Por Jorge Eulalio Hernández

“Tu historia no ha terminado…aún queda una página” dice Ana de Armas al final del nuevo trailer de “Blade Runner 2049”, la secuela de una película de culto protagonizada por Harrison Ford en los tempranos años 80. Ford interpreta a Deckard, el mejor agente policial de una división llamada Blade Runners, quienes se dedican a identificar y exterminar a aquellos humanos artificiales— “replicantes”, como se les llama en la película— que se han rebelado contra el sistema humano, por así decirlo.

La explicación del argumento no es para añadirle volumen a este artículo, sino para denotar algo muy importante y destructivo que está sucediendo con esta y muchas más secuelas, precuelas y demás “cuelas” que toman su lugar en cartelera cada mes. Uno de los temas más controversiales entre los fans de Blade Runner era si el mismo Deckard también era un replicante y no lo sabía. Hay una breve toma en la que la pupila de Harrison Ford tiene un reflejo rojo, una característica básica de los replicantes que parece ser obvia para el público pero no tanto para los personajes dentro de la película. Este momento de duda, que abre la posibilidad de que el héroe no conozca la terrible verdad de su origen—un elemento del drama edípico por excelencia— ha generado debates, libros de filosofía y otros interesantísimos materiales en torno al cine, la bioética y muchas otras materias.

Treinta y cinco años después, un Harrison Ford con arrugas paquidérmicas intercambia diálogos con Ryan Gosling. La gran mayoría de los fans de Blade Runner opinamos que nadie necesitaba la secuela. Estábamos bien con el misterio de aquella original película que nos llenaba de preguntas la cabeza. No importa si la secuela es buena o mala, sino que su existencia echa a perder la pregunta que mantenía viva a la historia original con una devastadora respuesta: Deckard envejeció, entonces no es un androide.

Para mí, aquello que tiene secretos es algo vivo. El lado oscuro de la luna se siente más vivo por su misterio, las profundidades del océano albergan cuanta vida queramos porque la obscuridad es un lienzo para la imaginación. Todos tenemos secretos y, si las historias los tienen, se asemejan a nuestras propias historias.

Pienso en el final de “El Graduado”, uno de los mejores finales en la historia del cine y curiosamente no es un final como tal: el protagonista, triunfante, se sube al camión con la chica y tensas sonrisas se dibujan en sus rostros. Paulatinamente las sonrisas se desvanecen y, como coreografiadas, se transforman en un gesto de incertidumbre. “Y ahora… ¿Qué?” preguntan los ojos de Dustin Hoffman.

Siempre me he preguntado qué fue de ellos dos. Me los imagino eternamente sentados en aquel camión con interior blanco, como una hoja de papel nueva, acompañados de una interminable “The Sound of Silence” de Simon & Garfunkel y siempre en el camino, nunca en el destino.

El ejercicio de preguntarme “¿que habrá sido de ellos?” me recuerda que esos personajes seguirán vivos para siempre, porque tengo muchas preguntas que nunca podrán ser contestadas. Esa es la virtud de la pregunta irresuelta: la permanencia del misterio, que irónicamente mantiene vivo todo aquello que participa en la duda.

Hay una mala costumbre actual de querer explicar todo: los orígenes, los finales y las historias alternas. La mayoría de las veces, la historia nunca será suficiente porque el público construye nuevas historias donde las historias acaban. Es en estos “huecos” donde habita el interés del público por la narrativa, son estas lagunas donde uno se conecta emocionalmente. Cubrir estos espacios es negar esa conexión emocional.

“Quisiera pensar que huyó, pero lo más probable es que lo hayan pescado”, dice Vince Gilligan, creador de Breaking Bad, sobre Jesse Pinkman. Ni su propio creador sabe qué le pasó. Por ello sus personajes son tan profundos, por ello se mantienen vivos aunque mueran a manos de unos neo-nazis de Nuevo México.

38_JorgeEulalioHernandez

 

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. […] abordaba el tema en el primer artículo para Inteligencia Independiente, la película “Blade Runner” (1982) tiene numerosos y profundos temas para longevas […]

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