Esta es la segunda parte de la historia. Para la primera parte dar click aquí.

La que parecía ser una estudiante modelo, una novia amorosa, una hija dedicada, se ve obligada a enfrentar sus pensamientos más oscuros mientras trata de lidiar con el recuerdo reprimido de la violación de su padre, la preocupación por su sobrina y el brote psicótico que la orilló a ser internada en una institución mental por tiempo indefinido.

Parte 1 Silvia-Grav-Art4

Imagen: Silvia Grav

Por: Ingrid Canul

Los psiquiatras me han recomendado ampliamente que si escucho alguna voz que no pertenezca a alguien en la misma habitación o cuando esté sola, repita en voz alta lo que escucho. Sé que su intención no es terapéutica, es para que las cámaras lo graben todo y guarden un registro… Todavía me río un poco al recordar cuando me lo dijeron y es que suena a una idiotez que alguien siguiera ese “tratamiento” si lo que quieres es salir de este horrible lugar. Nadie está lo suficientemente loco ni le tiene tanta fe a esta institución para seguir esa instrucción. Me pregunto si notan cuando un paciente finge escuchar voces ¿Qué clase de cosas te dice una voz que se encuentra solamente en tu cabeza? Con todo, me siento muy lúcida, más lúcida que nunca, aterrada y torturada por demonios internos que no sabía que existían, pero mi mente piensa con claridad.

Tengo que admitir que esta no es la primera vez que me han sugerido un psiquiatra, pues tuve problemas de ansiedad y de conducta cuando era niña. De adolescente me mostré abiertamente renuente a escuchar ningún tipo de consejo que viniera de ellos, mis padres, y la preparatoria fue una época en que estuvieron salvándome de líos todo el tiempo. Fui expulsada de la escuela en dos ocasiones y hubiera seguido así de no ser por una conversación que tuve una vez con una prostituta en una de las ocasiones en que pasé la noche presa: “Tienes unos padres a quienes les importas y tiras tu vida por la mierda sólo porque estás incluso más perdida que yo. Eres una muchachita idiota y mediocre que seguirá sin valer la pena si continúa así”. Eso, servicio comunitario, ser obligada a trabajar para devolver a mis padres el dinero de cada fianza pagada y estricto control sobre mi tiempo, terminaron en convertirme en la mujer adulta-joven en la que me transformé.

Pero aún en la universidad tuve demasiados incidentes para ser normal e incluso, he recurrido a pastillas para poder conciliar el sueño y realmente descansar. Un maestro me sugirió acudir con un psicólogo, me decía que sufría de ansiedad tipificada y que podría llegar a ser grave si lo dejaba pasar. He visitado psicólogos durante toda mi vida. Los maestros percibían algo peligroso dentro de mí, como un cáncer, un defecto, algo que me hacía golpear a mis compañeros, ofender a quien se atreviera a contradecirme, jugar siempre sola, apenas mantener una conversación con mis compañeros, que todos me temieran, de tal forma que me enviaban con el psicólogo de la escuela y siempre sugirieron que se me debía mantener en tratamiento.

Pero ningún psicólogo pudo esclarecer lo que sucedía. Las caras eran distintas pero siempre eran las mismas preguntas: “¿Cómo son tus compañeros? ¿Te gusta tu escuela? ¿Algo está molestándote?” Uno o dos prefirieron no dar una opinión concreta, otros dos dijeron que era una niña normal y sana pero con exceso de energía, al menos uno más sugirió usar algún tipo de tratamiento por hipnosis, y sé que al menos otro sugirió que podrían estar abusando de mí. Todos coincidieron en que continuara visitándolos, pero no lo hice, no sé si por mi negación absoluta a cada uno o porque mi madre se negaba a ver que había algo que no estaba bien.

Solamente hubo una persona que hizo la pregunta correcta “¿Alguien te ha tocado sin que estés de acuerdo con eso?” Era mi maestro, pero también era psicólogo. Se fijó en mí, se percató de que algo estaba roto dentro de mí. Hice una rabieta monumental, me llevaron a la dirección, mis padres hicieron todo un escándalo, gritaron y patalearon sin descansar hasta que despidieron al profesor. ¡Qué hipócrita! Desempeñando su papel de “buen padre”, abrazándome como si no supiera lo que sucedía, hablándome con ternura ¡Lo odio! ¡Lo odio! ¡Quiero matarlo de nuevo! ¡Quiero matarlo mil veces, todos los días, de mil maneras diferentes! Una más lenta que la anterior, más sanguinaria, más terrible… Las lágrimas resbalan abundantes, me estoy haciendo verdadero daño con mis uñas ¡Lo odio, lo odio, lo odio! ¡¡¡ME ODIO!!! Víctor, se llamaba el maestro… Todavía quiso hacer algo por mí y me dejó la tarjeta de un psicólogo que conocía. Jamás pisé ese consultorio.

Ahora, acostada, con pies y manos atados a la cama, vestida con una bata delgada, cubierta por una sábana… Todo blanco. No hay puntos de color, ni siquiera manchas en los muros. Blanco todo como si estuviera suspendida en la nada, incluso la luz demasiado potente que no se dignan a apagar siquiera por la noche, para ser vigilada las 24hrs del día, tratada como un reo, como una peste, como una enferma tras haber sido catalogada como “altamente peligrosa”. Pero ahora estoy tranquila y las lágrimas resbalan por mis sienes, mientras algunas imágenes, como fotografías, aparecen en mi mente. Ahora es constante y así son mis días y mis noches, el maldito olor no me abandona, se ha quedado impregnado en mi mente desde esa noche, para torturarme y hacerme recordar los detalles perdidos durante tantos años.

Aún no puedo recibir visitas libremente, sólo han permitido que me visite mi madre. Fue un desastre, cuando ella preguntó: “¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué le hiciste eso a tu papá?” Fue como una bofetada en la cara, como si me hubiera escupido ¡Ya lo dije! ¡Lo grité a todo el que tuviera oídos para escuchar! Ya no quiero ocultarlo más, ahora que lo recuerdo cada vez que los sedantes aminoran sus efectos, pero no me cree. No me cree y no puedo dejar de pensar en esa niña a la que dejó hecha pedazos por dentro. Si no cree mi historia entonces, o ella no quiso hablar, o no le creen tampoco. Ahora tengo los puños apretados. Ese día quise golpearla, no puedo confiar en que no supiera lo que pasaba, no puedo confiar en ella, ya no más… No sabía cuánta ira puede albergar un alma y ahora que la mía está liberada ya no puedo detenerme. Sé que no me permitirán verla y no quiero hacerlo. Por mí, está bien ser huérfana.

No hay cargos y me han declarado mentalmente inestable. Aparentemente tuve un ataque psicótico y tengo períodos todavía en que podrían, o no, catalogarse de la misma manera, así que no puedo ser procesada ni detenida. Hablan conmigo y me medican para que diga lo que ya dije, pero dudan de todo lo que digo. Dudan de que pude haber retenido durante tanto tiempo los recuerdos, dudan de que mi padre me haya atacado y mi novio, por supuesto, ha negado que yo haya estado semi-inconsciente aquella noche, e incluso dijo que no había sido la primera vez, lo que me pone en entredicho porque el sexo pudo desencadenarlo todo, y él continúa diciendo que yo era una puta. No quiso verme ni hablar conmigo. Nadie en el colegio ha intentado defenderme, todos me han encontrado rara, violenta o agresiva, nadie quiere sentir empatía por la loca internada. Solo Miriam fue lo suficientemente valiente para decir que no eran ciertos los chismes y que no puede creer todo lo que pasó, pero agregó que siempre le parecí rara, por si querían que me visitara.

Me han hecho repetirlo incansablemente. Acerca de mis recuerdos de la infancia creen que miento porque cada vez agrego más detalles. No sabía que la mente funcionara así, como si se le fueran quitando capas y pudieras descubrir cosas nuevas cada vez que quitas una y otra capa… Recuerdo el caballito de madera tallado en la mesita de noche, el peluche de gato que me regalaron una navidad, el color de mis almohadas favoritas, la silletita sobre la que me mecía en “la hora del té”, recuerdo todos los objetos en mi habitación porque me concentraba en su silueta en la oscuridad, esperando a que todo pase. Recuerdo algunas palabras: “se buena, quédate quietecita”, “si lloras ya no te voy a querer”. Pero las palabras son demasiado dolorosas para repetirlas en voz alta y me desvanezco en un sopor intermitente. Así que, cada vez, me regresan a mi habitación sin haber obtenido mucho más. La persona en la que más confiaba en el mundo, traicionada así… No puedo confiar ni en la enfermera más amable, está claro que no cuento con mi madre y no puedo dejar de repetirme: ¿qué será de ella, pequeña y frágil en un mundo que ya la ha roto?

Yo estoy rota. No me siento yo, me parece que hay más personas dentro de mí, algunas me hacen sentir poderosa porque me deshice de él, otras me recuerdan la niña asustada que fui, o la adolescente tratando de expulsar un odio cuyo origen desconocía o yo, quien no tiene idea de nada, que se deja preguntar y medicar y atar como una muñeca. Estoy vacía.

En cuanto a esa noche, es mucho más difícil. Trato de hilar las imágenes que pasan por mi mente pero están desorganizadas en tiempo y secuencia, sé que por un momento sabía lo que hacía: recuerdo haber intentado abrir la puerta cerrada desde dentro, recuerdo golpearla, recuerdo haber salido al pasillo por el hacha de emergencia, recuerdo haber roto la puerta y encontrar a mi padre alarmado, viéndome con cara de no saber lo que sucede y recuerdo ver a mi niña hecha un ovillo en una esquina de la cama…recuerdo ver unas gotas de sangre en su ropa.

Después de eso, lo que recuerdo son detalles inconexos: el peso del hacha en mis manos, la textura de la tela del edredón, luces cruzaban por mis ojos y esa persona ya no era nadie que reconociera. Tengo la sensación de su pelo en mis manos y no se aparta de mi mente la forma en que sus ojos me miraban sorprendidos y aterrados mientras sentía su cráneo vencerse contra la pared, escuchaba los sonidos que emitían su garganta y sólo recuerdo esa sensación de querer despedazarlo y desaparecerlo… Lo vi morir, vi su esencia desprenderse de su cuerpo, pero aún me persigue. Aún no se fue mi violador, vive dentro de mí, está en mi mente, huelo a él, soy yo.

Me detesto.

Me odio por haberlo guardado tanto tiempo; me odio por haberlo asesinado, porque lo convertí en la víctima; me odio por no haberme cerciorado de que ella saliera de la habitación; me odio por no haberla podido proteger; porque enloquecí y no logro que nadie me crea; porque lo veo, lo siento y lo oigo; porque forma parte de mí aunque quiera expulsarlo; porque quiero verlo morir de nuevo para cerciorarme de que no volverá por ella… Porque sé que ahora también vive pesadillas y que formo parte de ellas.

Me golpeó mi mamá con una lámpara para que me detuviera. Se hubiera desparramado todo el contenido de su cabeza si no lo hubiera hecho. No pretendía dejar de golpearlo hasta que ya no quedara nada de él. Suena a una idea muy lúcida, pero en ese momento sólo quería golpearlo hasta que ya no quedara nada de mí misma. Por eso me mantienen amarrada y en observación: tengo tendencias suicidas y homicidas, incluso ahora. Creo que si me hubieran permitido despedazarlo, podría pensar que él no volverá, que se fue de una vez por todas, que es su fantasma lo que me persigue: el monstruo debajo de la cama.

No sé cómo podré algún día superarlo y salir de nuevo al mundo real. No me siento capaz de caminar por la calle, de tener una casa, un perro, una pareja… morir no es una locura cuando se está tan roto. Es tan preciada la vida para ellos que lo repiten como una grabación y sin embargo, esto no es vida, encerrada dentro de mi mente sin la calidez humana que realmente necesitaría para sanar. Todo aquí es mecánico, no hacen un solo movimiento errado para evitar que los cataloguen como ineficaces y todos los días las mismas preguntas: “¿Cómo estás hoy? ¿Qué desayunaste? ¿Deseas bañarte ahora o más tarde?” Sin preocuparse si contesto o no porque ellos tienen un horario y deben cumplirlo, da lo mismo si me parece o no.

Con frecuencia pregunto por Hilda, invariablemente me contestan que ella está bien y que si me pongo mejor la dejarán que me visite. Aún no sé si lo dicen en serio o no, pero he decidido portarme mejor, porque realmente quiero verla. No quiero recordar esa mirada, esos ojos llenos de terror, la cara petrificada en un grito ahogado, no sé si temía de mí o de lo que acababa de sucederle o de ambas.

Como sea, me porto más dócil ahora, mi psiquiatra me ha cambiado la medicación y al menos puedo pensar con mayor claridad. Ya tienen un diagnóstico: depresión y estrés postraumático, con un solo incidente de brote psicótico. Por fin comienzan a creerme. Mi madre vino de nuevo, la vi a través de un vidrio para evitar que la lastimara y finalmente, por un instante, me miró a los ojos, llenos de lágrimas y supe, científicamente discutible pero así lo sentí, supe que ella sabía algo, supe que sus lágrimas eran por la culpa, vi en sus ojos que reflejaban amor, tristeza y un “lo siento” que cruzaba en su mente. Sólo pude verla, no hubo palabras, no pude decir nada en absoluto ¿Cómo era posible que un “lo siento” pudiera arreglarlo todo? Vi cómo se desgarraba su alma cuando se dio cuenta que jamás la perdonaría.

Sé que mi vida se consumirá aquí. No soy capaz de valerme por mí misma, sé que estoy sola en el mundo y que valgo menos que las sábanas que me cubren. Lo sé. Un demente no entra ni en el conteo oficial de población: es un ser sin esperanzas ni sueños, el vacío de la existencia que sólo es el resultado de no haber muerto físicamente, no según la definición de “muerte”. Vacía, sin embargo, hoy se me hizo un regalo invaluable que cualquiera apreciaría como un llamado a la vida, de una fuente de la que no creí que pudiera recibir algo tan preciado: esperanza.

Mi madre trajo a Hilda y fue tan grande mi alivio de verla bien que no pude articular palabra. Ella tampoco dijo nada, pero estuvo dibujando en un papel mientras observaba su cuerpecito cálido y tranquilo. Mi madre me miraba sollozando y solamente dijo que yo lo tenía que saber, que Hilda estaba siendo tratada. Al final de la visita le pidió al guardia que se me entregara el dibujo y mi querida sobrina me regaló una sonrisa dulce mientras sus labios dibujaban un pequeño “gracias” y veía sus ojos tiernos de alma rota.

Se me entregó el dibujo: era yo como una especie de ángel vengador, sobre el monstruo de debajo de la cama. Era yo ganando sobre el mal para protegerla… Ella estaba ahí convertida en un ratoncito y yo la protegía… Yo era un ángel vengador y a la izquierda, junto a la bolita de líneas que era ella, un “gracias” escrito pulcramente.

“Gracias”… Gracias a ti Hilda. Tú me has rescatado mucho más de lo que crees. Quizá la tierra árida sí pueda volver a reverdecer…

28_ingridcanul

Imagen: http://www.40fakes.com/2016/04/silvia-grav-art/

Escrito por InteIndep

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s