Inteligencia

Por Alex Leurs

Nuevamente la fecha de entrega de estas modestas líneas me perseguían. Día de entrega y mi página seguía en blanco. Como siempre confiaba en que la creatividad espontánea combinada con la motivación creada y sostenida por circunstancias ideales me permitirían, una vez más, escribir algo decente.

Esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, el sol apareció. Gigante, dominante, glorioso, maternal y paternal, su presencia es fuente no sólo de vida sino también de motivación. Decidí dejarme abrazar en una terraza. En el café había algunas mesas libres y escogí la mía estratégicamente para mantener cierta distancia con la gente presente. Era uno de esos cafés de solitarios que suelen querer hablar y cierta distancia me parecía crucial para que el sol permitiese a la imaginación florecer.

Mientras recolectaba los esbozos de inspiración que me habían cruzado la mente a lo largo del mes me distrajo un golpe seco. Levanté la mirada con la corazonada de que algún pájaro se había estrellado con el vidrio de la zanja que estaba a mi izquierda pero no vi nada. Fue uno de esos momentos en los que agradecí estar equivocado. Sin embargo la irrefutable prueba que aportaron mis sentidos no logró calmar esto que ahora entiendo como intuición. Me levanté para aumentar mi dominio de percepción y allí lo vi: una pequeña bola de plumas de colores hermosos se encontraba en el piso. El amarillo, azul, negro y blanco se mezclaban a la perfección y, si bien parecía estar tomando el sol, su inmovilidad emanaba algo que se asemejaba a un testimonio de drama y no a uno de paz.

No me pude impedir ir a verlo y por primera vez en mi vida pude acariciar un pájaro en libertad. Por un lado quería dejarlo allí y ponerme a trabajar pero me resultó imposible: de rodillas a su lado, observaba a la gente comer y su pasividad me llenó de responsabilidad. Con una nueva misión en mente y experiencia inexistente fui al bar a pedir una caja de cartón. Cuando regresé el pájaro estaba en la mesa de uno de esos solitarios que siempre quieren hablar. Le ofrecí la caja de cartón pero la rechazó: “creo que va a estar bien, voy a darle de tomar y a mantenerlo bajo el sol”.

Regresé a mi lugar para ser testigo de cómo, por medio de una cuchara, este solitario daba de beber a su nuevo amigo. “Es una hembra” me dijo con sonrisa de oreja a oreja. La gente alrededor manifestaba curiosidad hacia el animal, algunos tomaban fotos pero nadie hablaba con el héroe solitario. “Yo buscaba una mujer y mira, me cayó del cielo!” (#muerantodosdeamorya!).

La distancia impuesta para encontrar la inspiración se desvaneció en un instante. La preocupación genuina por un ser sintiente ahogó cualquier sentimiento de individualidad permitiendo relacionarme con este curioso personaje. Con la cuchara en mano me contó que había cuidado de un petirrojo anteriormente: “su mancha roja tiene una hermosa historia, cuando crucificaron a Jesús una vez que la multitud se fue, quedaron una mujer y un hombre y cuando ellos se fueron quedó un pájaro, fijo, observando. A este pájaro le cayó una gota de sangre y entonces salieron los petirrojos”. Otra sonrisa gigante.

Mientras se ocupaba del pájaro empezó a contarme historias tremendas, desde su vida en China hasta de los dragones célticos. Ahora vivía momentos difíciles; su gemela le quería robar la herencia de su mamá a quien él había cuidado hasta el —reciente— final de sus días. Estas historias me las compartía en ventanas de tiempo que se abrían al interrumpir el diálogo con su nueva amada. La variedad de temas, la profundidad de las imágenes arrojadas y la sonrisa subyacente a todos sus gestos se reflejaban intensamente con los acontecimientos recientes de mi vida.

Sin previo aviso, el pájaro voló. En silencio y agradablemente sorprendidos lo vimos partir en un movimiento sinusoidal. El hombre quiso tomar el gorro en el que había colocado con delicadeza al animal, sonrió y dijo “se cagó, como mi mamá; cuidé de ella y cuando se fue me dejó pura mierda”. Reímos juntos por un momento, me contó otras historias y se fue, dejándome inspiración y motivación.

En ese momento de calma que dejó su partida pude ver con claridad lo que quería escribir en estas líneas: la vida fluye y tenemos la opción de dejarnos llevar por la corriente o no. A veces tenemos planes de cómo queremos hacer las cosas y somos intransigentes hacia nuestro contexto y nuestro medio. Nuestra individualidad nos vuelve ciertos ciegos y sordos. Curiosamente, siempre estamos esperando el “buen momento” para hacer las cosas creyendo que entendemos cómo funciona la vida. Pero a veces dejarse llevar es el camino más sencillo hacia lo que queremos.

Sólo me queda dar las gracias aunque no sé si se las tengo que dar al solitario, al pájaro o a la vida.

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Escrito por InteIndep

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