Por: Alex Leurs

Escribir estas líneas ha sido un proceso desagradable, un parto en una atmósfera mortífera. De hecho, su esperanza de vida no está, de ninguna manera, garantizada. Eso depende de ti estimado lector y de la legitimidad que le des a esta mirada. Dejo en ti el (los) destino(s) de estas líneas que me hicieron sangrar.

Desde el 19S me ha sido imposible encontrar un tema que me anime. Me siento aislado y encontrar un puente de significado con los lectores ha sido difícil. No sé cómo abordar el elefante rosa del momento; ¿qué hago con el temblor?

Lo único seguro era que le quería dar algo de este espacio. Sin embargo la forma y el contenido seguían eludiéndome. Me sentía perseguido por los fantasmas de la distancia empeñados en negarme el derecho a la acción. En las primeras horas las opciones son escasas.

Hace dos meses la ciudad de México tembló. Yo veía Netflix cuando mi tía escribió en el grupo familiar:

“Estoy bien.”

No tenía idea del abismo que ese mensaje anunciaba.

“Acaba de temblar durísimo, no he tenido noticias de tus primos.”

En medio segundo mi corazón empezó a deshacerse, como pechuga desmenuzada. Cada pedazo latía a ritmo distinto: miedo, sorpresa, tristeza y angustia al mismo tiempo. Confundido y aterrado seguí las noticias desgarradoras; los ojos se humedecieron de inmediato, una descarga eléctrica en la nuca seguida de piel de gallina cayeron de golpe.

Desde lejos vi, escuché, leí, escribí y llamé.

– Hermano, ¿estás bien? Me acabo de enterar…
– Si amigo, gracias por preocuparte. Estuvo muy fuerte.
– Lo lamento mucho, pura buena vibra. Te quiero.

No había mucho más que hacer o decir. En un momento en el que reaccionar es lo único que cuenta, sólo podía ser un testigo. La impotencia, la imaginación y el miedo formaron un trío de pánico.

Mientras la tierra temblaba, los corazones mexicanos en el extranjero presentaban un caso de arritmia generalizada. Si ese día tus sentidos no estaban secuestrados por las ondas trepidatorias, entonces estaban secuestrados por una arritmia visceral. Las emociones se apoderan de esos pedazos de carne y los manipulan a su antojo: retuercen el estómago, enredan la garganta, agitan la mente, suben la presión y te aceleran. Desde lejos intentas estar cerca, como sea.

En las primeras horas no hay mucho que hacer sino contactar a tus seres queridos. Y cuando sabes que están bien, te quedas blanco, viendo una pantalla. Todavía no había mucha información; hipnotizado veía desfilar las mismas imágenes: por un lado las heridas sobre el cuerpo de la ciudad y por otro, la improvisación masiva de héroes.

¡Qué calor! ¡Qué orgullo! ¡Qué huevos! ¡Qué reacción!

A estas alturas estoy seguro que nadie pensó. Cuando la fuerza latente de Pachamama se manifiesta, el ego humano se desmorona. No hay tiempo para pensar, todo el ser reacciona y responde a ese instinto primario de supervivencia de especie. La ilusoria omnipresencia del ego se disuelve a favor de lo colectivo. Frida nos habrá recordado que todas las especies tenemos eso en común. La ciudad se veía más viva que nunca. Algunos le llaman resiliencia, otros naturaleza humana. Desde lejos se sentía que algo colosal estaba sucediendo.

Rebasado por las emociones y las angustias me fui a dormir preguntándome por qué la vida me había alejado de México: en el 85 azares del destino ya habían “protegido” a mi mamá llevándola a otro continente. A distancia el terremoto no tiene el mismo efecto en el ego. Todo lo contrario: la falta de acción posible te expone a un vacío en el que la rumiación mental se regocija.

Al día siguiente amanecí con cierta emoción y nervio. La idea de que el terremoto pudiese abrir nuevos horizontes me emocionaba. Ávido de noticias y a sabiendas de que mi mañana era la madrugada mexicana abrí periódicos locales y Facebook: quedé helado. Una ola de tristeza profunda recorrió mi columna vertebral. La ira subió, la decepción se instaló y la soledad del vacío brilló. Nada, no había absolutamente nada.

Lo peor del temblor fue su silencio. En la frialdad de la soledad sentí la distancia como nunca la había sentido. La ciudad en la que había crecido estaba sufriendo y mi alrededor no parecía ni siquiera estar enterada. ¡Qué coraje! ¡Qué importancia!

No cabía en mi la idea de que un suceso así tomara dos días para que la gente en este continente se enterase.
¿Cuánto nos tardamos nosotros en saber y responder a otras catástrofes?

¡Qué solo te sientes cuando no la tragedia no se puede hablar!

Esperar que México despierte para poder llamar…

Los días se transformaron en semanas y la voz se corrió. Las recaudaciones de fondo en distintas ciudades europeas brotaron expandiendo nuestro potencial de acción. Seguíamos todos agitados pero las sombras de la indiferencia seguían presentes.

Finalmente este parto llegó a su final. Me fue complicado encontrar las palabras sin embargo me han ayudado. Ahora puedo ver que mi intención era decir: ese día los mexicanos temblamos juntos.

Gracias por leerme.

 

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Se me razaron los ojos con tu artículo. Muy conmovedor. Logra transmitir los sentimientos emocionales y los que se suceden en nuestro organismo cuando se tiene a seres queridos en ellugar de la tragedia. La angustia y la tristeza. Muy bueno como otros que has publicado

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