Veganismo y Vegetarianismo

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Por: Alex Leurs

Decir que el veganismo (y/o vegetarianismo de ahora en adelante) es un lujo es tan absurdo como decir que hacer yoga es para tener buen cuerpo. Es absurdo porque supone una interpretación limitada de una filosofía de vida cuyas raíces son profundas y enriquecedoras. Aquí el único lujo que hay es el que no nos podemos dar: ignorar la relación perversa que entretenemos con la naturaleza. 

El veganismo está secuestrado por el consumismo occidental que le niega su estatuto de filosofía de vida. No consumir productos derivados de animales se ha transformado en una moda que genera demanda para un mercado más especializado. Y quien dice especializado también dice mayor ganancia. Es el crimen perfecto: el marketing occidental transformó un mensaje profundo en un hábito de consumo.

Pero no consumir productos derivados de animales tiene un origen menos perverso. Esencialmente se trata de honrar la relación de interdependencia que tenemos con el medio ambiente es decir, con la naturaleza. Le relación del ser humano con su entorno está directamente relacionada con su bienestar. Es una correlación positiva. Piensa en las abejas. ¿Sabías que están en peligro de extinción? ¿Sabes qué implicaría su desaparición? ¿Sí? ¿No? Búscalo.

En “El abrazo de la serpiente”, magnífico documental colombiano que trata la relación a la que aludo, un aborigen observa a un extranjero matando y comiendo peces en el río. Al ser testigo de tal voracidad y rabia, éste cuestiona el abuso que comete hacia el medio. No sólo expone su egoísmo y la faceta adictiva del consumo de carne sino que también el riesgo, si todos hiciéramos lo mismo, de que se acabarán los peces. En tanto que la naturaleza provee, el ser humano podría honrarla, enriquecerla y ayudarla. Aparentemente esto no es coherente con una dinámica de progreso que por momentos es sinónimo de desnaturalización.

Nuestras sociedades de consumo también son sociedades de división de responsabilidades. Todos somos responsables de entretener al sistema ya sea pasiva o activamente. La maquinaria que existe detrás del consumo de carne para separar el origen del fin es alucinante. Qué falta de respeto a nuestro medio.

Nuestra fuente de aire, agua, calor, comida se ha vuelto objeto de consumo. Es más, estamos más cerca de aprender a hacer comida sintética que de intentar cambiar nuestra relación con la naturaleza. El perverso es el que niega el estatuto de “ser que siente” a los otros. Entonces, decir que somos perversos con nuestro medio ambiente es afirmar que negamos su estatuto de organismo vivo que provee las condiciones mínimas para nuestra existencia.

Entonces, decir que no comer carne o productos animales es un lujo es una forma de negar lo que como especie y sociedad le estamos haciendo a este planeta: 30 billones de animales muertos cada año, desde hace algunos meses estamos literalmente comiéndonos a la naturaleza, alimentamos nuestra fuente de gases efecto invernadero a costa del acceso a comida para los más necesitados, en fin. Sólo son detalles ¿no? No te quiero molestar …

 

Sinceramente creo que implementar en forma masiva dinámicas de consumo responsables y conciencia ecológica podría potencialmente ser un forma de revolución antisistema moderna. El impacto podría ser holístico: reducir una fuente crucial de contaminación, optar por economías más locales, reducción de costos para los gobiernos en términos de salud pública, nuevos campos de investigación, etc.

En fin, aunque algunas de estas cosas te puedan parecer extremas, espero estés de acuerdo en que el potencial del mensaje detrás de una práctica como no comer carne es profundo. Y, si bien el acceso a ciertos productos es complicado, vale la pena preguntarse cuánto dinero gastamos en darle en la madre a Pachamama y a nosotros mismos.

¡Salir de la perversión como medida de revolución!

 

Blade Runner 2049

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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

No soy uno de esos que creció adorando Blade Runner (1982), de hecho la vi por primera vez el año pasado (2016), un domingo cualquiera. Después de varios minutos de no saber qué ver, recordé que se había hecho el anuncio de que una secuela estaba en camino; tal vez eso fue lo que al final hizo que terminara viendo la original.

No estaba preparado.

Desde los primeros minutos Blade Runner se separa de los convencionalismos, no solo de su época, sino también de su género: ciencia ficción. Mientras la historia se desenvolvía no podía dejar de pensar en cómo había hecho el director, Ridley Scott, para salirse con la suya y lograr: uno, que un estudio aprobara y financiara este proyecto; dos, adaptar satisfactoriamente uno de los cuentos de Philip K. Dick, una tarea ya en sí misma titánica; tres, que los increíbles compositores de Vangelis la musicalizaran; y cuatro, que Harrison Ford y Sean Young entre otros grandes la protagonizaran. Pero mi mayor sorpresa estaba en lo diferente que se sentía, en el ritmo utilizado, en lo adelantado de su estética, y en lo profundo del dilema filosófico que planteaba: un nuevo moderno Prometeo y una legítima interrogante sobre los límites de la sociedad y el poder de la creación.

Esa apuesta de Ridley Scott no solo funcionó, Blade Runner es hoy un referente en el cine de ciencia ficción y goza de un estatus de culto como pocas películas en el género. Su trascendencia se puede apreciar en muchas otras películas a partir de entonces y hasta inspiró a diseñadores de moda, arquitectos e ilustradores.

Habiendo visto la primera, la idea de una secuela se me antojaba innecesaria y un poco catastrófica, ¿cómo podría dar alguien seguimiento a eso y salir victorioso? La respuesta resultó fácil: Dennis Villeneuve.

Hasta ese momento en mi vida, solo había visto Intriga de la no muy larga filmografía del director y aunque se me había hecho una buena película, le había dado todo el crédito a las poco apreciadas actuaciones de Jake Gyllenhal y Hugh Jackman en ese filme. Después salió Arrival y mi percepción cambió por completo. Dicha cinta nominada al Oscar era la primera obra del director en el género de la ciencia ficción, pero fue suficiente para que le diera toda mi confianza.

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Y así, meses después, Blade Runner 2049 por fin llegó a los cines y una vez más me sentí totalmente agradecido por la existencia de producciones como esta. Algo totalmente refrescante respecto a las películas que actualmente se estrenan.

En esta ocasión el protagónico cae en las muy capaces habilidades histriónicas de Ryan Gosling, quien se acompaña de un muy variado e igualmente talentoso grupo de actores de reparto, y en el regreso de Harrison Ford como el mítico Deckard, el original Blade Runner.

Los mismos elementos que hicieron que me enamorara de la original seguían ahí, pero esta vez en manos de un diferente equipo creativo, que en lugar de engolosinarse con lo creado hace 35 años, decidieron respetarlo y expandirlo, contando una nueva historia y planteando nuevas preguntas sobre la definición de la humanidad y las decisiones que tomamos.

Todo lo anterior cobró nueva vida a través del lente del cinematógrafo Roger Deakins, quien sin temor a exagerar, ha realizado uno de los trabajos más impresionantes en la última década y quién se merece un lugar en el Partenón de los directores de fotografía. Aquel liderado por Emmanuel “el Chivo” Lubezki. Y es que el trabajo de Deakins nos muestra una tierra distópica, hacinada, a la vez solitaria y triste, pero humana y terrenal. Una que conocemos y que amenaza desde un futuro que ya no se antoja tan lejano, en donde fácilmente habitan los miedos y los humanos desconectados de nosotros mismos pero ligados intrínsecamente a la tecnología.

Lo que Dennis Villeneuve y Roger Deakins crearon es una atmósfera, perfecta y sustentable en sí misma donde los avances tecnológicos reflejan lo que realmente somos y si es que existe una capacidad que pueda redimir a la humanidad. Tal como la primera, pero desde un ángulo diferente.

 

Esa fantástica primera vez.

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Por: Paola González – @PaolagabbieG

Mucho me habían hablado de sentirse entre las nubes, de cómo tu pulso se acelera y tu respiración se entrecorta. No sabes si es el miedo a lo desconocido, la adrenalina, los nervios de comenzar o todo junto. Lo has esperado por mucho tiempo y cuando al fin llega el momento ansiado, descubres cuánto lo disfrutas y no quieres volver a vivir sin ello. Así es, hablo de subirse a un avión y volar; así que si eres de los que desde pequeño soñabas con volar y no fue sino hasta tu adolescencia o ya de adulto cuando subiste por primera vez a uno. Seguramente te sentirás identificado.

Has planeado un viaje de vacaciones con tus amigos por meses y por fin llegó el día de comprar los boletos. Llegas al mostrador con los nervios de un niño pidiendo un dulce por primera vez sin compañía de sus padres y pides la cotización del paquete de viaje que ya sabes que está disponible porque investigaste en internet los mejores precios. Estás ansioso por disfrutar esas merecidas vacaciones pero el estar comprando ese vuelo te pone nervioso, y es que automáticamente, se vuelve tangible algo que sólo podías imaginar, el tener ese papel en tus manos te hace sudar por la adrenalina que te inunda.

¿Y luego? ¿Qué sigue?

Los interminables días de espera. Esos en los que recuerdas las escenas de las películas donde los protagonistas pasan por el detector de metales y los taclean dos policías gorditos, a mí no me va a pasar porque no soy delincuente ni estoy dentro de una película, te repites cada que esa imagen aparece en tu mente para tranquilizarte mientras continúas con tus labores diarias. ¿Y si hay turbulencias? ¿O si se estrella? No puedes controlar tu mente que trata de darte alertas de que no está tan dispuesta como aparentaba de experimentar algo diferente.

Tienes tu maleta lista con una semana de antelación y constantemente revisas el calendario, volteas a verlo tantas veces, que te enfada y te tienta a la vez. Conforme vas tachando los días revisas de nuevo tus pertenencias. Un día antes no consigues conciliar el sueño y sabes, que aunque te levantes por la mañana con mucha energía, terminarás el día exhausto; quedaste de verte con tu amigos tres horas antes, pero tú llegas 4 horas más temprano y esperas sentado, con la maleta al lado de tus piernas, callado, viendo a la gente ir y venir.

Llegan al fin y juntos van a documentar y a que les entreguen los pases de abordar, vaya y yo que creí que con el boleto que me dieron ya podía pasar al avión, resulta que no, y que también tienes que pagar el exceso de equipaje que llevas en tu maleta. Ni modo, agregaste de última hora unos kilitos de más por si las dudas. Caminan ahora hacia las puertas para abordar y logras ver las bandas transportadoras y los detectores de metales, ves a todos los trabajadores que están ahí y te alivias de no ver a ningún policía gordito. Pones todas tus pertenencias en la bandeja y pasas por el arco sintiendo cómo tu pulso cambia y todo pasa lentamente. “Ya puede tomar sus pertenencias”, escuchas a una persona que no identificas por buscar rápidamente la bandeja correcta.

Les indicaron esperar en la sala tres, frente a la puerta 15, y miras a tu alrededor lleno de restaurantes y tiendas deslumbrantes, es todo un centro comercial que te retiene a que consumas o que al menos aprecies sus mercancías. “No te vayas a quedar atrás wey, que si te pierdes no subes al avión”, te dice uno de tus amigos que ha viajado más veces en avión que en autobús. Pasean un rato entre las tiendas antes de llegar a la sala de espera y ahí platican de todo. Te parece interminable la espera pero al fin ves que la tripulación entra por la puerta que debes cruzar… y comienzan los nervios de verdad.

Tus manos sudan y tu lengua se vuelve pastosa mientras escuchas las indicaciones para abordar. Muestras tu pase y tu identificación y caminas por ese pasillo que no te ayuda a calmar los nervios, todos los pasajeros parecen estar acostumbrados y se mueven tranquilamente; en cambio tú… no te ves muy coordinado como pretendes parecer. Te sientas y ves por la ventana que te tocó a un lado del ala. “Rayos, no vas a ver bien el paisaje”, dice uno de tus amigos que se sentó a tu lado. “Da igual, grábalo cuando despeguemos”, añade otro.

La tripulación comienza a dar instrucciones y el avión comienza a moverse en la pista, se siente como si estuvieras en el autobús, hasta ahí vas bien, pero son quince angustiosos minutos en los que tus amigos se ríen y te guiñan el ojo esperando a ver tu reacción. “Se siente como subir a un elevador, no pasa nada”, te dice uno de ellos sin aguantarse la risa. Escuchas al piloto indicando que comenzará el despegue y te olvidas de que tienes un celular enfrente grabando todos tus gestos.

Abres desmesuradamente los ojos por el impulso de la velocidad y agarras tu asiento, tu pulso se acelera, se tapan tus oídos y cuando intentas decir “¿qué está pasando?” solo logras susurrar, el sonido de las turbinas a tu lado es intenso pero con los oídos tapados sólo puedes sentir cómo zarandean tu cerebro y al poco tiempo lo sueltan. Uno de tus amigos pone su mano en tu hombro y pregunta “¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?” mientras revisa el video que grabó en su teléfono.

Después de algunos segundos en lo que te acostumbras a la sensación del ascenso sólo puedes exclamar “¡Estoy jodidamente bien! Ya quiero volver a hacerlo.”

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