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Por Uriel Gordon

La vida urbana se distorsiona: las notas musicales que emana el saxofón conectado a un micrófono, que suelen oírse a distancia, alrededor de las 10 de la mañana los domingos, en el restaurante Romerita 28, hoy no se escuchan. Solo suenan puntualmente las campanas de la Iglesia, que no necesitan electricidad para despertarlas; también, se perciben con más afinidad los ruidos que generan los coches, camiones y motocicletas que pasan de manera intermitente por la Avenida Providencia. Por el crujido del motor, uno puede distinguir de qué medio de transporte se trata y jugar a calcular su edad: cuando los sonidos del motor se asimilan a los de una tos de alguien que está escupiendo un pulmón, probablemente el vehículo tiene más de 10 años. Bueno, eso es lo que se antoja imaginar.

En otro plano, en una zona tan arbolada como lo es Providencia, vienen con fuerza los sonidos de la naturaleza; la falta de electricidad en este rincón de la Perla Tapatía quita distracciones y permite adentrarse en los murmullos que genera el choque entre el viento y las hojas de los árboles; los ángulos y la velocidad con la que pega el aire son los encargados de moldear la intensidad y el tono de las voces. El producto final, por lo menos con este clima soleado: sonidos que arrullan.

Momento… Falta conjugar con estos sonidos el cantar de las aves. Hay pájaros que hacen pensar en las manecillas del reloj: chiflido por segundo. Hay otros que parecen conectar directamente con la respiración: llevan a imaginar inhalaciones hondas con exhalaciones prolongadas que, inconscientemente, sacan algún tono musical que conduce a pensar en tiempos más primitivos.

Sin ir tan atrás, relativamente, ¿cómo era Providencia hace 200 años?  De entrada, la Independencia de México todavía no se había consumado, pero más allá de eso, ¿la zona era exclusivamente un bosque? ¿Vivía gente aquí? ¿Cómo era la vida cotidiana? ¿Qué tipo de animales… Las hélices del ventilador se mueven de nuevo, el refrigerador ruge otra vez; a lo lejos, las primeras notas del saxofón en Romerita 28 comienzan a sonar. La “luz” ha vuelto.

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Escrito por InteIndep

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