Sofía Bosch – @sboschg

La Ciudad de México me encanta, pero muchas otras veces también me horroriza. Tengo sentimientos encontrados. Una relación amor-odio con mi ciudad natal.

No me gusta sentirme insegura caminando por la calle y estar constantemente alerta, me da mucha tristeza subirme a cualquiera de las líneas del metro que no sea la dorada: están sucias y saturadas pero por otra parte el tráfico me vuelve loca. Leo las notas con respecto a robos, homicidios y presencia del crimen organizado en la capital. Empieza la ebullición dentro de mí. Un enojo y repulsión total hacia mi ciudad. Me dan ganas de quedarme a vivir en el extranjero para siempre.

Luego me acuerdo de las caminatas que hacía por el Centro Histórico con mis ex compañeros del trabajo, de lo mucho que me encantan los chicharrones de carrito con Valentina (de la que no pica y con limón), que los domingos de conciertos en la Sala Nezahualcóyotl son increíbles, de los mariscos del Danubio en la calle de Uruguay, de mis recuerdos de infancia andando en bici con mi papá por Ciudad Universitaria y que jamás le digo que no a unos esquites del carrito que se pone en frente de la iglesia en la glorieta de la Guadalupe Inn. Entonces se me llena el corazón. Me emociono. Me dan ganas de regresar a vivir a mi ciudad, a la que siempre ha sido mi casa.

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Hace unos meses que no había venido de visita.

Voy pasando frente al metro Barranca del Muerto dirección sur, volteo y a mi lado derecho hay un nuevo mamotreto. Se llama Portal San Ángel, un nuevo centro comercial que acaba de abrir. Empieza en mi una cocción de enfado hacía la CDMX.

Los logotipos de los comercios anunciados llaman mi atención. Cinépolis: pff, para que nos pasen la misma película malísima de Derbez que también se proyecta en el las otras miles de salas del país. Sam’s Club: no vaya a ser que no tengamos donde comprar paquetes gigantes de Cocas de 2 litros. Starbucks: claro, para echarnos el cafecito pretencioso de 60 pesos después de la comida. Recórcholis: ¿Qué es esto, el 2002?

Y por supuesto la epítome de los centros comerciales mexicanos: un Italiannis.

Los que me conocen saben que se me pone roja la cara cuando me enojo. Aquí me iba a explotar.

¿Cuándo dejaremos de construir centros comerciales a diestra y siniestra en la ciudad? ¿Cuándo aprenderemos a que vale más apostar por espacios públicos donde la cohesión social no esté sujeta a la capacidad de adquisición de las familias, pero a la convivialidad?

Los vecinos de Pedregal de San Ángel acaban de frenar la construcción del Picacho Lifestyle Center (qué vergüenza de nombre, por fortuna lo cambiaron a ARTZ Pedregal) también conocido como el “Antara del Sur”, el centro comercial a cargo del Grupo Sordo Madaleno desarrollador del visible Antara de Polanco. Reclaman reparen el daño ambiental que ha producido la construcción —la tala de más de mil árboles así como los problemas ocasionados por los derrumbes y desgajes de hace unos meses a metros de la lateral del Periférico. La desarrolladora deberá retribuir a la zona por medio de la planta de árboles, restituir 20 mil metros cuadrados de áreas verdes así como la planeación y construcción de vialidades para evitar el caos que la entrada y salida de autos del centro comercial generará sobre el Periférico. (Como referencia solo hay que ver lo que la plaza Oasis Coyoacán ha producido sobre Miguel Ángel de Quevedo).

Le aplaudo a los vecinos por pedir una rendición de cuentas a nivel logístico y ambiental, pero esto debería de haber sucedido antes de que la construcción comenzara. Nos deberíamos de enfurecer cada vez que se propone la construcción de un nuevo centro comercial en lugar de un espacio público verde. Su impacto no es únicamente a nivel ambiental, está también ligado a cómo nos vemos como sociedad.

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Trato de respirar lento para que se me baje el enojo pero no puedo. Mi aborrecimiento hacía esta ciudad está llegando a un límite. Y por supuesto no puedo respirar bien porque hay contingencia ambiental y el cielo está gris por la contaminación.

Llego a la Plaza del Carmen. Ya no camino, pero voy marchando furibunda.

Se me cruza el chicharronero…

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10 pesos después me estoy zampando un chicharrón grande cortado en tiritas con Valentina de la que no pica y limón. Veo a mi alrededor y la Plaza del Carmen está llena de gente, sentada en las bancas, descansando, caminando, paseando. Volteo al cielo y sus altos árboles y jacarandas me hacen sombra. Doy un buen respiro y vuelvo a amar a mi Ciudad de México.

[Después de mi chicharrón, seguí caminando y dos cuadras adelante casi llegando a Plaza Loreto me encontré con OTRO nuevo centro comercial: Patio Revolución, y seguí y me topé con OTRO (!!): Plaza Vista Pedregal. ¿Qué diría Jane Jacobs de nuestra ciudad?]

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Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. No hay reservas de chicharrón suficientes en este mundo para quitarme el enfado y aburrimiento visual que producen los mini-centros comerciales… sobre todo cuando del otro aldo del charco ya están cerrando. Aunque bueno, igual y si le agregamos cueritos…

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