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Por: Diego Muratalla – @_muratalla

Todos hemos experimentado un embotellamiento: una pérdida frustrante de tiempo encerrados en un coche paralizado sobre el asfalto, con olas de coches que parecen infinitas. Lo que no creo que muchos hayan vivido es un número musical en ese mismo trafical, con todo y maromas, coreografías en los toldos de los coches, mujeres en vestidos de vibrantes colores y hombres fuertes capaces de hacer cualquier acrobacia mientras cantan con un insultante optimismo que a pesar de estar atorados en el tráfico, este es sin duda, un día más bajo el sol.

Algo así es el opening scene de La La Land, una película que ha estado rompiendo récords en nominaciones y premios en esta temporada.

El director es una especie de prodigio de 32 años llamado Damien Chazelle, y digo prodigio por que este es apenas su segundo largometraje después de la magnífica e intensa Whiplash.

Desde un inicio, el proyecto tuvo muchísima atención ya que la opera prima de Chazelle había dejado en todos un increíble sabor de boca y sobre todo incógnita por saber qué haría después, así que cuando anunció que su siguiente obra seria un musical protagonizado por Ryan Gosling y Emma Stone las expectativas se fueron por los cielos.

El tiempo pasó y en los últimos meses del 2016, La La Land vio la luz en festivales alrededor del mundo, donde fue recibida con ovaciones y elogios de forma casi unánime. Después llegó la temporada de premios y terminó por asentar lo que por todos lados se rumoraba: La La Land es la mejor película del 2016.

Como pasa con casi todo en estos días, no hay nada que tenga un alto nivel de aprobación sin que a su vez tenga su buena dosis de detractores, que con cada nominación y premio ganado alzan más sus voces diciendo que la multigalardonada obra está sobrevalorada y que no merece sus triunfos.

Pero no voy a utilizar este espacio para tratar de decidir de una vez por todas si La La Land es o no es una buena película (sí lo es).

El filme se encuentra en un plano que no es tan fácil de ubicar cuando hablamos de periodo de tiempo. Hay referencias a Titanic y a The O.C., sin embargo mucho de la ambientación y gran parte del vestuario evocan a décadas que pueden abarcar desde los 50 y 60 con un buen guiño a los 80. Todo eso sirve para no aterrizarla en un contexto de tiempo actual, y elevarla a un plano donde la época no es realmente importante. Su función más bien, es reforzar el mundo de ensueño y lo atemporal de las ambiciones de sus protagonistas y de paso, quitarle lo raro que podría ser que un par de ciudadanos angelinos, bailen, canten, floten y se amen en maneras que sólo se dan en las fantasías.

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Hay más acciones que palabras: montones de emociones dichas con canciones y miradas cargadas de sentimientos que no te dejan otra alternativa más que creer que Ryan Gosling y Emma Stone están profundamente enamorados. Tal vez más de las fantasías prometidas que entre ellos mismos, pero no hay manera alguna de negar que se apoderaron de sus personajes y que la vida de Mia y Sebastian, refleja en muchos sentidos la de unos jóvenes Gosling y Stone que como muchos otros sufrieron y sacrificaron mucho para poder ser los grandes actores que son hoy.

Y es que eso es La La Land, un lugar de fantasía, donde las locuras y los sueños más inalcanzables se pueden hacer realidad, pero siempre con un costo a pagar.

Mucho se ha escrito de los musicales clásicos a los que La La Land rinde tributo, y me preocupaba pensar que, sin tener un profundo conocimiento y aprecio por esas películas, la obra de Chazelle no iba a tener resonancia conmigo, pero el viaje de los personajes, que aunque a primera vista es simple, es uno que todos podemos reconocer, el de la persecución de un sueño por imposible que parezca y las pérdidas que eso puede conllevar.

Gosling y Stone no son los mejores cantantes, ni siquiera son los mejores bailarines, pero no sólo cumplen con lo necesario para que esto no importe, sino que la música de la cual se acompañan tiene también esa cualidad de no pertenecer a un periodo de tiempo en específico (al menos en su conjunto) y hará que La La Land sea apreciada por mucho mucho tiempo.

Escribir estas líneas fue el pretexto perfecto para escuchar los cortos 45 minutos de duración del soundtrack de la película una y otra vez, con su justificada repetición de “Audition” cada vez que le llegaba el turno. Y es que si los dos protagonistas de la película hacen un gran trabajo, es Emma Stone la que sin duda alguna se la lleva, y no porque tenga una voz impresionante, pero sí porque cada palabra esta impregnada con todo el deseo y frustración por el que pasa su personaje y “Audition” es, aparte de la mejor canción de la película, una perfecta muestra de esto.

A final de cuentas, La La Land no es una película que te reconciliará con el mundo, y nunca fue su intención, pero se apodera de tal manera de su romance de ensueño, sus colores vibrantes, sus pintorescos paisajes y sus bailes en las estrellas, que es sin duda un bienvenido descanso de la actualidad y un recuerdo de que hay sueños por los que vale la pena pelear.

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Escrito por InteIndep

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