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Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

Definitivamente lo extraño.

Sabía que lo iba extrañar desde el momento en que pensé en dejarlo. ¿Y cómo no? Si todo en nuestra relación era perfecto, salvo algunas veces, que me hacía sentir mal, aunque siempre fuera por mi culpa; yo abusaba de él.

En cada momento preciado de mi vida estábamos juntos: un buen café, una buena plática, una buen final. No había momento de emoción o histeria que no sintiera que tenía que compartir con él. Nunca me abandonaba. Sólo tenía que caminar unos pasos para encontrarlo, siempre a mi disposición.

Al principio estaba con él sólo unas cuantas veces a la semana, después una vez al día, al final no podía dejarlo. En aquél tiempo todo era fácil, nadie se oponía a nuestra relación. Podíamos estar juntos en todos lados, sin que nadie nos molestara.

Con el tiempo decidieron que no era bueno para mí. Dejaron de permitirme estar con él. Tuve que esconderme. Dejé de salir, si no podía estar con él afuera, me quedaría adentro. Al principio valió la pena el encierro, pero eso no podía durar para siempre. Comencé a salir sin él. Era un martirio, nada tenía sentido si no estaba conmigo. Pensé que me acostumbraría, que podría vivir sin verlo todo el tiempo. Lo intenté, pero lo necesitaba demasiado. Esa relación intermitente que estaba siendo obligada a llevar me estaba amargando.

Pensé en rebelarme, en decirles que no importaba que me hiciera daño, yo lo quería a pesar de eso y más. Nadie me escuchó. Ellos ya lo habían decidido y su palabra era la ley.

Tuve que tomar una decisión: si no podía estar con él todo el tiempo que yo quisiera y en cualquier lugar donde lo quisiera, entonces no iba estar con él en lo absoluto. Sabía que no podría vivir con pequeñas dosis de su compañía, tendría que ser todo o nada. Y, dadas las circunstancias, tuve que decirme por nada.

Es una de las decisiones más difíciles que he tomado en mi vida; precisamente porque implicaba cambiarla radicalmente. Pero ya no podía seguir sufriendo así.

Pensé que sería mejor un intenso sufrimiento seguido de una grata nostalgia, que intervalos de dolor interminables.

Tuve razón, estoy mejor ahora. Los primeros meses era tanto lo que lo extrañaba que el vacío que dejó me llevó a los límites de la ansiedad. No sabía como llenarlo, comía, bebía, hablaba pero nada lograba quitarme su sabor de la boca. Lloraba sin razón y se me iba el aire constantemente. Al parecer mis pulmones no sabían respirar sin él. Después, ellos también se acostumbraron.

Con el tiempo volví a respirar, a salir, a divertirme. Empezaron a existir los momentos en los que, increíblemente, no pensaba en él. Creí que ese día nunca llegaría, pero lo hizo.

Lo sigo recordando, especialmente cuando estoy sola. Lo sigo extrañando, creo que lo extrañaré siempre. Representa un enorme y muy importante capítulo de mi vida que fui obligada a cerrar por no poder ser moderada en mis sentimientos y necesidades.

Hoy considero que dejarlo ha sido uno de mis más grandes logros, aunque eso no evita que cada vez que percibo su olor en la calle lo aspire profundamente recordando aquella relación que irónicamente ha sido la más sana y estable de mi vida.

Al tabaco, 11 de diciembre de 2008. Meses después de la entrada en vigor de la Ley Antitabaco. La autora duró dos años sin fumar. Lamentablemente, a la fecha de publicación de esta “carta”, sigue fumando. A no poder hacerlo en todos lados… También se acostumbró.

9_GabrielaGomez

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. M. Elena Gómez 3 marzo, 2017 en 3:54 pm

    ¡Muy bueno!
    SALUDOS

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