mazuntetrip

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Han pasado varios años, pero la escena permanece en mi mente. Ese día soleado lo pasamos en la playa de Mazunte en Oaxaca, en una playa en la que el mar, la arena, las palmeras y las rocas daban un sentido de aislamiento, una sensación de pertenencia a un lugar prohibido. Aunque no estábamos solos y había gente que nos rodeaba, que salía y se metía al mar, que jugaba en la arena, que comía mariscos y tomaba cerveza a nuestro lado, sentía que habíamos encontrado un espacio escondido.

La tarde caía y decidimos recorrer la playa. De pronto, en medio de esa caminata, empezamos a escuchar tambores. Seguimos los ruidos, venían de una especie de casa del árbol que se encontraba en frente del mar. Entramos y nos dijeron que estábamos en un hostal. Comenzamos a subir las escaleras; efectivamente, la madera oscura, la estructura vertical del lugar y la decoración me hacían sentir como si estuviera adentro de un árbol. Al llegar al área del bar, nos topamos con una escena paradisíaca: gente joven de distintas partes del mundo, metidas en el ritual del baile y los tambores; gente con rastas en el pelo, hippies, por decirlo de alguna forma, que habían adoptado el hostal como su hogar. La mayoría trabajaba ahí a cambio de tener un techo y comida. Vivían en la casa del árbol, vivían enfrente del mar de Mazunte, vivían el paraíso. Así celebraban.

Me tomé una cerveza y en ese instante, me sentía como en la película The Beach (2000), en una historia donde, en su parte romántica, los extraños se encuentran y se vuelven una familia que comparte al paraíso en una playa en Tailandia. Esa casa del árbol de Mazunte representaba algo similar; llevaba como 40 minutos ahí y de ninguna manera, quería abandonar el lugar.

Me imaginaba trabajando en el hostal, con una barba larga y la piel tostada; me imaginaba pasando mis tardes con gente nueva, danzando al son del tambor, amaneciendo y anocheciendo en la playa: me imaginaba una vida simple, sin celulares, una vida que no dependiera de la tecnología, que dependiera únicamente de la naturaleza, del contacto humano directo que se transformará en aventuras diarias. Me terminé la cerveza y salí de la fantasía. Era momento de irnos; dejaba el paraíso atrás.

Ya de regreso en casa, en la realidad, no pude olvidar el lugar y, finalmente, di con él en internet. Vi las fotos y lo que más me emocionó es que en verano había posibilidad de trabajar ahí; me regresó con fuerza, la fantasía de vivirlo. Me imaginaba viviendo el verano en Mazunte, me imaginaba el comienzo de una nueva vida, me imaginaba abrazando el pedazo de paraíso que había encontrado, pero también, me imaginaba que me perdería de mi mismo, que perdería mi esencia: me imaginaba que no volvería de ahí, que me quedaría atrapado en el espejismo del paraíso. Había una trampa ahí, la trampa del aislamiento y de creer que detrás de esa fachada, se habrían acabado los conflictos de la condición de humana.

11_UrielGordon

 

Escrito por InteIndep

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