En el banquete de Platón –maestro de Aristóteles, uno de los filósofos que disertan con fausto en la obra— afirma que solo lo perfecto puede ser divino, pero nada, excepto el amor es perfecto. Ergo, el amor es Dios; y es tan basto que, nosotros, en nuestra infinita pequeñez e imperfección lo confundimos con otras cosas.

Al igual que Fausto vivimos solo una potencia, algunos tal vez dos, y buscamos entender la tercera, la espiritual, en la manera en que percibimos nuestro intelecto o nuestro cuerpo. Esta obra, más que una oda al ego; busca despertar en el lector el interés por descubrir esa plenitud que somos capaces de obtener, que la dignidad de la vida no encadena y que el amor SIEMPRE vence.

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Escrito por InteIndep

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