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Google Images. La obesidad no siempre implica usar tallas grandes, puedes parecer esbelto y tener obesidad severa.

Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

La salud es como la suerte. Lo deseamos con palabras, para nosotros y para los demás, sin otorgarle mucho significado. Ambas palabras cobran sentido hasta que carecemos de ellas. Piénsalo un poco, si no padeces o has padecido una enfermedad seria, ¿qué deseo pedirías en este momento? Seguro te pasan por la cabeza mil cosas que te gustaría tener o lograr, pero siendo honestos, difícilmente entre tus tres mágicos deseos escogerías salud. El motivo de esto es que la creemos segura, preocuparse por ella es cosa de viejos, de moribundos o de otros.

Por muchos años tuvo dos dimensiones para mí. La primera y con la que me identificaba, era la que incluía únicamente situaciones transitorias y sacrificios mínimos, como una gripa que te estorba y que te curas con un par de Antiflu, una diarrea que cortas con Pepto Bismol o en el peor de los casos una bronquitis que te incapacita un par de días. Nunca pensaba en mi salud o en cuidarme más allá de echarme unos Redoxones cuando empezaba a moquear. Las comidas diarias era únicamente una fuente de placer, y ya cuando sentía que me apretaban los pantalones y se me inflaban los cachetes se convertían en el sacrificio e instrumento para bajar unos kilos, verme bien y quitarme la frustración que sentía cada vez que iba a una tienda de ropa. ¿Qué me puede pasar si me como media pizza o me tomo 6 chelas o unas cuantas Cubas el fin de semana? Qué tanto es tantito… ¡soy joven! ¡Una cruda más! Ya habrá tiempo de ponerme a dieta, de hacer ejercicio, de dejar de fumar.

La segunda dimensión era la que afectaba sólo a los otros, a los que tenían mala suerte: cáncer, diabetes, esclerosis, etc. Esas enfermedades sólo le podían pasar a ellos, no a mí.

Como muchas personas, crecí concibiendo a las enfermedades como un abstracto lejano de mi realidad. Algo que no tenía que detenerme a pensar sino hasta dentro de mucho tiempo. Fiel al sentimiento de invencibilidad que da ser joven le di vuelo a la hilacha por años, llevando mi cuerpo al límite sin ninguna consideración. Teniendo como únicas prioridades el éxito académico y profesional y no menos importante, la diversión: crueles desveladas estudiando o trabajando, comiendo lo primero que se me ponía enfrente, liberando estrés fumada tras fumada y, los fines de semana, borracheras hasta las cuatro de la mañana para después empacarme unos chilaquiles o una pizza al día siguiente, porque, ¿a quién no le da hambre en la cruda?

Me atrevo a afirmar que lo que describo es un estilo de vida que comparten varios mexicanos, jóvenes y no tan jóvenes. Por consiguiente, nunca sentí que yo fuera un caso especial en el uso que le daba a mi cuerpo. Jamás me pasó por la cabeza que yo fuera más abusiva con él que otros, que yo estuviera caminando al precipicio más rápido que los demás.

Los síntomas de que algo andaba mal empezaron un par de años antes del diagnóstico. Dado mi estilo de vida, eran difíciles de reconocer. Tenía un trabajo muy demandante, sobre todo en tiempo. Recuerdo como el primer año y medio que estuve ahí fui feliz. Aprendía mucho y rápido y a pesar de que los proyectos me dejaban exhausta, no necesitaba más de un par de días tranquilos para sentir que ya estaba lista para ser asignada a uno nuevo. Con el paso de los meses empecé a sentir el deterioro, ese par de días se convirtieron primero en una semana, después simplemente no me recuperaba. La frase “estoy cansada” era una constante en mis días. No podía despertarme en las mañanas, y lo que era peor, sentía que la cabeza ya no me funcionaba igual. Ya no aprendía rápido y lo que antes hacía en unas horas, me estaba tomando el doble. Me distraía fácilmente, se me olvidaban las cosas y todo eso me provocaba muchísima ansiedad… Terminé por renunciar, segura de que un cambio de vida me haría sentir mejor.

Conseguí un trabajo menos estresante y con horario flexible. Empecé a hacer ejercicio y a comer mejor, según yo. Un año después, los síntomas seguían ahí, sólo que al antiguo malestar se había añadido la irritabilidad y arranques compulsivos por comer, especialmente cosas dulces, que si has sido tragón como yo toda tu vida, nunca se te ocurre que tengan una explicación. Y el ejercicio, que supuestamente te da energía, me dejaba mucho más cansada que antes. Me autodiagnostiqué con depresión. Todo encajaba, sólo quería dormir, seguía agotada, no avanzaba en mi trabajo, me sentía triste. Y tenía motivos, toda la ambición que me caracterizaba estaba paralizada dentro de una cabeza que no daba para más.

Por supuesto no tenía la costumbre de hacerme estudios médicos integrales, eso era para los otros, no para mí. Pero harta de sentirme un fracaso, busqué en la falta de vitaminas el motivo de mi baja productividad. Así me hice los primeros análisis en años. Recuerdo pensar, si me sale que no tengo nada, me muero, ¿cómo me voy a explicar entonces que no sirvo para nada? Claro que esperaba que me dijeran: estás baja de hierro, tómate estas vitaminas y listo o tienes depresión, tómate este Prozac y listo. La realidad fue muy diferente, me golpeó con tanta fuerza que no lo pude procesar, de hecho todavía lo pienso y digo ¿neta?. Mi diagnóstico fue diabetes tipo 2 y a menos que sucediera un milagro médico en los próximos años, iba ser mi constante compañera por el resto de mi vida.

¿Pero cómo? Si no estoy obesa. ¿Pero cómo? Si nadie en mi familia es diabético. ¿Pero cómo? Si no soy mayor de 40, apenas tengo 28 años. Tiene que haber un error.

No podía creer que mi cuerpo me hubiera traicionado de esa manera, éramos un equipo. Hacíamos todo juntos, lográbamos nuestras metas, nos divertíamos, cómo era posible que me abandonara así a la mitad del camino. Pero los números no mentían y de pronto no podía ver nada a mi alrededor que no fuera: diabetes, diabetes, diabetes.

Me gustaría aclarar que no escribo este testimonio como alguien que se ha elevado por encima de su situación, lo escribo como una persona que oscila constantemente entre la furia y la resignación y que piensa que tal vez ayudando a otras personas a manejarlo o prevenirlo puede encontrarle un sentido a su propio calvario. Suena dramático, pero que te guste la fiesta y no poder tomar; que te gusten las papas con salsa, la pizza, los chocolates, o cualquier cosa que tenga o se convierta en azúcar (lo cual he descubierto, es casi todo) y no poderlas comer; que cada evento social se convierta en una frustración por los límites que te tienes que poner, es un calvario… hasta que te acostumbras y le aprendes algo.

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Imagen: STEPHENS/CUARTOSCURO.COM. Mujeres en la Ciudad de México

Lo primero que aprendí es que las personas tendemos a relacionar la salud con la muerte y el cuidarse con la vanidad. El “enfermo” es el que puede morir pronto; y el que cuida lo que come, va al gimnasio y no se desvela, es el que quiere verse bien. Vivimos en un país donde el setenta porciento de los adultos son obesos (¡SE-TEN-TA!). Lo que implica que si salimos a la calle y queremos señalar algo usando a una persona como punto de referencia, “al lado del gordito” no te serviría de nada. Esto nos deja, a primera vista, un diagnóstico de país sin vanidad o en otro caso, con un concepto distinto de la misma, donde ser esbelto no entra precisamente en los preceptos. Por sí mismo, esto no es un problema, porque qué bonito es que la gente se acepte como es ¿no? La cuestión es que la cosa no se acaba aquí. Ser obeso no es sólo una cuestión de estética, de hecho, uno puede ser talla 4 y tener obesidad, (como es mi caso, snif, snif). Por ponerlo en palabras simples, la obesidad es una carga adicional al cuerpo, cuya principal implicación es que el pobrecito tiene que realizar sus funciones diarias con un par de costales de más. Esto lo va debilitando, lo deja mareado, confundido. Ya no puede distinguir una cosa de otra, se siente perdido. Se muere de sed. Entonces le damos una Coca-Cola, le gusta, pero no lo hidrata. Pero el pobre ya no distingue. Nuestra cabeza lo sigue arrastrando, despertando cada mañana, pero el ya no quiere, ya no puede más. El agotamiento lo gobierna y acaba por tirar la toalla. La mayoría de las personas reparan en esta situación cuando les cae un diagnóstico desafortunado o pero aún, le dejan la realización del problema a su familia cuando el doctor les dice que el infarto fue fulminante. Suena rudo, pero así es.

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Google Images. Ejemplo de cómo se ve el abdomen de un “Skinny-Fat”.

El asunto aquí, es que aunque no parezca, perdemos más en el camino que en el posible fatídico final. Todos tenemos proyectos, ilusiones y obligaciones. Difícilmente podemos darnos el lujo de dormir todo el día o de simplemente no hacer nada, y me atrevería a decir que casi nadie elegiría esa vida aunque estuviera en sus posibilidades. Aún así somos muchísimos los que estamos perpetuamente cansados, los que dormimos mal, los que terminamos por sentirnos deprimidos porque no logramos nuestras metas o porque no podemos luchar contra la desidia. Nos culpamos, nos hacemos reproches, dormimos todo el fin de semana, nos prometemos que todo va cambiar, que tendremos más disciplina o más fuerza de voluntad. Le echamos la culpa de todo a nuestra cabeza, y de alguna forma, sí la tiene, pero no como creeríamos. La carga extra que le ponemos a nuestro cuerpo simplemente al pedirle que trabaje con la gasolina incorrecta tiene su primera consecuencia en nuestro rendimiento, físico y mental. O sea que podríamos decir que estamos tirando todos nuestros sueños a la basura a cambio de pan y tortillas.

Yo soy una de las personas que tuvo la mala suerte de entender a su cuerpo después de un desafortunado diagnóstico. Las señales siempre estuvieron ahí, pero me fue más cómodo achacárselas al tráfico, a las horas de trabajo, a la edad, o al estrés. Entendí a la mala que no ser saludable no es morirse, sino vivir mal, y que comer bien e ir al gimnasio no es para los guapos, sino para los productivos. Tengo 30 años y ya vivo con diabetes, pero por primera vez en años no me siento cansada, ni distraída, ni triste. Los sacrificios que yo tengo que hacer para sentirme bien son muchísimos, porque llevé mi cuerpo al límite. Pero no tiene porque ser así para todos, si detenemos la carreta antes de que aviente.

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Escrito por InteIndep

2 Comentarios

  1. Gracias Gaby, es muy cierto todo lo que dices,lo sabemos y lo cambiamos por el pan y las tortillas…

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  2. Gabriela hernandez 1 febrero, 2017 en 4:49 pm

    Muy bueno

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