El Norte

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Por fin había terminado. Le dolían las manos después de cuatro horas trabajando de sol a sol y sentía las piernas acalambradas. Estaba envejeciendo. Atravesó el jardín en el que estuvo atareado toda la mañana y tocó en la puerta principal con poca fuerza para no sonar irrespetuoso. Esperó diez minutos en los que tuvo que repetir el toque cinco veces. Por fin le atendió la señora Conroy, güera, alta, con figura envidiable, ojos azules y toda la indiscreta marca de la clase media-alta americana. En sus ojos reconoció algo que llevaba viendo desde hace más de veinticinco años en tantas otras personas, esa mirada desdeñosa que de inmediato lo hacía sentirse alienígena, inferior, fuera de lugar, mojado.

“Señora, ya terminamos el jardín” le dijo en inglés.

“Gracias” le contestó con un tono que siguió la tónica de su mirada y se volteó para atender a su hijo.

“Señora”, continuó Félix con una voz que luchaba para salir de su boca con la pena. “No nos ha pagado, son 200 dólares.”

“Doscientos es demasiado y te lo dije desde el principio. Te daré 100 y los aceptarás.”

Debí cobrar por adelantado, siempre me dijo el tío Julio que cobrara por adelantado, pensó. No era la primera vez que le pasaba y no perdió la calma. “Señora,” continuó “no quedamos en eso, son doscientos dólares.”

“Te dije que te iba a dar 100, cómo te atreves a reclamarme cuando te estoy dando trabajo. ¿A quién le vas a decir que no te pagué? A nadie. Yo sé que estás aquí ilegalmente y vas a aceptar lo que te demos.”

Sintió la furia y la bilis, pero mantuvo la compostura. “Señora, son 200 dólares,” le repitió, esta vez enseñándole sin discreción el machete con el que acababa de cortar las ramas en el jardín. Cuando vio la mirada de la señora Conroy supo que ya la tenía. Su desdén se había transfigurado de inmediato en miedo mezclado con incredulidad. Odiaba tener que hacer esto y la odiaba más a ella por forzarlo a portarse como el estereotipo del que hablaban los políticos republicanos.

Fuck you, puta!” le dijo con su acento más pesado una vez que le entregó el dinero.

Era un día caluroso y apenas con el aire acondicionado de su troca a toda velocidad se sentía cómodo. Tomó la autopista y se dirigió a casa, encantado con el paisaje californiano, apenas aliviándose del coraje que pasó. Este era su ritual. Día con día salía a trabajar y regresaba con la música apagada y las ventanas arriba para que no hubiera ruido mientras admiraba plácidamente el horizonte. Félix siempre fue contemplativo, aun cuando era niño. Llegó, destapó una cerveza y se sentó en la sala a ver la televisión. De inmediato se asomó una cabeza del cuarto del fondo, era Julián, su hijo. O como él mismo se hacía llamar “Yulian”. Lo saludó y volvió a lo suyo.

Félix estaba muy pensativo. Sus ideas parecían hacerle un ruido ensordecedor en la cabeza y no podía estar tranquilo. ¿Habré cometido un error con la señora Conroy? ¿Me irá a denunciar? No. No sabía su nombre. Las tipas como la señora Conroy nunca se interesaban por el nombre del servicio mientras lo hicieran. Inevitablemente, como en los últimos meses, acabó pensando en el hogar que dejó a los veinte años en México y quiso llorar, aunque no lo hizo. Félix no lloraba desde que llegó a Estados Unidos, desde que se separó de su madre. Todos en el rancho donde vivía se iban al norte, la mayoría incluso más jóvenes que él hacían el viaje. Cuando murió su padre en un accidente industrial no le quedó de otra más que hacer lo inevitable. Le pagó treinta mil pesos a un tipo que le decían el Piros para que lo ayudara a cruzar y se encontró a sí mismo en Los Ángeles viviendo con un tío que lo ayudó a establecerse y conseguir trabajo. Le tomó años de trabajar en todo lo que pudiera para juntar el dinero para su camioneta, pero una vez que la tuvo, todo mejoró. Estableció su negocio de jardinería con dos ayudantes y se hizo de su cliente más valioso, el señor John Fossoway. Republicano hasta la médula, era una prueba viviente de la doble moral de los que decían que los inmigrantes les robaban empleo a los americanos, pero aprovechaban los servicios de éstos. Sus hijos eran otro cliché andante de la decadencia cultural americana; malcriados vástagos de la nación de los sueños y de la historia de grandes hombres que se desdibujaba cada día en la polvareda de la cultura vacía. En los doce años que llevaba al servicio de la familia Fossoway, ni una sola vez le habían dado seña alguna de que supieran su nombre, era invisible para ellos.

Su hija Amanda interrumpió sus pensamientos cuando salió al pasillo y le dijo “Daddy, vuelvo al rato, voy con mi boyfriend Carlos.” Le entristeció pensar que la lengua materna de sus hijos era una extraña para sus padres y que parecían olvidar sus orígenes de mariachi y tequila. La mediana edad le pegó como un tren y siempre se hallaba evocando su México querido y odiando su papel en un país que lo repudiaba y discriminaba. La mediana edad lo encontraba tomando constantemente.

Su esposa María odiaba este último hábito, pero a Félix no le importaba. Nada le importaba ya en realidad. Desde hace mucho se encontraba cansado de la rutina, de su vida, de Estados Unidos y, por lo mismo, cada vez se volvía más distante y ensimismado, más mediocre y menos dispuesto a seguir creciendo. No sabía en qué punto fue, pero estaba seguro que perdió el camino y no parecía estar cerca de encontrarlo de nuevo. Un día simplemente dejó de soñar y de aspirar a más y se dejó llevar por la corriente de la vida, se encarriló por el camino que fue tomando y nunca se detuvo a pensar qué era lo que quería. Su situación nunca le dio la oportunidad de contemplar opciones. Desde muy joven aprendió la diferencia entre tener que escoger y tener para escoger.

Le conflictuaba saber que su familia era lo que más amaba en este mundo y, aun así, no sabía nada de la vida de Julián y Amanda, tenía una eternidad sin tener una conversación verdadera con María. Le causaba más conflicto aún y mientras más lo analizaba, menos parecía importarle lo suficiente como para hacer un cambio. Sospechaba que María ya tenía un amante y por eso ya ni lo presionaba a salir de sí mismo. Lo intentaría confirmar después. Podría darle lo mismo, pero no permitiría que le dijeran cornudo.

A las siete pasó a su casa Saúl, su vecino y único amigo, la única persona con la que Félix hablaba en realidad y esto era porque Saúl siempre era el que dominaba la conversación. A Saúl lo había conocido trabajando de lavaplatos en un restaurante casi veinte años atrás. Le perdió la pista un rato cuando lo capturó la migra y lo mandaron a la guerra a cambio de su ciudadanía. En su momento no pareció un trueque tan injusto para Saúl. Cuando lo volvió a ver dos años después, Saúl estaba falto del antebrazo derecho y lleno de malos recuerdos. “Todo sea por ser gringo, carnal” le dijo a su reencuentro.

Al día siguiente se despertó Félix con una ligera resaca. Saúl se había quedado hasta tarde aún después de que terminara el partido del América. Era domingo, pero Félix recibió una llamada de un tipo que estaba dispuesto a pagarle el doble si iba ese mismo día. No sería ni la primera ni la última vez que Félix trabajara indispuesto. Tomó la autopista con su silencio habitual y manejó veinticinco minutos hasta la dirección que le habían pasado por el teléfono. El café estaba ayudando un poco para su malestar, no tanto el saber que tendría que hacer el trabajo solo. Sus ayudantes nunca querían trabajar en domingo.

En sus largos años de trabajo, Félix siempre había logrado evadir a las autoridades. Hasta ese día. Cuando tocó a la puerta y le respondió la señora Conroy con dos policías acercándosele por la espalda comprendió que había caído en una trampa.

La señora Conroy lo acusó de robo y a Félix le dieron dos opciones: cárcel en Estados Unidos y deportación posterior o deportación inmediata. Lo mandaron a México en un camión con otros en situaciones como la suya. Cuando ya se acercaban a la frontera, por primera vez en décadas, Félix lloró. Se quebró en un llanto que parecía inconsolable y se dio cuenta que recordaría por siempre ese domingo como el día de su renacer.

Lloró porque volvía a su casa, lloró aún más porque se dio cuenta de que volvía más bien al recuerdo y al reencuentro con cosas que pensó perdidas en su memoria, pero sobre todo, lloró porque su vida finalmente tenía un propósito de nuevo: regresar a su familia, a su casa, al Norte.

9_ErnestoGomez

 

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. GABRIELA Hernández 25 abril, 2017 en 10:40 am

    Muy bueno ! Felicidades!

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