11416334_973672292654791_4298435085559254812_o

Por: José García Dobarganes – @jooosege

Miró el edificio por fuera. La San José Insurgentes le resultaba demasiado nostálgica, los recuerdos atravesaban las esquinas, las banquetas y las rejas de las casas. No se podía quejar, tenía un techo donde dormir y una mesa donde partir el pan. Pintaría de naranja las paredes de la sala y naranja claro las de la cocina, rojas las de su cuarto y rosadas las del de visitas. Pondría tantos guiños a la casa donde había vivido con su familia como le fuera posible. Aunque ahora habría ruido y farolas, estacionamientos y avenidas, gentes y perros y vagabundos. Los sartenes no serían los mismos, los platos serían de plástico y la mesa no tendría un buen mantel. La televisión no sería tan grande, nadie lavaría las sábanas cada semana ni trapearía los suelos y habría apenas un sillón o dos, como mucho. El cuarto de visitas estaría vacío, siempre esperando a que un día su hijo viniera a visitarlo. Él compraría sábanas, cobijas y algún colchón, aunque fuera inflable, para recibirlo y el cuarto ya no estaría vacío. El baño tendría una lavadora en vez de una tina y pintura verde en vez de azulejos. El espejo sería un cuadrado pequeño y no uno de cuerpo completo. Apenas tendría espacio para su ropa, pero en cuanto pudiera juntar dinero, pondría algo que le sirviera a su esposa para colgar la ropa. Eso, claro, el día que viniera a verlo. Trataría de tener salchichas, las comería con mostaza tal y como se las cocinaba Esperanza a su hijo. Dejaría la televisión prendida para escuchar voces en el departamento y que la soledad no se sintiera tan abrasadora. En el clóset de la entrada tendría escoba y trapeador, esperando a recibir alguna visita y limpiar todo lo que estuviera sucio. Para que no digan que vivía mal. Esperaba, en algún momento poner un cuadro de caballos y pondría cruces para que su esposa sonriera al verlas. No, no era tan malo vivir en la San José Insurgentes. No iba a ser tan terrible el recuerdo en el espejo de la edad y del abandono.

Cuando cerró los ojos para dormir recordó su realidad y la oscuridad le pareció más fría que nunca. Nadie lo visitaría. Su hijo y su esposa nunca vendrían. Su única compañía sería una soledad tan cruda que se mete entre los riñones y el estómago como si fuera aire. Un silencio tan terrible, que él mismo dudaba si seguía vivo. Porque de su vida, no se acordaba ni el polvo.

24_JoseGarcia

Escrito por InteIndep

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s