obispovera

Por: Gina Jiménez

Fui católica durante casi toda mi vida, pero católica en serio. No parte del 80% del país que se hace llamar católico y solo se para en misa cuando es Navidad. No digo esto con afán de juzgar, es una diferenciación meramente descriptiva que vale la pena hacer. Yo era una católica de “a de veras”, de las que van a misa cada semana, de las que buscan un templo cercano cuando llegan a un país extranjero, aún si sus papás no estarán alrededor para presionar. Católica de las que se alegran en Navidad, no nada más por los regalos o la familia, sino porque era el cumpleaños de Jesús. Católica de las que hacen ejercicios espirituales, es decir, de las que se encierran en un retiro de silencio por ocho días para leer pasajes de la Biblia intentando sentir “dolor de corazón” por el judío de sandalias que, hace mucho, disque murió por nosotros.

Afortunadamente, yo también era una católica privilegiada. Privilegiada porque tuve la suerte de estudiar en una de las escuelas más fresas de mi natal Puebla. Una escuela que, por supuesto, era católica, pero antes era Jesuita. Entonces, mi suerte no sólo fue la de alguien que pudo ir a una preparatoria con instalaciones presentables, sino la de una adolescente que pudo sentarse en un salón de clases en el que los profesores preguntaban (durante clase de religión y sin el menor ápice de vergüenza) ¿De verdad crees en Dios? ¿Te has preguntado por qué?

En el Sistema de Colegios Jesuitas se estudia religión, pero se cuestiona y se pregunta por la experiencia personal, misteriosa y profunda de Dios que cada uno ha tenido. En el Sistema de Colegios Jesuitas se lee la Biblia, pero (al menos en mi escuela) se discute sobre sus implicaciones para la vida pública, para la desigualdad y el dolor del mundo en el que vivimos. En el Sistema de Colegios Jesuitas se estudia Cristología, pero se habla del Jesús Histórico, del que no era blanco ni barbón y vino a irrumpir un orden social profundamente injusto.

La educación religiosa a la que tuve acceso durante doce años surtió efecto y cultivó en mí una honesta, profunda y personal devoción a “Dios” (whatever that means) que no necesariamente estaba acompañada por una devoción a la Iglesia católica. No sé muy bien como entendía a Dios en ese entonces, pero estoy segura que algo tenía que ver con el amor, la esperanza y la justicia, y con entender esos valores como sagrados y grandes, mucho más grandes y trascendentes, que mi existencia o la existencia de cualquiera que conociera. Mi devoción a Dios no era meramente a él, estaba acompañada con una entrega y compromiso a la construcción de “su reino”. Porque, ¿cómo se podía “seguir a Jesús” (cuando eso significa Jesuita) sin comprometerse con la construcción de un mundo incluyente amoroso y justo? En ese tiempo, mi cita bíblica favorita (y sí, tenía una cita bíblica favorita) decía: “No he venido a traer paz al mundo sino espada”. Porque para mí ser católica era irrumpir, disentir y alzar la voz por los excluidos, ¿y quiénes eran los excluidos sino las prostitutas y los leprosos?

El catolicismo revolucionario en el que creía me impulsó entonces a hacer un año de voluntariado en la Casa del Migrante de Saltillo. Una experiencia que ha sido, por mucho, la más significativa de mi existencia. Durante ese año tuve la suerte de conocer a madres que trabajan día y noche con jóvenes con VIH, muchos de ellos homosexuales. De conducir con un obispo que oficia misa con la bandera gay en el altar y de ser acompañada por un padre que pregunta a migrantes violadas si quieren ir al DF a abortar cuando se embarazan.

Durante ese año viví en un universo paralelo, donde la gente no sabe cuándo es su cumpleaños (porque nunca importó), donde los niños de quince años han matado ya a un par de personas y las madres buscan sin descanso a sus hijos migrantes que no han visto en décadas. En medio de tanto dolor lo que más cala es la desesperanza. Por un lado, el trabajo se siente arduo e inútil y, por otro, si usted cree que los migrantes son (exclusivamente) personas dulces, agradecidas y amorosas es porque nunca ha trabajado con ellos. Entonces los voluntarios, las madres y los padres trabajan eternamente para darle de comer a quiénes nunca dejaran de pasar, pero tampoco comenzaran a agradecer. Cuando regresé de Saltillo me alejé, casi inconscientemente de cualquier tema relacionado con la migración y el activismo, pero unos cuatro años después un estudiante argentino de doctorado me pidió platicar al respecto. Nos vimos en un café y platicamos amenamente de lo que había sido mi voluntariado y de la gente que había entrevistado. En algún punto de la plática preguntó:

–¿Por qué nunca volviste?

–Pues empecé a estudiar y eso quedó de lado

–No, pero ¿por qué nunca volviste a hacer nada relacionado con migración? Tengo un par de semanas entrevistando voluntarios y los hay de dos tipos; los que después de su voluntariado siguen trabajando con migrantes todos los días y los que se alejan por completo de cualquier cosa parecida. ¿Por qué?

Me quedé mirándolo por un par de segundos, sorprendida por lo mucho que me conmovió esa pregunta.

– Es que es muy cansado- casi exhalé.

– Me imagino -dijo él- mira, te voy a decir una cosa: yo detesto a la Iglesia católica. De verdad. Soy extremadamente crítico de la Institución, creo que es peligrosa, creo que es hipócrita y creo que es dañina. Aún así, me sorprende que todo el trabajo que se hace en México en favor de los migrantes lo hace la Iglesia Católica y me cuesta trabajo entender por qué. Yo vi cómo vivían los migrantes en África para llegar a Europa y es lo peor que he visto en mi vida. Podré detestar a la Iglesia, pero me queda claro que el trabajo que hacen en México no tiene nombre. No puedo más que quitarme el sombrero. No quiero ni siquiera imaginar cómo estaría la migración en México si no fuera por ellos.

– ¿Sabes cuál es mi impresión? De pronto, creo que el trabajo con migrantes es tan duro que es necesario creer en Dios.

Un par de años antes me había encontrado con esta cita, traducida del alemán, de Johann Gottlieb Fichte. Fichte dice esto cuando habla sobre la utilidad de la religión y cuando la leí no pude evitar pensar que describía, sin querer, la labor de los albergues para migrantes:

“Donde a simple vista se advierte con claridad la imposibilidad de mejorar la época y a pesar de ello se sigue trabajando incansablemente por mejorarla; donde se soporta con paciencia el sudor de la siembra sin perspectiva alguna de cosecha; donde se hace el bien a los desagradecidos y se colma de apoyo y bienes a aquellos que maldicen, con la certeza de que seguirán maldiciendo; donde, a pesar de cientos de fracasos, se persiste en la fe y el amor: allí no es la simple ética la que impulsa – pues ésta pretende un objetivo – sino que es la religión, la entrega a una ley superior y desconocida, el enmudecimiento libre ante Dios, el amor íntimo a su vida nacida en nosotros, la cual debe ser salvada, simplemente por sí misma, allí donde el ojo humano no ve otra cosa que salvar”

En días del Frente Nacional por la familia, me pregunto todos los días cómo el mismo Dios que inspira a los activistas católicos a dar su vida por los desahuciados, inspira a otros a iniciar campañas de odio y discriminación en su nombre. Es terriblemente injusto desvirtuar a todos los católicos de México en nombre de Norberto Rivera porque en este país hay gente que en nombre de un Dios hace más por el prójimo en una semana de lo que casi todo México hará en toda su vida. El Dios que predica amor, paz y justicia no puede ser el mismo consternado por con quién nos acostamos.

Señores, altos clérigos de la iglesia católica mexicana: hagan marchas, promulguen prohibiciones, limiten a las personas, pero, por favor, no lo hagan en nombre de nuestro Dios. Porque, claramente, no puede ser el mismo.

Foto: http://catolicoygay.blogspot.mx/2010/08/obispo-mexicano-que-colabora-con-gays.html

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Escrito por sofiaboschgomez

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